Enemigo primordial

Capítulo 38

Hermes era un dios amigable, según entró al recinto vallado comenzó a saludar a todo el mundo, con una amplia sonrisa en el rostro. Su pelo, marrón tierra, estaba bien ensortijado bajo su casco alado, su piel estaba ligeramente bronceada y sus ojos verdosos brillaban suavemente bajo el Sol, su cuerpo era delgado y fibroso, les recordaba más a su versión mitológica que la que conocieron en su momento, más cercano al directivo de una gran empresa de mensajería a la que estaban viendo en esos momentos. Puede que fuera por el ambiente, más cercano al mundo antiguo, o que el momento era merecedor de ello. Cuando lucharon contra Gaia también se mostraron con ese aspecto más pretérito, ahora que tenían que enfrentarse a Caos debieron llegar a la misma conclusión.

Se fueron sentando formando un semicírculo en torno al olímpico, que se limitó a subirse a unas maderas para que todos pudieran escucharle mejor. En sus manos tenía un papiro enrollado, sin embargo, ahí no estaba el mensaje, no se podía arriesgar a ser pillado por sus congéneres. Aunque sea el más veloz de los dioses, seguía teniendo la desventaja de ser el menos habilidoso en combate, pese a ser un gran guerrero, pero no se podía medir contra Atenea o Ares. Y los dos mellizos tampoco eran sencillos de vencer, por eso, el mensaje se daría de forma diferente.

-Damas y caballeros, elfos y demás seres mágicos -comenzó a decir Hermes-, la reina Hera y Lady Metis, la actual esposa y la ex mujer del rey del Olimpo, Zeus, tienen un mensaje para vosotros, por seguridad está en vídeo, pero… de una forma especial.

Bajó entonces, y pidió algo de fuego. Aprovechando que aún ardían las brasas del alto horno, tomaron unas maderas, y lograron hacer una hoguera fácilmente, momento en que el dios echó el papiro a las llamas, que se extendieron casi al instante y de forma brutal, y se mostraron los rostros de ambas, comenzando el mensaje.

-Semidioses, tenéis que saber que el Olimpo está dividido -comenzó Hera-. Zeus está furioso por la existencia de… ¿cómo se llamaba el bastardo?

Oyeron un suspiro, y Erik reconoció la voz de su madre en el fondo.

-No es un bastardo, es mi hijo y se llama Erik.

-Sí, bueno, ese -Hera puso rostro adusto entonces-, le quiere muerto, ahora que aún puede destruirle, porque pasado el tiempo suficiente su poder habrá despertado plenamente -sus ojos brillaron suavemente entonces-. No sólo eso, también ha ordenado la muerte de todos los bastardos de Hades y Poseidón, y ha mandado a sus hijos para daros caza.

El grupo se miró con cierta sorpresa. Metis intervino entonces, para quitarle algo de hierro al asunto.

-No estaréis solos, la reina del Olimpo está de vuestro lado, como Hefesto y Hermes, y por supuesto yo -luego carraspeó algo-. Cuídate, hijo, me… gustaría hablar en privado contigo, bueno, que me escuches, ya sabes…

Fue entonces que Hermes le tendió un segundo papiro al otro, que lo tomó, algo nervioso, los ojos los tenía acuosos. Los demás tampoco tenían mejor rostro, desde luego estaban en un problema, a pesar de tener a su lado a varios dioses otros tantos estaban en su contra… mientras que otros eran neutrales.

-A esos dioses que no están aún en un bando los convenceré de que se unan al nuestro -explicó entonces Hermes, cuando el fuego volvió a la normalidad-, destacan los propios hermanos de Zeus, Ares, Afrodita, Perséfone, Deméter… son bastantes, pero cuantos más sean, mejor.

-¿Y cómo piensas hacerlo? -intervino Skadi-, no podemos darles nada que no tengan ya, o que no puedan conseguir con un chasquido de dedos.

A eso, el otro sonrió de medio lado.

-Podemos darle un nuevo rey -respondió en seguida-, el gran problema de nuestro mundo es que hay una lucha interna de poder entre los tres hermanos.

Los griegos y romanos entre ellos, era algo claro, pero de lo que no se solía hablar.

-¿De qué habla? -preguntó Samirah- ¿De Poseidón, Hades y Zeus?

-Sí -intervino Percy, que habló por primera vez en ese rato-, pero me sorprende, acabamos de recuperar a Bianca, no tiene sentido matarla de nuevo…

-Quieren usaros para controlar la situación -intervino Hermes-, y cuando no seáis útiles, desecharos.

Los aludidos se sintieron algo cohibidos en esos momentos, no les gustaba ser el centro de atención del Olimpo, sin embargo, aquel era su destino. Estaba claro que tendrían que lidiar con ello, quisieran o no, pero esa vez al menos no estaban solos. Sin embargo, Percy, Annabeth y Jasón no estaban demasiado convencidos. Tampoco Hazel, Frank o Nico, y, en general, el grupo de dioses de la profecía de los 7, que no se fiaban demasiado de la principal diosa.

-¿Y cómo sabemos que esto no es una trampa de ella? -preguntaba Percy, serio-, la última vez, nos usó de mala manera a mí y a Jasón.

-Os quitó la memoria, ¿verdad? -recordó Amos entonces- Ese no es un buen precedente…

Skadi alzó una ceja, con diversión. Anubis se rascó con cierta incomodidad la nuca, mientras Carter y Zia murmuraban entre ellos. Sadie, junto a Piper, analizaban con interés a Hermes, que suspiró.

-Oye, sé que mi madre no es el mejor ejemplo, pero… -chasqueó la lengua- ¡Baldr, ayúdame, anda!

Este negó suavemente, divertido, los celtas en ese momento se dirigieron hacia la empalizada para seguir con la vigilancia, aún con la niebla no sabían si volverían a ser atacados, nunca se sabía. Decidieron entonces ponerse de acuerdo sobre cómo harían para ir hasta el Valhalla, que era la siguiente misión inmediata, mientras dejaban al mensajero sólo, únicamente acompañado en aquel momento por Laika, la labrador.

-¿Y ahora qué hago…?

Se agachó para acariciar al animal, que se limitó a sentarse y dejarse hacer por el dios, y que acarició su pelaje suavemente. Consciente de que se tenía que ganar la confianza del grupo, y para ello, se acercó hacia su única hija por allí, Aurora, y que en todo momento se mantuvo en última fila, no demasiado contenta de verle por allí.

-Déjame en paz -le espetó-, no te has acordado de mi en toda mi vida…

Hermes se quedó estático en su sitio, y bajó el rostro, retirando la mano que le había tendido. Fue entonces que habló.

-Te di mi velocidad para protegerte -le dijo-, y nunca te perdías por los caminos o callejuelas porque te guiaba, ¿o no te acuerdas?

Ella suspiró algo, mientras se detenía, llevando su mano al mango de su gladius por instinto. Sin embargo jamás la usaría contra el otro, y que colocó sus manos tras él, no sin antes quitarse el casco, y sentándose en el suelo, adoptando una postura poco… propia de un dios. La adolescente se fijó en ello, desde luego era bastante diferente a sus congéneres, puede… que no le viniera mal darle una oportunidad de hablar.

Miró a su alrededor, ¿a cuántos semidioses le gustaría poder charlar cara a cara con su progenitor divino? Sabía que ninguno de los hijos de los grandes tenían esa oportunidad, incluso los hijos de dioses más jóvenes veían poco a sus padres… Hermes era de las pocas excepciones. Y debía reconocer que, aunque no fuera físicamente, sí que la venía a ver en sueños. Pero no podía evitar desear que fuera más a menudo.

-¿Puedo preguntarte algo, Hermes?

Este asintió, despacio. Sonrió por dentro al ver que se sentaba frente a él, esa era una buena señal. Ella se lo pensó un poco antes de decir nada.

-¿Por qué… os cuesta hablar con nosotros? -preguntó ella- No es por falta de tiempo, tenéis omnisciencia, podéis estar en todas partes al mismo tiempo, y, bueno, gobernar según qué no lleva tanto tiempo…

El dios bajó el rostro, pensativo. Miró hacia los lados, asegurándose de que no había oídos indiscretos por ahí, momento en que suspiró.

-Bueno, es una historia larga, ¿tienes tiempo?

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Atenea y Loki no tardaron demasiado en llegar hasta donde estaban las cazadoras de Artemisa, y que, junto a Apolo, se habían dedicado a peinar ese bosque hasta que llegó aquella densa niebla en un perímetro contento. Cada vez que uno de ellos intentaban entrar a la misma acababan saliendo, poco después, y casi por el mismo sitio que habían entrado. Sabían que no era una niebla natural, les recordaba bastante a la que formaba la sustancia mágica de Hécate, pero tenían igualmente claro que ella no iba a acceder a ayudarles para nada. Ella estaba a sus cosas de magia…

-Están tras esta neblina mágica, sólo uno de ellos ha podido crearla… -comentaba la diosa, acompañada del otro, se habían transportado hasta allí como sendas esferas de luz, apareciendo de nuevo en unos caminos. Ella tenía su lanza en la mano, con cara de cabreo, dispuesta a eliminar aquella protección, mientras Loki se limitaba a observar el aire, pensativo, mientras parecía buscar algo con interés.

-He visto muérdago antes, por si era eso… -comentó la diosa, seria- Pero está en la zona de niebla, ¿podrás entrar en ella?

El otro se rio algo.

-Te recuerdo que, entre mis aventuras, está el haberme colado en una fragua mágica de enanos, o en el mismo Asgard, al palacio de Sif.

La otra negó suavemente.

-Esto no es el reino de los Aesir, es Niebla, y muy densa -explicó, mientras, con su lanza, movía las nubes que las conformaban-, puede que la única manera sea lanzar uno de los rayos de Zeus y reflectarlo con mi escudo…

Tomó la mano del otro de improviso y aparecieron de nuevo en el campamento, rodeados de aquellas guerreras… y ahora estaban también las amazonas. Eso sorprendió a la diosa, pues aquellas mujeres eran de todo menos dulces sirvientas de los dioses, de hecho eran de los pocos grupos que pasaban de los dioses, salvo de uno.

-Espero que ese gilipollas no se haya puesto a dar órdenes a mis espaldas… -gruñó Atenea, andando hacia la carpa- Ese imbécil no sabría distinguir una trampa ni teniéndola delante, maldita sea.

Loki se rio algo, mientras colocaba sus manos a la espalda.

-¿Necesitas que medie con el arrogante Ares?

Sin embargo, la otra negó.

-Ese cabeza hueca me obedecerá, quiera o no -le espetó-, sólo entiende la fuerza, y yo soy bastante más fuerte que él.

Como un vendaval entró a la misma, y se acercó hasta la mesa, donde el dios ya había colocado sus cosas: una espada sosteniendo el mapa, y figuritas representando a las diferentes facciones. Un búho para ella, un casco para él, una lira como Apolo, un arco como Artemisa, varios lobos simbolizando a las cazadoras, y figuritas humanas para las amazonas. El enemigo, por otro lado, eran peones de un ajedrez, en concreto, el de la diosa, y que había tomado sin el permiso de esta.

-Te veo cómodo, hermano.

El otro ni levantó la mirada de los mapas, estaba moviendo las cosas, a ojos de Atenea, al tuntún. Nunca había sido alguien que se pensara las cosas, simplemente atacaba de frente… así había acabado muchas veces, no tenía el poder para ello y aun así insistía. Y su habilidad con la espada dejaba bastante que desear pese a ser un dios de la guerra.

-Sí, pero pronto me pondré a actuar, esto es un desastre -comentó el dios-, lo has organizado fatal, hermanita.

Ella frunció el ceño, cabreada.

-Tú, pedazo de patán, deberías ser el último en criticar mis planes -le espetó-, que ni eres capaz de luchar contra un semidios y vencerle, necesitas siempre a gente rodeándote para ganar, y ninguna de tus ideas ha funcionado jamás.

El aludido la miró con molestia, Loki, en ese momento, aprovechó para salir. Mientras los otros dos comenzaban a discutir, se fue fijando en las guerreras que había por allí, sorprendido de ver un ejército de mujeres, y preguntándose si los gigantes querrían ayudarles de alguna forma. Claro que Atenea le servía temporalmente, ahora que estaban fuera de Jotunheim… puede que durante una larga temporada, pues los Aesir le querrían volver a capturar, y la protección de ella sería útil para evitarlo. Realmente la relación de servidumbre era bidireccional, pues tendría que echar una mano con todo aquel asunto de los semidioses… y aquella era una misión donde uno sólo tenía que actuar.

Avanzó por el campamento, pasando de las malas miradas de las humanas y semidiosas presentes, y que no aceptaban la presencia de un extranjero, menos aún un varón, entre ellas. Sin embargo tendrían que aceptarle, aunque no tenía problemas en cambiar su aspecto al de una doncella, o incluso al de algún animal. Nunca había sido aceptado plenamente entre los Aesir o los Vanir, ni entre los Jotuns, que ellos tampoco lo hicieran no era algo nuevo para él. Mientras caminaba buscaba aquella planta tan importante para él, atento a cada una que veía, escuchando de fondo los gritos de los hermanastros.

-Esos dos se van a matar algún día…- escuchó tras él- Tiempo sin verte, Loki.

El aludido puso una falsa sonrisa al reconocer la voz, y se giró, encarando al otro, al que abrazó suavemente, mientras le acariciaba la espalda.

-¡Mi buen Apolo!

El otro se dejó hacer, Artemisa rodó los ojos suavemente ante eso, seria.

-No finjáis que os lleváis bien -pidió, molesta-, estamos aquí para lo que estamos.

-Forma parte, precisamente, de las relaciones internacionales de los diferentes mundos mágicos -le espetó Loki, mientras una sonrisa suspicaz apareció en su rostro-. ¿Cómo si no crees que nos hemos unido los diferentes panteones?

La aludida se limitó a gruñir un poco, cruzándose de brazos. Sabía que el otro tenía razón, pero tenía claro que, de ella depender, el otro estaría poco con ellos. Sin embargo Loki tenía otros planes.

-Debo deciros, par de mellizos, que hice un trato con vuestra hermanastra -comenzó el otro, tomándoles de los hombros con vigorosidad-. Ahora estoy con vosotros, os guste o no, y creo que sois conscientes de que sólo yo puedo cruzar esta niebla…

-Atenea habrá pensando en usar uno de los rayos de padre, para romperá -comentó Artemisa-, no te necesitaríamos.

El otro chasqueó la lengua, irritado.

-Has acertado, pero no servirá de nada, no se puede romper con la fuerza -les dijo, y señaló a la neblina-. Creo que ambos notáis la enorme magia que emana, y ni aun sumando los poderes de amos podrían -Los otros dos miraron en esa dirección, sin embargo, Loki no había terminado de hablar-, por eso, me introduciré en ella, y con mi magia jotun, abriré un camino y mataré a ese dios nuevo, mientras se pueda…

Un brillo peligroso apareció en sus ojos, pero Apolo negó suavemente.

-Atenea te matará si eres tú el que acaba con él, y no ella -le recordó-, es su presa, los demás estamos aquí por los semidioses.

-¿Vais a vivir siempre a la sombra de esa niña malcriada, vosotros, dioses de elementos naturales? -les susurró al oído, con una suave sonrisa- Ella es diosa de las artes y las ciencias, de la estrategia, pero tú -y señaló al varón-, eres el amo del Sol, y tú, doncella de plata -señaló entonces a la mujer-, eres la reina de la noche y la Luna… -frunció suavemente los labios, divertido, al ver sus dudas- ¿Vais a dejar que ella os pase por encima de nuevo, o tomaréis las riendas de vuestros destinos?

Desde luego el otro podía ser bastante convincente cuando se lo proponía, se dijeron los otros dos, y Loki, sabiendo que los tenía donde quería, se limitó a acompañarles a lo largo del campamento, mientras de fondo los otros dos seguían discutiendo por ver quién era el que tenía un mejor plan de actuación.

Ambos eran demasiado orgullosos para dar su brazo a torcer en ese respecto, y ninguno iba a retroceder, salvo que alguien más importante que ellos interviniera y tomara la decisión, y el único que podía hacer eso era el propio Zeus. Y este estaba demasiado ocupado en aquellos momentos volando a través del cielo, usando a Pegaso para recorrer más rápido la distancia que le separaba de su objetivo… que era el horizonte. Quería encontrarse con su abuelo, Urano, y para ello debía lograr ese objetivo. En apariencia era imposible, dado que cuando se llegaba al horizonte que tenías al principio tienes uno nuevo en frente, y así hasta el infinito, sin embargo, el animal tenía esa capacidad.

Llegado un momento sus pezuñas brillaron en un suave tono dorado, instante en que aceleró más todavía y en torno a ellos se formó un vórtice de ese mismo tono, desapareciendo en el aire y transportándose al cielo primordial, donde el antiquísimo dios tenía su morada. El entorno era oscuro pero cálido, con una plataforma formada por grandes bloques de piedra y baldosas de mármol, sobre la que se erigía un pequeño templo de madera, nada demasiado ostentoso, pero se compensaba con las espectaculares vistas. El dios descendió hasta la base, donde el animal se posó y se limitó a tumbarse según llegó, obligando a Zeus a pisar por primera vez aquel suelo, nunca había estado allí pero sabía de su existencia por Cronos.

Cuando fue destituido de su puesto tras ser castrado, se disolvió en el aire, pero esta siempre fue su morada. Ahora que se había recuperado, y tras más de diez mil años de despejarse, había decidido darse un merecido retiro, pese a haber demostrado tener más que suficiente poder para tomar el Olimpo él sólo… en apariencia, al menos. En todo caso era lo bastante poderoso para tener preocupado al rey de los dioses, pero no estaba allí por eso, en un inicio por lo menos.

Le necesitaba para saber a santo de qué permitía ciertas cosas, y, de paso, saber de qué lado estaba. Porque, aunque habló hacía poco sobre sus intenciones, se quería asegurar. Su esposa hacía poco había tratado de asaltar los cielos, y si no lo había logrado fue gracias a sus semidioses, que derrotaron a los gigantes. Previamente habían hecho lo mismo con los titanes, y no quería que el anciano dios hiciera algo similar en el futuro. Su paranoia había llegado a esos extremos, hasta incluso ir al Tártaro y exigirle a su padre que le diera la dirección concreta y cómo llegar, pese a saber que igual provocaba una nueva guerra entre dioses con aquella acción. Sin embargo, era algo que se debía hacer, según se acercaba vio al dios aparecer de la nada, tomando cuerpo físico de nuevo.

-¿A qué debo tu presencia, nieto?

Su sonrisa de diversión era notoria, sin embargo, Zeus no estaba nada en ese sentimiento. Se le veía cabreado, en sus manos crepitaba algo un rayo que no había llegado a lanzar, necesitaba al otro con el ánimo de ayudar. Y si se tenía que tragar algo el orgullo… le costaría, pero lo haría.

-Necesito que hables con Gaia, para llegar a un acuerdo.

-¿De qué tipo? -eso sí era interesante para Urano- Siéntate.

El otro frunció algo el ceño, pero, según descendió, su divino trasero fue sostenido por unas nubes, bastante cómoda por otro lado. Frente a ellos, aparecieron unas jarras de ambrosía, servidas por varias ninfas. Sus trenzas llegaban hasta su espalda baja, de color dorado y ojos pardos, bien vestidas con togas blancas que si bien no dejaban demasiado a la imaginación ocultaban lo bastante para hacer que el más joven se interesara en ellas. El otro, sin embargo, le cortó rápido.

-Céntrate, Zeus, y cuéntame para qué quieres reunirte con la deidad que te intentó quitar el poder hacía poco.

Este frunció algo el ceño.

-Ya sabes lo que está sucediendo, y lo que estamos haciendo para detener el proceso -el aludido asintió-. Ella, seguro, quiere venganza contra aquellos que la derrotaron y casi destruyeron, porque seamos honestos, aquel meteoro le hizo daño.

El otro se rio suavemente, en sus manos tenía una de las jarras, ya empezada tras un largo trago. Se acarició el pecho despacio, mientras su afilada mirada le penetraba de lado a lado. Zeus se estremeció por ello.

-¿Quieres perder tu poder, muchacho?

-¿Cómo dices?

-Gaia ahora está recuperándose, esparcida a lo largo y ancho de la Hélade, igual que lo estuve yo durante estos siglos -comenzó el otro-, le vendrá bien despejarse, lejos de las malas ideas de Tártaro, pero despertarla ahora sólo llevará a que busque vengarse de nuevo, tienes que pensar en otra cosa.

Sin embargo, el otro chasqueó la lengua. Obviamente no la necesitaba de ella para los semidioses, pero sí para el bastardo. Seguramente sólo ella pudiera vencerle, o el propio Urano, y descubriendo esas ideas en su nieto, este negó despacio.

-No la podrás convencer -le aseguró-, está demasiado contaminada por la oscuridad de su nuevo marido, sólo dentro de unos siglos ella recuperará su esplendor de antaño, como me pasó a mi…

-No seas hipócrita -le espetó el otro, serio-, eras un tirano, como lo fue…

-Tú.

Zeus puso mala cara, y varios relámpagos estallaron en el fondo. El otro soltó una suave carcajada, cualquier otro estaría ocultándose tras la silla, pero no él. Estaba demasiado acostumbrado y a vueltas con todo para que aquello le pudiera intimidar de alguna forma. Ambos eran conscientes de aquello.

-Ni yo te voy a echar una mano con ese chico, Erik -comenzó Urano-, ni tampoco Gaia, de hecho, si intentas hablar con ella, yo mismo te destruiré, y sabes que puedo.

-Tengo la guadaña con la que Cronos te cortó en pedazos.

-¿La misma que se repartió por el mundo cuando esos niños iban a buscar mis anillos?

-Esa misma.

-Creía que ellos la iban a recuperar, que era un regalo del niño a ellos.

-¿Hacer un regalo, ese monstruo? -el otro negó, despacio- Jamás haría algo así.

Urano frunció suavemente los labios.

-En fin, la nuestra nunca ha sido la más funcional de las familias -comentó el otro, sin más-. Sólo hay una constante, padres siendo destituidos por sus hijos… tú no ibas a ser la excepción, aunque aplaudo lo largo de tu reinado, de verdad.

Zeus, sin más, dejó la ambrosía en la mesa y se acercó hasta Pegaso, sabiendo que no iba a lograr nada allí más allá de perder el tiempo. Mientras procedía, habló.

-Ha sido un placer verte, pero no te quiero molestar más en tu retiro -decía-, ya que, teniendo la oportunidad, no levantaste tu mano contra mí, no lo haré yo contigo… pero el Olimpo no es tan débil como crees.

El otro se limitó a verle irse de allí, mientras se terminaba la jarra. Las ninfas se inclinaron al paso del dios, que ni las miró, más centrado en montar sobre la grupa de Pegaso, que comenzó a cabalgar de vuelta hacia el mundo normal. Sólo entonces Urano se levantó, y del templo de madera asomó una bella mujer, entrada en carnes, con el pelo negro azabache, piel bronceada y ojos pardos, que sonrió al otro dulcemente.

-Te escondiste muy bien, Gea -comentó, sonriendo, Urano-, ¿pasaste miedo del cretino nieto nuestro?

Ella le abrazó, mientras hundía la cabeza en su pecho, acariciando la espalda del otro.

-Jamás, esposo… -murmuró- Tienes razón en que no me hubiera unido a él, estoy cansada de luchar, de vengarme…

-Aquí no nos molestará nadie, tranquila -le recordó, sonriendo-. Tenemos la ventaja de poder no permanecer en las venenosas entrañas de tu hermano, así que nos podemos despejar y recuperar la esencia que en inicio teníamos…

-Nix tenía razón en ese sentido, aunque no lo vaya a admitir nunca por vivir demasiado cerca de Tártaro y no le quiere herir en sus sentimientos -comentó una divertida Gea-. Ella debería venir con nosotros, esta casa que nos cedió Herema es muy acogedora… (1)

Ajeno a todo ello, más por voluntad propia que por no poder escuchar aquello, Zeus estaba volviendo ya a su hogar, donde una fingida Hera hacía como que se preocupaba por la situación. Acicalándose, se miraba a un espejo con algo de maquillaje, disfrutaba del proceso pese a poder hacerlo con un chasquido de dedos… pero le gustaba aquel ritual de belleza, a falta de los que hacían los humanos en su honor siglos antes.

Sabía que a Hermes no le había ido especialmente bien con el mensaje, aunque era normal, por otro lado, dado el mal historial de relaciones que tenía. El cuento que le había dado antes Zeus, de querer despejarse, tampoco se lo creía en especial, pero poco más podía hacer en ese punto, más allá de mover sus fichas con inteligencia. Aquel era un tablero de ajedrez donde varios bandos tenían piezas, unos más que otros, y con más o menos capacidad de movimiento y poder de ataque según de quién se tratara, pero, como pasó en Troya, no todo se decidía por la fuerza de una lanza o de una muralla, sino por la inteligencia de los mandos. En esa ocasión, los dioses de la guerra estaban todos en un lado, al menos dos de ellos… mientras Zeus estaba fuera, ella había convocado, con ayuda de Iris, a otra diosa guerrera.

-Lady Juno -oyó hablar, era una voz juvenil pero fuerte-. ¿Me llamó?

Escuchó el sonido de algo de metal tintinear, con el suave eco del acero de fondo con el marchar de la diosa de las legiones romanas. En sus manos portaba un casco, llevaba una falda de cuero, una camiseta de manga corta roja, un peto y sandalias, procurando limpiar su piel después de haber estado de entrenamiento por Nueva Roma.

-Ave, Belona, diosa de las legiones -según se levantaba de su asiento, en torno a la diosa surgía la piel de una cabra, y sus ropas pasaban a ser militares, pasando los tonos de la misma al rojo y púrpura-. Hacía tiempo que no charlábamos, desde tu cumpleaños, ¿verdad?

Esta se arrodilló ante la otra, que le indicó con un gesto que se alzara.

-Sí, mi señora -dijo, mientras dejaba el casco colocado en uno de los cojines-. Espero que no le importe que venga así, estaba preparando a las legiones para los eventos que se aproximan, a falta de la presencia de Marte.

-Mi hijo está… liado, con ciertos menesteres -le tendió una copa de ambrosía entonces-. Me gustaría charlar lejos de miradas u oídos indiscretos, por los patios.

Asintiendo, la otra recuperó su casco, y miró a la otra.

-¿Podría darme antes un aseo? -pidió-,no me gustaría importunar con… ya sabe.

Juno asintió, y la otra se retiró rápidamente, momento en que la otra cerró su templo, sólo dejando abierta la zona de sus bosques interiores, por donde pasearía con la otra deidad. Ni su marido podría entrar allí, no al menos sin forzar las barreras, y por tanto alertando a la mujer, que haría que su contacto saliera de allí a toda prisa. No se quería encontrar en otros lugares, salvo excepciones, para no llamar atenciones indeseadas, en especial de su marido, así que solía llamarles a su morada. Además, era la reina del Olimpo, ante su llamada se tenían que acudir, quisieran o no.

Cuando la otra volvió, minutos después, portando una toga blanca, sonrió. Belona tenía un cuerpo fibroso, con una hermosa piel algo bronceada, pelo negro y ojos de un intenso marrón, pero que desprendían fuego. Sus manos, aunque con algunas durezas, eran pequeñas de largos dedos, y su pelo, bien peinado, podía llegar a ser realmente hermoso. Siempre había pensado que, de quererlo ella, podía ser una diosa bastante atractiva. Pero ella disfrutaba más de una buena pelea que de un baile, cosa de dioses guerreros.

-¿Sabes que existe un conflicto interno, verdad?

-Algo he oído -comentó, con cierta diversión-. Medio Olimpo con Jupiter, el otro medio con Juno -suspiró algo-. Marte me pidió unirme a él y sus amazonas, pero me negué… lo mío son las legiones, iré con quienes vayan ellos, es una cuestión de principios.

La otra sonrió suavemente.

-Nos llevaremos bien, pues…

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En el Valhalla, Odín se había dedicado a poner a todos en pie de guerra. Los einherjar en su totalidad se habían preparado para el inminente combate, aunque no fuera el Ragnaröck la emoción de luchar contra alguien era más poderosa, y por eso todos estaban eufóricos. No necesitó el Padre de Todos usar su magia con ninguno de sus huestes salvo con los del grupo que, precisamente, iban a enfrentar llegado el momento. Las valquirias estaban también listas para entrar en acción, decepcionadas en buena medida por culpa de su compañera, Samirah, de la que esperaban un comportamiento más ejemplar de una de las suyas, encima una de las importantes.

Los mandos se habían dedicado, además, a acallar cualquier oposición, pues si bien estaban a los mandos de Odín, su diosa madre seguía siendo Freiya. Y si ésta dada la orden tendrían que irse o no actuar, y todas sabían que aquello no iba a ser la mejor de las suertes para ninguna… era lo malo de tener dos o más dioses al mando, que sus intereses podían acabar siendo contrapuestos, como era el caso, obligándolas a o mentir, o no decir nada, o limitarse a tomar decisiones precipitadas basadas en un antojo.

Los semidioses de la Planta 19 estaban reunidos en un lateral, ya fuera del control mental del dios, intentando descubrir qué era lo que había pasado, aunque estaba bastante claro. Más que eso, lo que estaban procurando era hallar un medio de salir de allí lo mejor parados posibles, si es que se podía hacer de alguna manera, lo que veían complicado. Tampoco es que pudieran hacer demasiado más allá de esperar e intentar buscar algún medio de escapar, pero era complicado. En esas situaciones los dioses se volvían más paranoicos que nunca, en especial Allfather, que de norma ya lo era, pero más ahora. Habían visto a varios aesir llegar hasta allí, todos con caras de nerviosismo, pero limitándose a aclamar a las masas para que se animaran más aún y que la moral no decayera en ningún momento.

-Tendríamos que aprovechar cuando llegue alguno más, que todos se estarán fijando en ellos -decía Mallory-, igual mamá nos puede ayudar…

-No se la va a jugar así -respondió TJ, fusil al hombro-, vamos, no creo… al final, es su esposa, ¿no?

Medionacido se atusaba la barba, pensativo.

-Sí, habría más opciones con el padre de Magnus.

Este suspiró. Se acordaba de cómo entregó a Jack, igual que lo hizo su padre, se debía sentir verdaderamente dolido… aunque en esa ocasión fue sin hacerlo adrede, igual eso contaba. Alex, por su parte, observaba a los demás einherjar del salón, con cara pensativa, mientras se acariciaba el cuello.

-Algo me dice que no éramos los únicos que estaban por aquí sin pretenderlo…

-¿A qué te refieres?

A esa pregunta de Mallory, ella miró a los lados antes de responder.

-Creo que mi viejo anda suelto…

Los otros se miraron con cierta sorpresa y bastante cabreados, con lo que había costado atraparle en la primera ocasión, no se querían imaginar en una segunda. En todo caso, de ser así, eso podría justificar en cierta medida todo aquello ante los ojos de los demás dioses, y ante los propios einherjar, que dudaban fueran a ver con buenos ojos que su señor hiciera cosas poco éticas. Claro que la forma de ver la vida de los nórdicos estaba lejos del concepto que se manejaba en occidente.

No teniendo demasiado que hacer, más que atender al llamado de sus superiores cuando les ordenaban formar, se limitarían a encontrar alguna oportunidad para poder salir de allí. Mientras, los dioses estaban de reunión. Prácticamente la totalidad de los aesir, salvo excepciones como Forseti, Baldr y Heimdall, estaban allí en sesión plenaria. Se encontraban sentados en sillas de madera a falta de mejores tronos, con un muy indignado Odín clamando y bramando como una tormenta, el propio Thor tenía a veces que hacer sonar algún trueno a petición del mayor para darle más empaque al mensaje.

Frigg escuchaba con cierta decepción a su marido, tenía en una mano su lanza y en la otra su espada, mientras daba un discurso acerca de la importancia del honor y de la familia, y de la superior importancia del destino y del orden cósmico. Su labia le haría poderle vender una bolsa de hielo a un esquimal, así que estaba hablando sin decir nada sobre la resurrección de Baldr, que era el problema uno. El dos, la entrega de armas, a la que se negaba, este último era más sencillo de entender.

-Porque dime, Hermond, ¿te gustaría dar tus espadas a un cualquiera?

-Claro que no.

-¡Así es! -miró a Hermod, el otro hermano de Baldr- ¿A ti te gustaría dar tu bastón, muchacho?

Este negó, con cierta vehemencia.

-Sin él, no podría hacer demasiado, es mi guía…

-¡Exacto, es su guía! -Odín le hizo un gesto a Thor para que hiciera sonar otro rayo- ¡Igual que las demás, que nos sirven para defendernos de nuestros enemigos! ¡Por eso no podemos darlas bajo ningún concepto!

Comenzaron los vítores entonces, las diosas, como Sif e Idún, parecían convencidas también, notó. Se preguntaba Frigg cuándo se atrevería a decir la verdad, si es que lo llegaba a hacer. Conociendo a su marido, puede que eso jamás pasara, no sería raro que lo ocultara todo hasta el final. La bomba de la vuelta de Balr era demasiado grande, y los acontecimientos hubiera seguido así, de no ser porque se abrió la puerta de la sala donde estaban. En la misma, y con cara de ligeros nervios, estaba Heimdal, móvil en mano.

-¡Padre de Todos! -los nervios se veían en su rostro, eran evidentes- ¡He visto algo increíble!

Antes de que pudiera decir nada, el aludido se abalanzó sobre él y lo sacó de allí, momento en que lo sacó de allí a trompicones, dejando a los demás con cara de sorpresa, sin saber demasiado bien qué decir. Frigg se levantó entonces, aclarándose la garganta, y miró a los demás dioses.

-Diría que sé que es lo que ha encontrado nuestro buen Heimdal, y es que…

-… Badr ha vuelto, Allfather…- murmuraba este.

Estaban ocultos tras las puertas, colocados en la pared contraria, donde nadie pudiera escucharles. El portero de Asgard parecía nervioso, con un ojo mirando al vacío mientras el otro se encontraba con el único de Odín, que le miraba con rostro adusto.

-¿Cómo?

-Sí, ha resucitado, yo…

-Es una alucinación de Loki, seguro, para que estemos nerviosos y centremos la atención en otra cosa.

-¿E-eh? -Heimdal por primera vez centró sus dos ojos en el otro- ¿Loki es libre?

-Así es…

Las puertas tras ellos se abrieron, y allí vieron a los demás dioses. Thor iba con la cabeza gacha, tomado de la mano de Sif, y que la apretaba con ciertas ganas. Frigg tenía el rostro serio, mientras se acercaba a su marido, que había acabado tomando a Heimdall de la pechera, empujándole a un lado, encarando a la diosa.

-Se lo he dicho.

-¿El qué?

-Sabes perfectamente el qué.

-¿Cómo lo has sabido?

-Me sorprende esto, sin duda.

Aquella voz sorprendió a los demás. Un suave olor a frutas se unía con el de la carne, pero fue tan sólo un instante. Rápidamente vieron llegar a una mujer de pelo azabache y ojos azules, con un manto negro y piel pálida, con la mitad izquierda de su rostro con un suave maquillaje de calavera. Ellos sabían, sin embargo, que si ella quisiera podría ser verdaderamente cadavérica.

-Hela… ¿Has venido desde Hellheim hasta aquí por algún motivo concreto?

Odín no parecía especialmente contento, notó la diosa, pero le daba bastante igual.

-Sí, vengo a confirmar las palabras de los reyes de Asgard -avanzó un poco en dirección hacia ellos-. Baldr salió de mi reino hace varios días, por un mensaje directo de las Nornas a través de un dios romano -se apoyó en la pared más cercana ante la estupefacta mirada de los demás-, al parecer era su destino.

Frigg miró a Odín, parecía realmente cabreado. Antes de que este pudiera decir nada, ella intervino.

-Yo lo supe a través de dos medios -comenzó a decir-, si recordáis la nueva profecía, hablaba de un nuevo y un muerto como nuevos reyes, el primero es el grecorromano hijo de Zeus, y si se sigue el orden, sólo hay un fallecido que pueda gobernar Asgard… -suspiró algo entonces, seria-. Eso quería pensar, y lo acabé de confirmar hace poco, gracias a una carta de su hijo Forseti, que consideraba que era importante que se supiera por aquí…

-¿Era todo por él, entonces?

Odín masticó sus palabras con cierta dificultad, pensando bien cómo decirlo. Estaba en una situación peliaguda, pero su verbo seguía siendo tan afilado como siempre, por eso, comenzó a hablar entonces, apareciendo en su ojo y lengua una runa.

-Loki es libre, por eso tampoco quiero dar las armas -comenzó a decir-, el equilibrio de los 9 reinos está en peligro, entre uno y otro, y se deben devolver las cosas a su cauce, porque esto sólo beneficia a Caos -tomó a Hermond de los hombros, así como al propio Heimdal-. ¡Siempre os he guiado con sabiduría, incluso durante la guerra contra los vanir, fue ahí cuando demostré mi gran liderazgo!

-No es lo mejor el haber tomado al hijo de Frey por la fuerza, ni tampoco a mi hija, o a los muchachos de Tyr -le espetó-, cientos de hijos de Thor, de Heimdal o de Sif, todos ellos han sido obligados a seguirte, decidme, ¿estáis de acuerdo con ello?

Los demás se miraron, sin saber demasiado bien qué decir. Era el turno de Odín de apelar.

-Están de acuerdo porque lo importante es el orden, Frigg -le recordó-, los semidioses sirven nuestros designios, quieran o no, es su destino.

La otra frunció suavemente los labios.

-Los semidioses nos sirve, entonces.

-Exacto.

-Nos sirven a nosotros… ¿o a ti?

Odín comenzó a moverse entonces, en torno a ellos se habían colocado formando un círculo, mientras la otra seguía sus pasos hasta colocarse uno frente al otro, pero en los lados opuestos al inicio. Ahora Odín estaba más cerca de la salida, algo acorralado a nivel de debate y en sentido literal.

-Nos sirven a todos, porque me sirven a mí, os recuerdo que serán mis huestes las que luchen en el fin de los días.

-¿Y las de Freyja no cuentan?

-¿Esos guerreros son tan fuertes como mis einherjar, de verdad lo piensas?

-Son tan vikingos como los tuyos.

-Lo dudo mucho.

Y se volvieron a mover, los demás dioses veían aquello con cierto nerviosismo. Jamás les habían visto discutir de esa manera. Sin ninguna duda, aquello iba a ser largo. Sin embargo, antes de que siguieran yendo a más, Hela intervino.

-Aunque soy la primera en disfrutar de ver al Allfather en un apuro, tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos -se acercó por primera vez a los demás, los demás dioses se fijaron en que, lejos de ese aspecto terrible que siempre portaba, ahora mostraba uno mucho más sano-. Efectivamente, ambos han vuelto al tablero, y sus actuaciones serán claves en toda esta… nueva gran guerra.

Era evidente que aquello era una guerra. Todos eran conscientes de ello, aunque no les gustara decirlo en voz alta, pero así era.

-¿Y qué hacemos, entonces?

La pregunta formulada por Hodr era muy pertinente y necesaria de responder. Y nadie sabía cómo hacerlo, no al menos sin provocar en el proceso otro debate interminable.

-Deberíamos contar con los vanir también, al final son tan dioses como nosotros -comenzó Frigg-, y sobre todo, no actuar porque nos de la gana.

Pero Odín negó con vehemencia.

-El rey de los dioses soy yo, no ningún vanir, que espabilen si quieren intervenir, o que no lo hagan -parecía de verdad molesto-. ¡Cualquier insubordinación será gravemente penada, nos estamos jugando mucho, como desde nuestro anterior enfrentamiento!

Fue entonces que tomó del brazo a Thor y lo sacó de allí a rastras, el otro se dejó hacer, y, tras estos dos, fueron los demás. Sólo se quedaron atrás Frigg, Sif y Hela, todas las demás deidades siguieron al Allfather, cuyos gritos de exaltación se escuchaban por todo el palacio de Valhalla.

-No vamos a lograr nada, me parece… -murmuró entonces Frigg, mientras volvía hacia la sala de reuniones -, ese cabezota hará lo que quiera, aunque sea en contra de los intereses de todos, con tal de defender los suyos…

-En cierta medida lleva razón -le defendió Sif-, sin embargo… creo que tú la tienes más.

Hela intervino en ese momento.

-Nuestra única opción reside precisamente en este Salón -comenzó a decir-, fue un error estratégico por parte de Odín traer aquí a parte de los jóvenes de la profecía, hablaré con ellos para que estén listos para actuar.

-¿Crees que mi marido dejará que nadie se le acerque a por sus armas?

-No lo hará, pero hay que quitarle esas armas.

Sif, perspicaz, intervino.

-¿Desde cuando estás de nuestro lado?

Hela entendía la pregunta. Ella era una hija de Loki, y participe del Ragnaröck en el bando del caos, y que ahora se hiciera la digna con todo aquello… Sin embargo, la respuesta, para la diosa al menos, era clara.

-Porque el Ragnaröck, desde cierta perspectiva, es orden también -explicó-, el destino, seguirlo, es orden… dejar que las cosas sigan un rumbo sin planificar es caótico, y fortalece al enemigo, y como Aesir, me gusta el orden.

Era una forma particular de verlo, desde luego. Pero a Frigg le valía, si eso hacia que la otra las ayudara. Cuantos más fueran mejor, no tenía duda de ello. Sif no parecía demasiado convencida, aun así, pero no era el momento de discutir, y Hela comenzó a actuar para lograr el objetivo. Se ocultó entre las sombras, y comenzó a recorrer los pasillos a toda velocidad hasta llegar a la sala donde estaban todos los einherjar, pero se acercó directamente hasta el grupo de la Planta 19, y acarició con cierto disimulo el rostro de Alex, que giró en dirección hacia donde proyectó su cuerpo. Sabiéndose vista, la diosa se ocultó en una zona más apartada, y la semidiosa, tras revisar sus alrededores y comprobar que nadie la miraba o vigilaba, anduvo hacia allí, siempre conservando cierto estado de alerta.

-Me alegra verte, hermana -decía Hela-, ¿tienes un momento para hablar?

Alex no parecía en especial entusiasmada, pero se limitó a acercarse.

-¿Quieres algo en concreto? -preguntó- No estoy en especial situación de ayudarte.

-En realidad, vengo a ayudarte a ti -le explicó Hela-. A salir de aquí.

Una suave sonrisa apareció en el rostro de la joven, que adoptó una postura más relajada, interesada en las palabras de la otra.

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(1) Hija de Nix, y diosa primordial de la luz junto a su esposo, Éter.

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!