Capítulo 3. Sombras

Lexa yacía desnuda en el suelo, manchada de rojo, con Alenna en sus brazos. La música seguía llegando tenue del baile de arriba, sin que ningún invitado del senador tuviera la menor idea de que su único hijo acababa de morir asesinado bajo sus pies. Don Majo estaba sentado en el cabezal de la cama, mirando el cadáver del joven don. Eclipse se lamía los labios con una lengua traslúcida, y un suspiro de la loba-sombra resonó por el suelo. La belleza en brazos de Lexa tiritó al verlos.

Ahora voy a apartar la mano, amor —susurró Lexa—. No te haré daño. Voy a atarte, luego me vestiré y me escabulliré hacia la luz de los soles y jamás volverás a verme. ¿Te parece bien así?

Alenna asintió con frenesí, parpadeando para quitarse las lágrimas de los ojos. La suave voz femenina de Eclipse pareció llegar desde debajo de los tablones del suelo.

—… ESO ES UNA NECEDAD…

—… y tú debes de ser toda una experta en necedades, cachorra... —dijo, burlón, Don Majo.

—… MEJOR LIBRARNOS DE ELLA. NO TENEMOS MOTIVO PARA DEJARLA VIVIR…

Ni para acabar con ella —replicó Lexa—. A no ser que alguien me pague. A ver, ¿uno de vosotros no debería estar vigilando el pasillo por si baja algún guardia?

—… yo vigilé la última vez, cuando te ocupaste de aquel magistrado…

—… MENTIROSO, YO ESTUVE MONTANDO GUARDIA FUERA TODO EL TIEMPO. TÚ TE DEDICASTE A ENGULLIR COMO UNA CERDA EN UN COMEDERO…

— … ¿y cómo puedes saberlo, si tú estabas montando guardia fuera todo el tiempo?…

¿Habéis terminado ya los dos? Se pueden contar sin manos las mierdas que me importa quién lo haga, pero más vale que uno de vosotros salga ahí fuera, porque terminará viniendo alg…

Sonó un débil rasgueo en la puerta. Una voz profunda llamó desde el otro lado.

¿Mi don?

Lexa renegó entre dientes y apretó la garganta de Alenna.

Mi don —dijo una segunda voz—. Vuestro padre reclama vuestra presencia.

Guardias, a juzgar por cómo sonaban. Y eran dos como mínimo.

—… TE TOCABA A TI… —susurró Eclipse con ferocidad.

—… chucha embust…

Lexa chistó a sus pasajeros y pensó a toda velocidad. Habiendo guardias al otro lado de la puerta, la posibilidad de escabullirse sin llamar la atención acababa de saltar por los aires. Palomo estaría esperándola con el carruaje, pero no iba a servirle de nada allí abajo. Podía luchar sin problemas, pero estaba desnuda, desarmada a todos los efectos, y el ruido atraería a más guardias. Las sombras eran profundas, pero al estar los dormitorios en los sótanos, no había ventanas por las que poder…

Lexa dio un respingo cuando el codo de Alenna impactó en sus costillas y, con una negra maldición, la joven echó la cabeza hacia atrás y la estrelló contra la nariz de Lexa. Al liberarse un poco, Alenna cogió aire y chilló, amortiguada solo en parte por los dedos de Lexa.

¡Asesina! —gritó—. ¡Socorro!

Lexa estampó el puño en la cara de la chica, una vez, dos, y la dejó inconsciente. Oyó una palabrota y el fuerte golpe de algo embistiendo contra la puerta.

¿Mi don? —exclamó alguien—. ¡Abrid!

—… te tocaba a ti…

—… MIENTES…

¡Que os calléis de una vez!

Lexa se puso el vestido por la cabeza mientras la puerta temblaba en sus goznes. Metió la mano en su corsé descartado, recuperó su daga de hueso de tumba y le pareció que el cuervo del puño la censuraba con su reluciente mirada de ámbar. Atrajo a las sombras que la rodeaban y las dejó caer sobre ella, convirtiendo el mundo en negro y desapareciendo en su interior. La puerta se abrió de sopetón y Lexa vio dos figuras borrosas destacadas contra la luz. Una de ellas gritó el nombre de Aurelio y se movió en la que Lexa confiaba que fuese la dirección de la cama. La otra vio en el suelo a la chica liisiana, desnuda y ensangrentada, y se acuclilló a su lado. Y con la puerta despejada, Lexa arrojó a un lado su capa de sombras y echó a correr. Los guardias le gritaron que regresara, pero Lexa aceleró por el lujoso pasillo hacia la amplia escalera. Arriba aparecieron otros dos guardias, que fruncieron el ceño, confundidos por la chica manchada de sangre que subía los peldaños hacia ellos. Uno alzó una mano para detenerla y la daga de Lexa destelló, dentro y fuera, hasta la empuñadura en el abdomen. El hombre ahogó un grito y cayó por la escalera mientras su compañero daba la voz de alarma y desenfundaba su espada corta. Lexa se echó a un lado y gimió cuando la hoja le hizo un profundo corte en el hombro y la parte superior del brazo, aunque su sibilante contraataque atravesó limpiamente el cuello del guardia. El hombre se derrumbó gorgoteando, pero Lexa ya había remontado la escalera y llegado a la planta baja. Irrumpió en el salón principal y los dones y donas nacidos de la médula gritaron sobresaltados al verla, con una hoja ensangrentada en la mano, el pelo oscuro enmarcando unos ojos aún más oscuros que rezumaban furia.

Disculpad, mi dona —suplicó Lexa al derribar a una joven bonita hacia un lado, abriéndose paso por el salón.

Llegaron más guardias a la estancia, pero no estaban muy seguros de a quién perseguir ni por qué. Los dos hombres del dormitorio de Aurelio aparecieron por la escalera, buscaron entre la confusa multitud y por fin divisaron a Lexa avanzando a empujones entre el gentío.

¡La chica de rojo! —vociferó uno—. ¡Detenedla!

¡Asesina! —gritó el otro—. ¡Ha matado al hijo del senador!

El salón se sumió en el caos. Algunos intentaron asir a Lexa y otros huyeron de ella. Cortó a un Administratii adinerado desde el muslo hasta la ingle cuando intentó aferrarla, y dio un codazo en la cara a otro caballero que lo dejó sin sentido. El estilete de su mano y la mirada de sus ojos disuadió a otros benefactores y, con un paso lateral, un empujón y una voltereta, Lexa cruzó la puerta doble y corrió por el ostentoso vestíbulo. Cogió una jarra de la bandeja de un patidifuso sirviente y engulló el vino dorado que contenía antes de arrojársela al guardia que iba hacia ella. El pesado cristal rebotó en la cabeza del hombre y lo tiró al suelo. Salió al jardín del palazzo de Aurelio. Los gritos de «¡Asesina!» resonaron a su espalda y tres guardias llegaron corriendo escalinata arriba para detenerla. Los soles gemelos que refulgían en el cielo estuvieron a punto de cegarla.

Mierda.

Los tres guardias iban armados con gladius cortos de doble filo, y en sus ojos se leían las ganas de matar. El hombro de Lexa sangraba con profusión y le empapaba el vestido. Se vio obligada a ponerse a la defensiva: invocó la sombra del líder de los guardias y adhirió sus botas al suelo antes de rodar entre sus hojas, segó un par de piernas del suelo durante la voltereta y luego se levantó. Corrió entre los caballos y los carruajes que esperaban alrededor del patio de Aurelio y encontró el que buscaba.

¡Palomo! —rugió.

Un adolescente levantó la cabeza entre la multitud. Llevaba una sencilla máscara volto rectangular, ropa de sirviente y el pelo oscuro muy corto. De la comisura de sus labios colgaba un cigarrillo. Por la mejilla derecha de su máscara descendían tres lágrimas de sangre. No tenía aspecto de ser una mano de la Iglesia de Nuestra Señora del Bendito Asesinato, pero al oír el segundo grito de Lexa, se puso en pie como por resorte en el pescante.

¿Estás bien? —preguntó.

¿Te parece que estoy bien, joder? —gritó Lexa corriendo a toda velocidad en su dirección.

Palomo volvió a mirar a la hoja herida y los guardias que la perseguían. Escupió el cigarrillo, echó mano al interior de su abrigo y sacó dos ballestas pequeñas. Apuntó con meticulosidad y derribó a los guardias más próximos a Lexa con dos disparos casi simultáneos.

¡Corre! —gritó gesticulando.

¡Caramba, gracias por el consejo!

Un silbido cerca de la oreja de Lexa le dijo que habían llegado más guardias armados con ballestas y, mientras pasaba como una exhalación entre los anonadados cocheros, una punzada de dolor al rojo blanco en el trasero la informó de que al menos uno de ellos no disparaba mal del todo. Trastabilló, cayó con una maldición y se raspó las palmas de las manos y las rodillas contra la gravilla. Siseó de dolor, se levantó como pudo y agarró el pivote de ballesta que le sobresalía por detrás.

Por los dientes de las Fauces, ¿te han dado en el…?

¡Dispárales tú también, mamón de mierda!

Palomo descargó de nuevo sus ballestas y derribó a otro guardia con un proyectil en la garganta. El chico se agachó para recargar y una lluvia de saetas voló sobre la cabeza de Lexa y perforó a dos cocheros y a un semental que se mostró muy molesto. Por desgracia, cuando Palomo se levantó con las ballestas recargadas, una flecha lo alcanzó en el pecho y lo tumbó de espaldas a través del techo del carruaje, entre una fuente de sangre. Lexa vio que su mano intentaba levantarse, con los labios teñidos de rojo, pero al final el chico desfalleció con un gimoteo borboteante.

—… YA TE ADVERTÍ QUE ERA IDIOTA…

—… por una vez, estamos completamente de acuerdo…

Lexa estaba de pie, buscando cobertura entre los caballos revolucionados y los cocheros temerosos. Pero con el brazo hecho trizas, era imposible que pudiera conducir un carruaje y manejar el látigo a la vez, y los guardias de Aurelio estaban ganando terreno a marchas forzadas. Su daga de hueso de tumba destelló al cortar las correas de cuero y los aparejos de un semental alto y blanco. Con una mueca de dolor, se aupó a lomos del corcel.

—… ¿has olvidado lo mucho que te odian los caballos?…

Eso parece.

—… ¡CABALGA!…

Lexa azuzó al caballo con las botas y el semental salió al galope, sus cascos levantando la gravilla prensada del patio de Aurelio mientras los guardias le ordenaban a voces que se detuviera. Volaron virotes de ballesta junto a su cabeza y rozando los costados de su caballo, y uno se clavó en sus cuartos traseros. El animal chilló e intentó desmontarla, pero Lexa se aferró a él como una sombra a los pies de su propietario. El semental ganó velocidad de repente y cruzó el portón hacia las amplias avenidas de la ciudad de Galante. En la distancia tañeron campanas que resonaron en docenas de catedrales, cúpulas y minaretes distintos. La Misa del Fuego había llenado las calles de gente, juerguistas que gritaron maldiciones cuando Lexa pasó al galope en su semental herido. La hoja echó un vistazo hacia atrás y vio a media docena de guardias a caballo persiguiéndola. La sangre que manaba de su hombro le pegaba el vestido a la piel por detrás. Empezaba a notarse mareada por la pérdida de sangre. Con una pintoresca palabrota, se sacó la flecha que llevaba clavada en el trasero y el suplicio casi hizo que se desmayara. Tenía que salir de las calles, ir a algún lugar oscuro y esconderse hasta que remitiera el jaleo. Las calles de Galante estaban atestadas incluso allí, en el barrio de los nacidos de la médula. Como poco, demasiado llenas de gente para prolongar mucho la persecución. El arrebato de velocidad de su aterrorizado semental ya remitía y el caballo empezaba a cojear por el virote que le habían clavado en su propio trasero. Lexa desmontó en el centro de un gran grupo de juerguistas borrachos, con los gritos de los guardias que le daban caza resonando en los oídos. Se metió por un callejón, entre una de las incontables catedrales de la ciudad y un altísimo edificio de los Administratii, y se internó en la madriguera de callejuelas de Galante. Le faltaba el aliento, le bailaba la visión y la hemorragia hacía que le temblaran las manos. Había perdido toda la sensibilidad en el brazo izquierdo, y la voz de Don Majo la urgía a seguir adelante. Al cabo de un tiempo, encontró una valla de hierro forjado y, tras ella, un océano de lápidas y tumbas invadidas por oscuras malezas y flores de colores vivos.

«La necrópolis de Galante.»

Cruzó renqueando la puerta y se tambaleó entre las ceñidas hileras de mármol y granito cubiertos de musgo, entre los enormes mausoleos donde se apiñaban generaciones de muertos nacidos de la médula. Se acuclilló bajo el alero de una tumba perteneciente a algún hijo de puta ricachón, olvidado mucho tiempo atrás. Y extendió las manos hacia las sombras, las reunió con dedos diestros y las tejió en torno a sus hombros. Como ocurría siempre, el mundo se volvió negro bajo la capa de Lexa. Pero, aun así, oyó a los guardias de Aurelio entrar en la necrópolis, sus botas pisotear las losas. Su capitán ladró una orden y el grupo se dispersó por el denso laberinto de criptas y panteones y sepulcros, entre gritos de «¡Asesina!» que arrancaban ecos de la piedra blanquecina.

Un guardia se quedó donde estaba.

Lexa apenas alcanzaba a verlo a través de su velo de sombras, pero le bastó su difusa silueta para saber que era un hombre enorme. Sus botas hicieron crujir la gravilla mientras merodeaba por los mausoleos, murmurando en voz baja. Lexa contuvo el aliento cuando el guardia se acercó a su escondrijo, girando la cabeza de lado a lado. Sintió una gota cálida bajando por su espalda y sus sombras se tragaron el arrebato de temor que la embargó al caer en la cuenta de que, por mucha capa de sombras que llevara, su sangre habría dejado rastro y seguiría acumulándose a sus pies. El guardia se aproximó con paso cauto a la cripta donde estaba Lexa. Y en lugar de limitarse a rezar para que pasara de largo, la chica arrojó a un lado su capa y se abalanzó sobre él con el estilete en la mano. El guardia llevaba cota de malla bajo sus elegantes ropas, pero la hoja de hueso de tumba atravesó los anillos de acero como si fuesen de mantequilla. Hundió la daga hasta la empuñadura, pero, al haber atacado a ciegas, le faltó un poco para alcanzar el corazón del tipo. El hombretón gritó mientras Lexa atacaba de nuevo y, en esa ocasión, le seccionaba la yugular. Le llovió en la cara un chorro carmesí, cálido y húmedo, y el guardia la agarró por la muñeca y le propinó un gancho terrible en la mandíbula. Lexa chocó contra la pared de la tumba, descargó un golpe sobre la mano que la retenía y los dos cayeron rodando al suelo. El guardia tenía la tráquea intacta y se dedicó a bramar mientras la chica, rugiendo, lo apuñalaba una y otra vez. Dieron vueltas sobre las losas, mientras que tanto Eclipse como Don Majo le advertían con susurros que estaban volviendo los demás guardias. Pero su actual enemigo era inmenso y, por mucho entrenamiento que tuviera, Lexa estaba herida, sangrando, y quien crea que no supone ventaja alguna ser el doble de grande que el adversario es que nunca ha luchado contra alguien de la mitad de su tamaño. Oyó unas botas atronadoras y torció el gesto cuando el guardia la agarró del pelo. La hoja de Lexa por fin halló de nuevo el cuello de su oponente y lo dejó tendido en los adoquines proyectando un chorro espumoso y rojo. Lexa se levantó como pudo y vio que se aproximaban otros cuatro guardias.

—… ¡corre!…

¿Cómo? —resolló ella.

—… ¡ESCÓNDETE!…

¿Dónde?

¡Alto!

Los cuatro guardias se desplegaron a su alrededor, todos con el uniforme del senador Aurelio. Lexa oyó silbidos lejanos en la calle y el troc, troc de botas de legionario. Sin miedo, pese a que estaba mirando a la muerte a la cara, clavó los ojos en el guardia más alto e hizo rodar el estilete entre sus dedos. Pensó en el cónsul Azgeda y en el cardenal Jaha. En su familia, todavía sin vengar. Pero el arrepentimiento procede en última instancia del miedo e, incluso allí, viendo cerca su final, no halló nada de este último en su interior. Solo estaba la ira de que todo terminara así.

¿Quién morirá primero? —preguntó, mirando furibunda a los hombres que la acosaban.

El más sabio de los guardias apuntó una ballesta cargada a su pecho.

Diría que tú, zorra —espetó.

La abrumó una sensación gélida, oscura y hueca. Se le erizó la piel ensangrentada. Los soles ardían en lo alto del firmamento, pero allí, en la necrópolis, las sombras eran oscuras, casi negras. Una forma se alzó detrás de los guardias, encapuchada y envuelta en una capa, con sendas hojas de lo que solo podía ser hueso de tumba en ambas manos. Trazó con una de ellas un arco hacia el guardia de la ballesta y le separó la cabeza de los hombros. Los demás guardias gritaron y alzaron sus espadas, pero la silueta se movió como el relámpago y dio uno, dos, tres tajos. Casi en menos tiempo del que a Lexa le costó parpadear, los cuatro guardias estaban muertos en el suelo.

Por los dientes de las Fauces —susurró Lexa.

Las sombras que había a sus pies titilaron y Eclipse cobró forma con un gruñido. Don Majo apareció en su hombro, erizado y siseando. Lexa notó frío en los huesos mientras sus pasajeros se tragaban el miedo y su salvador se volvía de cara a ella. No era humano. Eso al menos resultaba evidente. Sí, tenía forma de hombre bajo aquella capa, alto y de espalda ancha. Pero sus manos… Por el abismo y la sangre, las manos cerradas en torno a las empuñaduras de sus espadas eran negras. Tenebrosas y traslúcidas, con los dedos enroscados sobre las armas como serpientes. Lexa no podía verle la cara, pero desde las profundidades de su capucha se retorcían y culebreaban negros tentáculos, que mantenían baja la tela sobre sus rasgos. Y aunque era casi verano profundo y abrasaban dos soles en el cielo, su aliento pendía en nubes blancas al salir de sus labios y a Lexa le provocaba gélidos escalofríos por todo el cuerpo.

¿Quién eres?

PREGÚNTATE ESO A TI MISMA... —respondió el ser. Tenía una voz profunda, sibilante, teñida de una extraña reverberación—. LEXA WOOD.

La chica parpadeó.

¿Me conoces?

La silueta se acercó, de un modo que Lexa solo pudo describir como… reptante. Empezó a extenderse una capa de escarcha sobre las tumbas y las criptas de alrededor.

Sé que estás destinada a más que esto —dijo el ser—. Tu verdad yace enterrada en la tumba. Y pese a ello, tiñes de rojo tus manos para ellos, cuando deberías estar tiñendo de negro los cielos.

—… qué bien, nos ha tocado un críptico…

Tu venganza es como los soles, Lexa Wood. Tan solo sirve para cegarte.

¿Se puede saber de qué coño hablas?

Lexa oyó gritos y se volvió hacia el sonido de las botas que se acercaban.

Busca la Corona de la Luna.

Al volver a mirar, descubrió que el ente se había esfumado, como si jamás hubiera existido. El aliento de Lexa seguía flotando blanco en el aire, la gelidez se desvaneció lenta de sus huesos y la voz siguió resonando en la negrura de detrás de sus ojos. Miró a su alrededor en el cementerio, vio solo cadáveres y criptas y se preguntó si estaría soñando despierta.

—… Lexa, ya vienen…

—… DEBEMOS MARCHARNOS…

Más silbidos. Botas que se aproximaban. Sangre en su rostro y el resto de su piel. Lexa recogió la capa de un guardia, la menos manchada de rojo de todas. Y mientras se echaba la capucha, cruzó renqueando la necrópolis lo más rápido que pudo, rebasó con esfuerzo la verja de hierro forjado y desapareció en el laberinto de callejones de Galante. Dejando solo cadáveres en su estela.

Los Jardines Colgantes de Ashkah eran una visión inigualable bajo cualquier sol. En Tumba de Dioses, los inmensos jardines de los tejados de la Pequeña Liis rebosaban de novia de soles y rosamiel que ayudaban a amortiguar el hedor del río Rosa con su maravilloso perfume. En Fuerteblanco, los laberintos ajardinados que mandó erigir el rey Francisco III para entretener a sus amantes se extendían kilómetros y kilómetros, y un ejército de esclavos se dejaban la piel para mantenerlos podados, incluso un siglo después de la caída de la monarquía. Las Torres Espinadas de Elai, que superan los veinte metros de altura, están cubiertas de tupidas marañas de videspino. Cuando la vid florece poco antes del verano profundo, las torres se llenan de capullos que pueden verse desde el otro extremo de la ciudad. Pero ningún jardín de la república puede compararse a los Jardines Colgantes de Ashkah, gentiles amigos.

Ni por su majestuosidad, ni por sus horrores.

Lo primero que asaltó a Lexa fue el olor. Invadió la peste de su jaula estando a kilómetros de distancia de la ciudad. Sangre, sudor y la miseria más negra. Mordiéndose el labio, contempló la metrópolis que se alzaba de la neblina muy por delante de su carro. Varios niños se echaron a llorar, seguidos por las mujeres más jóvenes. Lexa sintió que su sombra se inflaba cuando fijó la mirada en el destino de su travesía.

Nunca temas.

Los Jardines Colgantes fueron fundados por exploradores liisianos tras el derrumbamiento del Imperio Ashkahi. En los siglos transcurridos desde la caída, el puerto se había extendido hasta convertirse en la mayor metrópolis de la costa, y en la actualidad era el núcleo más importante de los mares meridionales para obtener el combustible que alimentaba el fuego de la República Itreyana.

«La esclavitud.»

La ciudad portuaria estaba levantada en piedra roja al borde de una bahía natural. La arquitectura era una combinación de antiguas ruinas ashkahi y agujas y cúpulas de diseño liisiano, construidas sobre los restos de la antigua ciudad. Y rodeando por completo los Jardines Colgantes, pendían miles de jaulas ocupadas por miles de cadáveres humanos. Algunos llevaban décadas allí y de ellos quedaban solo huesos raídos. Otros habían muerto hacía poco. Pero por los lastimeros gimoteos que se alzaban sobre la lejana y ajetreada metrópolis, Lexa supo que había centenares de ellos que aún seguían con vida. Los habían dejado colgando en sus jaulas hasta que murieran.

Los Jardines Colgantes de Ashkah. Sus flores eran de hueso y carne.

Y Lexa había llegado por fin.

La caravana cruzó traqueteando unos amplios portones de madera y la peste fue creciendo en la misma medida que el calor. Las calles estaban abarrotadas y el puerto, rebosante de barcos procedentes de toda la república. Algunos descargaban y otros zarpaban repletos de ganado para la reventa. Era la temporada de mercado, cuando las tripulaciones de esclavistas regresaban de sus incursiones por las costas ashkahi y de más al este con las bodegas llenas de carne fresca. Los legionarios itreyanos se rozaban por la calle con los mercaderes liisianos, y el estrépito de la moneda y la aflicción saturaba el aire. Lexa notó que alguien se ponía a su lado después de abrirse paso a empujones. Al volverse, vio a una mujer delgada que miraba boquiabierta las calles, sin color en el rostro.

—Que Aquel que Todo lo Ve nos ayude…

Lexa miró los dos soles del cielo con los ojos entornados.

—No creo que esté escuchando —musitó.

La caravana se detuvo en el agitado borde de la plaza del mercado. Bebelágrimas bajó del pescante, fue cojeando hasta la parte de atrás del carro de las mujeres, retiró la lona y señaló a Lexa.

—Muy bien, chica —dijo—. Para el Agujero vamos.

La capitana abrió la cerradura de la jaula y retrocedió ballesta en mano. Ya había comerciantes amontonándose en torno al carro, toqueteando el género a través de los barrotes y evaluándolo. Un grupo de matones a sueldo del mercado empezó a descargar a los hombres del carro de cola, y los grilletes entonaron una canción herrumbrosa mientras los prisioneros saltaban a la tierra apisonada. Lexa salió de su carro y miró la muchedumbre que la rodeaba.

«Ya estoy aquí.»

Ocultó la sonrisa tras los enmarañados mechones de su pelo.

«Un paso más cerca.»

El Agujero estaba excavado en el lado opuesto del mercado, y Lexa alcanzó a oírlo mucho antes de posar en él la mirada. Vítores desganados y gruñidos de dolor, el tintineo de la moneda y el crujido del hueso. Mientras cruzaban la bulliciosa plaza, al menos una docena de mercaderes hicieron parar a Bebelágrimas interesados en comprar a Lexa. La chica tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para mantener a raya su temperamento mientras los hombres manoseaban sus curvas y comprobaban sus dientes con dedos sucios. Pero Bebelágrimas rechazó todas las ofertas que le hacían por Lexa, respondiendo que pronto saldría a la venta en el Agujero. Las negativas de la capitana se recibieron con incredulidad o desaliento, y un mercader declaró que era «desperdiciar unas buenas tetas». Pero Bebelágrimas se mantuvo firme y las dos siguieron andando. El Agujero era justo eso: un hoyo de tres metros de profundidad y quince de anchura, excavado en el suelo y cercado por paredes de caliza. A un lado se alzaba un amplio corral, cuyos barrotes de hierro oxidado retenían a una multitud de esclavos musculosos. El Agujero estaba rodeado de gradas de caliza, atestadas de vociferantes corredores de apuestas y escandalosos jugadores. Y en el anillo más interno, atendidos por sus segundos y sus sirvientes, Lexa vio a más de una docena de sanguilas. Lexa se quedó con la cabeza gacha ante las puertas de hierro del Agujero. Unos legionarios itreyanos con yelmos emplumados estaban examinando la mercancía de otro esclavista antes de permitirle el paso. Por debajo de su enmarañada cortina de pelo, la chica susurró:

—¿Ves a Leónidas?

—Sí, ahí. —Bebelágrimas señaló con la cabeza hacia más allá del corral—. Ese hijo de puta gordinflón.

—Son todos unos hijos de puta gordinflones.

—El hijo de puta más gordinflón, pues.

Lexa entrecerró los ojos y acabó distinguiendo a un itreyano que estaba sentado bajo un ancho parasol. Iba vestido con levita larga a pesar del calor y llevaba el pañuelo ceñido al cuello por un broche con forma de cabeza de león. Tenía la cara morena y el cuerpo rechoncho de comer y beber demasiado durante demasiados años. A su lado estaba sentado otro itreyano, grande y musculoso, que observaba el Agujero con ojo crítico.

—Ese otro es Tito —dijo Bebelágrimas—. Es el executus, entrena a todo el ganado de Leónidas.

—Sé lo que es un executus —murmuró Lexa.

—¿Seguro? Porque, si me gustara apostar, me jugaría hasta el último mendigo a que no tienes ni puñetera idea de lo que estás haciendo.

—Ya te lo dije —repuso Lexa—. Leónidas ha entrenado a dos de los tres últimos campeones del Venatus Magni. Tiene puestos de salida en todos los circos. Soborna a los funcionarios correctos y chantajea a la gente que debe. Si quiero ganar mi libertad, lo que más me conviene es que me entrene él.

—Pero ¿por qué, chica? —exigió saber Bebelágrimas—. ¡Podrías haberte marchado libre en el desierto! ¡Por el abismo, te dejo marchar libre ahora mismo! Me salvaste de aquellos saqueadores en el desierto, y yo pago mis deudas. En nombre de Aquel que Todo lo Ve, ¿por qué quieres ser gladiatii?

—Hice una promesa —respondió Lexa—. Y pretendo cumplirla.

—¿Qué clase de promesa puede mantenerse en un sitio como este?

Lexa miró hacia el Agujero y su voz salió como un susurro.

—Una promesa roja.

—Esto es de locos.

—… es más sabia de lo que aparenta…

El susurro llegó desde la sombra que daba el pelo enredado de Lexa, demasiado tenue para que la capitana lo oyera. Bebelágrimas se quitó el tricornio y se pasó la mano por el pelo. Miró de soslayo a Lexa y suspiró.

—Una chica como tú no pinta nada en este negocio.

—Créeme, capitana —replicó Lexa—, nunca has conocido a una chica como yo.

Bebelágrimas maldijo, pero, fiel a su palabra, avanzó hacia los legionarios de la entrada. Los dos hombres la saludaron con la cabeza y levantaron las cejas al reparar en la joven flacucha que iba encadenada a su lado.

—¿Te has perdido, capitana? —preguntó el legionario grande.

—Los rediles de placer están por allí —dijo el legionario más grande señalando con la cabeza hacia la bahía.

Bebelágrimas se sorbió con fuerza la nariz y escupió en la arena.

—Apartaos, apestosos hijos de puta. Tengo una luchadora nata que colocar y no puedo perder tiempo charlando con quienes no muestren moneda.

El más grande miró extrañado a Lexa.

—¿Y piensas vender esta delgaducha a un sanguila?

Los legionarios estallaron en sonoras carcajadas y se agarraron los costados como malos actores en una pantomima. Lexa mantuvo la cabeza gacha mientras Bebelágrimas se encaraba con el primer guardia. Por grande que fuera, la mujer lo igualaba en corpulencia.

—¿Alguna vez he traído mal género aquí, Paulo? —Miró al otro hombre—. No me digas cómo llevar mi negocio, capullo gallito. Lo conozco bien, y está en el puto Agujero.

Los soldados se miraron, algo avergonzados. Se apartaron con leves encogimientos de hombros y dejaron pasar a Bebelágrimas y Lexa al corral. Un hombre mantecoso que llevaba una tableta de cera apuntó el nombre de Bebelágrimas, y un chico bizco marcó el brazo de Lexa y la espalda de su túnica con un número en pintura azul. Lexa lo observó mientras trabajaba, preguntándose de dónde procedería, cómo había terminado allí. Vio el círculo arkímico que llevaba tatuado en la mejilla. El chico cogió a Lexa por los grilletes y empezó a tirar de ella hacia los otros esclavos. La chica se resistió un momento y miró a Bebelágrimas a los ojos.

—Una cosa más, capitana —dijo en voz baja.

—¿Ah, sí? —La capitana enarcó una ceja—. ¿Tantos favores crees que te debo?

—Me debes tu vida. Yo a eso lo llamaría el favor más gordo que existe. Algún giro, podría querer cobrármelo. Y sería estupendo no tener que pedírtelo dos veces.

Bebelágrimas respiró hondo.

—Como te he dicho, yo pago mis deudas.

Satisfecha, Lexa se dejó arrastrar al calor sofocante con el resto del ganado humano. Miró a su alrededor y cayó en la cuenta de que era una de las dos únicas mujeres. La otra era una dweymeri con las manos como sartenes. Tenía los ojos fijos al frente, concentrada en lo que pasaba en el Agujero y evitando las miradas curiosas de sus compañeros de corral. Parecía un procedimiento bastante sencillo. Los tratantes de carne como Bebelágrimas se paseaban por las gradas cantando maravillas de su mercancía a los sanguilas. Y de una en una, a esas posesiones se les daba una espada de madera y se las arrojaba de cabeza a un violento combate. Había media docena de luchadores profesionales en el centro del Agujero, todos ellos montañas de músculo y cicatrices. Cuando se empujaba a un aspirante a la arena, un luchador al azar cogía otra espada de madera y emprendía la tarea de hundirle el cráneo con ella. El público apostaba, abucheaba y aullaba, y si el rival seguía en pie al cabo de unos minutos, los sanguilas podían pujar para llevárselo. Los que parecían prometedores luchando acababan en una escuela. A los que fracasaban se los llevaban a rastras para revenderlos en algún otro distrito de los Jardines Colgantes. Lexa miró al sanguila Leónidas. El hombre estudiaba los combates como una araña estudia a las moscas, pero jamás pujaba. Los Leones de Leónidas eran los mejores gladiatii de la república, y Leónidas pasaba seis meses cada año recorriendo los mercados costeros y escogiendo uno por uno a los esclavos. Si Lexa quería llamarlo domini, tendría que impresionarlo. Por suerte, nadie llegaba a hoja de la Iglesia Roja siendo torpe con la espada. El hombre de la tablilla gritó el número de Lexa. La puerta del corral se abrió. El chico bizco le quitó los grilletes y le entregó un gladius de madera lleno de muescas que, en circunstancias normales, a Lexa no le habría valido ni para leña. Y sin más ceremonia, un empujón arrojó a Lexa al centro del Agujero. En las gradas sonaron abucheos, risotadas ahogadas y procacidades a borbotones. La visión de una chica flaca y de pelo negro, patizamba en el centro de la arena, no parecía estar impresionando a los plebeyos del público, y mucho menos a los dueños de sangre.

—¡Por la polla ardiente de Aa, será una broma! —gritó uno.

Llovieron al Agujero escupitajos y maldiciones, y todos los sanguilas bajaron unas miradas desinteresadas a sus libros de cuentas; tratara de lo que tratase aquel chiste, saltaba a la vista que a ninguno le hacía gracia. Un luchador del Agujero levantó una ceja mirando al tablillero, que se limitó a asentir con la cabeza. El hombretón se encogió de hombros, cogió su espada de madera y fue a zancadas hacia Lexa. Era un dweymeri ancho como un puente, de piel marrón brillante por el sudor.

—Quédate quieta, chavala —gruñó—. No te dolerá mucho rato.

Lexa hizo caso del consejo y permaneció inmóvil mientras el grandullón se acercaba. Pero cuando el gigante alzó su hoja para aplastarle el cráneo, la chica se movió. Rápida como las sombras. Un paso lateral, el silbido de la hoja junto a su cabeza. Lexa hizo impactar su gladius de madera contra la muñeca del hombre y partió hueso. Algunos sanguilas se volvieron para mirar cuando el luchador dio el primer chillido. Lexa le dio una patada salvaje en la rodilla, recompensada con un nauseabundo crujido cuando la articulación se dobló del todo hacia donde no debía. El grandullón cayó con un bramido y, con deliberada brutalidad, Lexa le hincó su hoja de madera hasta el fondo de la garganta y le hizo papilla la laringe. Una espuma roja salpicó los labios del hombre mientras dirigía una mirada incrédula a Lexa. La chica se pasó el pelo por detrás del hombro y susurró:

—Escúchame, Niah. Escúchame, Madre. Esta carne, tu festín. Esta sangre, tu vino. Tenlo cerca.

Y con un último gorgoteo, el luchador cayó muerto a la arena.

Entre la multitud surgieron unos murmullos perplejos. Lexa hizo una reverencia a los sanguilas, como una nueva dona en su baile de debut. Luego se volvió hacia el siguiente luchador de la hilera y señaló con la espada de madera a su cabeza.

—Te toca, guapito.

El luchador (que en verdad era más bien guapito) miró a sus compañeros, al cadáver del suelo y por último al tablillero. El hombre mantecoso alzó la vista hacia los sanguilas, que observaban a Lexa con atención. Y volviéndose hacia el espadachín, el tablillero asintió. El combatiente salió hacia ella y Lexa trotó en su dirección. El enfrentamiento duró menos de diez segundos y terminó con la huella de Lexa grabada en la entrepierna del hombre y su espada de madera embutida en su bonito cuello hasta el puño. La chica se volvió hacia el público e hizo otra reverencia.

—Cien sacerdotes —dijo alguien.

—Ciento diez.

Lexa sonrió detrás de su pelo mientras los sanguilas seguían pujando. Al momento, su precio había alcanzado las doscientas monedas de plata, una cifra más que decente se mirara como se mirase. Pero observando las gradas, vio que Leónidas y Tito no habían abierto la boca. Aunque el sanguila la miraba con atención, y aunque Bebelágrimas estaba susurrando al oído de Tito y este asentía despacio, Leónidas no alzó la voz para pujar.

«Es hora de avivar la llama.»

Lexa sacó su hoja de la garganta del luchador muerto, se volvió hacia el tercer hombre y habló lo bastante alto para hacerse oír desde las gradas.

—Tú. Te toca.

El hombretón miró los dos cadáveres a los pies de Lexa.

—Y una mierda —rebufó.

—Tráete a tus amigos. —Lexa sonrió a los otros dos luchadores—. Siempre he querido probar con tres a la vez. —Arrojó su espada de madera a la arena—. ¿O es que sois todos unos cobardes?

La multitud abucheó y se burló a gritos, y los luchadores del Agujero se picaron. Que los derrotaran en su propio terreno era una cosa, pero tragarse el plato de mierda que les ofrecía una chica que medía la mitad que ellos era otra. Con los ojos relucientes y las espadas alzadas, los tres hombres salieron al Agujero.

Y con una sonrisa oscura, la chica fue a su encuentro.