Capítulo 4. Ofrenda
—Por los dientes de las Fauces, ¿vamos a estar aquí hasta la veroluz? —masculló Lexa.
Pietro arqueó una ceja y vertió otra medida de vino dorado en su hombro sanguinolento. Lexa puso una mueca de dolor y dio otra calada al cigarrillo con mano temblorosa. Estaba sentada en un banco bajo de piedra, con Pietro a su espalda, ataviado con su habitual túnica negra. La mano se afanaba en coserle el corte ensangrentado del hombro y le había sujetado una enorme gasa plegada al trasero, que ya estaba empapándose de rojo. Era una cámara sobria, de paredes de piedra oscura iluminadas por tenues orbes arkímicos. Como casi todas las estancias de la capilla de Galante, estaba perfumada con un leve hedor a mierda. Los siervos de Nuestra Señora del Bendito Asesinato en el Puerto de las Iglesias habían construido su escondrijo en la amplia red de cloacas, bajo la piel de Galante, y era difícil sustraerse al olor. En los ocho meses de servicio que llevaba en la ciudad, Lexa se había acostumbrado, pero seguía prefiriendo pasar allí abajo el menor tiempo posible. Si no necesitaba suturas o suministros, en realidad solo visitaba la capilla cuando tenía que hablar con…
—Hay que joderse pero bien jodida —dijo una voz familiar—. Mira lo que ha traído el gato-sombra.
Lexa alzó la mirada y vio a una mujer de pie en el umbral, vestida con calzas de cuero, botas largas y una blusa de terciopelo negro. Era delgada como un palo, y tenía el cabello castaño cortado con un estilo muy masculino y sombras oscuras bajo los ojos. Caminaba con un particular contoneo y llevaba encima más cuchillos de los que llegaría a poder usar cualquier persona cuerda.
—Obispa Diezmanos —dijo Lexa agachando la cabeza—. Me levantaría para inclinarme, pero al virote de ballesta que llevo clavado aquí detrás no le gusta mucho la idea.
—Una nuncanoche interesante, pues —repuso la mujer con una sonrisa divertida.
—Hay quien dir… ¡Au, joder! —Lexa volvió a mirar furibunda hacia atrás—. Por el abismo y la sangre, Pietro, ¿estás dándome puntos o cosiendo un vestido?
—Vale, muy bien, largo de aquí —dijo Diezmanos al atribulado cirujano—. Ya termino yo con ella. Quiero hablar a solas con nuestra hoja.
—Mi obispa.
Pietro inclinó la cabeza, colocó una gasa sin ningún miramiento en el hombro sangrante de Lexa y abandonó la sala. Diezmanos rodeó a Lexa hasta quedar detrás y retiró el vendaje, provocando una mueca de dolor a la joven porque la sangre se le había pegado a la piel. Diezmanos era una figura infame en las leyendas de la Iglesia Roja, una antigua hoja de la Madre con casi veinte muertes santificadas en su haber. El viejo Gustus le contó a Lexa historias de la mujer en sus años de juventud, y Lexa siempre había sido una especie de admiradora.Sirviendo en el Puerto de las Iglesias, Lexa había descubierto que a la obispa le importaba poco la urbanidad. Y la frivolidad. Pero le gustaban los resultados, de modo que, por suerte, Lexa le caía bien.
—Eso tiene pinta de doler —musitó Diezmanos, echando un vistazo a la espantosa herida que cruzaba la espalda y el hombro de Lexa.
—Cosquillas no hace.
La obispa cogió la aguja de hueso y empezó a coser la herida de Lexa con dedos firmes.
—¿El dolor ha merecido la pena?
Lexa arrugó el gesto y dio una larga calada a su cigarrillo de clavo.
—Al hijo del senador Aurelio le están tomando medidas para la máscara mortuoria ahora mismo.
—¿Has utilizado el lamento?
Lexa asintió con la cabeza.
—En los labios, como me sugeristeis.
—No te preguntaré cómo llegaste a la boca del joven don, entonces.
—No se cuenta a quién se besa.
—¿Y dónde está el joven Palomo?
—Por desgracia, mi joven mano no llegará a la tardera —respondió Lexa con un suspiro—. Nunca más.
—Qué pena.
—Nunca fue el filo más cortante del aparador, mi obispa.
—A falta de pan, buenas son tortas. —Diezmanos clavó la aguja para dar otra puntada—. Desde que los Griffin nos degollaron, la calidad escasea por estos lares. Mejorando lo presente, por supuesto.
Lexa se mordió el labio y suspiró. La obispa Diezmanos estaba en lo cierto: costaba encontrar buenas manos y hojas en la Iglesia Roja en giros recientes. Galante nunca había sido un destino de mucho glamour, y la mayoría de los siervos de Niah apostados allí soñaban con cometidos más grandiosos. Pero todo iba peor que nunca tras el ataque Luminatii. Ocho meses más tarde, el rebaño de Nuestra Señora del Bendito Asesinato todavía sangraba por la herida que le habían infligido Clarke Griffin y su hermano por orden de su padre. Pero no fue solo el asesinato de mi señor Kane lo que hizo tambalearse a la iglesia, aunque la pérdida del Príncipe Negro ya habría sido lo bastante grave. Jake Griffin no solo había hecho que sus hijos sirvieran al Sacerdocio en bandeja a los Luminatii; el viejo asesino también había revelado el emplazamiento de todas las capillas de la Iglesia Roja en la república. Y así, mientras el justicus Titus invadía el Monte Apacible, los Luminatii habían lanzado ataques simultáneos por toda Itreya. Las capillas de Dweym y Galante seguían intactas, pero todas las demás fueron destruidas. Lo peor de todo era que Jake había revelado nombres, pseudónimos, últimos domicilios conocidos. Entre la traición de Jake y los ataques Luminatii, Nuestra Señora del Bendito Asesinato había perdido casi tres cuartas partes de sus asesinos en una sola nuncanoche. Como decía la obispa, la Iglesia Roja estaba degollada. Con toda probabilidad, era solo por ese motivo que a una hoja tan joven como Lexa se le confiaran ofrendas como la de Gayo Aurelio. En los ocho meses que llevaba destinada en Galante, había acabado con tres hombres y una mujer en nombre de la Negra Madre. La mayoría de las hojas de su edad podrían considerarse afortunadas si, para entonces, las hubieran enviado a su primer asesinato. Lexa estaba agradecida por la oportunidad de mostrar su valía. Pero el problema era que su lista de gargantas que rajar estaba creciendo, no menguando. Había matado al justicus Titus, pero el cónsul Azgeda y el sumo cardenal Jaha seguían con vida. Su familia aún no estaba vengada. Y tras el asesinato de Lincoln a manos de Clarke durante el asalto Luminatii, Lexa tenía una tráquea más que abrir antes de considerar cumplida su venganza. Y atrapada allí, en Galante, no podía acercarse a ninguno de ellos.
Lexa tensó la mandíbula mientras la obispa seguía cosiéndola, pensando en aquel… ser que la había abordado en la metrópolis. La verdad era que le había salvado la vida. Haber estado tan cerca de la muerte debería haberla dejado inquieta, pero, como siempre, sus pasajeros devoraban cualquier indicio de miedo que pudiera sentir, al doble de velocidad que cuando llevaba solo a Don Majo. No se notaba ni por asomo asustada. Y en consecuencia, solo le quedaban preguntas.
¿Qué era?
¿Qué tenía que ver con ella?
¿«La Corona de la Echo»?
Había leído esas palabras antes, enterradas en las páginas de…
—Dicen que has tenido algún problema con los guardias de Aurelio —comentó Diezmanos, y dejó la sutura un momento para dar un trago al vino dorado medicinal.
—Nada con lo que no pudiera —repuso Lexa.
—Sueles trabajar con un poco más de discreción.
—Disculpadme, mi obispa, pero no me pedisteis discreción —dijo Lexa con una leve irritación en la voz—. Me pedisteis un hijo de senador muerto.
—Una cosa no quita necesariamente la otra.
—Pero puestos a elegir, ¿cuál preferís?
Lexa siseó cuando la obispa vertió más alcohol en su herida, ya cerrada, para luego envolverla con largas tiras de gasa.
—Me gustas, Wood —dijo Diezmanos—. Me recuerdas a mí misma en mis giros jóvenes. Tienes más huevos que la mayoría de los hombres que he conocido. Y cumples con tus muertes, así que un poco de ego sí que te lo has ganado. Pero si quieres un consejo, harás bien dejando atrás esa bocaza que tienes cuando vuelvas al Monte Apacible. Al Sacerdocio no le caes tan bien como a mí.
—¿Y por qué iba a volver? Estoy apostada en…
—El orador Bellamy acaba de enviar una misiva de sangre —la interrumpió Diezmanos—. El Sacerdocio reclama tu presencia.
Los ojos de Lexa se entornaron por la sospecha y se le puso la piel de gallina.
—¿Por qué? —preguntó.
Diezmanos se encogió de hombros.
—Yo solo sé que me dejan con una asesina menos y un buen montón de cuellos pendientes de rajar. Si pudiera asignar a las hojas más de una ofrenda a la vez, algo adelantaríamos. Pero eso sería incumplir la Promesa. Así que cuando veas a ese mamón de Solis, hazme el favor de darle un buen rodillazo en la bragueta, ¿quieres?
La mente de Lexa se puso en marcha y la sospecha y la emoción se entremezclaron en sus entrañas. Que la reclamara el Sacerdocio podía significar cualquier cosa. Un nuevo destino. Una reprimenda. Un castigo.
Había servido bien a la Madre los anteriores ocho meses, pero todos los shahiids del Monte Apacible sabían que había fracasado en su prueba final, cuando se negó a matar a un inocente. Si logró llegar a ser una hoja fue solo porque mi señor Kane la ungió mientras yacía moribundo en la arena de Última Esperanza. Quizá la buena voluntad que le había granjeado su aprobación por fin estuviera agotándose…
¿Cómo saber lo que la esperaba al llegar?
—¿Cuándo me marcho? —preguntó Lexa.
Diezmanos alzó su aguja de hueso y lanzó una mirada significativa al trasero de Lexa.
—En cuanto puedas andar.
Lexa suspiró. No tenía sentido mortificarse por cosas que no podía cambiar. Y volviendo al Monte Apacible, podría hablar otra vez con el cronista Gabriel y ver a Raven. Quizá encontrara alguna de las respuestas que buscaba.
—Agáchate —ordenó la obispa—. Intentaré hacértelo suave.
Lexa cogió la botella de vino dorado medicinal y le dio un buen trago.
—Seguro que eso se lo decís a todas.
Resultó que tres hombres a la vez fueron casi demasiados para Lexa. El combate había empezado bastante bien. Los luchadores del Agujero habían avanzado, azuzados por los abucheos de la muchedumbre y por el hecho de que Lexa había soltado su espada de madera. El primero, un fornido itreyano, bramó un grito de guerra y lanzó un espadazo contra su cabeza. Y con una breve mirada, Lexa invocó la oscuridad de debajo de sus pies. Allí fuera, a la luz de dos soles, las sombras eran torpes y pesadas. Pero Lexa se había hecho más fuerte, en sí misma, en lo que era, y llevaba años practicando aquel truco en particular. Con solo mirar un instante, adhirió las botas del enorme itreyano a su propia sombra y detuvo su carga en seco. Se acercó a él mientras perdía el equilibrio y le dio un puntapié en la rodilla seguido de un puñetazo en el cuello y, mientras el hombre caía hacia atrás, hizo una pirueta y atrapó la espada que salió despedida de la mano del luchador, para regocijo del público.
—… ahora estás pavoneándote…
—Esa es la idea, jod…
Recibió un golpe en la nuca que la dejó tambaleándose. Apenas logró volverse y bloquear la siguiente andanada, retirándose a trompicones hasta acabar en algo similar a una guardia. Los otros dos luchadores, un enorme liisiano con la cara picada de viruelas y un dweymeri más alto con solo siete dedos, se lanzaron hacia ella sin darle tiempo a recobrar el aliento. La obligaron a retroceder por el Agujero mientras le goteaba la sangre cálida del cuello a su espalda. Sietededos avanzó y la atacó en la cara, el cuello, el pecho. Lexa contraatacó, trabó su arma y se introdujo en su guardia, pero la espada de Viruelas cayó contra sus costillas antes de que pudiera atacar, y un codazo la envió despatarrada por la arena. Mantuvo asida su espada y rodó a un lado mientras los dos intentaban aplastarle la cabeza con las botas. Arañó el suelo, arrojó un puñado de arena roja a los ojos de Viruelas, proyectó la pierna y barrió a Sietededos al suelo. Se levantó dando una voltereta y propinó al cegado Viruelas un pisotón en los cojones tan fuerte que despertó un gemido de simpatía en todos los hombres del público. Y animada por sus vítores, le incrustó el puño de la espada en la cara y le extendió la nariz por las mejillas.
—… detrás de ti…
Se volvió y a duras penas logró parar un tajo que le habría hundido el cráneo. El itreyano fornido había vuelto a levantarse, con el mentón manchado de vómito y saliva. Lexa bailó con él en la arena, golpe y contragolpe, atajo y finta. Fornidito era inmenso y el doble de fuerte que ella. Pero lo que a Lexa le faltaba en tamaño lo compensaba con rapidez y pura y enconada ferocidad. El itreyano descargó un fuerte tajo que partió en dos el gladius de Lexa al bloquearlo. Pero con un grito inarticulado, Lexa se coló en el interior del revés que vino a continuación, agachada, y le clavó la espada rota por debajo de la barbilla. La madera astillada le perforó el cuello y los chorros de sangre cubrieron las manos de Lexa mientras Fornidito se derrumbaba.
—… ¡izquierda, izquierda!…
El susurró de Don Majo la hizo girarse, pero demasiado tarde. Un gladius la alcanzó en el hombro y la proyectó a un lado mientras la muchedumbre rugía. Sietededos atacó de nuevo y le castigó las costillas, dejándola dolorida y casi sin aliento. Lexa le trabó el brazo de la espada y tiró de él. Olió a sudor, a mal aliento, a sangre. Sietededos le aporreó la cara con el puño, una vez, dos, y con un grito quebrado, Lexa llamó a las sombras y le fijó los pies al suelo mientras empeñaba todas sus fuerzas en empujarlo. Con los pies enraizados, el hombre cayó hacia atrás y Lexa sobre él. Encontró su boca con los dedos, se los metió y los combó como anzuelos antes de tirar hacia fuera. El hombre chilló cuando se le partieron los labios y el público aulló. La chica empezó a descargarle puñetazos en la mandíbula, una, dos, tres veces. Manos rojas. Dientes rechinando. Sangre en su boca. Imaginándose a un sonriente cónsul de bonitos ojos oscuros. A un sumo cardenal con la barba como un seto y la voz como la miel. Sus caras hechas papilla mientras lo aporreaba otra vez…
—… Lexa…
… y otra más, visualizando a su madre, su hermano, su padre, todo lo que había perdido, todo lo que le habían arrebatado, y el hombre que tenía debajo se convirtió en solo un enemigo más, solo otro obstáculo entre ella y el giro en el que por fin podría escupir en todas sus putas tumb…
—… ¡Lexa!…
Se quedó quieta. Empapada de sudor. Con la respiración ardiente. Cubierta de cálido y pegajoso rojo. Sintió la gelidez de Don Majo, mezclada con la sangre de su nuca. El mundo se enfocó de nuevo y le atronó en los oídos. Y por debajo de los abrumadores latidos y los ecos de su pasado, los oyó. Inflándose en su pecho y haciéndole cosquillear las yemas de los dedos.
Aplausos.
Se levantó, pintada de rojo hasta los codos. La multitud de las gradas estaba en pie y Bebelágrimas atendía una andanada de pujas que estaban haciendo los sanguilas desde el borde del Agujero. «Trescientas platas. Trescientas cincuenta. Cuatrocientas.» Y con piernas temblorosas, la chica cruzó el Agujero y se plantó delante de Leónidas. Miró a los ojos al hombre que esperaba que fuese su amo y cayó en una perfecta reverencia ante él.
—Domini —dijo.
El sanguila la contempló con los ojos entrecerrados. Su executus le susurró algo al oído. Y mientras una nube de mariposas alzaba el vuelo en la tripa de Lexa, Leónidas alzó una mano y habló con una voz que resonó por todo el Agujero.
—Mil monedas de plata.
Se alzó un murmullo entre el público y el corazón de Lexa cantó. ¡Menuda suma! A decir verdad, era excesiva; el hombre podría haberse librado de casi toda la competencia con la mitad de eso. Pero Lexa sabía que al domini de los Leones de Leónidas le gustaba dar espectáculo, y con su puja estaba diciendo a todos los presentes en el Agujero que no tenía ganas de regatear. Leónidas quería llevársela. Y por tanto, se la llevaría. Al cuerno con el precio.
Había salido perfecto. Si Lexa combatía junto a los Leones de Leónidas, tenía casi asegurado un puesto en el Venatus Magni. Y cuando los juegos concluyeran, cuando ella se alzara victoriosa en el estrado…
—Mil una —dijo alguien.
El estómago de Lexa se congeló. Miró hacia las gradas y vio que una figura salía de entre la multitud. Iba envuelta en una larga capa a pesar del calor, y se quitó la capucha para revelar un rostro bello y joven, largo cabello castaño rojizo y una pálida piel itreyana.
Una mujer.
—… ¿quién es esa?…
—Ni zorra idea —susurró Lexa.
—Mil una monedas de plata —repitió la mujer.
Los ojos de Lexa se entrecerraron. No había oído hablar nunca de una mujer sanguila. Aunque había habido varias gladiatii famosas, el circuito del venatus siempre lo había dirigido la prudente mano del hombre. Quizá la recién llegada fuese una agente de otro domini. ¿O tal vez un truco del tablillero para incrementar el precio?
Lexa miró expectante a Leónidas. Fuera quien fuese aquella mujer, el mejor sanguila de la historia no iba a dejarse amedrentar por una sola moneda de plata. El rostro de Tito era una máscara de inexpresividad. Leónidas lanzó una mirada a su executus, devolvió los ojos a la recién llegada y habló como si las palabras le agriaran la boca.
—Esto resulta un tanto pueril, ¿no crees, querida?
La sonrisa de la mujer se extendió por su cara como veneno.
—¿Pueril? ¿A qué te refieres?
—Me cuentan que apenas tienes un puñado de monedas de cobre con las que ir tirando —dijo Leónidas—. Si tu intención es avergonzar al patriis familia de tu propia casa, ¿no existen maneras más baratas de hacerlo?
La sonrisa de la mujer se ensanchó y a Lexa el estómago le dio un vuelco.
—Te agradezco la preocupación —dijo ella—. Pero esto son solo negocios, padre.
—… ay, madre…
—Te lo he dicho muchas veces, Echo —advirtió Leónidas—. El venatus no es lugar para mujeres. Y el palco de los sanguilas no es lugar para ti.
—¿Te asusta que mis Halcones puedan eclipsar a tus Leones, querido patriis?
Leónidas soltó un bufido.
—Unos laureles de vencedor en un tugurio de pueblo no otorgan categoría alguna a un collegium.
—En ese caso, no te importará que me lleve a la belleza sanguinaria, ¿verdad?
Echo desvió la mirada hacia Lexa. Leónidas también clavó la suya en ella. Lexa dio un paso adelante, componiendo un ruego tras los dientes. Pero el bisbiseo de Don Majo la detuvo.
—… recuerda quién eres. y quién finges ser…
El no-gato tenía razón. Era ella quien había escrito el guion, a fin de cuentas, y quien tenía el papel más difícil de interpretar. Si quería luchar en las arenas al servicio de un collegium de gladiatii, solo podía hacerlo siendo de su propiedad. Y las propiedades no abrían la boca a menos que se les hablara antes. Y mucho menos se interponían en una competición pública de meadas entre padre e hija.
«Mierda.»
Lexa se quedó mirando al sanguila Leónidas con ojos suplicantes. ¡Con lo bien que lo había planeado! Había combatido como un daimón, se había granjeado la aprobación de todos los dueños de sangre del Agujero. Estaba a tan solo una palabra, tan solo una puja de ingresar en el mejor collegium de toda la república. Un paso más cerca de la garganta de Jaha. Lo único que tenía que hacer Leónidas era decir…
—Muy bien, Echo. —Leónidas fingió indiferencia encogiéndose de hombros y apartó la mirada de su hija—. Llévatela. Al fin y al cabo, de poco va a servirte.
Echo compuso una sonrisa brusca y radiante. Los hombros de Lexa se hundieron. Entraron legionarios en la arena y el chico bizco le puso grilletes en las muñecas. Lexa podría haber huido en ese momento. Oculta bajo su capa de sombras, podría haberse escabullido del Agujero dejando atrás solo gritos conmocionados y plegarias a Aquel que Todo lo Ve. Pero de hacerlo, estaría de nuevo justo como al principio. Y había puesto fin a demasiadas vidas, había arriesgado demasiado para poder estar allí en ese momento. Tras ella había solo sangre y un monte repleto de traiciones. Por delante, tenía la arena del venatus y su venganza. Era el camino que había escogido. Para bien o para mal, debía recorrerlo. Los legionarios se apartaron a ambos lados. Lexa alzó la mirada y vio a la dona Echo de pie ante ella. Desde tan cerca, estimó que la mujer tendría veintipocos años. Brillantes ojos castaños, pelo de color caoba de suaves rizos, piel un poco salpicada de pecas. Llevaba joyas de oro y una alianza con un rubí. Debajo de su capa, un traje de suave seda liisiana. Todo en ella gritaba «riqueza» a los cuatro vientos, menos sus ojos. Cuando Lexa aventuró una mirada a aquellos pozos de brillante azul rodeado de kohl, solo encontró un adjetivo para describirlos.
«Hambrientos.»
—Mi belleza sanguinaria —dijo la sanguila con una sonrisa—. Qué gran pareja vamos a hacer.
Lexa se quedó quieta, sin saber qué decir. Echo lanzó una mirada llena de irritación a los soldados. Un hombre sacó una cachiporra y atizó a Lexa en las piernas. La chica dio un grito y cayó de rodillas. Dientes apretados, manos ensangrentadas cerradas en puños. Pero sintió a Don Majo merodear frío por el interior de su sombra, susurrándole al oído:
—… quién eres, y quién finges ser…
De modo que se quedó arrodillada en la arena, con la mirada gacha, callada y quieta.
—Soy la dona Echo —dijo la mujer—. Pero tú me llamarás domina.
Echo extendió el brazo hacia ella. Lexa vio un anillo de oro en el dedo de la mujer: un halcón con las alas abiertas y una corona de vencedor en la cabeza. La cachiporra la alcanzó entre los omóplatos. Lexa ahogó un alarido de dolor.
—¡Muestra respeto, esclava! —gritó un soldado.
Lexa contempló aquella ave de presa con su corona dorada. Igual de orgullosa, feroz y salvaje que ella misma. Y aun así, allí estaba, arrodillada en la arena como un gato fustigado.
«Paciencia —pensó—. Si Venganza tiene madre, su nombre es Paciencia.»
Lexa respiró hondo.
Cerró los ojos.
—Domina —murmuró.
Se inclinó hacia delante y besó el anillo.
