Capítulo 5. Devoción

La sangre de cerdo tiene un sabor muy peculiar. Como mejor sabe la sangre humana es templada, y aun así deja un toque de óxido en los dientes. La sangre de caballo es menos salada y tiene un extraño amargor que podría recordar al chocolate negro. Pero la sangre de cerdo es casi mantecosa, como las ostras fritas, se desliza laringe abajo y deja una estela de regusto grasoso. Lexa la odiaba con toda su alma, a decir verdad. Emergió del estanque rojo y tomó una brusca bocanada de aire, con un fuerte latido resonando aún en sus oídos y la cabeza dándole vueltas. Iba

desnuda salvo por un estilete de hueso de tumba ceñido a la muñeca y una espada del mismo material a la cintura, y sus largos mechones de pelo negro se le pegaban como algas a la piel bañada en sangre. Llevaba un paquete rectangular envuelto en cuero aceitado entre sus dedos rojos. Dos manos vestidos con túnica negra estaban de pie a su lado en el estanque y la ayudaron a levantarse mientras Lexa resoplaba, escupía y se quitaba el pringue de los ojos. Parpadeó mirando a su alrededor, metida hasta la cintura en un baño de mármol triangular, de diez metros de lado. Se encontraba en los aposentos del orador Bellamy, en las profundidades del Monte Apacible. La sala estaba adornada con tallas de glifos teúrgicos y el denso aroma de la carnicería saturaba el aire. Pintados con sangre en las paredes había mapas de todas las ciudades de la república. Lexa se pasó la lengua por los dientes, escupió y se apartó el pelo de los ojos. En la cabecera del estanque vio al orador de sangre Bellamy, arrodillado en la piedra. Lexa jamás lo reconocería ante nadie, pero notó un cierto cosquilleo en la tripa al verlo. La tejedora Octavia podía crear todo un retrato a partir de cualquier rostro, pero su hermano era su obra maestra. Tenía los pómulos altos y la mandíbula marcada. Vestía con una túnica de seda roja abierta por el pecho, cuyos promontorios y valles parecían esculpidos en mármol. Llevaba tan bajas las calzas de cuero en las caderas que resultaban casi indecentes, y la forma de uve que tenía su abdom…

Buen giro tengas, hoja Lexa —dijo el albino.

Lexa obligó a su mirada a regresar a unos ojos del color de la sangre.

Y vos también, orador.

Los hermosos labios de Bellamy se combaron en una sonrisa astuta, pero Lexa mantuvo su cara como la piedra. El orador era digno de ver, de eso no cabía duda. Y Lexa había albergado su dosis de fantasía, tendida en la cama e imaginando los dedos hábiles y pálidos del albino mientras los suyos propios vagaban más y más abajo. Incluso les había salvado la vida a él y a su querida hermana durante el ataque Luminatii. Pero Lexa no podía engañarse diciéndose que el orador era otra cosa que un cabrón perverso.

«Un cabrón bien follable, aun así...»

El Sacerdocio aguarda tu llegada en el Salón de las Elegías —dijo el albino.

Lexa salió del estanque, todavía cojeando por las heridas, cuidando de no resbalar en las baldosas mojadas de sangre. Era consciente de la mirada fija del orador en su cuerpo desnudo, de la sangre meciéndose como un mar en calma por detrás. Lexa miró hacia la escalera que llevaba al lugar donde el Sacerdocio la esperaba. Se preguntó por qué, en nombre del abismo, la habían hecho acudir allí. Con una última mirada al orador, Lexa abandonó la sala. Se limpió la sangre, que ya empezaba a secarse, y se vistió en silencio. Cuero negro, botas de piel de lobo y una camisa oscura de lino. Se escondió el estilete en la manga y enfundó su hermosa espada larga de hueso de tumba en la vaina que llevaba al cinto. El primero había pertenecido a su madre; la segunda, a su padre, recuperada de la mano muerta del justicus Titus. Las dos armas tenían empuñaduras talladas en forma de cuervos volando, con ojos de ámbar rojo. Eran lo único que le quedaba de sus padres, aparte de su apellido. Pensó que quizá en ello hubiera algún tipo de metáfora. Desató el paquete de cuero aceitado, se puso bajo el brazo el maltrecho libro encuadernado en cuero que contenía y acometió la escalera con paso trabajoso. En la penumbra flotaban las voces de un coro fantasmal, y Lexa no pudo contener una sonrisa al escuchar la familiar canción. Después de pasar meses enteros en Galante, había regresado a los sagrados salones de los asesinos más temidos de toda la República Itreyana.

Por fin había vuelto a casa.

Tras un ascenso interminable, entró en el Salón de las Elegías. Era un espacio vasto, circular, tallado en el corazón de granito del Monte Apacible. Una hermosa estatua de Niah, Madre de la Noche y Nuestra Señora del Bendito Asesinato, se alzaba quince metros sobre la cabeza de Lexa. Sostenía una balanza en la mano derecha y una espada afilada y temible en la izquierda. Dondequiera que Lexa posara los pies en aquella estancia, los ojos de Niah parecían seguirla. Las columnas eran más gruesas que el tronco de un palo fierro anciano. Las paredes estaban cubiertas de sepulcros y una luz escarlata entraba por enormes vidrieras de cristal tintado. En las losas del suelo estaban tallados los nombres de todas las víctimas de la Iglesia Roja, millares de vidas segadas en nombre de su Negra Madre. En cambio, las tumbas estaban sin marcar. Contenían los cuerpos de los siervos de la Madre y, en la muerte, solo la Madre los lloraba. Los ojos de Lexa vagaron hacia una tumba de la pared occidental. Hacia las cuatro letras pequeñas que ella misma había tallado en la piedra con una hoja de hueso de tumba ocho meses antes.

Hoja Lexa —dijo una voz grave—. Bienvenida al hogar.

Lexa se volvió hacia el pie de la estatua. Allí estaba congregado todo el Sacerdocio de la Iglesia Roja, observándola con ojos impacientes. Todos excepto el reverendo padre Solis, por supuesto. El corpulento itreyano tenía los ojos ciegos vueltos hacia los altísimos gabletes. Iba vestido con una túnica de rica tela gris, la capucha sin echar. Un pelo rubio claro rapado casi al cero espolvoreaba su cuero cabelludo lleno de cicatrices, y llevaba la barba en cuatro puntas barnizadas con resina. Su vaina de cuero con grabados de círculos concéntricos pendía, siempre vacía, a un costado. A la derecha de Solis estaba Mataarañas, Shahiid de Verdades. La elegante dweymeri estaba ataviada de verde esmeralda, con oro al cuello. Sus rastas de sal estaban recogidas con gusto sobre la cabeza, y tenía las manos y los labios manchados de negro de tanto manipular venenos. A la izquierda de Solis, Lexa vio a Ratonero, Shahiid de Bolsillos, cuyo atractivo rostro contradecía los años de sus ojos titilantes. Llevaba una espada de negracero ashkahi al cinto, con dos figuras desnudas con cabezas felinas entrelazadas en la empuñadura. Estaba haciendo rodar una moneda sobre los nudillos de la mano derecha y, con la izquierda, asía un bastón ornamentado. Le habían roto las piernas de mala manera durante la invasión Luminatii y el shahiid cojearía durante el resto de su vida. En tercer lugar estaba Aalea, Shahiid de Máscaras. Piel blanca como la leche y labios rojos como la sangre, cortinajes de cabello negro enmarcando una cara que haría agachar la cabeza de vergüenza a la palabra «hermosura». Sonrió a Lexa como si el mundo entero fuese un secreto y solo ella conociera la respuesta. Como prometiéndole compartirlo con ella en el instante en que se quedaran solas las dos. De momento, no se había nombrado a un nuevo Shahiid de Canciones, y Solis seguía enseñando a los nuevos discípulos el arte del acero hasta que pudieran encontrar a un sustituto adecuado. Las heridas del asalto de los Griffin eran recientes e, incluso allí, en la sede del poder de la Iglesia Roja en la república, quedaban costras.

Shahiids —dijo Lexa con una profunda inclinación—, he regresado, como me pedisteis.

Como te ordenamos —gruñó Solis.

Mis disculpas, reverendo padre. Como me ordenasteis.

El título dejó un sabor raro en la lengua de Lexa. Tras la muerte de Kane, lo apropiado habría sido que la reverenda madre Abby pasara a ser la Señora de las Hojas, pero la decisión de Abby de nombrar reverendo padre a Solis había irritado a Lexa sobremanera. Solis aún tenía en la cara la diminuta cicatriz de cuando Lexa lo había derrotado en el Salón de las Canciones, y el brazo de ella todavía le cosquilleaba a veces por donde él se lo había cercenado como castigo. Lo cierto era que Lexa lo odiaba a muerte, y la idea de aceptar órdenes suyas le sentaba más o menos tan bien como a un gato llevar collar con cadena. Solis echó chispas por sus ojos vueltos hacia el techo, con la túnica tirante por la amplitud de sus hombros. A su lado, los demás miembros del Sacerdocio quedaban empequeñecidos, casi como niños. Lexa supuso que debería sentirse intimidada, pero la situación le pareció tan solo otro recordatorio de lo inadecuado que parecía Solis en su nuevo puesto.

«Ni siquiera le sienta bien la túnica que debe llevar.»

Entonces, ¿Gayo Aurelio está muerto? —preguntó Mataarañas sin más preámbulos.

Sí, shahiid —respondió Lexa.

Hemos oído que estuviste a punto de morir cumpliendo el encargo —dijo Ratonero en tono meditabundo.

Fue solo un rasguño, shahiid. —Lexa se encogió de hombros y torció el gesto cuando le tiraron los puntos del hombro—. Eso sí, tardaré un poco en volver a bailar.

Apenas puedes caminar, discípula —gruñó Solis.

Con el debido respeto, reverendo padre —dijo Lexa sintiendo que se crispaba—, me ungió mi señor Kane con su último aliento. No soy una discípula. Soy una hoja.

Solis hizo un gesto burlón.

Eso aún está por ver.

Ya tengo cinco muertes a mi nombre.

Ratonero ladeó la cabeza.

Querrás decir seis.

No habrás olvidado que asesinaste a un rey dweymeri en su propio fuerte sin nuestro permiso, ¿verdad? —preguntó Mataarañas.

Lexa se mordió la lengua para no replicar. Amagó otro vistazo al nombre que había tallado en la tumba sin marcar de la pared occidental.

«LINCOLN.»

Habían hecho una promesa. Él a ella y ella a él. Si ella fracasaba, Lincoln se había comprometido a asesinar a Azgeda y a Jaha en su lugar. Y si él caía, ella había jurado que mataría al miserable hijo de puta que tenía por abuelo, Rompeespadas. En realidad, Lexa pensaba que como poco se le debía una muerte después de haber salvado la vida a todos los hombres y mujeres presentes en el salón. Pero quizá aquel fuese el motivo de que la hubieran enviado a un destino tan apartado como Galante. El silencio resonó en el salón y Lexa se inquietó en su interior.

¿Puedo preguntaros por qué estoy aquí? —se atrevió a decir por fin.

Solis curvó los labios hacia abajo.

Tienes un admirador, pequeña hoja.

La chica enarcó una ceja hacia el reverendo padre.

Si es alguien de este salón, lo oculta de maravilla.

Aalea sonrió con unos labios oscuros como la sangre.

Tal vez sea mejor llamarlo un mecenas. Las últimas tres ofrendas que has realizado: el hijo del senador Aurelio, el magistrado Filipo Cicerii y la amante de Armando Tulli, estaban encargadas por la misma persona. Solicitó específicamente los servicios de «aquella que acabó con el justicus de la Legión Luminatii, acompañado de sus mejores centurias». Y pagó una buena suma por ti.

¿Quién es esa persona, shahiid?

Irrelevante —dijo Solis frunciendo el ceño—. Lo único que necesitas saber es que, milagro de milagros, está satisfecho con tus resultados. Va a enviarte a cazar presas mayores.

Lexa miró a Solis de arriba abajo, meditando. Por las arrugas de su frente y la tensión de su mandíbula, Lexa habría apostado hasta su última moneda a que el reverendo padre se había opuesto con vehemencia a que le asignaran esas tareas. Pero a pesar de ello, se las habían asignado. Por tanto, la persona que había hecho los encargos era poderosa. O rica. O ambas cosas.

«Vaya, sí que hemos reducido las posibilidades.»

¿Y a qué nuevo destino perdido del mundo quiere hacerme enviar mi ilustre mecenas? —preguntó Lexa—. ¿A Última Esperanza, a Amai, a Vigilatorm…?

A Tumba de Dioses —respondió Ratonero.

Lexa sintió que se le quedaba la lengua pegada a los dientes y su corazón se aceleraba.

«Por los dientes de las Fauces, a la Tumba.»

La capital de Itreya. Solo las mejores hojas de la Iglesia Roja servían en la Ciudad de los Puentes y los Huesos. El sumo cardenal Jaha vivía allí, y también el cónsul Azgeda. Si Lexa anhelaba vengar a su familia, su primer paso debía consistir en aproximarse a los hombres que la habían asesinado. Si, de algún modo, un golpe de suerte iba a llevarla a su destino soñado…

Sé lo que estás pensando —masculló Solis—. Sé por qué viniste a esta iglesia y qué es lo que pretendes. De modo que, aunque me disponga a enviarte a la capital en contra de mi buen juicio, voy a decirte esto ahora y no lo repetiré. —Solis se alzó sobre ella y clavó sus ojos ciegos en los de Lexa—. Al cónsul Azgeda no se le debe tocar ni un solo pelo.

Lexa frunció el ceño.

¿Por qué…?

No toleraré que te dediques a tus propias venganzas mientras sirvas a este Sacerdocio —dijo Solis—. Ya asesinaste a un bara de los dweymeri a causa de una desacertada compasión por el chico con el que te acostabas. No habrá más muertes sin autorización traídas por tu mano. O por tu vagina.

Con quién me acueste es asunto mío. Y vos no podéis decid…

¡Por supuesto que decido! —rugió Solis—. ¡Soy el reverendo padre de esta congregación! ¡Me importa la maldición de un mendigo con quién empapes las pieles de tu lecho, pero Rompeespadas era un rey, joder! ¿Y si hubiera sido cliente de esta iglesia? ¡Habríamos violado la Ley de Santidad! Nuestra reputación habría quedado destruida por el capricho de una niña.

¡No fue un capricho, sino una promesa!

Hablemos de promesas, pues, muchacha —espetó Solis—. Como me desobedezcas, te prometo un final del que la misma Diosa apartaría la mirada. ¡Azgeda es intocable!

¿Por qué? —Lexa recorrió al Sacerdocio con la mirada, dejándose llevar al fin por su ira—. ¡Los Luminatii mataron a mi señor Kane, y estuvieron a punto de mataros a todos vosotros! ¿Creéis que no fue por orden de Azgeda? Titus era un condenado perrito faldero. ¿Acaso pensáis que meaba siquiera sin antes pedir permiso al cónsul?

¡Escúchame! —Solis alzó un dedo de advertencia y sus ojos ciegos relucieron—. Nos ocuparemos de Azgeda. Pero a nuestra manera. En nuestro momento. ¡Tú eres sierva de Nuestra Señora del Bendito Asesinato y, en el nombre de la Madre, eso significa que servirás, joder!

Lexa notó que se le encendían las mejillas de rabia. Fulminó con la mirada los ojos ciegos de Solis y se imaginó desenvainando el estilete de hueso de tumba que llevaba en la manga. Rajándole la garganta. Desparramando sus entrañas humeantes por todo el suelo. Pero en plena oleada de indignación, un solo pensamiento frío como el hielo la asió por el pellejo del cuello y la sacudió hasta que dejó de revolverse.

«Tiene razón.»

Era verdad que se había comportado como una cría.

Era verdad que había puesto en peligro la reputación de la iglesia al matar a Rompeespadas.

Era verdad que había pensado en matar a Jaha y a Azgeda si lograba regresar a Tumba de Dioses.

Tenía los nudillos blanquecinos sobre el libro que aferraba. Pero obligó a sus dedos a destensarse y pronunció unas palabras que resonaron con fuerza en la silenciosa penumbra.

En el nombre de la Madre, serviré.

El corpachón de Solis se relajó poco a poco, y Lexa cayó en la cuenta de que, en realidad, el reverendo padre había esperado que se rebelara. Pero tras un prolongado y denso silencio, el hombretón metió la mano en su túnica y sacó una funda de pergamino sellada con cera negra.

Una muerte. Una mujer que se hace llamar «la Dona». Lidera una banda de braavi que opera en las calles de la Pequeña Liis. Tú te criaste allí, si no me equivoco.

Sí. —Lexa extendió el brazo hacia la funda.

Hay una condición —dijo el reverendo padre, y levantó un dedo—. Un objeto que interesa a tu cliente. Un mapa escrito en ashkahi antiguo y con un sello que tiene forma de hoja de hoz. La Dona está concertando un intercambio con el actual propietario del mapa. Debes llevarte el mapa, además de su vida.

¿De qué es el mapa?

Proporciona indicaciones detalladas de cómo llegar al Imperio de No-Te-Importa-Una-Puta-Mierda.

El intercambio tendrá lugar en el cuartel general de los Ricachones — dijo Mataarañas—. Antes de final de mes.

Eso es dentro de ocho giros —dijo Lexa.

Loada sea la Negra Madre —replicó Solis—. La chica sabe contar.

Con las dos manos, reverendo padre.

Solis le entregó la funda de pergamino de mala gana. Lexa se sorbió el labio, pensando a toda prisa. Ocho giros no eran mucho tiempo para planificar una muerte como aquella. Necesitaba refuerzos en los que pudiera confiar.

¿Puedo llevarme a una mano de mi elección a la Tumba? —preguntó—. La última que tuve conoció a un virote de ballesta que no le cayó nada bien.

Me temo que no —dijo Aalea, como si le leyera la mente—. Raven nos hace falta aquí. Con casi todos nuestros estanques de sangre destruidos, tenemos el aprovisionamiento en estado crítico. Hemos construido una nueva capilla en la necrópolis del subsuelo de Tumba de Dioses. El obispo de allí te proporcionará una mano. Bellamy ya le ha enviado una misiva de sangre informándole de tu llegada.

Solis ladeó la cabeza y sus ojos blancos apuntaron por encima del hombro de Lexa.

Tienes ocho giros para acabar con esa mujer y recuperar el mapa. Quizá tu cliente tenga más ofrendas para ti, suponiendo que no perezcas en el cumplimiento de esta.

Soy demasiado bonita para perecer. —Lexa se apartó el flequillo de los ojos.

La tejedora Octavia se ocupará de tus heridas. Bellamy preparará tu transporte a Tumba de Dioses. Despídete de quien quieras y preséntate en sus aposentos antes del toque de centrera.

Las preguntas rebotaron en el interior de su cráneo. ¿Quién era ese cliente? ¿Por qué matar a una líder de los braavi? ¿Por qué solicitarla a ella en concreto? ¿Qué había en ese mapa?

«Da lo mismo», comprendió.

No debía hacer preguntas. Lo que debía hacer era servir. Cuanto antes se demostrara merecedora, antes le asignarían un puesto fijo en la capilla de Tumba de Dioses. Y a partir de entonces, por mucho que dijera Solis, estaría un paso más cerca de su venganza.

El lobo no se compadecía del cordero.

La tormenta no suplicaba su perdón a los ahogados.

No fallaré —prometió Lexa—. Lo juro en nombre de la Negra Madre.

Solis se cruzó de brazos, con el rostro inescrutable en la oscuridad.

Ve —dijo por fin—. Que Nuestra Señora llegue tarde cuando te encuentre. Y en el momento en que lo haga, que te salude con un beso.

Lexa cogió la funda de pergamino y se la puso bajo el brazo junto con su libro destrozado. Tras una profunda inclinación, retrocedió despacio hasta salir del salón. Mientras recorría los tenebrosos pasillos dejando atrás hermosos paneles de cristal tintado y grotescas esculturas de hueso, dos formas emergieron de la oscuridad y caminaron junto a ella. Un gato hecho de sombras. Y a su lado, una loba de la misma materia.

¿Os lo podéis creer? —siseó Lexa—. ¡Mira que llamarme discípula, el muy cretino!

—… te comportas como si el cretinismo de Solis fuese una sorprendente revelación… —replicó Don Majo.

El gruñido de Eclipse llegó desde algún lugar por debajo del suelo.

—… KANE LO TUVO SIEMPRE POR UN MATÓN ARROGANTE. DE TODO EL SACERDOCIO, ERA QUIEN PEOR LE CAÍA. UN GIRO DE ESTOS DEBERÍAMOS ENSEÑARLE MODALES…

—… hay formas menos dramáticas de suicidarse, cachorra…

—… QUÉ POCA FE TIENES EN NUESTRA AMA, GATITO…

—… ella no es nada tuyo, desgrac…

¡Por la Negra Madre, ya basta! —saltó Lexa, frotándose las sienes—. Lo último que me hace falta ahora mismo es oíros reñir como un par de viejas doncellas.

Sus pasajeros guardaron silencio, dejando solo un coro incorpóreo resonando en la penumbra. Lexa respiró hondo e intentó controlar su notorio mal genio. Seguían tratándola como a una novicia. Pese a todo lo que había hecho. Pero al menos iría a Tumba de Dioses. El apoyo de su misterioso benefactor la había pillado por sorpresa, pero en realidad se alegraba de que alguien le reconociera el talento necesario para asesinar a un justicus y a cien hombres suyos. Y si la acercaba un poco más a Azgeda y a Jaha, mejor que mejor. Pero, aun así, su mente volvía una y otra vez a las imágenes de su lucha en la necrópolis. A aquella cosa que llevaba hojas de hueso de tumba, con tentáculos retorciéndose en los bordes de su capucha. Aunque no podía asustarse con unas sombras tan espesas a sus pies, sabía que en todo aquello estaba actuando un poder superior. Miró el libro que llevaba bajo el brazo y pasó los dedos por su cubierta desgastada. Por su deslustrado cierre de latón.

«Busca la Corona de la Echo» —musitó.

—… tenemos hasta que toquen a centrera…

La chica metió los pulgares en el cinturón. Reparó en que se moría por un cigarrillo.

Tiempo de sobra para devolver los libros a la biblioteca.

Su celda olía a pis y miseria rancia. La paja estaba mohosa, el cubo del rincón recubierto de porquería y moscas. A Lexa se la habían llevado del Agujero y Bebelágrimas se había despedido de ella con un gesto de la cabeza mientras la sacaban por los portones. Cuatro legionarios robustos la habían obligado a cruzar el trajín del mercado para luego encerrarla en los calabozos de un enorme edificio de los Administratii. Aunque su precio estaba fijado, aún estaba por pagarse. Disponía de unas pocas horas antes de que su nueva domina tomara plena posesión de ella. Unas pocas horas para recomponer los jirones en que había quedado deshecho su plan.

—… tenemos que informar a la víbora…

Lexa frunció el ceño a Don Majo. Era solo una forma más oscura que se destacaba sobre las sombras de los barrotes en el suelo. Las celdas contiguas a la de Lexa estaban desocupadas, pero aun así habló en susurros.

—Preferiría que no la llamaras así.

—… ¿se te ocurre otra forma menos halagadora de describirla?…

—Podrías usar su puto nombre.

El no-gato dio un bufido, una gesta impresionante para una criatura sin pulmones.

—… se supone que debía comprarnos leónidas, pero, en vez de eso, se ha quedado contigo su hija. la víbora no tiene forma de saberlo. eclipse y ella estarán esperándonos en el collegium de leónidas en fuerteblanco, según lo planeado…

—Sí que ha sido un pequeño descuido, sí —reconoció Lexa.

—… este plan es todo descuidos y necedades, parcheados con fullerías y jodiendas…

—Sé lo que estoy haciendo.

—… pues entonces es una pena que la víbora no lo sepa…

Lexa suspiró.

—Tendrás que ir a decírselo. ¿Podrás llegar a Fuerteblanco?

—… seguro que puedo encontrar un barco en el que viajar de polizón. Pero ¿qué harás tú?…

—¿Qué quieres que haga? —Lexa se encogió de hombros—. Entrenar en el establo de Echo. Luchar. Ganar. El destino de la travesía no ha cambiado, solo el punto de inicio.

—… ¿y dónde le digo a la víbora que se reúna contigo? ¿dónde está el collegium de tu nueva dona?…

—No tengo ni pajolera idea.

—… ah, pues sí. Desde luego, sabes lo que estás haciendo…

Lexa enseñó los nudillos al gato-sombra y se recogió el pelo enmarañado detrás de las orejas. Seguía cubierta de sangre seca, sudor viejo y polvo. Sentada en la paja, intentó no visualizar los rostros de los hombres a los que había matado en el Agujero. Había tenido la necesidad de impresionar, y lo había hecho… en cierto modo. Antes ya había matado a decenas de personas que se habían interpuesto en su camino. Pero, aun así, aquellos luchadores del Agujero solo estaban cumpliendo órdenes.

—Me siento como una mierda —dijo, y suspiró.

—… tampoco es que huelas demasiado bien…

—No me refería a…

—… no puedes permitirte sentir lástima por esos hombres, Lexa. Buceando a esta profundidad, la compasión solo servirá para ahogarte. debes ser tan dura y afilada como los hombres a los que das caza…

—Si no fuese por la compasión que tuve en mi prueba final, habría estado en el banquete de iniciación cuando Clarke y Finn envenenaron al Sacerdocio. Estaríamos todos muertos.

—… no dejarás de restregármelo nunca, ¿verdad?…

Se oyó el eco de unos pasos por el pasillo y el no-gato se desvaneció como si fuese de humo. Lexa alzó la mirada y vio a un Administratii abriendo su celda. Era un hombre grueso, barbudo, vestido con una túnica blanca adornada con los tres soles de la República Itreyana. A su lado había un chico joven con el hábito de manga corta que vestían los aprendices, cargado con una silla alta y una caja de caoba. La dona Echo entró con paso leve en la celda, seguida por uno de los hombres más musculosos que Lexa había visto en la vida. Era itreyano, alto y fuerte. Parecía rondar los treinta y cinco años, su tupida barba encanecía por los bordes y llevaba la pelambrera atada en una larga coleta. Tenía la piel correosa y una cicatriz particularmente cruel le partía en dos el ceño, la mejilla y el labio, torciendo sus rasgos en un gesto contrariado perpetuo. Tenía los mofletes y la nariz salpicados de venas varicosas y apoyaba buena parte de su peso en un bastón cuya empuñadura tenía forma de cabeza de león. Lexa miró abajo y reparó en que le faltaba la pierna izquierda por debajo de la rodilla, reemplazada por una puntiaguda barra de hierro. Miró contrariado a Lexa con unos ojos grises como el acero y habló con una voz que recordaba a la piedra al quebrarse.

—Es una chica.

La dona Echo enarcó una ceja perfectamente depilada.

—Me había dado cuenta.

—Por el abismo y la sangre, mi dona, ¿habéis gastado mil platas en esta escuchimizada? Yo no sé hacer milagros. Necesito buena arcilla con la que trabajar.

—Ha matado a cinco hombres en cinco minutos —dijo Echo—. Vale hasta la última moneda.

—Pues sí que me alegro, joder. Sobre todo, porque no nos queda ni un mendigo en los bolsillos.

—Este viaje hemos hecho otras dos compras, las dos de buena calidad. Y no tienes motivos para regañarme, executus. Si ayer no te hubieras bebido los Jardines enteros, habrías estado conmigo esta mañana cuando la he adquirido.

El grandullón gruñó y volvió a mirar a Lexa.

—De pie, esclava.

Lexa, sin abrir la boca, se levantó y juntó las manos. El hombre renqueó en círculo a su alrededor, con su pierna de hierro tañendo contra la piedra. Clavó un dedo en sus abdominales, le apretó los bíceps con sus manos inmensas y le comprobó los dientes. Lexa soportó la inspección en silencio, con la mirada gacha. Olió el vino dorado en el aliento del executus.

—Es demasiado bajita —declaró él—. Tiene poco alcance con esos brazos.

—Es rápida como el viento —replicó Echo.

—Es demasiado joven. Tardará años en estar lista para la arena.

—Cinco hombres —repitió Echo—, en cinco minutos.

—Es una chica —refunfuñó el hombretón.

—También lo era yo —respondió la dona con voz suave—. Y nunca me despreciaste por ello.

—Con solo olerla, los hombres perderán la puta cabeza.

—¿No decía mi padre lo mismo de mí cuando visitaba el collegium? ¿Y no fuiste tú quien le pidió que me permitiera quedarme a aprender?

—Eso era distinto, mi dona. Vos erais la hija del domini. Esta enclenque va a estar abajo, en los barracones, con todos los demás.

—Y hasta que se demuestre digna en el Aventamiento, te asegurarás de que mi inversión no sufra daños —dijo Echo con serenidad.

—Es imposible que sobreviva al Aventamiento.

—En ese caso, gozarás del tremendo placer de soltarme un «Os lo dije», executus.

El gigante miró a Lexa con mala cara. Ella le sostuvo la mirada, solo un segundo. La furia ardió en sus pupilas mientras un juramento silencioso resonaba en su mente.

«Te comerás esas palabras cuando llegue la veroluz, cabrón.»

—¿Tienes nombre? —preguntó él.

—Me llaman Cuervo, mi don —respondió ella, con la mirada fija de nuevo en el suelo.

—¿Te parezco un puto don, chavala? Te dirigirás a mí llamándome executus.

A Lexa le costó horrores no hundirle la rodilla en los huevos, saltarle los dientes de un puñetazo y bailar sobre su cabeza.

—Sí, executus —respondió.

El hombre la miró amenazador, con una expresión oscurecida por su cicatriz. A Lexa le pareció obra de una hoja afilada. Debía de habérsela ganado en alguna arena. Se movía como un luchador. Elegante y poderoso, a pesar de la pierna que le faltaba.

—Zarparemos mañana con la marea —dijo Echo—. Cuanto antes regresemos a Nido del Cuervo y empecemos a entrenarla, mejor.

El corazón de Lexa cantó en su pecho.

—¿Nido del Cuervo? —susurró.

El bofetón la hizo chocar de espaldas contra la pared. Dio con la cabeza en la piedra y cayó arrodillada con un respingo. Al instante volvía a estar de pie, con los ojos brillantes de odio clavados en el hombre que la había abofeteado. Pero raudo como una exhalación, el puño del executus cayó sobre su tripa y volvió a dejarla de rodillas.

«Es rápido.»

Lexa sintió una mano brutal en el pelo, echándole atrás la cabeza mientras ella boqueaba de dolor.

—Olvidas tu posición, chica —dijo el hombretón—. Como vuelvas a abrir la boca en presencia de tu domina sin que se te hable antes, te cortaré la lengua con mi hoja y se la daré de comer a mi puto perro. ¿Me has oído?

«Paciencia...»

—Sí, executus —susurró Lexa.

El hombre dio un gruñido y la soltó. Lexa miró hacia Echo y vio que la mujer la contemplaba con ojos gélidos e imperiosos. Opinara lo que opinase sobre las destrezas marciales de Lexa, saltaba a la vista que su nueva domina no tenía el menor problema con los violentos métodos de su hombre. Tras un momento de tenso silencio, la dona Echo se volvió hacia el Administratii, que seguía esperando pacientemente en el pasillo.

—Pasa y ponte a trabajar.

El Administratii entró en la celda arrastrando los pies, acompañado de su aprendiz. El chico dejó caer con estruendo la silla alta junto a Lexa, abrió la caja de caoba que llevaba y se la ofreció al Administratii. Dentro, Lexa vio una colección de agujas de hierro, polvos en viales cerrados con corcho y botellitas de tinta. La sombra de Lexa se infló con el miedo que le crecía en el estómago. Sabía que aquello iba a ocurrir. Formaba parte de su juego. Pero de todos modos…

—Siéntate —ordenó el Administratii.

Lexa se levantó del suelo y echó un vistazo a las hebillas y las correas que había en los brazos de la silla. Estaba claro que pretendían atarla para lo que sucedería a continuación. Sabía que, si volvía a hablar, se llevaría otro sopapo del hijo de puta. Así que clavó la mirada en la pequeña ventana con barrotes, en el cielo azul de más allá. Y se quedó de pie. El executus hizo un sonido gutural y alzó la mano para golpearla.

—Haz lo que se te…

—No —lo interrumpió la dona Echo, observando a Lexa con mirada curiosa—. Deja que se quede de pie.

—Con el debido respeto, dona Echo —dijo el Administratii—, esto no es un simple tintanismo. El procedimiento es arkímico. El dolor, descomunal. Es probable que se desmaye.

Lexa recordó su flagelación a manos de la tejedora Octavia y estuvo a punto de estallar en carcajadas. La misma risa centelleó en los ojos de la dona Echo.

—Van cien platas a que ni por asomo.

El executus soltó un gemido. El Administratii puso cara de desconcierto.

—No soy hombre de apuestas, mi dona.

—Pero sí eres hombre de insistir en decirme lo que ya sé, ¿verdad? —El tono de Echo se había vuelto afilado como una cuchilla—. Me crie en el mejor collegium de gladiatii de toda la República Itreyana. Sé cómo funcionan las condenadas marcas de esclavo. Y ahora, procede.

El Administratii casi logró contener un suspiro. Se volvió hacia la caja y empezó a abrir viales y mezclar componentes en un cuenco bajo de cristal. La experta en venenos que había en Lexa lo observó con interés, fijándose en la composición del mejunje arkímico, que burbujeaba y siseaba y escupía negro. El Administratii humedeció la aguja y la alzó hacia la cara de Lexa. El aprendiz se situó detrás de ella y le sostuvo la cabeza con fuerza. La chica se obligó a quedarse quieta y apretar los dientes. El Administratii alineó el hierro contra la mejilla de Lexa y cogió un fino martillo de joyero. La chica contuvo el aliento. Y sin más preliminares, el Administratii clavó la aguja a través de la mejilla en el hueso de debajo. Fuego negro. Ardiente suplicio. Los ojos de Lexa se ensancharon, sus pupilas se dilataron, el dolor le atravesó el cráneo y la dejó sin respiración. Le flaquearon las rodillas y estallaron oscuras estrellas en sus ojos. El Administratii retrocedió un paso, sin duda esperando que cayera. Pero mientras su sombra se hinchaba, resollando, la chica se mantuvo en pie. Lexa miró a Echo. La dona estaba observándola con una sonrisa cada vez más amplia.

—¿Y bien? —dijo la mujer al Administratii—. ¡Continúa!

El hombre se encogió de hombros y, sin más pausas dramáticas, empezó a amartillar la aguja dentro de la mejilla de Lexa, una y otra vez, en breves sucesiones de tres golpes minúsculos que eran como truenos en su cabeza. El calor de cada martillazo hacía estallar un fuego dentro de su cráneo.

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Uñas clavadas en las palmas de sus manos.

Puntos blancos creciendo ante sus ojos.

La celda moviéndose bajo sus pies como un barco en plena tormenta.

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Lo peor de todo era la anticipación, el momento entre una secuencia y la siguiente. Ese fugaz respiro que se tornaba eterno, esperando a que llegara de nuevo el dolor. El flagelo de Bellamy, el tejido de Octavia… nada que hubiera sentido hasta entonces se aproximaba a aquello, agravado por la amarga certeza de que en aquel instante, para el mundo exterior a la celda en la que estaba, su vida ya no le pertenecía.

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Pensó que, de no ser por Don Majo, quizá se habría venido abajo.

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Pero al final

después de todo el dolor

de tanto rezar

la mejilla sangrando

las piernas temblando

Lexa seguía en pie.

—Menos mal que no eres hombre de apuestas, amigo mío —declaró la dona Echo.

El Administratii recogió sus útiles sin mediar palabra. Dirigió a Lexa una mirada venenosa, hizo una brusca inclinación a la dona y, seguido de su aprendiz, salió a toda prisa de la celda con un frufrú de tela negra. Echo se volvió hacia su executus con una sonrisa triunfal.

—¿Me pedías arcilla con la que trabajar, executus? Yo te doy acero.

El saco de músculos miró a Lexa con los ojos entornados.

—El acero se parte antes de combarse.

—Por las Cuatro Hijas, ¿es que no te satisface nada? —Echo suspiró—. Vamos. Dejemos descansar a nuestra belleza sanguinaria. Necesitará todas sus fuerzas en los giros venideros.

La dona sostuvo entre las manos el rostro de Lexa y le limpió la mejilla herida con un amable pulgar. Sus ojos ardieron en los de Lexa.

—Haremos sangrar la arena roja, tú y yo —dijo—. Sanguii e Gloria.

Concediéndole una última sonrisa, Echo salió de la celda como un borrón de seda azul. El executus cojeó tras ella y cerró con llave la puerta desde fuera. El tintineo de su pierna de hierro fue desapareciendo en pos de su dona, pasillo abajo. Lexa cayó de rodillas. Tenía la mejilla hinchada, palpitando de dolor. Le sangraban las palmas de las manos por las uñas que se había clavado. Se pasó las yemas por la piel y sintió los bordes elevados de los dos círculos entrelazados con los que la habían marcado justo debajo del ojo derecho. Pero bajo el recuerdo de su agonía, la mente de Lexa funcionaba a toda velocidad y las palabras de la dona resonaban en el interior de su cráneo con los ecos de los martillazos.

«Van a llevarme a...»

—… ¿nido del cuervo?…

Lexa levantó los ojos hacia el no-gato, que de nuevo estaba limpiándose una no-zarpa con su no-lengua. Se lamió los labios resecos e intentó recobrar la voz.

—Era el hogar de la familia Wood. Mi familia. El cónsul Azgeda se lo concedió al justicus Titus en recompensa por aplastar la rebelión de mi padre contra el Senado.

—… ¿y ahora es propiedad de leona?…

Lexa levantó los hombros a modo de respuesta. El no-gato inclinó a un lado la cabeza.

—… ¿estás bien?…

Su padre, cogiéndole la mano mientras paseaban por campos de altas flores de campanasoles. Su madre, de pie en las almenas de piedra ocre mientras el viento fresco jugueteaba con su melena oscura. Lexa había crecido en Tumba de Dioses, ya que el puesto de su padre como justicus le impedía alejarse mucho tiempo de la Ciudad de los Puentes y los Huesos. Pero cada pocos veranos profundos, habían pasado una o dos semanas en Nido del Cuervo para estar todos juntos. Habían sido los giros más felices de la vida de Lexa. Lejos de la presión de Tumba de Dioses, de su venenosa política. Sus padres parecían más contentos allí. Más íntimos, de algún modo. Su hermano Aden había nacido en aquel lugar. Lexa recordaba las visitas del general Antonio, el aspirante a rey al que habían ahorcado al lado de su padre. Él y los padres de Lexa solían quedarse despiertos hasta tarde, bebiendo y riendo y muy muy vivos.

Ya no quedaba ninguno de ellos.

—… debería irme. buscar un barco con destino a fuerteblanco. decir a la víbora que te busque en nido del cuervo…

—Sí —convino Lexa.

—… ¿estarás bien hasta que vuelva?…

La perspectiva debería haberla aterrorizado. Sabía que, si Don Majo no estuviera con ella, lo habría hecho. Durante siete años, desde que murió su padre, el gato-sombra había permanecido a su lado. Sabía que debía dejarlo marchar, que no podía hacerlo todo ella. Pero la idea de quedarse sola, de vivir con el miedo que él solía beberse hasta disipar…

—Me las apañaré —respondió—. Pero no te entretengas.

—… seré rápido. nunca temas…

Lexa suspiró. Apretó la mano contra la marca de su palpitante mejilla.

—Y nunca, jamás, olvides.