Capítulo 6. Mortalidad

El athenaeum se abrió cuando Lexa tocó con el dedo las colosales puertas de madera, que giraron sobre sus goznes como si estuvieran talladas en pluma. Lexa respiró hondo y, sosteniendo el libro contra su pecho, entró cojeando en su lugar preferido del mundo entero. Mirando desde el entrepiso a las inacabables estanterías de abajo, la chica no pudo contener una sonrisa. Había crecido entre libros. Por muy oscura que se volviera la vida, desterrar el dolor era tan fácil como abrir una cubierta. Hija de padres asesinados y una rebelión fallida, seguía caminando en las botas de eruditos y guerreros, reinas y conquistadores.

«Los cielos nos conceden tan solo una vida, pero a través de los libros vivimos un millar.»

Una chica con una historia que contar —dijo una voz a su espalda.

Sonriendo, Lexa se volvió hacia un anciano que estaba junto a un carrito repleto de libros. Llevaba un chaleco desaliñado y tenía dos mechones de canas que intentaban escapar de su cabeza casi calva. Unos gruesos anteojos reposaban sobre una nariz ganchuda y tenía la espalda encorvada como una hoz. La palabra «anciano» le hacía más o menos la misma justicia que la palabra «hermosa» a la shahiid Aalea.

Buen giro tengáis, cronista —dijo Lexa con una inclinación.

Sin preguntar, el cronista Gabriel sacó el cigarrillo que llevaba siempre detrás de la oreja, lo encendió con el que se estaba fumando y se lo ofreció a Lexa. La chica se apoyó en la pared, con una mueca porque le tiraron los puntos, inhaló y exhaló una neblina de satisfecho gris. Gabriel se apoyó a su lado y el cigarrillo bailó en sus labios mientras hablaba.

¿Está bueno?

Está bueno —dijo ella asintiendo.

¿Qué tal Galante?

Lexa hizo otra mueca al sentir una punzada de dolor en el trasero.

Como un flechazo en el culo —murmuró.

El anciano sonrió mientras soltaba humo.

¿Y qué te trae por aquí abajo?

Lexa levantó el libro que había llevado con ella a través de la Caminata de Sangre. Estaba encuadernado en cuero manchado, hecho polvo y trillado. Los extraños símbolos grabados en la cubierta dolían a la vista y sus páginas estaban amarillentas por el paso de los años.

Se me ha ocurrido que debería devolverlo. Lo tengo desde hace ocho meses.

Ya empezaba a pensar que tendría que enviar una partida de búsqueda.

Eso sería desagradable para todos los implicados, seguro.

El anciano sonrió.

Las penas por devolución tardía son más bien desorbitadas en una biblioteca como esta.

El cronista había dejado el libro en el dormitorio de Lexa, muy poco antes de que la enviaran a Galante. En los meses transcurridos desde entonces, Lexa lo había leído con atención una cantidad incontable de veces. Por desgracia, seguía sin comprender ni la mitad del texto y, a decir verdad, en los últimos tiempos se había desilusionado bastante con él. Pero el ser que había visto en la necrópolis de Galante había renovado su interés, multiplicado por diez. El libro estaba escrito por una mujer llamada Cleo, una tenebra como Lexa, que hablaba a las sombras igual que ella. Cleo vivió en una época anterior a la república, y el libro era una especie de diario que detallaba su periplo por Itreya y más allá. Hablaba de encuentros con otros tenebros, que al parecer terminaban siempre con Cleo devorando a sus congéneres. Lo raro era que, según las escrituras de Cleo, había conocido a decenas de otros tenebros en sus viajes. Y por los autorretratos garabateados de la mujer, iba acompañada de docenas de pasajeros con infinidad de formas distintas: zorros, aves, serpientes y demás. Una sombría casa de fieras a sus órdenes. En toda su vida, el único otro tenebro al que había conocido Lexa era mi señor Kane. Y los únicos dos daimones, Don Majo y Eclipse. Así que, en nombre del abismo, ¿dónde estaban los demás?

Entre los garabatos sin sentido y los pictogramas que delataban la creciente locura de la autora, la segunda mitad del libro relataba la búsqueda de Cleo de algo que llamaba «la Corona de la Echo», precisamente lo mismo que el ser de sombras de la necrópolis de Galante había dicho a Lexa que hiciera. Y repasando las ilustraciones después de aquello, Lexa había visto varias que tenían un parecido increíble con el ente que le había salvado la vida. Por desgracia, Cleo no hacía mención alguna sobre quién o qué podría ser esa «Echo». El libro estaba escrito en un idioma arcano que Lexa no había visto nunca, pero tanto Don Majo como Eclipse podían leerlo. Y lo más extraño de todo era que incluía un mapa del mundo anterior a la república, pero la bahía de Tumba de Dioses no figuraba en él. En lugar del mar junto al que se alzaba ahora la capital itreyana, había una masa de tierra, una península marcada con una equis y una perturbadora afirmación: «Aquí cayó.»

¿Lo leísteis antes de prestármelo? —preguntó Lexa.

El anciano negó con la cabeza.

No entendía ni una puñetera palabra. Lo único que me hizo pensar en ti fueron las ilustraciones. ¿Para ti tiene algún sentido?

Ni la mitad del que querría.

Gabriel se encogió de hombros.

Me pediste que buscara libros sobre tenebros y eso hice. No te prometí ninguna iluminación al terminar.

No hace falta que me lo restreguéis, buen cronista.

Gabriel sonrió, divertido.

Tengo siempre los ojos abiertos por si veo más. Si encuentro alguna otra cosa de interés aquí abajo, la enviaré a tus aposentos. Pero yo que tú esperaría sentada.

Lexa asintió y dio otra calada. El athenaeum de Niah era en realidad una biblioteca de los muertos. Contenía un ejemplar de cualquier libro que se hubiera destruido en la historia del lenguaje escrito. Y además, en ella se encontraban también tomos que jamás se habían escrito en un principio. Memorias de tiranos asesinados. Teoremas de herejes crucificados. Obras maestras de genios que cayeron antes de lo que habrían debido. El cronista Gabriel le había dicho que aparecían libros nuevos constantemente, que los estantes cambiaban a todas horas. Y aunque el athenaeum de Niah era un lugar maravilloso por ello, la pega era evidente: encontrar un libro concreto allí era como encontrar una ladilla concreta en la entrepierna de un dulcechico portuario.

Cronista, ¿habéis oído mencionar a la Echo? ¿O alguna corona que pudiera gustar a dicha Echo?

La mirada de Gabriel se volvió cauta.

¿Por qué?

Siempre respondéis con preguntas a las preguntas —dijo Lexa, y suspiró—. ¿Por qué lo hacéis?

¿Recuerdas lo que te dije el primer giro que bajaste aquí?

¿Veis? Ahí está otra vez.

¿Lo recuerdas?

Dijisteis que yo era una chica con una historia que contar.

¿Y qué más?

El humo escapó de los labios de Lexa mientras el anciano la miraba a los ojos.

Dijisteis que quizá no fuese aquí donde se suponía que debiera estar —respondió ella por fin—. Cosa que ya apestaba a mierda de caballo en su momento, y ahora huele incluso peor. Demostré mi valía. El Sacerdocio estaría crucificado en la Tumba de no ser por mí. Y estoy harta y cansadísima, joder, de que por aquí todo el mundo parezca haberlo olvidado.

¿No captas la ironía de ganarte tu puesto en una secta de asesinos por salvar media docena de vidas?

Maté a casi cien personas mientras tanto, Gabriel.

¿Y cómo te hace sentir eso?

¿Qué sois, mi niñera? —le espetó Lexa—. Una asesina es lo que soy. El lobo no se compadece del cordero. Y la…

Sí, sí, ya me sé la tonadilla.

Y sabéis por qué estoy aquí. A mi padre lo ejecutaron por traidor para entretener a una chusma. Mi madre murió en una cárcel, y mi hermano pequeño junto a ella. Y a los responsables hay que cargárselos, joder. Así es como me hace sentir.

El anciano enganchó los pulgares en su chaleco.

El problema de ser bibliotecario es que hay lecciones que no se aprenden en los libros. Y el problema de ser asesina es que hay misterios que no pueden resolverse a puñaladas.

Siempre estáis con acertijos —gruñó Lexa—. ¿Sabéis algo de esa Echo o no?

El anciano dio una calada a su cigarrillo y miró a Lexa de arriba abajo.

Esto es lo que sé. Algunas respuestas se aprenden. Pero las importantes hay que ganárselas.

Oh, Negra Diosa, ¿ahora también sois poeta?

El cronista frunció el ceño y aplastó el cigarrillo contra la pared.

Los poetas son unos capullos.

Gabriel se guardó el cadáver de su colilla en el chaleco. Bajó la mirada al libro que Lexa llevaba en las manos y la devolvió a sus ojos.

Puedes quedártelo. De todas formas, nadie más es capaz de leerlo.

Con un leve asentimiento, Gabriel volvió a coger su carrito de devoluciones.

¿Y esa es toda la explicación que me llevo? —preguntó Lexa.

Gabriel se encogió de hombros.

Demasiados libros. Muy pocos siglos.

El anciano desapareció en la penumbra empujando su carrito. Mientras lo veía disolverse en las sombras, la chica dio una intensa calada al cigarrillo, con la mandíbula tensa.

—… vaya, sí que ha sido iluminador…

—… GABRIEL SIEMPRE SE COMPORTA ASÍ. PONERSE CRÍPTICO HACE QUE SE SIENTA IMPORTANTE…

Lexa miró ceñuda a la loba-sombra que estaba materializándose a su lado.

¿Estás segura de que mi señor Kane nunca supo nada de esto, Eclipse? Era el líder de toda la congregación. ¿Estás diciéndome que no sabía nada de lo que significaba ser tenebro? ¿De Cleo? ¿De la Echo? ¿De nada de esto?

—… YA TE LO DIJE. NUNCA LO INVESTIGAMOS. KANE ENCONTRABA SUFICIENTE SENTIDO A SU VIDA CON SOLO PONER FIN A LAS DE OTROS. NO NECESITABA MÁS QUE ESO…

Don Majo dio un bufido.

—… gente pequeña, mentes pequeñas…

—… TEN CUIDADO, PEQUEÑO FELINO. ÉL YA ERA MI AMIGO CUANDO TÚ CARECÍAS DE FORMA. ERA HERMOSO COMO LA OSCURIDAD Y AFILADO COMO LOS DIENTES DE LA MADRE. NO HABLES MAL DE ÉL…

Lexa suspiró y se pellizcó el caballete de la nariz. No le entraba en la cabeza que Kane nunca hubiera buscado la verdad sobre sí mismo. Ella llevaba haciéndose preguntas desde niña. El viejo Gustus y la madre Abby le habían dicho que era una elegida de la diosa.

«Pero ¿elegida para qué?»

Recordó su combate contra Clarke en las calles de Última Esperanza. Su ataque a la Basílica Grande cuando tenía catorce años. En ambas ocasiones, la mera visión de la Trinidad, el símbolo sagrado de Aa, le había provocado un dolor agónico. El Dios de la Luz la odiaba. Lo había sentido. Tan seguro como el suelo que hollaba. Pero ¿por qué? ¿Y qué abismos tenía esa «Echo» que ver con todo lo demás?

Y Titus.

«El hijo de puta de Titus.»

Había muerto a manos de Lexa en una polvorienta calle de Última Esperanza. Su ataque al Monte Apacible había fracasado. Sus hombres habían yacido destripados en la arena a su alrededor. Pero antes de clavarle su hoja de hueso de tumba en el cuello, el justicus había pronunciado unas palabras que habían vuelto del revés el mundo de Lexa.

«Daré recuerdos a tu hermano.»

Lexa negó con la cabeza.

«Pero Aden está muerto. Me lo dijo mi madre.»

Cuántas preguntas. Lexa notaba el sabor de la frustración mezclado con el del humo en la lengua. Pero sus respuestas estaban en Tumba de Dioses. Y alabada fuese la Negra Madre, allí era justo donde ese misterioso cliente suyo la había enviado.

«Es hora de dejar de gimotear y empezar a actuar.»

Lexa salió renqueando del athenaeum. Bajó por la escalera serpenteante hacia las entrañas de la iglesia. Cruzó los charcos de luz de los cristales tintados con Don Majo en el hombro y Eclipse merodeando por delante. El coro de la iglesia cantó mientras recorrían los tramos de escalera, los pasillos largos y retorcidos, hasta llegar por fin a las cámaras de la tejedora Octavia. Tomó aliento y llamó a la pesada puerta. Se abrió al cabo de un momento y Lexa se descubrió mirando unos ojos escarlata y una hermosa y exangüe sonrisa.

Hoja Lexa —dijo Bellamy.

El orador de sangre iba vestido con sus calzas indecentes y su túnica de seda roja, abierta por el pecho como de costumbre. La sala que tenía detrás estaba iluminada por una sola lámpara arkímica, y las paredes adornadas con centeneras de máscaras distintas, de todos los tamaños y formas. Máscaras mortuorias, máscaras infantiles y máscaras de carnaval. Cristal y cerámica y pasta de papel. Una sala de rostros, sin un solo espejo a la vista.

Vienes en pos de un tejido —dijo Bellamy.

Sí —respondió Lexa asintiendo y afrontando aquellos ojos rojo sangre sin miedo—. Las heridas se curan con el tiempo, pero no dispondré de mucho allá donde me dirijo.

La Ciudad de los Puentes y los Huesos —musitó el orador—. No existe emplazamiento más peligroso en toda la república.

No habéis visto mi cesta de la colada —replicó Lexa.

Bellamy sonrió y volvió la mirada hacia atrás.

¿Hermana amada, hermana mía? Tienes compañía.

Lexa vio una figura deforme entrar arrastrando los pies en el brillo arkímico. La mujer era albina como su hermano, pero lo poco que Lexa alcanzó a ver de su piel estaba hinchado y cuarteado, y manaban pus y sangre a través de los vendajes que le cubrían las manos y la cara. Iba vestida con una túnica de terciopelo negro, y al ver a Lexa sus labios se separaron para sonreír.

Hoja Lexa —susurró Octavia.

Tejedora Octavia —dijo Lexa con una inclinación.

A la Tumba marcha, por orden del padre Solis, a los brazos de un nuevo patrono. Y aunque llega suturada, todavía sangra. —Bellamy tuvo un leve estremecimiento—. Lo huelo en ella.

Todas tus heridas serán sanadas, pequeña tenebra —ceceó Octavia—, como si jamás hubieran existido.

La tejedora señaló con el mentón la temible losa de piedra que dominaba la estancia. Tenía correas de cuero y hebillas de acero pulido, ya que, aunque Octavia podía tejer la carne como arcilla y curar casi cualquier herida, el proceso en sí era pura agonía. Lo cierto es que Lexa odiaba la idea de que la ataran para sanarla. De que la amarraran como un cerdo para el espetón, con las calzas en los tobillos. Pero resignándose al dolor, sintiendo cómo las sombras de dentro de su sombra se le bebían el miedo, Lexa cojeó hacia el interior de la cámara.

El orador cerró la puerta detrás de ella y la cogió del brazo.

Lexa alzó la mirada hacia sus ojos relucientes, sus pestañas blancas como la nieve. El orador se acercó más, cada vez más, y durante un momento terrible y electrizante, Lexa creyó que quizá fuese a besarla. Pero en vez de eso, Bellamy habló en voz baja, rozando su oreja con los labios, apenas un susurro.

Dos vidas salvaste, el giro en que los Luminatii oprimieron con su acero solar la garganta del Monte Apacible. La mía y la de mi hermana amada. La deuda que contrajo Octavia contigo se saldó el giro en que retornó su rostro a Raven. Mas mi deuda, pequeña hoja, continúa pendiente. Recuérdalo en las nuncanoches que están por acaecer. Por oscuras y profundas que alcancen a ser las aguas que buceas, en asuntos de sangre puedes contar con el voto de un orador.

Bellamy clavó en ella su mirada escarlata y prosiguió con una voz afilada como el hueso de tumba que Lexa llevaba en la muñeca.

Se te debe sangre, cuervecilla —susurró—. Y con sangre se te pagará.

Lexa lanzó una breve mirada a Octavia para volver luego a los brillantes ojos rojos de Bellamy. Su mente estaba inundada de pensamientos sobre Tumba de Dioses. Los braavi. Mapas robados y clientes ocultos, y un Sacerdocio que no parecía sentir más que ira hacia ella.

¿Sabéis algo que yo no sepa, orador?

Una hermosa y pálida sonrisa fue su única respuesta. Con un siseo de su túnica escarlata, el orador Bellamy hizo un gesto a su hermana. Lexa se volvió hacia la Sala de los Rostros y su ama, que se alzaba junto a aquella temible losa. Octavia le indicó que se acercara con dedos retorcidos. Llegara lo que llegase, ya era demasiado tarde para dar media vuelta.

Y con un profundo suspiro, Lexa se tendió en la piedra.

Estuvo a punto de echarse a llorar al verlo.

Se alzaba desde la cima de los acantilados y perforaba el cielo, piedra ocre que se iba tornando dorada a la luz de los dos ardientes soles. Un fuerte tallado en los mismos acantilados, que una vez fue el hogar de una de las doce familias más destacadas de la república.

Nido del Cuervo.

Lexa se quedó arrodillada en la cubierta del Sabueso de Gloria, mirando mientras la embargaban los recuerdos. Caminando por el ajetreado puerto de la mano de su madre. Los tenderos llamándola «pequeña dona» y regalándole dulces. Su padre recorriendo con paso firme las almenas que se alzaban sobre el océano, la brisa jugueteando con su pelo mientras miraba más allá de las olas. Soñando, quizá, con la revuelta que sería su perdición. Ella había sido demasiado joven para entenderlo, demasiado pequeña para…

¡Crac!

El látigo restalló contra sus omóplatos y un dolor rojo brillante la arrancó de su ensoñación.

—¡No te he dado permiso para que pares! ¡La barbilla contra los tablones!

Lexa se arriesgó a lanzar una mirada iracunda al executus, que estaba de pie cerca de ella con un látigo para ganado en la mano. A Lexa le goteaba el sudor del rostro y tenía el pelo pegado a la piel. Su vacilación le valió un segundo latigazo en la espalda. Con los brazos ardiendo de fatiga, descendió en otra flexión y volvió a ascender. En su visión flotaron puntos negros. Los dos hombres que tenía al lado hicieron lo mismo, gruñendo de agotamiento. La travesía desde los Jardines Colgantes había durado casi tres semanas. Todos los giros, ella y los otros dos esclavos que Echo había adquirido en el mercado subían a cubierta a hacer ejercicio, y el chasquido del látigo del executus empezaba a plagar los sueños de Lexa. Su primer camarada en el cautiverio era un endurecido chico liisiano llamado Mateo. Parecía unos años mayor que Lexa y tenía el pelo un poco

ondulado, los brazos fuertes y una sonrisa bonita. A pesar de su imponente físico, Mateo había enfermado como un perro durante su primera semana en el mar. Lexa supuso que el chico no habría pisado un barco en su vida. Su segundo compañero de cama era un fornido itreyano llamado Wells. Tendría casi treinta años y era duro como un clavo de ataúd. Brillantes ojos azules y cabeza afeitada. Parecía el más mezquino de los dos, y miraba a Lexa como si quisiera follársela y/o matarla. Ella no estaba muy segura de en qué orden. No estaba muy segura de que Wells lo estuviera, tampoco. Lo más particular en él era que llevaba una burda marca que parecía que le hubieran grabado en el pecho usando una hoja al rojo vivo. Una sola palabra, tallada de lado a lado del pecho.

«COBARDE.»

No había dado ninguna explicación sobre ella, y a Lexa no le caía lo bastante bien como para preguntarle. Después de otras treinta y dos flexiones, el executus les hizo un gesto para que pararan, y Lexa se dejó caer boca abajo en la cubierta, con los brazos temblorosos.

—La fuerza que tienes en el torso es de chiste —le gruñó el hombretón—. Y aun así, la risa no asoma a mis labios.

—Suficiente por el giro de hoy, executus —dijo la dona Echo desde su asiento en el castillo de proa—. Tendrán que estar en condiciones de andar cuando conozcan a su nueva familia.

—En pie.

Lexa se levantó despacio y miró hacia el océano. Las marcas que tenía en la espalda le picaban por el sudor. El pelo entrecano del executus se mecía con la brisa y la barba se le erizó mientras los miraba con cara de pocos amigos. Pasaron largos minutos en silencio, con el único acompañamiento de los graznidos de las gaviotas y el rumor del lejano puerto.

—Bebed —gruñó por fin el executus.

Lexa se volvió y casi se abalanzó sobre el tonel de agua que había atado al palo mayor. El itreyano enorme, Wells, la empujó a un lado con una maldición, cogió el cucharón y bebió hasta saciarse. Lexa esperó su turno bullendo de furia, casi tentada de tumbar de culo a aquel matón, pero la parte sensata de su cerebro le aconsejó tener paciencia. Cuando Wells terminó de beber, Mateo le lanzó su bella sonrisa e hizo un gesto hacia el tonel.

—Después de vos, mi dona.

¡Crac!

El chico se encogió cuando el látigo del executus halló su espalda.

—¡No te he dado permiso para hablar!

El chico apretó los dientes y se inclinó en señal de disculpa. Lexa le agradeció el gesto con un asentimiento y se volvió hacia el tonel para engullir una dulce medida tras otra. Inclinarse ante aquella gente la irritaba hasta casi hacerla chillar. Le decían cuándo comer, cuándo beber, cuándo cagar. El desprecio que les mostraba el executus tenía como única rival la ambigüedad de la dona Echo. Por una parte, la mujer los trataba con una especie de afecto y les hablaba de la gloria que alcanzarían en las arenas del venatus. Pero, por otra, hacía que les dieran latigazos a la menor infracción. No tenían permitido mirarla a los ojos. Podían hablar solo cuando se les dirigiera la palabra. Actuaban a sus órdenes.

«Como perros a los que se tiene cariño», comprendió Lexa.

Los padres de Lexa habían tenido esclavos cuando ella era pequeña, igual que todas las familias nobles de la república. Pero a la niñera de Lexa, Caprice, la trataban casi como si fuese de su misma sangre, y el mayordomo de su padre, un liisiano llamado Andriano Varnese, se había quedado al servicio del justicus después de haber comprado su libertad. Incluso huyendo para salvar la vida de niña, incluso habiendo jurado servir a la Negra Madre, Lexa nunca había comprendido del todo lo que era no pertenecerse a sí misma. El concepto la encendía en llamas, igual que el recuerdo de aquella aguja martilleada por debajo de su piel. Una y otra vez.

La indignidad. La vergüenza.

Pero no se puede ganar si no se juega.

El Sabueso de Gloria echó el ancla en el puerto y, tras remar un tiempo breve, Lexa llegó con sus compañeros de cautiverio a los atestados muelles de la ciudad portuaria que había debajo de Nido del Cuervo, llamada Reposo del Cuervo. Tenía las muñecas esposadas e irritadas, la ropa asquerosa, el pelo hecho una maraña. La ausencia de Don Majo era como un cuchillo retorciéndole las entrañas, despojándola de todo el calor. Bajó la mirada hacia su sombra, que una vez fuera lo bastante oscura para dos, o incluso tres, y en ese momento no se distinguía de ninguna otra a su alrededor. El miedo la acechaba con negras alas y, por primera vez en mucho tiempo, debía afrontarlo en solitario.

¿Y si fracasaba?

¿Y si no tenía la fuerza suficiente?

¿Y si aquella jugada era tan necia como le había advertido Don Majo?

—¡Sube al carro! —llegó el grito, puntuado por el aguijón del cuero anudado en su espalda.

Apretando los dientes, como se había acostumbrado a hacer, Lexa obedeció. Tras un corto trayecto, el carro entró bamboleándose en el patio de Nido del Cuervo, y Lexa notó el corazón dolorido en el pecho. El fuerte le resultaba tan conocido… Las vistas, los sonidos, Negra Madre, incluso los olores eran los mismos. Pero decorando la piedra ocre de las paredes del patio, donde una vez voló el Cuervo de Wood, vio la insignia familiar de Marco Titus, un halcón rojo sobre un campo cruzado en blanco y negro.

«Esto me da pero que muy mala espina.»

Los recuerdos de su infancia se entremezclaron en su mente con las imágenes del fin de sus padres. Su padre, ejecutado junto al general Antonio ante una turba aullante. Su madre y su hermano, muertos en la Piedra Filosofal. Una parte de ella había sabido siempre que aquel castillo ya no le pertenecía, que su hogar no era su hogar. Pero ver los colores del hijo de puta de Titus todavía en las paredes, incluso después de haberlo enterrado… Sintió como si el mundo entero se removiera bajo sus pies. Creció un malestar en su estómago, grasiento y arremolinado. Y sin embargo, no tenía tiempo para cavilar sobre el final de su familia.

Otra nueva familia la estaba esperando.

Estaban de pie en hilera, como legionarios esperando que les pasaran revista. Trece hombres y dos mujeres, vestidos con taparrabos y pedazos de armadura de cuero: hombreras, espinilleras acolchadas y demás. Sus pieles sudadas relucían bajo los dos ardientes soles, confiriéndoles el aspecto de estatuas broncíneas. Eran hombres y mujeres que combatían en las arenas de los venata, que vivían y morían con los vítores de una multitud ebria de sangre.

«Gladiatii.»

Cuando la dona Echo bajó del carro, todos ellos se golpearon el pecho con el puño cerrado y rugieron al unísono:

¡Domina!

Echo se llevó los dedos a los labios y les lanzó besos.

—Mis Halcones. —Sonrió—. Tenéis un aspecto magnífico.

El executus hizo restallar su látigo y ordenó con un ladrido a Lexa y sus compañeros que bajaran del carro. Wells se abrió paso a empujones para bajar el primero, como de costumbre. Mateo sonrió de nuevo e hizo un gesto para que Lexa pasara delante de él. Lexa bajó a la arena y sintió quince pares de ojos evaluándola hasta el último centímetro de su piel. Vio labios torcerse, ojos estrecharse de burla. Pero los gladiatii tenían tanta disciplina como cualquier soldado, y ninguno abrió la boca en presencia de su ama.

—Te dejo al cargo de las presentaciones, executus —dijo la dona Echo—. Tengo una cita con un libro de cuentas y me espera un baño muy largo.

—Vuestro susurro, mi voluntad —respondió el hombretón inclinándose.

La mujer desapareció por un alto arco de piedra hacia el fuerte en sí. Los ojos de Lexa la siguieron, observando cómo hablaba con los sirvientes, cómo se movía. Le recordó un poco a su madre. Echo era…

¡Crac!

El restallido del látigo del executus se ganó su atención plena. El hombre estaba de pie ante ellos, con el látigo en una mano. En la otra sostenía un puñado de tierra ocre que había recogido del suelo y dejaba caer despacio entre sus dedos. Miró a Lexa y a los otros recién llegados a los ojos y habló con una voz de piedra partiéndose.

—¿Qué tengo en mi mano?

Lexa captó el ardid al instante. Lo notó en los ojos hambrientos de los gladiatii congregados detrás del executus. Sería nueva en aquel juego, pero no tan tonta como para caer en…

—Arena, executus —dijo Mateo.

¡Crac!

El látigo surcó el aire entre ellos y dejó una marca sangrante en el pecho de Mateo. El chico se tambaleó y su bonito rostro se crispó de dolor. Los gladiatii reunidos hicieron muecas burlonas como si fueran uno solo. Lexa estudió a los gladiatii uno por uno. El mayor de todos no pasaría de los veinticinco años. Todos llevaban los círculos gemelos entrelazados, que los distinguían como esclavos luchadores, marcados en las mejillas. Y todos eran unos ejemplares de impresionante físico, músculo duro y piel reluciente. Pero aparte de eso, eran tan distintos entre sí como el hierro y la arcilla. Vio a una mujer dweymeri, con rastas de sal tan largas que casi llegaban al suelo. Sus tatuajes, que por lo general marcaban el rostro de los dweymeri, le cubrían todo el cuerpo, fluyendo sobre su oscura piel marrón como negras cataratas. A su lado había una chica vaaniana de la edad aproximada de Lexa, con moño rubio y vivos ojos verdes. Iba descalza y casi parecía menuda si se la comparaba con sus compañeros. Lexa se fijó en esas mujeres para ver si notaba algún tipo de afinidad o simpatía, pero las dos parecieron mirar a través de ella como si estuviera hecha de cristal.

—¿Qué tengo en mi mano? —repitió el executus.

Lexa se quedó callada mientras crecía el malestar de su estómago. Dudaba que existiera una respuesta correcta, o que el executus fuese a reconocerla como tal aunque se le diera. Y estaba segura de que uno de los dos hombres con los que había llegado sería lo bastante idiota como para…

—Gloria, executus —dijo Wells.

¡Crac!

Los gladiatii prorrumpieron en risitas mientras Wells caía al suelo, aferrando saliva y labios ensangrentados. El executus blandía su látigo como un luchador al estilo Caravaggio blandiría su florete, y había regalado al fornido itreyano un golpe en toda su necia boca.

—No eres nada —gruñó el executus—. No eres digno ni de lamerme la mierda de la bota. ¿Qué sabrás tú de la gloria? Es un himno de arena y acero, tejido por las manos de leyendas y entonado por la rugiente multitud. La gloria es el terreno de los gladiatii. ¿Y tú? —Torció el gesto—. Tú no eres más que un esclavo común.

Lexa devolvió los ojos a la hilera para estudiar a los hombres detrás de sus sonrisas. Eran un grupo variopinto, aunque todos ellos corpulentos. Un rubio guapo le llamó la atención; se parecía tanto a la chica vaaniana que por fuerza tenían que ser parientes. Vio a un dweymeri gigantesco, con la barba trenzada como sus rastas de sal y sus hermosos tatuajes faciales mancillados por la marca de esclavo. Un liisiano fortachón, más feo que pegarle a un padre, se mecía sobre los talones como si fuese incapaz de estarse quieto. Y en el primer lugar de la hilera, Lexa vio a un hombre alto itreyano.

La tripa se le heló.

El aliento se le atascó en el pecho.

Tenía el pelo oscuro y largo hasta los hombros, enmarcando una cara tan perfecta que podría haberla esculpido la mismísima tejedora. Su musculatura estaba trabajada y dura, pero se lo veía más flexible que a sus compañeros, y el susurro de una velocidad terrorífica acechaba en las tensas líneas de sus brazos, en el ondulante músculo de su abdomen. Llevaba un fino torque de plata al cuello, la única joya visible en el grupo. Pero cuando Lexa miró sus ojos, negros y ardientes, notó que crecía la náusea en su estómago, que sus entrañas rugían como si de pronto sintiera un hambre desesperada.

«Esto lo he sentido antes...»

Cuando estuvo en presencia de mi señor Kane, el Príncipe de las Hojas. El executus se volvió hacia los guerreros congregados y siguió dejando caer arena entre sus dedos.

—Gladiatii —dijo—, ¿qué tengo en mi mano?

Todos los hombres y mujeres rugieron al unísono.

—¡Nuestras vidas, executus!

—Vuestras vidas. —El hombre se volvió de nuevo hacia los recién llegados y arrojó su puñado de arena al suelo—. Y por despreciables que sean, un giro podría cantarse sobre ellas en las leyendas.

»Me trae sin cuidado lo que fueseis antes. Mendigos o dones, panaderas o dulcechicas. Esa vida ha terminado. Y ahora, sois menos que nada. Pero si observáis como sangralcones y aprendéis de mis enseñanzas, quizá un giro podáis contaros entre los elegidos, en las arenas del venatus. ¡Como gladiatii! Y entonces… —Señaló al sangrante Wells con el látigo—. Entonces, quizá conozcáis el sabor de la gloria, cachorros. Entonces quizá conozcáis la canción de vuestros latidos mientras la multitud ruge vuestros nombres, ¡como ruge el de Furiano el Invicto, primus del Venatus Tsana y campeón del collegium de Titus!

—¡Furiano! —bramaron los gladiatii, alzando los puños y girándose hacia el alto itreyano que encabezaba la hilera.

El hombre de pelo azabache seguía mirando a Lexa sin parpadear.

—¡Los gladiatii no temen la muerte! —siguió diciendo el executus, con saliva en los labios—. ¡Los gladiatii no temen el dolor! Los gladiatii solo temen una cosa: ¡el eterno bochorno de la derrota! Atended a mis lecciones. Conoced el lugar que os corresponde. Entrenad hasta que sangréis. Porque si traéis una vergüenza tal a este collegium, a vuestra domina, juro por el todopoderoso Aa y sus Cuatro putas Hijas sagradas que lamentaréis el giro en que vuestra madre os cagó de la panza.

Se dirigió a sus luchadores, puño en alto, la cicatriz retorciéndole la cara mientras vociferaba:

Sanguii e Gloria!

—¡Sangre y gloria! —respondieron a la vez los gladiatii, de nuevo aporreándose el pecho.

Todos menos uno.

El campeón al que llamaban Furiano.

El hombre mantuvo la mirada clavada en Lexa, cargada de cólera o lujuria o algo intermedio. La respiración de la chica se aceleró y la piel le picó como si estuviera congelándose. Un hambre se revolvió en su interior, la boca seca como el polvo, los muslos anhelantes de deseo. Lexa miró el suelo a los pies del luchador y vio que su sombra no era más oscura que las demás. Pero conocía aquella sensación, tanto como su propio nombre.

Y al mirarlo a los ojos, supo que él también lo estaba sintiendo.

«Ese hombre es tenebro.»