Capítulo 7. Anhelos
Un latido atronador. Un mar de rojo. Una oleada de vértigo que le inundó la cabeza. Lexa emergió del estanque de sangre y se puso de pie. Sus heridas del hombro y el trasero estaban curadas, pero aun así perdió el equilibrio y tuvieron que sostenerla las dos manos que estaban junto a ella. Entre las dos ayudaron a Lexa a levantarse, cada una sujetándole un brazo hasta asegurarse de que aguantaba. Lexa escupió la sangre de la lengua y se quitó el pringue de los ojos con un suspiro. Miró a su alrededor, a un estanque triangular lleno de sangre idéntico al que acababa de abandonar en el Monte Apacible. Las paredes estaban cubiertas de glifos teúrgicos y de un plano de Tumba de Dioses pintado con sangre. El archipiélago se extendía por la piedra, las islas quebradas recorridas por tracerías de canales, con todo el aspecto de un gigante sin cabeza tendido de espaldas. Lexa respiró hondo, recobró la compostura y se pasó el pelo ensangrentado detrás del hombro.
—Por los dientes de las Fauces, nunca me acostumbraré a esto —graznó.
—Deja ya de lloriquear, Wood. Le da mil patadas a viajar en barco.
A Lexa le dio un vuelco el estómago al reconocer la voz. Se volvió hacia la cabecera del estanque y encontró allí a una delgada pelirroja que la estaba mirando. La chica tendría más o menos su edad, pero era más alta y tenía los músculos más marcados. Sus ojos eran verdes y titilaban con una astucia silvestre, de cazadora. Tenía la cara algo pecosa y los brazos cruzados en las voluminosas mangas de una larga túnica negra.
Una túnica de mano.
Lexa reconocería en cualquier sitio a la chica que había sido una espina clavada para ella durante todo su entrenamiento en el Monte Apacible. La chica que había culpado al padre de Lexa por la muerte del suyo. La chica que había jurado matarla.
—Costia —dijo Lexa con un hilo de voz, saliendo del estanque con piernas poco firmes.
La pelirroja ladeó la cabeza.
—Bienvenida a la Ciudad de los Puentes y los Huesos.
—¿Te destinaron a Tumba de Dioses después de la iniciación? —preguntó Lexa.
—Brillante observación, Wood —respondió la pelirroja—. ¿Cómo te has dado cuenta?
Lexa se limitó a clavar los ojos en ella mientras las sombras bullían bajo sus pies. Costia la miró de arriba abajo y lanzó un fardo de lino al pecho de Lexa.
—Los baños están por aquí.
El fardo era un albornoz, con el que Lexa cubrió su cuerpo ensangrentado mientras dejaba pegajosas huellas rojas siguiendo a Costia por un pasillo curvado. Hacía un calor bochornoso y el hedor a hierro y entrañas era casi abrumador. Lexa vio que las paredes y el techo estaban compuestas de miles y miles de huesos humanos. Fémures y costillas, columnas vertebrales y cráneos que daban forma a un oscuro laberinto de densas sombras. Quienquiera que hubiese pensado en construir la nueva capilla para Nuestra Señora del Bendito Asesinato en la inmensa necrópolis de Tumba de Dioses, sin duda sabía apreciar muy bien el valor del ambiente. Había una luz tenue procedente de orbes arkímicos sostenidos en manos esqueléticas que asomaban de las paredes. Pero a pesar de estar rodeada por los restos de incontables millares de personas, Lexa tenía la mirada fija en la chica que caminaba delante de ella. Volvió a escupir la grasienta sangre de la lengua sin dejar de observar a Costia, como si en cualquier momento a la chica fuera a salirle una segunda cabeza. Después de su iniciación, Lexa sabía que a Costia la habían ungido como mano, pero había estado tan ocupada con su trabajo en Galante que no había averiguado dónde estaba destinada. Por lo visto, entre todas las ciudades de la república, a su antigua enemiga la habían enviado a trabajar a Tumba de Dioses.
«Qué típico, joder.»
El pasillo terminaba en una puerta compuesta por completo de columnas vertebrales, que Costia abrió sin el menor esfuerzo. Al otro lado, Lexa vio tres baños y olió un leve aroma a humo de fresno y perfume de madreselva. Se rascó la sangre que empezaba a secársele en la cara sin apartar la mirada de la pelirroja. La enigmática advertencia de Bellamy resonó en su cabeza. La hoja de hueso de tumba que llevaba siempre ceñida al antebrazo estaba a solo un movimiento de muñeca de distancia.
—Estaré aquí fuera. —Costia señaló los baños con un movimiento de cabeza—. No tardes mucho. El obispo te espera y hoy está de peor humor que de costumbre.
Lexa se quedó quieta, mirando a la pelirroja a los ojos.
—Te preguntas si intentaré ahogarte, ¿verdad? —Los labios de Costia se curvaron en una sonrisa—. O quizá si te apuñalaré en cuanto me des la espalda.
—¿Qué te hace pensar que voy a darte la espalda, pelirroja?
Costia negó con la cabeza y respondió con voz dura y fría.
—Sigue habiendo una deuda de sangre entre tú y yo. Pero el giro que vaya a por ti, no estarás desnuda en una bañera con jabón en los ojos. Estarás bien despierta, hoja en mano. Eso te lo prometo. —Costia sonrió de oreja a oreja—. Así que no temas, Wood.
Lexa miró el vapor de los baños. Luego su propia sombra. Y entonces devolvió la sonrisa a Costia.
—Nunca lo hago.
Una hora más tarde, Lexa estaba a la entrada de los aposentos del obispo de la capilla de Tumba de Dioses. Iba vestida con botas hasta las rodillas, cuero negro y un jubón de terciopelo negro aplastado, y llevaba el pelo bien cepillado. La espada de hueso de tumba de su padre pendía a un lado y el estilete de su madre iba envainado dentro de su manga. Las habitaciones del obispo estaban ocultas en un recoveco de los túneles de hueso. Las entrañas de la capilla eran un laberinto, y Lexa había tardado poco en desorientarse. Si no la guiaba Costia, dudaba que fuese capaz de regresar al estanque de sangre, lo que la volvía más cauta si cabe en presencia de la chica. La puerta de la cámara se abrió sin hacer ruido y un joven delgado salió a las sombras del pasillo, vestido de terciopelo oscuro. Le habían tejido la cara desde la última vez que Lexa lo había visto, pero seguía estando demasiado flaco, y sería imposible que Lexa no reconociera aquellos penetrantes ojos azules. Pelo oscuro, tez pálida como la de un fantasma y labios en un ligero mohín sobre sus encías sin dientes.
—Chss —dijo Lexa sonriendo.
El chico se detuvo y miró a Lexa de arriba abajo, como sorprendido de verla. Un asomo de sonrisa le curvó los labios mientras le hacía señas en deslenguado.
hola
Ella empezó a hacer señas también, moviendo las manos deprisa.
¿sirves aquí, en tumba de dioses?
Chss asintió con la cabeza.
ocho meses
me alegro de verte
¿ah, sí?
deberíamos tomar algo un giro de estos
El chico miró a Costia y respondió con un encogimiento de hombros que no lo comprometía a nada.
—Escuchad, siento mucho interrumpir este reencuentro tan bonito —dijo Costia—, pero, la verdad, estoy a punto de echarme a llorar de la emoción y el obispo nos espera.
Chss asintió y miró a Lexa.
que la madre te guarde
Con una pequeña inclinación, el chico juntó las yemas de los dedos y se fue pasillo abajo, silencioso como una sombra. Lexa lo vio marchar, algo entristecida. Había sido discípula junto a Chss. Él la había ayudado en sus pruebas finales y ella, a cambio, le había salvado la vida durante el ataque Luminatii. Pero, como de costumbre, el extraño chico se mantenía distante.
«Un asesino primero, y siempre.»
Costia llamó a la puerta tres veces.
—¿Qué pasa ahora, joder? —preguntó una voz cansada desde dentro.
Costia abrió la puerta e indicó a Lexa que entrara. La chica pasó a la cámara del obispo y miró a su alrededor. Las paredes de hueso estaban cubiertas de estanterías, cargadas de papeles amontonados de cualquier manera. Había manojos y rollos de pergaminos en cajas, o puestos unos encima de otros sin más, y centenares de libros apilados sin cuidado o tirados por el suelo. Parecía como si hubiera explotado un orbe de vydriaro en la biblioteca de un borracho. En una pared había una hilera de armas procedentes de todos los rincones de la república: una hoja Luminatii de acero solar, un hacha de batalla vaaniana, un gladius de doble filo de alguna arena de gladiatii, un florete de acero liisiano, todas brillantes a la tenue luz arkímica. Sentado a una amplia mesa de madera, casi oculto tras una tambaleante pila de documentos, Lexa vio al obispo de Tumba de Dioses sosteniendo una pluma en unos dedos con manchas.
—Por los dientes de las Fauces —susurró—. ¿Gustus?
El anciano levantó la mirada del papeleo y se subió los anteojos por la nariz. Su pelo grueso y canoso parecía haberse vuelto más rebelde desde la última vez que Lexa lo había visto, y sus ojos parecían sostener un ceño siempre fruncido. Saltaba a la vista que llevaba meses sin dormir bien.
—Vaya, vaya. —Gustus sonrió—. Creía que eras el calladito, que volvía para quejarse un poco más. ¿Cómo va, cuervecilla?
Lexa miró anonadada a su antiguo mentor.
—¿Qué abismos estás haciendo tú aquí?
—¿A ti qué coño te parece?
—¿Te han hecho obispo de Tumba de Dioses?
Gustus levantó los hombros.
—Al obispo Tales se lo cargaron cuando los Luminatii purgaron la ciudad. Los muy cabrones no atacaron Gustusiosidades, vete a saber por qué, pero ya no podía arriesgarme a volver allí. Así que, cuando la capilla estuvo reconstruida, la dama Abby me convenció para volver de mi retiro. Total, sin la tienda, estaba rascándome los cojones y poco más.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Estabas en Galante. Y por si te han dejado de funcionar los putos ojos, ando algo liadillo. Así que, sin más preámbulos, Bellamy me envió misiva para avisar de que llegabas. ¿Tienes los detalles?
Lexa estaba un poco desconcertada. Gustus nunca había superado del todo que hubiera fracasado en su prueba final. Aunque siempre le había tenido cariño, el anciano seguía pareciendo… algo decepcionado. Al igual que todos los miembros del Sacerdocio, su antiguo maestro podía ser rencoroso cuando quería. Desde luego, la entristecía: el anciano le había dado un hogar y la había cuidado durante seis largos años. Aunque jamás lo reconocería ante nadie, Lexa quería al viejo cabrón. Sin embargo, ella era una hoja y él había pasado a ser su obispo, y el tono de Gustus le recordó sin lindezas dónde estaba. Lexa sacó la funda de pergamino que le había dado Solis. Era de cuero, de modo que podía hacer la Caminata de Sangre; nada que no hubiera conocido una vez el latido de la vida podía viajar mediante la magya de Bellamy. Lexa vio cómo Gustus desenrollaba los pergaminos y leía con ojos entrecerrados.
—La Dona —murmuró.
—Cabecilla de los Ricachones —dijo Lexa—. Se mueven por la bahía de los Carniceros.
El obispo asintió y cogió el boceto del objetivo de Lexa. Mostraba a una mujer de oscuro ceño y ojos todavía más oscuros. Llevaba una levita de buen corte y el pelo en elaborados tirabuzones, como se había puesto de moda entre las damas nacidas de la médula. Y tenía un monóculo apoyado (de forma más bien ridícula, en opinión de Lexa) sobre el ojo derecho. Gustus dejó el pergamino en la mesa.
—Lástima enterrar un cuchillo tan afilado. —El anciano dio un sorbo a su infusión. Desde tan cerca, Lexa alcanzó a oler el vino dorado—. Muy bien. Tienes todos los detalles, así que sabes dónde empezar a buscar. Te quedan ocho giros para ponerle fin y mangar ese mapa, y el tiempo vuela. ¿Qué necesitas de mí?
—Un sitio donde dormir. Vydriaro. Armas. Una mano que conozca la Tumba tan bien como yo y se mueva igual de deprisa.
—Mano ya tienes. Está detrás de ti.
Lexa se giró para mirar a Costia. Y se volvió hacia el viejo Gustus. Sin duda, el obispo no era consciente de la enemistad que existía entre las chicas, y sacarla a colación parecía un poco demasiado mezquino. Pero Lexa confiaba en Costia lo mismo que confiaba en que los soles no brillaran, y disfrutaba de su compañía igual que los eunucos disfrutaban mirando litografías guarras.
«¿Cómo plantear el tema…?»
—Quizá haya alguien con un poco más de experiencia.
Gustus miró a Lexa por encima de sus anteojos, con la expresión agria.
—Hoja Lexa, Tumba de Dioses es la única capilla de la Iglesia Roja que hemos podido reconstruir en estos ocho meses desde el ataque Luminatii. Gracias al sumo cardenal Jaha y a sus capullos meapilas, soy uno de los dos únicos obispos que tienen que atender a toda la puta república, de hecho; y con Azgeda presentándose a un cuarto mandato como cónsul y la política de Tumba de Dioses, que está que arde, no se acaban los hijos de puta a los que hay que matar. Así que, dado que estoy más ocupado que un burdel con oferta de dos por uno, hazme el favor de darme las gracias y aceptar lo que se te ofrece, joder.
Lexa miró a su antiguo mentor a los ojos. Reconocía el tono: era el mismo que solía emplear cuando ella era pequeña y la pillaba robándole cigarrillos. Giró la cabeza para mirar a Costia. Dio un suave suspiro.
—Gracias, obispo.
—Un puto placer.
—Que la Mad…
—Ya, ya, besos negros para todo el mundo. Y ahora, vete a tomar por culo, ¿quieres?
Lexa salió de la sala andando de espaldas tras una inclinación, intentando no tomarse el humor de Gustus como algo demasiado personal. Siempre había sido un perro viejo y amargado, y dirigir la capilla de Tumba de Dioses no podía estar haciendo ningún favor a su ánimo. Costia llevó a Lexa por un pasillo serpenteante, y la hoja la siguió muy de cerca. Cuando hubieron salido del rango auditivo del obispo, Lexa cogió a Costia del brazo y giró a la mano para que la mirara.
—¿Vamos a tener problemas, tú y yo?
—¿Se puede saber a qué te refieres, Wood?
—A que no es ningún secreto que tú y yo no podemos vernos ni en pintura, joder. Pero ahora eres mi mano. Necesito poder confiar en ti, Costia.
Los ojos verdes de la pelirroja brillaron cuando habló.
—No me gustas, Wood. Te crees muy lista. Te crees muy especial. Envenenaste a Jasper y me impediste acabar en el primer puesto de Canciones con trampas. Pero sirvo a la Madre y sirvo al Sacerdocio, igual que tú. No vuelvas a poner en duda mi devoción.
La pelirroja se volvió y se internó en la oscuridad. Las sombras que había a los pies de Lexa oscilaron y llegó un frío susurro a su oreja.
—… siempre has tenido talento para hacer amigos…
—… BUENO, A MÍ ME CAES BASTANTE BIEN, SI SIRVE DE ALGO…
—… gracias a la madre que no soy capaz de vomitar…
—... CÁLLATE…
—… qué respuesta más ingeniosa…
—… EL INGENIO SE DESPERDICIA EN QUIENES CARECEN DE ÉL…
—¿Habéis terminado ya? —preguntó Lexa.
—… chucha… —llegó un leve susurro.
—… saco de pulgas… —llegó una aún más leve respuesta.
Lexa cruzó los brazos y dio golpecitos con la punta del pie contra la piedra. Se hizo el silencio en el pasillo, sincopado solo por los pasos en retirada de Costia.
—Date prisa, Wood —llamó la mano—. Ese reloj de arena no se está llenando precisamente.
Con los pulgares en el cinturón, Lexa no tuvo más opción que seguir a Costia pasillo abajo.
«Tenebro…»
Lexa tenía la mirada fija en el otro extremo del patio, en el gladiatii llamado Furiano. El hombre le sostuvo la mirada, mientras una brisa cálida le movía el pelo largo y oscuro por la cara. Sus ojos ardían en Lexa con una intensidad que…
Bueno, a decir verdad, sin Don Majo a su lado, la asustaba. Pero, por la Negra Madre, ¿qué podía significar aquello? Lexa solo había conocido a uno de los suyos hasta el momento, y mi señor Kane había muerto antes de poder darle ninguna respuesta sobre quién o qué era. Quizá Furiano supiese algo más. Quizá tuviera todas las…
El executus hizo restallar su látigo.
—¡Gladiatii! ¡Volved al entrenamiento! —Se volvió hacia Lexa, Wells y Mateo—. Vosotros tres, conmigo.
Los gladiatii se retiraron, manteniendo una formación perfecta en su marcha hacia al patio trasero del edificio. El executus cojeó tras ellos, apoyado en su bastón con cabeza de león. Caminando tras él, Lexa lo vio dar un sorbo a una petaca de metal que llevaba en el cinturón. En el patio trasero, donde el padre de Lexa una vez tuviera un establo de orgullosos caballos, vio que el terreno estaba remodelado del todo. Las tierras ocres estaban repletas de maniquíes de entrenamiento, de estantes de escudos y armas de madera. El suelo era irregular, con tablados y zanjas que dividían el espacio en distintas alturas, desde los tres metros de alto hasta los tres bajo el suelo. Había un amplio círculo señalado con piedras blancas, y el emblema de la familia Titus ondeaba orgulloso en las almenas. Los gladiatii se emparejaron para hacer combates de práctica. Lexa vio distintas combinaciones de armas, distintos estilos de lucha. La chica vaaniana cogió un arco de madera de jabí y empezó a preparar dianas en el otro lado del patio. Furiano empuñó sendas espadas gemelas y empezó a apalear un maniquí como si lo hubiera oído insultando a su madre. El executus renqueó hasta la veranda y saludó a un perro enorme que estaba sentado a la sombra. Era un mastín, macho, con el pelo oscuro y un collar tachonado. El perro no cabía en sí de gozo, y el hombretón se arrodilló con una mueca para que pudiera babearle la cara.
—Me alegro de verte, viejo amigo —musitó mientras acariciaba al perro—. ¿Has vigilado bien el collegium mientras yo no estaba?
Lexa y sus compañeros se quedaron sudando bajo los hirvientes soles mientras el executus terminaba de hacerle monerías al perro. Era la primera vez que Lexa veía al muy cabrón sonreír en un mes, aunque con aquella cicatriz en la cara costaba un poco estar segura. Cuando terminó, el executus fue cojeando al círculo de piedras e hizo chasquear los dedos.
—Larva —ladró—. Espada y tabla.
Lexa captó un movimiento por el rabillo del ojo y vio a una niña salir corriendo de la sombra de un edificio pequeño que había en una esquina del patio. Era liisiana, flaca y morena, con el cabello oscuro creciendo a su aire. No podía tener más de doce años, pero los tres círculos arkímicos que llevaba en la mejilla la señalaban como miembro de la clase más alta de esclavos.
«¿Por qué habilidad será tan valiosa una niña de esa edad?»
La chica corrió a los estantes de armas y cogió una hoja de madera y un ancho escudo de roble para llevárselos al executus. El gigantón señaló con la hoja a Mateo.
—Ven. Muéstrame de qué estás hecho, chico. Larva, tráele una polla y algo tras lo que esconderse.
La chica asintió, corrió de nuevo hacia los estantes y volvió con otra espada de madera y otro escudo. Mateo cuadró los hombros y adoptó una postura de lucha medio decente.
—¡Ataca! —rugió el executus.
Mateo blandió su hoja de madera con un grito, pero el executus paró el ataque con facilidad.
—No te he pedido un besito de mierda, ¡he dicho que ataques!
El chico torció el gesto y descargó una sucesión de ataques a la cabeza, al pecho, a la tripa. El executus era fuerte como un toro, pero lento con aquella pierna de hierro que tenía, y el juego de piernas de Mateo se demostró sorprendentemente bueno. El chico hizo retroceder al hombre mayor, espada chasqueando contra espada, polvo alzándose de sus escudos al chocar. Lexa reparó en que los gladiatii estaban entrenando sin demasiadas ganas y observaban el lance con interés. Mateo se puso más agresivo. Al igual que Lexa, sin duda había esperado que el executus fuese un maestro espadachín. Pero ante los furiosos ataques del chico, el executus se había puesto del todo a la defensiva. Mateo lanzó golpe tras golpe contra la guardia del hombretón, dominando por completo el combate, hasta que hizo retroceder al executus contra el borde del círculo. Y entonces, como un oso al que interrumpen el sopor, el hombre despertó. Cambió la posición de las piernas en un abrir y cerrar de ojos, con movimientos raudos y gráciles a pesar de su pierna de hierro. Y al cabo de unos pocos segundos había desarmado a Mateo, le había asestado un espadazo en el abdomen y lo había dejado despatarrado en la arena. El executus se alzó sobre el chico sin aliento, con solo una fina pátina de sudor en la frente.
—¿Qué has aprendido?
Mateo se agarró la tripa magullada, todavía sin aire para hablar.
—La arena no es lugar para marrulleros —afirmó el executus, con la cicatriz arrugada en su rostro ceñudo—. Es un tablero cuadriculado. Y el él, jugamos al juego más grandioso de todos. Un adversario astuto puede fingir debilidad. Dejar que te canses y aprender tus pautas, todo ello sin arrancar a sudar siquiera. El exceso de confianza ha dado fin a un millar de necios que se hacían llamar gladiatii. Recuérdalo, o será tu final. Y ahora, fuera de mi puta arena.
El executus se volvió hacia Lexa y la señaló con su hoja de madera.
—Te toca, chica. Muéstrame cuántos de esos mil sacerdotes vales.
La niña llamada Larva ofreció a Lexa una espada de entrenamiento y un escudo, componiendo una sonrisa tímida. Pero Wells arrebató el arma a la chica y apartó a Lexa de un empujón.
—Y una mierda —gruñó—. Ninguna zorra saldrá a la arena antes que yo.
Quizá fuese el calor, o las tres semanas tragándose los abusos de aquel hombre en el mar. Quizá fuese su legendario temperamento que salía a la luz, sin Don Majo para mantenerla a raya, o los oscuros ojos de Furiano siguiéndola desde el otro lado del patio. Fuera cual fuese el motivo, Lexa encontró sus manos en los hombros de Wells y la rodilla hundida en sus pelotas.
—Conque zorra, ¿eh? —susurró.
Los ojos de Wells casi se salieron de sus órbitas mientras se doblaba por la cintura. Lexa entrelazó los dedos tras su nuca y le hizo bajar la cara hasta su rodilla. Al instante estaba encima de él, aporreándole la mandíbula, con los dientes rechinando y sangre en las…
¡Crac!
El látigo trazó una línea de agonía a lo ancho de sus omóplatos. El siguiente golpe la envió por el suelo con un respingo, y Lexa gateó para salir de su alcance. Sonaron risas entre los gladiatii. El executus la miró con rabia, látigo desenrollado en mano.
—Eso que acabas de dañar es propiedad de tu domina, rata. Si después de esto cae en el Aventamiento, ¿le pagarás tú en compensación por la pérdida de su vida?
Lexa se frotó la hinchazón del hombro y gruñó:
—A mí no me habla así ningún hombre.
—¡No es un hombre! —escupió el executus—. Es un esclavo. Igual que tú. Y ninguno de los dos recuerda su posición. Hasta que sobreviváis al Aventamiento en el próximo venatus, sois menos que nada. Y ahora, recoge esas armas y muéstrame un ápice del potencial que tu domina ve en ti, o de verdad pondrás a prueba mi paciencia.
La chica llamada Larva ayudó a Wells a levantarse y, con manos amables, lo llevó fuera del círculo. El executus enrolló el látigo, se lo guardó en el cinto y dio otro sorbo de su petaca mientras Lexa se agachaba hacia la espada y el escudo con expresión sombría. La ira ardía en sus entrañas y tenía los dientes muy apretados. Lexa notaba que Furiano la estaba observando con aquellos ojos oscuros y brillantes, y el hambre y la náusea se entremezclaron en su vientre.
Y sin mediar palabra, atacó.
Sus golpes fueron salvajes, cegadores. Danzó por la arena ocre, colándose entre los tajos del executus. Pero durante su entrenamiento en el Monte Apacible había dedicado casi todo el tiempo a aprender el estilo Caravaggio, luchando con una hoja en cada mano. No era probable que una hoja de la Madre se paseara por ahí con un mostrenco de escudo ceñido al brazo, por lo que en todo aquel tiempo Lexa jamás había entrenado en su uso. Era un peso muerto. Cada impacto le castigaba el codo, el hombro. E incluso desesperada por hacer notar su destreza como estaba, seguía siendo muy consciente de que el executus estaba jugando con ella. Le permitía esquivar, retorcerse e ir cansándose poco a poco, mientras estudiaba sus técnicas y se preparaba para asestar el golpe definitivo. Pero Lexa no era un inútil saco de arena ni un maniquí de entrenamiento. Y por estas que no iba a permitir que la trataran como tal. Así que, con la intención de demostrar a aquel hombre de qué era capaz, entornó los ojos y llamó a las sombras bajo los pies del executus. Era imposible que nadie se diera cuenta, ya que la sombra del executus apenas titiló. Lexa no logró asir del todo la vara de hierro: allí fuera los soles eran demasiado refulgentes, su dominio de las sombras demasiado débil. Pero retuvo la suela de su bota bastante bien, igual que había hecho en el Agujero y cien veces antes en el Monte Apacible. Los ojos del executus se ensancharon cuando perdió la pose. Lexa atacó al cuello, reforzando su control sobre las sombras y resuelta a enseñar a aquel hombre, que la tomaba por menos que nada, cuál era su valor exacto.
Y entonces perdió el agarre.
Las sombras se escabulleron de su control como arena de sus dedos, liberando la bota del gigante. El executus le estampó el escudo en la cara, derribándola hacia atrás. Lexa intentó girar a un lado y soltó un grito de dolor cuando la espada del hombre cayó contra su espalda y la envió a la arena. La hoja de madera dio en el suelo junto a su cabeza mientras Lexa rodaba a un lado y lanzaba al aire un puñado de polvo. Pero el executus alzó su escudo con relajada facilidad y contraatacó con una feroz patada de su pierna de hierro, directa al estómago de Lexa. Lexa se dobló y tuvo una arcada, cegada por el dolor. El executus apuñaló la arena al lado de su cabeza con la hoja de entrenamiento, bajó la mirada hacia ella y gruñó.
—¿Mil monedas de plata? Yo no habría pagado ni una.
Lexa logró ponerse de rodillas, con el pelo polvoriento pegado al vómito de su mejilla. Los otros gladiatii le dedicaron burlas despectivas y volvieron a su entrenamiento. Lexa se quitó el escudo del brazo y escupió sangre a la arena.
—Otra vez —exigió.
—No —dijo el executus—. Quería tomarte la medida. Y te la he tomado de lo lindo. Ve a limpiarte la derrota. Se hace tarde. Vuestro entrenamiento comenzará mañana.
Mateo se acercó despacio y ayudó a Lexa a levantarse. Aún encogida de dolor, miró al otro lado del patio polvoriento mientras la furia ardía en su interior. Se había hecho con el pie del executus, de eso no cabía duda. Era un truco que había llevado a cabo más veces de las que recordaba, y gracias a él debería haberlo derrotado con facilidad. Pero algo… no, no algo, alguien le había arrebatado el control de las sombras y había provocado que fuese ella la derrotada. Furiano apartó la mirada del maniquí al que estaba sacando el relleno a golpes, con el bello rostro reluciente de sudor. Su melena oscura se mecía al son de la brisa cálida. Su torque de plata relucía. Sus ojos casi negros estaban fijos en los de ella.
—Cabronazo —susurró.
El Invicto volvió a su entrenamiento sin dedicarle ni una mirada más.
