Capítulo 8. Plegarias
—Vaya, esto va a ser complicado.
Lexa dio una larga calada a su cigarrillo y miró hacia la entrada de la casa de placer desde la altura de su habitación en la taberna de enfrente. Costia estaba ante la ventana junto a ella, sin apartar los ojos entrecerrados de la puerta del burdel.
—¿Esperabas que la líder de una banda braavi se paseara por la calle con el mapa en la mano y cayera encima de tu espada, Wood?
—Sabes que adoro tu sarcasmo más que nadie, Costia. —Lexa suspiró—. Pero llevamos una semana enjauladas en esta habitación y agradecería que cambiara un poco la tonadilla.
—Ya sé que llevamos aquí arriba una semana. Soy yo la que tengo que soportar que no pares de fumar ni un momento, coño.
—… bueno, quizá podríamos seguir discutiendo hasta mañana y dejar pasar del todo la oportunidad, ¿no os parece?…
Lexa echó una mirada a Don Majo, que estaba lamiéndose una zarpa traslúcida en la cama.
—Tus comentarios siempre son bien recibidos.
—… y los ofrezco de mil amores…
—Eres un pequeño capullo, ¿lo sabías?
—… oh, sin el menor asomo de duda…
Habían pasado siete giros desde que Lexa había llegado a la Ciudad de los Puentes y los Huesos, y lo único que impedía que su barriga se disolviera en un charquito de nervios eran los pasajeros que viajaban en su sombra. Preguntando en los locales que antaño solía frecuentar en la Pequeña Liis, Lexa y Costia habían encontrado a su objetivo tras un solo giro, ya que casi todas las sabandijas que poblaban el barrio conocían el cuartel general de los Ricachones. Pero el problema no era localizar su madriguera. Lo peliagudo iba a ser entrar en ella.
El fuerte de los Ricachones era un lujoso palazzo llamado La Cena del Perro. Los niveles inferiores parecían una taberna al uso, rebosante de canciones obscenas y un mar de gente. El segundo piso daba la impresión de ser un salón de tinta, y los dos de arriba, un burdel. Unos matones del tamaño de casas pequeñas vigilaban la entrada frontal, ataviados con levitas caras y pelucas empolvadas que ocultaban bien poco las cicatrices de sus caras y el músculo bajo la tela. Aunque no había ninguna señal que distinguiera el edificio del de sus vecinos, aquello era territorio braavi, y todos los lugareños sabían a la perfección lo que ocurría tras aquellas puertas. El reconocimiento había ido como la seda. Poder enviar a dos volutas de oscuridad viviente al interior del edificio para escuchar todas las conversaciones y estudiar hasta el último recoveco significaba que sabían todo lo que iba a ocurrir aquella tarde. Pero no por ello su misión iba a ser fácil.
Lexa sintió un temblor en su sombra, el beso de una brisa fresca. Eclipse se materializó a partir de la oscuridad que había bajo sus pies y se sacudió desde la cabeza hasta la cola.
—¿Novedades? —preguntó Lexa, haciendo bailar el cigarrillo en los labios.
—… ELLA ESTÁ EN LA PLANTA SUPERIOR, DESPACHO DE LA ESQUINA. SE HA PASADO TODO EL GIRO DANDO ÓRDENES, BEBIENDO, FUMANDO Y FORNICANDO SIN PARAR…
—Quién pillara un trabajo como ese —comentó Costia.
—¿Sigue en pie que la entrega del mapa sea aquí? —preguntó Lexa.
—… EL VENDEDOR TIENE QUE LLEGAR ANTES DE UNA HORA. EL INTERCAMBIO TENDRÁ LUGAR EN EL DESPACHO DE LA DONA…
—Por tanto, tenemos dos opciones —murmuró Lexa—. O interceptamos el mapa antes de que llegue y damos fin después a la Dona, o esperamos al vendedor y hacemos las dos cosas a la vez.
—… NO SABEMOS QUÉ ASPECTO TIENE EL VENDEDOR…
—Supongo que será un mamón sórdido que llevará una funda de mapa.
—… de todas formas, tendrás que entrar en ese despacho para acabar con la dona…
—Y justo ahí está el problema.
—¿No podrías colarte dentro? —sugirió Costia—. Oculta en tus sombras, digo.
Lexa negó con la cabeza.
—Debajo de ellas no veo nada. Pasearme a tientas por una madriguera braavi es una manera estupenda de llevarme un espadazo en las tetas. Y la tejedora hizo un trabajo maravilloso con estas dos. Sería una pena echarlas a perder.
Costia forzó la mirada hacia el otro lado de la calle.
—Podrías lanzar un garfio al edificio desde este tejado. Saltas el callejón, entras por el techo de La Cena y vas bajando.
—Es fin de semana. Habrá mucha gente en la calle. Como alguien mire hacia arriba…
—¿Puerta delantera, entonces?
Lexa miró hacia el edificio de enfrente y musitó:
—Se me dan fatal las puertas delanteras.
—… estás mejorando…
—Embustero.
—… mujer de poca fe…
—La fe nunca ha impedido que un ahogado se hunda. —Lexa dio una profunda calada al cigarrillo—. Pero reconozco que no tenemos muchas opciones.
—… podríamos quedarnos despiertos toda la nuncanoche, trenzarnos el pelo unos a otros y hablar de chicos…
—… ¿ES QUE SIEMPRE TIENES QUE DECIR SANDECES, MININO?…
—… forma parte de mi encanto…
—… DEBE DE TRATARSE DE UNA NUEVA DEFINICIÓN DE ENCANTO CON LA QUE NO ESTOY FAMILIARIZADA…
—Si habéis terminado los dos —refunfuñó Lexa—, id a montar guardia, ¿queréis?
Un vacío se apoderó de su estómago cuando partieron sus pasajeros, reemplazados por mariposas. Lexa trató de acallar sus nervios mirando la madriguera braavi y preguntándose qué la esperaría allí. Combate próximo. Una taberna repleta de criminales encallecidos. Y cabía suponer que quienquiera que fuese a vender el mapa llevaría también su propio músculo a sueldo. Mal asunto. Apartando a un lado sus dudas, y con la advertencia de Bellamy resonando en su mente, aplastó el cigarrillo bajo el tacón.
—Muy bien —dijo asintiendo—. Necesito un vestido.
Lexa cruzó la calle atestada como si fuese de su propiedad, pisando los adoquines rotos hacia la puerta de La Cena del Perro. Había caído la nuncanoche y el viento pasaba aullando por la avenida. Había traído con él desde el océano una tormenta estival que dejaba caer una fina lluvia tibia y ocultaba los dos soles tras una máscara de gris. Pero el mal tiempo rara vez era motivo para que la gente de Tumba de Dioses se quedara en casa siendo fin de semana, y las calles seguían rebosantes de vecinos que iban de camino a sus festejos. La Pequeña Liis era uno de los barrios más miserables de la Tumba, pero los liisianos tenían estilo, y durante su infancia allí, Lexa siempre había encontrado hermosos los colores y los cortes de sus vestidos. Le recordaban a su madre, en realidad, y había algo en la música y los aromas de aquel lugar que apelaba a la sangre que corría por sus venas. El vestido de Lexa había salido del guardarropa de la capilla, y estaba pensado para encajar con la moda de la zona: calzas de cuero, botas hasta las rodillas, un corsé sobre una blusa de terciopelo y un collar reluciente, todo ello en distintos tonos de rojo sangre. Si la asesinaban allí dentro, por lo menos dejaría un cadáver bien vistoso. De cerca, los porteros resultaban todavía más intimidantes. Estaban resguardados bajo el toldo de La Cena, pero aun así parecían un poco mojados y más que un poco amargados. El caballero de la izquierda era tan ancho como alto, y su camarada parecía haberse desayunado a sus propios padres.
Anchito alzó una mano que detuvo en seco a Lexa.
—Alto ahí, mi dona.
—Feliz nuncanoche, encantadores caballeros. —Lexa sonrió y les hizo una sutil reverencia.
—No puedes entrar —dijo Huerfanito, negando con la cabeza.
—La chusma tiene prohibida la entrada —añadió Anchito.
Lexa se miró la vestimenta y sonó algo dolida.
—¿Chusma?
Cuatro marineros borrachos, que habrían entrado perfectamente en la definición de «chusma» que daba don Fiorlini en su éxito de ventas Dicción itreyana: el manual definitivo, se acercaron a la puerta.
—Buenas tardes, gentiles amigos —les dijo Anchito—. Bienvenidos, bienvenidos.
El hombre abrió las puertas, dejando escapar un estallido de flautas y risas desde el interior, y los marineros entraron sin echar una mirada atrás. Lexa sonrió con dulzura a Anchito.
—Tengo a amigos esperándome dent…
—Hoy no puedes entrar —dijo el hombre corpulento.
—No servimos a las de tu ralea —convino Huerfanito.
—¿Mi ralea?
Los matones gruñeron y asintieron a la vez.
—A ver si lo he comprendido —dijo Lexa—. Sois una pandilla de ladrones, chulos, chantajistas y asesinos, ¿y me estáis diciendo a mí que no soy lo bastante buena para beber aquí?
—Exacto —dijo Anchito.
—Anda a tomar por culo —dijo su compañero.
Lexa se ajustó el corsé tan significativamente como era posible. Los matones braavi se la quedaron mirando sin parpadear. Al final, se cruzó de brazos y suspiró.
—¿Cuánto queréis?
Los ojos de Huerfanito se estrecharon.
—¿Cuánto tienes?
—¿Dos sacerdotes?
El portero miró hacia los dos lados de la calle y luego asintió.
—Trae para acá, pues.
Lexa buscó en su monedero y lanzó sendas monedas a los porteros. Desaparecieron en sus bolsillos más rápidas que el salario de un cazahumo en su pipa.
Lexa miró al dúo enarcando las cejas.
—¿Y bien?
—Hoy no puedes entrar —dijo Huerfanito.
—No servimos a las de tu ralea —convino Anchito.
Los porteros se apartaron para dejar pasar a un segundo grupo de juerguistas (que llevaban el letrero de una calle y una oveja algo atribulada) y les desearon una feliz velada mientras entraban. Eran todos hombres. Lexa pudo echar un vistazo al interior y vio que entre la clientela no había ni una sola mujer. Y en algún lugar de su cabeza, la comprensión saludó levantándose el sombrero.
—Aaah —dijo—. Vaaale.
—Exacto —dijo Anchito.
Huerfanito se acarició el mentón y asintió con expresión de sabiduría.
—¿Y bien? —dijo ella.
—Y bien, ¿qué?
—Bueno, ¿me devolvéis el dinero? —preguntó la chica.
—Esto se te da fatal —dijo Anchito.
—Pero que muy mal —añadió Huerfanito.
Lexa hizo un mohín.
—Don Majo dice que estoy mejorando.
—Sea quien sea, ese Don Majo es un mentiroso de mucho cuidado.
Los porteros se cruzaron de brazos como una pareja de baile sincronizado.
Lexa suspiró.
—Feliz nuncanoche, encantadores caballeros.
Y con otra reverencia, Lexa regresó a la lluvia.
—No digas ni una puta palabra —advirtió Lexa a Don Majo.
Estaba agachada en el tejado de enfrente de La Cena, mirando hacia la terraza del tercer piso de la taberna. El no-gato estaba sentado a su lado, meneando la cola.
—… teniendo en cuenta tu infancia, no es de extrañar que te falte don de gentes…
—Ni. Una. Puta. Palabra.
—… miau…
—… EN TÉRMINOS ESTRICTOS, ESO SIGUE SIENDO UNA PALABRA… —gruñó Eclipse.
—Sí. —Lexa alzó un dedo a modo de aviso—. Como digas otra, te añado oficialmente al Libro de Agravios.
Don Majo alzó una garra traslúcida y la situó sobre el punto donde podría haber estado su boca. La lluvia seguía cayendo, cálida, sobre su piel mojada. Costia terminó de asegurar un cordel de seda a un garfio de hierro y se lo entregó obediente a su hoja.
—No te olvides del mapa —le advirtió la pelirroja—. Y espera hasta que esté antes de cruzar. Nadie mirará hacia arriba si me están mirando a mí.
—Lo sé. Esto ha sido idea mía, Costia.
—¿Esas calzas también han sido idea tuya? —Costia miró a Lexa de arriba abajo—. Porque no le están haciendo ningún favor a ese culo tuyo.
—Para, por favor, que temo reventar por los costados.
—Como dij…
—¿Como dijeron las calzas? —Lexa puso los ojos en blanco—. Que sí, que sí. Bravo, mi dona.
—Te estaré esperando aquí, en el tejado, cuando salgas. Intenta que no te maten, ¿eh? —añadió Costia—. Me decepcionaría mucho no poder hacerlo yo.
Lexa levantó los nudillos. La pelirroja sonrió divertida y se marchó por la escalera sin ofender más a Lexa. La multitud se había dispersado un poco por la lluvia, pero seguían saliendo caballeros de La Cena y pasaban otros que volvían trastabillando a casa después de una alegre nuncanoche. Lexa vio a Costia cruzando la calle, derecha hacia un joven que acababa de abandonar la casa de placer.
—¡Pero serás cabrón! —gritó apuntando un dedo acusador hacia la cara del joven.
—¿Eh? —El hombre parpadeó.
—¡Me has dicho que ibas a casa de tu primo! —exclamó Costia—. ¡Y aquí te encuentro, bebiendo y zorreando a mis espaldas!
El caballero en cuestión frunció el ceño, confuso.
—Mi dona, no os…
—¡No me vengas con «mi dona»! —Costia se acercó más, sin dejar de echar humo por las orejas—. ¿Este es el ejemplo que quieres dar a nuestro hijo? Oh, por las Cuatro Hijas benditas, ¿por qué no haría caso a mi madre? ¡Ya me advirtió sobre ti!
Los juerguistas y los porteros braavi miraron mientras Costia se lanzaba a una mordaz diatriba, en la que el tipo al que aullaba apenas logró decir dos palabras del tirón. Y con todas las miradas puestas en la ofendida amante y su borracho enamorado, Lexa decidió arriesgarse. Arrojó el gancho al otro lado del hueco de cuatro metros y medio y ató el cordel bien tenso en la barandilla de hierro forjado. Había una caída de cuatro pisos con un final pringoso en los adoquines de abajo, y la barandilla estaba resbaladiza por la lluvia. Aun así, rápida como el rayo, salió al vacío entre edificios e inició su furtivo avance.
Sin miedo.
Llegó al tejado del burdel que había al lado de La Cena y, mirando por encima de una boca de chimenea, la sorprendió poco encontrar a dos braavi de aspecto desgraciado bajo un solo paraguas, vigilando la trampilla del techo. Lexa estaba segura de poder acabar con los dos si usaba el vydriaro blanco que llevaba en la bolsa. Si arrojaba los orbes arkímicos a los pies de los hombres, produciría una nube de desmayo lo bastante grande para dejarlos sin sentido a ambos. Pero el vydriaro hacía bastante ruido al estallar y podría desatar la alarma.
—… mfmmmfmmf... —dijo Don Majo.
—¿Qué?
—… HA DICHO «MFMMMFMMF»…
—Por las Hijas, sí, sí, ya puedes hablar.
El no-gato carraspeó.
—… ¿qué habitación es la de la dona?…
Eclipse señaló con el hocico las ventanas de la esquina del piso superior. Tenían las cortinas echadas y no había forma de saber lo que estaba pasando dentro.
—… TENÍA A CINCO HOMBRES AHÍ CON ELLA, LA ÚLTIMA VEZ QUE HE MIRADO…
—No me hace gracia la idea de entrar a ciegas —murmuró Lexa—. Y puede que el mapa aún no haya llegado.
—… ¿y si empiezas por el salón de tinta, subes todo lo que puedas y te escondes hasta que llegue?…
—Suena sospechosamente como un buen plan.
Lexa se dejó caer sobre una estrecha cornisa en el segundo piso del burdel y saltó a través de la lluvia por el hueco hasta la terraza de La Cena. Esperó un momento, escuchando por si había alguna conmoción, y luego miró por el agujero de la cerradura el dormitorio del otro lado. Había cuatro personas en diversos grados de desnudez, inconscientes en una maraña de extremidades sobre una cama con dosel, con agujas de tinta vacías en las pieles junto a ellas. Dormían como troncos. Silenciosa como las sombras, Lexa sacó sus ganzúas del tacón de la bota, engatusó a la cerradura de la terraza y se coló en el dormitorio. El cuarteto no hizo amago de abandonar sus sueños de tinta. Lexa se sacudió la lluvia y estaba pasando junto a la cama cuando llamaron suavemente a la puerta. Terminó de cruzar la estancia como una exhalación y se escondió detrás de la puerta mientras se abría poco a poco.
—¿Servicio? —dijo una voz joven—. ¿Mis dones? Traigo vuestra dulceagua.
Entró una chica con una máscara dorada de cortesana en la cara. Apenas parecía una adolescente, pero iba vestida de mujer, con tafetán aplastado negro y raso barato. Llevaba una bandeja de plata con cuatro copas de cristal bueno y una jarra con un líquido azul marino. Al ver a los sesteantes tintómanos en la cama, se volvió para cerrar la puerta y amortiguar el sonido de las celebraciones de abajo. Un relámpago destelló en el cielo. Una mano salió desde detrás de la chica y le sostuvo la bandeja. Otra le tapó la boca.
—No hables —susurró Lexa.
La chica se quedó tan quieta como una estatua de la avenida del Tirano.
—No voy a hacerte daño, amor —dijo Lexa—. Tienes mi palabra. Te soltaré si me prometes no gritar.
La chica asintió, respirando con fuerza. Lexa retiró poco a poco la mano de los labios de la chica y dio un paso atrás, agarrando su espada de hueso de tumba. La chica se volvió despacio, recorrió con la mirada a Lexa —las hojas, el negro, la mirada— y la respiración se le aceleró incluso más al comprender qué había ido a hacer allí. Aventuró una mirada hacia la cama, buscando señales de asesinato.
—No he venido por ellos —le aseguró Lexa.
—¿Y has… venido por mí?
Lexa examinó a la chica: el escote generoso, el corsé ceñido, la máscara dorada. Quizá una mujer con el doble de su edad se encontrara cómoda en un vestido como aquel. Quizá pudiera deleitarse con el poder que le confería. Pero lo que tenía delante era apenas más que una niña. ¿Apenas más que una niña?
«Por las Hijas, ¿y yo qué soy?»
Debería marcharse a seguir con sus asuntos, lo sabía. La Dona estaba arriba, el mapa estaba de camino y Lexa tenía que dar fin a una y robar el otro antes de que acabara la nuncanoche. Pero en esa chica había algo. Era solo otra más entre las decenas que estarían trabajando encerradas entre
aquellos muros. ¿Podría Lexa haber terminado en un sitio parecido, si no la hubiera encontrado Gustus? ¿Si su vida hubiera sido solo un poco distinta?
Estaba ablandándose, lo sabía. Y debería ser de acero. Pero aun así…
—¿Cuántos años tienes? —se descubrió preguntando.
—Catorce —respondió la chica.
Lexa negó con la cabeza.
—¿Esto es lo que quieres?
Un parpadeo.
—¿Qué?
—¿Esto es lo que soñabas con hacer cuando eras pequeña? —preguntó Lexa.
—Eh… —Los ojos de la chica estaban trabados en la espada del cinto de Lexa. Su voz se heló de burla hacia sí misma—. Siempre rezaba a Aa para que me hiciera princesa.
Lexa sonrió.
—Ninguna podemos ser princesas, amor.
—No —se limitó a decir la chica—. No podemos, no.
El silencio pendió en el dormitorio como una neblina matutina. Lexa se quedó mirando a la chica, como acostumbraba a hacer, dejando que la ausencia de palabras preguntara por ella.
—Caballos —dijo por fin la chica, subiéndose el vestido—. Antes soñaba con trabajar con caballos. En el carro de un pequeño mercader, quizá. Algo sencillo.
—Suena bien.
—Quería tener un semental negro que se llamara Ónice —dijo la chica—, y una yegua blanca que se llamara Perla. Y cabalgaríamos donde nos llevara el viento, sin nadie que nos lo impidiera.
—¿Y por qué no haces eso?
La chica miró a su alrededor y hacia el burdel que había al otro lado de la puerta. La luz fue muriendo en sus ojos mientras alzaba los hombros, resignada.
—No tengo elección.
—Podrías elegir los monederos de sus cinturas. —Lexa señaló hacia el cuarteto de nacidos de la médula en la cama con dosel—. Las joyas de sus cuellos. Conozco a un hombre llamado Gustus que vive en la necrópolis. Si le dices que vas de parte de Lexa, podría ayudarte a empezar. En algún lugar con caballos, tal vez. En algún sitio donde quieras estar.
Una mirada hacia arriba. Miedo en unos ojos ensombrecidos.
—Me atraparían.
—No si eres rápida. No si eres lista.
El trueno sonó a través de la ventana.
—No lo soy —dijo la chica.
—Eso que habla es el miedo. Nunca le hagas caso. El miedo es un cobardica.
La chica miró a Lexa de arriba abajo y negó con la cabeza.
—Yo no soy como tú.
Lexa pudo ver su reflejo en los ojos de la sirviente cuando otro relámpago trazó un arco en los cielos. Piel pálida como la muerte. Hueso de tumba al costado. Sombras en los ojos.
—No estoy nada segura de que te convenga ser como yo —dijo—. Es solo que dudo mucho que esto… —Extendió el brazo y desató la máscara dorada—. Que esto te pegue en absoluto.
La cara que había detrás del oro era delgada. Un moratón viejo en el labio. Ojos cansados y bonitos.
—Pero la elección es tuya. Siempre tuya.
La chica miró hacia los tintómanos. De nuevo a los ojos de Lexa.
—¿Son muchos arriba? —preguntó Lexa.
La chica asintió. Se lamió la magulladura del labio.
—Los peores de todos.
—Esta velada tiene que llegar aquí un paquete. ¿Sabes algo de eso?
La chica meneó la cabeza a los lados.
—No me cuentan mucha cosa.
Lexa miró las copas de cristal, la jarra y la bandeja de plata. Sus ojos treparon hacia la chica y sus ojos cansados. La sirviente se había quedado mirando un monedero que había entre la ropa desperdigada de los tintómanos. Un anillo dorado en el dedo de uno de ellos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Lexa.
La chica parpadeó. Devolvió su atención a Lexa.
—Belle.
—¿Podrías hacerme un favor, Belle?
Los ojos de la chica se tiñeron de una repentina cautela.
—¿Qué clase de favor?
Lexa caminó en un pausado círculo a su alrededor. Asintió una vez.
—¿Me prestas ese vestido?
A Lexa y Mateo se los llevaron de su sesión de entrenamiento dos guardias que llevaban tabardos de la familia Titus. Al ver el símbolo del halcón en sus pechos, Lexa notó que le empeoraba la sensación de mal agüero en las tripas. Wells salió cojeando de una enfermería situada en la parte trasera del fuerte. Llevaba una tablilla de madera en la nariz después de que Lexa se la destrozara, y puntadas recientes en las cejas. Iba seguido de la chica llamada Larva, que se desvió hacia el enorme mastín y dejó que le lamiera la sangre de Wells de los dedos. La chica miró a Lexa y le dedicó otra leve y tímida sonrisa. Sin saber muy bien qué opinar de la chica, y a pesar de la amarga punzada de su derrota a manos del executus, Lexa le devolvió la sonrisa. Los guardias recogieron a Wells y llevaron a los tres nuevos reclutas hasta el inmenso portón doble que había en la parte trasera del patio. Allí los recibió una mujer delgada con el cabello largo y canoso y tres círculos marcados en la mejilla. No le debía de faltar mucho para cumplir los cincuenta años, y se movía con un porte casi regio. Llevaba puesto un vestido de buena seda roja, muy ceñido, y un torque de plata al cuello parecido al de Furiano.
—Soy Anthea, mayordoma de esta casa —les dijo—. Me ocupo de los asuntos de la domina en el interior de estos muros. Deberéis llamarme magistrae. Tenéis que bañaros y comer antes de que os encerremos para pasar la nuncanoche. Si tenéis preguntas, podéis formularlas.
Wells se pasó una mano por la barbilla manchada de sangre y recorrió el cuerpo de la mujer con la mirada.
—¿Os prestaréis a limpiarme la espalda, mi dona?
La magistrae miró a los guardias. Los hombres sacaron cachiporras de madera y procedieron a dar una señora paliza a Wells, allí mismo, en el recibidor. Lexa puso los ojos en blanco, preguntándose cómo podía ser tan ceporro el itreyano. Después de ser apaleado por segunda vez ese giro, Wells se quedó tendido en los baldosines del suelo, entre salpicaduras de su propia sangre.
—Eso es que… no, supongo.
—No me tomes por una mera criada, escoria —dijo la magistrae, con los ojos posados en la palabra «COBARDE» que Wells llevaba grabada en el pecho—. Conozco a nuestra domina desde que era pequeña y, en su ausencia, yo soy su voz en esta casa. Ahora, deja de sangrar en mis azulejos y sígueme.
Wells se levantó con dificultad, goteando rojo de las cejas y los labios. Lexa observó a la magistrae por el rabillo del ojo. La mujer le recordaba al mayordomo de su padre, un liisiano llamado Andriano que gobernaba aquella casa en tiempos en que el emblema de los Wood todavía ondeaba sobre las murallas. También él vivía en cautiverio, pero se comportaba como un hombre libre. Anthea parecía cortada por el mismo patrón.
«Mismos perros, distintos collares.»
—¿Puedo hacer una pregunta, magistrae? —pidió Lexa.
Anthea la observó con atención antes de responder:
—Habla.
—Veo halcones colgando de los muros del patio. —Lexa hizo una mueca de dolor al masajearse las costillas magulladas—. Pero ¿nuestra domina no es de la familia Leónidas?
—El halcón es el sello de Marco Titus —dijo la mujer con un asentimiento—, Aa lo bendiga y lo tenga en su gloria. Esta era su casa, concedida en recompensa por sus servicios a la república después de la Rebelión del Coronador. Cuando partió a su eterno descanso junto al Hogar, los terrenos pasaron a su viuda, vuestra domina.
La mala espina que le había dado a Lexa se le clavó hasta el fondo.
«Es que lo sabía, joder.»
Lexa no tenía ni idea de dónde podía estar Don Majo, pero casi pudo oír sus reproches. No solo había fracasado en procurarse un puesto en el collegium que le interesaba, sino que además había entrado en la servidumbre de la esposa del justicus al que había asesinado. Su plan se iba cada vez más por el retrete a cada giro que pasaba.
«Tranquila. Ten paciencia. Echo nunca lo sabrá.»
Lexa inclinó la cabeza y siguió a la magistrae como una esclava obediente. Llevaron a los tres recién llegados, renqueantes por las palizas recibidas, a lo largo de un ancho pasillo en la parte trasera del fuerte. Lexa seguía descolocada por lo que había averiguado sobre Echo y por la presencia de otro tenebro, pero en algún lugar del fondo de su mente, la niña que había jugado en aquellos corredores estaba impresionada por lo mucho que había cambiado Nido del Cuervo. La distribución era la misma, pero los adornos…
La dona Wood había sido partidaria de una decoración opulenta, pero las paredes que vio Lexa estaban desnudas en comparación. Los bellos tapices y alfombras se habían visto reemplazados por armaduras y armas de guerra. Lexa quería ver su antigua habitación, contemplar el océano desde las terrazas, pero a sus compañeros y a ella los hicieron bajar por una escalera de caracol hacia una antecámara que había antes de entrar en el sótano. Había un rastrillo de hierro que les impedía seguir adelante, con un complejo mekkenismo en la pared. Un guardia introdujo una llave extraña y accionó varias palancas. El rastrillo se alzó y la magistrae hizo pasar al interior a Lexa y sus compañeros. Nyko Wood había destinado el inmenso nivel subterráneo al alojamiento durante los brutales meses de verano, pero Lexa vio que lo habían remodelado como barracones. El espacio estaba dividido en celdas de dos por dos metros, separadas por hileras de sólidos barrotes de hierro.
«Muy generoso por parte de la dona, dejar que sus mascotas vivan bajo tierra.»
Al caminar junto a las jaulas, Lexa reparó en la paja fresca y las gruesas cadenas. En la pared brillaban orbes arkímicos. Los barracones olían a sudor y mierda, pero por lo menos no hacía calor. Los guardias los obligaron a seguir andando hasta el final de un largo pasillo, donde encontraron unos enormes baños envueltos en denso vapor. La magistrae acompañó dentro a Lexa y sus compañeros, dejando fuera a los guardias. La mujer los miró expectante.
—Quitaos la ropa —ordenó.
Otra chica de la edad de Lexa quizá se hubiera sonrojado. O vacilado, o rechazado la idea sin más. Pero Lexa consideraba su cuerpo como otra arma, igual de peligrosa que cualquier espada. La tejedora Octavia la había dotado de unas curvas lo bastante afiladas para matar a un hombre si así lo deseaba, y Lexa había asesinado a más hombres de los que podía contar. ¿Qué más daba mostrar un poco de piel?
De modo que se quitó los harapos y las botas sin reparos y se quedó desnuda entre el vapor. Wells aún estaba demasiado tambaleante por la paliza para darse mucha cuenta, pero Lexa vio que Mateo se bebía su cuerpo por el rabillo del ojo. La magistrae señaló un banco de piedra cerca del baño, en el que Lexa vio cuchillas, cepillos y una gran variedad de jabones.
—Los gladiatii se bañan juntos, comen juntos, combaten juntos —explicó la mujer—. Pero hasta que sobreviváis al Aventamiento, os ocuparéis de vuestro aseo por vuestra cuenta. Oídme bien: no toleraré la porquería bajo este techo. Y ten cuidado con ese pelo tuyo, chica. —La magistrae miró los largos y sucios rizos de Lexa—. Como te encuentre un solo piojo, haré que te lo rapen al cero.
La mujer enarcó una ceja canosa y bien depilada, animando a hacer preguntas. Tras un momento de silencio, asintió con firmeza.
—Volveré en veinte minutos. Si me hacéis esperar, vuestra recompensa será el látigo.
La magistrae se marchó y los guardias se quedaron apostados al otro lado de la puerta. Lexa se metió en el baño y se hundió con un largo suspiro. La temperatura era gloriosa y se deleitó con la sensación, pasándose las manos por la piel. Se echó el pelo hacia atrás y por fin salió a la superficie, parpadeando para quitarse el agua de las pestañas. Fijó la mirada en Mateo y se dejó elevar por el agua lo justo para que sus pechos asomaran sobre la superficie. El chico tenía las manos en la entrepierna, intentando sin éxito ocultar su creciente erección mientras se metía en el baño.
—Por las Cuatro Hijas, con eso vas a sacarle un ojo a alguien —gruñó Wells—. Cualquiera diría que es la primera vez que ves un par de tetas.
Mateo alzó los nudillos y Lexa no pudo evitar echarse a reír. Cogió una pastilla de jabón de miel preguntándose qué resultado tendría una oferta de paz. Los matones solían tranquilizarse después de plantar cara a sus gilipolleces.
—Si no fueses tan cerdo, me parecerías más divertido, Wells.
—Ya, bueno, y si tú no fueses tan zorra, me parecerías más atractiva, pequeño Cuervo.
—Tendré que aprender a vivir con el corazón roto.
El itreyano sonrió divertido y se tocó con cuidado la nariz rota. Aunque Lexa le había dado una buena tunda, no parecía tomárselo como algo personal, y Lexa decidió que Wells era de esos que manejaban sus sentimientos mediante la aplicación de la violencia. De los que entrarían en una taberna y se liarían a leches con el primero que los mirara mal, pero después de pelear, llamarían «hermano» a su adversario y le invitarían a copas. Desde que Lexa le había propinado una paliza, parecía dispuesto a ser más amable con ella. Pero de todos modos, viendo a Wells palparse los puntos de sutura, Lexa aún no sabría decir si el hombre preferiría follársela o asesinarla.
—¿Quién te ha cosido? —preguntó parpadeando para quitarse la espuma de los ojos—. ¿La chica?
—Sí —dijo Wells asintiendo—. Larva, la llaman.
—¿Qué clase de nombre es ese?
El grandullón se hundió hasta la barbilla en el agua.
—Ni idea. Pero es buena con la aguja. Y menos mal, porque tendrá que coser lo suyo después del Aventamiento.
Mateo por fin arrancó la mirada de los pechos de Lexa y frunció el ceño.
—¿Qué es ese Aventamiento del que habláis todos?
Wells dio un bufido.
—¿De dónde sales tú, chaval?
—De Ashkah. Cerca de las Cataratas de Polvo.
—¿Y allí no tenéis arenas?
Mateo negó con la cabeza.
—Ni siquiera había visto el océano hasta hace un mes. No había salido de mi pueblo. Y ahora, aquí estoy, encerrado con cerdos itreyanos y paletos dweymeri.
—Vigila esa lengua. —Wells alzó una ceja—. Yo soy itreyano.
—Sí —dijo Lexa—. Y el mejor chico que he conocido en la vida era dweymeri.
Wells asintió.
—Yo en tu lugar dejaría esas mierdas en la alcantarilla, pueblerino.
Mateo farfulló una disculpa y se quedó callado. Pasaron los minutos mientras el chico manejaba con torpeza el jabón hasta que se le cayó y tuvo que buscarlo en el agua.
—¿Cómo terminaste aquí? —le preguntó Lexa.
El chico se encogió de hombros, los rizos oscuros se le pegaban a la piel por el vapor.
—Me vendió mi padre. Deudas de juego. Me endilgó a cambio de dinero.
—Por la polla de Aa —renegó Wells—. Y yo que me tenía por despiadado.
—No lo haces mal del todo con la espada —dijo Lexa—. ¿Dónde aprendiste a luchar?
—Me enseñó mi tío. —Mateo se pasó la mano por el pelo y Lexa dejó caer una mirada distraída en los músculos que se contraían en su brazo mientras se cepillaba el cabello enmarañado—. Iba a alistarme en la legión. Esperaba que algún giro me destinaran a una gran ciudad. Siempre he querido ver la Ciudad de los Puentes y los Huesos.
—Quizá la veas —dijo Lexa—. El Venatus Magni se celebra en Tumba de Dioses.
—¿Qué es eso?
—Los juegos más importantes de la temporada —respondió Wells—. Tienen lugar con la veroluz, cuando todos los ojos de Aa están abiertos en el cielo. El sanguila que los gana se lleva una fortuna. Pero el gladiatii que sale victorioso en el Magni es quien obtiene el mayor premio de todos.
La esperanza brilló en los ojos marrones de Mateo.
—¿La libertad?
El corpulento itreyano asintió.
—Cualquier gladiatii puede comprar su libertad si reúne el dinero suficiente. Pero el gladiatii que gana el Magni recibe la libertad de manos del mismísimo Dios.
El chico arrugó la frente, confundido, a todas luces sin tener ni idea de a qué se refería Wells. Este puso los ojos en blanco.
—¿Has oído el cuento del mendigo y el esclavo?
—Sí.
—Bueno, pues para honrar al Dios de la Luz durante la veroluz, a todos los mendigos de la Tumba les dan de comer a cargo de las arcas de la república. Y al ganador del Venatus Magni le concede la libertad el sumo cardenal en persona. Todo andrajoso, igual que iba Aa en el Evangelio. —Wells se inclinó hacia delante, le brillaban los ojos—. Y por si fuera poco, es el puto cónsul quien le pone los laureles de vencedor. Imagínatelo. La multitud enloquecida, el cabrón meapilas de Jaha vestido de mendigo y ese gilipollas nacido de la médula de Azgeda besándote el culo delante del estadio entero. —Wells sonrió como un demente—. Todas las mujeres de la Tumba sabrían cómo te llamas. Nadarías en chochito lo que te quedara de vida, pueblerino.
Lexa contempló las ondulaciones del agua delante de ella. Imaginándolo, como llevaba ya meses imaginándolo. El sumo cardenal Jaha, de pie a su alcance, vestido solo con andrajos de mendigo. Sin una catedral que lo protegiera.
Sin vestimentas sagradas en torno a sus hombros.
Y, sobre todo, sin una Trinidad colgándole del cuello.
Y a su lado, el cónsul Azgeda esperando con los laureles del vencedor en la mano…
—¿Y lo único que tengo que hacer es ganar ese Magni? —preguntó Mateo.
Wells soltó una risotada.
—¿Lo único? Sí, eso es «lo único» que tienes que hacer. Solo te falta ganar los juegos más grandiosos de toda la república. Contra los mejores gladiatii que hay bajo los soles. Este collegium ni siquiera ha obtenido todavía un puesto en los grandes juegos.
—Vale, ¿y eso cómo lo hacemos?
—Con muchas dificultades —dijo Lexa, y suspiró—. Todo collegium que haya ganado los suficientes laureles antes de la veroluz puede enviar gladiatii. Pero, por lo visto, esta es la primera temporada en la que compite nuestra domina, y parece que solo tiene un laurel de vencedor a su nombre. —Frunció el ceño—. El de Furiano.
—Y nosotros tres aún estamos muy lejos de las arenas —gruñó Wells—. Antes de que se nos considere gladiatii siquiera, tenemos que sobrevivir al Aventamiento.
—Explicadme eso, entonces —exigió Mateo—. ¿Qué es ese Aventamiento?
—Una criba —dijo Wells—. Se celebra antes de todos los juegos importantes en el período previo al Magni, para separar el trigo del tamo.
—Nadie sabe la forma que tendrán los Aventamientos —añadió Lexa—. Los editorii cambian el formato cada vez. Pero el próximo es dentro de dos semanas. En Puentenegro.
Mateo tragó una buena cantidad de saliva y apretó los músculos de la mandíbula.
—Pero si no sabemos cómo va a ser, ¿qué hacemos para estar preparados?
—¿Tú rezas? —preguntó Lexa.
—Sí.
Lexa se encogió de hombros.
—Yo que tú empezaría por eso.
