Capítulo 9. Pasos

Lexa caminaba despacio, con la bandeja equilibrada sobre las palmas abiertas hacia arriba. Se cruzó con otras chicas en el pasillo, cargadas con bebidas, cuencos de flordesueño púrpura o viales de tinta. La camisa de Lexa se había quedado en el dormitorio, pero aún llevaba las calzas por debajo del corsé y el vestido, y su espada, su estilete y una bolsa de vydriaro sujetos con correas a los muslos. Recorrió el pasillo con paso muy comedido, confiando en proyectar una imagen de aplomo y no la de una chica que lleva una pequeña armería traqueteando contra sus partes bajas. Llegó a la escalera del final del pasillo e hizo ademán de pasar a toda prisa, sin mediar palabra, entre los dos montones de músculo que estaban apostados allí. Uno habló mientras Lexa pasaba, lo que la hizo detenerse en el acto.

Buenas tardes, Belle.

Lexa se había atado la máscara de cortesana por encima de la suya y se había puesto la peluca empolvada de Belle. Medía unos centímetros más que la chica del servicio, y tenía más músculo, pero sus curvas eran parecidas y allí era donde estaban pasando más tiempo los ojos del matón.

Lazlo —dijo con una leve reverencia.

«Ese es idiota —le había dicho Belle—. Flirtea un poco y te dejará pasar.»

Qué apuesto te veo hoy. —Lexa sonrió.

¿Dónde vas con eso? —preguntó el segundo hombre, y señaló la bandeja.

«Nyko es mala persona —le había advertido Belle—. Pero es aún más tonto que Lazlo.»

Lexa indicó hacia arriba con el mentón.

Taliaferro y Vespa han pedido una botella para la Dona.

Nyko miró a Lazlo y murmuró:

No tenemos que dejar subir a nadie hasta…

Por la polla de Aa, hombre, solo hace su trabajo —lo interrumpió Lazlo. Hizo bajar con suavidad la yema del dedo por el brazo de Lexa, que tuvo que contenerse a la desesperada para no amputarle la mano por el hombro—. Sigue para arriba, palomita mía.

Con los nervios a flor de piel por la idea de que un hombre adulto llamara «su palomita» a una niña de catorce años, Lexa subió los peldaños con cuidado. Por lo que había dicho Nyko, el mapa aún no había llegado, pero el vendedor no tardaría en presentarse. Oyó la lluvia cayendo contra el techo mientras recorría un refinado pasillo en el que colgaban desnudos de hermosos hombres y mujeres. Una puerta doble, flanqueada por dos guardias, la esperaba al final del pasillo, y gracias a la exploración de Eclipse, sabía que al otro lado estaba el despacho de la Dona.

—… DENTRO HAY CINCO HOMBRES Y TU OBJETIVO… —se oyó en un quedo gruñido desde sus pies.

—… aunque uno de ellos no te dará muchos problemas…

«Cuatro hombres, más la Dona, más la gente que traiga el vendedor del mapa. Negra Madre, no me lo están poniendo nada fácil.»

Lexa había acariciado la idea de esperar en una sala contigua hasta que oyera llegar al vendedor, pero los guardias de la puerta del despacho la estaban mirando.

Eclipse —susurró—, ve abajo y busca a nuestro vendedor.

Notando titilar su sombra, se ajustó la peluca, anduvo despreocupada hacia el despacho y los saludó a los dos con una sonrisa.

Maxis, Donato, feliz velada —dijo con una reverencia.

Belle, no deberías est…

Antes de que Donato pudiera articular sus objeciones, Lexa ya había llamado a la puerta con el pie. Al cabo de un momento las hojas se abrieron de par en par y Lexa alzó la mirada hacia el rostro de un dweymeri muy alto, de rasgos adornados con tatuajes faciales y amplio pecho envuelto en un chaleco caro con botones dorados. Miró furioso a los dos guardias, que seguían a ambos lados de la puerta.

¿No os he dicho que nada de visitas hasta que llegue ella?

Yo he intentado pararla, eso díselo al mamón de Laz…

¿Quién es? —intervino una voz grave y musical desde dentro.

Con una última mirada iracunda a los guardias, el dweymeri giró la cabeza para responder.

Belle. Trae alcohol.

Por las Cuatro Hijas, que entre. Podría beberme el mar de las Estrellas entero.

El matón braavi se quedó mirando a Lexa un momento más antes de apartarse a un lado. Lexa entró a toda prisa, tomando nota de la espada y el estilete que el matón llevaba envainados al cinto. La estancia era una alcoba enorme, ocupada por otros tres matones braavi que vigilaban desde la periferia. Aunque iban vestidos como dandis nacidos de la médula, todos llevaban encima un pequeño arsenal. De las paredes colgaban auténticas obras de arte y todas las superficies estaban recubiertas de seda roja. La pieza central de la alcoba era una cama enorme, sobre la que yacía dormido un hermoso joven.

Déjalo ahí mismo, Belle, y no te entretengas, querida.

Eso lo dijo alguien desde las sombras, con una voz grave y baja que Lexa por fin identificó como femenina. Cuando la mujer salió a la luz, Lexa vio pelo oscuro y pómulos afilados como dagas. Un monóculo en una cadena de plata pendía de su cuello y se estaba poniendo una blusa de seda con muy buen corte por la cabeza. Lexa la reconoció al instante por el boceto de la funda para pergaminos de Solis: era la Dona, la cabecilla de los Ricachones.

No te preocupes por él, que tardará un rato en despertar. —La Dona sonrió, meneando la cabeza hacia el joven que sesteaba en la cama—. Los muchachos de hoy en día ya no aguantan nada.

Lexa respondió con lo que esperaba que fuese una risita educada y dejó la bandeja donde le había ordenado la Dona. Los guardias apenas le prestaban atención. Dos estaban lo bastante cerca para alcanzarlos juntos con una explosión de vydriaro, y su sombra podía inmovilizar por lo menos a un tercero. Por el dulcechico de la cama no había que preocuparse. Con cinco pasos cortos, podría rajarle el cuello a la Dona. Todo iba a depender de a quiénes trajera consigo la vendedora del mapa.

—… YA VIENE… —llegó a su oído un susurro.

Dona —llamó un guardia de la puerta—. Tenemos compañía.

La líder braavi asintió e hizo un gesto a Lexa para que se quedara en un rincón.

Plántate ahí y pon cara de misteriosa, querida. Pero las plantas no hablan, ¿entendido?

Lexa asintió con la cabeza y retrocedió a las sombras. Oyó unos breves cuchicheos en la puerta de la alcoba y un trueno al otro lado de la ventana. Entre los guardias pasó una persona bajita y, en efecto, femenina, vestida con ropa suelta de color gris, algo mojada por la tormenta. Tenía la cara cubierta y encapuchada, pero entre los pliegues se distinguían unos chispeantes ojos azules. Llevaba todo un surtido de hojas sujetas al cuerpo con correas, y el corazón de Lexa se aceleró al ver que cargaba al hombro con un estuche de madera para mapas.

Vaya, vaya —dijo la recién llegada—. Cuánto lujo y qué teatral todo, ¿no?

Vienes sola —comentó la Dona.

Así es como trabajo —repuso la otra mujer, adentrándose en la alcoba con calma. Sus palabras llegaban amortiguadas por la capucha, pero había algo…

Esos ojos.

Esa voz…

«No puede ser.»

La vendedora miró al joven desnudo de la cama y a Lexa con su corsé demasiado apretado.

Bonitas vistas. Pero hay demasiada gente, ¿no te parece?

Así es como trabajo yo —replicó la Dona—. Y en esta vida tengo dos reglas de oro, pequeña: nunca confíes en un hombre que hable de su madre sin amabilidad y nunca confíes en una mujer que se tapa la cara sin motivo.

La recién llegada puso los ojos en blanco, pero aun así se quitó la capucha, liberando largas trenzas de guerra de un rubio dorado. Y mientras el corazón de Lexa daba un vuelco y un triple salto mortal, la vendedora se bajó el embozo, revelando una cara que Lexa conocía casi tan bien como la suya propia. Cayó el relámpago y las uñas de Lexa se clavaron en la palma de su mano.

«Por la puta Negra Madre...»

Era Clarke Griffin.

La última vez que se vieron fue cuando se enfrentaron en una polvorienta calle de Última Esperanza. La invasión Luminatii había fracasado y el justicus murió asesinado. Pero una Trinidad que llevaba Clarke al cuello logró mantener a raya a Lexa el tiempo suficiente para que escapara.

Y allí estaba, en Tumba de Dioses.

Llevando el objeto que habían enviado a Lexa a robar.

«¿Qué abismos está pasando aquí?»

¿Tienes el mapa? —preguntó la Dona.

¿Tienes el dinero? —repuso Clarke.

La Dona hizo un gesto con la cabeza a un guardia, que lanzó un tintineante saquito en dirección a la chica. Clarke lo atrapó en el aire, abrió el cordel y sacó una moneda de su interior. No era un mendigo de cobre, ni un sacerdote de plata, sino…

«Oro. —Lexa negó con la cabeza—. Diosa, es una fortuna.»

Y ahora —dijo la Dona—, tu parte del trato, si no es molestia.

Clarke se quitó el estuche para mapas del hombro y lo arrojó hacia la Dona. La mujer lo abrió por un extremo con un tenue chasquido e hizo asomar de la funda un poco del pergamino. Lexa captó un atisbo de escritura extraña y un símbolo con forma de hoz en la esquina.

Bueno —dijo Clarke, y suspiró—. Por muy agradable que sea esta charla, he visto a una pelirroja preciosa abajo, así que voy a…

La frase de Clarke se quedó en el aire cuando los guardias de la entrada cerraron las puertas con el requerido aire dramático. Lexa negó con la cabeza, calculando si debería echar mano primero al vydriaro o a su espada larga. Mientras se decidía por la arkimia, pensó en lo tonta que había sido Clarke. ¡Mira que meterse en una madriguera braavi fanfarroneando como si nada! ¿De verdad había creído que aquello terminaría de algún otro modo?

La tonta en cuestión miró hacia atrás con sus ojos azules entornados.

¿Podrías pedir a tus lacayos que se quiten de en medio, por favor, Dona?

Me temo que no —respondió la cabecilla braavi—. El sumo cardenal fue bastante concreto sobre lo que debíamos hacer contigo después de que las monedas cambiaran de manos.

El corazón de Lexa se desbocó al oír las palabras de la Dona.

«¿El cardenal Jaha? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?»

El trueno volvió a sonar con estruendo al otro lado de la ventana, y el relámpago iluminó intermitente los huecos de las cortinas. La Dona se apoyó en su escritorio y sonrió.

Confieso que me sorprende que nos lo hayas puesto tan fácil, pequeña. Jaha me advirtió que tu padre y tú sois más listos que el hambre.

Lo mismo había oído yo de ti —dijo Clarke, con los ojos puestos en los matones braavi que la estaban rodeando poco a poco—. Te imaginarás mi decepción.

No temas, durará poco. —La Dona sonrió.

Clarke movió la barbilla hacia el estuche que sostenía la Dona.

¿Sabes al menos adónde lleva eso?

No. Nunca meto las narices en lo que no me concierne.

Pues quizá deberías cambiar de actitud. —Clarke sonrió—. Porque alguien indiscreto se habría fijado en el fondo falso del estuche que acaban de entregarle. Y alguien a quien no le guste tanto oír su propia voz habría oído el pedernal que ha encendido la mecha de la bomba de lápida que hay dentro.

La Dona abrió los ojos como platos. Clarke se arrojó a un lado y Lexa apenas logró reaccionar a tiempo para tirarse detrás de la cama antes de que el estuche del mapa explotara con un estruendo ensordecedor. La Dona salió despedida al otro lado de la alcoba, muerta antes de dar contra el suelo. La bola de fuego arkímico alcanzó a tres guardias: el dweymeri atravesó las puertas con el chaleco en llamas y los otros matones volaron por los aires como paja ardiendo. La estancia se llenó de un humo asfixiante y Lexa notó que le palpitaba el cráneo por el estallido.

Por los dientes de las Fauces —escupió, intentando levantarse.

—… ¡LEXA!…

—… ¿estás bien?…

Clarke se quitó las manos de las orejas y se puso de pie. Agarró su bolsita de oro, desenvainó una hoja corta que llevaba al cinto y la hundió en el braavi que gemía en el suelo a su lado. Tras confirmar de un vistazo que la Dona ya estaba muerta, segó con rapidez las vidas de los guardias que aún se movían y se volvió hacia la joven criada que estaba tirada junto a la cama entre las volutas de su raso humeante.

Disculpadme, mi dona, pero…

Lexa rodó cara al techo. La explosión le había arrancado la máscara, le pitaban los oídos y tenía la visión borrosa. Don Majo cobró forma en su hombro y Eclipse a sus pies, enseñando los colmillos traslúcidos en un gruñido que podía sentirse a través del suelo.

Por el abismo y la sangre —susurró Clarke.

Sus ojos, azules como el cielo despejado, estaban fijos en el gato-sombra del hombro de Lexa. Pasaron a su dueña.

¿Lexa?

Por las Cuatro putas Hijas… —dijo otra voz.

Lexa escrutó entre la neblina y vio a Lazlo, a Nyko y a otros tres Ricachones en la puerta de la alcoba, mirando horrorizados la carnicería del interior. Nyko clavó la mirada en el cadáver de su líder. Lazlo, en la figura vestida de gris.

¡Matadla! —vociferó un matón.

Sin decir más, Clarke echó a correr hacia la ventana y lanzó una daga que rompió el cristal. Los Ricachones fueron tras ella a lo bestia, y más por instinto que por una decisión meditada, Lexa buscó bajo su vestido y arrojó un orbe de vydriaro blanco a sus pies. La esfera arkímica reventó con un fuerte estallido y una nube de denso desmayo blanco envolvió a los matones. Clarke salió por la ventana y asió un cordel de seda atado a una gárgola de piedra que había más arriba. Sin mirar atrás, desapareció trepando por la pared. Lexa se levantó con esfuerzo, su cabeza zumbando aún, y fue a trompicones hasta el alféizar. Llevaba un corsé prieto y un vestido largo, que no era lo más adecuado para escalar paredes de burdeles aun sin estar conmocionada. Pero sin miedo, como siempre, cogió el cable, salió a una caída de cinco pisos y logró subir al tejado justo a tiempo para ver a Clarke saltar al burdel vecino.

¡Eclipse, ve a buscar a Costia! —ladró—. ¡Don Majo, conmigo!

La loba-sombra desapareció y Don Majo cruzó a la carrera el tejado tras su presa. Sacudiendo la cabeza para quitarse el zumbido, Lexa lo siguió deprisa. Lo cierto era que sus botas no estaban hechas para una persecución, y la lluvia había vuelto las tejas tan traicioneras como la serpiente a la que estaba dando caza. Mientras Clarke se dejaba caer del tejado del burdel, Lexa resbaló y se detuvo con una maldición para cortarse las faldas con su estilete de hueso de tumba y poder correr más. La mente de Lexa funcionaba a toda velocidad. Habían pasado ocho meses desde la última vez que había visto a Clarke Griffin, y no podía creerse que la chica estuviera allí en aquellos momentos. Su padre y ella se habían aliado con el justicus Titus para destruir la Iglesia Roja. ¿Y ahora estaba compinchada con el sumo cardenal?

Lexa apartó las preguntas de su mente, rasgó lo que quedaba de sus faldas empapadas y siguió corriendo. Miró desde el tejado del burdel y vio a Clarke caer a los adoquines de abajo, demasiado lejos para llamar a su sombra. Sin miedo a la caída, Lexa se deslizó por el borde y fue pasando de ventana a ventana, con los dedos blancos sobre la piedra resbaladiza por la lluvia. Al llegar al suelo, echó a correr de nuevo por las calles de Tumba de Dioses y cruzó el puente de las Lágrimas. Clarke corría como si la persiguiera la mismísima Madre, metiéndose entre la multitud y saliendo como si fuese humo. Lexa la perseguía a marchas forzadas y la perdió de vista al menos dos veces, desorientada en el laberinto de canales y callejuelas. Pero Don Majo saltaba de tejado en tejado, recorría toldos y gabletes igual que el viento y daba indicaciones a Lexa a voz en grito, para hacerse oír sobre la tormenta veraniega.

—… izquierda, izquierda…

—… callejón junto a la abacería…

—… no, por la otra izquierda…

Lexa subió al techo de un carruaje, resbaló entre el varal del caballo al galope y el remolque y esquivó los puñados de saltos de cojera que Clarke iba tirando hacia atrás. Manzana tras manzana de casas, templos con ventanas que parecían cuencas oculares vacías, estrechos puentes y canales serpenteantes. Iban en dirección al distrito de los nacidos de la médula y las Costillas se alzaban hacia el cielo tormentoso. Clarke corrió por un callejón sin salida, saltó a la izquierda, se impulsó hacia la derecha en la piedra y logró pasar por encima del cristal roto que bordeaba el techo del edificio. Lexa la siguió y se hizo sangre en las manos. Clarke estaba corriendo de nuevo por los tejados de terracota, traicioneros por la lluvia. Al saltar el hueco entre dos edificios, Lexa estuvo a punto de resbalar cuando una teja se partió bajo sus botas empapadas. Si caía, se llevaría una pierna rota en el mejor de los casos y una columna vertebral partida en el peor.

«¿Dónde coño están Eclipse y Costia?»

Lexa vio que por delante se alzaba la Basílica Grande, una obra maestra gótica de agujas de mármol y cristal tintado. La Trinidad de los tres soles brillaba en todas las ventanas, coronaba todas las torres. Lexa no pudo evitar el recuerdo de aquella veroscuridad a sus catorce años, de las docenas de hombres a los que había asesinado en su intento fallido de matar al cónsul Azgeda. Clarke conocía la debilidad que asaltaba a Lexa en presencia de los símbolos sagrados de Aquel que Todo lo Ve, por lo que debía de estar confiando en que los terrenos de la basílica fuesen lo bastante santos para repeler a la tenebra que le pisaba los talones.

«Chica lista. Pero esto no funciona así.»

Clarke bajó la mano al cinturón y sacó otro fino cable con garfio. Lo lanzó hacia las canaletas de la basílica, cruzó el hueco balanceándose y trepó hasta el tejado. Lexa apretó el paso, esperando poder saltar esa distancia, pero incluso con Don Majo comiéndose su miedo sabía que el hueco era demasiado ancho. Resbaló hasta detenerse junto al borde y vio a Clarke remontando las tejas. Lexa estaba sin aliento. El corazón le aporreaba en el pecho. Sacó un cuchillo arrojadizo de la bota y apuntó. Había envenenado los cuchillos con desmayo, por lo que bastaría un rasguño para que la chica cayera como un saco de ladrillos. Pero, por muchas ganas que tuviera de arrojarlo, Lexa cayó en la cuenta de que…

«La necesito viva.»

Bajó el cuchillo y miró los adoquines, diez metros más abajo. Un novicio que paseaba por los terrenos de la catedral levantó la mirada, la vio y se le abrió la boca de sorpresa.

Mierda —susurró Lexa.

—… una distancia como esa no debería darte problemas…

Lexa miró al gato-sombra, que estaba junto a su pie. Devolvió la mirada al hueco.

No puedo saltar tan lejos. Es imposible.

—… no hace tanto tiempo, llegaste dando un paso desde encima de la piedra filosofal hasta la isla de tumba de dioses y luego hasta esta misma catedral. Cruzaste la ciudad como un niño saltando charcos…

Eso fue en la veroscuridad, Don Majo.

—… volviste a hacerlo en el monte apacible…

Sí, y los soles no han podido ver nunca dentro de la montaña.

—… llueve. Los ojos de aa están ocultos por las nubes…

Aquí fuera no soy lo bastante fuerte, ¿no te das cuenta?

El no-gato suspiró y negó con la cabeza.

Clarke había llegado a la cumbrera de la catedral y se volvió para mirar a Lexa. Le había crecido el pelo rubio, que estaba mojado por la lluvia y pegado a su piel morena. Tenía los ojos bonitos, del mismo azul que los cielos quemados por los soles. Lexa sintió que los dedos se le doblaban formando puños al recordar lo que le había hecho a Lincoln. Clarke sonrió. Se acercó dos dedos a los ojos y señaló a Lexa a través del hueco, hablando en deslenguado, el idioma de signos sin palabras.

te veo

Y con una sonrisita, la chica vaaniana tiró un beso a Lexa. Entonces llegó la rabia. Vio que Clarke se alejaba hacia el campanario de la basílica. Don Majo aún podía seguirla, y Lexa podía bajar a la calle y retomar la persecución. Pero Clarke llevaba ya demasiada ventaja, y, a decir verdad, los cigarrillos que estaba fumando últimamente no le hacían ningún favor a la resistencia de Lexa.

Estaba harta de correr.

«Muy bien, pues a tomar por culo.»

Lexa extendió su consciencia hacia el golfo, bajo aquel cielo gris fangoso. Las sombras estaban poco definidas por culpa de la luz velada de los soles, pero aun así podía sentir dos de los ojos de Aa ardiendo en los cielos. Una fina capa de nubes y lluvia no era suficiente para refrenar la ira de un dios, y Lexa la notaba abrasándole la nuca. Pero aun así…

Aun así…

Conocía la oscuridad. Se sabía su canción. Recordaba cómo la había sentido en la veroscuridad. Filtrándose por los poros de aquella ciudad, acumulándose en las catacumbas bajo su piel. La oscuridad que proyectaba a sus pies, la oscuridad que vivía dentro de su pecho, de su útero, de todos los lugares que la luz nunca había bañado. Y con los dientes rechinantes, temblando, alcanzó esos lugares cálidos y huecos, extendió la mano hacia la sombra del campanario

y dio un paso

cruzando

el espacio vacío

de en medio.

Lexa se tambaleó, con vértigo en el estómago y vómito en la garganta. Se inclinó hacia atrás, trastabilló mientras el mundo entero se movía bajo sus pies y estuvo a punto de precipitarse a su muerte en la verja de hierro forjado que había debajo. Comprendió que estaba encima de la basílica, que la lluvia volvía resbaladizas las tejas. Parpadeó con ahínco e intentó recobrar el equilibrio mientras Clarke salía de la luz cegadora, daga en mano.

—… ¡Lexa!…

La esquivó por los pelos, doblándose hacia atrás mientras la hoja surcaba el aire. Lexa alzó su espada de hueso de tumba intentando equilibrarse, con bilis en la boca y sudor en los ojos.

—… ¡Lexa!…

Clarke atacó de nuevo, obligando a Lexa a retroceder hasta la pared del campanario. Lexa levantó su espada larga en posición de guardia, dando bocanadas de aire, parpadeando e intentando impedir que el mundo diera vueltas.

¿Has aprendido trucos nuevos, amor? —Clarke sonrió sin dejar de empuñar su daga.

La chica bajó la mano por su pierna y la metió dentro de la bota. Le costó un momento, pero por fin encontró lo que buscaba y sacó una larga cadena de oro de la que pendía dando vueltas una patada salvaje en la tripa de Lexa.

La Trinidad de Aa.

Lexa siseó como si se hubiera escaldado. Don Majo aulló y se escurrió alejándose por los tejados. Las campanas de la basílica empezaron a dar la hora, seguidas de cerca por las incontables otras catedrales que plagaban la Ciudad de los Puentes y los Huesos. Lexa cayó de rodillas y vomitó. La tortura estuvo a punto de hacerla chillar; la visión de aquellos tres soles, oro blanco, oro rosado y oro amarillo, resultaba cegadora. Se retiró arrastrándose contra el campanario, con las manos en los ojos para protegerlos de aquella luz espantosa y ardiente.

Pero parece que los trucos viejos aún funcionan —dijo Clarke.

Las campanas callaron y la lluvia retomó su repiqueteo. Clarke miró a su alrededor, más allá de la canaleta de la basílica y la caída a plomo. Había otro novicio en el patio y señalaba a las chicas del tejado junto a su compañero.

Me alegro de verte, Lexa —dijo Clarke con voz queda.

Que… que te… jod…

Me preguntaba si Abby te enviaría a por mí. Creo que de todos ellos, tú eres quien mejor me conoce. —Clarke hizo rodar el símbolo sagrado entre los dedos—. Así que me guardé esto por si acaso. Pero puedes decirle a esa zorra pelleja que, si me quiere muerta, tendrá que venir en persona. Porque, desde luego, yo sí que iré a por ella. A por ella y a por toda su puta pandilla.

Clarke se colgó el medallón del cuello, que quedó silueteado contra aquel odio horrible y abrasador. La furia de un dios, cegando a Lexa con sus llamas.

Lamento que seas tú, Lexa. —Clarke suspiró—. Siempre me gustaste. Mereces algo más que ese lugar. Esos asesin…

La daga se clavó en el hombro de Clarke. Saltó sangre, roja brillante entre las gotas de lluvia. Clarke se retorció a un lado y otra hoja pasó silbando muy cerca de su mejilla, cortándole un mechón de pelo.

¡Traidora!

Y mientras caía el rizo rubio, flotando y girando hacia las tejas, Costia se izó sobre el canalón y se abalanzó contra Clarke con el florete desenvainado.

El olor de la comida caliente los recibió cuando salieron del sótano. La magistrae había ido a buscarlos a los baños al cabo de veinte minutos exactos, y les entregó un fardo de ropa nueva. Ni siquiera Wells había sido tan necio como para hacerla esperar. Cuando Lexa se puso todo lo que le dieron, tuvo la tentación de preguntar dónde estaba el resto de su ropa. Llevaba un taparrabos de lino gris acolchado y un cinturón de cuero para mantenerlo en su sitio. Y los pechos ceñidos por otra tira de lino acolchado y sandalias de cuero anudadas a media espinilla. Sus camaradas iban incluso menos vestidos: solo taparrabos y sandalias para Wells y Mateo, además de unas coquillas de cuero endurecido para proteger sus colgajos de lo peor que pudiera ofrecerles el entrenamiento. Cerca ya de la veroluz, hacía tanto calor que la falta de tejido no molestaría a nadie. Pero sus vestimentas dejaban bien poco para la imaginación…

Wells se movió la coquilla de lado a lado.

—Dicen que este año están de moda entre los aristócratas nacidos de la médula en Tumba de Dioses.

Al instante, un guardia sacó su cachiporra y la descargó desde atrás contra los muslos de Wells. El grandullón se derrumbó de rodillas con un grito.

—Por última vez, en mi presencia hablarás solo cuando se te hable —dijo la magistrae—. Si vuelves a pasarte de la raya, me ocuparé de que tengas un recordatorio adecuado. En la arena, puedes morir igual de bien sin lengua en la boca.

Wells masculló una disculpa y Lexa ayudó a levantarse al hombre con un suspiro. El robusto itreyano no era la persona con más luces que Lexa había conocido, pero cuando se vive como un perro, no se puede elegir las pulgas que se tienen. Los guardias hicieron subir al trío al porche cubierto. Los gladiatii estaban sentados en largos bancos, zampándose cuencos de gachas a dos carrillos, con el apetito de quienes llevaban todo el giro sudando bajo los soles abrasadores. La magistrae les señaló a un hombre, flaco como un palo y con delantal de cuero, que servía la comida. Tenía un ojo bizco, la marca de un solo círculo en la mejilla y muy pocos dientes en la boca. La madre de Lexa le había advertido que nunca confiara en un cocinero delgado. Pero de nuevo, cuando se vive como un perro…

—Comed —ordenó la magistrae, pasándose la larga trenza canosa detrás del hombro—. Mañana necesitaréis todas vuestras fuerzas.

Wells se dirigió hacia el cocinero con un propósito claro en mente, seguido de Lexa y Mateo. La chica cayó en la cuenta de que no había comido desde el giro anterior, aunque por debajo del hambre seguía sintiendo las mismas náuseas de antes. Buscó entre los rostros de los gladiatii hasta encontrar a Furiano presidiendo la primera mesa. Llevaba el pelo largo y negro recogido en una coleta y estaba hablando con el hombre dweymeri entre cucharada y cucharada. Furiano levantó la vista cuando entró Lexa y volvió a apartarla igual de rápido. Las preguntas ardían en la mente de Lexa, se le amontonaban tras los dientes.

«Paciencia.»

Siguió a Wells hasta la cacerola de gachas y cogió un cuenco de madera, casi salivando por el aroma. El hombre flaco sirvió un rebosante cucharón a Mateo.

—Eh, yo he llegado primero, mamón flacucho —gruñó Wells.

Una zarpa carnosa apartó al cocinero. Lexa reconoció al enorme gladiatii liisiano más feo que pegarle a un padre mientras este cogía el cucharón. Llevaba la cabeza afeitada salvo una línea de pelo oscuro en el centro, como la cresta de un gallo. Tenía la cara picada de viruelas y la sonrisa torcida, pero no de atractiva picardía. Más bien en plan «me caí de cabeza cuando era un bebé».

—Buen giro tengáis, gentiles amigos. —Se inclinó hacia ellos—. Bienvenidos al collegium de Titus.

Wells lo saludó con la cabeza.

—Muchas gracias, hermano.

Lexa reparó en que todos los demás gladiatii estaban mirando. Se le erizaron los pelos.

—Ah, no tiene importancia —dijo el pegapadres—. Me llaman Carnicero, el Carnicero de Amai. —El liisiano los miró a todos sonriendo—. ¿Ha sido un viaje largo desde los Jardines? Debéis de tener más hambre que una meretriz fea y harapienta, ¿eh?

—Sí —respondió Wells, asintiendo—. Llevamos sin comer desde ayer.

—Ah, eso lo arreglamos enseguida. No hay mejor bazofia en toda la república que la que sirve nuestra domina. —Se frotó la barbilla, pensativo—. Eso sí, las gachas a veces salen un poco sosas. Pero no temáis, que tengo la especia perfecta.

El enorme liisiano echó mano a su taparrabos con una amplia sonrisa. Y, sin más preámbulos, se sacó la polla y echó una larga y sonora meada en la cacerola de las gachas. Los gladiatii estallaron en carcajadas, dieron golpes en las mesas y gritaron el nombre de Carnicero. El liisiano miró a Lexa a los ojos, se ordeñó las últimas gotitas de la vejiga y se volvió de nuevo hacia Wells. Su sonrisa se había evaporado del todo.

—Como vuelvas a llamarme hermano, me mearé en tu puta comida y te ahogaré en ella. Mis hermanos y hermanas bajo este techo son los gladiatii. —Carnicero se dio un puñetazo en el pecho—. Hasta que sobrevivas al Aventamiento, tú no eres nada.

Carnicero volvió dando zancadas a su asiento, recibiendo varias palmadas en la espalda de camino. Lexa se quedó de pie con el cuenco en la mano y el hedor a orina reciente en las fosas nasales.

—Resulta que no tengo tanta hambre como creía —confesó.

—Sí —dijo Wells—. Opinamos igual, pequeña Cuervo.

El trío encontró una mesa vacía y Lexa y Wells miraron cómo los gladiatii comían hasta hartarse. Al ver sus expresiones afligidas, Mateo puso una cucharada de su comida en el cuenco de Wells y otra en el de Lexa. El enorme itreyano miró incrédulo su cuenco, y Lexa miró a los ojos de Mateo.

—¿Estás seguro?

—Comed, mi dona. —Sonrió—. Vos haríais lo mismo por mí.

Lexa se encogió de hombros y ella y Wells engulleron la comida sin detenerse. El gran mastín llegó al comedor y empezó a husmear por el suelo, en busca de restos. Se acercó a Mateo, mirando su cuenco ya vacío y meneando la cola recortada.

—Lo siento, amigo —suspiró Mateo—. Si me quedara algo, lo compartiría.

Lexa miró de reojo al chico, que estaba acariciando al perrazo, rascándole detrás de las orejas y sonriendo cuando su pata trasera empezó a dar golpes contra el suelo.

—Se llama Colmillo —dijo una voz.

Lexa alzó la mirada y vio a la chica llamada Larva sentada en las vigas, sobre sus cabezas. Lexa recordaba trepar a aquel mismo techo de pequeña, las regañinas de su madre, los aplausos de su padre. Siempre había sido así, el justicus Wood consintiéndole sus impulsos menos femeninos y la dona intentando moldearla como una alhaja a la que casar un giro. Lexa se preguntó cómo habría resultado su vida si las cosas hubieran sido distintas. Dónde estaría si el general Antonio hubiera sido rey por obra de su padre. Seguramente, no tendría una marca en la mejilla ni peste a meado en la nariz.

—Colmillo. —Mateo sonrió, dando palmaditas en los hombros del perro—. Buen nombre.

—Le gustas —dijo la niña.

—En casa tenía perros. Se me dan bien.

Su sonrisa se ensanchó y los ojos oscuros le chispearon. Era demasiado guapo para aquel lugar, con mucho. Pero Larva parecía aprobarlo, y agachó la cabeza para ocultar su rubor mientras se alejaba gateando.

Terminada la tardera, a los gladiatii los llevaron a los sótanos. Lexa, Wells y Mateo los siguieron en último lugar, sin que nadie les dirigiese más palabra que una orden, sin que nadie les prestara más atención que un codazo o una burla. Después de tan solo unas horas siendo la escoria de la escoria, la novedad había perdido todo el encanto para Lexa. Se preguntó dónde estaría Don Majo, si habría llegado ya a Fuerteblanco y encontrado a…

—Parece que nuestro campeón tiene demasiada clase para dormir con nosotros, los plebeyos —murmuró Wells—. Capullo amanerado.

Lexa siguió la mirada del itreyano y vio que a Furiano lo llevaban al interior del fuerte, en vez de bajarlo a los barracones. La chica vaaniana se volvió hacia Wells con el gesto torcido.

—Pagaría por tu lengua, itreyano.

—Las mujeres suelen invitarme a una copa antes. —Wells sonrió enseñando los dientes—. Pero sí, podéis contar con ella si lo deseáis, mi dona. ¿Dónde queréis que la meta?

Lexa puso los ojos en blanco y suspiró. La chica metió la mano en la coquilla de Wells y apretó con fuerza, provocándole un gañido.

—Métetela en el ojete, zopenco —escupió—. Furiano el Invicto es el campeón de este collegium. Duerme separado de nosotros, como es su derecho. Podrás hablar mal de él cuando lo hayas derrotado en el venatus. Hasta entonces, cierra esa boca o tendré que cerrártela yo.

—¡Andando! —ladró el guardia que tenían detrás.

La chica soltó las joyas de la corona de Wells y bajó la escalera pisando fuerte. El gran itreyano se apoyó en Lexa y, dado que ella misma ya le había dado una patada en los colgajos aquel giro, tuvo la caridad de sostenerlo mientras caminaba.

—No cabe duda de que se te dan bien las mujeres, Wells —dijo Mateo y, con un suspiro, sujetó el otro hombro del corpulento itreyano.

—Es… es justo lo que dijo tu madre. —El hombretón hizo una mueca de dolor.

Los gladiatii se congregaron en la antecámara y, con un giro de aquella llave extraña en el mekkenismo de la pared, el rastrillo se abrió para permitirles el paso a los barracones. A Lexa la llevaron hasta una amplia celda con el suelo cubierto de paja fresca, seguida de Wells y Mateo. Cuando cada gladiatii estuvo en su jaula asignada, el guardia de la antecámara accionó una palanca. Todas las puertas se cerraron de golpe, los mekkenismos de las cerraduras se trabaron y, en un momento, todos los guerreros quedaron retenidos tras un entramado de barrotes de hierro de ocho centímetros de grosor. Lexa por fin comprendió que la dona dejara que sus propiedades durmieran allí, en la penumbra y el frescor. Parecía que, pese a todo el amor que profesaba a sus adorados «Halcones», Echo no quería que ninguno de ellos saliera volando del gallinero. Las luces arkímicas estaban bajas y los gladiatii hablaban entre ellos en la oscuridad. Lexa escuchó con atención los murmullos de los guerreros, fijándose en la variedad de acentos y timbres. La mujer dweymeri de los tatuajes tenía una celda particular al otro lado del pasillo, con auténticas paredes de piedra que le proporcionaban algo de intimidad. Lexa oyó que por debajo de la puerta salía una canción entonada en voz baja. Sin previo aviso, las conversaciones cesaron y el silencio descendió como una niebla. Lexa oyó el conocido clin tump, clin tump contra la piedra. Vio la imponente figura del executus cojeando entre las celdas, con su odiado látigo en la mano. Llevaba el cabello entrecano suelto a la altura de los hombros y la barba recién cepillada. Su horrible cicatriz le recorría la cara y proyectaba una larga sombra sobre sus rasgos.

—Llevo demasiado tiempo apartado de estos muros, por lo visto —gruñó—. Si os quedan fuerzas para estar despiertos charlando como doncellas en un telar, está claro que no habéis trabajado lo suficiente.

Al pasar junto a la celda de Lexa, apenas le dedicó una mirada. El executus renqueó de vuelta hacia el rastrillo, con sus ojos azules centelleando en la penumbra.

—Descansad, Halcones —ordenó—. Mañana será un giro largo, eso os lo juro.

El rastrillo se cerró de golpe con un chirrido mekkénico. Lexa negó con la cabeza, murmurando entre dientes. Wells también gruñía, con la voz espesa por su nariz rota.

—Espero tener ocasión de enfrentarme a ese hijo de puta en el círculo mañana. Le quitaré ese palo de la pierna y me follaré su cadáver antes de que se enfríe.

—Para eso necesitarías tener polla, cobarde.

La pulla había llegado del otro lado del pasillo. Lexa alzó la mirada y vio a Carnicero, el Estropeador de Gachas, observándolos desde los barrotes de su jaula. Su cara era toda nariz torcida y piel picada, su cuerpo un batiburrillo de tejido cicatrizal.

Wells miró ceñudo al gladiatii.

—Vuelve a llamarme cobarde y os mataré a ti y a toda tu puta familia.

—Mucho hablas, pequeñín. —Los labios de Carnicero se retorcieron en una fea sonrisa—. Ya verás de qué te sirve cuando entres en el círculo con el executus.

—¡Puf! ¿Crees que no sabré bailar con ese perro tullido?

Carnicero negó con la cabeza.

—Estás hablando de uno de los más grandiosos gladiatii que han pisado las arenas, necio ignorante. Se te comerá y usará tus huesos para limpiarse los dientes.

Wells parpadeó.

—¿Cómo dices?

—¿No has oído hablar del León Rojo de Itreya?

—Por el abismo y la sangre. —Lexa miró hacia la puerta por la que había salido el executus—. ¿Ese es Arkades?

Mateo se frotó los ojos y se incorporó un poco.

—¿Quién es Arkades?

Carnicero dio un bufido.

—Ninguno tenéis ni la menor idea de nada.

—El León Rojo, lo llamaban —dijo Lexa.

—¿El executus era un esclavo como nosotros? —preguntó Mateo.

—No como tú, inútil de mierda. —Carnicero hizo un gesto burlón—. Era un puto gladiatii.

—Campeón del Venatus Magni hace diez años. —Lexa hablaba en voz baja, impresionada—. La Última fue un todos contra todos. Soltaron a todos los gladiatii que participaban en los juegos a la arena para el combate final. Salía un gladiatii cada minuto hasta que terminara la matanza. Debían de ser unos doscientos.

—Doscientos cuarenta y tres —dijo Carnicero.

—¿Y el executus los mató a todos? —susurró Mateo.

—No él solo —respondió Lexa—. Pero fue el que quedó en pie al terminar la carnicería. Dicen que, desde entonces, la arena en el estadio de Tumba de Dioses nunca ha vuelto a ser del mismo color.

—Y por eso lo apodaron el León Rojo —dijo Carnicero—. Ganó su libertad bajo los colores de Leónidas, ¿sabéis? De pie, con una pierna tan rota y malherida que luego tuvieron que amputársela. —Miró con desdén a Wells—. ¿Todavía quieres bailar con él, hombrecillo?

Wells frunció el ceño y se quedó callado.

—¡Os he ordenado que durmáis! —llegó un bramido desde el rastrillo.

Carnicero se sorbió la nariz y rodó sobre la paja. Mateo lo imitó y Wells, tras unos improperios selectos, se acurrucó dándoles la espalda a todos. Lexa se quedó sentada pensando en las tinieblas.

Los orbes arkímicos perdieron brillo, fueron muriendo poco a poco. La oscuridad se apoderó de los barracones, con solo las más finas rendijas de luz de los soles entrando desde la escalera. Lexa la sintió reptar por su cuero cabelludo y se le puso la carne de gallina. El aire de allí abajo era sofocante, cargado de hedor a paja y sudor. Pero, al menos, estaba oscuro.

Casi se sintió como en casa.

Esperó una hora, hasta que todos los pechos del barracón subían y bajaban al ritmo del sueño. Mateo murmuraba. Wells roncaba un poco. Lexa miró a su alrededor en la penumbra, confirmando que todos los demás estuvieran quietos. Cerró los ojos. Contuvo el aliento

y dio un paso

desde las sombras

de su celda

a las sombras

de la

antecámara.

La sala dio vueltas y Lexa tuvo que apoyarse en la pared. Sentía el calor de aquellos dos soles que llameaban en el cielo. Se acuclilló y miró hacia las celdas a través del rastrillo. Tras asegurarse de que nadie hubiera reparado en su ausencia, se coló como un susurro en el fuerte. Sin Don Majo ni Eclipse en su sombra, el corazón le atronaba y las palmas de las manos se le humedecieron de miedo. Se sabía la distribución del edificio como se sabía su propio nombre, pero sin más ojos para ver que los suyos, se sentía absolutamente sola. Podría haber esperado a que el gatosombra regresara de Fuerteblanco con noticias, pero sus preguntas eran acuciantes. Desde el giro en que murió su padre, se había preguntado qué era. Quizá tuviera las respuestas a solo un latido de distancia…

Se movió con presteza, con todas las lecciones del shahiid Ratonero resonando en su cabeza. Escuchando los pasos de los guardias que patrullaban los niveles inferiores. Dentro solo había un par de ellos y fue fácil evitarlos, metiéndose entre las cortinas de seda, agachándose para que no la vieran, de camino hacia la cocina. La encontró vacía, sin rastro del cocinero famélico. Pero en la alacena había comida de sobra y Lexa empezó a echársela entre pecho y espalda y comió hasta hartarse. Si quería sobrevivir al Aventamiento, necesitaría hasta la última gota de fuerza que pudiera reunir. Robó dos tenedores de acero y salió de la cocina sin hacer ruido. Esquivó de nuevo a la patrulla, escuchando la náusea de su tripa y avanzando en pos de esa sensación. Pasó junto a un gran tapiz que representaba el venatus, gladiatii enfrentándose a bestias fantásticas. En el pasillo había conjuntos de armadura gladiatii, yelmos con penacho y petos de acero bruñido que reflejaban la luz de los soles. El miedo empezó a crecer, a revolverle el estómago mientras llegaba a una habitación cuya puerta tenía una rendija con reja y una cerradura de hierro.

Y al otro lado…

Lexa sacó los dos tenedores de su taparrabos y dobló los dientes contra la pared. Sin dejar de escuchar por si venían los guardias, se arrodilló frente a la cerradura y se puso a trabajar. Al poco tiempo se abrió, seguida de la hoja de la puerta, y con una última mirada a su espalda por si llegaba la patrulla, Lexa entró en la habitación. Manos en torno a su cuello, un fuerte giro que la alzó sobre un amplio hombro y la envió al suelo. En sus ojos estallaron estrellas cuando su cráneo dio contra las baldosas, y un codo se le clavó en la garganta. Parpadeó hasta ver unos brillantes ojos marrones, una cara bonita rodeada de fluidos rizos de pelo negro azabache.

Furiano el Invicto.

Se sentó encima de ella, sacándole todo el aire de los pulmones. Desde tan cerca, la náusea constante que sentía en su presencia era abrumadora, menos ya una enfermedad que un hambre terrible. Pero la necesidad de respirar era incluso más urgente. Lexa pinchó con un tenedor la axila del campeón. Con un buen empujón, atravesaría la caja torácica y se clavaría en el corazón. Dio unos golpecitos con él en el hueco, intentando no escupir cuando Furiano apretó aún más el codo contra su laringe. Hizo presión con su acero, mirándolo furiosa sin palabras. Y por fin Furiano aflojó y se apartó lo justo para permitirle respirar. Tenía una voz profunda y melódica. Sus ojos eran del marrón del chocolate oscuro, deliciosos pero con un gustillo amargo. Lexa puso todo su empeño en no fijarse en que el cuerpo apretado contra el suyo estaba desnudo por completo.

—¿Qué estás haciendo aquí, esclava?

Ella le puso la mano libre en el codo y, muy despacio, lo empujó a un lado.

—Tenemos que hablar —respondió—, hermano.