Capítulo 10. Secretos
El trueno rasgó los cielos mientras Clarke y Costia entraban en combate sobre el tejado de la catedral. Ninguna hizo ruido. No hubo gritos de guerra ni maldiciones. No hubo pullas punzantes. Las dos estaban entrenadas en el arte de la muerte por los mejores asesinos de la república y las dos habían aprendido bien sus lecciones. Clarke desenfundó dos estiletes que llevaba en las mangas y recibió la embestida de Costia. Lexa parpadeó para mirar a través de la lluvia, de aquella horrible y ardiente luz, y se fijó en que las armas de Clarke estaban descoloridas por el veneno. Aunque Costia contaba con la ventaja de una hoja más larga, cualquier rasguño que le hiciera Clarke bastaría para acabar con ella. Lexa estiró el brazo hacia su espada larga y trató de levantarse. Pero no logró hacer ninguna de las dos cosas, no con aquella condenada Trinidad en el cuello de Clarke. Cada vez que Clarke se movía, la apagada luz de los soles se reflejaba en el medallón y perforaba los ojos de Lexa. Apretando los dientes, a duras penas lograba contener los gemidos, por lo que levantarse y luchar quedaba descartado. Don Majo había huido y Eclipse tampoco podía acercarse a la Trinidad. Lexa estaba sola. Un espantoso miedo creció en su estómago, un terror a mirar el rostro de aquel dios y su odio.
Todo su poder. Todo su entrenamiento. Todos sus dones.
Y Lexa se sentía completamente desvalida.
Costia cruzó a toda velocidad las tejas resbaladizas, haciendo gala de la rapidez y la astucia animal que la habían convertido en la discípula favorita de Solis. Clarke retrocedió, con un destello de miedo en los ojos al comprender que estaba en desventaja. Pero su voz surgió firme y fría.
—Me alegro de volver a verte, Costia. ¿Cómo te sienta lo de estar en segunda fila?
Las enérgicas notas del acero contra el acero.
La percusión del trueno.
—Dime… —Clarke se agachó y esquivó por poco un revés de Costia—. ¿Cómo te sentó que te juntaran con la chica que te engañó y te impidió llegar a ser hoja?
Costia se quedó callada, negándose a dejarse provocar. Obligó a retroceder a Clarke y se abalanzó sobre ella mientras su adversaria resbalaba en una teja mojada. Clarke logró mantenerse en pie, pero tuvo que soltar una de sus dagas. El arma envenenada rebotó por la pendiente del tejado y acabó atrapada en la boca del canalón.
—¿Cómo te sentó que Lexa matara a Jasper?
Costia vaciló por un instante, pero renovó sus ataques con furiosa intensidad. Clarke sonrió, retrocediendo hacia donde Lexa estaba tendida sin poder hacer nada. Sostuvo su hoja envenenada por delante de ella, aunque el veneno más mortífero era el que manaba de sus labios.
—¿Te lo estabas follando? —preguntó Clarke—. No llegué a descubrirlo. ¿Cómo te sentó hincar la rodilla ante la chica que lo asesinó?
—Cállate —susurró Costia.
—Tuvo una muerte asquerosa, Costia —dijo Clarke—. Vomitando sangre. Con mierda en las calzas. ¿La oliste desde el círculo de la prueba? A mí me llegó el tufillo hasta los bancos.
—¡Cállate!
Costia atacó, con la expresión deformada por la rabia. Clarke rodó a un lado y, con su enemiga desequilibrada, halló tiempo para meter la mano en un bolsillo de su cinturón. Agarró un puñado de algo, lo lanzó por el aire y un deslumbrante fogonazo de poder arkímico estalló en los ojos de Costia. La pelirroja retrocedió trastabillando, escupiendo, cegada. Clarke avanzó para descargar un golpe mortal pero, con el estómago bullendo, Lexa hizo un barrido con su bota y levantó los pies de Clarke del suelo. Costia y Clarke cayeron a la vez, y tanto el florete como la daga envenenada resbalaron por las tejas. Las chicas pasaron a combatir cuerpo a cuerpo, dándose zarpazos en la cara, puñetazos y patadas y maldiciones. Cayeron por la pendiente del tejado y se detuvieron al borde del canalón. Clarke estaba tumbada debajo de Costia, con las manos alrededor del cuello de la pelirroja. Costia le dio un fuerte puñetazo y le partió el labio a Clarke. Aún medio cegada, buscó casi a tientas el collar de Clarke, enrolló la cadena de oro en su puño y tiró de ella. La cadena se partió y la Trinidad cayó diez metros a los adoquines del patio. Sonó el trueno y un relámpago recorrió el cielo mientras el medallón se perdía de vista y el dolor en el cráneo de Lexa y la náusea de su barriga empezaban a remitir.
—Puta traidora —escupió Costia, dando a Clarke un puñetazo en la mandíbula.
—¡Quita… de en… encima!
—Ahora verás lo que es una muerte asquerosa.
Costia rodeó con los dedos el cuello de Clarke y le propinó otro puñetazo con la mano libre. Estaba alzando el brazo para golpearla de nuevo cuando una voz se impuso al fragor de la tormenta.
—Costia, ya… ya basta.
La pelirroja se negó a mirar hacia atrás, sus ojos inyectados en sangre fijos en Clarke. Lexa se había puesto de pie y ni por asomo mantenía bien el equilibrio, pero estaba descendiendo poco a poco por el tejado con su espada larga de hueso de tumba en la mano.
—Que te jodan, Wood —espetó Costia.
—La… la necesitamos viva. —Lexa notó el sabor del vómito en la lengua—. Ha estafado a los braavi. Pero le… le han pagado una fortuna. Es imposible que haya incinerado un mapa tan valioso. Suponiendo que aún lo tenga, no podremos encontrarlo si está muerta.
—No obedezco tus órdenes.
Lexa suspiró.
—Eres mi mano, Costia. Justo eso es lo que haces.
Costia se volvió para lanzar a Lexa una mirada ponzoñosa, con el pelo mojado en los ojos. Su frustración y la ira de las últimas siete nuncanoches en compañía de Lexa por fin se apoderaron de ella.
—Tendría que estar haciendo yo esta ofrenda. Yo debería ser la hoja, no tú.
—Nadie ha dicho que la vida sea justa, pelirroja.
—¿Justa? —Costia soltó una carcajada—. ¿Quién coño te cr…? Gjjjgj…
Costia cayó hacia atrás, con sangre saliéndole a chorro del cuello. Clarke volvió a apuñalar a la chica, con un destello de la hoja envenenada que había caído al canalón. Costia dio una bocanada, se llevó las manos al cuello perforado y un rojo arterial salió entre sus dedos y cayó a su túnica empapada. Clarke la apuñaló otra vez. Y otra. Lexa rugió el nombre de Costia mientras retumbaba el trueno, mientras Clarke asía el cuello de la túnica de la pelirroja y la arrojaba hacia delante. Costia se aferró desesperada a la muñeca de Clarke, intentando detener la caída. Pero la chica se precipitó desde el tejado y, con un crujido enfermizo, cayó a la verja que rodeaba los terrenos de la basílica y se empaló en las puntas de hierro forjado. Los novicios de abajo gritaron horrorizados y corrieron llamando a chillidos a los Luminatii, al cardenal, a quien fuese. Unos arcos de quebrada luz blanquiazul iluminaron los cielos mientras Clarke se ponía de pie, empapada con la sangre de Costia.
—Serás zorra —susurró Lexa.
Clarke se limpió los labios partidos con los nudillos. Se dio un manotazo en el cuello y cayó en la cuenta de que no llevaba la Trinidad.
—Lexa, no comprendes lo que está pasando aquí.
Lexa alzó su hoja.
—La has matado.
Sangre empapando las manos de Clarke.
Furia nadando en los ojos de Lexa.
Relámpago reflejado en el pálido filo de su espada larga, en la mirada vacía de la chica muerta que colgaba de la verja de hierro forjado bajo sus pies.
Las campanas de la basílica empezaron a sonar, esta vez tocando a aviso.
Los novicios estaban congregados en el patio de abajo y gritaban:
«¡Asesinato, asesinato!». Lexa dio un paso adelante, con la hoja en guardia.
Después de que la Trinidad cayera por el borde del edificio, Don Majo y Eclipse habían regresado, llenando el terrible vacío que había sentido con la fuerza del frío acero. Los pies de Clarke estaban atrapados en su propia sombra. No tenía hacia dónde huir. Pero Lexa había dicho la verdad a Costia: si mataba a la chica en ese momento, jamás vería el mapa. Y después de la última regañina que le había echado el Sacerdocio, ni de milagro pensaba regresar con las manos vacías. Pero ¿y si regresaba con la chica que había puesto de rodillas al Sacerdocio?
«Negra Madre, imagínate la cara que pondrá Solis...»
De modo que Lexa hizo rodar su espada y estampó el pomo en la mandíbula de Clarke. La chica cayó de culo, medio inconsciente. Lexa se puso a registrar la ropa, las botas y las mangas de Clarke, y encontró hojas, toxinas y polvos arkímicos que arrojó fuera del tejado. Clarke se incorporó, aturdida, y Lexa apretó la punta de su espada contra la carne que cubría el corazón de la chica. Oyó el tenue sonido de unas botas pesadas entre los truenos.
—… luminatii, Lexa…
—… CACHORROS MEAPILAS. QUE VENGAN…
—… ¿tanta ansia de sangre tienes, querida chucha?
—… ¿TANTA ANSIA DE HUIR TIENES, PEQUEÑO MININO?…
—Te agradezco los ánimos, Eclipse —susurró Lexa—. Pero el objetivo de hoy creo que será vivir para luchar otro giro.
La loba-sombra gruñó una aceptación reticente y Lexa se volvió hacia Clarke.
—Muy bien. Puedes salir de este tejado de dos maneras. ¿Prefieres con los pies o con la cara por delante?
—¿Es… una pregunta con trampa?
Lexa clavó la afilada punta de su hoja en la piel de Clarke. El hueso de tumba era más duro que el acero, lo bastante afilado para hacer sangrar la piedra. Con un leve empujoncito…
—Como intentes escapar, o como respires siquiera de una forma que no me guste, pintaremos los adoquines de un interesante tono de Clarke. ¿Queda claro?
—… Lexa, tenemos que irnos…
La hoja se retorció.
—¿Queda claro?
Clarke hizo una mueca de dolor.
—Como el cristal dweymeri.
Lexa se quitó el cinturón.
—Saca las muñecas.
—No sabía que tuvieras esas inclinaciones. —Clarke sonrió—. Lo único que tenías que…
La hoja se hundió más y Clarke se crispó de dolor. Con una mirada herida, ofreció las muñecas a Lexa, que las ató fuerte con el cinturón. Ya podía oír claramente a los legionarios, y a una muchedumbre de ciudadanos reunidos al otro lado de las puertas de la catedral, mirando horrorizados el cadáver colgante de Costia. Lexa se levantó y tiró de la correa de cuero.
—Andando.
Llevó a Clarke a una bajante que había detrás del campanario. Una gárgola escupía agua de lluvia por la boca al patio, dos pisos más abajo.
—Las traidoras primero —dijo Lexa.
—Me va a costar bajar con las manos atadas, ¿sabes?
—Te las apañarás. Y ni se te ocurra huir cuando llegues al suelo. Los cuchillos arrojadizos corren más que tú, y llevo seis que son de tu talla.
Clarke frunció el ceño, pero, a pesar de su protesta, descendió por la bajante sin muchos problemas. Lexa la siguió, con Don Majo susurrándole advertencias urgentes al oído. Las chicas corrieron por los terrenos de la basílica y dejaron atrás una necrópolis salpicada de tumbas de familias pudientes. Saltaron la verja de hierro mientras toda una tropa de Luminatii rodeaba la catedral gritando: «¡Alto!». Lexa cogió el cinturón que ceñía las muñecas de Clarke y tiró de su prisionera hacia las calles.
Los legionarios llevaban petos de acero y ardientes espadas largas de acero solar, pero aun así saltaron la verja con más rapidez de la que les habría atribuido Lexa. A fin de cuentas, un asesinato en tierra sagrada de Aa no era asunto de risa para los fieles. Lexa miró la multitud que la rodeaba y se detuvo un momento para arrancar el saquito lleno de monedas braavi del cinturón de Clarke.
—Wood, joder, no te atrev…
Lexa lanzó la bolsa en un amplio arco que hizo llover oro brillante sobre la plebe. La reacción fue instantánea, de una violencia inusitada, cuando los que estaban a su alrededor se dieron cuenta de que, por algún motivo, caía del cielo una verdadera fortuna. La gente salió en manada a la calle desde las tabernas y las tiendas cercanas, mendigos, panaderos, carniceros que impidieron el paso a la tropa Luminatii mientras se liaban a puñetazos y a gritos y a patadas por el oro de Clarke. La chica gimoteó mientras Lexa tiraba de ella bajo la lluvia. Cruzaron a la carrera un puente amplio, se internaron en el laberinto de callejuelas que había detrás de los edificios Administratii y allí, por fin, Lexa tiró de Clarke hacia el interior de un pequeño nicho.
—¿Te das cuenta de cuánto…?
—Cállate —siseó Lexa. Alcanzó las sombras que tenían alrededor, las asió con dedos hábiles, las retorció y las tejió para crear un manto que echó sobre sus hombros. Con un golpe de muñeca, envolvió también a Clarke, igual que el giro en que se colaron en los aposentos del orador Bellamy. Los recuerdos de sus giros en la Iglesia Roja hicieron que Lexa pensara en Costia, que ardiera en su mente la visión del cuerpo de la mano colgando de aquellas puntas de hierro forjado.
Costia, Lincoln, todas las hojas asesinadas en la purga Luminatii, la captura del Sacerdocio… todo aquello era culpa de Clarke. La chica que estaba rodeando con sus brazos bien podía haber sido una serpiente, enroscada y lista para atacar.
—Ni un sonido —susurró Lexa, apretando su hoja de hueso de tumba contra la garganta de Clarke.
Todo estaba negro bajo la capa de Lexa, pero oyó a los legionarios gritándose entre ellos mientras registraban los callejones de Tumba de Dioses. Las chicas esperaron, apretadas una contra la otra bajo las sombras de Lexa durante inacabables minutos.
Por fin se alzó un susurro entre el tamborileo de la lluvia.
—… se han ido, Lexa…
Clarke tragó saliva contra la hoja que tenía al cuello.
—Si me matas ahora, te juro por la Madre que nunca verás ese mapa que te han ordenado buscar.
—Pues menos mal que no voy a matarte —dijo Lexa—. Don Majo, comprueba los tejados. Eclipse, tú adelántate a explorar y asegúrate de que el camino a la capilla está despejado.
—… QUE ASÍ SEA. PERO SI ASESINAS A ALGUIEN MIENTRAS NO ESTOY, ME ENFADARÉ MUCHO…
Lexa sintió tiritar las sombras a su alrededor cuando el no-gato y la noloba salieron de la oscuridad a sus pies. Don Majo trepó por la pared, pasando de sombra en sombra, y Eclipse se extendió por los adoquines y salió a la calle. Lexa sintió latir el corazón de Clarke y olió un ligero perfume de lavanda y el sudor fresco en su piel.
—¿Vas a llevarme a la capilla? —preguntó la chica.
—Hay una dosis de desmayo en el filo que tienes al cuello, Clarke. No me apetece mucho dejarte inconsciente y tener que cargar contigo, pero lo haré si es necesario. Y ahora, calla de una vez, joder.
—Llevan ocho meses persiguiéndome. Como me atrapen…
—Puedes contar sin manos las mierdas que me importa, Clarke.
—No quería matar a Lincoln, Lexa.
Clarke hizo una mueca cuando Lexa le apretó su estilete de hueso de tumba bajo la barbilla.
—No te atrevas a pronunciar su nombre.
Clarke levantó las manos y habló despacio y con cautela. Lexa distinguió el miedo en su voz, el leve temblor que le dijo que, por mucha buena cara que pusiera, la chica no quería morir.
—Quería al Sacerdocio, Lexa. Todos los demás fueron un caso de lugar equivocado, momento equivocado.
—¿Incluido tu propio hermano?
—Así que fuiste tú quien mató a Finn.
—No —respondió Lexa—. Pero solo porque Bellamy le puso fin antes de que yo tuviera ocasión. Vosotros dos matasteis a Lincoln. Traicionasteis vuestros votos. Traicionasteis a la iglesia.
—¡Para vengar a mi padre! Precisamente tú deberías entenderlo.
—No tientes a la suerte, Clarke. —Lexa apretó su garganta—. Mi padre está muerto.
—¿Sí? —replicó furiosa Clarke—. Bueno, pues el mío también.
Eso detuvo a Lexa. Preguntas silenciosas pendiendo del aire. La lluvia estaba cesando del todo, pero el cielo seguía de un gris lúgubre. Clarke inhaló una bocanada entrecortada de aire.
—Pudimos esquivar a la iglesia y sus hojas durante ocho meses —musitó—. Pero al final nos atraparon en Villa Corneja. Mi padre era bueno. Una de las mejores hojas que sirvieron jamás a la Negra Madre. Pero a todo el mundo se le termina la suerte en algún momento.
Lexa se limitó a negar con la cabeza, no iba a morder el anzuelo. Clarke Griffin estaba hecha de mentiras. Había mentido a lo largo de todo su entrenamiento en la Iglesia Roja. Había mentido al Sacerdocio, a Lexa, a todas las personas que había conocido. Había atacado al corazón de Costia en el tejado de la basílica y estaba atacando al corazón de Lexa en esos momentos. Todas las palabras que pronunciaba eran puro veneno.
—No voy a repetirte que te calles, Clarke.
Clarke suspiró, perdiendo la compostura.
—No tienes ni puta idea de lo que está pasando, ¿verdad? Te conozco, Lexa. ¿Sabes lo que es la Iglesia Roja de verdad? ¿Crees que algún giro dejarán que mates a Azgeda, si es quien les paga los salarios?
Lexa sintió el apellido del cónsul como un puñetazo en la barriga.
—Mientes más que hablas.
—¿Por qué crees que Azgeda no está muerto ya? Si medio Senado quiere verlo bajo tierra, ¿crees que no pueden permitirse contratar una hoja para liquidarlo? Pero está protegido por la Ley de Santidad. Roan Azgeda es un puto bastardo, pero no un puto idiota. Lleva años siendo cliente de la
iglesia.
—Ellos jamás…
—¡Son asesinos, por supuesto que lo harían! Lo que hace la Iglesia Roja no tiene nada de santo. Asesinan a gente a cambio de dinero. La mitad son unos psicópatas, y la otra mitad solo cabronazos sádicos. No son siervos de ninguna Diosa de la Noche, sino zorras baratas.
La mente de Lexa no paraba. Sabía que no podía confiar en nada de lo que dijera Clarke… pero en sus palabras se distinguía el soniquete de la verdad. La gente que suponía una amenaza para Azgeda o bien acababa muerta como su padre o comprada como los braavi. ¿No tenía sentido que también estuviera pagando a la Iglesia Roja? ¿Por qué si no iban a ordenar a Lexa que no pusiera la mano encima a Azgeda?
—¿Cómo sabes tú todo esto? —preguntó.
—Porque soy una zorra traicionera, Lexa.
—Una hija de puta mentirosa es lo que eres.
—Hay una cámara acorazada de obsidiana dentro de las cámaras del reverendo —dijo Clarke, como escupiendo las palabras—. Y dentro de esa cámara guardan un libro de cuentas con todas las ofrendas que ha realizado la iglesia. Con todos sus clientes. Todas sus mierdas. Cuando envenené al Sacerdocio en el banquete de iniciación, robé ese libro, Lexa. Por eso llevan ocho meses persiguiéndonos a mí y a mi padre. No porque los traicionáramos, sino porque conocemos todos sus trapos sucios. —Clarke giró la cabeza un poco, a pesar de la hoja que tenía contra la garganta. Quería mirar a los ojos a Lexa—. Incluido el que os concierne a tu padre y a ti.
Clarke se quedó callada con el filo de Lexa apretado contra el cuello. Clarke había matado a Costia. Había matado a Lincoln. Lexa sabía que haría cualquier cosa, diría cualquier cosa para impedir que la llevaran a la capilla.
—Eres una embustera —dijo Lexa.
—Ya lo creo que sí. Pero en esto no te miento, Lexa. Si me llevas a la iglesia, van a matarme, y entonces nunca sabrás la verdad de lo que hicieron.
—¿Y se supone que ahora tengo que fiarme de tu palabra?
—Puedes verlo con tus propios ojos.
—¿Tienes ese libro de cuentas?
—Algo me dice que unos nombres en una página no van a convencerte. Pero puedo decirte el lugar exacto al que tienes que ir para encontrar pruebas escritas con algo más que tinta.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese lugar exacto?
Clarke alzó la mirada hacia Lexa, con sus ojos azules relucientes como zafiros rotos.
—Tienes que volver a la Iglesia Roja.
—No tenemos nada que hablar —dijo Furiano con desdén.
Lexa seguía despatarrada bajo el campeón del collegium de Titus, con su antebrazo en el cuello. Los músculos estaban tensos en su brazo y en su pecho. Lexa apretó de nuevo el tenedor contra las costillas de Furiano, en esa ocasión con la fuerza suficiente para abrir la piel.
—No sé qué opinarán otras mujeres que hayas conocido —dijo en voz baja—, pero a mí no me gusta mucho con la espalda contra el suelo. Déjame levantarme.
—Debería saltarte los dientes solo por hablar conmigo. ¿Cómo has entrado aquí?
—Déjame. Levantarme. Cabrón.
Furiano miró su puerta, que ya no estaba cerrada con llave. Lexa no tenía ni idea de qué consecuencias podría tener que los encontraran allí juntos, pero dudaba que fuesen agradables. Oyó a la patrulla de guardia, que se iba acercando poco a poco. Con un reniego, Furiano se levantó de encima de Lexa y cerró la puerta. Se quedó escuchando un momento con la oreja pegada a la madera mientras pasaban los guardias. Lexa miró al campeón de arriba abajo y sintió un cosquilleo muy a su pesar. Nunca había visto a un hombre como él, todo dura piel morena y músculo marcado. Pero también parecía rápido. Ágil y feroz, como un gato grande. No tenía ni un pelo en el cuerpo, y Lexa supuso que se afeitaría para lucir el físico ante las multitudes de adoradores. Tenía la mandíbula marcada, y los ríos y valles de su abdomen guiaron hacia abajo la mirada de Lexa, que se mordió el labio mientras se lo bebía con los ojos. No sabía qué se había apoderado de ella. Aunque a mi señor Kane lo había encontrado atractivo, su reacción a la presencia del Señor de las Hojas no había sido tan… carnal. ¿Quizá era que nunca había estado tan cerca de él? ¿O que era más joven? Fuera cual fuese el motivo, mirando a Furiano descubrió que se le aceleraba la respiración. Notaba un agradable dolor en los muslos. Oleadas y oleadas de mariposas le hacían cosquillas en la tripa. Su habitación estaba poco adornada. Una pequeña ventana con barrotes miraba al océano, y contra la pared había una sencilla cama. En otra esquina Lexa vio un maniquí de entrenamiento y espadas de madera. Bajo la ventana había un pequeño altar dedicado a Tsana, primogénita de Aquel que Todo lo Ve y patrona de los guerreros, y en la pared había unas marcas de carbón con la forma de los tres círculos entrelazados de la Trinidad de Aa. Aunque hacía falta que una Trinidad estuviera bendecida por los creyentes más fieles de Aa para que Lexa enfermara, ver el símbolo sagrado seguía perturbándola. En conjunto, los aposentos de Furiano no se parecían mucho a una villa de nacidos de la médula. Pero comparados con los barracones, eran un auténtico palacio. Y, lo mejor de todo, eran privados. Cuando los guardias salieron del rango auditivo, el campeón se volvió hacia Lexa. Tenía la mandíbula tensa. Su cabello largo y oscuro enmarcaba aquellos deliciosos ojos de chocolate.
—Lo sientes, ¿verdad? —dijo Lexa con un hilo de voz.
Furiano cruzó la estancia a zancadas, cogió una tira de lino gris de la cama y se la enrolló en la cintura para cubrirse.
—¿Siento qué?
Lexa se levantó del suelo y se recogió el pelo detrás de la oreja. Vio movimiento por el rabillo del ojo y miró las sombras que proyectaba en la pared la luz de las velas del sagrario. La de ella. La de él.
—Por los dientes de las Fauces —susurró—. Mira.
Sus sombras estaban moviéndose por iniciativa propia. El pelo se movía como acariciado por una brisa oculta, fluyendo y refluyendo hacia el del otro como las olas de una costa solitaria. La sombra de Lexa hacía ademán de agarrar la de Furiano, aunque en realidad la chica no había movido ni un músculo. El Invicto extendió un brazo y tocó la pared, como para comprobar si su sombra era real. Pero la sombra no se movió con él, sino que se inclinó hacia la de Lexa. El campeón retrocedió con paso inseguro y alzó tres dedos, el símbolo de protección de Aa contra el mal. Cuando lo hizo, las sombras se quedaron quietas, temblorosas solo por la llama de las velas.
—Eres como yo —dijo Lexa.
Furiano parpadeó y arrancó su mirada de las sombras hacia Lexa.
—No me parezco en nada a ti —gruñó—. Yo soy gladiatii.
—Me refiero a que eres tenebro —dijo Lexa—, como yo.
—Te repito que no me parezco en nada a ti, chica.
—¿Dónde está tu pasajero?
—¿Mi qué?
—Tu daimón —dijo Lexa—. Yo tengo a dos viviendo en mi sombra. Por lo general, quiero decir. ¿Qué forma tiene el tuyo? ¿Y dónde está?
—No sé nada de ningún daimón —dijo él con voz agria—, excepto la que tengo delante ahora mismo.
La miró de arriba abajo, con algo parecido a la repulsión en el rostro. Pero Lexa alcanzaba a ver que se le estaba poniendo la piel de gallina, igual que a ella. Respiraba con más fuerza y tenía las pupilas dilatadas, todas las señales que la shahiid Aalea le había enseñado a reconocer en un hombre. O en una mujer.
«Deseo.»
—¿Cómo has escapado de tu celda? —exigió saber el campeón.
Lexa se encogió de hombros.
—Di un paso entre las sombras.
—Brujería —escupió él.
—No es brujería. Es lo que somos. ¿Tú no puedes hacerlo?
—No quiero tener nada que ver con la oscuridad. —Furiano volvió a hacer el símbolo de protección con los dedos.
—Pero ya lo has tenido —dijo ella dando un paso hacia él—. Este mismo giro, en las arenas, cuando he combatido contra el executus. Me has impedido…
—Vete de aquí, chica. Soy el campeón de este collegium y un devoto hijo de Aa. Los gladiatii no nos mezclamos con la escoria, y yo no me mezclo con herejes.
Lexa miró el altar dedicado a Tsana y la Trinidad de Aa en la pared.
«¿Puede ser?»
—¿Eres un fiel? ¿Cómo puedes…?
—Que te vayas —siseó él. No se atrevió a levantar la voz por si le oía la patrulla, pero Lexa vio la ira en sus puños apretados, en los tendones tensos de su cuello—. Si los guardias te encuentran en mi celda, el executus nos arrancará la piel de la espalda a los dos. Y no tengo intención de sangrar por alguien como tú. Y ahora, márchate antes de que te parta el cuello y me arriesgue a suplicar la piedad de la domina.
La sombra de Furiano bulló en la pared, con las manos extendidas hacia el cuello de la de Lexa. Ella dio un paso atrás, pero su sombra se mantuvo inmóvil, con el pelo retorciéndose y enroscándose como un nido de serpientes. El hambre volvió a crecer en su interior, la náusea, mezclada con una nueva ira, apagada pero agitada. Ese hombre no sabía nada de los tenebros. No sabía nada sobre sí mismo. Allí no iba a encontrar respuestas, sino solo más preguntas. Y cuanto más se quedara en aquel dormitorio, más probable era que la descubriesen. Lexa retrocedió despacio, sin darle la espalda, escuchando por si oía a los guardias detrás de la puerta. Al confirmar que no estaban, la abrió sin hacer ruido y comprobó que el pasillo estuviera despejado. Satisfecha, volvió la mirada hacia el campeón del collegium y su sombra inquieta en la pared. Se recordó a sí misma por qué estaba allí. Si quería alzarse victoriosa en el Magni, tendría que derrotar a aquel hombre, fuese tenebro o no. Y cualquier oscura afinidad que pudiera tener con él ocupaba un segundo puesto tras el hecho de que se interponía entre ella y la victoria.
Entre ella y la venganza.
«Que así sea.»
—Bonita habitación —comentó paseando la mirada por la estancia.
—¿Qué pasa con ella? —espetó Furiano.
Lexa se encogió de hombros.
—Yo que tú no me pondría muy cómodo.
La chica salió por la puerta y la cerró.
Su sombra tardó unos pocos latidos del corazón en seguirla.
¡Crac!
—¡Los gladiatii no temen nada salvo la derrota!
¡Crac!
—¡Los gladiatii no anhelan nada salvo la victoria!
¡Crac!
—¡Los gladiatii no viven por nada salvo por la gloria!
Así sonaba la canción de las horas de Lexa, achicharrada bajo los soles abrasadores. La voz del executus era la letra, el restallido de su látigo el ritmo, y los gruñidos, los suspiros y las maldiciones de los hombres y las mujeres que la rodeaban, el estribillo. Había pasado una semana desde su llegada a Nido del Cuervo, pero aquellos siete giros se le habían hecho largos como años. El executus no mostraba la menor piedad, los entrenaba a ella, Mateo y Wells en todas las armas, todos los estilos de combate y todos los trucos y tretas que le habían enseñado a él sus años en los juegos. Combatían en el círculo, en las distintas alturas del patio, en sueños. El látigo era la respuesta a todo fallo. Todo traspiés. Todo descuido.
¡Crac!
¡Crac!
¡Crac!
Los mantenían apartados de los gladiatii, y se bañaban y comían los últimos. Carnicero les había echado a perder al menos otras tres tarderas, dos veces meando y una con un puñado de mierda que había recogido después de que la depositara Colmillo en el patio. Lexa había robado comida todas las nuncanoches en sus sombrías excursiones a la cocina, y en una ocasión hasta se las había ingeniado para pasar a hurtadillas un poco de pan a Wells y Mateo, con la excusa de que lo había encontrado en la mesa del comedor. Pero aun así estaba demacrada. Y ellos estaban incluso en peor forma.
—¡Sois unos hijos de puta inútiles! —rugió el executus al trío—. Dentro de unos pocos giros, saldréis a la arena del venatus vistiendo los colores de este collegium, y si creéis que el público no rugirá pidiendo más cuando vea vuestra primera gota de sangre, es que sois aún más necios de lo que pensaba. ¡Y ahora, atacad con brío!
—¿Executus? —llamó una voz desde arriba.
Lexa levantó la mirada y vio a la dona Echo en el amplio mirador. Iba vestida con ondeante seda blanca y oro en las muñecas, y llevaba el pelo caoba liso cayendo por la espalda.
—¡Atención! —vociferó el executus.
Los gladiatii se quedaron quietos y se dieron un puñetazo en el pecho.
—¿Domina? —dijo el executus.
La mujer dobló un par de veces el dedo índice para indicarle que se acercara.
—Vuestro susurro, mi voluntad —dijo el hombretón inclinándose.
Se volvió hacia Lexa y sus compañeros.
—Wells, trabaja con los maniquíes. —Miró furibundo a Lexa y Mateo—. Vosotros dos, combatid en el círculo. Aún llevas el escudo como un ramillete de flores, chica. Y Mateo blande la espada como un crío de tres años menea el rabo. Si queréis que esas bonitas cabezas sigan en los hombros durante el Aventamiento, más vale que os pongáis a trabajar en serio.
El executus se pasó la mano por la barba y entró cojeando en el fuerte. Wells se puso a entrenar con los maniquíes, y Larva llevó a Lexa y Mateo espadas y escudos de madera. Empezaron a combatir, chocando en el polvo y bailando por el círculo.
—¿Que trabajemos en serio? —dijo Mateo con desdén—. ¿Y qué abismos cree que llevamos haciendo toda la semana?
Lexa no respondió, concentrada en el entrenamiento. A pesar de que era un cabrón de mucho cuidado, desde que sabía que el executus era Arkades se tomaba en serio hasta su última palabra. Si el León Rojo le decía que debía mejorar su brazo del escudo, por la Negra Madre que Lexa iba a mejorar su puto brazo del escudo.
—Pega más fuerte —gruñó—. Apriétame.
—¡Eso hago! —exclamó Mateo, atacándola con su espada.
Lexa bloqueó sus tajos con facilidad, y con una ráfaga de golpes hizo retroceder al chico resbalando por la arena. Aporreó de nuevo el escudo de Lexa, escupiendo el polvo que tenía en la lengua.
—Por el abismo y la sangre, me atacas como si estuviera hecha de cristal. ¿Quieres pegarme?
Mateo paró otro golpe y respondió con un débil contraataque. Las espadas chasquearon contra los escudos y sus pies danzaron al ritmo de la frenética percusión.
—No quiero hacerte daño, Cuervo —dijo Mateo.
—¿Por qué no? ¿Por si luego te lo hago yo a ti?
—Porque… eres chica —dijo él.
Lexa abrió los ojos como platos al oírlo. Apretando los dientes, pasó junto al ataque de Mateo, con las sandalias removiendo la arena. Rodó sobre sí misma y le atizó un fuerte espadazo en los omóplatos que lo dejó tambaleándose. Cuando el chico se volvió hacia ella, le dio con el escudo en la cara e hizo saltar sangre mientras Mateo caía al suelo. Lexa se alzó sobre él, con la espada contra su cuello.
—Domina tus putas joyas de la corona —dijo—. Puede que tu madre te criara para tratarnos a todas como florecillas delicadas, o puede que solo sea que piensas con la polla. Pero en la arena no hay chicas. No hay madres ni hijas, no hay hijos ni padres. Solo hay enemigos. Como dediques un momento a preocuparte de lo que tiene tu rival entre las piernas, te separarán la cabeza del cuerpo. ¿Y de qué te servirá entonces tu estúpida polla?
El chico se limpió la sangre de la cara y tragó con fuerza.
—Mis disculpas —murmuró—. No…
—¡Gladiatii, atención!
Lexa apartó la mirada del rostro ensangrentado de Mateo y la dirigió hacia la terraza. Vio al executus Arkades y a la dona Echo a su lado. La mujer sonreía como los soles y habló con una voz alta y clara.
—¡Mis Halcones! ¡Mañana partimos hacia Puentenegro y los grandes juegos celebrados en honor del gobernador Salvatore Valente! Son los segundos juegos oficiales en la temporada de venatus, y todas las miradas estarán puestas en él. Ahora el collegium de Titus está muy bien considerado, gracias a la victoria de nuestro campeón en Talia el mes pasado.
Señaló a Furiano con un gesto del brazo. Los gladiatii vociferaron su nombre y dieron golpes en sus escudos con las espadas.
—¡Pero el triunfo de Furiano no nos ha asegurado un puesto en el Magni! —siguió diciendo Echo—. La multitud siempre ansía ver más sangre, y los editorii buscan solo a los mejores para su grandioso espectáculo. Debemos obtener la victoria. ¡Y obtendremos la victoria!
—¡Victoria! —gritaron todos.
—Los siguientes gladiatii se han ganado el derecho de asistir al venatus de Puentenegro y luchar para los Halcones de Titus. ¡Un paso adelante, Carnicero de Amai!
El Estropeador de Gachas se adelantó, con su sonrisa de haber caído de cabeza siendo un bebé, e hizo los nudillos a los hombres que había tras él.
—¡Cantahojas, la Segadora de Dweym!
La mujer con todo el cuerpo tatuado dio un paso adelante y se inclinó.
—¡Nuestros equillai, Byern y Bryn, emocionarán de nuevo a la multitud!
Los rubios vaanianos hicieron una profunda inclinación. Al fijarse más en ellos estando juntos, Lexa decidió que eran gemelos; se parecían demasiado para que fuesen simples hermanos.
—¡Nuestra leyenda de la arena, el Halcón más poderoso de este collegium, el campeón de Talia, Furiano el Invicto!
El campeón avanzó a zancadas, entre los vítores de sus compañeros, con una hoja en cada mano. Tenía la mirada fija en la terraza mientras se inclinaba, y su melena negra cayó a ambos lados de sus marcados pómulos y su mandíbula cuadrada. Lexa miró su sombra y no vio nada fuera de lo habitual. Pero la de ella titiló un poco, como un agua calmada cuando se deja caer en ella una piedra.
—Y por último —dijo Echo—, nuestros tres nuevos reclutas se jugarán la vida en el Aventamiento, y se ganarán un lugar entre vosotros o perecerán en el intento. Recemos para que Aa les conceda su favor y Tsana dirija sus manos hacia la victoria. —Echo miró a su rebaño y separó los brazos—. Sanguii e Gloria!
—Sanguii e Gloria! —respondieron los gladiatii desde abajo.
Lexa los oyó gritar con los puños alzados, reclamando sangre y gloria. En realidad, a ella no le interesaba nada lo segundo. Derramar sangre era su intención, su sueño, el único premio que le valía. El cardenal Jaha y Azgeda al alcance de su mano en el podio del vencedor. Pero para estar ante ellos, antes tenía que obtener las suficientes victorias para asegurarse un puesto en el Venatus Magni. Y de algún modo, en medio de aquel baño de sangre, de aquella carnicería, tenía que ganar. Los gladiatii que había a su alrededor miraron al cielo e invocaron a Aa y a su primogénita para que les trajeran la victoria. Pero Lexa no sentía ningún aprecio por Aquel que Todo lo Ve ni por su hija guerrera. Aa no se había comportado más que como su enemigo, y Tsana jamás la había ayudado. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?
En consecuencia, Lexa volvió sus ojos hacia la arena. Hacia la sombra, negra y acumulada en torno a sus pies. Y se preguntó si la Diosa de la Noche respondería, después de todo lo que había hecho. De todo lo que había deshecho.
—Negra Madre —susurró—, concédeme fuerza.
