Capítulo 11. Trueno

Lexa salió del estanque de Bellamy con un respingo.

Sangre en los ojos y la lengua, un latido en las sienes. De pie, desnuda en el estanque, miró al orador en su sitio habitual del vértice. Piel blanquecina y pelo aún más blanquecino, con los labios curvados en una leve sonrisa. Bellamy abrió los ojos y Lexa vio que tenía las escleróticas cubiertas de rojo.

Has retornado, hoja Lexa. ¿Tu presa muerta, tu ofrenda completada?

Todavía no.

Bellamy ladeó la cabeza y ensanchó la sonrisa.

¿Me añorabas, entonces?

Lexa le dio la espalda y vadeó hasta salir del estanque, notando cómo los ojos del orador recorrían sus curvas. Goteando rojo en la piedra, se dirigió a los baños para lavarse la sangre y se hundió bajo el agua con un suspiro.

—… esto no me gusta nada, Lexa…

Don Majo estaba sentado en una esquina del baño, mirando con sus noojos.

Ni a mí, pero ¿qué alternativa tengo?

—… Clarke es una mentirosa, y nosotros unos majaderos por confiar en ella…

No confiamos en ella. Eclipse está vigilándola.

—… tampoco confío en eclipse…

Lexa se secó, se envolvió de cuero negro y terciopelo y visualizó a Clarke tal como la había dejado: encadenada a una cama con dosel en una posada barata de Tumba de Dioses, con una loba hecha de sombras alzándose encima de ella y enseñándole sus colmillos traslúcidos. En realidad, Eclipse no podía tocar a la chica, por supuesto. Pero Lexa no había sentido la necesidad de comentarle ese detalle concreto a Clarke.

—… te está llevando por donde quiere, Lexa…

¿Y crees que no sospecho justo eso? No soy gilipollas, Don Majo. Pero ¿y si está diciendo la verdad?

—… en ese caso, nos encontraremos en aguas interesantes…

Tengo que saberlo.

El gato-sombra suspiró.

—… lo sé. y estoy contigo, Lexa. no temas…

Lexa se colocó su hoja de hueso de tumba en el cinto, la otra en la manga.

No si estás a mi lado.

Salió de los baños y se internó en la penumbra de la Iglesia Roja. Los himnos del coro fantasmagórico llenaron el aire mientras ella remontaba escaleras en curva y descendía por pasillos de piedra negra, tallados con diseños de inacabables espirales. Raven le había dicho una vez que las tallas de las paredes eran una canción que trataba de encontrar el camino en la oscuridad. Mientras pensaba en todo lo que le había dicho Clarke, Lexa se descubrió deseando conocer la letra de esa canción. Si la chica había dicho la verdad, Lexa estaría perdida sin remedio.

«No puede ser verdad.»

Siguió su camino a través de la hambrienta oscuridad.

«No puede ser.»

Subiendo una escalera de caracol y descendiendo por una espiral retorcida hasta que llegó. Al Salón de las Elegías. Miró la altísima estatua de Niah, con su espada y su balanza en las manos. Quizá fuese un efecto óptico, pero la diosa parecía más adusta que de costumbre. Los pasos de Lexa resonaron en el silencioso salón mientras caminaba por su periferia, pasando las yemas de los dedos por la tumba vacía marcada con el nombre de Lincoln. Pensó en su amigo. En los consejos que le había dado. En el consuelo que había hallado en sus brazos. Lincoln había sido una roca en un mundo que se volvía más inestable con cada nuncanoche que pasaba…

Lo echas de menos —dijo una voz.

Lexa dio media vuelta y vio a la shahiid Aalea de pie en la arcada, con sus ojos oscuros reluciendo. Iba vestida de puro rojo sangre, el mismo color que llevaba en los labios. Sus rizos negros le caían sobre la piel de los hombros, blanca como el alabastro. Una mujer como ella podría haber parecido fría como el invierno profundo, a la luz equivocada. Pero la sonrisa de Aalea era cálida como una copa de vino dorado.

Shahiid —saludó Lexa con una profunda inclinación.

Has vuelto. —Sus ojos oscuros pasaron un instante por la cara de Lexa—. Y no victoriosa, por lo que veo.

Necesitaba pasar una nuncanoche en mi propia cama —dijo Lexa—. Pero la Dona está muerta. Y el mapa ya se encuentra casi a mi alcance.

Preferirías que lo estuviera el chico, diría yo.

Aalea señaló con la barbilla el sepulcro vacío de Lincoln. Lexa lo miró también, sin decir nada. La shahiid pasó los dedos por el nombre tallado en la piedra.

¿Lo echas de menos? —preguntó.

Lexa no vio motivo para negarlo.

No como si me faltara una parte de mi ser. —Se encogió de hombros—. Pero sí, lo echo de menos.

Aalea hizo un mohín, como si dudara entre hablar o callar.

Una vez amé a alguien —dijo al fin—. Pensé que este lugar, esta vida que había escogido, no podrían manchar algo de cuya absoluta pureza estaba convencida. —La shahiid se acarició los labios con las yemas de los dedos—. Amaba a ese hombre como la Noche amaba al Día. Le prometí que estaríamos juntos para siempre.

¿Qué pasó? —preguntó Lexa.

Que murió. —Aalea suspiró—. La muerte es la única promesa que cumplimos todos. Esta vida que llevamos… en ella hay espacio para el amor, Lexa. Pero es un amor como las hojas del otoño. Hermoso un giro. Una hoguera al siguiente. Solo cenizas como recordatorio.

Lexa se quedó callada por la imagen que había conjurado Aalea. Llevó su mirada a las tumbas. No quería levantar sospechas, pero lo que menos le apetecía en el mundo era quedarse allí hablando de amor y pérdida con una asesina en serie. Y mucho menos si lo que le había dicho Clarke tenía algún viso de ser verdad.

¿Creías que llegaría un giro en el que te encontrarías calentándote feliz junto a un hogar? —preguntó Aalea—. ¿Con tu amado junto a ti y nietos en las rodillas?

Ya no estoy segura de lo que había creído.

No es tal el destino de una hoja. —Aalea cogió la mano de Lexa y la apretó contra sus labios—. Pero existe una belleza en saber que todo termina, Lexa. Las llamas más brillantes son las que más deprisa se consumen. Pero en ellas hay un calor que puede durar toda la vida. Incluso en las de un amor que solo dura una nuncanoche. Para la gente como nosotros, no existen promesas de un «para siempre».

Lexa alzó la mirada hacia la estatua. Hacia aquellos ojos que la seguían dondequiera que fuese.

Mi padre decía siempre que el arte de contar una buena historia está en saber cuándo parar. Si continúas hablando el tiempo suficiente, acabas descubriendo que no existen los finales felices.

Aalea sonrió.

Un hombre sabio.

Lexa negó con la cabeza. Recordando cómo murió. Y por qué murió.

No tan tan sabio.

Las palabras de Clarke resonaron en sus oídos. Se le tensó la mandíbula. Aalea volvió a mirar la tumba vacía de Lincoln.

Habría sido una buena hoja —dijo suspirando—. Y era una hermosura. Pero está muerto. No permitas que tus penas te aparten de tu camino, Lexa.

Lexa miró a Aalea directamente a los ojos. Su voz salió de hierro.

Sé cuál es mi camino, shahiid. A veces, la pena es lo único que me mantiene en él.

Aalea sonrió, dulce como el chocolate oscuro.

Perdóname. A una vieja maestra le cuesta quitarse las costumbres, supongo. Eres una hoja, por ahora. Y una mujer. Y una belleza, por cierto. —Aalea se inclinó hacia ella, con los ojos trabados en los de Lexa y los labios a solo un suspiro de los suyos—. Siempre te he tenido cariño. Debes saber que, si alguna vez buscas consejo, lo tendrás. Y si alguna vez deseas prender una hoguera para calentarte una nuncanoche, estoy aquí.

El pulso de Lexa se aceleró y notó un cosquilleo en la piel. De tan cerca, podía oler la rosa y la miel del perfume de la shahiid. Mirando aquellos ojos oscuros y adornados con kohl, Lexa se preguntó de nuevo si habría alguna arkimia haciendo efecto en el aroma de Aalea, o si…

«Los ojos en el objetivo, Wood.»

Lexa soltó con suavidad su mano de la de Aalea. Se lamió unos labios repentinamente secos.

Os lo agradezco, shahiid —musitó—. Pensaré en ello.

Estoy segura de que lo harás, amor —dijo Aalea ensanchando la sonrisa—. Pero de momento te dejaré con tus recuerdos. Que no te encuentre el reverendo padre sin tu misión cumplida, a no ser que en realidad disfrutes oyéndolo dar voces.

La Shahiid de Máscaras inclinó la cabeza y salió de la estancia dejando su perfume flotando en el aire. Lexa la vio marcharse, y el tirón que tenía aquella mujer estuvo a punto de hacer que perdiera el equilibrio. Pero saber lo que había ido a hacer allí lo atemperaba todo, aplastaba las mariposas de su estómago. Sintió que su sombra se removía, que la oscuridad se inflaba a sus pies.

—… esa es peligrosa…

Podría decirse lo mismo de todas las mujeres que conozco.

—… ¿por dónde empezamos?…

Tú empieza aquí y ve hacia dentro. Yo empezaré a los pies de la Madre. Ten el oído abierto por si llega compañía. No queremos ninguna.

—… no esperarás de verdad que esta búsqueda dé fruto…

Ya no sé qué esperar. Vamos a ello.

Lexa se agachó al pie de la estatua de Niah y, a la luz de aquel puto cristal tintado, empezó a buscar en los nombres tallados en la piedra. Uno por uno. Los había a millares. Una espiral que se extendía desde los pies de la diosa. Los nombres de reyes, senadores, legados, nobles. Sacerdotes y dulcechicas, mendigos y bastardos. Los nombres de todas las vidas tomadas al servicio de la Negra Madre. Con el coro y Don Majo como única compañía, Lexa trabajó en silencio. Dudando de qué haría si todo lo que le había dicho Clarke era cierto. Se vio obligada unas cuantas veces a ocultarse bajo su capa de sombras, cuando una mano o un grupo de discípulos nuevos entraban al salón. Pero, en general, pudo trabajar sin interrupciones, arrodillada en la oscuridad con los nombres de los muertos emborronados y mezclándose en su cabeza. Recordaba el giro en el que murió su padre. De pie bajo el nudo corredizo y ante la vociferante muchedumbre. El cardenal Jaha en el tablado, con su barba de seto y sus anchos hombros. Roan Azgeda de pie en lo alto, con su pelo negro como el carbón, sus ojos penetrantes y oscuros y su túnica de cónsul tintada de púrpura y sangre. Allí presente para contemplar cómo se ejecutaba a los líderes de la rebelión por sus crímenes contra la gran República Itreyana. El justicus Nyko Wood y el general Gayo Antonio habían reunido un ejército y habían marchado contra su propia capital. Pero en la víspera de la invasión, la república se había salvado y los dirigentes rebeldes habían caído en sus manos. Lexa era demasiado joven para preguntar. Y luego, demasiado ciega para elucubrar. Pero ¿cómo podía ser? ¿Cómo habían acabado los líderes de la rebelión en las garras del Senado, cuando se encontraban a salvo en el interior de un campamento armado? Antonio no era tonto. El padre de Lexa, tampoco. Habría hecho falta el propio Dios para superar sus defensas y llevárselos.

Dios. O quizá alguien al servicio de una diosa.

—… Lexa…

La chica alzó la mirada, alertada por el tono de Don Majo, y sus pupilas se dilataron en la oscuridad.

—… oh, Lexa…

Se apresuró a reunirse con el gato-sombra. Buscó entre los nombres tallados en el granito. A su padre y a Antonio los habían ahorcado frente a la plebe de Tumba de Dioses. Por tanto, incluso si la Iglesia Roja había tenido algo que ver con su captura, no los habían matado ellos. Pero si había caído algún otro en el proceso, entonces quizá…

El estómago de Lexa se convirtió en hielo grasiento.

Por el abismo y la sangre —susurró.

Tallado en la piedra, tal y como le había prometido Clarke. Un único nombre entre millares. El nombre de un esclavo que había comprado su libertad y, aun así, había seguido al lado de su padre después. La mano derecha de Nyko Wood. Su mayordomo. Un hombre que tenía que haber estado con su justicus cuando este se disponía a marchar sobre su propia capital. Un hombre que tenía que haber estado con el padre de Lexa hasta el final.

«Andriano Varnese.»

—… entonces, es cierto…

Frío hielo en su tripa mientras sus yemas recorrían el nombre de la piedra.

Cenizas y polvo en su boca.

La Iglesia Roja había tenido un papel en la captura de su padre. En el fracaso de la rebelión. ¿Por qué si no estaría el nombre del mayordomo de su padre tallado allí, en la piedra? ¿Cómo si no podrían haber capturado a un general y su justicus rodeados de diez mil hombres?

Durante todo aquel tiempo, Lexa había estado entrenando en una madriguera de asesinos para vengarse de los hombres que habían ejecutado a su padre. Sin imaginar ni por un instante que los asesinos junto a los que entrenaba habían colaborado en esa misma ejecución.

Y todo, a instancias del hombre a quien más deseaba asesinar de todos.

Clarke había dicho la verdad.

Todo. Absolutamente todo.

Deshecho en un momento.

Oh, diosa —susurró Lexa.

Miró la estatua que se alzaba sobre ella. La espada y la balanza de sus manos. Las joyas que centelleaban en su túnica como estrellas en la quietud de la nuncanoche. Aquellos ojos negros e inclementes.

Oh, Negra Madre, ¿qué voy a hacer ahora?

La multitud era el trueno.

Reverberaba por la piedra que Lexa tenía alrededor y resonaba en las paredes húmedas de sudor. El polvo caía de las vigas de madera del techo por el retumbar de miles de pies, el temblor de sus aplausos, el ensordecedor repiqueteo de su adulación, reptando por la piel de Lexa y vibrando en la boca de su estómago.

Lexa no había oído nada igual en toda su vida.

Estaba en una celda, debajo del estadio, mirando entre los barrotes la arena del otro lado. Mateo estaba junto a ella, con los ojos oscuros muy abiertos, maravillados. Wells paseaba de un lado a otro de la pequeña celda que compartían, como un animal enjaulado esperando que le soltaran la correa. O que quizá anhelaba correr. Lexa miró la palabra «COBARDE» que llevaba marcada en el pecho. Se preguntó qué habría hecho para ganársela.

—¿Has presenciado alguna vez un venatus, pequeña Cuervo? —preguntó el itreyano.

—Mi padre no me dejaba. Decía que los juegos eran una diversión de bárbaros.

Wells miró a la muchedumbre que había fuera y asintió.

—Era un hombre sabio.

—No tan tan sabio.

El camino en carro desde Nido del Cuervo hasta Puentenegro les había llevado casi una semana. Como era habitual, a Lexa, Mateo y Wells los habían tenido apartados de los verdaderos gladiatii, ninguno de los cuales se había dignado a dirigirles la palabra. Los habían alimentado bien, eso sí, y, quizá embargado por cierta piedad ante lo que iba a suceder, Carnicero se había abstenido de mear en más cenas. Al cabo de seis giros, habían llegado a la sombra de los montes Espinadraco y descendieron hasta el interior de la extensa metrópolis de Puentenegro. Y ahora esperaban bajo el gran estadio. Las primeras exhibiciones ya estaban en marcha, asesinatos públicos auspiciados por los Administratii de la ciudad. Lexa observó mientras la arena se bautizaba de sangre a medida que los delincuentes condenados, los herejes y los esclavos fugados eran ejecutados e gladiatii, abriendo el apetito de la multitud para la carnicería que estaba a punto de llegar. El estadio de Puentenegro era enorme, elíptico, de ciento veinte metros de longitud. Tenía capacidad para al menos veinte mil personas, y unas lonas movidas por mekkenismos en lo alto las protegían de la luz de los soles. Las butacas y las gradas estaban abarrotadas de gente que había viajado kilómetros y kilómetros para ver la sangre y la gloria del venatus. Lexa distinguió a vendedores que ofrecían carnes curadas y vino. Esposas sentadas con sus maridos, niños a hombros de sus padres para ver mejor.

«Nada une tanto a una familia como una buena tarde de matanza.»

Al ser esclavos comunes, Lexa y los otros reclutas lucharían en primer lugar. El Aventamiento era siempre un espectáculo sangriento, y los editorii intentaban dar un buen espectáculo a la turba. Pero la multitud prefería los lances entre sus héroes a la matanza en masa de desgraciados sin nombre, por impresionantes que pudieran ser sus asesinatos. Los combates entre verdaderos gladiatii se librarían después, cuando concluyera el Aventamiento. Mirando casi sin pestañear la arena empapada de sangre, Lexa se sorprendió temblando. La olvidada sensación del miedo estaba creciendo en sus entrañas, volviéndole agua las piernas. La ausencia de Don Majo y Eclipse era un

insistente vacío. Un dolor casi físico. Se aferró a los barrotes para detener sus manos temblorosas y se maldijo a sí misma por cobarde.

«Has luchado para estar aquí. Todo esto forma parte de tu plan. Y aquí estás, temblando como una puta cría.»

Visualizó a Jaha y Azgeda presidiendo la ejecución de su padre en el foro. La multitud enloquecida, aullando por la sangre de su padre. Al mirar hacia fuera, vio esos mismos rostros, ese mismo espantoso deleite. Eran la misma clase de personas que habían vitoreado la muerte de su padre.

«Pero no vitorearéis la mía, hijos de puta. No voy a morir aquí. —Cerró los dedos en puños—. Me queda demasiada matanza por hacer.»

—Reclutas —llamó una voz.

Lexa se volvió y vio al executus en la puerta de la celda. En vez de con sus habituales armadura de cuero y látigo, iba vestido con calzas y un buen jubón, adornado con el halcón rojo de la familia Titus y el león dorado de la familia Leónidas. Llevaba el pelo entrecano trenzado y la barba cepillada; de no ser por la cicatriz que le partía en dos la cara y por la pierna de hierro, se lo podría haber confundido por un don acaudalado que había salido a divertirse en la tardera.

—Ha llegado la hora —dijo con voz severa—. Os espera la muerte o la gloria. De vosotros depende decidir cuál impartís y cuál recibís.

Mateo habló con voz temblorosa.

—¿Qué forma tendrá el Aventamiento?

—Los editorii lo anunciarán cuando estéis en vuestros puestos. Pero sea cual sea el desafío, la forma de superarlo es siempre la misma. —Alzó un poco los hombros—. No os dejéis matar.

Mateo parecía a punto de devolver la mañanera en sus sandalias. Wells había vuelto a pasearse mientras se pasaba la mano por el cuero cabelludo rapado casi al cero. Lexa cambió el peso de un pie al otro, con el estómago revuelto. El executus los miró y, por primera vez, a Lexa le pareció captar un mínimo atisbo de suavidad en sus ojos.

—Todos los gladiatii han pasado por lo que vais a pasar vosotros —dijo—, yo entre ellos. No importa a qué os vayáis a enfrentar sobre esas arenas; el miedo es el único enemigo que hay en vuestro camino. Dominad vuestros miedos y podréis dominar el mundo. —Se puso una mano en el pecho. Asintió una vez—. Sanguii e Gloria. Os veré después del Aventamiento como gladiatii bautizados en sangre o bien junto al Hogar cuando vaya a mi sueño eterno. Que Aa os proteja y que Tsana guíe vuestra mano.

Entraron unos guardias del estadio con armaduras negras que escoltaron a Lexa y los demás por un largo pasillo. Lexa oyó las trompetas que señalaban el final de las ejecuciones. Un rugido atronó sobre sus cabezas en respuesta. A través de las paredes y bajo sus pies, Lexa oyó los crujidos y los quejidos de metal raspando contra metal, el chirrido de poderosos engranajes.

—Pero ¿qué es eso? —susurró Mateo.

—Mekkenismos bajo el suelo del estadio —respondió Lexa—. Los editorii controlan todo lo que ocurre en la arena desde sus tripas.

—Sabes muchísimo sobre el venatus para no haber ido nunca a uno —murmuró Wells.

Lexa intentó componer una sonrisa misteriosa a modo de respuesta, pero las mariposas de su barriga le impidieron conseguirla del todo. Los llevaron a un redil más grande, cerrado por un enorme rastrillo de hierro. Al otro lado, Lexa vio la abrasadora luz de los soles y la arena que los esperaba manchada de carmesí. Vio a la multitud que se mecía y se alzaba como si fuese agua. En el redil había unos cuarenta esclavos más, alineados en filas ordenadas. Entregaron a cada uno un pesado yelmo de hierro con altos penachos de crin escarlata, un gladius corto de acero y un escudo rectangular con el emblema de una corona roja. Nada de armadura. Nada que protegiera el resto de la piel de Lexa salvo las tiras de tejido que le rodeaban las caderas y el pecho. Lexa observó a los esclavos y vio gente de todos los colores y tamaños, hombres sobre todo, pero también un puñado de mujeres. En sus ojos vio fervor, vio furia, vio fatalismo.

Pero sobre todo vio miedo.

—Cuando se abran las puertas —gritó un guardia con plumas de centurión—, ¡ocupad vuestros puestos en la arena y en el escenario de la historia! ¡Sanguii e Gloria!

—Por las Cuatro Hijas, no estoy preparado para esto —cuchicheó Mateo.

—Mantente firme —dijo Lexa, y le apretó la mano—. No te apartes de mi lado.

—¿Tienes algún plan, Cuervo? —musitó Wells.

Volvieron a sonar las trompetas y la multitud rugió en respuesta.

—Sí. —Lexa tragó saliva con fuerza—. No dejéis que os maten.

Sonó una voz por toda la arena, tan alta como los gritos del gentío.

—¡Ciudadanos de Itreya! ¡Honorables Administratii! ¡Senadores y nacidos de la médula! ¡Bienvenidos al cuadragésimo segundo venatus de Puentenegro!

El techo se sacudió sobre la cabeza de Lexa, y cayó polvo mientras la gente de las gradas bramaba en respuesta.

—¡En honor del gobernador Salvatore Valente, os presentamos un épico desafío entre los heroicos gladiatii de los mejores collegia de la república! ¡Pero antes, aquellos que aspiran a la gloria en la arena deberán demostrar su valía a ojos de Aquel que Todo lo Ve! ¡No esperemos más! ¡Ha llegado la hora! ¡El Aventamiento está aquí!

Lexa se puso el yelmo en la cabeza y comprobó su gladius, echando de menos a Don Majo como si tuviera un agujero en el pecho.

«Domina tus miedos y podrás dominar el mundo.»

—¡Contemplad! —exclamó la voz—. ¡Os presentamos el Asedio de Puentenegro!

Llegó un aplauso casi ensordecedor. Pero bajo el fervor de la multitud, Lexa oyó que el rechinar subterráneo subía de tono. Hubo una conmoción en las primeras filas y hombres y mujeres se empujaron entre ellos contra el rastrillo para poder ver. Ante los ojos interrogativos de Lexa, la arena se abrió y un pequeño fuerte hecho de piedra empezó a ascender desde los mekkenismos de las entrañas del estadio.

—Por las Cuatro Hijas —susurró Mateo—. ¿Eso es… un castillo?

Se abrieron por doquier otras partes del suelo y se alzaron plataformas ocultas mientras los enormes engranajes del mekkenismo que había en las profundidades rodaban y se revolvían. Lexa vio torres de asedio hechas de madera, un ariete cubierto por un toldo de gruesa piel, una pesada balista y dos catapultas acompañadas de toneles de ardiente brea. En los muros del fuerte de piedra se desplegaron unos estandartes de color escarlata con el emblema del antiguo Reino de Vaan. Lexa miró la corona roja pintada en su escudo y los penachos escarlata de los yelmos que tenía alrededor.

—Ay, mierda —susurró.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo.

—Van a representar el Asedio de Puentenegro —explicó ella—. La batalla entre Itreya y Vaan que supuso el inicio del imperio del rey Francisco. —Lexa dio un golpecito a la corona roja del escudo de Mateo y al penacho escarlata de su yelmo—. Y nosotros somos los vaanianos.

El chico ladeó la cabeza. Lexa suspiró para sus adentros.

—Los vaanianos perdieron, Mateo.

—Ay, mierda.

Los engranajes del mekkenismo se detuvieron poco a poco, con todas las piezas de la batalla a librar asentadas ya en la arena. La voz del editorii resonó por todo el estadio.

—¡Contemplad las tropas del rey Brandr VI, los defensores asediados de Vaan!

El rastrillo tembló y se abrió hacia arriba. Los guardias empujaron a Lexa y a sus compañeros, azuzándolos con lanzas hasta que salieron parpadeando a la luz de los soles. El público los recibió con abucheos, compuesto en su mayor parte por itreyanos que rugieron censurando a sus antiguos enemigos. Los guardias hicieron avanzar a los competidores por la arena, hacia las puertas abiertas del pequeño fuerte. Los metieron dentro y las cerraron tras ellos. El fuerte tendría unos veinte metros de altura y quince de largo. Había torres más altas en las cuatro esquinas y almenas en lo alto de las murallas. Desde dentro, Lexa vio que la estructura no era de piedra, sino una gruesa fachada de yeso por encima de un pesado marco de madera. El grupo se dispersó, confuso, la mayoría sin saber muy bien qué sucedería a continuación.

—¡Desplegaos en los muros, joder!

—¡Subid ahí arriba, cabrones!

Sonaron trompetas por todo el estadio mientras Lexa, Mateo y Wells ascendían por una escalerilla de madera y ocupaban una torre. Lexa vio dos arcos cortos de fresno y dos carcajes llenos de flechas.

—¿Alguno sabe tirar? —preguntó a sus compañeros.

—Yo sé —respondió Mateo.

Lexa cogió un arco, se puso un carcaj al hombro y entregó el otro a Mateo. Le apretó la mano mientras lo cogía y lo miró a los ojos.

—No tengas miedo —dijo—. Aquí no es donde vamos a morir.

El chico asintió. A su alrededor, había todo un mar de gente de pie en las gradas. Los muros del estadio tenían casi cinco metros de altura, y en el borde estaban los palcos para los nacidos de la médula y los políticos. En uno de ellos, Lexa vio a la dona Echo sentada con otros sanguilas. Llevaba un vestido dorado y el pelo de color caoba trenzado en torno al ceño como unos laureles de vencedora. Pero a pesar de su belleza, a pesar del renombre de su apellido, su propiedad había terminado interpretando el papel de los conquistados.

«No eres ni la mitad de política que es tu padre, mi domina.»

En un gran palco a occidente, Lexa vio a un hombre que supuso que sería el gobernador de la ciudad, rodeado de oficiales, Administratii y hermosas mujeres con preciosos vestidos. El editorii de los juegos estaba de pie al borde de ese palco, vestido con una túnica de color rojo sangre adornada en la cintura y las mangas con decenas de pequeñas dagas doradas. Tenía un mono capuchino subido al hombro. Hablaba por un cuerno largo y enroscado, y su voz la amplificaban otros cuernos repartidos por el borde de la arena.

—¡Ciudadanos! —gritó—. ¡Contemplad las nobles legiones de Itreya!

Se abrió de par en par un rastrillo al otro lado del estadio, y los guardias acompañaron a la arena a otro grupo de competidores. Llevaban las mismas armas y escudos que Lexa y sus compañeros, pero los penachos de sus yelmos eran dorados y el emblema de sus escudos eran los tres ojos de Aa. La multitud los vitoreó al verlos, y dieron unas patadas que sacudieron el suelo. Casi todo el grupo se apostó junto a las torres de asedio de madera, aunque otros fueron a la balista y las catapultas, que estaban al borde de la arena.

—¡La competición terminará cuando solo quede un color! —exclamó el editorii—. ¡Para los vencedores, el derecho a alzarse como gladiatii en las arenas del venatus! ¡Para los derrotados, el eterno sueño de la muerte! ¡Que el Aventamiento… comience!

Bramidos de la multitud. Movimiento en las tropas doradas, docenas de ellos se apoyaron en la base de las torres de asedio y las hicieron avanzar empujando. Lexa miró las tropas rojas que defendían los muros, buscando un líder y no hallando ninguno. Devolvió la mirada a las torres que se aproximaban y gritó para hacerse oír por encima del público.

—¿Alguno de vosotros, caballeros, ha servido en la legión?

—Sí —dijo un hombre desde la torre de enfrente.

—¿Tienes alguna experiencia en asedios, por casualidad?

—Era un puto cocinero, chavala.

Lexa miró el ejército que se acercaba. Luego miró la espadita que tenía en la mano.

—Pues mierda —dijo, y suspiró.

—¡Arqueros, abrid fuego sobre esas torres que llegan! ¡Necesito a seis de vosotros preparados en la puerta para ese ariete, y a los demás en las murallas para repeler sus tropas! Dos hombres por posición, con los escudos juntos y dándoos la espalda uno al otro, ¿está claro?

Lexa enarcó una ceja y buscó con la mirada quién había gritado. Era Wells. Pero no era el mismo Wells bocazas y libidinoso al que había dado una patada en los huevos y un puñetazo en la cara. El hombre que tenía delante era feroz como un draco blanco, tenía una voz poderosa e irradiaba un aura de autoridad que no admitía discrepancias.

—¿Ah, sí? —vociferó alguien—. ¿Y tú quién coño eres?

—Eso —murmuró Lexa—. ¿Tú quién coño eres?

—¡Soy el cabrón que va a salvar vuestras miserables vidas! —bramó Wells—. A no ser que algún lamentable follaovejas de entre vosotros tenga un plan mejor. ¡Así que a las espadas, y enviad a esos hijos de puta al abismo, que es donde deben estar!

Lexa se lo quedó mirando un momento más, con la ceja alzada. Pero al ver que Wells no estaba de humor para discusiones, y contándose entre los patéticos follaovejas sin un plan mejor, apuntó con su arco a las torres que se acercaban. Mateo cargó una flecha a su lado y habló por un lado de la boca mientras sonreía a Wells.

—Vaya, eso sí que no me lo esper…

La saeta de la balista lo golpeó como un yunque. La sangre salpicó la cara de Lexa mientras Mateo salía despedido de la torre con un silbido, para acabar cayendo de cabeza a la arena. El chico dio contra el suelo con un crujido inhumano, sesenta centímetros de acero y madera clavados en el pecho y el cuello torcido justo al revés de como debería estar.

—Por el abismo y la sangre —dijo Lexa entre dientes.

Una explosión devastadora hizo temblar el castillo cuando una catapulta arrojó un tonel de brea ardiente. El proyectil se hizo añicos contra la muralla y llovió fuego líquido sobre los hombres y las mujeres del interior. La multitud rugió aprobadora mientras la segunda catapulta disparaba, y el tonel dio contra el muro y prendió en llamas la puerta de madera. Cayeron de las almenas hombres cubiertos de aceite encendido, que chillaron mientras intentaban apagar las llamas en la arena. Lexa y Wells se agacharon y se miraron con los ojos muy abiertos.

—Por las Cuatro putas Hijas —susurró el hombretón.

—¿Sugerencias, general? —preguntó Lexa.

—¡Arqueros, atacad esas torres!

Lexa y unos pocos compañeros se levantaron y liberaron una andanada hacia las torres de asedio que se aproximaban. Cayeron varios hombres dorados y el público aulló cuando una segunda andanada derribó a un puñado más. De las llamas que se alzaban salió una humareda negra que raspó los ojos y la garganta de Lexa mientras volvía a disparar.

—¡Ariete! —gritó—. Viene rápido.

—¡Reforzad la puerta! —rugió Wells.

Media docena de dorados salieron a la carrera entre las torres sosteniendo el ariete. Lexa disparó de nuevo, pero el grupo estaba protegido por una cubierta de piel gruesa. Los muros se sacudieron cuando el ariete embistió la puerta frontal, y más cuando otro tonel de aceite llameante alcanzó una torre trasera del fuerte, para regocijo de la muchedumbre. La explosión fue brillante y potente, e inmoló a otros tres rojos de los muros. Cayeron chillando, y una cuarta mujer se precipitó entre ellos con una jabalina de balista atravesada en el pecho.

—¡Esas armas de asedio nos están destrozando! —gritó Lexa.

—¡Pues tenemos poco que lanzarles, aparte de palabrotas! —bramó Wells—. ¡Los vaanianos cayeron en el sitio de Puentenegro, pequeña Cuervo! ¡Estos dados están cargados!

La puerta se estremeció de nuevo cuando impactó el ariete. Lexa salió de su cobertura, disparó entre el humo y clavó una fecha en el pie de uno de los hombres que lo manejaban. Era lo único que se veía de ellos bajo aquella condenada piel, pero la flecha tuvo el efecto deseado y el hombre cayó al suelo aullando. Lexa esquivó una saeta de balista mientras disparaba de nuevo, y su flecha atravesó el cuello del hombre. Explotó otro tonel y la multitud aulló, ebria de furia. El castillo estaba en llamas y su puerta a punto de desprenderse de sus goznes. La primera torre de asedio topó contra las almenas y escupió media docena de hombres entre los defensores, con gritos sanguinarios. Wells se lanzó a la carga por el almenaje y, con un grito inarticulado, clavó su espada en la barriga de un hombre. Lexa se alzó sin hacer ruido, invocó la sombra de un dorado y lo fijó en su sitio, apartó la espada de otro enemigo y lo hizo caer de la muralla con su escudo antes de enterrar su hoja en el pecho del primero. La sangre la salpicó, caliente y cobriza en sus labios. Había estado pensando en cómo usar sus dones sin que se diera cuenta el público, pero entre toda la confusión, el humo y las llamas, nadie podría ver nada de su sombranismo. La puerta se sacudió de nuevo y la madera empezó a partirse. Una buena embestida más y la habrían derribado. Otro rojo salió despedido de las almenas con una saeta de balista en el abdomen, otro tonel estalló en el suelo delante del fuerte y salpicó el muro de aceite ardiendo. Estaba muy bien quedarse allí defendiendo la muralla —Lexa derribó a otro dorado, abriéndole la tripa y derramando sus intestinos por el adarve mientras el hombre se desplomaba chillando—, pero al final esas catapultas terminarían incendiando todo el fuerte.

«Domina tus miedos y podrás dominar el mundo.»

Recordó sus lecciones en el Salón de las Máscaras con la shahiid Aalea. La asesina de su interior asumió el control. Podía liarse a espadazos con el mejor de todos ellos, eso lo sabía sin duda, pero la auténtica ventaja que tenía sobre la gente que luchaba y moría a su alrededor era su entrenamiento en la Iglesia Roja. Su ingenio. Su astucia.

«No pienses como una gladiatii. Piensa como una hoja.»

Miró las caras que la rodeaban. La cara del hombre al que acababa de matar, aún protegida por su yelmo. Y después de arrancar ese yelmo de la cabeza del dorado muerto, le metió la mano en las tripas desgarradas y sacó un enorme y humeante puñado de intestinos. Se quitó su propio yelmo, se puso el del penacho dorado y gritó a Wells:

—¡Que no me disparen cuando vuelva!

Lexa se embadurnó de sangre el cuello y el pecho, se apretó el puñado de intestinos cortados contra la tripa y, después de respirar hondo, se dejó caer de la muralla. Cayó a la arena fuera del fuerte con un gruñido, se tambaleó y se derrumbó de costado. A su alrededor solo había humo negro, madera partiéndose y gente gritando cuando la puerta cayó. Resonó otro estruendo por toda la arena cuando explotó otro tonel contra el muro, y Lexa se acurrucó para protegerse de los llameantes glóbulos de brea. Se puso de pie, sosteniendo el puñado de intestinos arrancados contra su propio estómago. Y con la espada colgando de la otra mano, fue trastabillando en dirección a la primera catapulta. El público apenas le prestó atención: por la pinta de su herida, era una chica muerta que aún caminaba. El grupo que manejaba la catapulta tampoco le hizo ningún caso. El yelmo dorado la señalaba como una de los suyos, pero todos ellos estaban esforzándose por salvar su propia piel. Y así, nadie corrió para ayudarla ni detenerla mientras daba tumbos por la arena, su parte delantera empapada de sangre y vísceras que goteaban a sus pies. Tropezó para darle más realismo y empezó a levantarse con la respiración entrecortada. Estaba cerca ya, a poco más de un metro de la catapulta y los tres hombres que la manejaban. Lexa terminó de levantarse con un gemido y se acercó cojeando. Y entonces se reanimó de repente, arrojó el puñado de intestinos a la cara del primer dorado y le clavó el gladius en el pecho. El hombre cayó hacia atrás con un grito. Antes de que los otros dos pudieran comprender lo que había ocurrido, Lexa ya había destripado a uno, extendiendo sus entrañas por la arena y haciéndolo caer con un chillido desgarrador. El último trató de usar su espada, pero Lexa la apartó de tajo y revés, a derecha e izquierda. Y con un destello de su hoja, lo entregó a las Fauces.

—Escúchame, Madre —susurró mientras recogía del suelo la espada de un muerto.

»Escúchame ahora —dijo corriendo hacia la segunda catapulta.

»Esta carne, tu festín.

Un miembro del grupo dorado la vio saliendo del humo…

—Esta sangre, tu vino.

… y abrió la boca, tal vez para gritar una advertencia…

—Tenlo cerca.

… pero el acero de Lexa le cortó la garganta hasta el hueso y se quedó alojado en su columna vertebral. Lexa lo arrancó, rebanó las piernas de otro hombre y arrojó su segunda hoja al pecho del tercero. La espada atravesó carne y costillas, levantó al hombre del suelo con un manantial rojo y la segunda catapulta quedó en silencio.

El público empezó a darse cuenta de que fallaba algo. Los dorados habían irrumpido en el fuerte, y en la puerta y sobre el muro habían estallado sangrientas refriegas. Pero algunos de ellos estaban señalando a la chica bajita y pálida, empapada de rojo, entre las máquinas que habían callado. Lexa se arrodilló junto a los cuerpos de sus víctimas, se quitó el yelmo y mojó el penacho dorado en un charco de sangre, tiñéndolo de rojo. Volvió a ponérselo con brusquedad en la cabeza y echó a correr con una espada en cada mano hacia la balista. Los dorados que la manejaban la vieron llegar, giraron el arma y le dispararon una jabalina. Pero el humo del fuerte en llamas cubría la arena y, a fin de cuentas, Lexa era solo una cosita pequeña, rápida y afilada como un cuchillo. Se lanzó a un lado, rodó y se puso de pie mientras alguien del grupo de la balista cargaba hacia ella. Era todo un gigante, un dweymeri de largas trenzas de sal, medio metro más alto que ella. Lexa enfrentó sus hojas a las de él y se llevó un fuerte golpe en el yelmo, pero, al ser mucho más baja, pudo colar su espada por debajo del alcance de su escudo. Le cortó el tendón de la corva hasta el hueso y lo agarró por las rastas mientras el hombre hincaba una rodilla. Le dio la vuelta mientras la balista abría fuego de nuevo contra ella, escudándose tras su enemigo. La saeta atravesó el escudo del hombre y se clavó en su pecho. La muchedumbre rugió al ver que Lexa trepaba al hombro del dweymeri caído y saltaba hacia las dos mujeres que manejaban la máquina, retorciendo las sombras a los pies de la primera mientras abría de un tajo el pecho de la segunda. La mujer cayó con un chillido, pero su ataque consiguió hacer un profundo corte en el brazo de Lexa que hizo saltar la sangre. La chica trastabilló, ensordecida por la multitud y por su propio pulso y por el trueno mientras lanzaba su segunda espada a la cabeza de la otra mujer. Con las botas adheridas al suelo, la mujer solo pudo caer hacia atrás para esquivar la hoja, y quedó tendida mirando hacia arriba en la arena. Soltó un reniego y se le ensancharon los ojos de miedo mientras tiraba de sus botas, aún pegadas a la arena. Lexa se alzó sobre ella, con un brazo colgando laxo, calada de sangre de la cabeza a los pies, con su segunda arma alzada.

—No —dijo la mujer con un hilo de voz—. Tengo una hija pequeña, es…

«No hay madres. »

«Ni hijas.»

«Solo hay enemigos.»

Su espada silenció la súplica de la mujer. La multitud vociferaba a su alrededor. Con un gesto de dolor por su brazo herido, cargó otra saeta en la balista y tensó la cuerda con el cranequín para disparar de nuevo. Pero las almenas estaban despejadas a su espalda, y los únicos combates parecían estar librándose dentro del fuerte. Lexa recogió una espada con un suspiro de cansancio. Su brazo derecho sangraba con profusión por el profundo tajo en el bíceps, y empezaba a marearse. Se ajustó el yelmo en la cabeza, se cubrió el brazo herido con un escudo y regresó por la arena ardiente y ensangrentada para enfrentarse a quienquiera que quedase vivo allí dentro. El público cantaba y daba patadas al suelo al ritmo de sus pasos; aunque la chica vistiera los colores del enemigo, la novedad de la recreación había dejado paso a una forma más pura de sed de sangre, y aquella chavala escuchimizada acababa de asesinar a una docena de personas en unos pocos minutos. Se detuvo a seis metros de la puerta, envuelta en humo y en el hedor de las entrañas desgarradas y la sangre quemada. Vio cuatro siluetas en la neblina marchando en su dirección. Respiró hondo y, pensando en todo lo que iba a perder si fracasaba, alzó la espada. Y escrutando entre el humo, distinguió el color de sus penachos.

Eran rojos como la sangre.

Lexa dejó caer el escudo y soltó una carcajada cuando distinguió a Wells, maltrecho y sangrando, entre los hombres. Por detrás de ellos, Lexa vio que el embudo de la puerta había provocado una matanza, y había dorados y rojos tendidos en el suelo a decenas. Vio a Mateo entre ellos, sus bonitos ojos abiertos del todo y sin ver nada en absoluto. Intentó contener la tristeza, sabiendo que no le serviría de nada. Aquel se había convertido en su mundo. Vida y muerte, con solo un espadazo para separarlas. Y con cada tajo que descargaba, se acercaba un paso a la venganza.

No había espacio para nada más que enemigos.

—¡Ciudadanos! —gritó el editorii—. ¡El gobernador Valente os presenta a nuestros vencedores!

El público vociferó en respuesta y una fanfarria de las trompetas quebró el aire. Manchada de sangre de la cabeza a los pies, Lexa renqueó hacia delante y tendió la mano a Wells. El hombretón sonrió de oreja a oreja, le cogió el antebrazo y tiró de ella para darle un abrazo aplastante.

—Ven aquí, zorrita grandiosa —dijo riendo.

—¡Suéltame, puta mole! —replicó ella con una gran sonrisa.

Wells hizo los nudillos al aire y rugió al gentío.

—¡Chupaos esa, hijos de puta! ¡Ningún hombre puede matarme! ¿Me habéis oído? ¡NINGÚN HOMBRE PUEDE MATARME!

Lexa miró hacia los palcos de los nacidos de la médula y vio a la dona Echo de pie, aplaudiendo. A su lado estaba el executus, cruzado de brazos, malcarado como siempre. Pero, en un gesto casi imperceptible, el hombre inclinó la cabeza. Era lo más próximo a un elogio que había hecho jamás. Lexa dio una vuelta completa sobre sí misma, bebiéndose el océano de rostros, los vítores ebrios de sangre, los pies atronadores. Y por un fugaz instante dejó de ser Lexa Wood, la huérfana, la asesina tenebra, la encarnación de la venganza. Extendió los brazos a los lados, goteando rojo en la arena, y escuchó a la multitud reaccionar con rugidos. Y durante ese instante olvidó lo que había sido.

Y supo solo en qué se convertiría.

En gladiatii.