Capítulo 12. Epifanía

¿Lo sabías?

El obispo de Tumba de Dioses saltó casi un metro en su silla. La taza de té llena de vino dorado escapó de entre sus dedos y se derramó en los pergaminos que había en su mesa. Con el corazón acelerado en el pecho, Gustus se volvió y encontró a su antigua discípula detrás de él, envuelta en las sombras de sus estanterías.

Por el abismo y la s…

Casi se le paró el corazón al ver el estilete de hueso de tumba en la mano de quien había sido su protegida. También había una chica rubia en la penumbra, detrás de Lexa, vestida de cuero negro. A Gustus le sonaba de algo pero, joder, no acababa de situarla…

Un grave gruñido le hizo girar la cabeza, y vio a una loba hecha de sombras cobrando forma cerca de la puerta abierta de su despacho. Como si la moviera un viento suave, la puerta se cerró con un leve chirrido.

Que. Si. Lo. Sabías —repitió Lexa.

Los ojos de Gustus regresaron a su exalumna.

Sé muchas cosas, cuervecilla —respondió con calma—. Tendrás que ser más…

La chica se movió tan deprisa que costó verla, y cruzó el espacio que los separaba en un parpadeo. Gustus siseó mientras Lexa le aferraba el cuello y le apretaba el filo de la daga contra la yugular.

Aparta ese puto pinchacerdos de mi garganta —exigió el anciano.

¡Respóndeme!

Gustus dio unos golpecitos con su propia hoja, que había empuñado al soltar el vino dorado, contra la arteria femoral de Lexa.

Un buen apretón y te habrás desangrado en cuestión de momentos —dijo.

Pues ya somos dos.

Ese puñal te lo di yo —dijo Gustus, tragando contra la hoja de hueso de tumba.

No, me lo dio Don Majo.

Gustus miró al no-gato que estaba materializándose en el hombro de Lexa.

—… tú solo se lo devolviste, viejo…

Aun así, nunca creí que lo encontraría apretado contra mi garganta, cuervecilla.

Y yo nunca creí que me darías un buen motivo —repuso la chica.

¿Y cuál es ese motivo?

Ellos mataron a mi padre, Gustus —dijo ella con la voz temblorosa—. O como si lo hubieran hecho. ¡Lo entregaron a Azgeda y dejaron que lo ahorcaran!

¿De quiénes hablas? —El anciano frunció el ceño y miró por encima del hombro de Lexa, hacia la rubia.

¡Del Sacerdocio! —espetó Lexa—. De Abby, de Kane, de todos los demás. A mi padre y a Antonio los capturaron en un campamento rodeados de diez mil hombres. ¿Quién podría hacer algo así, aparte de una Hoja de Niah?

Eso no tiene ningún put…

¿Lo sabías?

El anciano miró a su discípula y no captó en ella miedo alguno por la hoja que Gustus tenía en la mano. Sus ojos no revelaban ningún miedo a morir. Solo rabia.

Te entrené seis años para las pruebas de la iglesia —dijo en voz baja—. En nombre de la Negra Madre, ¿por qué iba a hacerlo, si hubiera sabido que la Iglesia Roja ayudó a Azgeda a asesinar a tu padre?

Bueno, ¿y por qué iba a entrenarme a mí la iglesia, si ella ayudó a que lo mataran, Gustus?

Por eso decía que esto no tiene ningún sentido, Lexa. Piénsalo.

A Lexa le tembló la mano en torno al estilete y miró a los ojos a Gustus. El obispo vio en ella a la hoja, a la asesina que habían forjado a partir de la chica que él les había enviado. Sabía que iba a convertirse en eso cuando la entregó a la iglesia. Sabía la marca que iban a dejar en ella. No regalas alguien a las Fauces sin regalarles también parte de ti mismo. Pero por debajo de eso, aún la veía a ella. A la cría que había rescatado de las calles de Tumba de Dioses. A la chica que había acogido bajo su techo, a la que había enseñado todo lo que sabía. A la chica que, incluso después de que fracasara, Gustus seguía considerando de su familia.

Yo nunca te haría daño, cuervecilla. Eso lo sabes. Lo juro por mi vida.

Ella lo miró un momento más. La asesina en que se había convertido batallando contra la chica que había sido. Y despacio, muy despacio, Lexa retiró su cuchillo. Gustus apartó su hoja de la pierna de Lexa, volvió a guardarla en el interior del apoyabrazos y se reclinó en la silla.

¿Quieres explicarme de qué trata todo esto? —pidió.

La chica rubia sacó un libro de debajo de su capa y lo dejó en la mesa, delante de él. Era negro. Encuadernado en cuero. Sin adornos.

¿Qué coño es esto? —preguntó.

El libro de cuentas de la Iglesia Roja —respondió la rubita.

Gustus abrió los ojos como platos. De pronto tenía sentido. De pronto…

Ahora te reconozco —dijo en voz baja—. Nos conocimos en la iglesia, cuando fui a recoger a Lexa. Eres la hija de Jake. Eres Clarke la puta Griffin.

Bueno, en realidad mi segundo nombre es Frija, pero…

¡Llevamos persiguiéndote ocho putos meses! —Gustus se volvió hacia Lexa y levantó la voz aún más—. ¿Es que has perdido del todo la cabeza? ¡Por culpa de esta traidora y de su padre, casi todas nuestras hojas están bajo el puto suelo!

Clarke se encogió de hombros.

Quien vive con la espada…

¡Fue un milagro que no me pillaran a mí!

Y una mierda —replicó la chica—. Cuando los Luminatii purgaron Tumba de Dioses, no derribaron la puerta de esa tiendecita tuya, Gustusiosidades, ¿verdad?

¿Y eso por qué, si puede saberse? —gruñó el anciano.

Clarke miró un momento hacia Lexa y luego de vuelta al obispo de rostro enrojecido.

Porque no quería hacerle daño a ella.

El silencio se apoderó de la estancia y Lexa miró hacia todas partes menos a los ojos de Clarke. Tras una ausencia de sonido larga e incómoda, Lexa cogió el libro de cuentas y pasó páginas hasta encontrar un nombre en la lista de los muchos clientes y sus pagos. Un nombre escrito con gruesa y fluida caligrafía, en puro negro que contrastaba sobre el pergamino amarillento.

«Roan Azgeda.»

Lo sabías, ¿verdad? —preguntó Lexa—. El Sacerdocio por fuerza tiene que decir a los obispos a quién se puede y no se puede tocar, aunque sea solo para impedir violaciones de la Santidad.

Pues claro que lo sabía —restalló el anciano—. Me lo dijeron en el mismo instante en que me hicieron obispo. ¿Por qué abismos crees que no he enviado a ninguna hoja a rajar el cuello de ese hijo de puta? ¿Qué se cree, presentándose a un cuarto período como cónsul? Es un puto rey en todo menos en nombre. Y eso llevo diciéndolo desde el principio, ¿te acuerdas?

Lexa dio unos golpecitos sobre la entrada del libro con el dedo.

Diez mil sacerdotes de plata —dijo—, enviados a la Iglesia Roja por el propio Azgeda, con fecha de tres giros después de la ejecución de mi padre. Pagados por el hombre que más tenía que ganar con el fracaso de la rebelión. Y el nombre de la mano derecha de mi padre está tallado a los pies de Niah en el Salón de las Elegías. Explícame eso, Gustus.

El anciano se acarició la barbilla, con la frente arrugada. Miró los nombres y las cifras, casi emborronados a la tenue luz. No podía ser…

Por supuesto que sabía que Azgeda estaba pagando en secreto a la iglesia. A decir verdad, tenía sentido que la gente que podía permitírselo estuviese llenando las arcas de Niah. Era una de las ventajas de la Santidad, claro: quien entregara el suficiente dinero a la Iglesia Roja para ser considerado cliente suyo, gozaría de la protección de la Promesa Roja. El rey de Vaan llevaba años haciéndolo. En realidad, era una genialidad. Los fieles de Niah podían obtener beneficios sin mover un dedo. Aunque claro, Azgeda no tenía contratada a la iglesia sin más. La había utilizado para librarse de una docena de espinas en el costado. Pero Gustus nunca había sospechado que la Iglesia Roja estuviera implicada en el final de los Coronadores. Todo lo que había oído al respecto jamás le había sugerido que a Wood y Antonio los había traicionado alguno de sus propios hombres. ¿Podía ser que…?

La Iglesia Roja capturó a mi padre —dijo Lexa con la voz cargada de dolor—. Se lo entregó al Senado. Es como si lo hubieran asesinado ellos mismos.

Don Majo ladeó la cabeza y ronroneó con suavidad.

—… lo que no entiendo es por qué Azgeda y Titus atacaron el monte, si Jaha ya tenía la iglesia metida en el bolsillo…

—… como si eso fuese lo único que no entiendes…

—… calla, niña, que están hablando los mayores…

Titus atacó el Monte Apacible sin el permiso de Azgeda —dijo Clarke.

Los cojones. —Gustus se volvió hacia la chica vaaniana con el ceño fruncido—. Titus ni siquiera meaba sin pedir permiso antes a Azgeda. El Senado, los Luminatii y la Iglesia de Aa son los tres pilares de la puta república, chavalita.

A mí no me llames chavalita, capullo acartonado —replicó Clarke—. Mi padre era el que estaba aliado con Titus, ¿recuerdas? El justicus odiaba a Azgeda a muerte. Sí, obedecía sus órdenes, pero Titus era devoto de Aa, igual que Jaha. Que Azgeda usara a la iglesia para hacerle el trabajo sucio lo volvía un hereje a ojos de Titus. Y anular la iglesia habría impedido a Azgeda seguir utilizando su manada de asesinos a sueldo.

Gustus se rascó el mentón.

Creía que Titus y Jaha…

Jaha también es cliente de la iglesia.

Ya lo sé —saltó Gustus—. No soy ningún cazurro recién salido de su pocilga, soy obispo de Nuestra Señora del puto Bendito Asesinato.

Solo que nuestro ilustre sumo cardenal nunca ordena a la iglesia ningún puto bendito asesinato. —Clarke pasó páginas del libro de cuentas y les mostró pagos desorbitados de Jaha que databan de seis años antes—. Se limita a pagar una cuota anual salida de las arcas de Aa. Así queda protegido por la Santidad, ¿entendéis? Haciendo eso, sabe que Azgeda no puede ordenar que le abran la garganta mientras duerme. El cardenal y el cónsul se odian, y los dos harían casi cualquier cosa para ver muerto al otro.

—… ESTOY PENSANDO QUE DEJAR TODO ESO REGISTRADO EN UN LIBRO ES DE UNA NECEDAD ABSOLUTA…

Lo guardaban en una cámara sellada —dijo Clarke a la loba-sombra—. En el interior de una madriguera de los asesinos más temibles de la república. Y la única llave colgaba del cuello de uno de los mejores asesinos que haya conocido jamás el mundo. Teniendo en cuenta lo que tuve que hacer yo para llevármelo, quizá no sea tanta necedad como crees.

—… hablando de eso, pequeña traidora, ¿te importaría decirme por qué no te hemos matado aún?…

¿Por mi encantadora personalidad? —Clarke lanzó una mirada al nogato en el hombro de Lexa—. O quizá porque soy la única que tiene una ligera idea de qué coño está pasando aquí.

¿Y qué está pas…? —El anciano parpadeó y miró por todo el despacho—. Un momento, ¿dónde abismos está Costia?

Lexa y Clarke cruzaron una mirada larga e incómoda. Clarke tenía el labio partido e hinchado por su pelea en la basílica, y un ojo morado.

—… ha habido ciertas… desavenencias…

Vaya, cojonudo. —Gustus fulminó a Clarke con la mirada—. ¿Y la responsable eres tú?

Si te sirve de algo, Costia me ha apuñalado primero. —Clarke levantó los hombros—. Es solo que yo la he apuñalado la última. Y… repetidas veces.

¿Y qué estás haciendo aquí? —preguntó con brusquedad el obispo—. A Lexa la enviaron hace siete giros a matar a una braavi y robar un mapa. Y resulta que vuelve con la traidora más buscada en la historia de la iglesia. ¿Cómo encajas tú en todo esto?

Clarke se encogió de hombros.

Tengo el mapa.

—… tenías el mapa. ha explotado, ¿recuerdas?...

La chica puso una sonrisita.

No creerás que soy tan idiota como para dejar que arda algo tan valioso, ¿verdad, Don Sabelotodo?

Pues más vale que empieces a hablar —gruñó Gustus.

Eso —dijo Lexa asintiendo—. ¿De dónde lo sacaste? ¿Adónde lleva? ¿Y para quién trabajas? La braavi ha dicho que estabas vendiendo el mapa al cardenal Jaha.

Me contrató él para conseguirlo —dijo Clarke, apoyándose en la pared y cruzándose de brazos—. Después de que se jodiera el ataque a la iglesia, mi padre y yo nos pasamos los siguientes ocho meses esquivando a las hojas que enviaban a matarnos. Para cuando murió mi padre, nos habíamos gastado casi todo el dinero. Jaha y Titus conspiraban juntos para hundir la Iglesia Roja, así que sabía cómo ponerme en contacto con el cardenal. Resultó que estaba buscando a alguien con mis… habilidades.

¿Cuáles? ¿Respondonería y listillismo? —espetó Gustus.

Los labios de Clarke se curvaron en aquella sonrisa exasperante.

Cerraduras. Trampas. Trabajo oscuro. Jaha había descubierto otra forma de inclinar la balanza y acabar con la Iglesia Roja de una vez por todas. Sin ellos de por medio, podría derrocar a Azgeda, poner a un cónsul manejable y quedarse él con las arcas.

Lexa entornó los ojos.

¿Qué «otra forma»?

Clarke hizo un gesto de indiferencia.

Ni me lo dijo ni se lo pregunté. Mi trabajo consistía en viajar con un hatajo de mercenarios y un obispo de la clerecía de Aa hasta las ruinas de un templo en la costa norte de la antigua Ashkah. Allí encontramos el mapa. Y… otras cosas.

¿Qué «otras cosas»? —preguntó Gustus.

Clarke tenía el rostro pétreo, pero Lexa captó un resquicio de miedo en sus ojos.

De las peligrosas.

¿Qué les pasó a tus camaradas?

La chica se encogió de hombros.

No sobrevivieron.

¿Así que volviste tú sola a la Tumba y vendiste el mapa a Jaha? —preguntó Lexa.

Clarke asintió.

Los Ricachones le hacen de intermediarios. Jaha tiene moneda más que suficiente para mantener a mucha gente en el bolsillo. No sabía si intentaría darme un navajazo por la espalda, pero supuse lo peor. Soy un cabo suelto. Una de las pocas personas vivas que saben que el cardenal tramaba contra Azgeda para destruir la Iglesia Roja.

Bueno, pues alguien sabía que Jaha está asociado con los Ricachones —dijo Gustus—. Y que el mapa iba a llegarles hoy mismo. Y ese alguien contrató a Lexa para…

Lexa cruzó la mirada con Gustus. Los ojos del anciano se ensancharon.

No pensarás… —empezó a decir.

Lexa observó las baldosas como si buscara una verdad que se le hubiese caído. Se pasó el pelo detrás de la oreja. El vuelco que le había dado el corazón se reflejó en su cara.

Mi cliente para esta ofrenda me solicitó a mí en particular —dijo casi sin voz—. «Aquella que acabó con el justicus de la Legión Luminatii», al menos según el Sacerdocio. Y ya he ofrendado a otros tres para ese mismo cliente.

¿A quiénes mataste?

Al hijo de un senador, Gayo Aurelio. A la amante de otro senador liisiano, Armando Tulli. Y a un magistrado de Galante apellidado Cicerii.

Negra Madre —gruñó Gustus.

¿Qué pasa? —preguntó Clarke, mirándolos a los dos.

Se rumoreaba que Gayo Aurelio planeaba presentarse a cónsul contra Azgeda —dijo Gustus—. Y Cicerii estaba organizando una investigación sobre la constitucionalidad de que Azgeda sirviera un cuarto período.

Lexa se hundió acuclillada y se equilibró con las manos en las baldosas. Eclipse cobró forma a su lado y Don Majo le lamió la mano con su lengua inmaterial.

Oh, diosa… —susurró.

Azgeda está haciendo pasar a todo el mundo por el aro —concluyó Gustus—. Intimidando a sus adversarios o matándolos. Asegurándose de que vuelve a salir elegido.

Y yo le he estado ayudando —dijo Lexa con un hilo de voz.

—… hijo de puta…

Lo cual significa que sabe que Jaha conspira contra él. Sabe que el lugar al que lleva ese mapa, sea el que sea, supone una amenaza para la iglesia, y está usando a la propia iglesia para eliminar esa amenaza.

Protegiendo su pequeña secta de asesinos. —Clarke miró a Lexa, y negó con la cabeza—. ¿Qué te había dicho? Unas zorras baratas. Y no satisfecha con ayudar a asesinar a tu padre, la iglesia te ha puesto a rajar cuellos para el cabronazo responsable de ahorcarlo. Solis. Ratonero. Mataarañas. Aalea. Abby. Hay que matarlos, Lexa. Hay que matar hasta al último de ellos.

Azgeda. —Lexa escupió la palabra como si fuese veneno. Con los labios retirados de los dientes. Miró furiosa a Clarke y meneó despacio la cabeza a los lados—. Azgeda y Jaha primero.

Clarke dio un paso adelante, con los ojos brillantes como el acero.

Supongo que Jaha estará en la Basílica Grande ahora mismo.

Lexa negó con la cabeza.

Allí no puedo entrar. Ya lo intenté una vez. Las Trinidades…

Puedo cargármelo yo en tu lugar —se ofreció Clarke—. Por mí, puede bañarse llevando una al cuello o dormir con una bajo su condenada almohada. No hay Trinidad que pueda detenerme. Voy, me cuelo dentro y le abro la garganta, y luego vamos a por Azgeda y la Igl…

No —dijo Lexa—. Son míos. Esos dos son míos. —Se levantó despacio del suelo, con el pelo negro rodeando una cara pálida como la de un fantasma—. Esos hijos de puta son míos.

Para un momento —aconsejó Gustus—. No nos precipitemos.

¿Precipitarnos? —masculló Lexa—. La Iglesia Roja ayudó a matar a mi padre, Gustus. Lo mismo que hicieron Azgeda y Jaha. El Sacerdocio es igual de culpable que esos dos.

Pero ¿por qué iba a entrenarte la iglesia si ayudó a matar a tu padre?

Quizá creyeron que nunca me enteraría. Quizá Kane les ordenó que me entrenaran porque sabía que era tenebra. Quizá al muy mamón de Azgeda le hizo gracia. O quizá creyeron que, cuando hubiera matado lo suficiente, cuando me hubiera encallecido lo suficiente, ya me daría todo igual.

El anciano juntó las yemas de los dedos bajo la barbilla, mirando el libro de cuentas.

Alimenta con alguien a las Fauces y también les entregarás una parte de ti mismo —murmuró.

¿Estás conmigo? —preguntó Lexa.

Gustus miró el libro. El apellido de Azgeda. El hombre que se había forjado un trono en una república que se había librado de sus reyes siglos atrás. Un hombre que se creía por encima de la ley, del honor, de la moralidad. Pero, en realidad, Gustus también había renunciado a todo ello hacía años. Todo en nombre de la fe.

He dedicado mi vida a la Iglesia Roja —dijo el anciano.

Lexa se adelantó, con los ojos ardiendo.

¿Estás conmigo?

El obispo de Tumba de Dioses miró a su antigua aprendiz. Parecía tallada en piedra, con la mandíbula tensa y los puños cerrados en el suave resplandor arkímico. Buscó en esos ojos oscuros, esperando encontrar algo de la chica de la que se había hecho cargo durante seis largos años. Se había enfadado con ella cuando fracasó en su iniciación. Cuando le falló a él. Pero Lexa había sido su hija esos seis años. Y siempre lo sería.

La Iglesia Roja ya le había arrebatado un padre.

¿Iba a permitir que le arrebatara otro?

Estoy contigo.

La respuesta flotó en el despacho como una espada sobre sus cabezas. Gustus sabía lo que significaba, y cómo terminaría. Sabía lo inconmensurable que era el objetivo al que se proponían enfrentarse.

Esto tenemos que hacerlo a escondidas, Lexa —dijo Gustus—. Cuando mates a Azgeda, la iglesia no puede saber que has sido tú o se vengará. Y tendrás que acabar con Jaha en el mismo golpe, o después será diez veces más difícil de alcanzar.

Ese es el menor problema que tenemos —replicó Lexa—. La iglesia querrá que vuelva. La Dona está muerta. Azgeda podría tener otra ofrenda que encargarme.

Pero aún no tienen el mapa —dijo Gustus—. Puedo tejer un cuento para ellos. Decir que el mapa se te escapó de entre los dedos, pero que lo estás buscando. Una misión como esa podría costarte meses.

El Sacerdocio no estará nada satisfecho —advirtió Clarke.

Que se jodan —dijo Lexa con furia—. De todas formas, el Sacerdocio ya no está nada satisfecho conmigo.

Maravilloso —dijo Clarke—. Entonces, lo único que tenemos que hacer es maquinar la forma de que asesines a un cardenal al que no puedes acercarte físicamente y, al mismo tiempo, al cónsul mejor protegido de la historia de la República Itreyana.

Lexa y Gustus se quedaron callados. El anciano tenía el ceño tenso por la concentración. Lexa, los ojos entrecerrados mientras merodeaba por los estantes y no encontraba ninguna respuesta en los lomos de los libros. Volvió la mirada hacia la otra pared, donde estaba la colección de armas de Gustus. La hoja Luminatii de acero solar, el hacha de batalla vaaniana, el gladius procedente de un estadio de gladiatii liisiano…

Los ojos de Lexa se estrecharon más. Los engranajes que había tras ellos rodaron.

Echó una mirada a su antiguo maestro, con la respiración acelerándose.

¿Qué piensas?

«Algo estúpido.»

«Demencial.»

«Imposible.»

Creo que tengo una idea.

Había trece gladiatii formando un círculo en el patio de entrenamiento. Las murallas de Nido del Cuervo se alzaban a su alrededor y los estandartes de la familia Titus ondeaban al viento creciente. Habían llegado desde Puentenegro con retraso, y ya casi llegaba la nuncanoche. Pero antes de la tardera dedicarían un tiempo a dar la bienvenida en su seno a sus nuevos hermano y hermana. Practicarían el más sagrado de los rituales, allí, en el sagrado terreno de su collegium.

El votum vitus.

Los soles gemelos caían a plomo sobre el patio, y Lexa notó que el sudor le goteaba por el abdomen y los brazos desnudos. Estaba de rodillas en el círculo, con Wells a su lado. Arkades estaba de pie ante ellos, ataviado con un reluciente peto de coraza grabado con dos leones, lleno de rascadas y muescas de sus años combatiendo. La dona Echo observaba desde el mirador con un hermoso vestido amarillo de seda. Sonrió al posar los ojos en el executus y los zafiros de sus ojos parecieron entonar un «Te lo dije».

—Gladiatii —dijo el executus—. Nos hallamos aquí, en tierra sagrada, en ritual sagrado, para aceptar a estos dos guerreros de probada valía entre nosotros. Nuestro vínculo no es de acero, sino de sangre. Pues sangre somos y sangre seremos.

—Sangre somos —repitieron las voces que rodeaban el círculo—, y sangre seremos.

El executus desenvainó una daga del cinto, pasó la hoja por la palma de su mano y dejó que el rojo goteara en la arena. Después, entregó la daga al hombre que tenía a la izquierda. El Carnicero de Amai cogió el arma. Repitió el ritual, cortándose la palma antes de pasar la daga a Cantahojas. La mujer miró a Lexa a los ojos mientras se hacía un corte. Y siguieron así hasta trece veces. La daga pasó a los gemelos vaanianos, Bryn y Byern, a Despiertaolas el dweymeri y a los demás gladiatii del círculo hasta que, por último, la hoja ensangrentada llegó a su campeón, Furiano el Invicto. El itreyano miró a Lexa con ojos oscuros y turbios, bajo unos nuevos laureles de plata que reposaban en su frente. Lexa lo había visto luchar en Puentenegro, y la victoria del gladiatii —«sin igual, impecable», había proclamado el editorii— solo había conseguido excitarle la curiosidad. Lexa notó un estremecimiento en su propia sombra cuando Furiano se cortó la palma de la mano, mezclando su sangre con la de su familia de gladiatii en la hoja afilada. Furiano dejó que las gotas escarlatas cayeran a la arena y luego entró en el círculo para quedarse de pie frente a Wells y Lexa. Al bajar la mirada desde aquella preciosa mandíbula y aquellos ojos ardientes a la oscuridad bajo sus pies, Lexa vio que la sombra del itreyano también temblaba.

«Es un obstáculo para ti —se recordó—. Todos ellos. Obstáculos.»

—Sangre somos —dijo Furiano tendiendo la daga a Lexa—. Y sangre seremos.

Lexa cogió la hoja, y sintió un escalofrío en las entrañas cuando sus dedos rozaron los de él. Y regañándose por necia, giró la cabeza hacia el executus y lo miró a los ojos.

—Que no sea muy profundo —advirtió Arkades—, o no podrás empuñar bien.

Lexa asintió y se pasó la hoja por la palma de la mano. El dolor fue agudo y real, y enfocó el mundo en su mente. Estaba allí. Era una miembro ensangrentada del collegium. Ante ella se extendía un desierto de arena, un océano de rojo. Pero en el otro extremo vio al sumo cardenal Jaha con sus harapos de mendigo, sin Trinidad al cuello. Y al cónsul Azgeda alzando los brazos para ponerle los laureles de vencedora en la cabeza.

La sombra de Lexa, extendiéndose hacia las de ellos…

—Sangre seremos —dijo.

Wells cogió la hoja, se cortó la palma y repitió el voto.

—Sangre seremos.

Se oyeron conmovedores vítores por todo el círculo. El executus hizo una seña a Lexa y Wells para que se levantaran y los gladiatii se acercaron a ellos. Cantahojas sonrió a Lexa y la chica vaaniana, Bryn, la estrechó entre sus brazos y susurró:

—Has luchado bien.

Carnicero le dio una palmada en la espalda, tan fuerte que estuvo a punto de derrumbarla, y los otros le tendieron las manos sanguinolentas o le dieron amistosos puñetazos en el brazo. Solo se quedó aparte Furiano, pero Lexa no pudo saber si era por su elevado puesto de campeón o por la hostilidad que había entre ellos.

—Mis Halcones —llegó una voz desde la terraza.

—¡Atención! —exclamó el executus, y todos los ojos se volvieron hacia arriba.

La dona Echo les sonrió como una diosa a sus niños, con los brazos extendidos a los lados.

—Nuestras victorias en Puentenegro nos han procurado un mayor renombre si cabe, ¡y también un puesto en el venatus que tendrá lugar dentro de cuatro semanas en Vigilatormenta!

Los gladiatii estallaron en vítores y Wells envolvió el cuello de Lexa con un brazo y apretó mientras vociferaba. Lexa se rio y apartó de un empujón al fornido itreyano, pero no pudo evitar que su voz se uniera a las demás.

—Los combates se harán más encarnizados a medida que nos aproximemos al Venatus Magni. Mañana volveréis al entrenamiento. Pero por ahora, ¡que no se diga que vuestra domina no recompensa vuestro valor y el honor que le hacéis cada vez que salís a la arena!

Echo dio una palmada y tres sirvientes sacaron un carrito con un gran barril entre las mesas y las sillas del porche.

—¿Eso es vino? —susurró Wells.

—¡Bebed, mis Halcones! —Echo sonrió—. Brindad por vuestro nuevo hermano y vuestra nueva hermana. ¡Brindad por la gloria! ¡Brindad por las muchas victorias que vendrán!

Tres horas más tarde, tumbada en su celda, la cabeza de Lexa daba vueltas. Había intentado contenerse con la bebida, pero Wells había protestado a gritos cada vez que Lexa bajaba el ritmo, y todos los demás gladiatii parecían beber como si les fuera la vida en ello. Supuso que tenía todo el sentido del mundo: para una gente que no poseía nada y que se jugaba la vida cada vez que salía a la arena, un momento de respiro y una copa llena tenían que parecerle el paraíso. De modo que Lexa se había esforzado en interpretar su papel, bebiendo a lo bruto con su nueva familia y sonriendo en respuesta a sus halagos. La dweymeri, Cantahojas, parecía haberle cogido un aprecio especial, aunque casi todo el collegium le dedicó palabras amables. La treta de Lexa en la arena, disfrazarse con los colores del enemigo para poder acercarse a él y destruirlo, a casi todos les había parecido un pequeño golpe de ingenio. Bryn, la rubia vaaniana, había alzado su copa para brindar.

—Buen ardid, Cuervo.

—Sí —dijo su hermano Byern—. Cuando te vi agarrar esos intestinos y entendí lo que te proponías, casi grito tan fuerte que te delato.

—¿Cuervo? Los cojones. —Carnicero sonreía—. Tendríamos que llamarla Zorro, joder.

—Lobo —propuso Cantahojas con una sonrisa.

—Serpiente —dijo una voz.

Todos los ojos se volvieron hacia Furiano, que miraba iracundo desde la cabecera de la mesa. Lexa le sostuvo la mirada y vio cómo el itreyano torcía los labios con desdén.

—Los gladiatii combaten con honor —dijo—, no con mentiras.

—Venga, hermano —repuso Cantahojas—. Una victoria obtenida es una victoria merecida.

—Soy campeón de este collegium —replicó el Invicto—. Yo digo lo que es merecido. Y lo que es robado.

Cantahojas echó una mirada al torque que llevaba Furiano al cuello, a los laureles de su frente, y asintió para expresar su conformidad. El Invicto había devuelto la atención a su copa y no habló más. La celebración terminó al poco tiempo y, en realidad, Lexa lo agradeció. No estaba acostumbrada a beber tanto vino y, con unas copas más, habría terminado decorando las paredes. Estaba sentada en su celda, viendo cómo daban vueltas los barrotes. Recordando la canción que había llegado desde la celda de Cantahojas antes de que murieran las luces, que supuso que debía de ser algún tipo de oración. Pero después de que descendiera la oscuridad, lo único que se oía era el sonido del sueño. Wells estaba tendido bocarriba, deteniendo sus ronquidos de toro moribundo solo el tiempo justo para tirarse unos pedos tan estruendosos que Lexa los sentía en el suelo. Frunció el ceño y dio una patada al enorme itreyano, que rodó con un gruñido.

—Puto cerdo —renegó tapándose la nariz—. Necesito una celda para mí sola, joder.

—… rara vez dejo de sentirme agradecido por no tener que respirar…

Los ojos de Lexa se abrieron como platos al oír el susurro.

—… y en estos momentos, más que nunca…

—¡Don Majo!

—… exclamó ella, con un volumen de voz que podría despertar a un muerto…

Dos formas negras se destacaron de las sombras del otro extremo de la celda.

—… SI LOS RONQUIDOS DE ESTE PATÁN NO LO HAN LOGRADO, NADA LO HARÁ…

Lexa sonrió de oreja a oreja mientras los dos daimones se abalanzaban sobre ella y se arrojaban a su sombra como si fuese agua negra. La embargó una oleada de frescor y relajación, que ondeó a lo largo de su cuerpo dejando una estela de férrea calma. Sintió a Don Majo paseando por su hombro, entrando y saliendo de su pelo sin perturbar un solo mechón. Eclipse se hizo un ovillo en torno a Lexa y apoyó su cabeza sin sustancia en su regazo. Lexa pasó las manos por los dos, haciendo titilar sus formas como humo negro. No había sido consciente de lo mucho que los echaba de menos hasta que estuvieron de vuelta.

—Negra Madre, qué alegría veros —susurró.

—… TE ECHABA DE MENOS…

—… venga, por favor…

—… AL MININO, NO TANTO…

Lexa pasó las manos por el lomo de la loba-sombra. No tenía la sensación de ser capaz de tocarla, pero acariciar a Eclipse era como acariciar una brisa fresca.

—¿Cuándo habéis llegado?

—… AYER, PERO TODAVÍA NO HABÍAS REGRESADO DEL VENATUS…

—… fue todo bien, supongo…

—No estoy muerta, si cuenta para algo.

Don Majo le frotó el hocico contra la oreja y la piel de Lexa cosquilleó. Era como si le diera un beso el humo de un cigarrillo.

—… cuenta para todo… —susurró él.

Se quedaron los tres sentados en la penumbra un rato, sin hacer nada más que disfrutar de su mutua compañía. Lexa cerró los dedos sobre sus cuerpos etéreos y notó que hasta el último jirón del miedo que había sentido las últimas semanas se evaporaba. Lo había conseguido, comprendió. El primer paso hasta las gargantas de Jaha y Azgeda estaba dado. Y con sus pasajeros a su lado, los pasos restantes no parecían nada lejanos.

—… por muy agradable que sea esto…

—… SIEMPRE SE PUEDE CONTAR CONTIGO PARA ESTROPEAR EL AMBIENTE…

—No, Don Majo tiene razón. —Lexa suspiró—. ¿Está esperando?

—… SÍ…

—Llevadme con ella, pues.

Los pasajeros se disolvieron en la negrura. Lexa los sintió cobrar forma en las sombras de la antecámara y, tal y como había hecho la nuncanoche en que había visitado a Furiano, cerró los ojos e invocó la oscuridad. Quizá fuese el vino, o tal vez que tenía más práctica, pero Lexa descubrió que le resultaba más fácil dar el paso, la repentina emoción, el vértigo. Al abrir los ojos, la sala daba vueltas como loca, pero Lexa había aparecido en la sombra de la escalera, junto a Don Majo y Eclipse. Se dobló por la cintura y vomitó unas copas de vino sobre la piedra, cubriéndose la boca para amortiguar el sonido. Vio que algunos gladiatii se removían en los barracones, se ocultó de nuevo en las sombras y reprimió las náuseas. Se apoyó en la pared para que dejara de dar vueltas. Se limpió los labios con el dorso de la mano y escupió contra la piedra.

—Negra Madre, recordadme que no vuelva a hacer esto yendo medio borracha.

—… VEN…

—… la víbora espera, LEXA…

Miró los controles mekkénicos de la pared, preguntándose cómo funcionarían. Con unas piernas poco firmes, se escabulló cruzando el fuerte hasta llegar a las sombras del porche. Colmillo estaba tumbado bajo una mesa, observando con ojos curiosos. Cuando Don Majo y Eclipse pasaron a su lado, al perro se le erizaron los pelos. Lexa bajó la mano para tranquilizar al mastín, pero el perro se escabulló con un grave gimoteo.

—… los perros son tontos…

—… DIJO EL TONTO QUE SE HA PERDIDO SUBIENDO HACIA AQUÍ…

—… no estaba perdido, mi querida chucha, estaba explorando…

—… ES UN FUERTE ENORME QUE SE ALZA SOBRE EL ACANTILADO QUE DOMINA LA CIUDAD ENTERA. ¿PARA QUÉ IBAS A?…

—¡Chis! —siseó Lexa, metiéndose en un hueco de la pared.

Unos pasos rápidos señalaron que se acercaba la magistrae, seguida de una sirviente. Estaban en plena conversación sobre los detalles del viaje a Vigilatormenta, que la chica iba apuntando en una tablilla de cera. Lexa esperó a que las mujeres se perdieran de vista y recorrió despacio el pasillo hasta las puertas delanteras, abiertas de par en par a una fresca brisa marina. Entrecerrando los ojos para protegerlos de la luz de los soles, escrutó los altos muros del fuerte, piedra roja contra un cielo de ardiente azul. Lexa reunió puñados de sombras y se los echó sobre los hombros. Tenía los dedos algo torpones por la bebida, pero al rato todo el mundo se amortajó de borroso negro y embotado blanco, y ella quedó casi tan ciega como el giro en que nació. Con suaves susurros, sus dos pasajeros la guiaron por el patio, dejando atrás las patrullas de guardias, hasta que llegaron a un hueco sombrío que había al lado de los portones principales. Y desde allí, cerró los ojos

y dio un paso

hasta la

sombra

del otro lado

del camino.

Lexa cayó de rodillas, agarrándose la tripa y luchando con todas sus fuerzas por no vomitar de nuevo. Después de unos minutos respirando polvo, recobró el aliento y se quitó las lágrimas de los ojos.

—… ¿estás bien?…

—Siguiente pregunta tonta, por favor —susurró ella.

—… NO ES NECESARIO QUE VAYAMOS A VERLA AHORA MISMO…

—Sí que es necesario. Pero no podemos estar fuera mucho tiempo. No nos despiertan hasta que llega la mañana, pero si notan que estoy ausente durante la nuncanoche…

—… EL VINO MANTENDRÁ DORMIDO A TU COMPAÑERO DE CELDA HASTA ENTONCES…

—Aun así, tenemos que darnos prisa.

—… no está lejos…

Lexa se levantó con las piernas temblando y se tambaleó por el camino polvoriento, que serpenteaba por la empinada ladera sobre la que se alzaba Nido del Cuervo. Lexa no necesitaba tanto a Don Majo y Eclipse allí fuera, ya que conocía aquel camino como para recorrerlo a ciegas. Pero no se atrevía a descartar todavía su capa de sombras. Seguía yendo vestida de gladiatii, y los círculos marcados en su mejilla la distinguían como propiedad de alguien. Aunque los amos caminaran a menudo en compañía de esclavos guerreros armados, resultaría extraño ver a una esclava deambulando sola. Era mejor mantenerse oculta y no despertar sospechas. Lexa alcanzaba a oír el mar al sur, y el tañido de las campanas del puerto más abajo, y le llegaban los familiares aromas de la ciudad a la sombra del fuerte. Conocida como Reposo del Cuervo, la ajetreada ciudad portuaria que había surgido bajo la protección del fuerte tenía tres mil o cuatro mil habitantes. Los edificios eran de piedra roja y yeso blanco, apiñados unos contra otros en las escarpadas laderas que descendían hasta el agua. El aire resonaba con el canto de las gaviotas. Sus pasajeros la llevaron al enmarañado laberinto del puerto en sí. Al llegar, Lexa se quitó la capa y recorrió retorcidos callejones atestados de basura y aire salado. Llegaron a una pequeña cervecería y Don Majo señaló con la cabeza las habitaciones para huéspedes que tenía encima.

—… primer piso, tercera ventana…

Lexa miró alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie y empezó a trepar. Llegó a los balcones de la primera planta, saltó la barandilla de hierro y dio un golpe con los nudillos en el cristal. La ventana se abrió y Lexa pasó al interior, silenciosa como un bisbiseo. Sus ojos tardaron un poco en adaptarse después de la luz de los soles de fuera. Pero por fin distinguió una silueta que se dejaba caer en un viejo diván, con sus largas piernas estiradas. Iba vestida de negro, con calzas de cuero, un corsé corto de cuero y una camisa de manga larga de seda negra por debajo. Se había teñido el pelo para ocultar su revelador tono rubio, y lo llevaba de un rojo tan sangriento como lo había sido el de Costia. Pero sus ojos eran inconfundibles. La chica se reclinó en el diván y miró a Lexa de arriba abajo.

—Hola, preciosa —dijo sonriendo.

—Hola, Clarke —respondió Lexa.