LIBRO 2. SANGRE Y GLORIA
Capítulo 13. Emersión
Un humo con olor a clavo trazó bucles en el aire marino, escapando en finas volutas de las fosas nasales de Lexa. Dio la última calada al cigarrillo, lo mató por aplastamiento contra la pared y dio un suspiro de satisfacción.
—Por el abismo y la sangre, qué falta me hacía.
—Sabía que los estarías echando de menos.
Clarke sonrió y se pasó un rizo rojo sangre detrás de la oreja. Se había teñido el pelo a modo de subterfugio: si por algún espantoso capricho del destino alguien de la Iglesia Roja las veía a ella y a Lexa juntas de lejos, quizá Clarke pudiera pasar por Costia. Era una treta enclenque, pero, tal y como Don Majo le decía siempre a Lexa, todo aquel juego era tan enclenque que se derrumbaría con solo un soplido. Aun así, Lexa agachó la cabeza en agradecimiento y, con los ojos cerrados, se reclinó en el viejo sofá de cuero, escuchando el zumbido del tabaco en su sangre.
—Me alegro de volver a verte —dijo Clarke.
Lexa abrió los ojos y se quedó mirando a Clarke entre los párpados. Don Majo subió al diván y posó la cola en el hombro de Lexa. Eclipse se acurrucó junto a su cintura y le puso la cabeza en el regazo. Ninguno de sus pasajeros confiaba en Clarke e, incluso después de poner todo aquello en marcha juntas, Lexa tampoco terminaba de fiarse de la joven. Clarke había matado a Costia. Había matado a Lincoln. Había matado a todo aquel que se interpusiera en el camino de su venganza.
«¿Tan distinta es de mí?»
No había revelado a los Luminatii el paradero de la tienda de Gustus, a fin de cuentas.
Clarke miró las tiras de tela que constituían todo el atuendo de Lexa.
—Me gusta que te hayas puesto guapa para la ocasión.
—¿Habéis tenido muchos problemas en llegar aquí? —preguntó Lexa.
Clarke negó con la cabeza.
—Don Gruñón nos encontró enseguida.
La risa de Eclipse le llegó desde abajo. Don Majo ladeó la cabeza mirando a Clarke y susurró con una voz que era como el humo:
—… cuánta insolencia…
Clarke sonrió divertida al gato-sombra, sacó una daga del cinturón y ensartó una manzana del cuenco de fruta que había en la mesita que tenía al lado. Con un diestro giro de muñeca, la lanzó a la mano extendida de Lexa.
—Eclipse y yo estábamos esperando en Fuerteblanco, como teníamos previsto —dijo Clarke—. Cuando llegó Leónidas y tú no estabas entre sus adquisiciones, supe que el plan se había quedado con los huevos al aire. Pero no imaginaba que las joyas de la corona estuvieran tan expuestas hasta que nos encontró Don Listillo.
—… para ya…
—… NO, CONTINÚA, POR FAVOR…
Sin hacer caso a las sombras, Clarke enarcó una ceja mirando a Lexa, que dio un sonoro mordisco a la manzana y masticó un buen rato antes de responder.
—Reconozco que el plan ha tenido… contratiempos.
—Siempre tuviste talento para quedarte corta, Wood. —Clarke apuñaló otra manzana del frutero y empezó a pelarla con hábiles movimientos de su hoja—. Vives en el fuerte que perteneció a tu padre antes de que lo ahorcaran por traición. Eres propiedad de la esposa del justicus al que asesinaste. Luchas en un establo que como mucho tendrá medio año de vida y solo un laurel a su nombre. ¿Cómo te está yendo?
—Sobreviví al Aventamiento. —Lexa se encogió de hombros.
Clarke se metió una rodaja de manzana entre los labios.
—Ya me había fijado en que no estás muerta.
—Y he hecho el Voto de Sangre —prosiguió Lexa—. Ahora soy gladiatii de pleno derecho. El plan sigue siendo el mismo. Es solo que tendré que hacerlo estando en un collegium distinto, nada más.
—Vas a tener que esforzarte el doble —señaló Clarke—. El collegium de Leónidas ya tiene asegurado un puesto en el Venatus Magni por sus victorias de años anteriores. Echo no tiene ni por asomo el mismo capital político que su padre. Tiene que ganar por lo menos tres laureles más antes de poder luchar siquiera en los grandes juegos.
—Si necesito a alguien que dé voz a putas obviedades, Clarke, ya tengo a Don Majo.
—… algunas cosas son lo bastante importantes para recalcarlas dos veces…
—Escucha, nadie sabe mejor que yo lo profunda que es la mierda en la que estamos metidas —restalló Lexa—. Pero si a alguno de vosotros se le ocurre una forma mejor de pillar a Jaha y a Azgeda a la vez, sin que la Iglesia Roja se entere de lo que pasa, soy toda oídos, coño.
—Ya te lo dije, Lexa —replicó Clarke—. Puedo ocuparme yo de Jaha por ti. Entrené en la iglesia, igual que tú. Podemos coger un barco de vuelta a Tumba de Dioses ahora mismo y…
—No, ya te lo dije yo a ti. —Lexa torció el gesto—. Jaha es mío. Azgeda es mío. Quiero mirar a esos hijos de puta a los ojos mientras mueren. Quiero que sepan que he sido yo.
—… LA SANGRE LLAMA A LA SANGRE… —gruñó Eclipse.
Clarke se metió otra rodaja de manzana entre los dientes y arqueó una ceja a Don Majo. Aunque los dos discutieran sobre todo lo demás, en lo referente a lo descabellado que era el plan de Lexa estaban completamente de acuerdo.
—… Lexa, quizá…
—¡No! —exclamó ella—. La forma de hacerlo es esta. Y ese era el trato, Clarke. Tú me ayudas a cargarme a Azgeda y a Jaha y yo te ayudo a cargarte al Sacerdocio.
—No nos los cargaremos solo por mí, Lexa, seamos sinceras.
—¿Estás segura de saber siquiera el aspecto que tiene la sinceridad, Clarke?
La chica se chupó el labio y asintió despacio.
—Buen golpe.
—He estado practicando.
—Debería señalar que estoy aquí ayudándote, Lexa.
—Yo me cargo a Jaha. Yo me cargo a Azgeda. Eso teníamos acordado.
Y así era. Por demencial que les hubiera parecido el plan durante las horas que pasaron sentados en la capilla de Tumba de Dioses, ni a Gustus ni a Clarke se les había ocurrido ninguno mejor. Azgeda ya apenas hacía apariciones en público, y Jaha pasaba casi todo el tiempo en la Basílica Grande. Que los dos estuvieran juntos en el Magni, al alcance de los ataques de Lexa, y sin que Jaha llevara aquella condenada Trinidad al cuello… daba igual lo difícil que fuese llegar hasta allí: era una oportunidad demasiado buena para desperdiciarla. De modo que Gustus había informado al Sacerdocio de que el asunto de los braavi se había venido abajo, y que Lexa estaba tras la pista del mapa en el continente. Los tres se habían puesto a investigar cuáles eran los mejores collegia para que Lexa llegara al Venatus Magni, aunque a Gustus no le hacía mucha gracia que Clarke estuviera involucrada. Cierto, la chica buscaba venganza contra la Iglesia Roja, casi con tanta ansia como Lexa. Y cierto, mentía mejor que Lexa; al fin y al cabo, su hermano y ella habían estado a punto de aniquilar la iglesia ellos solos. Pero lo más cierto era que Lexa y su mentor confiaban en ella como un gato escaldado huye del agua fría. Aun así, Lexa tenía a Eclipse para vigilar a Clarke, que no podía ni respirar sin que el daimón la oyera. Eso y que, cuando se nada en aguas infestadas de dracos, nunca viene mal tener compañía, aunque solo sea para que los dracos tengan a otro a quien comerse.
Clarke se desperezó como una gata y se comió otra rodaja de manzana.
—Así es —dijo—. Solo planteaba otras opciones. Pero tenemos un acuerdo y voy a respetarlo. Que no se diga que no soy una mujer de palabra.
Don Majo dio un bufido y meneó la cola cerca del cuello de Lexa.
—… al contrario. yo creo que debería decirse en voz tan alta y tan a menudo como sea posible…
Clarke le hizo los nudillos.
—No hablaba contigo, Don Positivo.
Eclipse levantó la cabeza y su susurro resonó a través de los tablones del suelo.
—… COMO QUIZÁ YA HAYAS SUPUESTO, LA DONA CLARKE Y YO NOS HEMOS LLEVADO DE MARAVILLA EN TU AUSENCIA…
—… qué poquito me sorprende…
—… ¿NO TIENES RATONES QUE CAZAR, PEQUEÑO MININO?…
—… ¿no tienes entrepiernas que olisquear, querida chucha?…
—Vale, ya basta, ya basta —dijo Lexa—. He de volver a mi encantadora celda apestosa de Nido del Cuervo antes de que se den cuenta de que no estoy. Tenemos que averiguar todo lo que podamos sobre Echo. De su padre estábamos al corriente, pero la dona viene a ser un misterio.
—Menos mal que he estado preguntando por ahí, entonces. —Clarke sonrió.
La joven cortó otra porción de manzana y se la llevó a la boca.
Lexa alzó una ceja.
—Venga, cuenta.
—Pídelo por favor —repuso Clarke sin dejar de sonreír.
—Clarke… —gruñó Lexa.
La chica ensanchó la sonrisa y se reclinó.
—Solo llevo aquí un giro, por lo que habrá más que descubrir. Pero sé que Echo se casó con Titus hace unos tres años. Titus se fijó en ella en el último Venatus Magni y pidió su mano a su padre al poco tiempo. Fue todo un golpe de efecto que la hija de un mero sanguila se casara con el justicus de la Legión Luminatii, lo que demuestra cuánta influencia política tiene el padre de ella, supongo.
Lexa dio un mordisco a la manzana y habló con la boca llena.
—¿Fue un matrimonio concertado?
—A ese nivel, siempre lo son. —Clarke cortó una rodaja fina como una oblea y se la metió entre los labios—. Aunque, hasta donde yo sé, a Echo no la obligó nadie. Titus era rico. Guapo. Con un poder político en alza. Echo tenía mucho que ganar si se metía en la cama con él. Así que, yo que tú, no dejaría caer que le rajaste el cuello.
—Vaya, qué pena, era justo lo que tenía pensado hacer.
Clarke sonrió y se comió otra rodaja.
—¿Y qué hay de Arkades? —preguntó Lexa mientras masticaba haciendo mucho ruido—. Fue el campeón de Leónidas durante años. ¿Por qué sirve a Echo como executus y no a su padre?
Clarke volvió a encogerse de hombros.
—Solo llevo un giro aquí. Dame tiempo.
—Bueno, necesito toda la ventaja que pueda obtener. —Lexa se limpió los labios, se levantó y se estiró—. Así que cuanto más puedas averiguar sobre mi domina, mejor.
Clarke señaló con la barbilla las tiras de tela que llevaba Lexa, con sendas miradas significativas a su vientre y sus piernas desnudas.
—Apruebo su gusto en ropa, por lo menos.
Lexa hizo caso omiso al comentario, se acercó a la ventana y miró fuera en busca de ojos poco amistosos. Al no encontrar ninguno, pasó una pierna por el alféizar y empezó a salir.
—Lexa.
Se volvió para mirar a Clarke, con una ceja arqueada. Las manos de la chica se removían inquietas, jugueteando con el dobladillo de sus calzas.
—Ten cuidado ahí dentro —dijo.
Lexa lanzó una mirada a Eclipse, que seguía hecha un ovillo en el diván, como un charco de negrura.
—Ten los ojos abiertos —dijo Lexa.
—… TANTO COMO SE PUEDA SIN OJOS… —respondió la no-loba.
Y Lexa se marchó. Bajó por la pared hasta el callejón y tiró de las sombras para cubrirse con ellas antes de escabullirse de vuelta hacia Nido del Cuervo, con Don Majo como guía hacia su descanso. Pensó en la forma en que la miraba Clarke. En el beso que se dieron el giro en que Lexa abandonó el Monte Apacible. Eso fue puro teatro por parte de Clarke, Lexa estaba segura. Era solo una jugada en favor de su plan para derrotar al Sacerdocio. Lexa lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Clarke Griffin era puro veneno. Pero al pensar en ese beso, la mente de Lexa vagó hasta aquella nuncanoche en la cama de Gayo Aurelio, hasta el sabor que había dejado aquella belleza liisiana en los labios del hijo del senador. Y se preguntó si eso había sido solo puro teatro por parte de Lexa, solo una treta más para poner a Aurelio a su alcance. Se preguntó si una parte de ella lo había disfrutado, se preguntó qué importancia tenía en caso de que así fuera. Se preguntó por qué se lo estaba preguntando siquiera.
«Los ojos en el puto objetivo, Wood.»
De vuelta en Nido del Cuervo, encontró el portón todavía cerrado y a los guardias vigilando. Era tarde, y no podía confiar en que enviaran a ningún sirviente al Descanso hasta después de que despertaran a los gladiatii para la mañanera. Así que Lexa invocó las sombras a sus pies, las sombras del patio y,
después de respirar hondo,
dio un paso
para cruzar
el espacio
entre ellas.
Cayó de rodillas en el polvo, mareada, acusando el martilleo de la ardiente luz de los dos soles en el cráneo. Por lo menos se le había pasado la borrachera y no tuvo ganas de vomitar, pero la sensación seguía siendo de lo más desagradable. El capitán de la guardia de la dona, un tipo de ojos agudos llamado Cánico, se volvió al oír a Lexa caer al suelo. Pero al estar oculta bajo su capa a la sombra del muro, Cánico no vio nada digno de mención y se volvió despacio para seguir vigilando. Pasaron unos minutos hasta que Lexa se encontró con fuerzas para levantarse, cruzar el patio guiada por los susurros de Don Majo y recorrer el lateral del edificio hasta el porche abierto de la parte trasera. Bajó con sigilo la escalera y, a tientas, por fin encontró los barrotes de hierro que aislaban los barracones del resto de la villa. Se tomó un momento para prepararse, reacia a pensar en el vértigo que iba a sentir, y buscó las sombras de su pequeña y mugrienta celda. Y cerrando los ojos con fuerza,
dio un paso
hacia el negro
bajo sus pies
y llegó a la celda.
El calor de los soles no era ni por asomo tan intenso en la oscuridad de los barracones, pero aun así la asaltaron las náuseas y burbujeó en su garganta una arcada que se le acumuló en los carrillos. Se le iba dando mejor dar el paso entre sombras desde que saltó al tejado de la basílica. Supuso que, igual que cualquier músculo, se estaba volviendo más fuerte cuanto más lo usaba. Pero, al parecer, un segundo paso tan pronto después del primero seguía siendo demasiado, sobre todo con los soles brillando tanto en el cielo. Tragó con fuerza, se agachó en la paja y asió las piedras de debajo para que el mundo dejara de girar. Se quedó escuchando, pero no oyó nada en las celdas de alrededor salvo ronquidos y suspiros.
—… parece despejado… —le susurró Don Majo al oído.
Lexa esperó un poco más, mientras el mundo poco a poco recobraba el equilibrio. Y por fin, a salvo en su celda, Lexa se quitó la capa de sombras, parpadeó en la penumbra del sótano y encontró los ojos de Wells abriéndose.
—Joder —murmuró el itreyano—. Pero mira lo que…
Lexa cruzó la celda como una exhalación, aferró al hombre por el cuello y le tapó la boca con la otra mano. Wells le arañó la espalda, con los músculos tensos, gruñendo entre forcejeos. Wells era más grande, Lexa más rápida, y los dos bregaron en silencio sobre la paja. Cada uno tenía estrangulado al otro, las venas marcadas en sus cuellos, los ojos de Wells anegándose de lágrimas.
—P… pa… —gorgoteó.
Incluso mientras Lexa lo ahogaba, Wells oprimió más su cuello. La garganta de Lexa se cerró, su pecho ardió, la sangre no pudo llegar al cerebro. Seguía mareada por el paso entre sombras y no sabía si el enorme itreyano sucumbiría antes que ella. No sabía qué haría él en caso de que no.
—P… paz —logró resollar Wells.
Lexa aflojó un ápice y miró a los ojos del hombretón. Wells hizo lo mismo, dejando entrar un susurro de aliento en los pulmones de Lexa. Lenta como el hielo al derretirse, ella liberó su presa mientras los dedos del itreyano se retiraban de su cuello. Lexa rodó para bajar de encima del hombre y se retiró a una esquina de la celda.
—Por el abismo y la sa… sangre —susurró Wells, frotándose el cuello—. ¿A… a qué ha venido eso?
—Lo has visto —siseó Lexa.
—¿Y qué?
—Que lo sabes. Lo que soy.
Wells encogió el gesto e intentó tragar. Susurró tan bajo que Lexa apenas lo oyó.
—Tenebra.
Lexa no respondió, pero mantuvo los ojos oscuros fijos en los de él.
—¿Y eso merece que me estrangules, joder? —insistió él.
—No levantes la puta voz —espetó Lexa mirando hacia las otras celdas.
—… ¿un consejo que harían bien en seguir todos los implicados?…
A Wells se le desorbitaron los ojos cuando el gato-sombra se hizo visible sobre el hombro de Lexa.
—No me jodas —susurró.
—… descuida, no tenía intención de hacerlo…
—Y tú, muchas gracias por decirme que todo parecía despejado —dijo Lexa en voz baja.
El no-gato ladeó la cabeza.
—… no puedo ser perfecto en todo…
Lexa y Wells se miraron, uno a cada lado de la paja del suelo. Había miedo en la mirada del hombre, miedo a lo desconocido, miedo a lo que era ella. Pero a pesar de eso, Wells mantuvo la calma, contuvo la lengua y la miró con curiosidad.
—¿No deberías estar llamando a los guardias a gritos ahora mismo? —preguntó Lexa—. ¿Farfullando que deberían crucificarme por brujería?
—¿Brujería? —Wells dio un bufido—. ¿Acaso te parezco un paleto descerebrado?
—Reconozco que te lo estás tomando mejor que la mayoría.
—He visto mucho mundo, Cuervo. Y tú no eres lo más raro que hay. Ni de lejos. —El itreyano se reclinó contra los barrotes y se cruzó de brazos—. Entonces, ¿es verdad lo que… dicen de vosotros?
—¿Qué agriamos la leche allá por donde pasamos y desfloramos vírgenes a nues…?
—Que atravesáis paredes, capulla. Me he despertado meándome hace media hora y no estabas aquí. Y de pronto, ¡puf!, ¿apareces de la puta nada?
—No es lo que ha pasado, Wells.
—Sé lo que he visto, Cuervo.
Se oyeron pasos arriba, en la villa. Las pisadas del cocinero en los tablones, el cambio de guardia en el exterior. El executus no tardaría en bajar para levantarlos y ponerlos a hacer la primera ronda de agotadora calistenia. Lexa miró a Wells a los ojos, estudiándolo con atención. El hombre era un listillo, un matón y un necio absoluto en lo referente a mujeres. Pero no era tonto. Lexa no confiaba en él, ni por asomo. Pero habían sangrado juntos en la arena de Puentenegro, y eso tenía cierto peso. Aun así, ni de milagro pensaba compartir ningún detalle sobre ella sin que él revelara algo a cambio. Miró los nudillos cicatrizados y los fuertes músculos que delataban a un hombre que se había pasado la vida luchando. Miró los ojos que delataban largos kilómetros y años aún más largos. Miró la palabra «COBARDE» grabada a fuego en su piel.
—¿Cuánto mundo has visto? —preguntó.
—Liis —dijo él—. Vaan. Itreya. Allí donde me llevara el estandarte.
Lexa arqueó una ceja. Recordó cómo se había comportado Wells durante el Aventamiento, ladrando órdenes como un hombre acostumbrado al mando. Urdiendo tácticas como…
—Estuviste en la legión itreyana —dijo.
Wells negó con la cabeza.
—Era Luminatii, pequeña Cuervo. Serví al justicus cinco años.
Los ojos de Lexa se entornaron y su estómago se volvió hielo.
—¿Serviste a Marco Titus?
—¿A Titus? —Wells bufó de nuevo—. ¿A ese mierda traicionero? Abismo, no. Serví al anterior justicus, al verdadero justicus, chica. Al puto Nyko Wood.
A Lexa le dio un vuelco el corazón. La lengua se le pegó al paladar. Negra Madre, aquel hombre había servido a su padre.
«Pero eso no tiene sentido.»
—Hum… —Lexa carraspeó—. Había oído que al ejército del Coronador lo crucificaron en las riberas del Coro. Que pavimentaron los escalones del Senado con sus cráneos.
—No estaba allí cuando el ejército de Wood y Antonio se vino abajo. —Wells se frotó la marca en el pecho y su voz adoptó un tono meditabundo—. Siempre me he preguntado si podría haber hecho algún bien, en caso de…
Wells se pasó una mano por el pelo cortísimo y moreno. Movió la cabeza hacia las paredes que los rodeaban, hacia los barrotes que los retenían.
—Antes esto era la casa de Wood, ¿sabes? —dijo, y luego suspiró—. Su familia y él pasaban aquí los veranos, me parece. Tenía una niña pequeña y un bebé varón. Antes de que se la dieran a esa serpiente de Titus. ¡Y pensar que es aquí donde acabaré mis giros, encerrado en el sótano de ese hijo de puta! Ganando sangre y gloria para su viuda hasta que mis entrañas pinten la arena.
De modo que Wells había hecho más que servir a su padre. Se había mantenido leal cuando la república entera se volvió contra él. Por los dientes de las Fauces, no se lo habría imaginado en la vida. ¿Conocer a un hombre de su padre, bajo aquel mismo techo? Si no había sentido afinidad alguna por aquel hombre junto al que había sangrado en Puentenegro, la notó acumularse en su pecho en esos momentos. La forma en que Wells hablaba del padre de Lexa le daba ganas de besar al muy gilipollas.
«El verdadero justicus», había dicho.
Cuando todos los demás llamaban traidor a Nyko Wood.
Lexa se frotó el cuello magullado y su sombra titiló a medida que Don Majo se bebía su miedo. Nunca había hablado mucho de su don con nadie. La gente temía lo que no entendía, y odiaba lo que temía. Pero, por muy extraño que pudiera resultarle, Wells ya no parecía asustado en absoluto.
«Es un tipo bien raro.»
—Puedo atravesar paredes —confesó.
Los ojos de Wells se enfocaron y la miró desde el otro lado de la celda.
—Es como dar un… paso. Más o menos. Entre sombra y sombra, quiero decir.
—Por el abismo y la sangre —susurró el gigantón.
—Pero luego me dan ganas de vomitar —añadió ella—. Y también puedo hacer que no se me vea. Pero me quedo casi ciega mientras tanto. No es que sea el don más estupendo del mundo, la verdad.
—¿Y tu pasajero?
—Di hola, Don Majo.
—… hola, don majo…
—Entonces, ¿puedes salir de esta celda siempre que quieras?
Lexa se encogió de hombros.
—A grandes rasgos, sí.
El itreyano meneó la cabeza a los lados, perplejo.
—En nombre del Aquel que Todo lo Ve y las Cuatro putas Hijas, ¿qué haces todavía aquí, Cuervo?
El rastrillo se sacudió y ascendió cuando un guardia accionó la palanca del mekkenismo. El executus entró con paso firme en los barracones, con la barba entrecana erizada y el látigo enrollado en la mano.
—¡Gladiatii! —bramó—. ¡Atención!
Mirando a Wells con un encogimiento de hombros, Lexa se levantó para empezar el trabajo del giro.
