Capítulo 14. Respirar

Dos soles incendiaban el cielo despejado, Shiih de un llameante amarillo y Saan de un rojo sangriento contra un fondo de interminable y hermoso azul. El calor emborronaba la superficie del inacabable océano, y Lexa maldijo a Aquel que Todo lo Ve por centésima vez ese giro. Danzó por el círculo, esquivando los ataques de Cantahojas, entrando y saliendo de su alcance. La mujer tenía el rostro pétreo, y su espada de madera silbaba como si supiera su nombre.

—¡No! —vociferó el executus desde el borde del círculo—. Estás dando brincos como un maldito conejonegro. Te agotarás hasta desmayarte si sigues bailando con este calor. El escudo es un arma, igual que tu espada. Rechaza con energía los ataques de tu adversaria y la desequilibrarás.

Lexa alzó el inmenso rectángulo curvado de madera y hierro que llevaba en el brazo derecho. Pesaba como una pila de ladrillos y lo llevaba sujeto con una cuerda vieja. Lexa odiaba aquel puto trasto, a decir verdad, pero lo que decía Arkades era cierto: estaba sudando como una cerda de tanto esquivar. Trató de hacer caso de los consejos del executus pero cuando Cantahojas alzó su espada y cayó contra Lexa como el trueno, la chica por instinto se internó en la guardia de Cantahojas y descargó su hoja sobre el tendón de la corva de su oponente.

—Mierda —soltó Cantahojas—. Esta es más rápida que una cría de draco.

—¡No!

El executus entró renqueando al círculo mientras desenvainaba el gladius de acero que llevaba siempre en los entrenamientos.

—Si no dejas de bailar como una novia el día de su boda, tendré que dejarte coja.

Lexa se tensó, pensando que quizá Arkades pretendía atacarla. Pero, en vez de eso, el hombre clavó la espada en la arena, en el centro exacto del círculo. Chasqueó los dedos mirando a Larva, que esperaba como de costumbre a la sombra del pequeño cobertizo que había en una esquina del patio.

—Cuerda —ordenó Arkades.

La chica corrió a los estantes de las armas y cogió una soga de tirar que los gladiatii usaban en la calistenia. Se la llevó a Arkades y observó con curiosidad mientras el executus ataba un extremo a la empuñadura de su espada y el otro a la pierna de Lexa.

—A ver cómo bailas con eso, conejonegro —dijo ceñudo.

Arkades se retiró al borde del círculo y ordenó a viva voz que Cantahojas atacara. Incapaz de esquivar, Lexa se vio obligada a usar el escudo, contra el que cayeron los tajos de Cantahojas como relámpagos del cielo. Los impactos sacudieron el brazo de Lexa, hasta que al final la vieja cuerda que le ceñía el escudo al antebrazo se partió por la mitad, dejándole la mano enganchada en la enarma de cuero anudado. Y con una sucesión de húmedos chasquidos, tres dedos de Lexa se partieron por sus nudillos.

—¡Por el abismo y la puta sangre! —gritó soltando el escudo.

Los otros gladiatii del patio se volvieron para mirar mientras Lexa se agachaba, agarrándose la mano. Carnicero se echó a reír y Despiertaolas estalló en aplausos. Lexa miró furibunda su escudo roto y le propinó una patada brutal —«¡Puto trasto!»— que lo envió volando por el patio, antes de dejarse caer sentada al suelo.

—¡Auuu! —se quejó, cogiéndose los dedos de los pies, en los que acababa de hacerse un esguince.

—Déjame ver —dijo el executus, que llegó cojeando y se arrodilló a su lado.

Lexa levantó la mano temblorosa. El meñique salía en un ángulo imposible, y el anular y el corazón estaban torcidos. Arkades le giró la mano a un lado y a otro mientras Lexa se retorcía y renegaba.

—¡Me has roto los dedos! —exclamó, y fulminó a Cantahojas con la mirada.

La mujer se encogió de hombros y se pasó las largas trenzas de sal por detrás del hombro.

—Bienvenida a la arena, Cuervo.

—Deja de lloriquear, chica —dijo Arkades entrecerrando los ojos—. Solo están dislocados. ¡Larva!

La muchacha espabiló en su asiento a la sombra cerca del cobertizo y corrió hacia Lexa. Larva le desató la cuerda del tobillo y la ayudó a levantarse, aunque no le evitó una mueca de dolor al hacerlo. Los demás gladiatii volvieron a sus entrenamientos mientras Larva llevaba a Lexa de la mano por el patio. Lexa vio por el rabillo del ojo a Furiano haciendo un combate de prácticas contra Despiertaolas. El rostro del campeón era una máscara, y el estómago de Lexa, como siempre, un nudo de náusea y hambre cuando lo tenía cerca.

«¿Yo le hago sentir lo mismo?»

Larva llevó a Lexa a una larga sala en la parte trasera del fuerte, en la que había cuatro losas de arenisca. La piedra era del mismo tono ocre quemado que los acantilados de alrededor, pero estaba manchada de un rojo más intenso, con salpicaduras en la superficie.

«Manchas de sangre», comprendió Lexa.

—Puedes sentarte —dijo Larva en voz baja y tímida.

Lexa lo hizo, sosteniéndose la mano palpitante contra el pecho. Larva recorrió toda la estancia sacando cosas de una serie de cofres. Volvió con unas cuantas tablillas de madera y una bola de algodón marrón.

—Trae esa mano —ordenó.

La sombra de Lexa se infló mientras Don Majo se bebía su miedo por lo que iba a ocurrir. Larva estudió los dedos y se frotó la barbilla. Y con la suavidad de una hoja cayendo, cogió el dedo meñique de Lexa.

—No te va a doler —prometió—. Esto se me da muy bien.

—De acueeeeeaaaaaaAAAAH —aulló Lexa cuando Larva le colocó el dedo en su sitio, rauda como el rayo. Se levantó de la losa y se dobló por la mitad, asiéndose la mano—. ¡Me ha dolido!

Larva asintió con solemnidad.

—Sí.

—¡Me has prometido que no dolería!

—Y tú me has creído. —Larva sonrió, dulce como algodón de azúcar—. Ya te he dicho que esto se me da muy bien. —Señaló la losa—. Vuelve a sentarte.

Lexa parpadeó para quitarse las lágrimas, con la mano palpitando de agonía. Pero al mirarse el dedo, vio que Larva lo había colocado bien, devolviendo la articulación dislocada a su sitio con pericia. Respiró hondo, se sentó de nuevo y le tendió la mano de nuevo. Larva cogió el dedo anular de Lexa y la miró con sus ojos grandes y oscuros.

—Voy a contar hasta tres —dijo.

—De acueeeeeaaaaaaJODER —rugió Lexa cuando Larva colocó la articulación en su lugar. Se levantó y medio bailó, medio brincó por la estancia, con la mano herida entre las piernas—. ¡Mierda polla coño joder a tomar por culo todo!

—Sueltas un montón de palabrotas —comentó Larva con el ceño fruncido.

—¡Has dicho que ibas a contar hasta tres!

Larva asintió con gesto triste.

—Y me has vuelto a creer, ¿verdad que sí?

Lexa se encogió, con los dientes rechinando, y miró a la chica de arriba abajo.

—Sí que se te da muy bien, sí —comprendió mientras lo decía.

Larva sonrió y dio una palmadita en la losa.

—El último.

Suspirando, Lexa se sentó de nuevo y la mano le tembló de dolor cuando Larva le cogió sin hacer fuerza el dedo corazón. Miró a Lexa con aire solemne.

—Muy bien, este sí que te va a doler muchísimo —advirtió.

—Esp… —Lexa crispó el rostro cuando Larva le puso el dedo en su sitio.

Parpadeó.

—¿Au? —dijo.

—Ya está. —Larva sonrió.

—Pero si ha sido el más fácil de los tres —protestó Lexa.

—Lo sé —repuso Larva—. Esto se me…

—… da muy bien —terminaron las dos al unísono.

Larva pasó a entablillar los dedos de Lexa, atándolos fuerte para restringirles el movimiento. Los tres círculos marcados en su mejilla habían dejado de ser tanto misterio.

—¿Por qué te llaman Cuervo? —preguntó mientras trabajaba.

Lexa la observó con atención, intentando hacer caso omiso del dolor cálido y palpitante de la mano. Larva era liisiana, de piel morena, enmarañado cabello negro y ojos grandes y oscuros. Estaba muy delgada y llevaba un fino vestido sobre su más fino cuerpo.

«Y no pasa ni un giro de los doce años», estimó Lexa.

Quizá fuese por verla en el fuerte donde la propia Lexa había crecido. Quizá fuese por la traviesa inteligencia que centelleaba en sus ojos oscuros, o por el descaro con que hablaba a sus mayores. Fuera por lo que fuese, la niña le recordaba a Lexa un poco a sí misma.

—¿Por qué te llaman Larva? —replicó Lexa.

—Yo he preguntado antes.

—Cuervo es un apodo.

Lexa recordó el primer giro en el que alguien la había llamado por el nombre del ave. Su primer encuentro con el viejo Gustus. El anciano había dado una soberana paliza a unos matones de callejuela que habían robado el broche de Lexa. Fue el giro siguiente al ahorcamiento de su padre. Ella era la hija de un traidor, buscada por los hombres más poderosos de la república. Y Gustus la había acogido sin pensárselo, le había dado un techo, le había salvado la vida.

«Negra Madre, cuánto arriesgó por mí.»

Lexa sacudió la cabeza, pensando en el plan demencial que estaba llevando a la práctica.

«Cuánto sigue arriesgando por mí.»

—Me lo puso un amigo —dijo Lexa—, de pequeña. Tenía una joya con forma de cuervo. Me llamó así por ella.

—Yo nunca he tenido joyas —comentó Larva.

—Ni yo, desde entonces. Esa era un regalo de mi madre.

—¿Dónde está tu madre?

La dona miró a su hija con los ojos muy abiertos y una sonrisa rota, amarilla y demasiado amplia. Don Majo cobró forma en el suelo de la celda al lado de Lexa, y la dona Wood siseó como si le hubiera caído encima agua hirviendo y se apartó de los barrotes con los dientes desnudos en un gruñido.

Está en ti —había susurrado la dona—. Oh, Hijas, está en ti.

Lexa clavó la mirada en el suelo de piedra. En las salpicaduras de vieja sangre marrón.

—Murió —dijo.

Larva miró a Lexa y sonrió triste mientras terminaba de atar las vendas.

—La mía también —dijo—, pero me enseñó todo lo que sabía. Así que cada vez que coso una herida, coloco un hueso o hago bajar la fiebre, ella sigue conmigo.

Era una idea bonita, meditó Lexa. Una idea que sin duda se transmitía a los huérfanos de todo el mundo desde el principio de los tiempos. Pero incluso si en ella había alguna semblanza de su padre en la forma de luchar, o de su madre en la de hablar, ambos estaban muertos para siempre. Si estaban con ella de algún modo, era como espíritus posados en su hombro, susurrándole en la nuncanoche todo lo que podría haber sido.

De no ser por ellos.

Lexa hizo girar la mano herida a uno y otro lado. Aún se resentía, pero ya le iba doliendo menos. En una semana o así, la tendría como nueva.

—Aún no me has dicho por qué te llaman Larva —dijo.

La niña miró al fondo de los ojos de Lexa.

—Reza por no tener que averiguarlo —respondió.

Luego salió de la enfermería seguida de Lexa. Regresó a su asiento en la sombra mientras el executus llegaba cojeando hasta Lexa y daba un sorbito de la petaca que llevaba en la cintura. Le cogió la muñeca y miró irritado su mano herida.

—Con eso no podrás hacer combates de prácticas en unos…

—Executus —llegó una voz suave.

Arkades alzó la vista hacia la terraza. Allí estaba la dona Echo, con el cabello caoba en largos y fluidos tirabuzones y un vestido de seda tan azul como el cielo. A su lado había un liisiano repeinado, vestido con una levita demasiado buena para aquel entorno y demasiado gruesa para el tiempo que hacía. Estaba flanqueado por dos corpulentos guardaespaldas con jubones de cuero.

—¡Atención! —ladró Arkades.

El patio quedó en silencio a su orden y los gladiatii se volvieron hacia su ama.

—Executus, prepara a Matilio. —La dona miró hacia un itreyano fornido que había estado practicando con un liisiano llamado Otho—. Acompañará a estos hombres al hogar de su nuevo amo.

Las cejas grises de Arkades se unieron en un fruncimiento.

—¿Nuevo amo, mi dona?

—Se lo he vendido a Varrón Caito.

Los gladiatii cruzaron miradas incómodas y Lexa percibió la repentina bajada de ánimos. Matilio dejó sus espadas de práctica y arrugó la frente mirando a Echo.

—Domina —dijo el itreyano—, ¿os he… disgustado?

Echo se quedó mirando al hombre con sus brillantes ojos azules. Pero al desviar los ojos hacia el hombre repeinado que estaba junto a ella, su mirada se volvió tan dura como la piedra roja que sostenía sus pies.

—Ya no soy tu domina —dijo—, pero aun así no tienes ningún derecho a cuestionarme. No hables fuera de lugar, esclavo, si no quieres que ordene al executus que te regale un último recordatorio.

El grandullón bajó la mirada, con palpable desconcierto en los ojos.

—Disculpas —gruñó.

La fría mirada azul de Echo cayó sobre Arkades.

—Executus, encárgate de su traslado. Los demás, a seguir entrenando.

Arkades se inclinó.

—Vuestro susurro, mi voluntad.

Aunque la ocultó bien, Lexa distinguió la confusión en los ojos del executus. Fuera cual fuese la naturaleza de aquella venta, era evidente que Echo no había consultado con él antes de realizarla. El hombretón se enderezó, miró a los ojos a Lexa y luego devolvió la atención a su mano herida.

—No librarás combates en los próximos tres giros, chica. —Señaló con la cabeza a los gemelos rubios vaanianos, que trabajaban con los maniquíes de entrenamiento al otro lado del patio—. Mañana acompañarás a Bryn y Byern al equorium. Puedes ayudarlos a practicar, al menos.

El León Rojo dio media vuelta y echó a renquear por el patio. Matilio estaba aprovechando los pocos momentos que le quedaban para despedirse en voz baja de los demás gladiatii. Asió el antebrazo de Furiano y apretó fuerte. Cantahojas lo envolvió con un abrazo aplastante, y Carnicero, Despiertaolas y Otho le dieron palmadas en la espalda. Matilio miró en la dirección de Lexa y asintió una vez, y ella le devolvió el gesto. No lo había llegado a conocer bien, pero parecía una persona decente. Y saltaba a la vista que tenía amigos en el collegium, hermanos y hermanas junto a los que había luchado y sangrado, y de quienes estaba viéndose obligado a separarse. Lexa fue hacia los maniquíes de entrenamiento y se coló entre Bryn y Byern. La chica vaaniana era bajita, casi hermosa, con el pelo sudado recogido en una coleta en la coronilla. Byern era más alto y más guapo, con la mandíbula cuadrada y los hombros anchos. Su espada de práctica pendía de su mano laxa mientras veía a Matilio decir adiós. Los vaanianos tenían la edad aproximada de Lexa, pero por algún motivo daban la sensación de ser más mayores. Algo en sus ojos, tal vez.

—¿Quién es Varrón Caito? —preguntó Lexa en voz baja.

Los gemelos se sobresaltaron: no habían oído acercarse a Lexa. Poniendo mala cara, Bryn se volvió de nuevo hacia las despedidas y lanzó una mirada envenenada al liisiano repeinado de la terraza.

—Un tratante de carne —respondió—. Dirige el Pandemónium.

Lexa enarcó una ceja interrogativa.

—Es un antro de peleas —explicó Bryn—. Clandestino, no aprobado por los Administratii. Pero las batallas son sangrientas. Y populares. Pagan buenos precios por los exgladiatii.

—Entonces, ¿es una especie de estadio?

Byern negó con la cabeza.

—Allí no hay honor. No hay reglas. No hay clemencia. El Pandemónium se parece más a unas peleas de perros humanas que a un venatus. Y los combates siempre son hasta el final. La mayoría de los guerreros mueren al cabo de unos pocos giros. Ni los mejores duran más de un mes.

Lexa observó a Matilio, que estaba siendo esposado por el executus para entregarlo al tratante de carne liisiano. Los guardaespaldas comprobaron los hierros y asintieron. Y con una última mirada del hombre, se lo llevaron del patio a la custodia de su nuevo amo.

Bryn suspiró y meneó la cabeza.

—Camina hacia su muerte.

—Entonces, ¿por qué camina? —preguntó Lexa.

—¿Qué otra cosa quieres que haga? —replicó Byern.

—Correr —dijo ella con ferocidad—. Luchar.

—¿Luchar? —Bryn miró a Lexa como si fuera una niña—. Hubo una revuelta de esclavos ahí abajo, en Reposo del Cuervo. Hará unos siete u ocho meses. ¿Has oído hablar de ella?

Lexa negó con la cabeza.

—Dos esclavos se enamoraron —dijo Byern—. Querían casarse, pero su domini lo prohibió. Así que entre los dos rajaron el cuello de su amo en la nuncanoche y huyeron. Lograron llegar a Lanza del Alba antes de que los apresaran. ¿Sabes qué hicieron los Administratii?

—Crucificarlos, supongo —respondió Lexa.

—Sí. —Bryn asintió, alisándose la coleta—. Pero no solo a ellos. Azotaron y crucificaron a todos los esclavos de la casa de su domini junto a ellos, para dar ejemplo. A la única que perdonaron fue a la esclava que dijo a los Administratii dónde podrían encontrar a los asesinos. Y en recompensa por su lealtad hacia la república, a esa esclava la obligaron a blandir el látigo para los azotes.

—Tal es el precio de la rebeldía en Itreya —dijo Byern.

Los labios de Lexa se retrajeron al pensarlo. Sintió náuseas. Ya sabía que la vida de un esclavo en la república era cruel y a menudo breve. Sabía que el castigo para quienes se rebelaban era espantoso. Pero Negra Madre, tanta brutalidad…

—¿Las visteis? —preguntó sin alzar la voz—. ¿Las ejecuciones?

Byern asintió.

—Las presenciamos todos. Los Administratii ordenaron que todos los esclavos de todas las casas en Reposo acudiesen para ser testigos. El chico más joven al que clavaron no podía tener más de ocho años.

—Por las Cuatro Hijas —susurró Lexa—. No me había imaginado…

—Como gladiatii, tú estás mucho mejor que la mayoría —dijo Bryn—. Sangre. Gloria. Ya puedes dar gracias.

Lexa miró de reojo a la chica.

—¿Tú das las gracias?

Bryn miró la espada de madera que llevaba en la mano. A su hermano Byern, erguido a su lado. Miró al cielo sobre su cabeza, a la arena bajo sus pies.

—Perduramos —respondió por fin.

Lexa vio cómo se llevaban a Matilio hacia la puerta principal. Se detuvo ante el rastrillo y dedicó una última mirada a sus hermanos y hermanas, con la mano levantada en gesto de despedida. Bryn lo saludó moviendo el brazo y Byern cerró el puño y se lo puso contra el corazón. Y tras recibir un empujón en la espalda, Matilio desapareció. Lexa negó con la cabeza, preguntándose qué habría hecho en su lugar.

¿Resistirse en un vano gesto de desafío y hacer matar a sus hermanos y hermanas o caminar en silencio hacia la muerte? ¿Cómo se sentiría si la vida en aquel collegium fuese de verdad la suya, si en vez de poder superar las murallas con un paso siempre que quisiera estuviera atrapada allí? ¿Si no tuviera el menor control, si no tuviera voz ni voto sobre su propio futuro?

—¿Cómo? —preguntó—. ¿Cómo soportáis lo insoportable?

—En Vaan tenemos un dicho —repuso Byern—: En cada respiración mora la esperanza.

Bryn se volvió hacia Lexa.

Una sonrisa fugaz para ocultar su dolor.

Una palmada en la espalda de Lexa para quebrar la espantosa quietud.

—Tú sigue respirando, cuervecilla.