Capítulo 15. Bien
La tardera fue lúgubre esa nuncanoche, sin las bromas obscenas ni la charla amistosa que solían acompañar a la comida en las largas mesas del porche. Todas las mentes parecían vagar en torno a la venta de Matilio. Al pensar en el destino que esperaba al pobre hombre en el Pandemónium, Lexa perdió el apetito y, en vez de las sobras que solía dar a Colmillo cuando aparecía husmeando, le dio casi todo su cuenco. El gran mastín le lamió los dedos heridos, meneando con frenesí su muñón de cola. Lexa le rascó las orejas y puso todo su empeño en no darle más vueltas. Se esforzó en pensar en los desafíos que estaban por venir, en la venganza que la aguardaba al final de todos ellos. Estaba allí por un motivo y solo por uno. Y la venganza no era un plato que se sirviera intimando demasiado con sus compañeros de batalla. Por muy desoladora que resultara la idea. Como un eco de sus pensamientos, sintió un vientecillo fresco en la nuca. Colmillo dio un suave gemido y puso pies en polvorosa, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. Don Majo se enredó en el pelo de Lexa y susurró, leve como las sombras:
—… estas personas no son tu familia, ni tus amigos. todos ellos son solo un medio para alcanzar un fin…
Los demás gladiatii no parecían tener ganas de hablar del tema y masticaban en silencio. Carnicero estaba de muy mal humor, sin embargo, y murmuraba entre dientes y movía la cabeza. Y llegando al final de la tardera, no pudo contener más tiempo la lengua.
—Esto es una mierda infecta —protestó, y empujó su cuenco a un lado.
—Es ternera, me parece —dijo Despiertaolas mientras se limpiaba los dientes con una uña.
—Me refiero a Mati, soplapollas —replicó Carnicero mirando furioso al hombre más corpulento—. ¿Qué es eso de venderlo al cabrón rastrero de Caito? Merecía algo mejor que ese condenado agujero.
—Cuida las palabras, hermano. —Despiertaolas levantó un dedo en advertencia y su voz de barítono sonó más grave—. Hay damas presentes.
Cantahojas levantó una ceja.
—¿Dónde?
—Ya basta —gruñó Furiano. La mirada del campeón era dura, sus oscuros ojos ardían. Tenía la mandíbula apretada. Los músculos, tensos—. Termina de comer, Carnicero.
—No está bien, Furiano.
El Invicto dio un puñetazo en la mesa y todos los ojos se volvieron para mirarlo.
—Es la voluntad de la domina —dijo—. Es la dueña de este collegium. Pareces demasiado inclinado a olvidarlo. Pero recuérdame, hermano, qué eras tú antes de que ella y el executus te sacaran de la mierda.
—Guardaespaldas —respondió Carnicero, apretando los dientes.
—Lo que eras es un puto mulo —escupió Furiano—. Cargabas en el mercado con las bolsas de una dona vieja y arrugada y te la follabas cuando te lo ordenaba. ¿Qué me dices tú, Despiertaolas?
—Era artista dramático —respondió orgulloso el gigantón.
—¿Artista? Eras un condenado portero en un teatrillo de a dos mendigos, el que echaba a los borrachos y limpiaba la mierda del retrete entre funciones.
Despiertaolas pareció algo alicaído.
—Iba a interpretar al Rey Hechi…
—Byern iba de camino a una mina de cobre ashkahi. —El Invicto fue señalando por todo el porche—. Bryn, a un burdel liisiano. Por la sangrante polla de Aa, ¡a Cantahojas la iban a ahorcar, joder! ¡Y la domina nos elevó a todos y nos convirtió en dioses!
La mirada oscura del campeón recorrió el comedor, desafiando a que lo contradijeran.
—La domina nos alimenta —añadió—. Nos da un techo. Nos concede la oportunidad de luchar por la gloria y el honor en el venatus en lugar de vivir de rodillas o con las piernas levantadas. ¿Y tú dices que no está bien? Todos le debemos la vida. Incluido Matilio. Eso es lo que hace que esté bien.
Lexa se quedó sentada en silencio, escuchando la diatriba del Invicto. Ningún gladiatii se mostró en desacuerdo con él. Lexa volvió a preguntarse quién era aquel hombre, qué lo impulsaba a respirar. Se le daba bien comprender las motivaciones de la gente, pero Furiano era un misterio. Luchaba como un daimón en la arena, eso era cierto. Y aun así parecía satisfecho por doblar la rodilla ante esa vida de sangre y servidumbre, y de negar la verdad sobre quién era en realidad.
«¿Por qué no puedo conocer a un solo tenebro que no sea un hijo de puta o un necio?»
La tardera concluyó y llevaron a los gladiatii a los barracones y a los baños, de cuatro en cuatro. A Lexa solía tocarle con Wells, Carnicero y Cantahojas, aunque a ella le gustaba más bañarse con Despiertaolas. El hombre tenía una voz preciosa, y mientras se lavaba acostumbraba a cantar canciones que, por lo visto, había aprendido durante su breve época en el teatro. Lexa ya había abandonado toda noción de pudor, a base de andar por ahí todo el giro llevando dos tiras de tela acolchada y unas sandalias. Se sorprendía de la facilidad con la que se estaba acostumbrando a la vida en el collegium. Sin intimidad. Sin recato. Y cuando cerraba los ojos, aún oía el sonido que se le había quedado en la mente desde los juegos de Puentenegro. El rugido, que la elevaba con alas de trueno.
«La multitud.»
Se le erizaba la piel al pensar en ello, por mucho que quisiera evitarlo. El recuerdo ardía detrás de sus párpados. Pero se recordaba a sí misma que estaba allí por un motivo, y que ese motivo era el Venatus Magni. Echo había vendido a Matilio sin hablar del asunto con Arkades. Si había algún peligro para el collegium, más le valía averiguar la verdad sobre él. Wells parecía taciturno cuando Lexa volvió a la celda que compartían después de bañarse, y Lexa no lo atosigó. En vez de hablar con él, se reclinó contra los barrotes y dormitó, pensando en cómo podría convertir la lealtad del itreyano a su padre en algún tipo de ventaja. Allí, en la oscuridad, escuchó sentada en silencio los tenues murmullos que salían por debajo de la puerta de Cantahojas hasta que estuvo segura de que los demás gladiatii se habían dormido. Susurró el nombre de Wells, pero no vio que se moviera. Sintió un fresco susurro detrás del cuello.
—… ¿adónde vamos a ir?…
—Dímelo tú —respondió en voz baja.
—… llevo rondando la casa desde la tardera…
—Pues cuéntame una historia.
—… Arkades ha pedido reunirse con leona. le han dicho que acuda después de que ella se bañe…
Lexa asintió.
—Ve delante.
Su sombra titiló y Don Majo salió de ella y correteó hasta el rastrillo, ya bien cerrado para la nuncanoche. Lexa alcanzó las sombras de la antecámara, igual que había hecho la víspera. No le resultaron más fáciles de asir, y su presa flaqueó un instante mientras arrugaba el gesto, concentrada, respiraba
largo y hondo y
daba un paseo
hacia
la sombra
más allá del rastrillo.
El mundo se puso del revés y Lexa estuvo a punto de caer al suelo. Contuvo una blasfemia mientras se sostenía con la mano herida. Tenía la cabeza agachada, el pelo largo y oscuro cubriéndole unos ojos negros como la tinta.
—… ven…
El no-gato se adelantó veloz, vigilando por si había guardias. Deslizándose por su antiguo hogar como un puñal entre costillas, Lexa dejó atrás hileras de armaduras y subió la amplia escalera hasta el primer piso. Su mente se inundó de recuerdos de su infancia allí. Recordó a su padre trabajando con los caballos en el patio. A su madre leyendo junto a la ventana salediza de su dormitorio. Recordó la nuncanoche en que había nacido su hermano Aden, bajo aquel mismo techo. Su padre había sollozado al coger al bebé en brazos. Con qué claridad lo recordaba. Su olor. Su forma de besar a su madre, primero en un párpado, luego en el otro y, por último, en su suave entrecejo de color oliva.
Un buen hombre.
Un buen marido.
Un soldado fiel.
¿Qué clase de rey habría sido?
Lexa sacudió la cabeza y se llamó tonta a sí misma. Daba igual. El reino de su padre tenía medio metro de ancho y dos de profundidad, y dos de los hombres que lo habían matado seguían vivitos y coleando. Eso era lo que importaba. Eso era lo único de lo que debería preocuparse. Llegó a la cuarta planta. El piso se usaba como almacén cuando el Nido era de los padres de Lexa, pero con los Halcones retenidos en el sótano, el nivel superior había pasado a pertenecer a la dueña de la casa. Queda como un bisbiseo, Lexa avanzó a hurtadillas por los largos pasillos hacia unas voces tenues que llegaban del baño. Echó un vistazo por la puerta y vio a la dona Echo saliendo de un agua profunda y vaporosa, que caía en arroyuelos por su cuerpo desnudo. Tenía el pelo mojado y la cara sin maquillar. Lexa reparó en que era toda una belleza: caderas turgentes y labios aún más turgentes. Sus ojos recorrieron las curvas de Echo, envueltas en vapor, y se preguntó a qué se debía el estremecimiento que estaba sintiendo. Porque abajo, en los barracones, ver cuerpos desnudos no significaba nada, pero allí se le estaba poniendo la piel de gallina. Su corazón latía más deprisa. Pensando, quizá, en otra belleza en la cama de Aurelio, en cómo la había saboreado en la boca del joven don, en sus besos dorados descendiendo cada vez más. Y entonces le vino Clarke a la mente. El beso que se habían dado cuando Lexa abandonó la iglesia. Ese beso que había durado un momento de más. ¿O quizá no lo suficiente?
Lexa negó con la cabeza. Se regañó por inocente. Clarke Griffin había matado a Lincoln. Clarke Griffin había traicionado a la iglesia y sus votos sagrados para vengar a su padre. Lexa miró a un lado del pasillo y vio su reflejo en un espejito de la pared.
«¿No te recuerda a otra persona que conoces?»
La magistrae esperaba atenta junto a la bañera de Echo y puso un largo albornoz a su ama. Echo parecía pensativa, se mordía una uña y miraba la pequeña estatua de Trelene que también hacía de caño para el agua. Suspiró mientras la magistrae le frotaba los hombros para aliviarle la tensión.
—¿Qué te preocupa, cielo? —preguntó la mujer mayor.
Echo sonrió.
—¿Cómo sabes que me preocupa algo?
—Estas fueron las manos que te trajeron al mundo. —La magistrae le devolvió la sonrisa—. Este fue el pecho que te nutrió. Aunque no afirmaré conocer siempre lo que te pasa por la mente, sí sé cuándo está llena de pensamientos oscuros, sin la menor duda.
Echo cerró los ojos mientras la magistrae trabajaba en un nudo de su cuello.
—Estoy soñando otra vez, Anthea. Con mi madre.
—Ay, amor —la arrulló la magistrae—. Han pasado muchos años desde entonces.
—Eso lo sé, aquí sentada. Pero en los sueños siempre soy una niña. Una niña pequeña y asustada. Como lo era cuando…
Echo se mordió la uña, negó con la cabeza y se hizo el silencio en el baño.
—Es algo espantoso vivir con miedo —dijo por fin con un suspiro.
—Pues no vivas así, cielo. Mira lo lejos que has llegado. Mira todo lo que has construido.
—Eso hago. Pero lo que he construido se alza al borde de la ruina, Anthea. —La dona respiró hondo y tensó la mandíbula—. Necesito dinero. Marco me dejó con poco más que estas paredes y los fondos que invertí en remodelarlas. No era un hombre cuidadoso con el dinero.
—Estabais hechos el uno para el otro, pues.
Echo sonrió con tristeza.
—Palabras merecidas, supongo.
—¿Lo echas de menos, cielo? —preguntó la magistrae, cambiando de tema con sutileza.
—No. —Echo suspiró—. Marco era lo bastante bueno, pero jamás lo amé. Y… odiaba precisar de él. ¿Soy una persona horrible?
—Eres una persona sincera. —La magistrae sonrió.
Volvió a hacerse el silencio, y Echo de nuevo se mordió la uña y miró a la pared. La dona parecía más joven allí que en el patio, su armadura descartada al no tener más que ojos de confianza cerca. Era casi la niña que decía ser en sueños. La magistrae siguió masajeándole los hombros, mordiéndose el labio de vez en cuando. Cuando la mujer volvió a hablar, lo hizo con evidente inquietud.
—Echo, sé que tú y tu padre…
—No, Anthea.
—Pero nada en la abundancia. Seguro que si le…
—¡Que no! —Echo se volvió hacia Anthea con un fogonazo de sus ojos—. Te estás excediendo. Y no quiero oír ni una palabra más sobre el tema. Moriré antes de aceptar un solo mendigo de cobre de ese hombre, ¿me has entendido?
Los ojos de la magistrae encontraron el suelo.
—Sí, domina —respondió.
Observando desde las sombras, Lexa se descubrió apenada. Notaba que Anthea estaba preocupada de verdad por Echo y veía que la barrera entre ellas se había debilitado con el paso de las décadas. Pero por mucho que a Anthea le importara su ama, siempre sería una sierva. Aunque había amamantado a Echo, Anthea jamás sería su madre. Aun así, una cosa era poner la oreja en una conversación que podía decidir su futuro y otra muy distinta inmiscuirse en un momento tan privado. La información era poder y el poder era ventaja, pero allí Lexa ya se había enterado de suficiente. Desanduvo el pasillo detrás de Don Majo y encontró el espacioso comedor. Seguían todos los viejos muebles: la larga mesa donde sus padres recibían a invitados, las sillas de madera a las que había trepado y entre las que se había escondido de niña. Quedaban algunos tapices en las paredes, el de la diosa Tsana envuelta en llamas y el de la diosa Trelene semioculta entre las olas.
Pasos. Acercándose. Clin tump, clin tump.
Lexa y Don Majo se metieron detrás de una larga y pesada cortina. Ella podría haberse envuelto en sombras para escuchar la conversación del executus y Echo, pero en realidad quería verles las caras. Comprobar si la armadura que se ponía Echo fuera de esas paredes era la misma que utilizaba con aquella leyenda de la arena, que la servía a ella en lugar de al hombre que lo había elevado al puesto de campeón. Arkades entró cojeando en el comedor y lo encontró vacío. Apretó los dientes y se sentó a la larga mesa a esperar. Lexa vio que se había bañado y cepillado la barba y la melena entrecanas. La cicatriz de su rostro y la piel curtida lo hacían difícil de adivinar, pero supuso que estaría a mediados de la treintena. La vida en la arena no lo había tratado bien, pero su físico y el puro magnetismo de una vida dedicada a obtener victorias ante un público adorador…
Se había quitado la armadura de cuero que llevaba en el patio y llevaba ropa elegante. Su jubón oscuro tenía bordados los Halcones de Titus y los Leones de Leónidas. Su bastón también tenía cabeza de león. Lexa volvió a cuestionarse las lealtades del hombre. Estaba allí, al servicio de Echo, pero aun así seguía luciendo el león de su padre en el pecho. Arkades miró alrededor, sacó una petaca de su jubón con disimulo y dio un largo sorbo.
—Tenemos copas, si lo prefieres, executus.
Arkades dio un respingo y se puso de pie mientras Echo cruzaba el umbral a su espalda, llevando una botella de vino y dos copas. Los ojos del executus se ensancharon un ápice al verla, y Lexa no pudo evitar arquear una ceja también. Echo tenía el pelo mojado, iba descalza y seguía con el albornoz, bastante abierto. Si se vigilaba desde el ángulo adecuado, quedaba muy poco de su cuerpo a la imaginación.
—Mi dona —dijo Arkades inclinándose con los ojos en el suelo y esforzándose por no vigilar desde ningún ángulo.
Lexa vislumbró una minúscula sonrisa en el rostro de Echo mientras se dirigía a la cabecera de la mesa y se dejaba caer en una silla. Se sirvió una copa y subió un pie a la madera. El albornoz resbaló pierna arriba, revelando su carne hasta el muslo.
—Sírvete tú mismo —dijo sonriendo.
—¿Mi dona?
Echo señaló la segunda copa y la botella.
—Es espantoso, me temo. Pero cumple con su cometido. Ten. —Echo se inclinó hacia delante, llenó la otra copa y la empujó por la mesa.
La mirada de Arkades fue a todas partes menos al pecho de la domina, y casi se retorció al volver a su silla.
«Así lo mantiene desequilibrado —comprendió Lexa—. Él es diez años mayor que ella. La duplica en tamaño. Ha librado mil batallas, es campeón del Magni, y el pobre desgraciado ni siquiera sabe dónde mirar cuando ella entra en la habitación.»
—Bien —dijo Echo, reclinándose y dando un sorbito a su copa—. Tienes algo en mente. Algo muy urgente que estás obligado a compartir conmigo.
Arkades asintió y su vergüenza se evaporó cuando la conversación pasó a versar sobre el collegium.
—Matilio, mi dona.
—¿Qué pasa con él?
—Su venta a Caito…
—Era necesaria —lo interrumpió ella—. El premio de Puentenegro no llegaba para cubrir los gastos de este mes. Nuestros acreedores presionan, y deben cobrar.
—Pero Caito… —insistió Arkades—. El Pandemónium no es lugar para que un hombre muera.
Echo se bebió la copa de un trago.
—Matilio no era un hombre —dijo, y se sirvió otra—. Era un esclavo.
—No creéis eso de verdad, mi dona.
Arkades miró a la mujer por encima de la mesa. Lexa percibió un instante de blandura en su mirada, reemplazada enseguida por puro hierro.
—¿No lo creo? —preguntó.
—Matilio era un gladiatii —dijo Arkades—. Trajo gloria y honor a este collegium. A vos, mi dona. No era nuestro mejor luchador, cierto, pero os sirvió con toda su alma.
—No fue suficiente. Tengo muchas bocas que alimentar, y todas cuestan dinero. Nuestras deudas crecen a cada giro que pasa y mi monedero está casi vacío.
—¿Y cómo hemos llegado a esa situación? —El executus torció el gesto—. ¿No habrá sido gastando una verdadera fortuna en una sola recluta?
—Ah. —Echo suspiró—. Esta vez vamos al grano sin demora.
—¡Con las mil monedas de plata que pagasteis por esa chica, podríais haber alimentado este collegium lo que queda de año!
Las orejas de Lexa se aguzaron al oír que se la mencionaba, y sus ojos se entrecerraron.
—¿No la viste en Puentenegro? —preguntó Echo—. ¿No viste cómo encendió a la multitud?
—¡Para eso ya tenemos a Furiano! —casi gritó Arkades, levantándose de la silla—. ¡El Invicto es el campeón de este collegium! ¡Esa chica escuálida no puede ni levantar un maldito escudo!
—Pues la pondremos a luchar al estilo Caravaggio. Dos hojas. Sin escudo. Al público le encantará, y a ella más. ¿Una chica de su tamaño, destripando a hombres el doble de corpulentos? ¿Y con el aspecto que tiene? Por las Cuatro Hijas, el público ni siquiera podrá mirar de hinchadas que tendrán las pollas.
Arkades suspiró y se llevó los nudillos a los ojos.
—Cuando inaugurasteis este collegium, mi dona, me pedisteis ayuda.
—Así es. —Echo jugueteó con el cuello de su albornoz—. Y siempre te estaré agradecida por prestármela.
—En ese caso, con todo el respeto, mis consejos deben ponderarse. Os conozco desde que erais una niña. Os vi crecer de venatus en venatus. Pero hay todo un mundo de diferencia entre mirar desde los palcos y dirigir un collegium.
Los ojos y la voz de Echo se helaron.
—¿Y crees que no lo sé?
—Creo que deseáis hacer daño a vuestro padre.
Los ojos de Echo se estrecharon y sus labios se convirtieron en una línea.
—Te excedes, executus.
Arkades alzó una mano en súplica ante la furia de Echo.
—Las Hijas saben que recuerdo cómo os trataba a vos y a vuestra madre. Y vuestra ira no carece de motivo. Pero temo que superar su desorbitada puja por esa chica demuestra que tenéis la mente nublada en los asuntos de familia. La mía está clara. Luché muchos años en la arena y entrené a los gladiatii de vuestro padre después de eso. Y os estoy diciendo que esa chica no es ninguna campeona. Tiene la astucia de un zorro, pero no es ni la mitad de gladiatii que Furiano. Llegará un momento en que el ingenio y las artimañas no le servirán de nada. Cuando estén solos ella, una espada y el hombre al que debe matar. —Arkades se apoyó en la mesa y miró a Echo a los ojos—. Y. Entonces. Fracasará.
A Lexa le dio un vuelco el estómago al oír hablar así a Arkades. Creía haberlo impresionado con el espectáculo que había dado en Puentenegro, pero el hombre parecía ciego del todo a sus méritos. Echo bajó la mirada y Arkades recordó su posición y volvió a su silla con un gruñido de disculpa. La dona se bebió el resto del vino y se quedó mirando la copa vacía durante interminables minutos. Cuando habló, fue en voz tan baja que Lexa casi no alcanzó a oírla.
—Quizá fuese mala idea invertir una suma tan grande. Pero es… es que no quería volver a verlo ganar. Mi madre me lo advirtió cuando era pequeña: «Nunca te opongas a tu padre, porque siempre gana», me dijo. —Alzó la mirada hacia el executus con los ojos brillantes de ira y exclamó—: ¡Pues esta vez no! Ni nunca más. Lo quiero de rodillas. Quiero que me mire a los ojos y sepa que fui yo quien lo puso ahí. Quiero que se beba su sufrimiento como si fuese el mejor vino. —Arrojó la botella contra la pared, justo al lado de la cabeza de Lexa, y la hizo mil añicos—. No esta mierda peleona. —Dejó caer la cabeza y suspiró—. Incluso después de vender a Matilio, seguimos teniendo otra docena de acreedores.
—¿Cuánto debemos?
—Muchísimo. Y los intereses se acumulan a cada giro. —Echo cerró el puño y los nudillos se le emblanquecieron—. Por las Hijas, con solo que Marco no hubiera muerto… Unos cuantos años más con el salario de un justicus y habría tenido suficiente para hacer esto bien. Como encuentre a quienes me lo arrebataron…
—Eso no importa —dijo Arkades—. Podemos pagar lo que sea que debáis con la venta de Cuervo. Y después de eso, llevaremos a Furiano hasta el Magni. Nos quedan tres venata antes de la veroluz, tres laureles para ganarnos nuestro puesto. Tendréis vuestra victoria, Dona. —Arkades se inclinó—. Eso, si me permitís entregárosla. Tened fe en mí, igual que yo tengo fe en vos.
Lexa los miró, primero uno por uno y luego juntos. El albornoz de Echo, su descarada sexualidad, la forma en que empleaba su cuerpo para hacer bajar la guardia a Arkades… todo eso tenía una especie de sentido, sabiendo que había crecido en el hogar de un padre dominante.
Pero Arkades…
El fuego en sus ojos. El fervor en su voz al hacer su promesa. Era campeón de la competición más brutal que había podido concebir la república. Diez años mayor que ella. Separados por la barrera entre los nacidos pudientes y los que una vez fueron de su propiedad.
Y aun así…
Lexa negó con la cabeza. Le habían bastado cinco minutos a solas con ellos dos para saber a ciencia cierta por qué Arkades había abandonado a Leónidas para servir a su hija descarriada.
«El pobre idiota de verdad está enamorado de ella.»
Echo dejó la copa vacía en la mesa y suspiró.
«¿Ella lo sabrá?»
—Eres mi executus —dijo la dona—. Sé que renunciaste a mucho por venir aquí. Y quiero recompensar esa fe. —Echo jugueteó con el borde de su copa y asintió, como para sí misma—. Seguiré tu consejo. Haremos luchar a Cuervo en el venatus de Vigilatormenta a final de mes. No en la Última, claro; para eso ya tenemos a nuestro campeón. En algún combate menor, para no dañarla. Con un poco de suerte, hará un buen papel y recuperaremos algo de lo que pagamos por ella.
A Lexa se le cayó el alma a las botas.
«Negra Madre...»
—¿Vais a venderla, entonces? —preguntó Arkades.
Echo miró el tapiz de la pared. Representaba a la diosa del fuego, espada en mano, con el escudo alzado y envuelto en llamas.
—A no ser que demuestre ser la mismísima Tsana encarnada… —Echo dio un fuerte suspiro—. Muy bien. La venderé.
Arkades asintió y Echo miró su copa vacía.
—Y ahora, si has quedado satisfecho… —dijo.
El executus farfulló una disculpa y se levantó despacio. Tras una profunda inclinación ante su dona, el hombre salió cojeando del comedor y marcó el ritmo de una agotada retirada por la escalera de piedra con su bastón y su pierna de hierro. Echo se quedó sentada a solas, con los ojos nublados fijos en algo que solo ella podía ver. Se pasó unos dedos ociosos por la clavícula y por la pálida piel del cuello. Se lamió los labios. Lexa se quedó silenciosa en la sombra, sin dejar de observar con atención. Intentando sopesar a la mujer, hallar una forma de que cambiara de opinión. ¿Podría ingeniárselas para que Furiano perdiera su favor, envenenándolo antes de un lance, quizá? Si Lexa pudiera cosechar la estima de la dona…
Lo que estaba claro era que no podía dejar que la vendieran. Echo se mordió el labio y parpadeó al despertar de su ensoñación. Miró hacia la puerta abierta y se quedó quieta como si escuchara. Era tarde y la villa estaba en silencio. Echo se levantó, se arrebujó en el albornoz y, casi de puntillas, salió con sigilo al pasillo. Lexa frunció el ceño, entornó la mirada. Echo era la dueña de aquel fuerte.
«¿Por qué se mueve a hurtadillas como una ladrona en su propia casa?»
Lexa salió de detrás de la cortina y fue hasta el umbral, silenciosa como la muerte. Asomó un ojo por el marco y vio a Echo en la escalera que bajaba al tercer piso. Salió al pasillo, se agachó fuera del campo visual de la dona cuando esta miró alrededor y bajó deprisa los peldaños.
—… quizá ya hayamos arriesgado bastante por hoy, Lexa…
Haciendo caso omiso a la advertencia del gato-sombra, Lexa siguió a la domina con pies quedos como susurros. Moviéndose como una sombra, siguió a Echo hasta el tercer piso y luego hasta el segundo. Allí la dona se detuvo, esperando a que el capitán Cánico y otro guardia pasaran, murmurando entre ellos. Cuando los guardias desaparecieron, Echo siguió avanzando a hurtadillas, con Lexa siguiéndola como un espectro hasta el primer piso. Lexa observó desde la escalera mientras la dona miraba alrededor desde el final de la misma, escuchando el silencio por si oía a los guardias. Echo salió al pasillo y llegó a la única puerta de madera que había al fondo. Fuera de la vista. Fuera del oído.
«Ah. Ahora empieza a tener sentido.»
El discurso durante la tardera. La insistencia en que lo único importante era la voluntad de su domina, a pesar de la venta de Matilio. El fervor en sus ojos cuando hablaba de su ama, su devoción a aquellas paredes.
«Furiano.»
Echo sacó una llave de hierro del bolsillo y abrió la puerta. El Invicto estaba esperando al otro lado, con su melena oscura alrededor de su hermosa cara y una sonrisa que le curvó los labios al ver a su ama. Tras una última mirada hacia atrás, Echo rodeó el cuello de Furiano con los brazos y tiró de él para darle un beso ansioso. La dona de la casa cruzó la puerta y la cerró a su espalda.
—… interesante… —llegó un fresco susurro al oído de Lexa.
—Sí. —Lexa frunció el ceño—. Pero aunque fuese solo por una vez, me gustaría mirar a mi alrededor y encontrar mi vida un poco menos interesante.
—… ah, pero ¿dónde estaría entonces la diversión?…
Lexa enseñó los nudillos al gato-sombra. Don Majo solo soltó una risita por respuesta. Y sin hacer ningún otro sonido, los dos se retiraron a las sombras que tanto amaban.
