Capítulo 16. Miel
Fsssssstuc.
La flecha se clavó en el hombre de paja, cerca del corazón.
Fsssssstuc.
Otra dio más cerca que la primera.
Fsssssstuc.
Una tercera alcanzó al objetivo en su cara sin rasgos.
Lexa bajó el arco y notó que los dedos de su mano derecha palpitaban.
—Bien hecho —dijo Bryn a su lado—. ¿Dónde aprendiste a tirar así?
—Lo leí en un libro —refunfuñó Lexa—. Cuando terminé de follarme a tu padre.
La chica vaaniana soltó una risita, alzó su propio arco y tiró de la cuerda.
—¿Una nuncanoche dura, Cuervo?
Lexa dejó el arco con una mueca de dolor.
—Las he pasado mejores.
—Con mi anciano papá, seguro que no. —Bryn sonrió.
La rubia disparó media docena de flechas en rápida sucesión. Tres atravesaron el corazón del pelele, dos se clavaron en su garganta y la última en la cabeza.
—Por los dientes de las Fauces —susurró Lexa.
—Pues tendrías que verla disparar con la mano buena —dijo Byern, que pasaba junto a las dos con un fardo de equipo de cuero al hombro.
—Ah, pero eso sería fanfarronear —replicó Bryn.
Los gemelos habían salido de Nido del Cuervo temprano esa mañana, igual que hacían siempre giro sí, giro no. Por orden del executus, Lexa los había acompañado, siguiéndolos como un perro sin hueso. Arkades había cojeado con ellos hasta los portones del fuerte, mientras Lexa intentaba ocultar su animadversión hacia él después de haber oído cómo hablaba de ella la nuncanoche anterior. Arkades no le había mencionado su venta inminente, la espada que pendía sobre su cabeza. No era que estuviera ofreciéndole la oportunidad de demostrar su valía, no. Estaba clarísimo que el executus quería librarse de ella, sin más. Le hería el orgullo, para ser sinceros. Más de lo que debería. Lexa no sabía por qué buscaba su aprobación. Pero en las horas transcurridas desde entonces, el orgullo herido se había transformado en ardiente rabia. Ya no tenía tiempo que perder: que la vendieran a otro amo era un riesgo que simplemente no podía asumir. Necesitaba lucirse. No ante Arkades, sino ante la dona Echo. Aparte de que estuviera acostándose con Furiano, Lexa sospechaba que la dona aún veía cierto valor en ella. Lexa había inflamado al público de Puentenegro, y la reacción de la muchedumbre había encendido un pequeño rescoldo de respeto en el pecho de Echo. Lexa necesitaba alguna forma de hacer que ardiera esa chispa. El venatus de Vigilatormenta decidiría su futuro, en aquel collegium y en la arena. Su plan de asesinar a Jaha y Azgeda estaba en la cuerda floja. Y Lexa aún no tenía ni idea de cómo cargar los dados a su favor. Lexa, Bryn y Byern habían ido escoltados por cuatro guardias de la dona Echo al agreste monte seco que había detrás de Nido del Cuervo. Tras recorrer casi un kilómetro, habían llegado a una pista rectangular, de más o menos kilómetro y medio de larga, marcada en la arena ocre con piedras lisas. A un lado había una cuadra, en la que entró Byern con sus arreos mientras Bryn hacía volar un carcaj de flechas tras otro hacia los tres hombres de paja. Los guardias se quedaron en la sombra sin hacerles caso. Lexa cayó en la cuenta de lo fácil que sería escapar para Bryn y Byern: unas pocas flechas en el pecho de cada guardia, dos caballos y los gemelos serían polvo en el horizonte. Pero, incluso si de algún modo lograban abrirse camino en la república con marcas en las mejillas, estarían condenando a todos los demás gladiatii del establo de Echo a la ejecución en la arena. Había que reconocérselo a los Administratii: esos cabrones desalmados conocían su oficio. Los dedos de Lexa estaban muy magullados y le dolía sostener mucho tiempo el arco, de modo que se contentó con observar la técnica de Bryn. La chica podía disparar a ciegas, con el brazo izquierdo o el derecho. Después de vaciar otro carcaj, se quitó las botas y cogió el arco entre los dedos de los pies. Y, en lo que tal vez fuese la exhibición de destreza más impresionante que Lexa había presenciado jamás, poco a poco hizo el pino, arqueó la espalda y disparó una flecha con los pies que acertó al hombre de paja en el corazón.
—Vaya, la que no quería fanfarronear —dijo Lexa.
Bryn se dobló con fluidez y se levantó, sacudiéndose el polvo de las manos.
—Es pan comido cuando ni los objetivos estamos en movimiento. —Se encogió de hombros, se volvió hacia la cuadra y llamó a su hermano—. Por el abismo y la sangre, Byern, ¿estás enjaezando a las monturas o pidiéndoles matrimonio?
—Ya se lo pedí, pero las dos dijeron que no —se oyó desde la cuadra.
—Me alegro de que tengan buen gusto.
El gemelo de Bryn salió de la cuadra cargando con un escudo enorme y llevando por las bridas a un par de caballos que tiraban de una biga larga y elegante. Los animales eran blancos como las nubes, con músculos tallados en mármol. Sin poder evitarlo, Lexa sintió una punzada de nostalgia al verlos, recordando a su propio semental, Cabronazo. Después de que la rescatara cuando estaba a punto de morir en el desierto ashkahi, Lexa lo había liberado en vez de encerrarlo en la cuadra de la Iglesia Roja. Esperaba que estuviera vagando por algún lugar bonito, engendrando tantos pequeños bastardos cabronazos como pudiera.
Lo echaba de menos.
Echaba de menos mucho de aquella época, en realidad.
—Hermana Cuervo —dijo Byern con un florido gesto hacia los animales—, te presento a Zarza y a Rosa.
Lexa estudió la pareja que tiraba del carruaje de Byern. Al igual que todos los caballos que había conocido, estaban inquietos en su presencia, así que no se acercó mucho. El hecho de que hubiera bautizado al único caballo que había llegado a tolerarla como «Cabronazo» decía mucho de sus sentimientos hacia la especie en general, pero sabía reconocer un buen ejemplar cuando lo veía.
—Son yeguas —comentó Lexa—. Casi todos los equillai que he visto llevan sementales.
—Casi todos los equillai que has visto son idiotas —repuso Byern.
Su hermana asintió.
—Los sementales piensan con la polla. Las yeguas mantienen la cabeza fría en una crisis. Así en los caballos como en los humanos, ¿eh, hermano mío?
Byern levantó un dedo de advertencia.
—Respeta a tus mayores, pequeñaja.
—Eres dos minutos mayor que yo, Byern.
—Dos minutos y catorce segundos. Bueno, ¿venís o no?
—Ponte en el centro —indicó Bryn a Lexa, y señaló la pista polvorienta—. Cuando te lo diga, hazlas volar lo mejor que sepas.
—¿Quieres que os dispare? —preguntó Lexa con las cejas alzadas.
Bryn soltó una carcajada.
—Quiero que lo intentes. Y recuerda respirar.
Dicho eso, la vaaniana subió a la biga junto a su hermano. Con un chasquido de las riendas y un guiño a Lexa (recompensado con un puñetazo de su hermana en el brazo), Byern llevó a las yeguas a la pista. La biga tenía dos ruedas y era lo bastante ancha y larga para que los gemelos pudieran cambiarse de lado. Era roja, ribeteada con pintura dorada, y tenía una talla del halcón del collegium de Titus. El gran escudo que Byern llevaba también tenía un halcón rojo pintado, y su brocal estaba almenado como los muros de una fortificación. Lexa anduvo hasta quedarse en la isla de polvo ocre, en medio de la pista rectangular. Había peleles de paja dispuestos en una sola fila por el centro de la isla, a izquierda y derecha de Lexa. En un auténtico venatus, esos hombres de paja serían hombres de verdad, asesinos y violadores condenados a la ejecución e equillai ante la entusiasta muchedumbre. Miró mientras los gemelos recorrían la pista, cada vez más rápido. La coleta de Bryn latigueaba en el viento tras ella y la piel broncínea de Byern relucía bajo los soles.
—¿Preparada? —gritó Bryn a Lexa.
—Sí —respondió ella.
—¡Pues que vuelen, Cuervo!
Lexa suspiró y decidió apuntar al pecho de Byern. Siguió la trayectoria de la biga, respirando despacio como le había enseñado Bryn a pesar del dolor en sus dedos heridos. Y mientras la pareja doblaba una esquina, lanzó una flecha directa al pecho del guapo vaaniano. Byern alzó su escudo y bloqueó el tiro con facilidad. Apuntando entre las almenas del escudo levantado, Bryn soltó cuatro flechas, dos de las cuales se clavaron en el suelo a los pies de Lexa. Las otras dos alcanzaron al pelele que tenía más cerca.
—¡He dicho que nos dispares, no que nos saques a bailar! —gritó Bryn.
—Yo bailo luego contigo, si quieres —dijo Byern.
Bryn perforó otro hombre de paja y su hermano se inclinó fuera del carruaje en un ángulo precario para recoger una piedrecita de la pista con la mano libre. Lexa torció el gesto e intentó librarse de la sensación de que se estaban riendo de ella.
—Muy bien, a tomar por culo —murmuró.
Empezó a disparar flecha tras flecha mientras la pareja galopaba por la pista. Y aunque estaba apuntando bien, tardó poco en darse cuenta de que Bryn y Byern eran unos maestros. El escudo de Byern era impenetrable y su habilidad para dirigir a los caballos casi igualaba a la de su hermana con el arco. En el momento más humillante de todos, Byern paró un disparo que silbaba directo hacia la garganta de Bryn a la vez que se asomaba de la biga para recoger una piedra y sostenía las riendas con los condenados dientes. Mientras tanto, Bryn fue acribillando a cada pelele con una docena de flechas, intercalando de vez en cuando un disparo a los pies de Lexa para hacerla bailar. Nueve vueltas más tarde, detuvieron la biga delante de ella. Byern bajó saltando del carruaje e hizo una profunda inclinación.
—¿Preferís el vals o la balinna, mi dona?
Bryn dio otro puñetazo al brazo de su hermano y sonrió a Lexa.
—Has tirado bien. Casi me das un par de veces.
—Embustera —dijo Lexa—. No he estado ni cerca.
Bryn hizo una mueca y sonrió con gesto triste.
—Intentaba hacerte sentir mejor.
—¿Dónde aprendisteis a hacer eso?
—Nuestro padre criaba caballos —dijo Byern—. Y Bryn es una daimón con el arco desde que aprendió a andar.
Lexa negó con la cabeza. Sabía que no debería preguntar. No debería intimar. Pero lo cierto era que esos dos le caían bien. Le gustaban la sonrisa fácil de Byern y el pavoneo confiado de Bryn.
—¿Cómo terminasteis aquí? —preguntó mirando la pista que los rodeaba y la silueta de Nido del Cuervo en la lejanía.
Bryn se sorbió la nariz.
—Una mala cosecha. Hace tres años. El pueblo no tenía suficiente grano para pagar el diezmo a los Administratii itreyanos. Encadenaron y encerraron a nuestro hacendado, y los azotaron a él y a toda su familia en los cepos.
—No nos hizo ninguna gracia —explicó Byern—. Bryn y yo éramos demasiado pequeños para que nuestro padre nos dejara ir, pero todos los que eran capaces de empuñar una espada marcharon hasta la puerta del magistrado. Lo llevaron a rastras a los cepos y le devolvieron los azotes uno por uno.
—Eso no le hizo ninguna gracia a él —dijo Bryn—. Puedes imaginarte lo que llegó después.
—Legionarios —afirmó Lexa.
—Exacto. —Byern asintió—. Cinco centurias de los muy hijos de puta. Mataron a todos los rebeldes. Incendiaron todas las casas. Vendieron a todo el que quedó en pie, mi hermana y yo incluidos.
—Pero vosotros no habíais hecho nada —dijo Lexa—. Vuestro padre no dejó que os alzarais en armas.
—¿Y crees que a los itreyanos les importa? —Byern puso media sonrisa—. Toda esta república, incluso el reino que hubo antes, se levanta sobre las espaldas del trabajo gratuito. Pero ahora, Liis, Ashkah, Vaan… todos están bajo el control itreyano. Así que ¿de dónde van a salir los nuevos esclavos, si no quedan tierras que conquistar?
—Fundaron una república que es injusta hasta los huesos —dijo Bryn—. Que beneficia a los pocos, no a los muchos. Pero es que esos pocos tienen acero. Y tienen hombres a los que pagan por blandirlo sin pensar. Así que, cuando alguien de los muchos se alza contra la injusticia y la brutalidad, el sistema lo encierra encadenado. Hace de él un ejemplo para los demás y, ya de paso, envía otro cuerpo a que lo marquen. Un par más de manos para construir sus carreteras, alzar sus muros y trabajar en sus fraguas, a cambio de una miseria y del miedo al látigo.
Lexa meneó la cabeza.
—Eso es…
—¿Una puta mierda? —propuso Byern.
—Sí.
—Así es la vida en la república. —Bryn se encogió de hombros.
Lexa suspiró, con mechones de negro azabache pegados al sudor de su cara. Nunca en su vida se había cuestionado si era correcto o no. Nunca se había parado a mirar a su alrededor y ver a la gente que tenía por debajo. La gente que caminaba como espíritus sin voz por su casa, por sus alojamientos en las Costillas. Los hombres y mujeres que la habían vestido, le habían preparado la comida, le habían enseñado los números y las letras. A sus padres sí les importaron, sin duda. Habían recompensado a quienes servían bien. Pero aun así, servían. No porque quisieran, sino porque la alternativa era el látigo o la muerte. Se sintió como si estuvieran cayendo escamas de sus ojos. El verdadero horror de la república en la que había crecido se reveló en toda su espantosa majestad.
Pero aun así…
«Azgeda. Jaha.»
Sus apellidos ardieron como llamas en su mente. Como un faro, guiándola siempre sin importar lo oscuro que se tornara el mundo. La injusticia, la crueldad de aquel sistema… sí, las comprendía. Pero siendo realistas, ¿qué podía hacer ella para cambiarlo sin arriesgar todo aquello por lo que había trabajado? Si cerraba los ojos, aún podía ver a su padre oscilando al final de su cuerda en el foro. A su madre en la Piedra Filosofal, la luz apagándose en su mirada mientras apartaba la mano sangrienta de Lexa y, con su último aliento, susurraba: «No eres mi hija… solo… su sombra».
Los recuerdos la llevaron a la furia, y la furia tenía buen sabor. Le recordó quién era, para qué estaba allí. Para derrotar a los mejores gladiatii de la república. Para alzarse triunfante ante los asesinos de su familia y rajarles la garganta, uno por uno. Y le iba a costar horrores hacerlo si la vendían como una pata de ternera en el mercado. Destacar en el venatus de Vigilatormenta. Esa era su principal preocupación.
Su primera, su única preocupación.
Por ello, a pesar del dolor en su mano herida, cargó otra flecha en el arco e hizo a Bryn un gesto con la cabeza.
—Muy bien. Dime lo que estoy haciendo mal. Y luego probamos otra vez.
—Parece ser que está endeudada hasta las pestañas —dijo Lexa, y le dio una calada al cigarrillo—. Y Arkades la ha convencido de venderme para quitarse de encima a los acreedores.
Clarke se reclinó en su diván y se metió una uva en la boca.
—Hijo de puta.
—Y eso que maté a una docena de personas en Puentenegro. No piensa en nadie sobre la arena más que en Furiano. «Él es el campeón de este collegium.» «Él os traerá vuestra victoria, mi dona.» Ya te digo si tendrá su victoria, capullo alelado. Justo después de llevarla al orgasmo. Deberías haberlos oído a los dos dándole. —Lexa exhaló una bocanada de humo negro como si fuese una llama—. Arkades me ató con una cuerda en el círculo, ayer. Casi me quedo sin mano con esos escudos ridículos. Me llama «chica» como si la palabra fuese sinónimo de «mierda de perro»
—Cabrón hijo de puta —dijo Clarke, y se comió otra uva.
Lexa la miró con los ojos entrecerrados.
—Oye, ¿dices que estás de acuerdo con lo que digo por seguirme la corriente?
—Sobre todo. —Clarke puso una sonrisa pícara—. Pero es bueno sacarte esas cosas de las tetas, Wood.
—… seguro que ahora te sientes mucho mejor…
Lexa miró al no-gato aovillado en su hombro.
—¿También vas a empezar tú así?
—… lloriquear o pensar, ¿qué es más productivo?…
—Parece que Don Alegre y yo estamos de acuerdo en algo, por una vez —dijo Clarke.
—… si tuviera garras de verdad, pequeña víbora, te cortaría la lengua de…
—Eclipse y yo hemos estado husmeando por ahí —siguió diciendo Clarke como si el gato-sombra no hubiera hablado—. Las deudas de tu domina no son muy conocidas, eso seguro. Compra lo mejorcito del mercado. Se viste como una reina. Sospecho que ahí está la mitad de su problema.
Eclipse levantó la cabeza del regazo de Lexa y su voz resonó a través del suelo.
—… LE CAUTIVA EN DEMASÍA LO QUE LOS DEMÁS PIENSEN DE ELLA…
—Supongo que no querrá que el rumor llegue a su padre —dijo Lexa mientras aplastaba el cigarrillo—. No quiere darle la satisfacción de verla apurada.
Clarke lanzó un racimo de uvas a Lexa y habló con la boca llena.
—Pues tal y como yo lo veo, tenemos algunas opciones —dijo.
—… LA MÁS SENCILLA ES ENVIAR BAJO TIERRA A LOS ACREEDORES DE LEONA…
—Sí —convino Clarke—. Habría que indagar un poco, pero sé a ciencia cierta que el grano solo puede conseguirlo de un mercader llamado Anatolio. Y resulta que es muy aficionado a las putas, y sé exactamente dónde moja el…
—No vamos a cargarnos a un pobre mamón cuyo único delito es fiar a mi domina —dijo Lexa, ceñuda.
—… TIENE TODO EL ASPECTO DE QUE DEBERÍAMOS DAR FIN A MÁS DE UNO…
Clarke asintió.
—Casi sin duda, debe dinero al práctico del puerto. Y quizá a los constructores que trabajaron en el Nido. Y seguro que sus costureras dirían…
—Que sí, que sí, entendido —la interrumpió Lexa—. Seguro que tendríamos que asesinar a medio Reposo del Cuervo. Cosa que no vamos a hacer. Si el collegium da un buen espectáculo, Echo podría obtener el patrocinio de algún capullo nacido de la médula después del próximo venatus. Así que, de momento, la mejor jugada es centrarnos en…
—Vigilatormenta. —Clarke asintió—. Sí. La única forma de asegurar tu lugar en el collegium de Titus es ganar en el venatus de Vigilatormenta. Y ganar a lo grande.
—No sabemos ni qué forma tendrá el venatus allí.
—… TODAVÍA NO…
Clarke asintió de nuevo.
—Para eso nos tienes a mí y a la lobita. Mañana zarpa un barco hacia Vigilatormenta. Podemos llegar en una semana, vigilar los trabajos en el estadio y saber exactamente qué te espera. Luego hacemos planes en consecuencia y te procuramos una victoria que deje con la boca abierta incluso al echapolvos de Echo.
—Nunca me habría dado cuenta si no lo hubiera visto. —Lexa suspiró—. Echo finge una dignidad exageradísima.
Clarke levantó los hombros.
—No será la primera mujer rica que paga a un buen semental para que le rasque los picores. Seguro que tener que mantenerlo en secreto es la mitad de la emoción.
Lexa masticó las uvas, con la frente arrugada por la concentración. La fruta estaba deliciosa, y un cambio más que bienvenido después de la sucesión infinita de estofado y gachas que servían a los gladiatii para la mañanera y la tardera cada giro.
—Están buenas las uvas —musitó.
—Que no se diga que no te amo, Wood.
Lexa alzó la mirada de golpe al oírlo, pero Clarke estaba recostada en el diván y dejaba caer uvas en su boca. Tenía las botas apoyadas en el reposabrazos, con las piernas cruzadas, cubiertas de cuero. Le estaba creciendo el pelo, que caía por su espalda en ondas rojas.
«Rojas. Como la sangre que tiene en las manos.»
Y pese a ello, ahí estaba Lexa. Confiando en ella. Sabía que Clarke quería ver muerto al Sacerdocio. Y Lexa y Gustus eran su mejor baza para regresar al Monte Apacible y cumplir la tarea. Pero ¿bastaba con ese odio compartido hacia la Iglesia Roja? ¿Estaría jugando Clarke a un juego más complicado?
Tampoco sería la primera vez.
Clarke Griffin ya había mentido antes a Lexa.
Clarke Griffin era veneno.
«Entonces, ¿por qué sabían a miel sus labios?»
Lexa se pasó la mano por los ojos y asintió despacio.
—Ve a Vigilatormenta con Eclipse —dijo—. Cuanto más sepamos, más posibilidades tendré de hacerme con una victoria que Echo no tenga más remedio que recompensar. Supongo que llegaremos unos giros antes de que empiece el venatus. Para entonces, tendré que saberlo todo.
Clarke asintió, terminó de masticar y se limpió los labios con la manga.
—Otra cosa —dijo—. El machote de Echo, Furiano el Invicto.
—… EL TENEBRO…
—¿Va a darnos problemas?
Lexa negó con la cabeza.
—Nada de lo que tengas que preocuparte.
—Pero me preocupo.
—Porque sin mí, no podrás acabar con la iglesia, ¿eh?
Sus ojos verdes se clavaron en un rutilante azul, buscando las mentiras que pudiera ocultar.
—Mira, ya sé que tenemos sangre en nuestro pasado —dijo Clarke—. Pero entre nosotras hay más que rojo. No solo estoy aquí por la Iglesia Roja. Puedo garantizarte que no me encuentro en este antro mugriento por su encanto. Y eso tienes que saberlo ya, o no estarías aquí conmigo, por muchos lobos-sombra que pongas a vigilarme.
Lexa la miró. Los ojos de Clarke. Las manos de Clarke. Los labios de Clarke. La chica se limitó a sostenerle la mirada, dejando que el silencio hiciera las preguntas en su nombre.
Lexa las ignoró todas.
—Buena suerte en Vigilatormenta —dijo por fin—. Ten un ojo puesto en el puerto. Envía a Eclipse cuando lleguemos y hazme saber cómo serán los juegos.
Se levantó deprisa, pasándose el pelo detrás del hombro y evitando la mirada de Clarke.
—¿Te marchas ya?
Lexa asintió.
—Mejor que me vaya antes de que me echen en falta. Wells es un tipo decente, pero no quiero que nadie más descubra lo que soy.
Clarke no dijo nada. Vio cómo Lexa iba hacia la ventana, subía al alféizar y se perdía de vista. Sin una última palabra. Sin una mirada de despedida. Negando con la cabeza, Clarke se llevó otra uva a la boca.
—Eso sí que es evidente, Wood —suspiró.
