Capítulo 17. Vigilatormenta
Lexa caminaba de un lado al otro de su jaula, con los ojos fijos en la arena. Ella, Wells, Cantahojas, Despiertaolas y Carnicero estaban encerrados en unas celdas que rodeaban la arena de Vigilatormenta, hundidas bajo el suelo. Unos ventanucos con barrotes les permitían ver el venatus mientras esperaban a que llegara su turno, y Lexa no podía estarse quieta y no paraba de rumiar sobre los acontecimientos que la habían llevado allí. Tal y como había dicho a Clarke, los gladiatii del collegium de Titus habían entrenado otra semana bajo los soles abrasadores antes de zarpar hacia Vigilatormenta. La mano de Lexa estuvo lo bastante curada para volver a entrenar al cabo de unos giros, aunque para la atención que le dedicaba Arkades, podría haberse ahorrado la molestia. Saltaba a la vista que todas sus esperanzas estaban puestas en que Furiano, Bryn y Byern fueran quienes obtuviesen un puesto en el Venatus Magni. Escuchando las conversaciones de la dona Echo y la magistrae, Don Majo se había enterado de que ya estaban trabajando en la venta de Lexa. Había algunos posibles compradores interesados: una casa de placer en Fuerteblanco, un magistrado de la zona que necesitaba una guardaespaldas a la que pudiera meter el rabo de vez en cuando y, por supuesto, Varrón Caito y su Pandemónium. Ni un solo sanguila entre ellos. Todo el plan de Lexa dependía de que saliera victoriosa en Vigilatormenta. Habían llegado a la ciudad a bordo del Sabueso de Gloria, unos pocos giros antes de que empezara el venatus. El puerto era un hervidero de emoción, repleto de gente que había recorrido muchos kilómetros para los juegos. Todas las posadas, cuartos de alquiler y cobertizos estaban ocupados. Clarke había enviado a Eclipse a visitar a Lexa en su celda, y la lobasombra le había hablado de todo lo que habían descubierto Clarke y ella sobre los inminentes juegos. A lo largo de las siguientes nuncanoches, enviándose mensajes por medio del daimón, Lexa y Clarke habían trazado su plan.
Ahora solo quedaba ponerlo en práctica.
Lexa contempló a los equillai atronando por la pista, sintió la percusión de los cascos de sus caballos vibrando a través de las paredes de piedra. Bryn y Byern lo estaban haciendo bien, e iban segundos a falta de cinco vueltas. Pero si Lexa pensaba que los vaanianos eran diestros, se quedó admirada al ver en acción al equipo de Leónidas. El padre de Echo sacaba a la arena solo a los mejores, y sus equillai no eran la excepción. Eran un sagmae dweymeri cuyo escudo coronado por un león parecía impenetrable y un hermoso flagillae liisiano cuya habilidad con el arco igualaba a la de Bryn, si no la superaba.
—Matapiedras y Armando —murmuró Cantahojas, de pie ante los barrotes junto a Lexa—. Los me-mejores equillai de la república. El… público los adora.
A pesar de un pasmoso disparo mortal que hizo Bryn sobre el sagmae de otro equipo, era evidente que los Leones de Leónidas eran mejores y, después de nueve vueltas, se proclamaron vencedores. Matapiedras y Armando desmontaron juntos de su biga con los dedos entrelazados y las manos levantadas en señal de victoria, mientras la muchedumbre que los rodeaba estallaba en vítores. Todo el mundo sabía que eran amantes, y su increíble destreza, sumada al afecto mutuo que se mostraban, los convertía en los favoritos de la multitud. Que jamás los hubieran derrotado tampoco hacía daño. Lexa lo sintió por Bryn y Byern, y también porque el collegium de Titus seguía sin ganar su tercer laurel. Pero en realidad tenía la mente en otra parte. Miró de soslayo a Cantahojas, que tenía la tez de un feo tono verdoso por debajo de los tatuajes.
—¿Te vas encontrando mejor? —le preguntó.
—E-eso creo. —La mujer asintió—. Parece que ya ha pa-pasado lo…
Cantahojas abrió los ojos como platos, cayó de rodillas y volvió a vomitar por todo el suelo. Wells estaba tumbado sin moverse, incapaz de gemir siquiera mientras el vómito le caía en las sandalias. Carnicero rodó para apartarse de las salpicaduras, con sus propios carrillos inflándose.
—Por lo menos, vacía las tri-tripas fuera… de la celda, hermana —protestó.
—Vetalamierda —gimoteó Cantahojas, con un largo hilillo de baba y vómito colgándole de los labios—, antes de que suelte u-un tortazo en tu fea…
De la boca de Cantahojas emergió un nuevo torrente de vómito, que en esa ocasión alcanzó a Despiertaolas, quien a su vez se puso de rodillas y apuntó para arrojar el contenido de su estómago a través de los barrotes. El hedor inundó a Lexa en asquerosas y cálidas olas, obligándola a ponerse de puntillas, apretar los labios entre los barrotes e inhalar el aroma de la sangre y la mierda de caballo que llegaba desde fuera, que en comparación con lo de dentro era agradable.
—Por las Cuatro putas Hijas —renegó.
—Reza todo lo que quieras —dijo una voz brusca—, pero me temo que no escuchan.
Lexa se volvió hacia el executus Arkades, que estaba fuera de la celda con los brazos en jarras. Contemplando la paja empapada de vómito y a sus mejores gladiatii tendidos en ella como los heridos después de una guerra. A su lado estaba Larva, con la nariz arrugada por la peste mientras observaba a los gladiatii caídos. La dona Echo estaba más atrás, con un vestido de hermosa seda escarlata y una expresión de asco absoluto.
—Por el bendito Aa —dijo la domina—. ¿Todos ellos?
—Menos Bryn y Byern —respondió Arkades, y miró a Lexa—. Y Cuervo. Incluso Furiano ha estallado por ambos lados. Solo Aquel que Todo lo Ve sabe qué lo ha provocado.
Lexa permaneció con el rostro pétreo y sostuvo la mirada a Arkades con una expresión lo bastante inocente como para avergonzar a una iniciada de la Hermandad de la Llama. Por supuesto, sabía muy bien lo que había provocado el brote de angustia intestinal entre sus hermanos y hermanas del collegium. Clarke había echado mucho más contratiempo en su tardera del que le habría gustado a Lexa; los resultados no tenían por qué ser tan explosivos, la verdad. Pero Clarke no fue la mejor alumna de Mataarañas.
—Intoxicación alimentaria —afirmó Larva, arrodillada junto a un charco de vómito. Metió la mano entre los barrotes y apretó la palma contra la frente sudada de Carnicero—. No será letal, creo. Pero desearán estar muertos antes de que termine.
—Cu-cuando tú... vas, yo vuelvo, que-querida —gimió Despiertaolas, conteniendo un eructo.
—¿Cómo es que tú no estás enferma? —preguntó la dona Echo a Lexa.
—Ayer no tomé la tardera, domina —respondió Lexa—. Estaba muy nerviosa por los juegos.
—¡Por el abismo y la sangre! —exclamó Echo—. Tendría que mandar azotar a ese cocinero. Nos faltan tres laureles para el Magni, este es el primer venatus en el que mi padre y yo enfrentamos a nuestros gladiatii entre sí y mis hojas más afiladas están enfermas como grumetes novatos. —Una repentina idea entrecerró sus ojos y se volvió hacia Arkades—. ¿Crees que esto puede haberlo orquestado él?
El executus se rascó la barbilla, pensativo.
—Es posible, aunque…
Wells se echó atrás contra la pared cuando un torrente de vómito explotó desde sus entrañas, y Larva y Echo retrocedieron ante la repugnancia. La dona sacó un pañuelo perfumado de su vestido y se lo llevó a la boca, mientras el enorme itreyano gemía una disculpa casi indescifrable y, acto seguido, se cagaba en el taparrabos.
—Así no pueden combatir, domina —dijo Larva en voz baja.
—No —convino Arkades—. Sería una masacre. Ni uno solo se mantiene en pie.
—Yo me mantengo en pie —respondió Lexa.
Los tres la miraron en silencio. Echo entornó los párpados.
—Puedo ganar —aseguró Lexa.
Arkades movió la cabeza a los lados.
—Mira bien desde esos barrotes, chica. ¿Te llama la atención algo de este estadio?
Lexa observó las arenas y a continuación sus ojos recorrieron los muros, la multitud. Estaban recogiendo los restos de la competición de equillai, desmontando los objetivos, retirando los postes. El público daba golpes con los pies en el suelo, impaciente por que empezara el próximo combate.
—Cristal roto —dijo Lexa, y dio media vuelta para mirar al executus—. Y braseros. En el muro que delimita la arena.
—¿Y qué te dice eso?
—Que o bien los editorii no quieren que el público baje a la arena o bien no quieren que lo que sea que van a liberar en la arena llegue al público —respondió Lexa.
—Casa de fieras —dijo Arkades—. Es el tema de este venatus. Bestias de todos los rincones de la república, enfrentadas entre ellas y contra gladiatii para diversión de la muchedumbre. —El fornido executus cruzó sus brazos inmensos y la cicatriz de su cara pareció más profunda cuando frunció el ceño—. ¿Tienes la menor idea de a qué te enfrentarías ahí fuera?
Lexa se encogió de hombros, fingiendo ignorancia.
—Por el abismo, sea lo que sea, no puede oler peor que aquí dentro. —Miró a Echo y apretó la mandíbula—. Vuestros equillai acaban de perder contra los hombres de vuestro padre, domina. Y solo una de vuestros gladiatii puede empuñar una espada. Si ansiáis unos laureles de vencedor o tenéis algo que demostrar, parece que solo os queda una opción.
Los ojos de Echo se habían estrechado al oír las palabras «algo que demostrar». Pero Lexa estaba diciendo la verdad y solo había una manera de que Echo pudiera llevarse el monedero del vencedor en aquel venatus. Solo una manera de recuperar una parte de lo pagado, de obtener cierta gloria, de acumular un nuevo laurel para que su collegium pudiera tener un puesto en el Magni.
Lexa y Clarke lo habían planeado para que así fuese, a fin de cuentas. Una parte de Lexa seguía sin confiar en su cómplice. Seguía esperando a que llegara la puñalada trapera. Pero Clarke le había dicho la verdad, porque Eclipse la había confirmado. Y había envenenado a los demás gladiatii para convencer a Echo de que Lexa era su única esperanza de llevarse la victoria que con tanto desespero necesitaba. Pero aun así…
Aun así…
—Executus —dijo Echo, sin apartar sus ojos de los de Lexa—, dile al editorii que nuestra Cuervo luchará por el collegium de Titus en la Última. No sacaremos a ningún otro gladiatii este giro.
—Mi dona, para la Última teníamos asignado a Furiano. Un cambio con tan poco tiempo…
—Pagué por un puesto en este venatus —masculló Echo—. No permitiré que las frías manos del destino me roben mi victoria. Si los editorii tienen algún problema con mis arreglos, diles que vengan a explicármelo en persona. Pero, por Aquel que Todo lo Ve y sus sagradas putas Hijas, adviérteles que más les vale traerse un par de pelotas adicional, porque pienso arrancárselas y ponérmelas de pendientes. —Llamó la atención sobre su ropa con un pase de la mano—. El rojo complementa muy bien con el color de mi vestido.
Larva casi se echó a reír y Arkades trató de ocultar su sonrisa tras la barba.
—Vuestro susurro, mi voluntad —murmuró.
Con una reverencia y llevándose la mano al corazón, el executus salió cojeando a buscar a los editorii y Larva a buscar agua para limpiar aquel desastre. Echo se quedó en la humedad y el hedor, mirando a Lexa entre los barrotes con sus relucientes ojos azules.
—Arriesgo mucho contigo, pequeña Cuervo.
—Es un riesgo solo si no gano, domina —replicó Lexa—. Y a decir verdad, no tenéis nada que perder.
—No lo olvidaré si me fallas —advirtió Echo.
Poniéndose la mano en el corazón, Lexa se inclinó casi hasta el suelo.
—Y confío en que no lo olvidaréis cuando no lo haga —respondió.
Los combates habían sido salvajes, sangrientos, soberbios. El público estaba ebrio de vino, de matanza, y sus rugidos reverberaban a través de la piedra encima de la cabeza de Lexa. Los guardias ya estaban declarando que aquel venatus era el mejor que se había visto en Vigilatormenta, que los editorii habían vuelto a superarse a sí mismos. Los espectadores se habían emocionado cuando una horda de gladiatii dio caza a un lobo de sable de tres toneladas por un mar de hierba alta que había surgido de las arenas a una orden. Habían aullado de gozo cuando los gladiatii de los collegia de Leónidas, Trajano y Filipi se enfrentaron sobre una red de cables movedizos tendidos sobre la arena mientras una manada de osos blancos vaanianos merodeaban debajo y hacían trizas a los guerreros que caían. Se había atado a presos del estado a postes para que los ejecutara una bandada de sangralcones ashkahi hambrientos. Un grupo de gladiatii con tridentes y redes había combatido contra un auténtico kraken de arena vivo ante la bramante multitud. Y con los vientos de la nuncanoche empezando a soplar desde el océano y el giro llegando a su fin, el estadio se preparaba para la Última. Nadie sabía qué podría superar al kraken de arena, aunque todo el mundo salivaba de expectación. Daban patadas en el suelo a la vez, y el ritmo resonaba hasta los pozos mekkénicos de debajo de la arena. Y entonces, como en respuesta, retumbando desde las profundidades, llegó un trémulo y escalofriante fragor.
—¡Ciudadanos de Itreya! —se oyó por los cuernos del estadio—. ¡Honorables Administratii! ¡Senadores y nacidos de la médula! ¡Demos las gracias a nuestro estimado cónsul, Roan Azgeda, por financiar la Última que cerrará este glorioso venatus!
El público rugió aprobador, y a Lexa le rechinaron los dientes al oírlos entonar el apellido de Azgeda. Apartó al cónsul de su mente y se centró solo en la tarea que tenía por delante. Ningún luchador de la celda en la que estaba tenía ni la menor idea, pero Lexa sabía exactamente lo que les esperaba bajo el suelo. E incluso con esa ventaja que se había procurado, sabía que en ese combate iba a jugarse la vida. Llevaba una manga de malla en el brazo derecho, hombreras y grebas de hierro, faldilla de cuero y peto. La armadura serviría de bien poco contra el enemigo al que iba a enfrentarse, pero era mejor que luchar con el culo al aire y una sonrisa en la cara. Su yelmo tenía plumas rojas, del color del estandarte de su domina. Del estandarte de Titus. Saberlo la irritaba pero, de nuevo, lo echó a un lado. Allí no había lugar para el orgullo. No había lugar para el dolor. Solo acero. Y sangre. Y gloria.
Las espadas en sus manos la hacían sentirse como en casa. Eran de buen acero liisiano, afiladas como cuchillas. Las iba a necesitar, además de toda su fuerza, para sobrevivir a lo que la esperaba.
—¡Ciudadanos! —exclamó la voz—. ¡Contemplad a vuestros gladiatii! ¡Escogidos entre los mejores collegia de la república para combatir y morir por la gloria de sus domini! ¡Desde el collegium de Tácito, os presentamos a Apio, el Flagelo del Bosque Antiguo!
El rastrillo que tenían delante se sacudió y se elevó con un chirrido metálico. Un hombre inmenso pasó junto a Lexa y salió dando zancadas a la arena, alzando su lanza y su escudo hacia los vítores del público. Su yelmo tenía forma de cabeza de lobo, y la luz de los soles se reflejaba en sus brazales y su peto de acero.
—¡Desde el collegium de Liviano, Portacenizas, el Terror del Mar Silencioso!
Un gladiatii dweymeri salió a la arena, levantando un azadón más largo que Lexa. Recorrió el borde de la arena dando pisotones al suelo y el público le siguió el ritmo hasta que el mundo entero pareció hecho de trueno. Y continuó así. Se anunció cada collegium y unos temibles gladiatii con títulos igual de temibles fueron ocupando sus lugares, encendiendo a la multitud con sus gestos teatrales. Lexa reparó con interés en que Leónidas no iba a desplegar a ningún guerrero en la Última, algo poco habitual para un collegium de renombre. Se preguntó si el sanguila habría recibido algún soplo sobre la naturaleza de su enemigo. Ya había más de dos docenas de luchadores en la arena cuando Lexa oyó al editorii proclamar:
—Desde el collegium de Titus…
—¡Furiano! —gritó alguien.
—¡El Invictoooo! —gritó otro alguien.
—¡Cuervo! —vociferó el editorii.
Lexa salió a la luz de los soles alzando sus espadas gemelas sobre la cabeza. El público la recibió con confusión, algún aplauso suelto y unos pocos abucheos de la gente que esperaba al campeón del collegium de Titus y no a una chica flacucha de la mitad de su tamaño. Ni uno solo de ellos tenía la menor idea de quién era Lexa.
«Pronto. —Lexa apretó los dientes y se juró a sí misma—: Pronto hasta el propio cielo sabrá mi nombre.»
En un grandioso palco al borde de la arena, Lexa vio al gobernador de Vigilatormenta, rodeado por las élites de la ciudad. En otro palco aparte estaba de pie un editorii, ataviado con la tradicional túnica de color rojo sangre ribeteada de dagas doradas. Tenía un gato gris como el humo hecho un ovillo en el hombro, contemplando los acontecimientos con un claro aire de aburrimiento. El hombre hablaba por un gran cuerno y su voz se oía amplificada por todo el estadio.
—¡Y ahora, gentiles amigos, apaciguad los corazones! —exclamó—. ¡Niños, apartad la mirada! Traído desde las profundidades de los Susurriales ashkahi por orden de nuestro glorioso cónsul, un horror contaminado por la corrupción que puso de rodillas al viejo imperio. ¡Contemplad, ciudadanos de Vigilatormenta, vuestra Última!
Lexa sintió temblar el suelo y oyó que empezaban a moverse los enormes mekkenismos que había bajo la arena. Asomaron del suelo unos salientes de roca parecidos a dientes, altos y puntiagudos. El centro del estadio se abrió en dos y la arena cayó en cascada a las profundidades mientras se ensanchaba un agujero. Y, alzándose como del mismísimo abismo, emergió de él un horror como Lexa no había visto jamás.
—Por el abismo y la sangre —dijo una voz a su lado.
Lexa miró al gladiatii dweymeri, el hombre llamado Portacenizas. Tenía los ojos desorbitados. Su enorme azadón le temblaba en las manos. El monstruo profirió un rugido tan ensordecedor que sacudió hasta el suelo. El público respondió poniéndose de pie, vitoreando, aullando, cautivado. Ni uno solo de ellos había visto nada igual, pero todos habían oído las historias. La pesadilla de lo más profundo del desierto. Más aterrador que los krakens de arena. Más temible que cien espectros de polvo. Una palabra que provocaba el pánico en todos los caravaneros y mercaderes que recorrían los eriales ashkahi.
—Un arcadragón —susurró Portacenizas.
La bestia rugió de nuevo, elevando el extremo de su cuerpo que Lexa supuso que sería la cabeza. Tenía la piel picada, agrietada y marrón como el cuero viejo. Moviéndose como una especie de oruga obscena, se abalanzó hacia la muchedumbre, que estalló en chillidos. Pero el monstruo estaba sujeto a la arena por un collar de hierro y gruesas cadenas, y no podía ni acercarse al público. Cuando se dieron cuenta de que no corrían peligro, los asistentes prorrumpieron en aplausos, vítores y cánticos. Con todos los ojos puestos en el monstruo, Lexa dio media vuelta y cruzó la arena dando treinta zancadas, hasta detenerse bajo una estatua de Tsana que había en el muro interior. Clavó las espadas en tierra, se arrodilló y agachó la cabeza como si rezara a la diosa. Pero con la mano derecha, empezó a rebuscar entre la arena bajo el muro. Al principio no encontró nada. Su sombra titiló y su estómago se inundó de frío, mientras la idea de que Clarke la había traicionado se elevaba como un espectro de polvo al fondo de su…
«No.»
Sus dedos palparon algo suave. Cuero.
«Ahí está.»
Sacó de la arena una bolsa de cuero llena de objetos esféricos y la escondió bajo su hombrera.
El editorii levantó las manos, pidiendo silencio.
La multitud se quedó quieta como una represa de molino.
El hombre dio una bocanada de aire que se oyó por todo el estadio. Su gato se limitó a bostezar.
—¡Que empiece la Última! —gritó.
El público bramó, ensordecedor y eufórico. La bestia encadenada en el centro de la arena reaccionó retorciéndose, moviendo la ciega cabeza de lado a lado mientras su estómago bullía en su garganta, desesperado por consumir la presa que podía sentir pero no alcanzar. Y en respuesta, profirió otro rugido que quebró los cielos.
Y ni un solo gladiatii
movió
un
solo
músculo.
—… no se les puede reprochar, en realidad… —llegó un susurro al oído de Lexa mientras ocupaba su lugar entre sus compañeros.
La multitud empezó a impacientarse y se oyeron abucheos mientras los gladiatii seguían paralizados, aunque algunos estaban moviéndose en círculo en torno al arcadragón, que daba bandazos y gruñía.
—¡Matadlo! —vociferó alguien.
—¡Luchad, cobardes!
De pie al lado de Lexa, Portacenizas se picó al oír la palabra «cobarde». Miró hacia las gradas, hacia su domini en los palcos de los sanguilas. Levantó su azadón y gritó a viva voz: «¡Conmigo!», y se abalanzó contra la bestia. Otros gladiatii siguieron su llamada, Lexa entre ellos, y corrieron entonando gritos de batalla. Atacaron al arcadragón desde cuatro lados, dándole tajos y estocadas con lanzas y espadas. Lexa escogió un flanco y salió de detrás de un colmillo de piedra para hundir sus hojas hasta la empuñadura. Portacenizas se lanzó a la carga, blandió su azadón y abrió un gran agujero sangriento en la piel del monstruo. Y con un repulsivo y húmedo sonido, parecido a un eructo, el arcadragón se encabritó y escupió su estómago sobre los hombres que tenía delante. La carne era de un rosa podrido, casi líquida, que salpicó contra el suelo y se extendió en zarcillos que parecían dedos. Apio quedó sepultado del todo bajo la inundación de entrañas; Portacenizas, hundido hasta la cintura, chillaba mientras su carne empezaba a arder en el ácido que lubricaba las tripas del arcadragón. Atacó de nuevo con su azadón, aporreando la masa esponjosa. El estómago siguió reptando por el suelo, casi como si tuviera mente propia, extendiendo pegajosos tentáculos que atrapaban a los gladiatii. Y por fin, con un sonido hueco y apresurado de succión, el monstruo volvió a absorber sus entrañas, arrastrando a media docena de hombres que chillaban con ellas. El público rugió de deleite y repulsión. En el flanco del animal, Lexa volvió a clavar sus hojas hasta la guarnición y sintió estremecerse al monstruo. Tenía la sangre de un rojo oscuro, casi negro, que se le pegó en los brazos hasta los codos. Mientras el gigantesco ser rodaba y se revolvía, Lexa se llevó la mano a la hombrera, al interior del saquito que Clarke había escondido en la arena. Buscó en su interior, cerró el puño, lo sacó y vio que tenía tres esferas de brillante cristal rojo en la palma de la mano. Era un regalo que les había hecho Gustus antes de su partida. Vydriaro. Sacó la espada, metió el puño en la herida y hundió las esferas en el músculo del monstruo. El arcadragón rugió de dolor y rodó de lado para aplastar a Lexa. La chica lo esquivó arrojándose al suelo y evitó por muy poco que el arcadragón la hiciera picadillo contra un colmillo de piedra con un latigazo de su cola. El vydriaro se activaba por presión, normalmente lanzándolo contra una pared o el suelo, pero Lexa confiaba en que el peso y el movimiento de los propios músculos del animal bastaran para romper los enlaces arkímicos que mantenían el cristal en estado sólido. Mientras se levantaba con dificultad para poner pies en polvorosa, oyó una explosión amortiguada que casi se perdió entre las voces del público y los rugidos del monstruo. Un burbujeante chorro de sangre y carne emergió del costado del arcadragón cuando estalló el vydriaro. La multitud vitoreó. No tenían ni idea de lo que había ocurrido, solo sabían que Cuervo había herido al monstruo. El arcadragón aulló con el esófago ardiendo, y el hedor de la sangre, las cenizas y el ácido anegó a Lexa en oleadas.
—… CREO QUE LO HAS ENFADADO…
—… siempre tan observadora, querida chucha…
—… SIEMPRE TAN LISTILLO, PEQUEÑO MININO…
—… los halagos no te servirán de nada…
El arcadragón volvió su cabeza ciega hacia Lexa y soltó un terrible aullido. La chica corrió de vuelta al grupo de gladiatii, buscando cobertura entre las rocas e intentando salir del alcance de la cadena del arcadragón. El monstruo serpenteó en persecución de Lexa y estrelló su colosal corpachón contra la arena en un intento de aplastarla. El suelo se sacudió e hizo tropezar a Lexa. Había otros gladiatii descargando golpes contra la bestia, pero esta parecía tener toda su atención puesta en quien más la había herido. Desesperada, Lexa se volvió y extendió la mano mientras seguía retrocediendo de espaldas, intentando atrapar al monstruo con su propia sombra inmensa hasta haber salido del alcance de la cadena. La reacción fue instantánea. Aterradora. El ser colosal se quedó quieto, como si se le hubiera tensado de golpe hasta el último músculo. Con un rugido que quitaba el habla, embistió por la arena directo hacia Lexa, con la boca distendida y su baba corrosiva siseando cuando se revolvió contra sus ataduras. Y con un chirrido de metal torturado y el agudo sonido del acero al partirse, la cadena que ataba la bestia al suelo se separó en dos mitades limpias.
—… ay, mierda…
—… AY, MIERDA…
—¡Ay, mierda!
El arcadragón culebreó, demasiado mastodóntico para que Lexa lo retuviera con su sombranismo. Se arrojó a un lado cuando la cola del animal barrió la arena en un amplísimo arco de guadaña que hizo añicos la piedra y convirtió en pulpa a los gladiatii que encontró. A Lexa solo la rozó, y aun así la estampó contra un saliente rocoso. Estallaron estrellas negras en su visión. Perdió su agarre de las sombras al caer y el arcadragón rugió con incandescente ira.
—Me… —Lexa parpadeó con fuerza y escupió el polvo que tenía en la lengua—. ¿Me ha oído?
—… CUANDO HAS LLAMADO A LA OSCURIDAD…
—… interesante…
La bestia aulló de nuevo, al parecer furiosa, con la piel abultándose por las entrañas que burbujeaban y eructaban en su garganta. Pero ya sin sombras que lo distrajeran y cayendo en la cuenta de que ya no había nada que lo retuviera, el arcadragón volvió su cabeza ciega hacia las vibraciones de la multitud enardecida que cantaba y vociferaba. Y cuando el público también cayó en la cuenta de que la cadena del gigantesco animal se había roto, montaron en un estridente y rabioso pánico. Lexa alzó la mano hasta su hombrera y se le heló la sangre en las venas al comprobar que la bolsa de vydriaro ya no estaba. Buscó a su alrededor en la arena mientras el arcadragón serpenteaba hacia el muro, coronado por unos trozos de cristal roto y unos braseros que resultaban lamentables a la vista del tamaño y la ferocidad del monstruo. Media docena de legionarios Luminatii salieron corriendo a la arena, con sus espadas de acero solar desenvainadas, y cargaron a los gritos de: «¡Por la república!» y «Luminus Invicta!». En apariencia, sin importarle un comino ninguna república, ninguna luz ni básicamente nada, la bestia vomitó su estómago otra vez y sepultó al pelotón entero en una maraña de rosa podrido y ácido ardiente. El sudor hacía que a Lexa le picaran los ojos, y los chillidos de la multitud eran casi ensordecedores. El estadio a su alrededor se había convertido en una confusión absoluta de gente corriendo hacia las salidas o paralizada en sus asientos y gritando de terror. El arcadragón alzó la cabeza en el aire y bramó, con la cadena rota colgándole del cuello. Otros veinte legionarios con espadas y escudos salieron a la carga desde un rastrillo de hierro, pero con un solo barrido de su enorme cola, el monstruo los hizo a todos picadillo contra el muro. Su piel gruesa y correosa estaba perforada en una decena de lugares por lanzas y espadas, y una sangre oscura manaba de las heridas.
—… bueno, esto está yendo de maravilla…
—¿Sabes? Es muy fácil criticar, ahí sentado —resolló Lexa, y rodó para ponerse bocabajo, con la cabeza pitando aún.
—… y también extrañamente satisfactorio…
—… ESO DÍSELO A LAS PERSONAS QUE ESTÁN A PUNTO DE SER DEVORADAS…
—… ¿qué sentido tendría, si puede saberse?…
El arcadragón había llegado al muro que bordeaba la arena, sus veinticinco metros de longitud ondulando como un grotesco engendro de polilla. Se alzó sobre la barricada de tres metros sin el menor problema y su cabeza sin rasgos giró por encima de un grupo de espectadores aterrados mientras su esófago burbujeaba al inhalar. Lexa se levantó del polvo, con el cráneo palpitando, y vio los cuerpos de los gladiatii muertos salpicados y manchados en todas las direcciones. Buscó entre los cadáveres y encontró una lanza larga con el mástil aún intacto. El condenado yelmo solo servía para ofuscarle la visión, pero no se atrevía a quitárselo por si daba la casualidad de que algún siervo de la Iglesia Roja le veía la cara. De modo que, con una silenciosa plegaria a la Negra Madre, echó atrás el brazo y arrojó la lanza con todas sus fuerzas. El arma surcó el aire trazando un arco perfecto y la punta de acero resplandeció a la luz de los soles antes de clavarse en el cuello del arcadragón. La criatura bramó y sacudió la cabeza para quitarse aquel mondadientes, salpicando sangre negra. Y llamando de nuevo a la oscuridad acumulada debajo del monstruo, Lexa aferró su sombra.
—¡Eh! —gritó—. ¡Hijo de puta!
El arcadragón se estremeció, y un profundo y atronador gemido hizo temblar toda su longitud. Olvidada la gente de las gradas, la bestia volvió su ciega cabeza hacia Lexa y quebró el aire con un rugido hueco y fragoroso.
—… ya tienes su atención…
—Excelente. —Lexa recogió dos espadas de la arena ensangrentada—. Pero ¿qué coño voy a hacer con ella?
