Capítulo 18. Gloria

Por mucho que lo intentara, Lexa no lograba mantener quieta a la bestia. Como un gigante apartando a un bebé indefenso, el arcadragón se liberó del sombranismo de Lexa. La inmensa mole se separó del público y culebreó hacia ella. Abrió la boca como en un bostezo y un tembloroso rugido se desplegó desde la oscuridad de sus tripas. Las espadas gemelas de acero liisiano que Lexa llevaba en las manos bien podrían haber sido palas de untar mantequilla, y su sombra titiló mientras sus pasajeros se le bebían el miedo.

Dejándola fría.

Dura.

Audaz.

Pensó a toda prisa. Sus ojos recorrieron el muro de las gradas, los peñascos partidos, la arena ensangrentada, el monstruo que se cernía sobre ella. Y por fin lo vio, medio enterrado en una acumulación de piedra rota y polvo que había entre ella y la monstruosidad.

Su saquito de vydriaro.

Arraigó una idea. Demencial, suicida. Pero sin miedo, sin pensarlo, sin desperdiciar ni una bocanada de aire, la chica alzó sus espadas. Con sudor en los ojos, el pelo pegado a la piel polvorienta y retrayendo los labios de los dientes, Lexa se lanzó a la carga con un grito aterrador, en línea recta hacia el encolerizado arcadragón. El temeroso público se quedó callado, admirado, con los ojos puestos en aquella motita de chica que corría de cabeza hacia el horror de las profundidades desérticas. La bestia alzó su colosal corpulencia y un espantoso eructo emergió de su gaznate. Lexa aceleró entre la mezcolanza de cuerpos rotos, piedra rota y armas rotas que salpicaba la arena, y dio un hábil salto por encima de su saquito de vydriaro, medio enterrado en el polvo. Entonces el arcadragón abrió sus fauces y derramó sus entrañas por todo el suelo.

Envolviéndola por completo.

En los giros venideros, los siguientes momentos serían el tema de incontables relatos de taberna, debates alrededor de una tardera y peleas de bar por toda la ciudad de Vigilatormenta. Habría quienes jurarían que vieron a la chica lanzarse a un lado, demasiado rápida para seguirla con la vista, y esquivar la lluvia de tripas de la bestia. Otros afirmarían que, entre tanto polvo y sangre y caos, era casi imposible saber lo que había pasado, aparte de que ella se movía rauda como el rayo. Y habría otros, a la mayoría de los cuales nadie haría caso por locos y borrachos, que jurarían por Aquel que Todo lo Ve y sus Cuatro Hijas sagradas que aquella chica escuchimizada, aquel daimón vestido de cuero y malla, simplemente desapareció. Un instante estaba sepultada por las tripas del arcadragón y, al siguiente, a tres metros de distancia en la larga sombra que el monstruo proyectaba en la arena. Lexa se tambaleó y la oleada de vértigo estuvo a punto de derribarla de rodillas. Solo la adrenalina y la tozudez la mantuvieron en pie, medio trastabillando, medio corriendo, con el pecho en llamas y la cabeza dando vueltas. La criatura recuperó sus entrañas, tragándose los cadáveres de gladiatii aplastados, las armas caídas y la bolsita de cuero llena de brillantes orbes de vydriaro. Lexa trepó a un peñasco partido, saltó al lomo del arcadragón y le hundió las espadas en la carne para equilibrarse. El enorme animal se revolvió debajo de ella, mientras Lexa tanteaba en busca de un apoyo para levantarse y avanzaba a trompicones por su lomo hacia su cabeza, que de nuevo empezaba a alzarse hacia el cielo. La muchedumbre vociferaba, el arcadragón rugía y el pulso de la propia Lexa atronaba, pero, por debajo de todo ello, a través de esa cacofonía, de esa ensordecedora confusión, a ella le pareció entreoír algo muy al fondo de la panza del monstruo. Una sucesión de húmedos y minúsculos estallidos. El arcadragón se quedó quieto y un temblor recorrió su cuerpo. Lexa trepó gateando a su cuello, tiró a un lado una de sus hojas y se aferró a una lanza rota que estaba clavada en la piel correosa. Aferrándose al animal con los muslos y las uñas y la cabezonería, echó atrás su acero liisiano y, con un grito, lo clavó en la carne de detrás de la diminuta oreja del arcadragón. La criatura berreó y una burbuja de sangre que se había acumulado desde su esófago estalló en su boca. El público no tenía ni la menor sospecha del vydriaro que se había tragado, ni la menor idea de que la explosión había convertido buena parte del interior del arcadragón en una sopa sanguinolenta. Lo único que sabían era que, ante sus ojos perplejos y sus bocas abiertas de la impresión, la chica hincó su espada, la bestia se meció de un lado al otro como un borracho en el retrete y, con un borboteante suspiro, cayó muerta y quieta al suelo. El golpe resonó por todo el estadio y el polvo se alzó alrededor de la criatura. Pero con el viento de la nuncanoche soplando desde las gradas, cruzando la arena empapada de sangre, la neblina se dispersó para revelar una sola silueta, de pie sobre la cabeza del monstruo muerto. Jadeando, sangrando, Lexa se agachó y arrancó su hoja de la piel de la bestia. Y volviéndose con dificultad hacia los boquiabiertos espectadores, muy despacio, la alzó hacia el cielo. El silencio cubrió las arenas. Hueco y quedo. Nadie del público podía creerse lo que estaba viendo, ya no digamos hablar. Hasta que por fin, un niño pequeño que iba en brazos de su madre señaló a la chica ensangrentada que estaba en el centro de la arena, con los ojos castaños muy abiertos.

—¡Cuervo! —llegó su grito, débil y agudo.

Un hombre que estaba a su lado miró al chico y, dirigiéndose a quienes tenía alrededor, exclamó:

—¡Cuervo!

La palabra empezó a repetirse, como un eco, a medida que más y más gente adoptaba el vítor. Decenas, luego cientos y luego millares, todos entonando al unísono como un juramento, como una oración:

—¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!

Lexa recorrió cojeando el lomo del cadáver del arcadragón, espada en alto, mientras el público pateaba el suelo al ritmo de su cántico, más y más deprisa, emborronando la palabra y el trueno de sus pies.

—¡CuervoCuervoCuervoCuervoCuervo!

Lexa rugió con ellos, notando cómo la euforia y el orgullo le inflaban el pecho.

—¿Cómo me llamo? —chilló.

—¡CuervoCuervoCuervoCuervoCuervo!

—¿CÓMO ME LLAMO?

—¡CUERVOCUERVOCUERVOCUERVOCUERVO!

Lexa cerró los ojos, empapándose del griterío, dejando que calara a través de su piel.

Sanguii e Gloria.

Se volvió hacia los palcos de los sanguilas y vio a la dona Echo de pie, aclamándola. Miró hacia las celdas de gladiatii y vio a Wells, Cantahojas y Carnicero contra los barrotes, aullando su nombre y aporreando el hierro. Y por último, arriba entre la multitud, entre un mar de rostros sonrientes, vio a una chica. Largo cabello pelirrojo. Ojos tan azules como el cielo despejado. Y con una sonrisa tan brillante como los soles en lo alto, Clarke levantó la mano con los dedos extendidos. Y envió un beso a Lexa.

Los miembros del collegium de Titus comieron como nacidos de la médula esa nuncanoche. En las celdas de debajo del estadio habían dispuesto una larga mesa cargada hasta los topes de comida y vino, y los hermanos y hermanas gladiatii de Lexa brindaron por su victoria como los lores y las damas de antaño. Furiano estaba sentado en la cabecera como un rey, tal y como le correspondía por su posición de campeón. Pero si aquello hubiera sido un reino, había pasado a tener también una reina. Sentada al otro extremo de la mesa, con unos laureles de plata coronando su melena oscura, Lexa Wood alzó su copa de vino y sonrió como una desquiciada. Los gladiatii se habían recuperado bastante del envenenamiento y estaban alentados por la adrenalina de la victoria de Lexa. Bebieron mucho y comieron muy poco, mientras relataban la batalla una y otra vez. Wells alardeaba de ella en voz tan alta que cualquiera diría que había derrotado él a la bestia. Envolvió el cuello de Lexa con aquel brazo grueso como una pierna y declaró que el suyo había sido el triunfo más grandioso que había visto jamás sobre la arena.

—¡Aquí está esa zorrita grandiosa! —rugió.

—¡Suéltame, patán! —Lexa sonrió de oreja a oreja mientras lo apartaba.

—¡Nunca había presenciado nada igual! —exclamó Wells—. ¿Y tú, Cantahojas?

—No. —La mujer sonrió y alzó su copa—. En la vida.

—¿Despiertaolas?

—¡Una victoria digna de Pitias y Próspero! —proclamó el hombretón.

—¿Y tú, Carnicero? ¿Qué me dices, Otho?

—No —respondieron ambos—. Nunca.

—¡Por Cuervo! —bramó Wells, y en toda la celda se levantaron copas en respuesta.

Solo Furiano se quedó callado, bebiendo su vino a sorbitos, como si estuviera envenenado. Sus ojos no se apartaban de los de Lexa, impregnados de acusación y fría ira. Aunque el campeón había estado enfermo, Lexa era consciente de que tenía que haber visto su batalla, y seguramente habría sentido cómo llamaba a la oscuridad. Pero no podía negarse que la victoria de Lexa había sido gloriosa y, por mucho que le escociera ver aquellos laureles en su frente, el Invicto tuvo la sabiduría de guardarse la bilis tras los dientes. A veces Lexa miraba al otro lado de la mesa del banquete y, al clavar sus ojos verdes en los del campeón, notaba crecer en su vientre el mareo y el hambre que sentía siempre en su presencia. En una de esas fugaces miradas hacia la cabecera de la mesa hizo una promesa silenciosa:

«Pronto.»

—¡Atención!

Los gladiatii se quedaron callados y se levantaron mientras el executus Arkades entraba en la celda acompañado de la magistrae. La dona Echo llegó detrás de ellos, con una brillante sonrisa en los labios.

—¡Domina! —ladraron los gladiatii.

—Descansad, mis Halcones. —La dona levantó las manos y les indicó que volvieran a sentarse—. No voy a apartaros de vuestra celebración. Las calles resuenan con el nombre del collegium de Titus, y todos vosotros os habéis ganado este momento de gozo.

La dona sonrió mientras los gladiatii alzaban las copas y brindaban a su salud. Se había molestado en cambiarse de ropa, y llevaba un vestido sin hombros y un corsé a juego de hermoso terciopelo aplastado, del mismo tono rojo oxidado que su cabello. Lexa se preguntó cuánta plata habría gastado en él la mujer. Cuántos vestidos habría llevado hasta allí desde el Nido. Cuánto estaría costándole aquel banquete de celebración y de dónde abismos estaba sacando el dinero. Si iba tan apurada como para plantearse vender a Lexa a una casa de placer el giro anterior…

Lexa observó a Arkades y vio que el executus paseaba la mirada por la comida y el vino con la misma preocupación en mente. Lexa miró las joyas que rodeaban el cuello de la dona, el oro de sus muñecas, y la explicación que ya sospechaba cobró más peso.

«No sabe manejar el dinero. Creció entre riquezas, así que nunca aprendió el verdadero valor de las monedas ni llegó a entender cómo es la vida que te espera cuando se terminan. Lo único que le preocupa es la impresión que da a los demás. A su padre. —Lexa miró a Echo de arriba abajo y suspiró para sus adentros—. ¿Habría terminado yo igual, si no hubieran matado al mío?»

Lexa vio a Furiano observar a su domina por el rabillo del ojo, quizá esperando algún gesto de reconocimiento. Pero fiel a su farsa, alta y orgullosa y siempre tan tan digna, Echo no le concedió ni una sola mirada.

—Mi Cuervo —dijo la dona sonriendo a Lexa—. Hablemos.

—Domina.

Lexa siguió a Echo fuera de la celda, consciente de la incendiaria mirada de Furiano en su espalda. Arkades y la magistrae los siguieron, y la mujer cerró la puerta mientras Wells empezaba a narrar la batalla de nuevo, usando una jarra de vino y un mondadientes como utillaje.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Echo.

—Bastante bien —respondió Lexa—. Gracias, domina.

—Soy yo quien debería dártelas —dijo Echo, con los ojos iluminados—. Nuestro collegium es la comidilla de la ciudad entera. El gobernador de Vigilatormenta en persona, Quinto Mesala, ha declarado que este ha sido el mejor combate que ha visto jamás la república, y que tú… —Echo apretó los hombros de Lexa—. Que tú, mi belleza sanguinaria, mereces todos los halagos.

—Vivo para honraros, domina —dijo Lexa.

Arkades entornó los ojos al oírlo, pero Echo parecía embelesada.

—El gobernador Mesala acostumbra a celebrar un banquete la nuncanoche después del venatus —dijo la dona—. Todos los nacidos de la médula y Administratii acuden a su palazzo, al que también invita a todos los sanguilas que sacan gladiatii a los juegos y a sus campeones. —Los ojos de Echo relucieron de virulento deleite—. Pero ha enviado una misiva personal en la que me pide que, además de a Furiano, te lleve a ti, para que todos puedan admirar a la Salvadora de Vigilatormenta.

—¿La Salvadora de Vigilatormenta? —musitó Lexa.

—Suena bien, ¿verdad? —Echo soltó una risita—. Los trovadores ya están cantando sobre tu victoria en las tabernas de toda la ciudad. Serás el orgullo de la fiesta, la joya de mi corona. Y nos bañarán en dinero; las élites de la ciudad me arrojarán ofertas de patrocinio a los pies. Los ojos de todos los sanguilas estarán posados en ti, inflamados de envidia.

«Conque todos los sanguilas, ¿eh?»

—Los favoritos de Mesala siempre han sido los guerreros del collegium de mi padre —añadió Echo—. Lleva años cantando alabanzas de los Leones de Leónidas. Cómo va a irritarlo verme a mí en el asiento de honor, a la derecha de Mesala. —La dona se apretó los dedos contra los labios para reprimir su sonrisa enloquecida—. Imagínate la cara que pondrá ese viejo hijo de puta.

—Mi dona —advirtió la magistrae, amagando una mirada a Lexa—. No deberías hablar de ese modo.

—Hum, sí. —Echo recobró la compostura, asintió y se alisó el vestido—. Te estoy distrayendo de tus festejos, mi Cuervo. Ve a celebrar tu victoria. Pero no bebas demasiado vino, ¿eh? Quiero que luzcas espléndida en el banquete de mañana.

«Como una mascota estimada —comprendió Lexa—. Como una perra a los pies de su ama. Dispuesta a venderla en un instante si no ladra cuando se le ordena.

»Siéntate.

»Rueda.

»Hazte la muerta.

»Muere.»

Lexa apretó los labios con fuerza. Pensó en su padre, balanceándose al final de su cuerda. En su madre, desangrándose en sus brazos. En su hermano pequeño, dando sus primeros pasos en un pozo sin luz y muriendo allí, en la oscuridad.

Pensó en Jaha.

Pensó en Azgeda.

«Los ojos en el objetivo, Wood.»

Y mirando a los ojos a Echo, se inclinó con una mano en el corazón.

—Vuestro susurro, mi voluntad —dijo—, domina.

—¡Por la puta Negra Madre, has estado genial!

Clarke corrió hacia Lexa tan pronto como hubo entrado por la ventana de la taberna y la envolvió en un fuerte abrazo.

—Sí, sí.

Lexa asintió y se zafó de la chica para echar las cortinas. Era la persona más conocida de Vigilatormenta, al fin y al cabo, y las calles seguían atestadas de juerguistas que celebraban el venatus. Los soles le quemaban los ojos, la paliza que había recibido aquella tarde estaba dejando cardenales y, tras el festín con sus hermanos y hermanas gladiatii, Lexa se sentía no poco borracha. Miró la diminuta habitación y no vio sillas para sentarse, solo un sencillo catre con el colchón tan fino como una loncha de buen queso.

—No es precisamente la villa del cónsul, ¿eh?

—Todas las posadas, cuartos de alquiler y burdeles estaban llenos por el venatus. —Clarke se encogió de hombros—. Ya me sonrió bastante la Madre cuando pude conseguir este cuartucho. No me preguntes cuánto pagamos por él. Menos mal que Gustus nos dio todo ese dinero. Pero, en fin, ¡al abismo con la habitación, que acabas de matar a un coloso! ¡La ciudad entera habla de ti!

Lexa se echó en la cama y empezó a frotarse las doloridas costillas.

—Sí —logró responder.

—Por el abismo y la sangre, Wood —dijo Clarke, dejándose caer en el colchón a su lado—. ¡Has matado a un arcadragón! ¡Has salvado la vida de cientos de personas delante de otras diez mil! ¡Echo tendría que estar tres veces loca y cinco botellas borracha para pensar siquiera en venderte ahora! ¿No estás contenta?

Lexa se había hecho la misma pregunta de camino hacia allí, después de salir de las celdas de la arena dando un paso entre sombras. Debería estar contenta, sí. Aparte de que el arcadragón rompiera la cadena, todo había salido más o menos según su plan. Se había ganado el favor de Echo. Había asegurado patrocinadores para el collegium. Su nombre resonaba en las calles. Estaba un laurel más cerca del Venatus Magni, de los cuellos de Azgeda y Jaha. Pero lo erróneo de todo ello la asediaba como un cáncer. Cada giro que pasaba con la mejilla marcada le volvía más difícil pasar por alto a la gente que no podía zafarse de sus cadenas viajando por las sombras como ella. No solo los gladiatii. La república entera estaba engrasada por la maquinaria de la miseria humana. Desde que había abierto los ojos a ese hecho, no podía dejar de verlo. Ni quería. Pero también sabía que no podía solucionarlo. Ni siquiera podía ayudar a los demás miembros de su collegium sin condenar su plan al fracaso. Ya había apostado demasiado para estar allí. Y no solo ella. Gustus. Clarke también. Y todo por un bien mayor, ¿verdad? ¿Acaso no podía afirmar eso sin faltar a la verdad? ¿Que la república estaría mejor sin un tirano en la silla de cónsul? ¿Que todo el mundo estaría mejor con Roan Azgeda muerto?

Pero ¿qué les ocurriría a sus hermanos y hermanas del collegium, si de algún modo su plan funcionaba? Dos esclavos habían matado a su amo y los Administratii habían asesinado a todos los esclavos de su casa. ¿Qué harían sus compañeros de Nido del Cuervo si mataba a un cardenal y a un puto cónsul? Incluso si Lexa lograba que su milagro se cumpliera, Wells, Bryn y Byern, Cantahojas… todos terminarían ejecutados.

Lexa miró a Clarke, que la estaba observando con aquellos brillantes ojos azules.

—Ha sido un giro largo, nada más. —Suspiró—. ¿Tienes tabaco?

Clarke sonrió, buscó dentro de su falda y sacó la fina pitillera de plata de Lexa. Tenía grabado el sello de la familia Wood, un cuervo en pleno vuelo sobre dos espadas cruzadas. Se la había regalado Gustus el día que Lexa cumplió quince años. El metal estaba cálido por el contacto con la piel de Clarke. Lexa encendió un cigarrillo con un yesquero y suspiró gris.

—¿Dónde están Eclipse y Don Sabelotodo? —preguntó Clarke.

—Eclipse vigila la calle. Don Majo está siguiendo a la dona Echo. Se celebra una gran velada en el palazzo del gobernador mañana. Echo intenta conseguir patrocinadores y acabar con sus problemas de dinero de una vez por todas. El gobernador le ha pedido que me lleve con ella.

—Cómo no —dijo Clarke, asintiendo—. Deberías haberte visto. El dichoso arcadragón parecía dispuesto a devorar a la mitad del público, y tú le sueltas una palabrota y se vuelve hacia ti como una serpiente. Increíble.

—Sí —murmuró Lexa—, casi no me lo creo ni yo misma.

Dio otra calada al cigarrillo, negando con la cabeza. Clarke seguía sonriendo, con los ojos relucientes al recordar la victoria de Lexa. Extendió una mano y frotó las arrugas entre las cejas de Lexa como si quisiera borrarlas. Lexa la apartó de un manotazo.

—Por los dientes de las Fauces, ¿qué pasa? —Clarke suspiró, exasperada—. Toda la ciudad brinda por ti. Has ganado un laurel, obtenido el favor de tu dona y garantizado el futuro del collegium. Ha salido todo como querías, y tienes la cara que parece una tormenta de verano.

Lexa se mordió el labio. Dudó si debía decir algo. Miró a Clarke y sus ojos verdes se iluminaron con un puntito de llama al dar una calada al cigarrillo. El vino de su estómago le había aflojado la lengua, pero la desconfianza que corría por sus venas mantenía su mandíbula cerrada.

—Por el abismo y la sangre, Lexa, ¿qué te ocurre? —preguntó Clarke.

—El arcadragón —dijo Lexa por fin.

—¿Qué pasa con él?

—En el desierto, fuera del Monte Apacible, cuando os perseguía a ti y a Titus hasta Última Esperanza… —Exhaló gris, esperando algún tipo de reacción al sacar el tema de su enfrentamiento hacía un año, pero Clarke se limitaba a escuchar—. Un kraken de arena atacó el carro de los Luminatii. Mató a muchos hombres de Titus.

—Lo recuerdo.

Lexa respiró hondo y contuvo el aliento un largo y cargado momento.

—Lo hizo porque yo quise —dijo soltando por fin el aire.

Clarke parpadeó.

—¿Cómo?

Lexa levantó los hombros.

—No tengo ni idea. Solo sé que, siempre que llamo a las sombras en los Susurriales de Ashkah, vienen los krakens de arena, y vienen enfadados. Y ese arcadragón ha reaccionado igual. He intentado retenerlo con su propia sombra y casi se vuelve loco. —Lexa negó con la cabeza y dio otra calada—. Dicen los conocedores que a los krakens y a otros animales de los eriales ashkahi los deformaron los contaminantes mágycos que quedaron después de la destrucción del imperio.

«La Corona de la Echo.»

«La caída del Imperio Ashkahi.»

«Las monstruosidades que dejó atrás.»

—Estaba pensando… si tal vez está todo relacionado.

—¿Con la caída del imperio? —preguntó Clarke—. ¿Los tenebros?

Lexa se encogió de hombros mientras crecía en ella la frustración de siempre. Kane no había averiguado nada sobre sí mismo. Furiano no quería ni intentarlo. Gustus y la madre Abby habían dicho a Lexa que era una Elegida de la Madre, pero ¿qué abismos significaba eso en realidad?

No había conocido a nadie capaz de darle alguna respuesta fiable. Pero aquel ser de la necrópolis de Galante… parecía saber algo más.

«TU VERDAD YACE ENTERRADA EN LA TUMBA. Y PESE A ELLO, TIÑES DE ROJO TUS MANOS PARA ELLOS, CUANDO DEBERÍAS ESTAR TIÑENDO DE NEGRO LOS CIELOS.»

—Es que estoy agotada y harta de no saber lo que soy, joder, Clarke.

—Bueno, eso es fácil —afirmó la chica, y extendió el brazo y apretó la mano de Lexa.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Clarke sonrió—. Eres valiente. Y eres lista. Y eres hermosa.

Lexa dio un bufido, negó con la cabeza y miró la pared.

—Lo digo en serio —insistió Clarke, que se acercó y dio un beso a Lexa en la mejilla.

Lexa giró la cabeza para mirarla, ojos verdes clavados en un azul quemado por los soles. Clarke seguía estando cerca, y seguía aproximándose centímetro a centímetro. Un aroma a lavanda se desenroscaba desde su piel, su cabello rojo caía en cascada alrededor de su cara algo pecosa, y el estómago de Lexa hormigueó al darse cuenta de que la chica pretendía besarla.

—Eres hermosa —susurró Clarke.

Y cerrando los ojos, se acercó más y…

—No —dijo Lexa.

Clarke se detuvo, los labios a solo un aliento de los de Lexa. La miró a los ojos y luego a la boca.

—¿Por qué no? —susurró.

—Porque no confío en ti, Clarke —respondió Lexa—. Y no quiero que creas que puedes llevarme a la cama para tenerme en tu bolsillo.

Clarke apartó la cabeza, en cuclillas, y miró incrédula a Lexa.

—¿Crees que podría…?

—¿Hacer cualquier cosa para salirte con la tuya? —preguntó Lexa—. ¿Mentir, hacer trampas, follar, asesinar?

Lexa dio una larga calada al cigarrillo con los ojos entrecerrados. Notaba la lengua un poco torpe en la boca por el vino que había tomado en la tardera, pero ya la tenía demasiado suelta.

—Sí, Clarke, ahí está el problema —dijo—, en que sí que lo creo.

Clarke salió despedida de la cama como si Lexa le hubiera dado un golpe. Cruzó la estancia hasta llegar tan lejos como le permitieron las diminutas dimensiones. Se quedó con los brazos en jarras mirando la pared. Estuvo callada un largo momento, hasta que por fin se volvió hacia Lexa con ira en el rostro.

—Que te den, Lexa. —Regresó a zancadas y alzó los nudillos delante de la cara de Lexa—. ¡Que te den!

—Quítame esa mano de la cara, Clarke —advirtió Lexa.

—¡Tendría que hacerte tragar el cigarrillo! —gritó ella.

Lexa meneó la cabeza y dio otra calada.

—¿Te has fijado en que la gente grita cuando no tiene nada que decir que merezca la pena?

—Por los dientes de las Fauces, qué cojonazos tienes. Por si no te has fijado, ahora mismo solo hay una persona en el mundo que esté de tu parte, y…

—Gustus está de mi parte, Clarke. Desde mucho antes que tú.

—Pues no lo veo por aquí, ¿y tú? —gritó Clarke—. No lo veo moviendo el culo desde Tumba de Dioses hasta Fuerteblanco y hasta Vigilatormenta. No lo veo colándose en estadios y dejando vydriaro en la arena, ni avisándote de la monstruosidad que iba a derretirte la carne dejándote en los putos huesos. ¡Él no hizo otra cosa que intentar disuadirte, y yo no he hecho otra cosa que ayudarte, coño!

Lexa negó con la cabeza y aplastó el cigarrillo contra la pared.

—Y no porque odies al Sacerdocio tanto como yo. No porque tengas algo que ganar con todo esto, oh, no, la Madre no lo quiera. Es porque te importo muchísimo.

—Y eso aterroriza, ¿verdad?

Lexa bufó.

—Tengo a dos daimones de sombra que, literalmente, se comen mi miedo, Clarke. A mí no me aterroriza nada.

—Don Gilipollas y Lobita no están en la habitación —restalló Clarke—. Ahora estamos solas tú y yo. Y por muchas bravatas que sueltes, esa idea te da un miedo atroz. Por cómo hueles, has tenido que meterte entre pecho y espalda una botella de vino dorado solo para reunir el valor de enviarlos lejos. Pero los has enviado lejos. Y eres demasiado cobarde para reconocer por qué.

—Ten cuidado o te jodo viva, Clarke.

—Creía que no me lo pedirías nunca, Lexa.

Lexa se tensó y se levantó de la cama con los puños cerrados. Clarke no cedió terreno y sostuvo la mirada a Lexa con la mandíbula apretada. Sus caras estaban a escasos centímetros de distancia y el aire entre ellas crepitaba con una corriente arkímica.

—No finjas que no lo sientes —dijo Clarke—, porque lo veo escrito en todas tus líneas y tus curvas. Puede que me conozcas, Lexa Wood, pero yo te conozco a ti igual de bien. Y sé qué es lo que quieres.

Los dientes de Lexa rechinaron y una mano se cerró de nuevo con fuerza. No sabía si quería dar un puñetazo a la chica o…

Había un océano de mentiras entre ellas. La traición de Clarke. El asesinato de Lincoln. La certeza de que esa chica haría o diría cualquier cosa para obtener lo que quería. Pero también había verdad en sus palabras. De todas las personas que había en el mundo, la única que estaba allí, ayudando a Lexa cuando más lo necesitaba, era Clarke Griffin.

Clarke Griffin era una mentirosa irredenta.

Clarke Griffin era veneno.

Y Clarke Griffin era hermosa.

Lexa no podía negarlo. Labios suaves separados en la luz ahumada. Largo cabello rojo cayendo en oleadas por los hombros. Tenía la piel suave, un matiz de rabia en las mejillas que las volvía rosadas. Grandes ojos azules enmarcados por oscuras cejas curvadas, proyectando una mirada que hacía cosquillear los dedos de Lexa, dar vuelcos a su estómago. Con el vino vibrando en sus venas, miró aquellos pozos de azul quemado por los soles y vio su reflejo, vio en sus propios ojos lo mismo que nadaba en los de Clarke.

Deseo.

Deseo.

Pero…

… sin sus pasajeros junto a ella, Lexa tenía miedo.

No por desear a una chica, como quizá sospechara Clarke. Ya había estado con una, a fin de cuentas. Aunque aquella belleza dorada de la cama de Aurelio hubiera sido solo un instrumento para sus propósitos, Lexa era capaz de admitir que podría haber encontrado antes la forma de darle el beso mortal al hijo del senador. Podría haberle dado fin bastante antes de sentir aquellos labios dorados entre las piernas, de saborear a la chica en la lengua de Aurelio.

No, Lexa no estaba asustada por desear a una chica.

Lo estaba por desear a esa chica.

A Clarke Griffin.

Ladrona.

Mentirosa.

Asesina.

Traidora.

—¿Cómo puedo confiar en ti, después de todo lo que has hecho? —preguntó Lexa.

—Si te quisiera muerta, Lexa…

—No hablo de confiarte mi vida, Clarke.

Lexa miró el pecho jadeante de Clarke e imaginó el corazón que ocultaba. Se preguntó si estaría atronando tanto como el suyo, o si todo aquello era solo un instrumento para sus propósitos. Clarke levantó la mano y la acercó al rostro de Lexa. Las yemas de sus dedos le rozaron la piel, desencadenando una embriagadora oleada de calidez que no tenía nada que ver con la luz de los soles ni con el vino que había bebido. Clarke acercó la cara muy despacio y su mirada voló de los ojos de Lexa a sus labios. Respirando más fuerte, acercándose más, ya solo a un centímetro, solo a un latido del corazón. Y Lexa miró al otro lado de la

habitación y

dio un paso

hacia la sombra

de las cortinas,

las apartó, abrió la ventana con la cabeza dándole vueltas por la bebida, por el paso entre sombras, por todo. Clarke la llamó, pero Lexa no hizo caso, saltó al otro lado del alféizar y descendió por la pared, rápida como una despedida a la mañana siguiente. Llamó a Eclipse junto a ella, tiró de la oscuridad para cubrirse los hombros y la cabeza y huyó por las calles en la nuncanoche. Seguían oyéndose celebraciones de su victoria por las ventanas de las tabernas, por las puertas de los fumaderos, llenando el aire. El miedo salió de ella como el veneno de una herida mientras Eclipse se acurrucaba en su sombra, dejándola fría y dura y valiente. No podía confiar en Clarke Griffin. De eso estaba segura. Pero ¿y en la idea de alzarse sobre los cadáveres de los hombres que habían destruido todo cuanto amaba? ¿En la sensación del frío acero en su mano y la cálida sangre en su cara y en saber que todo por lo que llevaba siete años esforzándose estaba por fin a su alcance?

En eso sí que podía confiar.

Y nada más importaba.

Se pasó la mano por la mejilla que le había tocado Clarke, por una piel que aún cosquilleaba.

Nada en absoluto.