Capítulo 19. Rendición

Hicieron entrar a Lexa antes del postre.

La dona Echo le había ordenado esperar en una pequeña antecámara, más abajo, en el ala de servicio del palazzo del gobernador. Había un guardia apostado en la puerta y le habían dado una comida sencilla y una copa de vino aguado, mientras los invitados al banquete disfrutaban de un aperitivo de corazones de codorniz rellenos bañados con mantequilla de brandy, seguido de un plato principal de pez miel y langosta reina braseados con vino dorado. Lexa sabía que Quinto Mesala llevaba seis años como gobernador de Vigilatormenta, porque lo habían nombrado poco después de la Rebelión del Coronador. Como amigo de la infancia del cónsul Azgeda y como vástago de una de las doce grandes familias de la república, su riqueza y su poder eran la envidia de todo aquel que lo conocía, y al parecer Mesala vivía para alentar esa envidia. Lexa no recordaba un festejo tan fastuoso ni una casa tan opulenta. La antesala en la que aguardaba estaba decorada con enrevesados relieves de estuco, pan de oro y lámparas de araña de cristal dweymeri. El hombre que le había servido la comida llevaba una ropa que envidiaría casi cualquier don nacido de la médula. Se quedó sentada allí, reconcomiéndose por su discusión con Clarke, hasta que Arkades fue a buscarla. El executus llevaba sus mejores galas, halcones y leones en el jubón. Lexa llevaba la misma armadura que el giro anterior, aunque pulida hasta casi desintegrarla. No le habían devuelto el yelmo, pero poco podía hacer al respecto. Era muy poco probable que hubiera algún siervo de la Iglesia Roja en la celebración, pero, aun así, andando hacia el salón del banquete con el executus delante y dos guardias flanqueándola, Lexa se sintió como si estuviera entrando desnuda en una madriguera de perros costrosos.

—Espera —le dijo Arkades, deteniéndose ante la puerta del salón. Se volvió para mirarla y alzó un dedo de advertencia—. No hables a menos que se te hable a ti. Recuerda que vas a tener encima todas las miradas. Quizá nunca hayas visto a personas como las de este salón, pero son verdaderas serpientes, chica. Matan con un susurro. Conceden fortunas o arrasan reputaciones con una palabra. Si llevas la vergüenza al nombre de tu domina, te juro por Aquel que Todo lo Ve que sufrirás por ello.

«Negra Madre, el fuego de lo que siente por esa mujer podría iluminar la veroscuridad.»

Lo cierto era que Lexa conocía demasiado bien las maquinaciones de los nacidos de la médula; no en vano había visto a su madre maniobrar durante años en sus juegos de poder. La dona Wood podía reducir a hombres a cascarones vacíos y a mujeres a torrentes de lágrimas con solo proponérselo. Pero Lexa no iba a dejar que Arkades lo supiera. Se limitó a agachar la cabeza.

—Sí, executus.

Satisfecho, el hombre abrió la puerta del salón de banquetes y entró cojeando. Lexa esperó allí con las manos entrelazadas. Oyó música de cuerda y voces en la sala.

—Buen combate ayer —murmuró un guardia a su lado.

—Sí —dijo el otro—. Espectacular de cojones, chavala.

Lexa hizo un gesto de agradecimiento, complacida de que el rumor de su victoria continuara extendiéndose. Si había existido alguna posibilidad de que Echo la vendiera antes del venatus, estaba tan muerta como el arcadragón. Su domina tendría que buscar otra forma de pagar a sus acreedores, aunque, si todo iba bien aquella velada, no le resultaría difícil. Los nacidos de la médula

pudientes acostumbraban a ofrecer patrocinio a los collegia en alza, y con toda la ciudad brindando por los Halcones de Titus, Echo no debería tener el menor problema en procurarse inversiones.

El futuro del collegium estaba asegurado.

Solo faltaba asegurar su puesto en el Venatus Magni.

Al poco tiempo, Lexa oyó el tintineo de un anillo contra una copa de cristal y el cese de las conversaciones. Una voz habló en voz alta en el salón de banquetes, con un suave tono de barítono que Lexa supuso que pertenecería al gobernador Mesala.

—Estimados huéspedes, honorables amigos, os doy las gracias por visitar mi humilde morada esta nuncanoche. No sabéis cuánto nos honra a mi querida esposa y a mí ver aquí a tantos de vosotros. Que Aquel que Todo lo Ve os proteja y que las Cuatro Hijas os bendigan.

Mesala esperó a que remitieran los educados aplausos antes de continuar.

—Celebramos este banquete tras cada venatus para dar las gracias a los amigos que iluminan nuestra ciudad, pero, sin embargo, rara vez dejan una marca indeleble en los corazones y las mentes de nuestros ciudadanos. No exagero al afirmar que el venatus de ayer fue el más grandioso que se ha visto en nuestra bella ciudad, y agradezco a todos los sanguilas aquí presentes sus esfuerzos para que así fuera.

Mesala calló de nuevo para dejar paso a los aplausos. Era muy poco frecuente que los sanguilas fueran invitados a la casa de un gobernador, ya que los dueños de sangre no podían alcanzar la clase social de un nacido de la médula. Pero Lexa comprendió que Mesala había sido muy perspicaz al organizarlo de ese modo. Los sanguilas eran populares entre el pueblo llano, y el amor de la ciudadanía había impulsado a Roan Azgeda a saltarse todos los convencionalismos y mantenerse en el puesto de cónsul durante tres períodos. Tenía sentido que Mesala agasajara a los hombres que ostentaban el favor de la plebe.

«Este sí que es una serpiente, ya lo creo.»

—Bien —prosiguió Mesala—. Cada sanguila ha traído a su campeón para que nos maravillemos contemplándolos. Pero para vosotros, queridos amigos, he preparado un presente más maravilloso si cabe, por el que debo agradecer su generosidad a la dona Echo del collegium de Titus. —Lexa oyó que se extendía un murmullo entre los invitados—. Me complace presentaros a la vencedora de la Última de ayer y una de los mejores gladiatii que han hollado jamás las arenas. ¡Os presento a Cuervo, la Salvadora de Vigilatormenta!

Las puertas se abrieron de par en par y Lexa contempló un mar de rostros curiosos. Había centenares de personas en el salón, la flor y nata de la sociedad reunida en hermosos grupitos o tumbada en divanes por toda la amplia estancia. El salón era de mármol, con murales y altas ventanas abiertas para dejar entrar la fresca brisa de la nuncanoche. Había platos repletos de comida, copas rebosantes de vino y riqueza goteando por las paredes. Lexa reconocía aquel mundo. Había crecido en él, a fin de cuentas. Era hija de una familia nacida de la médula y se había criado en una opulencia como aquella. ¡Cuánta riqueza en tan pocas manos! El reinado de los ciegos, levantado sobre las espaldas de los maltratados y los destrozados. Y nadie que hubiera nacido en él se cuestionaba ni el menor detalle. El gobernador Mesala estaba de pie en el centro del salón. Era un itreyano atractivo, de ojos oscuros y penetrantes. Los divanes estaban dispuestos en torno al suyo, y los huéspedes se sentaban según su posición social. Lexa vio a la dona Echo en un lugar de honor a la derecha de Mesala, y a Arkades a su lado. Furiano se alzaba detrás, vestido con peto de hierro, brazales y espinilleras forjadas con forma de alas de halcón. El campeón estaba que echaba humo, mirando a Lexa con odio en los ojos. Pero aun así, cuando ella lo miró… aquella hambre…

Aquel anhelo.

Lexa reparó en otros sanguilas que estaban en el salón cuando reconoció sus emblemas. Un hombre corpulento que llevaba la espada y el escudo del collegium de Trajano. Un manco que solo podía ser Filipi, un antiguo gladiatii que había inaugurado su propio establo. Y allí, entre ellos, Lexa vio a un hombre orondo que llevaba una levita bordada con leones dorados. Lo reconoció de inmediato: era el que se había ofrecido a comprarla por mil sacerdotes de plata y había perdido la puja por una sola moneda.

Leónidas.

Lexa se fijó en que también estaba sentado cerca de Mesala, pese a no haber sacado a ningún luchador en la Última. Volvió a preguntarse por qué sería, y también por la revelación que había hecho Echo de que el gobernador siempre había tenido como favoritos a los Leones de Leónidas. Dejando pasear la mirada por el salón, quizá otra persona habría visto un simple banquete. Pero Lexa vio una tela de araña, sus hilos pegajosos tejidos entre los huéspedes, las vibraciones viajando hasta el centro de la red. Y en su mismo corazón estaba la dona Echo, con una copa en los labios, sentada con despreocupación a la derecha de la araña. Leónidas tenía pocos rasgos dignos de mención. Quizá le gustara demasiado comer y beber, pero no tenía aspecto de monstruo. Dio un sorbito de vino y fingió un bostezo, aparentando no haber reparado en la presencia de Lexa. Pero ella vio cómo miraba, cómo aquellos ojos azules brillantes que había dejado en herencia a su hija no pasaban por alto ningún detalle.

«Y así es como los mayores monstruos se salen con la suya —comprendió—, teniendo un aspecto parecido al del resto de nosotros.»

Al lado de Leónidas, de pie, se encontraba su enorme y calvo executus, Tito, el grosor de cuyos brazos amenazaba con rasgar su camisa de seda. Y detrás de Tito, Lexa vio una figura amenazante, de al menos dos metros quince de altura, embozada en una capa y con capucha a pesar del calor.

«¿Será su campeón?»

—Mi buena Cuervo. —La voz del gobernador arrancó a Lexa de su ensimismamiento. El hombre le hizo un gesto—. Acércate, que Vigilatormenta contemple a su salvadora.

Lexa obedeció internándose en el salón, seguida de cerca por los guardias. Los huéspedes no eran tan maleducados como para aplaudir su presencia: Lexa era una propiedad, al fin y al cabo, y la alta alcurnia no aplaudía cuando una mascota hacía algún truco. Pero sí sintió una corriente arkímica en el aire. Curiosidad, admiración, incluso deseo. Solo un giro antes había tenido a decenas de miles de personas a sus pies, bramando su nombre. Eso le otorgaba una especie de peso, comprendió. La misma clase de magnetismo que Arkades llevaba como una armadura y que los demás gladiatii del salón se esforzaban por lograr. Primario, quizá. Impregnado en sangre.

Pero poder, de todos modos.

—Cuentas con mis alabanzas, mi buena Cuervo —dijo Mesala—, y con el agradecimiento de los habitantes de nuestra ciudad. No solo nos concediste un espectáculo sin parangón, sino que, mediante tu destreza y tu valentía, rescataste de la calamidad las vidas de no pocos de nuestros ciudadanos. —El gobernador alzó su copa, imitado por los muchos invitados en el salón—. Que Aa te bendiga y te guarde, y que Tsana guíe siempre tu mano.

Lexa hizo una inclinación.

—Me honráis, gobernador.

—Tú nos honras a nosotros, al igual que tu domina. —El gobernador se volvió con una sonrisa hacia la mujer que tenía a la derecha y alzó su copa mirando a Echo—. Tenéis mi agradecimiento, elegante dona, por concedernos la oportunidad de ver de cerca a nuestra salvadora.

Echo inclinó la cabeza.

—Soy vuestra humilde sierva, gobernador.

—Sí que es espléndida, ¿verdad? —dijo Mesala a sus invitados, rodeando a Lexa y contemplándola desde todos los ángulos—. La diosa Tsana encarnada. Una cosa es presenciar sus hazañas desde los palcos, y otra muy distinta tenerla aquí, ¿me equivoco?

Echo sonrió.

—¿Quién habría pensado que una mujer tan hermosa pudiera ser tan feroz?

—Seguro que podría derrotar a tres cualesquiera de entre los guardias de mi casa.

Echo ensanchó la sonrisa, gozando de la adoración. Lanzó una mirada venenosa a su padre, y Lexa se fijó en que la cara de Leónidas estaba roja de furia. Luego Lexa vio que a la dona se le ocurría una idea, miraba a su executus y curvaba los labios en una sonrisa taimada.

—¿Quizá os apetezca una demostración a vos y a vuestros invitados, gobernador Quinto?

El hombre ladeó la cabeza, con expresión juguetona.

—¿Nos la concederíais, mi dona?

—Sería un honor enfrentar a mi Cuervo contra vuestro mejor hombre —dijo Echo—. E navium, por supuesto.

Mesala enarcó una ceja y miró a sus invitados.

—¿Qué decís, amigos?

Arkades frunció el ceño al oír la idea, a todas luces disgustado. A Lexa tampoco le hacía demasiada gracia tener que actuar para el disfrute de las élites, además de que aún estaba dolorida por la batalla contra el arcadragón el giro anterior. Pero los nacidos de la médula estaban encantados con la sugerencia de la dona, y era cierto que dejarlos impresionados con un simple lance sería una forma razonable de que Echo se garantizara los patrocinios que tanto necesitaba.

Y aun así...

Lexa miró a Leónidas. Luego otra vez a Mesala. Trató de sacudirse el mal agüero que notaba reptar por su piel. El gobernador se dirigió hacia un guardia, un fortachón con bíceps tan gruesos como su cuello.

—Vario, ¿serías tan amable de acercarte?

El gigante asintió, le cogió el gladius al guardia que estaba a su lado y se lo lanzó a Lexa. Ella lo atrapó en el aire y miró a la dona Echo, que le dedicó un asentimiento de ánimo mientras Furiano, obviamente indignado por que le hicieran sombra, la miraba furioso desde el fondo. Los siervos del gobernador despejaron un espacio en el centro del salón y Lexa ocupó su lugar, con la espada alzada, intentando olvidar sus recelos. El guardia desenvainó su propia hoja, se inclinó hacia el gobernador y fijó su mirada en Lexa.

—Mis disculpas, honorable gobernador —dijo una voz—. ¿Me permitís inmiscuirme?

Todas las miradas se volvieron hacia el sanguila Leónidas, que estaba de pie junto a su diván e hizo una profunda inclinación.

—¿Mi buen Leónidas? —preguntó Mesala.

—Gentil anfitrión, no deseo ofender a vuestro hombre —dijo Leónidas—, pero si deseamos ver lucirse a la Salvadora de Vigilatormenta, ¿podría sugerir que enfrentara su acero contra alguien versado en las artes de la arena? —Leónidas desvió sus ojos rutilantes hacia su hija—. A no ser que la sanguila de Cuervo crea que no es apta para la tarea, por supuesto.

Echo miró a su padre entre los congregados, su rostro una máscara de perfecta calma. Pero Lexa tenía los pelos erizados. Ya podía ver la trampa. Con unas meras palabras empalagosas, Mesala había manipulado a Echo para poner una espada en la mano de Lexa, y Leónidas podía hacer que su hija quedara como una cobarde si declinaba el desafío. Y aun así, Lexa sabía que aquel hombre no era tan tonto como para proponer un combate sin contar con alguna ventaja. Pareció que por fin la dona atisbaba el peligro que la acechaba. Su mirada pasó de su anfitrión a su padre, y permaneció callada un momento de más.

—¿Titubea? —Leónidas sonrió a los demás invitados—. Es comprensible, por supuesto. El collegium de Titus tiene solo tres laureles a su nombre, y nuestra Cuervo es apenas un bebé sobre la arena. ¿Quizá nuestra salvadora necesita unos giros para descansar las alas antes de poder volver a luchar?

Lexa vio que Arkades susurraba algo al oído de la dona. Pero Echo levantó una mano, molesta, y el hombre calló. Echo recorrió de nuevo el salón con la mirada, la gente entre la que podría haberse considerado una igual de seguir casada con un justicus. Los patrocinadores que le hacían falta para mantener su collegium a flote. Lexa distinguió en sus ojos aquella desesperada necesidad de impresionar. El mismo deseo que la había llevado a pujar sin pensárselo en los Jardines, a gastar más de lo que podía permitirse, a vestirse como si fuese a acudir a una gala cada giro. Y mientras a Lexa se le caía el alma a los pies al ver con qué facilidad se dejaba provocar su dona, con una advertencia atrapada tras sus dientes, Echo inclinó la cabeza y sonrió.

—Solo pretendía ahorraros la vergüenza, sanguila Leónidas. Pero acepto agradecida vuestra oferta. Mi belleza sanguinaria se enfrentará a cualquier hombre de vuestro establo, acero contra acero.

—¿Hombre? No, no, querida, me habéis entendido mal. —Leónidas hizo un gesto hacia la figura con capa y capucha que se alzaba tras él—. Pensaba reservarme a mi Ishkah para el próximo venatus, ya que acabo de adquirirla hace poco. Pero en honor al buen gobernador Mesala, y combatiendo e navium, no veo peligro alguno en hacer ahora una pequeña demostración para abrir el apetito. —Se volvió hacia la figura y dijo en voz más baja—: Sé amable con ella, mi leona.

Un murmullo emocionado se extendió por el salón mientras la luchadora de Leónidas entraba en el hueco despejado para el combate. Aquello era una sorpresa que nadie había esperado, la posibilidad de ver a dos campeones cruzando sus hojas para la diversión privada de los nacidos de la médula. Los invitados sonrieron, mostrando dientes manchados de vino, y sus pulsos se aceleraron con la perspectiva de que llegara la sangre al río. Lexa alzó su espada y la luz de los soles se reflejó en el filo.

—Damas y gentiles amigos, honorables huéspedes —dijo Leónidas con un dramático ademán—, permitidme presentaros mi más reciente causa de orgullo. Una adversaria más feroz que la mismísima Negra Madre, un terror entre los suyos, cuyo nombre significa «muerte» en el idioma del Dominio. Me ha costado años obtener una recompensa como ella, pero en todo mi tiempo junto a la arena jamás había visto nada igual. Os ofrezco a mi próxima campeona, y la siguiente ganadora del Venatus Magni… ¡Ishkah, la Exiliada!

Leónidas dejó caer la mano. Y entre los respingos maravillados de la multitud, su luchadora se desprendió de la capa para revelar la figura que había ocultado.

—Por las Cuatro Hijas —susurró alguien.

—Todopoderoso Aa —musitó otra persona.

«Por los dientes de las Fauces. —Lexa tragó saliva y sintió estremecerse la sombra a sus pies—. Una sedosa.»

Lexa había leído de niña sobre los habitantes del Dominio de la Seda en los libros de Gustus, pero nunca había creído que vería a uno de ellos en persona. Mirando a la guerrera de Leónidas, Lexa notó que era mujer casi con toda seguridad, con las caderas curvas bajo la falda de cuero tachonada y sus seis brazos cruzados sobre la sutil protuberancia de sus pechos. Medía dos metros quince de altura y su piel era quitinosa, de un verde tan oscuro que parecía casi negro. Llevaba los labios pintados de blanco y tenía dos orbes grandes e inexpresivos en su rostro ovalado, además de otros seis ojos más pequeños distribuidos por sus mejillas como pecas. Carecía de párpados. A partir de sus lecturas, Lexa supuso que la sedosa era joven, pero en realidad no tenía forma de saberlo. La sedosa se llevó las manos a la espalda y desenfundó seis espadas relucientes, todas algo curvadas, afiladas como cuchillas y grabadas con extraños glifos. Mientras los nacidos de la médula congregados murmuraban asombrados, la sedosa entretejió las hojas por el aire en una compleja y retorcida danza, haciendo silbar el acero. Terminada su exhibición, Ishkah extendió los brazos como abanicos, con las espadas apuntadas hacia su adversaria. Lexa miró a Echo, a Arkades, a Furiano. El rostro de la dona era de piedra, pero tenía los ojos oscurecidos por el miedo, por fin era consciente de la facilidad con que se la habían jugado. Y aun así, con los nacidos de la médula embargados por la emoción, no se atrevía a actuar para que el enfrentamiento terminara antes de tiempo. Leónidas miró a su hija y sonrió con cara de haberse llevado no solo el gato al agua sino toda la prole del gato.

«La ha engañado como a una novata. Si pierdo ahora, la gente de la ciudad quizá seguirá aclamando mi nombre. Pero los influyentes y los poderosos… esos aclamarán solo a los Leones de Leónidas. Y la oportunidad de que Echo obtenga patrocinadores habrá saltado por los aires.»

Lexa vio la trampa ante sus ojos. Dedicó un momento a admirar su sencillez. Vio los hilos de la red entre el gobernador y Leónidas, la invitación que había llevado allí a Echo con la guardia baja. Inflarla con un poco de vino y una oleada de cumplidos de personas por encima de su estamento, manipularla para entrar en una lucha que no podía permitirse perder y que se daba por sentado que jamás ganaría.

«Eso ya lo veremos, hijos de puta.»

—… ¿estás segura de esto?… —llegó un susurro desde su pelo.

—¿Estás seguro de que podrás callarte unos minutos para que no me maten? —murmuró ella.

—… eh… lo más probable es que no…

—Pues lo mismo.

En realidad, Lexa nunca en su vida había estado menos segura de algo, pero no tenía elección. Perder significaba que el collegium seguiría endeudado hasta el cuello y que su plan volvería a correr peligro. Así que se volvió hacia uno de los guardias que había alabado su victoria antes de entrar al salón y echó un vistazo al arma que llevaba al cinto.

—¿Os importaría prestármela, mi buen señor?

El guardia desenvainó la espada y se la tendió.

—Que Tsana te guíe, chica.

Lexa cogió la hoja e inclinó una vez la cabeza en agradecimiento. Y cortando el aire con sus dos espadas mientras Don Majo ponía todo su empeño en quedarse callado unos minutos, Lexa ocupó su lugar en el círculo de combate, con los ojos clavados en los de la sedosa.

—Este combate se librará e navium —les recordó el gobernador Mesala—. Una mano alzada en señal de rendición pondrá fin al lance. Luchad con honor y por la gloria de vuestro collegium. Que Aa os bendiga y os guarde, y que Tsana guíe vuestra mano.

El público guardó silencio, la música cesó y lo único que oyó Lexa fue el atronador latido de su propio corazón.

—¡Empezad! —exclamó Mesala.

Rápida como una exhalación, Lexa atacó con ambas espadas y el acero tañó cuando la sedosa detuvo los golpes con cuatro de las suyas. Lexa avanzó y descargó sendos tajos hacia la cabeza y el pecho, pero su adversaria volvió a bloquearlos sin problemas. La sedosa contraatacó con una lluvia de espadazos que convirtió el aire en un borrón siseante. Lexa tuvo que retroceder, parando a la desesperada los golpes que llegaban, hasta que se vio forzada más allá del borde del círculo. Los nacidos de la médula que tenía alrededor se apartaron correteando, con los ojos en sus espadas. Pero la sedosa, en vez de presionar a Lexa, regresó al centro del espacio y la esperó con las armas extendidas en un brillante abanico. Lexa ladeó la cabeza y sintió chasquear el cuello. Se apartó el pelo de los ojos, se acercó a su rival y lanzó un nuevo ataque. Siempre se había enorgullecido de su habilidad con la hoja. Había entrenado mucho con Gustus y más aún en la Iglesia Roja, combinando su velocidad natural con una audacia inigualable y una puntería increíble. Pero incluso los mejores enemigos a los que se había enfrentado llevaban solo dos condenadas armas, nunca seis. Siempre que lanzaba un tajo, el acero de la sedosa lo estaba esperando. Siempre que dejaba un hueco en su guardia, Ishkah la obligaba a retroceder. La sedosa dominaba en tamaño, alcance y velocidad. Y lo peor era que Lexa sabía que no estaba aplicándose a fondo. Tal y como le había advertido Arkades el primer día que pisó la arena en Nido del Cuervo, Ishkah estaba estudiándola para preparar su asalto final. Y en consecuencia, intentando equilibrar la balanza —porque no era nada justo enfrentar seis hojas contra dos, razonó—, Lexa invocó la sombra que había bajo los pies de la sedosa. No debería darse cuenta nadie del salón, porque la oscuridad se estremeció solo un poco. Pero cuando la sedosa dio un paso adelante para atacar, descubrió que tenía las botas adheridas al mosaico del suelo por las largas sombras que proyectaba la luz de los soles desde fuera. Bastó con un instante de vacilación de su adversaria para que Lexa atacara con fuerza, descargando una cegadora sucesión de tajos que superaron la guardia de Ishkah y le abrieron un corte largo e irregular en el hombro, casi rozando el cuello. Los presentes ahogaron un grito de asombro cuando una sangre verde como las hojas de álamo saltó de la herida. Lexa desarmó un brazo de la sedosa y atacó por debajo para hacer perder el equilibrio a su rival. Y entonces, igual que la primera vez que pisó la arena de Nido del Cuervo, perdió su agarre sobre las sombras y su adversaria se echó a un lado. Los ataques de Lexa segaron el aire y las hojas de la sedosa relucieron, le hicieron un corte poco profundo en los nudillos y lanzaron su espada por los aires. Lexa intentó contraatacar con su otra hoja, pero topó contra un muro de acero. Ishkah le dio un puñetazo con la mano vacía que la dejó sin aire en los pulmones. Lexa trastabilló y la sedosa la rodeó y le descargó un golpe en la nuca con el plano de una espada. Sonaron campanas de catedral en el cráneo de Lexa y el mundo entero se difuminó y se vio doble mientras le barrían las piernas de debajo del cuerpo y se estrellaba sin remedio contra el suelo. La sedosa se quedó encima de ella, con las hojas dispuestas para atacar.

—Ríndete —exigió, con una voz que era como un seco aleteo de cigarra.

Lexa se había partido la frente contra los baldosines y aún le pitaba la cabeza. Aferrándose al suelo con las uñas, parpadeó para quitarse la sangre de los ojos y segó con los pies, intentando derribar a la sedosa. Ishkah se apartó a un lado como una bailarina y apretó sus hojas contra el cuello de Lexa.

—Ríndete —repitió.

Lexa miró el rostro abatido de Echo. El de Arkades, que meneaba la cabeza desdeñoso. Y por último el de Furiano. Al contemplar los ojos oscuros del Invicto supo, igual que lo había sabido el giro que se enfrentó a Arkades, que el muy cabrón le había arrebatado el control de las sombras y había liberado a su adversaria.

Dientes desnudos.

Rabia bullendo en sus entrañas.

—Hasta un perro sabe cuándo está derrotado —dijo una voz entre los sanguilas.

—Quizá la culpa no sea del perro —replicó Leónidas—, sino de su ama.

Echo miró a su padre con las mejillas turbadas de rabia y dio un paso hacia él con los puños cerrados. Arkades le susurró algo que Lexa no alcanzó a oír y la mujer se quedó quieta, sonrojada, con los ojos ardientes.

—Ríndete —ordenó.

—… ríndete, Lexa…

Solo un giro antes, se había alzado triunfal entre decenas de miles de personas que cantaban su nombre a voz en grito. Y ahora estaba tendida como un cachorro apaleado entre las risitas divertidas de los nacidos de la médula que la rodeaban. Lexa miró a Furiano con el pecho lleno de odio y los bordes de su sombra titilando. Sentía la oscuridad en ella, la negrura que quería extenderse hacia el Invicto y descuartizarlo miembro a miembro hasta que se desangrara. Pero las hojas que apuntaban a su cuello, el recuerdo de su familia, la certeza de que nadie de aquel salón debía saber lo que era en realidad… todo ello contribuyó a que contuviera su ira, a que la dejara enfriarse en su pecho. No a que olvidara, no. Ni a que perdonara. Eso nunca.

Y muy despacio, Lexa alzó una mano temblorosa y ensangrentada en dirección al gobernador.

—Me rindo —susurró.

Satisfecha, la sedosa retiró sus espadas del cuello de Lexa y las enfundó a su espalda. El gobernador Mesala miró a sus invitados, cuyo ánimo había cambiado con un nuevo matiz rojo. Se palpaba la tensión en el aire, no solo por el derramamiento de sangre en el círculo, sino también por la evidente enemistad entre la dona Echo y su padre. Si había algo que entretuviera más a los ricos que la sangre, era el escándalo. Verlo interpretado en su presencia era mejor entretenimiento que cualquier venatus que pudiera celebrarse bajo los soles.

—Me has engañado —dijo Echo con voz temblorosa.

—Te engañaste tú sola —replicó burlón su padre—, al fundar ese collegium de pueblo de mala muerte. Te lo advertí, Echo. La arena no es lugar para una mujer, y el palco de los sanguilas no es lugar para ti.

Echo lanzó una mirada a la sedosa.

—No mires ahora, padre, pero me parece que tu campeona tiene pechos.

Los invitados soltaron unas risitas, concediendo el punto a Echo.

Envalentonada, siguió hablando.

—Pero quizá no pretendas sacarla nunca a la arena, claro. Me fijé en que tu collegium estuvo ausente en la Última de ayer, cuando el mío se llevó los laureles de vencedor. ¿Te reservabas a la sedosa para mostrarla como un feriante en la esquina de un mercadillo de a dos mendigos y así estafarme mi gloria a puerta cerrada?

El rostro de Leónidas se nubló.

—Si te consideras estafada —repuso—, que sean Aa y Tsana quienes decidan. El próximo venatus es en Fuerteblanco dentro de cinco semanas. Estoy dispuesto a enfrentar a mi Ishkah contra tu Cuervo. Y ya que lo necesitas con tanto desespero, querida hija, me juego uno de mis puestos en el Magni en ese combate. Pero esa vez lucharán a muerte, ¿eh?

Echo miró a los nacidos de la médula congregados y abrió la boca para resp…

—Me temo que sería un combate desequilibrado —dijo una voz—. Y el público gritaría eso mismo.

Todos los ojos se volvieron hacia el gruñido. Arkades, el León Rojo de Itreya, estaba de pie al lado de su dona. Tenía el rostro tenso, y la cicatriz proyectaba una profunda sombra en sus rasgos. Lexa captó una fría enemistad en los ojos del executus, posados en el hombre por el que una vez había luchado y sangrado.

—Os doy la enhorabuena por vuestro hallazgo, sanguila Leónidas —siguió diciendo Arkades, con una mirada a la sedosa—. Yo tampoco había visto nunca nada igual, en todos mis años sobre la arena. Pero ¿seis hojas contra dos? ¿Qué honor hay en tal enfrentamiento? —Miró a Lexa en el suelo y luego giró la cabeza hacia Furiano—. Sobre todo, si el mejor de nuestro collegium no interviene en el combate.

Leónidas miró a su antiguo campeón con una sonrisa calculadora.

—Cierto es. Que no se diga que Leónidas no conoce la voluntad de la muchedumbre. —Miró a los nacidos de la médula que lo rodeaban y el artista circense que llevaba en su interior cobró protagonismo—. Traed a vuestros tres mejores campeones a Fuerteblanco, pues. Ishkah se enfrentará a todos ellos. Seis hojas contra seis. Sin cuartel, sin rendición. Será un combate que hará historia, ¿eh?

Arkades negó con la cabeza.

—Si me lo…

—Hecho.

Los nacidos de la médula miraron a Echo. La sanguila estaba quieta como una estatua, fulminando a su padre con la mirada. Lexa leyó en ella el odio, puro y deslumbrante. Conocía bien aquel odio. Su fuego. Aportando calor cuando todo lo demás en el mundo era negro y frío. Azuzando el movimiento cuando todo lo demás en el mundo parecía un mero lastre. Se preguntó qué habría hecho Leónidas para ganárselo.

—Hecho —repitió Echo. Miró las sonrisas de los nacidos de la médula, sus dientes manchados de vino, sus ojos centelleantes—. Nos veremos en Fuerteblanco, padre.

Echo abandonó el salón con paso firme, seguida de cerca por Furiano. Arkades y Leónidas se miraron un momento más, el antiguo amo y su antiguo campeón transformados en acérrimos rivales. El executus renqueó hasta Lexa y se alzó sobre ella, expectante. La chica se levantó con esfuerzo y un leve gemido, sus pestañas adheridas entre ellas por la sangre, su cabeza palpitando de dolor. Trastabilló en pos del hombretón para salir de la estancia.

—Arkades —llamó Leónidas.

El hombre se detuvo y se volvió para mirar al sonriente sanguila.

—Cuando vuelvas a hablar con ella, agradece a tu domina que me salvara del error de adquirir a vuestra pequeña Cuervo. Si tu dona desea recobrar una parte de sus pérdidas, tengo una casa de placer en Fuerteblanco que siempre anda buscando chochito fresco. —Leónidas miró a Lexa de arriba abajo con lascivia—. Quizá le vaya mejor con otro tipo de espada en la mano.

Una oleada de diversión fluyó por la multitud. Arkades dio media vuelta y salió cojeando del salón sin responder. Lexa lo siguió, con la cabeza gacha y el pelo enmarcando su rostro manchado de sangre. Sabía que era una estupidez, que no debía permitir que le afectaran las palabras de ese necio pomposo. Para ganar el Venatus Magni, debería derrotar a los mejores guerreros de Leónidas y hacerle saborear la vergüenza de la derrota de todos modos. Pero aun así…

Pero aun así…

Restregar la cara de aquel capullo por su propia mierda se había convertido en una prioridad acuciante.

«Ahora es personal, hijo de puta.»