Capítulo 20. Tres
—Furiano, por supuesto —dijo Arkades.
—Eso sobra decirlo —respondió Echo—. Es nuestro campeón.
—¿Estáis segura, mi dona? Creía que quizá lo habíais olvidado.
Echo unió las yemas de los dedos bajo su barbilla y miró furiosa a su executus.
—No olvido nada, Arkades. Y perdono incluso menos.
Estaban sentados en un pequeño camarote del Sabueso de Gloria, que cabeceaba y crujía con los vaivenes del océano. Habían zarpado el giro siguiente al banquete en casa del gobernador Mesala y, todavía a cuatro giros de distancia de Nido del Cuervo, Echo y Arkades seguían intentando decidir quién se enfrentaría a la sedosa de Leónidas. La magistrae estaba junto a su ama, trenzando con arte el pelo de Echo mientras los otros dos discutían. Y debajo de su silla, como un charco en la sombra, había un gato que no tenía nada en absoluto de gato.
—Podríamos rechazar el enfrentamiento —dijo Arkades—, y apostarlo todo a la Última.
—Necesitamos dos laureles de aquí a la veroluz, executus —respondió Echo—. Y Fuerteblanco es el último venatus del calendario antes del Magni.
—Nuestros equillai podrían ganar un laurel. Bryn y Byern quedaron segundos por muy poco en…
—Ya, pero ¿y si pierden? —preguntó Echo—. Incluso si luego ganáramos la Última, aún nos faltaría un laurel. Rechazar el desafío de mi padre nos obliga a hacer dos apuestas. Aceptarlo, solo una. La única manera de asegurarnos del todo que combatiremos en Tumba de Dioses es derrotar a esa puta sedosa.
—Esa boca, domina —la regañó la magistrae.
—Sí. —Echo suspiró—. Disculpas.
La mujer más mayor frunció el ceño, pensativa, mientras seguía trabajando en el pelo de Echo.
—Disculpadme, domina, pero incluso si ganarais el combate contra la campeona de vuestro padre, ¿los editorii respetarán el resultado de la apuesta?
—Existen amplios precedentes —respondió Arkades mientras jugueteaba con el puño de su bastón—. Los collegia bien establecidos a menudo tientan a los sanguilas más inexpertos a competir en combates uno a uno con la promesa de un puesto en el Venatus Magni.
Echo le lanzó una mirada devastadora.
—Vaya, no sueles tener tanto tacto.
—Os está tendiendo una trampa, mi dona —replicó Arkades—. Ese puesto es el cebo, y esos juegos el resorte. No contento con impediros obtener patrocinio, vuestro padre quiere que enviéis a vuestros tres mejores gladiatii al matadero y, con ellos, el futuro del collegium.
—¡Sin el Magni, no tenemos futuro! —restalló Echo—. ¡Nuestra Cuervo se ha llevado unos azotes delante de todos los nacidos de la médula de Vigilatormenta! ¡Nadie con dinero querrá tener nada que ver con nosotros!
Cayó el silencio sobre el camarote, interrumpido solo por el crujido de la madera y el martilleo incesante de las olas contra el casco. Don Majo bostezó y se lamió una zarpa.
—Furiano, pues —suspiró Arkades.
—Sí. —Echo asintió—. Y Cuervo a su lado.
El executus se inclinó hacia delante, negando con la cabeza.
—Mi dona…
—A menos que las siguientes palabras que salgan de tu boca sean: «Qué maravillosa idea, mi dona», y «Por cierto, vuestro pelo está estupendo», no quiero oírlas, Arkades.
El executus se rascó la barba e intentó en vano ocultar su sonrisa.
—Vaya, si aún sabe reírse —lo pinchó vanidosa Echo—. Creía que tal vez ya no recordabas cómo se hace.
—Con el debido resp…
—Es la Salvadora de Vigilatormenta —dijo Echo, y suspiró de nuevo.
—¡Esa sedosa estuvo a punto de partirle el puto cráneo!
—¡Esa boca! —La magistrae torció el gesto.
Arkades musitó una disculpa y Echo siguió hablando.
—La derrotaron en el palazzo de Mesala, sí, pero eso la plebe no lo sabe. Los ciudadanos esperarán que desenfunde su acero bajo nuestro estandarte. Por las Cuatro Hijas, Arkades, destripó a un arcadragón casi ella sola. Tú mismo afirmaste que el combate contra la sedosa estaba desequilibrado. Cuervo ha ganado un laurel para este collegium y ha honrado mi nombre delante del estadio entero. Sin duda, eso tiene al menos algún mérito.
El hombretón se quedó callado un momento y luego asintió de mala gana.
—No puede levantar un escudo ni aunque la maten. Pero su Caravaggio es… aceptable.
—Cuántos halagos. —La magistrae suspiró—. Te ruego que no dejes que la chica te oiga cantar esas alabanzas o se le subirán a la cabeza.
Echo y Arkades compartieron una sonrisa mientras Anthea empezaba otra trenza.
—Muy bien —aceptó por fin el hombretón, y suspiró—. Furiano y Cuervo. ¿Quién será el tercero?
Echo hizo un mohín y se dio golpecitos con el dedo en el labio.
—¿Carnicero?
—Funciona mal en equipo.
—¿Despiertaolas?
—Es bueno con la espada, pero me temo que es demasiado marrullero.
—¿Me permitís una opinión, domina? —terció la magistrae.
—Vaya, por fin llegó el giro —dijo Arkades poniendo cara de resignación—. Consejos de la nodriza. ¿Y a quién preguntaremos después, al grumete?
Echo lo hizo callar con una mirada torva.
—Habla, magistrae.
La mujer alzó una ceja entrecana a Arkades antes de decir nada.
—Es cierto que no soy ninguna experta. Pero la fuerza de Cuervo parece residir en su velocidad. Creo que necesitáis a alguien que cierre el hueco entre su rapidez y la fortaleza de Furiano.
Echo y Arkades se miraron y hablaron a la vez.
—Cantahojas.
Arkades se reclinó en la silla y miró hacia la nada.
—Tiene el alcance del que carece Cuervo y la velocidad que necesita Furiano. Podría funcionar.
Echo se inclinó hacia delante y le cogió la mano.
—Tiene que funcionar —respondió.
Arkades bajó la mirada a la mano de la mujer en la suya. Echo tenía la piel pálida, los dedos estrechos y delicados, suaves como la seda. La mano del executus estaba morena por los soles, agrietada como el cuero viejo, encallecida por los puños de las espadas y las vicisitudes de la vida en la arena.
—Y funcionará, mi dona —musitó—. Lo juro.
Echo parpadeó, con la mano atrapada contra los labios de Arkades, sin saber muy bien dónde mirar. La magistrae puso cara de horror. Pero sin dar a su dona la ocasión de responder, Arkades la soltó, se levantó, cogió su bastón y fue cojeando hasta la puerta. Se detuvo en el umbral y se volvió hacia Echo.
—Por cierto, vuestro pelo está estupendo.
El executus dio media vuelta y salió del camarote.
—¡No!
La espada de entrenamiento se estampó en el costado de Lexa y la envió al suelo de rodillas. Cantahojas embistió con un fiero grito, pero Arkades ya estaba retorciéndose a un lado y descargando su segunda espada en el antebrazo de la mujer, que trastabilló hacia atrás y topó contra Furiano. Una estocada de Arkades los dejó a los dos despatarrados. Los tres gladiatii se quedaron tumbados en la arena, jadeando y empapados de sudor hasta los huesos.
—¡Me oís pero no me escucháis! —vociferó el executus, cojeando de un lado a otro entre ellos—. La Exiliada no se parece a ningún enemigo al que os hayáis enfrentado. Blande seis espadas con un único propósito. Tiene ocho ojos para seguir todos vuestros movimientos. Yo solo tengo un par de cada y no podéis conmigo. En nombre de las Cuatro putas Hijas, ¿cómo esperáis alzaros victoriosos contra ella?
Llevaban todo el giro entrenando, igual que cada giro desde que habían regresado a Nido del Cuervo. Los demás gladiatii practicaban a su alrededor pero, en realidad, todos los ojos estaban puestos en los cuatro del círculo, observando cómo Arkades apaleaba a sus adversarios por toda la arena. Los dos soles pendían pesados del cielo, abrasando con todo el calor del verano profundo, ardiendo en oro y rojo sangriento. Y si se escrutaba lo suficiente el horizonte, empezaba a asomar un sutil matiz de azul más brillante, que anunciaba la parsimoniosa llegada del tercer ojo de Aa. Se aproximaba la veroluz y, con ella, el Venatus Magni. Y los Halcones del collegium de Titus solo estaban un ápice más cerca de ese estadio que tres meses antes.
—Levantaos —ladró Arkades—. Actuad con decisión y atacad como si fuerais uno.
—Difícil tarea —gruñó Cantahojas—, cuando dos de nosotros se entorpecen entre ellos.
Lexa se quitó el sudor de la frente y miró iracunda a Furiano, al otro lado del círculo. El Invicto le devolvió la mirada, con unos ojos negros que brillaban como la obsidiana. Se puso de pie y tendió la mano a Cantahojas para levantarla del polvo. Sin hacer el menor caso a Lexa, cogió su espada y su escudo y se puso en guardia. Lexa se levantó, con sus armas de práctica en las manos.
—¡Atacad! —rugió el executus.
Furiano no esperó a sus compañeras y lanzó su asalto contra Arkades, que lo hizo retroceder a espadazos por la arena. Entrenando, el executus acostumbraba a ponerse a la defensiva y mostrar a sus adversarios las debilidades que tenían sin ánimo de castigarlos. Pero en los últimos giros, Lexa había empezado a darse cuenta de lo mucho que se contenía el excampeón. Arkades era un dios de la arena. Incluso con una pierna menos, se movía como el agua, golpeaba como el trueno y se alzaba como una montaña. Sus tajos dejaban magullado el aire al pasar, su guardia no tenía fallos y recompensaba cada error con un golpe que amenazaba con romper hueso. Arkades desvió el ataque de Furiano, golpeó al campeón en el trasero y se volvió hacia Cantahojas y Lexa. Las dos se movían bien juntas, Lexa internándose por debajo de los ataques de la mujer más alta y acosando las piernas y el vientre de Arkades. Le propinó un golpe aceptable en la barriga, pero al apartarse a un lado para evitar el contraataque del León Rojo, tropezó con la carga a la que se había lanzado Furiano después de levantarse y volver a la pelea.
—¿Quieres mirar por dónde…?
Una hoja de madera se estrelló contra la sien de Lexa y la envió volando por los aires. Arkades desarmó a Cantahojas, trabó su hoja con la guardia de Furiano y derribó al campeón con un codazo en la mandíbula. Cantahojas rodó por la arena para recoger sus armas, sacudiendo sus trenzas de sal y maldiciendo mientras Arkades arrojaba sus dos espadas y la alcanzaba en el cuello y justo encima del corazón. El executus se quedó de pie, con las manos vacías, jadeando mientras miraba con rabia al trío derrotado.
—Lamentable —escupió.
—Esa zorra estúpida se ha metido en medio —gruñó Furiano.
—Ay, Furiano… —dijo Lexa, con un suspiro y una mirada venenosa—. Si algo he aprendido en esta vida es a que me dé igual cuando un perro me llama zorra.
—Conque perro, ¿eh? —Furiano se levantó del suelo y Lexa se apresuró a imitarlo.
—¡Basta! —ladró Arkades.
Los dos se quedaron quietos, con las miradas en los ojos del otro y en postura de ataque. Lexa sintió su sombra tensa por los bordes, como el agua detrás de una presa. Si no la mantenía controlada, sabía sin la menor duda que se extendería por la arena hacia la de Furiano, con las manos crispadas en garras. Tenía los dientes apretados; hizo un esfuerzo por tranquilizarse mientras parpadeaba para quitarse el sudor de los ojos. Si perdía el control allí, si todo el mundo descubría lo que era…
—Basta de combatir por hoy —proclamó el executus—. Cuervo, Cantahojas, id a trabajar con los hombres de madera. Debéis golpear más fuerte si queréis atravesar la guardia de la sedosa. Furiano, practica el juego de pies. Necesitas más ritmo para derrotar a esa adversaria.
Lexa y Furiano se fulminaron con la mirada, sin mover ni un músculo.
—¡Andando! —rugió Arkades.
Cantahojas recogió sus espadas del suelo, cruzó el patio y empezó a apalear maniquíes con furia. Lexa la siguió más despacio, sin que sus ojos entornados abandonaran los de Furiano, sintiendo un gélido odio arder junto con el mareo y el hambre que sentía en el estómago cada vez que lo tenía cerca.
«Puto idiota tozudo.»
Lexa se situó al lado de Cantahojas, imaginó la cabeza de Furiano encima de su hombre de madera y empezó a aporrearlo sin tregua. El sudor le empapó la piel y los mechones le cayeron sobre los ojos mientras soltaba un tajo tras otro a su barriga, su pecho, su cara de comemierdas.
—Vais a hacer que me maten —murmuró Cantahojas, negando con la cabeza.
—Es Furiano quien siembra la discordia, no yo.
—Sois los dos —espetó la mujer—. No sé por qué no buscáis un rincón oscuro y bonito para follar y os lo quitáis de encima.
Lexa dio un bufido.
—Antes dejaría que me metiera la polla Carnicero.
—Entonces, ¿qué pasa entre vosotros dos? —Cantahojas hizo una pausa para atarse las trenzas de sal, que casi le llegaban al suelo—. Vuestras lenguas escupen veneno, pero vuestros ojos nunca se apartan mucho del otro.
Lexa sabía que la mujer estaba diciendo la verdad. Habría derrotado a la sedosa de no haber interferido Furiano. Pero al hacerlo, se había llevado una paliza en público y Echo había perdido toda oportunidad de patrocinio entre los nacidos de la médula de Vigilatormenta. Y aun así…
No podía negarlo. A pesar de su revoltijo de sentimientos por Clarke, se sentía atraída por Furiano. Y aunque el Invicto era sin duda un hombre atractivo, aquello iba más allá del deseo. Era algo profundo, visceral. Lo mismo que había sentido cuando Kane estaba cerca de ella. Algo que superaba la lujuria y se parecía más al… anhelo. Como el de un amputado por su miembro perdido. Como un puzle buscando una pieza de sí mismo.
«Pero ¿por qué?»
Cleo había hablado de ello en su diario. Recorriendo la tierra, sintiéndose atraída por otros tenebros como una araña por una mosca, y luego…
… luego comiéndoselos.
Pero ¿qué abismos significaba eso?
Los muchos fueron uno. Y lo serán de nuevo; uno bajo los tres, para criar a los cuatro, liberar al primero, cegar al segundo y al tercero.
Oh, Madre, la más negra Madre, ¿en qué me he convertido?
Lexa sacudió la cabeza y escupió al polvo.
—No tengo ni puta idea —respondió.
—Pues más vale que lo medites y encuentres una solución —le advirtió Cantahojas—. Porque como libremos un combate por nuestras vidas tal y como estamos ahora, los tres nos sentaremos junto al Hogar antes de la veroluz, pequeña Cuervo.
La mujer empezó a apalear de nuevo su maniquí, con los ojos entrecerrados. Lexa miró a Furiano al otro lado del patio, y sintió nudos de odio en su vientre.
—No se puede razonar con él. Ya lo he intentado. Es un necio ignorante.
¡Crac!, sonó la espada de Cantahojas contra su objetivo.
—Furiano es muchas cosas —gruñó—. Terco, quizá. Arrogante, desde luego. Pero de necio no tiene un pelo.
—Los cojones. —Lexa golpeó el cuello de su hombre de madera—. ¿Tú has probado a hablar con él?
—Ya lo creo. —Cantahojas asintió—. Es como darte cabezazos contra una pared de piedra. Honor. —¡Crac!—. Disciplina. —¡Crac!—. Fe. Esos son los principios que lo definen. Pero por encima de todo, el Invicto es un campeón, y tú estás amenazando eso. —La mujer se encogió de hombros—. La mayor distancia entre las personas siempre es el orgullo, Cuervo.
Lexa suspiró y miró hacia Furiano.
—Eso suena sospechosamente a sabiduría.
¡Crac!, sonó la espada de Cantahojas contra su maniquí.
—No es mía —gruñó—. Es del Libro de los ciegos.
Lexa apuñaló el pecho de su hombre de madera.
—¿Eso no es un antiguo texto sagrado liisiano?
—Sí —respondió Cantahojas—. Me lo sé de memoria. Nos hacían leer textos sagrados de toda la república. —¡Crac! ¡Crac!—. A las suffis de Camada les gusta que tengas una perspectiva amplia antes de iniciarte en la orden. Que conozcas el mundo y te conozcas a ti misma.
Lexa echó la cabeza a un lado y miró de soslayo a su compañera. Por fin le encontraba el sentido. Los tatuajes por todo el cuerpo. Los cánticos que oía de vez en cuando por debajo de la puerta de Cantahojas.
—¿Eras sacerdotisa?
—Solo novicia. —¡Crac!—. No llegué a pronunciar los últimos votos.
—Entonces —¡Crac! ¡Crac!—, ¿qué abismos estás haciendo aquí?
Cantahojas se encogió de hombros.
—Ataque pirata. Venta rápida. La historia habitual.
Lexa negó con la cabeza, asqueada.
—Demasiado habitual, joder.
—La suffi así lo nombró —¡Crac!— cuando nací.
Lexa se agachó y apoyó las manos en las rodillas, resollando.
«Negra Madre, qué calor.»
—¿Así lo nombró?
Cantahojas dejó de torturar al hombre de madera y se limpió el sudor de la frente.
—¿Sabes cómo se nos pone el nombre a los dweymeri, Cuervo?
Lexa asintió, recordando la historia que le había contado Lincoln en el Monte Apacible.
—Os llevan a Camada de pequeños —respondió—, al templo de Trelene. La suffi os sostiene en alto sobre el océano, pregunta a la Madre qué camino yace ante vosotros y os pone un nombre acorde con él.
—A mí me llamó Cantahojas —dijo la mujer—. No Cantahimnos, ni Cantaplegarias. Cantahojas. —Señaló a Lexa con su espada de entrenamiento—. Y ni de milagro permitiré que la última vez que mi hoja cante sea porque Furiano y tú no os ponéis de acuerdo ni en el color que tiene la mierda. Fóllatelo. Apuñálalo. Apuñálalo mientras te lo follas, me trae sin cuidado. Pero resolvedlo antes de que hagáis que nos maten a todos.
Lexa volvió a mirar a Furiano, que entrenaba su velocidad en un rincón del patio. Mientras Lexa lo observaba, el campeón levantó la cabeza y clavó en ella sus ardientes ojos negros.
«La mayor distancia entre las personas siempre es el orgullo.»
—¡Vosotras dos! —rugió Arkades—. ¡Seguid trabajando!
Lexa suspiró. Pero, como siempre, obedeció.
—Ya sospechaba que iba a verte, bruja —dijo Furiano.
Lexa miró a lo largo del pasillo, por si acaso. Don Majo estaba siguiendo a la patrulla de la guardia y era imposible que la descubrieran, pero, sin su pasajero, Lexa tenía el estómago hecho un batiburrillo de hambre e inquietud, agravado por la presencia del hombre al que había ido a ver. Se guardó su tenedor-ganzúa en el taparrabos y esperó ansiosa en el umbral del Invicto.
Esperó.
Y esperó.
—¿Me dejas entrar o no, joder? —rezongó por fin.
—Como quieras —dijo Furiano con gesto agrio—. Aunque si el aliento fuese el mío, no me molestaría en desperdiciarlo.
Lexa frunció el ceño, entró y cerró la puerta a su espalda. Miró por la habitación y la encontró igual que en su anterior visita: el altar a Tsana, la tosca Trinidad de Aa en la pared, el incienso ardiendo. Por lo menos, esa vez Furiano estaba vestido, aunque entre aquellos muros tampoco era decir mucho. Tenía el torso desnudo, recubierto de músculos, la piel bronceada de trabajar bajo los soles. Era un dios dorado recién salido de la forja. Y era un capullo inaguantable, vomitado desde las profundidades del abismo. Lexa lo odiaba. Lo deseaba. Ni una cosa ni la otra y las dos al mismo tiempo. Miró su propia sombra y la vio flotar como humo por la pared, extendiendo unas manos traslúcidas hacia la de Furiano. La sombra del Invicto tembló en respuesta, pero con un esfuerzo visible el itreyano la mantuvo a raya y miró iracundo a Lexa con aquellos ojos negros insondables.
—Contrólate —gruñó.
Lexa tensó la mandíbula y contuvo a su sombra, que se retrajo de mala gana, con el pelo ondeando como si hiciera viento y la mano extendida como una amante despidiéndose. Entonces pensó en Clarke. Sintió una punzada de remordimiento fugaz e inexplicable. Deseaba a dos personas y no las deseaba, y a ninguna le había prometido nada. Pero comparada con Furiano, una traidora de labios melosos y lengua envenenada parecía una proposición de lo más sencilla…
—¿Qué quieres, bruja? —preguntó el Invicto.
—No soy más bruja que tú, Furiano.
—No tengo ningún asunto con la oscuridad —espetó él—. No paso entre las sombras y no merodeo a hurtadillas por la casa de nuestra domina como un ladrón.
—No, tú solo estás provocando que se le caigan las paredes encima, gilipollas atontado.
—¿Cómo te atreves a…?
—Ya lo creo que me atrevo —replicó Lexa—. Eso es lo que me diferencia de la mayoría.
—Yo lucho por la gloria de este collegium, la gloria de nuestra domina.
—¡Le costaste a nuestra domina el patrocinio en Vigilatormenta! —siseó Lexa—. Lo único que tenías que hacer era mantener guardada la polla en el taparrabos y dejar que le diera una paliza a la sedosa, y Echo habría estado hundida hasta las tetas en oro.
—Hiciste un nismo con la oscuridad en tu combate contra la Exiliada —dijo Furiano, cruzándose de brazos—. Si te hubiera permitido ganar en el palazzo de Mesala con tus perversidades, habrías mancillado el corazón de este collegium. Me quedaría hambriento antes que comer alimentos comprados con moneda deshonrosa, y moriría antes que aceptar un laurel que no me he ganado.
—¿Que no me lo gané? —Lexa no podía creérselo—. Que te den, mamón arrogante. ¿A cuántos arcadragones has derrotado últimamente?
—Una victoria sin honor no es victoria en absoluto —repuso él—. No permitiré que ganes más falsos premios para este collegium gracias a tu brujería.
—¿Así que usas esa misma brujería para joderme la marrana? —Lexa se descubrió alzando la voz e intentó reprimir su temperamento—. Tú también llamaste a la oscuridad para impedirme vencer a la sedosa. ¿No te parece ni un poquito hipócrita por tu parte?
Furiano avanzó hacia ella con los puños apretados.
—Márchate de aquí, Cuervo.
La sombra del campeón se infló y recorrió la pared hacia la de Lexa, que se alzó para recibirla, retorciéndose y levantando la cabeza como una serpiente, con las manos hechas garras. Lexa habría jurado que el dormitorio se congelaba mientras se le erizaban los pelillos de la nuca y el hambre estallaba en su tripa y amenazaba con tragársela entera.
—No.
Cerró los ojos y meneó la cabeza. Obligó a la oscuridad a volver a su interior. Aquello no estaba saliendo como lo había planeado. Se suponía que iba a controlar su genio e intentar razonar. No sabía qué le estaba haciendo la presencia de Furiano, por qué la predisponía tanto a la violencia ni qué significaba nada de todo aquello. Lo único que sabía era que…
—Tenemos que llegar a un acuerdo —dijo abriendo los ojos y mostrando las palmas de las manos en gesto de súplica—. Furiano, escúchame. Si combatimos juntos en la arena tal y como estamos ahora, a Cantahojas y a mí nos van a destripar. ¿De qué le valdrá eso a nuestra domina?
—Quizá tú consideres escasa tu valía sin la ayuda de tus encantamientos, bruja —dijo el hombre, y se dio un puñetazo en el pecho—. Pero yo soy el Invicto. Luché durante casi una hora bajo los ardientes soles de Talia y maté a dos docenas de hombres para ganarme mi laur…
—¡Ishkah no es un puto hombre! Ya viste en el palazzo de Mesala cómo pelea. Con dos espadas en las manos ya sería un desafío para cualquiera de nosotros. Pero ¿con seis? ¿Luchando a muerte? ¡Nos hará picadillo!
—¿Cómo puedes vivir contigo misma? —El Invicto negó con la cabeza—. ¿Sin fe en el Padre de sus Hijas, sin fe en ti misma, solo con sombras, oscuridad y engaños?
—No cometas el error de creer que me conoces, Furiano. —Observó la sombra temblorosa del itreyano y meneó la cabeza a los lados—. Ni siquiera te conoces a ti mismo.
—Fuera de aquí.
—Ah, ¿estás esperando a otra invitada? —Lexa miró la cama.
Los ojos de Furiano se ensancharon y la ira le ensombreció el ceño. Alzó la mano para empujarla hacia atrás y Lexa se movió, apartó la mano de un golpe y le hizo una presa en el brazo. Él le asió la muñeca, la empujó hacia atrás contra la puerta y los dos empezaron a gruñir y maldecir mientras forcejeaban. Desde tan cerca, Lexa podía oler su sudor fresco, notar la calidez de su piel contra la de ella, sentir cómo se confundían la rabia y la lujuria y el hambre. Notó el calor de la polla de Furiano a través del taparrabos, endureciéndose contra su cadera. Quería besarlo, morderlo, agarrarlo, ahogarlo, follárselo, matarlo, dientes desnudos en un rugido, corazón aporreándole en el pecho, sus labios a solo un centímetro de…
—Piadoso Aa —dijo Furiano con un hilo de voz.
Lexa siguió su mirada hacia las sombras de la pared y se le trabó el aliento en la garganta. Las sombras estaban entrelazadas como serpientes, retorciéndose y arrastrándose y curvándose como volutas de humo. Habían perdido por completo la forma y eran solo dos esquirlas de negrura, entrecruzadas una con la otra. Lexa reparó en que eran el doble de oscuras de lo que deberían, como cuando Don Majo o Eclipse viajaban con ella. El dormitorio se notaba claramente más frío, la piel se le había puesto de gallina y el deseo estaba haciéndola temblar. Furiano la empujó y se apartó, horrorizado. Sus sombras siguieron anudándose entre ellas y el hombre alzó tres dedos para hacer el símbolo de protección de Aa contra el mal. Como rizos de pelo enmarañado, las sombras se separaron poco a poco y recobraron sus formas humanas. Se aferraron una a la otra, brazos, manos y luego dedos, y la sombra de Furiano regresó a su lugar natural cuando su propietario se alejó más. La de Lexa menguó y palpitó en la pared, como la resaca de una ola en el océano.
—¿Qué somos? —susurró.
Furiano estaba resollando y su pelo largo y negro se movía como por iniciativa propia. Se lo recogió en una coleta en la nuca y rugió:
—Tú y yo no somos nada.
—Somos lo mismo. Esto es lo que somos, Furiano.
—Eso —espetó Furiano señalando la Trinidad de la pared— es lo que soy yo. Un fiel y devoto hijo de Aa. Bañado en su luz y enseñado por sus escrituras. Eso —dijo señalando las espadas de madera— es lo que soy yo. Un gladiatii. Invicto. Intacto. Invencible. Y así seguiré, aunque un millar de sedosos se interpongan en mi camino hacia el Venatus Magni.
—¿Así que lo único que importa es el Magni? Si tanto anhelas la libert…
—¡No es por la libertad! —exclamó él—. Y ahí tienes otra diferencia más entre tú y yo. Para ti, ser gladiatii es una máscara que te pones. Para mí, la arena, la multitud y la gloria son mis motivos para despertar. Mis motivos para respirar.
Furiano cruzó la habitación a zancadas y, después de escuchar un momento en la puerta, la abrió. Miró ceñudo a Lexa, al parecer reacio a volver a tocarla.
—Vete de aquí, Cuervo.
Lexa no lo había convencido. Ni siquiera había estado cerca. El estúpido orgullo de Furiano. Su absurdo sentido del honor. Su miedo a quién y qué era. Lexa no comprendía nada de todo eso. Y aunque los dos eran tenebros, Lexa se dio cuenta de que en realidad eran personas completamente diferentes. Pese a cualquier afinidad que pudieran compartir en las sombras, en aquel allí, en aquella vida, en aquella carne, se parecían tanto como la veroluz y la veroscuridad.
«Si no puedes ver tus cadenas, ¿de qué te sirve una llave?»
Así que, con un suspiro, Lexa salió de la habitación al pasillo.
—¿Qué te volvió así? —preguntó sin levantar la voz—. ¿Qué eras antes de esto?
—Justo lo que serás tú cuando termine este Venatus Magni: nada.
Furiano le cerró la puerta en las narices a modo de despedida.
