Marzo, 2019.

Contrariamente a lo esperado, la hicieron pasar de inmediato a la oficina del director Jarjayes. Agradeció el café ofrecido por la asistente y se sentó frente a su padre. Ambos permanecieron en silencio durante largos minutos. Cuando la secretaria entró con las bebidas, sonrieron y disimularon la turbación que colmaba las miradas azules e intensas.

-No pensé que tardarías tan poco- el hombre comenzó sin rodeos -Te has ganado la fidelidad de tus hombres. Felicitaciones.

-André es mi pareja desde hace años- lo miró directo -No había forma de que me ocultara lo que vio.

La máxima autoridad de la Fuerza nacional de intervención policial aguantó la respiración unos segundos. Tras beber un sorbo de café, habló:

-Arriesgas la carrera de ambos. Sabes que no puedes mantener una relación con alguien de tu unidad.

-Estoy confiando en ti, papá- lo miró a los ojos -¿Por qué estabas en urgencias? ¿Por qué no estabas con mamá?- el mentón le tembló -¿Qué nos ocultas?

El hombre se peinó el cabello con los dedos para luego, apretarse los ojos con el pulgar e índice de la diestra.

-No me mientas, porque lo sabré- le advirtió Oscar, recordándole que sabía reconocer muy bien el lenguaje no verbal.

-Era más fácil que pensaras que tenía una aventura…

-Te conozco- mantuvo el contacto visual -Sé que la comisario von Ahrensmeyer te respeta y admira, y que eso no tiene nada que ver con intereses románticos. Creo en sus méritos y profesionalismo. Y tú… adoras a mamá- estaba llena de preguntas -Papá, confía en mí.

-Tú y la comisario se parecen mucho, aunque no lo crean- sonrió -Hija, no quiero que tu madre ni tus hermanas se enteren… Estoy tratando de solucionarlo y los médicos están relativamente optimistas.

Oscar sintió que la tierra se habría a sus pies y ella caía en un abismo. Una lágrima se deslizó por su mejilla. No podía ser. Su padre era inquebrantable. Era su ídolo.

-Papá…- un sollozo salió de su garganta.

Unos fuertes brazos la estrecharon. A los segundos se secó los ojos, no era el momento para ser débil. Tomando firmemente a su padre de las manos, le pidió la pusiera al tanto de todo. Sentada en un sofá, muy cerca de él, escuchó lo que tenía que decirle: cada palabra resonó en su cabeza y le hirió el pecho. Cáncer de estómago estadio III. El maldito enemigo que amenazaba a su familia no era tangible. No podía luchar contra él como estaba acostumbrada. Cerró los ojos con fuerza y, aferrándose a las manos que además de enseñarle a caminar también le enseñaron a disparar, escuchó la gravedad del asunto. Su padre sabía desde hace un par de semanas el terrible diagnóstico. Enfrentó en solitario los exámenes para no preocupar a su familia y, el día anterior, en una reunión de rutina con la especialista en inteligencia, técnica y armamento de la RAID, se descompensó debido al tratamiento iniciado. María Bárbara lo asistió diligentemente y, pese a su negativa, lo llevó a urgencias prometiendo no divulgar nada.

Según ese diagnóstico, era muy posible que los tumores crecieran profundamente en los tejidos adyacentes o ganglios linfáticos, por lo que el tratamiento debía ser rápido e invasivo. Oscar lo abrazó con todas sus fuerzas, deseando en lo más profundo de su corazón no haber perdido tiempo debido a peleas sin sentido. Pasó largos minutos así, aferrada al hombre que toda la vida había admirado, a quien siempre vio como un ejemplo y meta a cumplir.

-Papá- se frotó los ojos al separarse de él –Si insistes en no decirle aún a mamá, te apoyaré. Pero sólo con la condición de que dejes que me involucre. Te acompañaré a las visitas al médico y quiero estar al tanto de cada tratamiento- se aferró a sus manos –No te dejaré solo.

El patriarca asintió emocionado. Luego de besarla en la frente, y mientras agradecía que una situación tan ingrata le devolviera a su hija menor, sonrió antes de decir:

-Así que he estado con mi yerno varias veces y yo sin saberlo- la miró inquisitivo -¿Está a tu altura? ¿Te hace feliz?

-Él es…- suspiró, tantas emociones la tenían agotada –André es incomparable… tanto, que a veces soy yo la que no se siente a su altura.

-Vaya… Hija, si lo reconozco como yerno, tendrá que cambiarse de unidad. Puedo recomendarlo para un ascenso.

-¡André jamás aceptaría algo así!- dijo escandalizada antes de soltar una carcajada. La situación era hilarante, pues jamás imaginó hablar de algo así con su padre, menos en su oficina, lugar donde los últimos años sólo hubo lugar para luchas de poder. –Papá, danos discreción, te lo pido como hija. Estamos bien, hemos logrado un equilibrio que no quisiera modificar- bajó la vista y suspiró al recordar lo de la mañana –Menos cuando lo acabo de sacar del caso- alzó la mirada –Esa es otra razón por la que vine- apretó las manos de su padre entre las suyas, disfrutando lo bien que se sentía ese simple gesto –Necesito que ingresemos a un programa de protección al periodista que tenía trabajando como informante.

-Françoise- sacudió la cabeza -¿Pusiste a un civil de informante encubierto?

-No está de encubierto… es una especie de investigador privado más bien.

-Estás manipulando la verdad a tu conveniencia- endureció la mirada –Imagino que dada tu experiencia con André, entenderás muy bien lo que te diré a continuación y no mezclaras lo personal con lo profesional: no puedo poner a Bernard en un programa de protección, si lo hago, tu carrera quedará en tela de juicio. Ya sabía de Bernard, no soy tonto, vi su nombre en algunos informes y lo investigué. Es un hombre que no acostumbra pasar desapercibido y tiene más de un proceso en su contra- vio que Oscar iba a hablar, la hizo callar con un gesto –No estoy diciendo que sea un mal hombre ni que no me preocupa su bienestar. Vi lo que pasó ayer, sé que está identificado por quizás quién, porque aún no hay pruebas de que sus atacantes tengan relación con la operación que tienes a cargo.

-Papá, el hombre que descubrimos con los pasaportes era uno de ellos. Estoy segura de que todo está conectado. Lo siento en la sangre.

-Pese a que confío ciegamente en tus instintos, no puedo apoyarte en esto- la miró con pesar –Has trabajado años por tu carrera, no dejaré que la pierdas, menos cuando no estoy seguro de poder acompañarte por mucho más tiempo- la tomó del mentón –Dime que entiendes, porque sé que lo haces; si no fuera así, no hubieras sacado a André del caso. En esta carrera muchas veces debemos tomar decisiones que no nos gustan, pero la ley es la ley y si no queremos ir en contra de ella, debemos hacer todo al pie de la letra porque no hay zonas grises. Aquí, la única opción es confiar en que Bernard recapacite, que no se meta en más problemas, que André no se relacione más en el caso y que tú sigas a cargo de la operación. Pero en los límites legales. Habla con André, es abogado y si bien tiene otra experiencia en leyes, sé que coincidiremos en esto.

-Lo sé…- contestó apesadumbrada –Pero quería intentarlo… fui yo quien pidió a Bernard me diera la información que consiguiera. Me siento responsable de su seguridad.

-Pero no le pediste que jugara al detective privado, ni que se enredara amorosamente con la hija de una de tus principales sospechosas. Estoy viejo, pero mi oído funciona perfecto. Escuché a André reprochárselo, y él estaba tan molesto como yo. Bernard es un adulto y lo que pase con él a partir de ayer, no es tu responsabilidad, él sabe lo que arriesga y te aseguro que tenía muy bien pensado que beneficio sacar de esto. Hija, no todo lo que ocurre a tu alrededor depende de ti ni de tus decisiones.

-Papá…- lo abrazó nuevamente, pues pese a que la tristeza de saber de su enfermedad le llenaba el corazón, también estaba consciente que esa noticia la hizo dejar a un lado la coraza que siempre usaba. Se sintió agradecida de poder escuchar los sabios consejos de quien le dio la vida –Tienes razón- lo estrechó con fuerza –Gracias por tus palabras.

-Cuando tu quieras, mi niña preciosa…- la besó en la cabeza –Sé que nunca lo digo, pero cada día me haces sentir más orgulloso.

Oscar sintió que sus ojos se humedecían, no obstante tragó fuerte y se guardó las emociones, no quería mortificar más a su padre.

-¿Qué harás con André?, ¿cómo tomó su salida del caso?

-No lo sé, le serví el desayuno y mientras comía le informé. Luego, vine a verte- bajó la vista avergonzada –Lo sé, lo hice pésimo- sonrió incómoda.

-Heredaste mi mal tino- comenzó a reír –Lo que conozco de él, me hace pensar que es alguien juicioso y paciente. No cualquiera conseguiría llevar tanto tiempo contigo. Ve y habla con él.

-Sí, lo haré en la tarde- se puso de pie –Ahora debo ir al cuartel. Fersen está solo y Alain no es fácil de controlar. No quiero llegar y encontrar algún problema.

-Realmente admiro como manejas a tanta testosterona a tu cargo, ninguno de ellos es fácil- la abrazó por última vez en señal de despedida –Avísame si necesitas algo.

-Papá, ¿cuándo es tu próxima cita médica?

-Te avisaré, lo prometo.

Dándole un beso en la mejilla se despidió. Al subir al taxi, buscó en su celular toda la información concerniente a la enfermedad de su padre. Un sabor amargo se le instaló en la boca. Abrió la aplicación de WhatsApp y pinchó el contacto de André. Le escribió preguntándole cómo estaba, pero su mensaje quedó en visto. Presa de su orgullo, apagó la pantalla del celular y lo guardó en el bolsillo de su pantalón. André tendría que recapacitar y entender su decisión por sí mismo, ella no tenía tiempo para explicarle lo obvio y con lo de su padre, sus prioridades además habían cambiado.

Al llegar a la oficina, ocurría lo que esperaba: Alain discutía con Fersen mientras Víctor, con audífonos, estaba sumergido en su computador. Se sintió en medio de adolescentes. Después de colgar su chaqueta y sacar del casillero su arma, dejada ahí la noche anterior, golpeó con ambas manos la cubierta de un escritorio. El silencio llenó la oficina.

-Ahora que tengo vuestra atención, les pido me acompañen a la sala de reuniones. Hubo un retroceso en el caso y tenemos que hablar al respecto- sin esperar respuestas salió de la oficina y fue por un café a la máquina expendedora.

Cuando cerró la puerta de la sala de reuniones, los tres hombres estaban sentados y expectantes. Sin entrar en detalles personales, comentó lo ocurrido con André y Bernard, justificando poseer la información gracias a un informe entregado por su padre. Nadie comentó ni juzgó lo ocurrido, por lo que se dio por superado el impase rápidamente. A media tarde, Oscar fue al hospital a visitar a Bernard, llegando justo antes de que fuera dado de alta. En la habitación se encontró con Rosalie.

La teniente se presentó como la novia de André, el amigo que ayudó a Bernard en el asalto, ya que, como bien sabía, lo mejor era no mentir sino más bien acomodar la verdad. Hablaron de todo y nada, Oscar informó la evolución de André y se preocupó genuinamente por el periodista. En un momento, cuando Rosalie salió de la habitación para recibir los documentos que le entregarían en el hospital para el seguro médico, le informó rápidamente a Bernard que estaba fuera del caso y que, en lo posible, se fuera de la ciudad. El hombre asintió parco, pues André ya le había informado.

Por más que insistió Oscar, Bernard no dio su brazo a torcer: se quedaría en París. Su mayor argumento, no dejar a Rosalie sola, menos cuando sospechaba que si dieron con él fue porque la familia de Jeanne era observada.

-Dame tu celular- pidió Oscar extendiendo la diestra –Te daré mi número. Estás fuera del caso y no necesito que me informes nada- comenzó a anotar sus datos de contacto –Pero, si algo ocurre, avísame a mí y no a André. Él está fuera y no lo quiero involucrado. Cuídate, por favor.

Bernard asintió y guardó su teléfono justo en el momento en que Rosalie regresaba. Oscar se despidió de ambos prometiendo darle sus parabienes a André. Sonrió enternecida al ver como la dulce y hermosa joven, miraba con adoración al intrépido periodista.

-¿Cuándo me vas a presentar a tus amigos?- preguntó Rosalie apenas Oscar se fue, ayudando a Bernard a colocarse la chaqueta –Ella parece simpática y fue muy amable de su parte venir a visitarte, sobre todo teniendo a su novio convaleciente por ayudarte.

-Sí… es muy amable- murmuró Bernard –Cuando me recupere, saldremos con ellos- le acarició una mejilla –Vamos, no quiero que pierdas más tiempo de trabajo por mi culpa- sonrió de lado –Si te despiden, no podrás publicar mi libro y perderemos los dos.

-Ser sobrina de la dueña de la editorial tiene sus ventajas- comenzó a reír –El nepotismo que tanto odias nos favorece- lo besó en la mejilla –Mi auto está en el estacionamiento, después de dejarte instalado en casa iré a darme una vuelta a oficina- lo ayudó a caminar –Pobrecito mío…- se compadeció al ver que el gesto del periodista se torcía por el dolor –Esos asaltantes fueron demasiado violentos, deberías haber entregado la cartera o las llaves del automóvil sin pelear.

-Sí… quizás debería haber hecho eso. No quiero hablar más del tema. Mejor cuéntame de ti, ayer prometiste hablarme más de tu misteriosa familia, ¿cómo es eso de que no ves a tu hermana desde hace años?- sus ojos brillaron curiosos.

La joven asintió. Comenzó a relatarle la vida de Jeanne mientras caminaban hacia el ascensor.

-o-

Oscar frunció el ceño al ver a Girodelle en el estacionamiento del cuartel esperándola. Se bajó nerviosa y temiendo que algo hubiese ocurrido en su ausencia. Desde la noche anterior se sentía sin control sobre sus emociones.

-Te invito una copa- le dijo el francotirador –Deja tu arma y vamos al bar de siempre.

La teniente entró a la oficina y dejó su revólver en la caja de seguridad. Girodelle la siguió.

-¿Cuál es la razón?- preguntó estirándose la ropa con las manos para verse un poco más presentable, se ordenó el cabello con las manos antes de meter su placa en uno de los bolsillos de la chaqueta -Pensaba irme a casa temprano.

-Alain fue visitar a André…- la miró directo a los ojos –No es buena idea que vayas también. Seguramente van a beber y quejarse hasta caer borrachos. Nada divertido en realidad.

-Y seguramente también hablarán mal de mí…- calló al ver que Fersen se acercaba -¿Ya te vas?- le preguntó cambiando el tema.

-Sí… ¿Y ustedes?

-Vamos por un trago, ¿vienes?- Oscar ignoró la mirada nada amena de Víctor.

-Envíame la dirección. Tengo algo que hacer, pero puede que los alcance allá.

-¿Qué haces?- la reprendió Girodelle.

-Incluir a alguien más y así evitar hablar de mis problemas personales- lo miró seria –Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

-Eres tan complicada y egocéntrica. No pensaba hablarte de eso…- con un gesto de cabeza le indicó que lo siguiera.

En el estacionamiento subieron al automóvil de Víctor.

-Habla- lo apuró Oscar.

-Hoy encontré unos apuntes de Bernard que no nos alcanzó a entregar.

-¡¿Le hackeaste el computador?!

-Calla- entrecerró sus felinos ojos y le extendió un pendrive –Tú llevas el caso, no Fersen. Revisa la información y decide qué hacer con ella.

Hizo andar el automóvil. A medida que avanzaban en el camino, comenzó a tamborilear con los dedos el manubrio, claramente estaba nervioso por algo más.

-Víctor, deja de lado que soy tu superior y considérame tu amiga… ¿qué pasa?

-Quiero pedirle a Alain que viva conmigo formalmente- miró las luces que comenzaban a iluminar París –Oscar…- volteó hacia ella en un semáforo en rojo –Terminando este caso, pediré un traslado al departamento inteligencia… No tengo problema en dejar el trabajo de campo, creo que ya cumplí mi cuota. Pero Alain no lo hará, él necesita moverse, estar en la calle… ya sabes, lo conoces como yo.

-Bueno, no diría que como tú- bromeó para hacerlo sentir mejor –Y te entiendo, me alegra mucho que quieran dar ese paso.

-Gracias, sabía que no tomarías personal mi salida- sonrió de lado.

-Trabajo es trabajo… y que este sea el último caso que llevemos juntos, lo hace más importante. Gracias por confiarme algo tan personal- miró hacia la calle a través de la ventana del automóvil que comenzó a moverse nuevamente. Pensó en André, en cuanto quería verlo y compartir con él sus penas y temores. –¿Víctor?

-¿Sí?

-¿Por qué fue Alain a visitar a André?

-Por que los dos hoy eran un saco de testosterona descontrolada- rió –Es broma, estuvo todo el día de mal humor por tener que trabajar con Fersen directamente… le pedí que no llegara así a casa. No necesito eso en mis horas libres.

-¿No es que André le haya dicho algo?

-¡Pero qué cotilla!- se carcajeó –¿Acaso la teniente más dura de la BRI tiene miedo de que su novio esté molesto?

-Eres insoportable- le pegó un manotón en el brazo.

-No te preocupes. Es cierto, André estaba echando chispas, pero porque a nadie le gusta que lo saquen de un caso. Mañana, cuando esté con resaca, verá que lo hiciste por él. Los hombres somos lentos de cabeza cuando hay problemas. Nos tardamos en ver lo que nuestras parejas no dicen verbalmente.

-¿Y cómo lo haces tú?- preguntó con un brillo de curiosidad en la mirada –Porque Alain no es de los más sensatos que conozco.

-Yo no espero que piense, jamás vería llegar ese día- sonrió malicioso –Simplemente lo encierro en la habitación y le recuerdo que siempre hacemos lo que yo quiero.

-¡No quiero detalles!- comenzó a reír.

-Tú preguntaste- contestó entre carcajadas y estacionando el auto en una callejuela.

Entraron al bar tomados del brazo y riendo. Ambos, sin decirlo, pensando en cómo llegaron a transformarse en tan buenos amigos.


Frente al espejo Julie Polignac observó su reflejo, los años estaban siendo buenos con ella. Su piel aún mantenía cierta tersura pese a cruzar los cincuenta años y, además, su estilista tenía razón, las pequeñas inyecciones de Botox en la frente suavizaban el duro rictus que, cada vez, marcaba más su piel. Tomó la brocha de maquillaje y dio suaves golpes con ella sobre sus finos pómulos. Se detuvo en el color de sus ojos: eran iguales a los de su hija. Una punzada en el pecho la hizo doblarse de dolor, casi como un cuchillo enterrándose en su carne.

"La mataron, la maté…" fueron las palabras que resonaron en su cabeza como un mantra, maldiciéndose a sí misma por todas las malas decisiones tomadas, y no es que se arrepintiera de sus actos precisamente, sino que, en realidad, lamentaba no haber tomado más precauciones.

Cuando Charlotte nació, ella trabajaba de acompañante en un hotel. Sí, era una de las tantas hermosas jóvenes que, por mucho dinero, acompañaba a empresarios extranjeros o personajes famosos a comer y, si ellos lo solicitaban y tenían como costearlo, a algo más. Cuando se supo embarazada, de inmediato pidió hora en una clínica. No arruinaría su vida criando a una niña de la cual ni siquiera estaba segura de quién era el padre. Sin embargo, sentada en la sala de espera sacó cuentas, de las tres posibilidades paternas, todas eran beneficiosas para ella. Al escuchar su nombre, se hizo la desentendida y salió con una sonrisa en los labios, si todo salía bien, gracias a la vida que llevaba en su vientre no se acostaría nunca más con alguien por dinero.

La suerte le sonrió cuando la niña nació, pues bastó con mirarla para saber quien era su padre. Un empresario neozelandés bastante mayor que ella, sin hijos ni mujer. El hombre recibió la noticia, previo exámenes, por supuesto, como un regalo del cielo, tendría trascendencia en la vida que poco a poco lo abandonaba.

Así creció Charlotte, rodeada de lujos gracias a su padre aunque sin ningún afecto sincero, pues su madre, emprendiendo un nuevo negocio, la dejó al cuidado del personal de servicio de la enorme casa que el extranjero compró para ellas. ¿El padre? Siguió en su país, tenía cosas más importantes que atender. La niña era dulce y amorosa, muy dada a preocuparse de los demás; algo que Julie nunca entendió por completo, pues ella era lo opuesto, tanto, que de no haber sentido un destello de amor por su hija, habría jurado que el diagnóstico del psicólogo al que la llevó su madre en la adolescencia era cierto y que padecía Alexitimia, esa extraña condición que dificulta verbalizar e identificar estados afectivos, haciendo casi imposible diferenciarlos de sensaciones corporales.

Cuando Julie entendió de forma médica por qué actuaba de esa manera, preocupándose solo por ella y un tanto adicta a las emociones fuertes, incluyendo el sexo, pensó en como capitalizar lo que tan fácil se le daba e inauguró su primer burdel de lujo. Ella entendía a los hombres y sus más particulares gustos; los leía como un libro abierto y jamás se escandalizaba. Todo iba de maravillas, tanto, que incluso, cuando alguna de las mujeres que trabajaba para ella salía con algún problema, no dudaba ni un segundo en ponerla de patitas en la calle. Ella quería pasarlo bien y ganar dinero, y eso nada tenía que ver con tener problemas.

A medida que Charlotte crecía, Julie se dio cuenta que su sensibilidad aumentaba. Aterrada ante la idea de sentir algo por alguien que no fuera ella misma, intentó alejarse de la dulce niña que corría a sus brazos cada vez que la veía, pero le fue imposible, amaba a su hija pese a despreciar a prácticamente todo el mundo. Intentando erigir un muro a su alrededor que la protegiera de la fragilidad que su hija le suponía, aceptó trabajar con una mafia de Europa del Este, el trato era simple: recibía varias chicas que no tenían idea de donde estaban.

Todo funcionaba a la perfección, las mujeres entraban y salían de sus locales con facilidad, pues, al primer problema, las traspasaba a alguien más en la organización. Ella se quedaba sólo con las chicas más hermosas y ambiciosas, jóvenes que en realidad no estaban interesadas en nada más que en el dinero y lujo. En general demasiado jóvenes para pensar un poco más allá. En un par de ocasiones tuvo problemas con alguna muchacha que intentó revolver las cosas, pero todo lo arreglaba marcando un número de teléfono de emergencia, las jóvenes eran retiradas y nunca más sabía de ellas. No preguntaba ni intentaba averiguar qué ocurría una vez que salían de sus burdeles, no se mezclaba con la parte sucia del trabajo.

Sin embargo, cuando comenzaron a desaparecer muchachas desde sus locales sin explicación, supo en sus entrañas que algo pasaba. Le bastó mirar los claros ojos de su hija para saber que era ella la responsable. La primera discusión fue terrible, Charlotte no entendía como ella, su madre, podía ser cómplice en la trata de personas, cómo lucraba con personas como si fueran objetos. La joven no escuchó ninguna de las explicaciones que ella intentó darle ni prestó oídos a que, en general, las muchachas que trabajaban para ella ingresaban a ese rubro por iniciativa propia

"¡Te aprovechas de su inocencia y ambición! ¡Me avergüenzas! ¡Me das asco!" Fue lo que Charlotte le gritó ese día. Ella la hizo callar con una bofetada. ¿Acaso su hija era incapaz de entender todo lo sacrificado por ella? Ya que, a fin de darle una vida digna y llena de lujos, aplacó su independencia y se supeditó a un hombre que, si bien no vivía con ellas, sí aparecía de vez en cuando para hacer de dueño de casa, esposo atento y padre preocupado. Todo por un precio que ella pagaba en la alcoba, claro está.

Desde ese día la relación con su hija se quebró, la joven estudiante de leyes le declaró la guerra abiertamente y, cuando su padre murió a los pocos meses, viéndose heredera de una fortuna, se fue de la casa para nunca más volver. Charlotte inteligente, adinerada y hábil, formó una ONG enfocada en ayudar a jóvenes víctimas del comercio sexual y, cada vez que podía, sacaba a alguna muchacha de los burdeles de su madre para devolverla a su país natal. Cuando empezó a tomar relevancia la situación, pues cada mujer era un bien que reportaba dinero, le llamaron la atención a Julie. La instrucción fue simple, arreglaba ella el problema o lo harían sus superiores, gente a la que jamás había visto.

Charlotte no sólo no escuchó razones, sino que, más se empeñó en luchar contra su madre. Comenzó a viajar para entrevistarse con personas con sus mismos intereses y que operaban en países que eran habitualmente destino de la trata de personas. Dejó sus estudios sin terminar y renegando de todos los lujos con los que creció, comenzó a vivir de forma austera, enfocada sólo en ayudar a quien lo necesitara. Julie era incapaz de reconocerla, su preciosa niña ya no existía.

El día que recibió las fotografías del cadáver de su hija, a punto estuvo de lanzarse por una de las ventanas del lujoso edificio en el que habitaba. No obstante, se detuvo en el alfeizar, no demostraría debilidad, jamás lo había hecho y no lo haría ahora. Ocultó su dolor tras el maquillaje y lo ahogó en el alcohol durante las noches más difíciles. Aguantó los interrogatorios de la policía y las veladas acusaciones desprovistas de pruebas, porque, la verdad, es que ella no tenía nada que ver y en su mente era tan víctima como su dulce Charlotte.

Luego de pagar una fortuna al hombre que veía cada vez que llegaban chicas (o salían) de su burdel, supo quien recibió a Charlotte en Suecia. Jeanne Valois se llamaba la mujer. La detestó aún más cuando supo que era hermana de una amiga de instituto de su hija, Charlotte era inteligente y astuta, no habría caído con alguien desconocido. Decidió que ella pagaría por su dolor, pues aunque esa mujer se limitara a seguir órdenes de la pirámide en donde estaban inmersas, se aprovechó de la confianza de su hija y eso, no se lo perdonaría jamás. La decisión estaba tomada y no echaría pie atrás.


Continuará…

Queridas mías, ¿ven que también estoy bien enganchada de esta historia? ¡Me encanta escribirla! Pero el tiempo es tan escaso T_T. En fin, espero que les haya gustado el capitulo, si fue así… ya saben, un review y yo: ronroneo como gata XD.

¡Qué buenas estuvieron las conjeturas con lo del General, amé leerlas! Esas participaciones son geniales. Ahora... ¿qué más creen que podría pasar? Las cosas ya se están poniendo color hormiga (no color mosca, eso es otra cosa XD)

Mil gracias por sus comentarios, los espero con ansias siempre y me alegra leerlos. Esta vez he extrañado a algunas y espero de corazón que estén bien, ya que, con los reviews, además paso lista de asistencia (Y, entre nos, sé que hay algunas amigas que si bien leyeron otros fics, por aquí no se pasan porque, estoy segura, de que hacen trampa y quieren leerlo terminado. Malvadas! Igual cuando lleguen aquí, sepan que las estoy mirando jajajaja).

Gracias eternas a Cilenita79 por sus ojos en el beteo (Pasen por su perfil a ver sus historias, hay una muy entretenida de un universo YAOI con los personajes de ROV + Orumado en una mezcolanza deliciosa que se llama "Los Caballeros Del Saint Just". Además, Joselin Rivera hizo una historia de Faunos y Ninfas que me dejó el corazón tiritando… una maravilla, la encuentran en "De rosas y otras cosas" y, por otro lado, hay un nuevo talento por ahí, se llama Csetecy, tiene un par de oneshots de lujo. Queridas amigas Guest, Camiii,Kary, Miriam, Yen07, Sandy preciosa (Una de las reinas del Candy mundo), Eloisa, Kely, Justjadx, LordThunder1000 (que en LadyBug es una maravilla, paso el dato), amaripiguidos, Mery Mirella, Aleycp… y tantas que se me pueden haber pasado. Cuídense mucho!

Vicky, amiga mía… Un abrazo enorme y, cuando regreses por estos lados, espero esto sirva de prueba de que pienso mucho en ti.

Les mando un abrazo y espero volver pronto por aquí, aunque me acaban de sumar dos ramos que me tiene el cerebro a punto de la combustión espontanea jajajajaja ¡las quiero!