Mayo de 2019

Esa mañana, André apenas fue capaz de mirarse en el espejo mientras se rasuraba. Se sentía adormecido, tanto, que ni siquiera le escocieron el par de cortes que le marcaron la piel de la mandíbula. Con sólo un café en el estómago partió al gimnasio. Los recuerdos de la noche anterior le martillaron la cabeza mientras caminaba. Aún sintiendo la desazón que ya no sabía cuando inició, fue directo al área de boxeo y aporreó un saco por tiempo indeterminado.

Era cómo como si un extraño habitara su propia piel, pues, y desde que era un niño, siempre fue fácil de tratar, una persona de carácter dulce en la infancia y noble en la adolescencia. Simpático, amable y amistoso, muy dado a hablar sin dobleces, sociable, dueño de un liderazgo positivo y comedido. Incluso bueno en la gestión de sus emociones. Era el orgullo de sus padres y abuelos, pues pese a ser hijo único, jamás fue malcriado ni rebelde. Es más, sólo disgustó a sus padres cuando les dijo que entraría a la academia de policías al terminar la secundaria. La noticia no fue bien recibida por su madre, el inminente peligro al que enfrentaría su hijo la intranquilizaba en demasía; la mujer lloró por días en silencio, pero sin mortificarlo, ya que, cuando por fin resultó embarazada, juró junto a su marido jamás interponerse en los sueños de quien anheló durante años.

Así transcurrió su vida, como un niño simpático, afectuoso y amado; en su adolescencia, como alguien que exploró todo cuanto quiso sin arriesgarse demasiado y, en su temprana juventud, cómo un joven que se independizó apenas pudo. Amaba su libertad, pero, sobre todo, amaba saber quien era, saber lo que le gustaba y lo que no… Y su vida actual, cada vez le gustaba menos.

En el camerino del gimnasio, luego de ducharse y con una toalla envuelta en la cintura, agarró su teléfono para revisarlo: no tenía llamadas ni mensajes de ella. Pese a la desazón lo encontró lógico. Ni siquiera él se apreciaba a sí mismo en esos momentos. Dejó el teléfono en el casillero y se secó el cabello restregándolo con una toalla. Imágenes de la noche anterior llegaron a su mente. La rabia con que había actuado le escoció nuevamente.

Vestido con una camiseta blanca y oscuros jeans fue a la cafetería de siempre, necesitaba algo que lo anclara. La mesa que habitualmente usaba con Oscar estaba disponible, se sentó y pidió algo de comer. Comenzó a trastear en las aplicaciones de su teléfono aún indeciso de llamarla. En el álbum de fotos apareció una imagen de ellos dos, enredados en las sábanas y riendo. Recordó de inmediato el día que la tomaron: fue en su departamento, meses atrás. La bragueta se le tensó levemente con los recuerdos, pues esa mañana habían hecho el amor aún somnolientos, con la calma y dedicación de quien nada más tiene que hacer; la luz de la mañana entrando por las persianas, mientras él se pasó, lo que creyó horas, besándola entre las piernas. Cuando ella le pidió que la penetrara porque ya no resistía más, al mirarla podría haber jurado que brillaba. Su piel blanca y perfecta, los ojos azules cálidos y refulgentes como joyas; el cabello pareciendo hebras de oro. Se veía tan hermosa y plena que, al finalizar, no resistió la tentación de guardar ese recuerdo en su celular. Ambos felices y despreocupados, como esas parejas que no tienen dudas, que no sienten celos y que disfrutan cada minuto juntos.

El mesero llevándole su pedido lo sacó de sus recuerdos. Colocó el celular boca abajo y comenzó a comer.

¿Qué había pasado con ellos? No lo sabía ¿Dónde estaba la mujer de la que se había enamorado hasta la médula? Cada vez le costaba más reconocerla. Y es que, a pesar de que siempre supo de su faceta controladora, exigente, perfeccionista y un tanto parca, había aprendido a separar los roles que ambos desempeñaban en la vida privada y en el trabajo. Y Oscar, fuera de su papel profesional, era encantadora si se le aprendía a conocer.

Todo parecía tan lejano, ya no veía en ella la fuerza de antes, no la había visto reír en semanas, estaba distraída, irascible, olvidadiza y esquiva. Llena de barreras que incluso lo alejaban a él. Mientras masticaba un bocado de su sándwich, jugó con la pulsera del reloj que le obsequió años atrás. Su celular sonó, tragó y miró la pantalla: era su madre y, pese a que no tenía ganas de hablar en ese momento, le contestó, pues ya le había dado largas durante la semana.

Intentó parecer relajado y sonrió con las siempre cariñosas palabras de la mujer. Sin embargo, cuando le pidió pasar algunos días de vacaciones junto a su novia en la casa familiar, aduciendo que ambas se debían otra oportunidad para conocerse, supo de inmediato que su padre medió. Arrugó el entrecejo y rechazó la invitación esgrimiendo motivos laborales. Todo parecía demasiado forzado y estaba cansado de discutir.

Al cortar, se sumió en sus pensamientos nuevamente mientras bebía el café negro y sin endulzar. Detestaba sentirse incómodo y llevaba días con esa carga encima. Volvió a tomar el teléfono y abrió la aplicación de mensajería: Oscar no se conectaba desde la noche anterior. Sintió cargo de conciencia, tonto no era y sabía haberla lastimado. Agobiado se pasó la diestra por el rostro, deseando al menos haberse despedido de ella, deseando no haberse comportado como un patán. Quiso retroceder el tiempo y abrazarla, besarla en el cabello mientras se pegaba a ella. Alargar ese instante post coito que ambos tanto disfrutaban; ese momento donde las pieles se pegaban debido al calor compartido, los corazones erráticos tratando de acompasarse y las respiraciones entrecortadas fundiéndose en una. Se sintió vacío. ¿Acaso ya todo había terminado así, sin saber cómo?

Posó la vista en la ventana y tuvo, por segundos, la vana esperanza de verla entre la gente que circulaba en la calle. El vacío en el pecho se le hizo más pesado. Terminó de comer y pagó la cuenta. Antes de salir, reconoció el negro cabello de Catalina en la barra justo antes de que ella volteara en su dirección. Sonrió educadamente como saludo antes de apresurar el paso para marcharse; no estaba de ánimos para conversar ni ser amable, menos con ella, que, pese a su dulzura y simpatía, no lograba ocultar la atracción que sentía por él. Ya no era el chiquillo que apenas entendía porqué las muchachas lo perseguían en preparatoria, pues apenas entendió que era más apuesto que la media, comenzó a sacar provecho de ello.

En la acera encendió un cigarrillo y caminó sin rumbo, aunque siendo consciente de las miradas que despertaba. Notó que algo había cambiado, pues, durante los últimos años, eso había dejado de importarle debido a que la única mujer que le interesaba, ya dormía con él.

Contestó la sonrisa de una rubia que pasó por su lado. Sí, su debilidad eran las rubias, aunque eso ocurría sólo desde que la conoció… Y Julius era la mejor de las pruebas, esa chica llamó su atención sólo por parecerse en demasía a quien, en esa época, le había aporreado el ego como nadie antes lo hizo. Lamentó brevemente haber usado a esa joven como reemplazo, aunque siempre estuvo seguro que ella también lo usó.

Pensó otra vez en la razón de su tormento. Cuando la conoció en el café, quedó prácticamente encandilado con ella. Se sintió como una polilla frente a la luz. En el bar, cuando la vio reír, pensó estar enamorado a primera vista. Se veía tan bonita riendo. Y, al besarla en el portal, supo que era capaz de todo por compartir una noche con ella. Durante meses esa preciosa rubia llenó sus fantasías, no importaba si estaba solo o acompañado. Oscar lo tenía embrujado.

Le gustaba el sexo y se sabía bueno en eso. Lo disfrutaba a manos llenas y sin remordimientos, siempre preocupado de entregar al tiempo que buscaba su propio placer. Por eso Oscar lo volvía loco, era como él: apasionada y desinhibida. La mejor prueba era el paso del tiempo, pues aún eran capaces de restregarse como adolescentes en un callejón, o pasar horas enredados en las sábanas sumidos uno en el otro. No tenían trabas ni miedos, juntos habían explotado en un estallido de sexualidad que los transformó. Le encantaba cuando el aliento de ella se condensaba en su clavícula, mientras jadeaba de gusto enterrándole las uñas o tirándole el cabello. Le gustaba lamerla y acorralarla como a una presa, para luego comérsela lentamente y sin recato. Se sabían seguros uno en las manos del otro o, al menos, así fue hasta la noche anterior. Tiró la colilla del cigarrillo a un basurero.

La verdad le llegó como una revelación: el fuego que sentía por ella estaba mutando, ahora lo sentía tóxico en intenso, algo que lo vaciaba en lugar de llenarlo, tiñéndose de inseguridad, egoísmo, rabia y cobardía. Ya apenas percibía ese fuego tranquilo y en calma, esa sensación de que ella lo potenciaba en todo aspecto. Ya no sentía esa necesidad de contarle todo lo que le pasaba por la cabeza, de reír con ella o de escuchar sus devaneos; de mirarla por horas y sonreír por ser él quien tenía la posibilidad de tocarla. Encendió otro cigarrillo.

Al exhalar el humo, hizo un esfuerzo en recordar que le gustaba de ella. Pensó en cómo se sentía cada vez que la besaba: era el cielo y le gustaba su sabor, incluso en las mañanas cuando Oscar reclamaba no haberse cepillado los dientes. Le fascinaba el calor que lo envolvía cada vez que se enterraba en ella. La suavidad de su piel, las líneas elegantes de su cuerpo y la fuerza oculta tras su delgadez. El aroma de su cabello, su carácter explosivo y de mil demonios, mezclado con la dulzura casi infantil que, de vez en cuando, emergía de ella como un cristalino río.

Una ráfaga de viento lo despeinó. Evitando el gélido aire que rompía el incipiente verano desvió el camino, total, uno de los encantos de París, es que la ciudad se puede caminar. Continuó sumido en sus pensamientos mientras avanzaba. Después de un par de horas, notó que sus pasos lo llevaron hasta el departamento de Oscar. Tentado estuvo a deshacer lo andado, pues si bien sabía que tenían que hablar, tampoco tenía ganas de discutir nuevamente. No obstante, tampoco quería seguir dilatando lo inevitable. Saludó al portero y subió por las escaleras. Con el peso de las llaves en la mano meditó por unos segundos: optó por tocar el timbre.

Cuando se abrió la puerta, sintió que su cabeza se dividía en pedazos: un poco de frustración, otro de pasión, algo de rabia mezclado con perplejidad. Mas cuando sus miradas se encontraron, y vio los ojos que llevaba años adorando cargados de tristeza, no pudo hacer más que abrazarla fuerte y susurrarle que todo estaría bien. Ella se aferró a él con desesperación y le prometió entre lágrimas explicarle todo. La besó con fuerza mientras ella le tironeaba la camiseta. A trompicones llegaron a la habitación. Se desnudaron apenas separándose sólo para lo necesario. El ambiente cargado de un dolor y desesperación casi palpable. Cuando se sumergió en ella, sus dudas casi desaparecieron.

Sentado en el borde de la cama, la tocó y besó con ansias mientras alzaba las caderas intentando conectarse con ella. Sin embargo, Oscar estaba con la mirada perdida, la nariz y ojos rojos de tanto llorar. Dándose cuenta que ella necesitaba consuelo más que otra cosa, se detuvo y la abrazó. Todo el ímpetu desapareció. Lo vivido como pareja parecía lejano. Se sentía mal lo que estaban haciendo. Terminaron tendidos en la cama mientras ella sollozaba sobre su pecho. Con la mirada fija en el techo, esperó a que se calmara.

-Mi padre se muere… te estoy perdiendo- sollozó con más fuerza -Mi carrera se va a pique… No puedo reconocerme… No sé qué hacer…

Fue el susurro roto y lleno de dolor que le llegó después de un rato. Usando la fuerza que pocas veces utilizaba con ella, la tomó en brazos para acunarla como a una niña. Siendo ambos sólo piel, la meció y soportó los temblores del llanto que brotaba como un manantial. La respiración sosegada llegó junto con el sueño. Ella se durmió agotada y aferrada a él. Después de acomodarla y cubrirla con las cobijas, se duchó y vistió.

Ella durmió durante un par de horas, lapso que dedicó a cocinar algo con lo que encontró en el refrigerador. Cuando el atardecer extendió su manto, se sirvió una copa de vino para acompañar el menestrón preparado. Con la primera cucharada recordó a su abuela, la amorosa e histriónica mujer estuvo todo un verano enseñándole a cocinar bajo la excusa de que, vivir solo y lejos de su familia, no sería razón para que se alimentara mal. A lo lejos escuchó la ducha. Rato después, Oscar apareció vestida con una liviana tenida deportiva y la vista pegada al suelo.

-Siéntate, preparé algo de comer- le dijo con más seriedad de la que hubiera querido.

Ella comió en silencio y bebió el vino que le sirvió. De vez en cuando, los blancos y largos dedos recogían las rebeldes lágrimas que insistían en inundarle las pestañas.

Cuando terminó de comer, él, que se había sentado junto a ella, habló seco:

-Necesitas más tiempo, o ya podemos conversar.

-No me hables así, no me merezco ese tono- contestó Oscar alzando el mentón.

André evitó sonreír, pues esa desafiante mirada era una de las cosas que amaba de ella.

-Lo siento, tienes razón- la miró con ternura -Pero, comprenderás que me toca los huevos que hayas decidido apartarme de todo- ella asintió -Se supone que estamos juntos, que puedes confiar en mi… Conoces mi lealtad para contigo.

-Lo sé… Y en lugar de eso, mandé todo al trasto- suspiró cansada -Te envié lejos, hice que tu madre me deteste, te oculté cosas…

-¿Desde cuándo tu padre está enfermo?

Posando la vista sobre la mesa ella le relató todo. André rumió la decepción que lo embargó, porque sí, quizás estaba siendo un capullo egoísta, pero, la verdad, es que le molestó haber sido apartado por algo que, a sus ojos, no tenía razón de ser. Recordó nuevamente a su abuela y una de las mejores lecciones que le enseñó. Fue en plena adolescencia, cuando su primera novia rompió con él: "Cuando alguien te lastima, no sientas culpa, porque eso nos pasa a todos. Sentimos que somos responsables de que nos dañen, por no haber sido suficiente o porque quizás no supimos hacerlo mejor. Pero eso no es así, no tenemos la culpa. Quizás simplemente estábamos en medio de un problema de alguien más o incluso, es consecuencia de mala gestión de sentimientos ajenos". Sin duda su abuela era una mujer muy sabia.

Respiró profundo antes de hablar:

-Te lo dije cuando empezamos. No soy de insistir, tampoco me gustan las inseguridades ni los celos, no soy así. Y…

-Lo quieres todo- repitió ella -Lo sé- respiró profundo y alzó la vista -Pero quizás yo no puedo dar lo que tú estás necesitando, vas más rápido de lo que soy capaz de aguantar en estos momentos.

-¿De qué hablas?

-Eso de conocer a tu madre… Sé que me equivoqué, pero he tenido tiempo para pensar… Y no quiero ser de esas parejas.

André sintió que un balde de agua fría le caía encima.

Vida de mi vida
¿A dónde hemos llegado?
Si tú me querías
¿Por qué estás llorando?

Niebla que acaricia
Toda la penumbra
Estamos tan cerca
Más solos que nunca

-Tengo problemas muy serios que merecen toda mi atención, no estoy para intentar ser la mujer que tu madre desea para ti- sus labios temblaron -Nunca lo seré… Esto es lo que puedo ofrecerte. No hay más. No sé si me quiero casar, no sé si quiero hijos… No sé si quiero visitas familiares. En estos momentos no soy capaz de pensar en el futuro... Y quizás estoy siendo injusta, porque en realidad no me has pedido nada, pero antes de que lo hagas, te digo que yo no puedo aportar más a esta relación.

-¿Estamos terminando?- preguntó André tragándose la incredulidad.

-No lo sé- lo miró llena de tristeza -Pero, o bajas tus expectativas y me aceptas con toda la mierda que estoy arrastrando en estos momentos… o- el amago de un sollozo la hizo callar. Tragó fuerte -André, te amo… se que nos amamos…

-Pero a veces el amor no es suficiente- completó él con la garganta seca. Respiró profundo y agregó -Entiendo lo que dices… Pero ya no soy un crío y quiero actuar en consecuencia, quiero estar con alguien que busque lo mismo que yo.

Puede que el querernos
No sea suficiente
Quizás con el tiempo
Lo entendamos todo

Como el agua tu sacias mi sed
Somos dos imanes a perder
Volveré a sentir, volveré a amar, será otro olor
No será igual

Vida de mis días
Dime, ¿estás sufriendo?
Dime si te cuidas
Cura alguien tu herida

Una última noche
Vuelvo a tu escondite
Y en este silencio
Lo he entendido todo, todo

Pesados segundos transcurrieron en silencio. Finalmente, André metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó su llavero. El sonido del metal fue lo único que se escuchó. Dejó una solitaria llave sobre la mesa. Oscar se encogió y desvió la vista. Sintió que el pecho se le rompía. Se mordió el interior de las mejillas hasta que sintió el sabor de la sangre. No quería llorar cuando era ella quien estaba propiciando todo.

-Te devolveré la tuya- Se levantó de la mesa.

André la detuvo tomándola de una mano y le dijo:

-No es necesario- la miró a los ojos -Tomémonos un tiempo para pensar… Si te pido tu llave de regreso, es que acepto lo que me ofreces. Y si entras a mi departamento, sé que será porque aceptas lo que necesito- sonrió de lado, aunque el gesto estaba lleno de tristeza.

Ella sonrió igual de triste que él y asintió.

Como el agua tu sacias mi sed
Somos dos imanes que se dan la espalda
Si algún día me marcho olvídate de mis errores

Quiéreme, quiéreme

Nada de llorar bajo la piel
No sé si algún día aprenderé
Mientras me preparo para verte sonreír lejos de mí

André se levantó de la silla. Antes de que abriera la puerta para marcharse, Oscar lo llamó. Al voltear la vio más pequeña y delgada que de costumbre, era la imagen de la fragilidad. De dos zancadas llegó hasta ella y la besó con fuerza. Ambos dando la vida en ese beso que quizás era el último, temblado y aterrados, pues el miedo y el deseo en ocasiones hacen tan buena pareja como la pena y el sexo. Se separaron jadeantes. Él la besó en la frente y se alejó.

Afirmando el pomo de la puerta, le dijo sin voltear:

-En días se aprobará mi reintegro a la unidad. No estaremos en el mismo caso, pero volveré a la oficina y estaré bajo tus órdenes- dicho esto salió del departamento.

Oscar, después de que la puerta se cerró, cayó de rodillas sobre la mullida alfombra y respiró dando grandes bocanadas de aire. Temió estar sufriendo un ataque de pánico. No podía respirar, le dolía el pecho y las lágrimas comenzaron a brotar sin control. El orgullo que le impidió correr tras él, le pesó en el cuerpo. Todo le estaba explotando en la cara. Sus decisiones cobrando cada una su costo.

Mientras me desplomo sobre pólvora a punto de…

Mientras me desplomo sobre pólvora a punto de…

Mientras me desplomo sobre pólvora a punto de encender

Vida de mi vida
Dime si te cuidas
Di lo que acaricias

Vida de mi vida
¿Dónde hemos llegado?
Si tú me querías

-o-

El lunes por la mañana, Oscar se colocó un par de hielos en los ojos antes de salir del departamento. Decidida a no dejar que sus problemas personales siguieran afectando su trabajo, se propuso actuar con profesionalismo frente a sus colegas y, sobre todo, a ser más organizada. Fue al cuartel antes de visitar a su padre.

Bebiendo un café muy cargado, revisó los avances del caso y anotó en su celular las fechas importantes. En ausencia de Fersen no podía olvidar nada. Con Julie Polignac detenida y la red comercio sexual desbaratada, al menos la que tenía relación con ella, la Interpol se haría cargo de desentrañar el asesinato de Charlotte y las aristas internacionales del tráfico de personas. En Francia sólo quedaba pendiente investigar el asesinato de los padres de Rosalie. Por fin su trabajo tomaría un curso un tanto más ordenado.

Al repasar los documentos que Fersen le dejó para el caso contra Polignac, todo ya visado y aprobado por la fiscalía, le extrañó que no hubiera nada relacionado con el ataque a Bernard y André; anotó averiguar en qué quedó ese delito. Enseguida tomó algunas carpetas que reposaban desde hace semanas en su escritorio, era momento de diversificar los casos ya que, estimando el tiempo que le tomaría enlazar a una ya convicta Polignac con la muerte de los Lamorlière, su unidad perfectamente podría dedicarse a otras faenas.

Teniendo en cuenta el inminente regreso de André, reservó un par de casos para que él los investigara junto a Alain, la buena dupla que ambos hacían bien valía la pena ser potenciada. Robos a particulares del mismo sector y el asesinato de una mujer, que ya había denunciado a su expareja por violencia doméstica, fueron los casos seleccionados. Anotó darles una semana para resolverlos. Eso los mantendría ocupados y fuera de la oficina.

Volviendo al caso que le preocupaba, repasó los antecedentes del incendio. Ni una sola pista. Decidió seguir su intuición y esperar que Polignac fuera formalizada, así tendría la posibilidad de negociar con ayuda de la fiscalía, la entrega de algún antecedente que pudiera aportar al caso. Mientras eso ocurría, ella y Girodelle, se dedicarían a realizar el tedioso trabajo de rellenar informes y ponerlos en el sistema. Esa tarea le permitiría estar pendiente de su padre sin descuidar sus funciones.

Víctor y Alain llegaron bromeando con algo que solo ellos entendían. Junto con sentir genuina felicidad por lo bien que se veían, recordó el estado actual de su relación, si es que así podía llamarla. La tristeza la embargó.

Disimulando lo mejor que pudo los saludó y puso al día de lo acontecido, incluyendo la marcha de Fersen y el regreso de André. Cuando Alain celebró no muy amablemente el regreso del sueco a su patria, en una jugarreta Oscar le aventó por la cabeza su pelota antiestrés. Las risas de los hombres la hicieron sonreír y relajarse. Luego de impartir algunas tareas, anunció que se ausentaría por unas horas cada mañana durante dos semanas, pues tomaría una certificación.

Sintiendo cargo de conciencia por mentir a quienes tenían su total confianza, condujo hasta el hospital. Ese día iniciaba el primer ciclo de quimioterapia de su padre, serían dos semanas de tratamiento intenso. Luego de registrarse como acompañante en la recepción fue a la sala de procedimiento, masculló una maldición al ver quien era la enfermera que estaba atendiendo al director Jarjayes.

-Vaya, no sabía que el personal de urgencias también trabaja en oncología- escupió a modo de saludo e ignorando la mirada de reproche que le dio su padre.

-Pertenezco a esta área, esta es mi vocación- contestó Catalina con simpatía -A veces apoyo en urgencias, principalmente cuando hay falta de personal-. Ajustó las vías de medicamento y le sonrió al hombre que estaba pálido y ojeroso -Cualquier molestia, avíseme- le pasó una botonera -Ya lo conversamos, aquí no hay que ser valientes ni súper hombres, estoy para ayudarlo y nuestra meta es que usted mejore.

-Entendido- contestó el hombre con una sonrisa.

Apenas quedaron solos y el medicamento comenzó a ser inyectado, Regnier le habló a su hija, que ya se había acomodado a su lado y hojeaba una carpeta de trabajo:

-¿Qué fue eso? No acostumbras a desquitarte con gente que no conoces.

-Nada papá, no fue esa mi intención- mintió descaradamente.

-Catalina es una joven dulce y atenta, una excelente profesional que no se merece que la trates así.

-Veo que tienes una buena opinión de ella- contestó con sorna.

-Es una joven admirable, sus padres no están de acuerdo con su trabajo y, pese a eso, ella tiene una gran vocación. Podría ser como esas jovencitas socialités, pero le preocupan los demás. Es un ejemplo a seguir.

-Parece perfecta.

-Hija, ¿estás bien?- le tomó una mano.

Oscar respiró profundo y sonrió, en realidad estaba comportándose como una borde. Esa joven ni su padre, tenían por qué aguantar su repentino mal humor.

-Sí papá, todo bien- soltó su mano y volvió a la carpeta -Quiero tu opinión de estos casos, ¿me ayudas?

Así transcurrió gran parte de la semana, en una perfecta organización gracias a que toda la familia Jarjayes actúo en concordancia: durante las mañanas, Oscar acompañaba a su padre en el tratamiento, luego, una de sus hermanas lo llevaba a casa para que su madre lo atendiera, pues ambos progenitores decidieron pasar juntos, y a solas, los malestares que el tratamiento ocasionara.

Las noches eran otra cosa, la soledad le pesaba y las ganas de llamar a André le quemaban los dedos. Pero él había sido claro, quería algo que ella no podía entregarle, al menos no ahora. Con eso en mente, Oscar se enfocó en cumplir con todas sus obligaciones, incluyendo la asistencia a la cada vez más cercana formalización de Julie Polignac, ya que, al ser su unidad la responsable de su aprehensión, no podía faltar al procedimiento por mucho que odiara la exposición mediática que había tomado el caso.


Cuando Jeanne supo de la muerte de su madre y padrastro, creyó ahogarse en una mezcla de dolor e ira, y es que si bien nunca fue buena para gestionar sus emociones, ya que ni siquiera se permitía expresar afecto, esto estaba más allá de todo lo experimentado. Dejando atrás sus resguardos, tomó el pasaporte que ocultó de Nicolás, salió del departamento aún siendo de madrugada y cargando únicamente una maleta de mano. El sentimiento de frustración se comenzó a transformar en un volcán a punto de entrar en erupción en su pecho.

Le gritó a la mujer que le vendió el pasaje hacia Francia por su lentitud en atenderla, y empujó a otra que arrastraba un cochecito como si estuviera de paseo en un parque. Mientras aguantaba las ganas de correr hasta la puerta de embarque, recordó lo ocurrido con Nicolás la noche anterior.

-Te dije que borraras tus huellas, esa perra no tiene alma. Lo que pasó es tu culpa, debiste haber cazado a Charlotte con un seudónimo, te creía más inteligente.

El hombre calló cuando debió esquivar un pesado jarrón que iba directo a su cabeza.

-¡Maldita puta loca!- se acercó intentando agarrarla para evitar que llegara a la cocina. Recibió una patada en la entrepierna. Cuando le dio alcance, un cuchillo se apoyó en su pecho -Sí sales de aquí, olvídate de mi protección- escupió con rabia - Olvídate del dinero… ¡Olvídate de todo, maldita sea! ¡Puta mal agradecida!

-No será difícil- le contestó llena de odio -Ni siquiera eres bueno en la cama- empujó el cuchillo -Déjame pasar o te rebano.

-Si pones un pie fuera de aquí, tu cabeza tendrá precio- sonrió maligno -Y la de tu hermana, también… Con la Polignac detenida, sólo yo sé de ella… -calló cuando el cuchillo le cortó la mejilla -¡Maldita perra!- gritó entre alaridos de dolor.

Jeanne, aprovechando la debilidad transitoria del hombre, a empujones lo llevó hasta el baño y lo encerró. Mientras la puerta era aporreada con puños y pies, arrojó algunas cosas de valor a la maleta y salió corriendo de ahí.

Después de un par de whiskies se sintió más tranquila, e ignorando la mirada de reproche de la azafata, pidió un tercero. Tentada estuvo de tomar una pastilla para dormir, pero, conociendo lo vengativo y ruin que era Nicolás lo desestimó. Desde ese momento, y más que nunca, debía estar completamente alerta. Cerró los ojos cuando el avión despegó.

El aire parisino le provocó náuseas. Odiaba el país que sólo le recordaba lo miserable de su vida. Con esfuerzo evitó mirar con desprecio a la policía del control de inmigración, pues se suponía que era de nacionalidad italiana. Sonrió con sorna cuando le hablaron en su supuesta lengua, y casi le arrancó de las manos sus documentos a quien la controlaba.

Se sentía tan fuera de sí que estaba haciendo todo sin resguardos, aunque en realidad eso tampoco le importó. Tras la ventana de un taxi observó lo que quedó de la casa en donde creció. Un regusto amargo se le instaló en la boca. Con un gruñido le indicó al chofer la próxima dirección de destino. Allí, sentada en una cafetería, esperó durante horas a que Rosalie saliera o entrara de su trabajo. No tuvo éxito, la joven había desaparecido.

Esa noche, en la lujosa habitación de hotel que alquiló, buscó en internet la prisión en que estaba recluida la mujer que juró destruir. Sonrió al encontrar, además, el día fijado para la audiencia en la corte: faltaban un par de semanas. Con esa información, su cabeza comenzó a fraguar un plan. Cuando se durmió, lo hizo como un niño que sabe cercana su fiesta de cumpleaños.


Julie Polignac siempre pensó que al llegar su hora de morir sentiría terror. Sí, era casi ilógico, pues considerando el tipo de "profesión" que llevaba, alguien tan ligada a la violencia y con tan poco amor por el prójimo, era de esperarse otra reacción, pero no, le aterraba la posibilidad de sentir dolor.

Con eso en mente, observó el prendedor en forma de rosa negra que su abogado ingresó a la prisión, junto con la ropa que usaría para su formalización. Vestida con un elegante traje de dos piezas de color gris y una blusa blanca, todo de diseñador, por supuesto, se calzó los zapatos de tacón y esperó a que su custodia la esposara nuevamente. En el largo pasillo que la llevaría al exterior, sintió que las piernas le fallaban, pues pese a que firmó su sentencia al asesinar por iniciativa propia, y sin que le temblara la mano, aún no se sentía preparada para rendir cuentas.

Pidió a su custodia que la acompañara al baño aduciendo dolor de estómago. La guardia, que apenas la toleraba, pues todos sabían la naturaleza de sus crímenes, a regañadientes la llevó y le quitó las esposas advirtiéndole que, cualquier movimiento sospechoso, terminaría de mala manera para ella. Al cruzar la puerta del sanitario, lo primero que vio Julie fue a una mujer vestida igual que ella, incluso usando el mismo prendedor.

Pensó en su hija y sonrió, ya estaba vengada. Alzó el mentón sintiendo una inusitada valentía y dijo:

-Que sea rápido.

La desconocida, haciendo caso a la petición, le rebanó el cuello con un rápido movimiento y salió del baño como si nada. En el pasillo, extendió los brazos a la guardia que la esperaba para esposarla. Ambas mujeres se alejaron rumbo a los estacionamientos.

-o-

Jeanne miró su reflejo en el retrovisor, repasó su labial rojo y ajustó sus gafas Prada. Acto seguido, metió un arma en su fino bolso de mano y bajó del automóvil. Cada una de sus pisadas era firme, los stilettos de tacón dorado destellaban. Sí, ella había nacido para el lujo. Vestida de negro impoluto se dirigió a la entrada de tribunales, cerca de la prensa y se mezcló con el tumulto.

I've seen that look in your eyes
It makes me go blind
Cut me deep, the secrets and lies
Storm in the quiet
Ooh, ooh, ooh
Ooh, ooh, ooh

Cuando el automóvil de gendarmería se detuvo, periodistas y curiosos se abalanzaron intentando traspasar el cordón de seguridad, ávidos por obtener la mejor fotografía de la infame "Madame", apodo con el que la prensa la bautizó. El tumulto dificultando la tarea de la policía destinada a custodiar uno de los procesos más bullados del último tiempo. Políticos y empresarios ligados a la ahora famosa proxeneta y traficante de personas. Una de las puertas del vehículo se abrió y un guardia bajó con las manos alzadas.

-¡Bomba!- fue lo único que dijo

El caos fue terrible. Jeanne quedó con el arma apuntando al automóvil, ocupado sólo por un chofer que temblaba aferrado al manubrio. El guardia custodio, ya estaba de rodillas siendo interrogado por la policía.

Feel the fury closing in
All resistance wearing thin
Nowhere to run from all of this havoc
Nowhere to hide
From all of this madness, madness, madness
Madness, madness, madness

-¡Atrás! ¡Protocolo de emergencia!

Aún con el arma a descubierto, Jeanne buscó la voz que destacaba por sobre el caos: una mujer alta y delgada, de largo cabello rubio, vestida con un ajustado pantalón oscuro y blusa gris, gritaba a todo pulmón órdenes a quien se le cruzaba. Cuando sus miradas se encontraron, ambas perdieron la respiración por segundos. Se reconocieron de inmediato. Por instinto Jeanne dirigió su arma hacia Oscar, al tiempo que esta levantaba la propia y le apuntaba de regreso.

-¡Jeanne¡ ¡No lo hagas!

La voz de Rosalie, distrajo a ambas mujeres.

-¡Todos al piso! ¡Arma!- gritó Alain apuntando a Jeanne.

Feel the fury closing in
All resistance wearing thin
Nowhere to run from all of this havoc
Nowhere to hide
From all of this madness, madness, madness
Madness, madness, madness

Tras esa alerta, la poca gente que aún no era evacuada corrió despavorida. Girodelle comenzó a organizar la custodia del automóvil en espera del escuadrón de la RAID, pues el piloto portaba un cinturón cargado de explosivos.

Todo estaba fuera de control y sólo se escuchaban gritos. Jeanne, aprovechando la revuelta, corrió como alma que lleva el diablo.

-¡Alain, quedan a orden de Yusúpov!- gritó Oscar antes de correr tras Jeanne con el arma en la mano, y al ver llegar los vehículos de la RAID,.

Bernard, que estaba ahí como periodista, se preocupó de todo lo relacionado con la bomba; comenzó a disparar su cámara abstraído del resto del mundo. Rosalie, por su parte, estaba en el lugar a escondidas de su novio y casualmente muy cerca de donde estuvo Jeanne; intentó ir en busca de su hermana, pero, antes de dar un paso, fue metida a la fuerza en una camioneta. Desapareció del lugar sin que nadie reparara en lo ocurrido.

Nowhere to run
(Ooh, ooh, ooh)
There's nowhere to hide
This is madness, madness, madness
Madness, madness, madness
Madness, madness, madness

Continuará…


Ufffffffff me cansé con la adrenalina! Y, digamos que también con la montaña rusa jajajaja varias cosas pasaron… ¡No me odien!

Para no quitarles tiempo, les cuento de inmediato que la banda sonora estuvo compuesta por, primero, Alice Wonder y su temazo "Bajo la piel" … es desgarrador, no dejen de oírlo. El segundo tema, es de Ruelle y se llama "Madness", creo que crea la atmósfera perfecta para la mansa "cagaita" que quedó. XD.

Queridas lectoras y amigas, mil gracias por seguir leyendo esta historia, sé que los giros no son el camino de rosas y corazones que a veces se espera, por lo que valoro más el hecho de que continúen acompañándome. Gracias, de corazón, por cada review, cada idea, cada palabra de ánimo… ¡por todo! Son las mejores lectoras que uno pudiera querer. Y, ya saben, lo usual, si les gustó o no… aprieten el botón de review (eso si, las papas con Gillette y los tomates, por inbox jajajajajaaja ¡¿ya?l como dice Krimhild), como incentivo les cuento que ya está casi listo el Cap 15, así que... hagan su magia.

Mil gracias a mis betas Krimhild y Cilenta79, el camino de los hombrezuelos, licor y coshinadas es siempre más entretenido con ustedes. ¡Un abrazo!