Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Piedra en el camino
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Nunca te detengas ante una piedra en el camino, piensa mejor que si ésta te impide caminar, es porque en algo importante tienes que pensar.- Anónimo.
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Shirayuki soltó un largo bostezo y se sonrojó al recordar que, en esta ocasión, a diferencia de lo que ocurría siempre, no estaba sola en la biblioteca. Miró de reojo al hombre que estaba de pie a unos metros de ella, ocultando su cara en el libro que estaba leyendo para no ser descubierta.
—¿Busca algo, Señorita?— se sobresaltó al oír de repente la voz del susodicho y se ruborizó violentamente al verse descubierta husmeando donde no le correspondía.
—N-no, no es nada, lo siento— se apresuró, solo para enterrar nuevamente el rostro en el libro sobre Hongos venenosos, parte especial, que estaba leyendo antes de distraerse.
El sonido de una sonrisa llegó a sus oídos a través del eco de sus pensamientos, lo que hizo que tuviera que mirarlo de nuevo.
—No tiene de qué avergonzarse, Señorita —comentó él, Obi, como el Rey le había nombrado y como él mismo se había presentado posteriormente —, es normal que esté agotada; ha pasado la mañana entera estudiando, después de todo.
—Eso mismo podría decirte yo a ti, ¿no crees? —Bajó el libro a su falda, de pronto demasiado seria. La sonrisa floja de Obi se desarmó—: Has estado allí de pie el tiempo que yo llevo aquí, ¿cierto? ¿No estás cansado?
Él tardó solo un segundo más de lo habitual en reaccionar, desconcertado ante la pregunta de la chica a la que tenía que cuidar por encargo de su Señor Zen.
—N-no se preocupe por ese tipo de cosas, Señorita— soltó él, risueño, luego de una pausa que pasó desapercibida—; yo estoy aquí para ser su compañía, no para estar descansando…
Entonces ella frunció el ceño. ¿Que no se preocupara? ¿Cuánto tiempo habían estado allí? ¿Tres, cuatro horas? ¿Cómo iba a no preocuparse? Si bien es cierto que ella misma no había dicho palabra al respecto durante toda la mañana, no había podido concentrarse debidamente en los hongos venenosos, no solo por el hecho de haber otra persona ahí mientras estudiaba, cuando estaba acostumbrada a la soledad de la biblioteca –porque no es que la paz y la tranquilidad de la misma se viera interrumpida con su presencia; él podía ser tan silencioso como un gato flojo-. Simplemente no podía estar bien con eso.
De un solo movimiento, cerró de golpe el libro sobre su regazo y, con una expresión solemne en el rostro, se levantó. Obi pestañeó ante el gesto y la siguió con la mirada hasta que se detuvo a unos metros de distancia. Entonces, solo cuando fue capaz de verle la espalda –esa pequeña espalda que no parecía ser más ancha que la de una gallina-, ella habló:
—Si así es como van a ser las cosas, entonces sígueme, vamos a comer algo— y volteó el rostro, mirándolo por sobre su propio hombro y sonrió, para luego echarse a andar nuevamente hacia la salida.
Obi se paralizó en un sitio ante esta ¿orden?, ¿podía siquiera llamarse así? La formuló como si fuera una, pero no se sentía, en absoluta como si lo fuera. Era más como una invitación. Es más, casi podía apostar que, de ser por ella, no habría salido de la biblioteca sino hasta que la llamaran para el almuerzo, y que si había decidido ir a comer algo era, precisamente, porque él estaba ahí.
Contrariado, se llevó la mano izquierda al hombro opuesto y tras un leve suspiro, la siguió, no sin antes esbozar una casi imperceptible mueca risueña en su rostro.
Esa chica era interesante.
No había parado de repetírselo una y otra vez en toda la semana que llevaba siendo su escolta en el castillo de Tanbarun. Tan solo la primera vez que la vio, cuando el Rey lo presentó como el caballero de confianza del Príncipe Zen, él le sonrió como lo habría hecho en cualquier otra situación y, para ser sinceros, esperó que ella respondiera de igual forma; una reverencia y una sonrisa de cortesía. No era de esperar que reaccionara de otra forma, es decir, él simplemente era un sirviente del Príncipe de Clarines, quien, dicho sea de paso, estaba interesado en llevársela a su castillo; él hubiese hallado normal que se mostrara indiferente hacia él tanto como emocionada por su viaje.
Pero lo que ocurrió fue casi lo contrario; la vio palidecer primero y apretar los puños después, para, finalmente, sonrojarse por completo hasta el punto en que únicamente sus ojos verdes eran como dos luciérnagas en el fondo homogéneo que eran su rostro ruborizado y su cabello corto.
—Es un placer conocerla, Señorita. Vamos a llevarnos bien.
—Uh, sí— balbuceó—. Estoy a tu cuidado.
Recordaba haberla mirado entonces y haber encontrado frente a él una sonrisa genuina, como si le dijera con los ojos 'me agrada conocerte', más allá de su cargo y su función. Y eso, eso solo lo había visto antes en una persona.
Y no pudo evitar sonreír ante el recuerdo.
Quizás el Maestro Zen sí hubiese puesto los ojos sobre una buena chica, después de todo.
—Cuéntame de ti, Obi— la voz de la pelirroja lo sacó de su transe y la pregunta le tomó por sorpresa.
—¿De mí?— Se apuntó a sí mismo con el dedo índice, extrañado, como si en realidad no pudiese creer que se tratara de él—. Vaya, Señorita, ¿y por qué quiere saber de mí?
—Bueno, si estarás conmigo otras tres semanas antes de partir, entonces es lógico que quiera saber quién estará cuidando de mí, ¿no es verdad?— respondió ella, como si fuese la obviedad más grande del universo.
Él la miró con los ojos abiertos, descolocado y repentinamente nervioso. Se echó para atrás, apoyándose en el respaldo de la silla en la que se encontraba comiendo bocadillos frente a ella y se llevó las manos a la nuca.
—¿Qué podría contarle a La Señorita sobre mí?— preguntó más bien al aire que a alguien en especial—. Oh, qué avergonzado me siento, ¿por dónde debería empezar?
Verlo bromear con la situación y balancearse en las patas traseras de la silla, como si aquello no fuese realmente importante, en lugar de responder seriamente a su pregunta, de alguna forma le hacía sentir tranquila. Era extraño, pero si Obi debía estar con ella por ser la persona de confianza del Príncipe de Clarines, al menos esperaba que se sintiera en confianza con ella, más que verla como una obligación. Y al parecer, por su comportamiento, no iba por mal camino con eso.
Sonrió con la taza de té entre sus dedos.
El moreno detuvo su balanceo al verla sonreír de la nada, y en un arrebato de ve-tú-a-saber-qué, decidió que aquella era la sonrisa más bella del mundo. Se llevó una mano al rostro ante el alcance de aquel pensamiento; él conocía gran parte de ese mundo, había visto mucho y había conocido a mucha gente.
—¿Sabes, Obi?— habló ella de pronto, volviendo a llamar su atención—, no deberías balancearte en la silla de esa manera, puedes caerte.
—Oh, Señorita, no se preocupe por eso— le respondió, risueño—; el Amo Zen también me dice eso a menudo, pero en realidad soy muy ágil, ¿ve?— y acto seguido, se puso de pie sobre la silla y la balanceó sobre solo una de sus patas y no contento con eso, tomó una de las tazas vacías y la equilibró sobre su nariz.
Su risa llenó sus oídos como si fuese el cantar de una sirena; hipnótico y adictivo. Por un instante, Obi permaneció pendiente del efecto que causaba en su pecho, lo que fue más que suficiente para hacer que perdiera la concentración, y con ella, el equilibrio. Shirayuki vio cómo en un parpadeo, su guardaespaldas estaba jugueteando sobre una silla, y al siguiente, se encontraba sentado en el suelo y con una mueca que reflejaba el impacto del golpe, al mismo tiempo que atrapaba la taza que había salido despedida por los aires.
—¡Dios santo, Obi! ¿Te encuentras bien?— se levantó de un brinco de su asiento y se apresuró a arrodillarse junto al caballero, olvidando por completo la silla que yacía a un lado.
—No se preocupe, Señorita— trató de sonreír el hombre con dificultad—, la taza no se ha roto— la tranquilizó, enseñándole la porcelana intacta.
—¡Qué importa la taza!— protestó ella, molesta, quitándole el objeto de las manos y dejándolo a un lado— ¿Te hiciste daño?
Él tardó un poco en reaccionar, descolocado por la reacción de la pelirroja e, inconscientemente, se llevó la mano izquierda al hombro derecho.
—N-no, no me he hecho daño— murmuró como un niño reprendido.
—¿Seguro?— y centró aún más sus ojos verdes en él.
—Uh, mhm— y asintió para acompañar su afirmación.
—¡Qué alivio!
Solo entonces, sus hombros parecieron relajarse y su expresión seria y preocupada se transformaron en una sonrisa de alivio. Obi se atragantó con el aire que respiraba.
—De todos modos— comentó de nuevo—, prefiero que te tratemos ese golpe antes de que se te inflame.
Y antes de que él pudiese abrir la boca para protestar, Shirayuki se puso de pie y tomó su codo para tirar de él para que la siguiera a su habitación, donde ella guardaba un ungüento para prevenir moretones que ella misma había hecho con hierbas con propiedades desinflamatorias.
Ella tomó su mano y lo arrastró tras de sí por los pasillos del palacio de Tanbarun, y él se dejó guiar, como un muñeco, por aquella chica pelirroja a donde sea que ella quisiera llevarlo. Ni siquiera se cuestionó el destino y únicamente tomó conciencia de ello cuando comenzó a reconocer los pasillos residenciales del castillo, y aún más, cuando se vio frente a la puerta donde la había esperado para acompañarla la semana entera.
—Yo, uhm— se detuvo, zafándose con un movimiento rápido del agarre de la chica sobre su mano.
Shirayuki, que estaba a punto de girar el pomo de la puerta –de la puerta de su propio dormitorio-, también se detuvo en reacción y volteó hacia él.
—¿Qué ocurre?— le preguntó con la puerta a sus espaldas.
—No creo que corresponda que entre en la habitación de La Señorita— respondió, desviando la mirada a su cuadrante superior derecho, como si su conciencia se encontrara flotando precisamente en ese lugar y estuviera manteniendo una conversación con ella en ese instante.
—No creo que este sea el momento para preocuparse por ese tipo de cosas— rezongó por su parte, testaruda.
—Aun así…
Shirayuki dejó escapar un sonoro resoplido y junto a él, se llevó las manos a las caderas. Luego, dejando caer los brazos a los lados, vencida, se dio la vuelta para entrar a la habitación, y tras haber desaparecido por el umbral por lo que a Obi le pareció un tiempo más bien prolongado, ella volvió a emerger con un frasco que le cabía en la palma de las manos.
—Ten— le dijo al tiempo que le tendía el recipiente que llevaba.
—¿Y esto, Señorita?— le preguntó, mirando el frasco que, de pronto, parecía demasiado pequeño entre sus manos. Lo abrió. Dentro, había una pasta espesa color blanco cristalino.
—Es para los moretones. Aplícalo con generosidad antes de dormir.
Él miró el frasco detenidamente. La verdad era que sería difícil colocárselo él mismo en la parte en que se había golpeado al caer, pero al menos había logrado que ella desistiera de hacerlo. No es que tuviera especial pudor con las mujeres, en absoluto, pero no se sentía del todo honesto si se trataba de esa chica en particular.
De todos modos, cerró el puño en torno al ungüento y lo guardó en el interior de su túnica.
—Muchas gracias, Señorita— sonrió.
—No es nada.
Sin embargo, lejos de marcharse cada quien por su lado, Shirayuki quedó de pie en su sitio y Obi, en vista de que ella no parecía tener intensiones de moverse, se quedó también ahí, con las rodillas flojas y la mano izquierda sobre su hombro derecho.
No es que tuviera especial repaso con los modales y las maneras, es más, era bien poco lo que dominaba de ese asunto, pero si algo sabía, era que no sería adecuado marcharse hasta que La Señorita se diera la vuelta primero y entrada de nueva cuenta a su habitación. Tampoco estaba seguro de querer marcharse antes.
Por su parte, ella se le quedó viendo de una manera que Obi no pudo descifrar. Era como si lo perforara suavemente con la mirada, de una forma que ni siquiera la sentía. ¿Qué tanto lo estaría viendo con esos ojos verdes? Por un instante, se preguntó qué sería lo que ameritaba que ella colocara así su atención en él, y se sorprendió a sí mismo esperando que fuese algo bueno. Sacudió la cabeza mentalmente para desprenderse de ese tipo de pensamientos involuntarios.
—Uh, ¿necesita algo más, Señorita?
—¡No, no! No es nada— espabiló ella—. Solo estaba pensando que… finalmente, jamás me contaste nada sobre ti.
Oh, eso.
Obi se llevó una mano a la cabeza, contrariado. No es que estuviera evitando el tema, pero lo cierto era que esperaba no tener que volver sobre ese tema.
—Ya habrá otra ocasión— propuso.
Shirayuki nuevamente puso su mirada sobre él, como si estuviera registrándolo, buscando algún atisbo de mentira en él. Y durante todo el tiempo que duró su examen, hubo completo silencio.
—Sí.
—¿Eh?— confuso.
—Ya habrá otra ocasión; tendremos mucho tiempo para conocernos, después de todo.
Le sonrió ampliamente, de aquella forma en que le habría sido imposible negarse. Claro, de haber podido hacerlo, porque había sido enviado a Tanbarun para complacer a la Señorita Shirayuki, así que si ella quería que se diera tres vueltas en el aire, tres vueltas en el aire daría.
Solo que aquella no era una orden. Le estaba dando su espacio, como si fuera un hombre más del pueblo. Era, prácticamente, como si le estuviera preguntando '¿quieres pasear conmigo mañana?'. Y él, ciertamente, jamás había sido capaz de rechazar a una mujer bonita. Mucho menos a una tan bella como esa.
Se sonrió de solo pensar en sus malos hábitos. Los mismos que el Amo Zen había estado intentando quitarle desde que se puso a su servicio, como por ejemplo, aquel de cubrirse siempre el rostro, cosa que el Príncipe desaprobaba por completo, porque lo hacía lucir sospechoso, o eso se andar metiéndose en peleas callejeras sin motivo plausible. Entonces, pensó seriamente que este podría ser un nuevo hábito que Su Alteza, sin duda, censuraría.
—Como la Señorita lo desee— respondió, complaciente, reverenciándose como el caballero que era, pero que jamás se imaginó que sería.
Ella le devolvió una sonrisa, aún sin gustarle del todo esa forma de responder, pero apreciando la diferencia a cómo lo había hecho esa misma mañana cuando decidió que irían a comer. Y aunque entendía perfectamente que él, como sirviente del Príncipe, debía guardar ciertos reparos en sus maneras, parecía estar venciéndolas de a poco; no era tan necesario el protocolo cuando solo eran ellos dos, ¿cierto? Sentía como si ya estuviera llevándose mejor con él, y eso le alegró.
—Seamos amigos— le dijo, estirando su mano derecha hacia él.
Obi se le quedó mirando como si su pequeña manito tuviese alguna significación especial, y lo cierto era que no estaba tan lejos de ser verdad. ¿Cuántos años se suponía que tenía esa chica? ¿Seis? No pudo evitar manifestar en su rostro la gracia que le hacía aquello. ¿Decretar la amistad así como así? ¿Enserio? Sin embargo, en el fondo, lo encontró como un acto completamente encantador.
E interesante.
Resignado, y relajando su postura, le sonrió, conforme y procedió a estrechar su mano con la de ella.
—De acuerdo.
Solo entonces, el lazo se consideró sellado y Shirayuki, conforme, se dio la vuelta para disponerse a entrar en su dormitorio para, un segundo antes, ya con la perilla en la mano, voltearse un poco y despedirse de él con la otra, en un movimiento corto y sencillo y una sonrisa en el rostro.
Obi correspondió el gesto con la palma y sus cinco largos dedos entendidos a un lado de su hombro, por reflejo. Luego, cuando tuvo frente a él la puerta cerrada de la pelirroja a la que debía cuidar, con una inhalación, se llevó la mano al hombro contrario.
Exhaló.
Vaya, tal vez esa tarea sería más difícil de lo que pensó.
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¡Uff! ¡Al fin pude volver a actualizar! Tuve un término de semestre difícil y tenía que encarrilarme bien con el siguiente antes de lanzarme a publicar de nuevo, pero aquí estoy.
Lo hice con mucho cariño y esfuerzo, por favor, díganme qué les parece.
