Disclaimer: Akagami no Shirayuki Hime no me pertenece.


Pensamientos confusos

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Una mente confusa es la que esta abierta a la posibilidad del cambio.-Eric Weiner.


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Amo, ¿será que el maestro Mitsuhide y la señorita Kiki tienen algo?

El del pelo plateado se le quedó mirando por sobre la bruma que inundaba todo el cuarto de baño debido al agua caliente.

¿Eh?— preguntó, alzando una ceja—, ¿por qué me preguntas eso?

Porque se ve, desde hace unos días, que han estado actuando extraño, ¿no cree?

¿Extraño?— pareció pensarlo, mirando hacia arriba—, no sé a qué te refieres, Obi.

Ya sabe, Amo: no paran de mirarse, ¡se miran todo el tiempo! Y el maestro Mitsuhide parece más nervioso de lo usual— hizo una pausa—, ¿usted cree que ya hayan concretado algo?— preguntó con fingida alarma en su voz.

Zen se sobresaltó, salpicando un poco de agua y ruborizó.

¿¡P-por qué yo tendría que saber algo como eso!?— le contestó indignado y volteó el rostro—. No es que ellos me hablen de ese tipo de cosas, tampoco.

A los pocos segundos, Obi llenó la habitación con una carcajada que no hizo más que avergonzar al príncipe y que éste enrojeciera aún más, si cabía.

Zen gruñó, irritado y avergonzado. ¡Cómo odiaba que Obi se burlara de él solo porque era más grande! Él siempre era así, siempre parecía tan despreocupado, tan alegre, tan atolondrado. Pero no. Sabía bien que su mensajero personal no era para nada como aparentaba ser, que aunque siempre circulaba con aire patiperro y distraído, Obi en realidad era meticuloso y observador. Y cuando la situación lo ameritaba, hasta letal.

Dejó escapar un bufido ante la idea.

Recordaba bien la ocasión en que se enfrentaron únicamente ellos cuatro a un grupo de bandidos en las cercanías del Fuerte de Laxdo. Obi había demostrado ser un buen peleador y un hombre de fiar.

Era como una bala al aire: peligrosa y alocada.

Se acomodó contra la pared de la bañera con aire pensativo, pasando por alto, por un momento, que no se encontraba solo ahí. Un pensamiento fortuito le estaba molestando.

¿Sería que Obi se estaba forzando en parecer despreocupado? Nadie que tuviera esa capacidad de observación y análisis podría ser realmente así de frívolo, ¿cierto? ¿Entonces, por qué? Era cierto que cuando lo conoció, el moreno se dedicaba a realizar distintos trabajos esporádicos de dudosa legalidad para distintas personas; sería lógico asumir que para eso hacía falta, como requisito de la esencia, no formar lazos –de cualquier tipo- con nadie y no estar mucho tiempo en un solo lugar.

¿Acaso él había tenido un vínculo con alguien alguna vez?

Pensar que no era así le llenaba de una sensación de desazón que le molestaba y entristecía en partes iguales. Él mismo había carecido de estos lazos por mucho tiempo -¡si hasta con Mitsuhide le había costado establecer buenas relaciones!-, y ahora que los tenía, se veía incapaz de permanecer sin ellos un solo segundo. Él no quería eso para nadie. Mucho menos para quien consideraba uno de sus amigos.

¿Sabes, Obi?— comenzó el albino, elevando la mirada al techo—. Si ese fuera el caso, y Kiki y Mitsuhide…tuviesen algo…

¿A qué te refieres con "algo", Amo Zen?— le interrumpió el mayor, levantando la mano, como si realmente hubiese tenido la intención de esperar a que le dieran la palabra como todo buen estudiante, y fingida inocencia.

¡Cállate!— le gritó en respuesta, más por reflejo que porque de verdad deseara que guardara silencio—. Ejem…bueno, eso; no me molestaría. Es decir, incluso cuando no sea entre ellos, si eso les hace felices, entonces estará bien para mí, también.

Qué comprensivo, Amo— musitó el otro con la mirada en el vacío, como si hubiera perdido el interés en la conversación.

Y eso te incluye a ti también, Obi.

En respuesta, el aludido giró el cuerpo completo havia él, sorprendido por la declaración de su señor. Aun habiendo pasado un par de segundos, Obi solo se veía a sí mismo capaz de mirarlo, con sus ojos de irises doradas abiertos de par en par y boqueando como un pez fuera del agua, a pesar de estar, de hecho, en una bañera, imposibilitado de articular una sola palabra coherente.

¿E-eh?

Zen se carcajeó en respuesta.

Deberías ver tu expresión.

No juegues conmigo, Amo— rezongó el otro.

No estoy jugando, Obi— siguió riéndose el más joven—; estoy hablando muy en serio— hubo una pausa—. Si hay algo en este mundo que ye haga feliz, quiero que lo persigas, aunque eso te lleve a separarte de nosotros.

¿Tanto quiere que me aleje de ustedes, Amo?

¡No seas tonto!— le corrigió con el entrecejo junto—. ¡Claro que me gustaría que te quedaras con nosotros para siempre, no por nada te considero mi amigo! Y como te considero mi amigo, no quiero que sufras; no quiero ser un obstáculo para que seas feliz.

Tras eso, Zen sonrió. Tan genuinamente que, por una fugaz fracción de segundo, el corazón de Obi se saltó un latido doloroso.

¿Qué es lo que acababa de suceder? ¿Qué es lo que acababa de decirle? Por alguna razón, no podía sentirse feliz con eso, era, más bien, como si aún no hubiese terminado de entender lo que significaba. Como si aún estuviera uniendo las letras para hacer sílabas y luego palabras.

Entonces no había comprendido el verdadero alcance de sus palabras.

Amo, si me dice eso ahora, cada vez que piense en ello, lo recordaré a usted desnudo.

¡Cállate!

Obi pegó un respingo que casi lo hizo caer de la rama del árbol de manzano en que se encontraba echado tomando una siesta. Una vez que se enderezó, pudo ver cómo, desde el suelo, unos ojos verdes le sonreían abiertamente.

—¡Obi!

Shirayuki lo miraba desde el piso, risueña. De seguro había presenciado cómo había perdido el equilibrio –que era tan perfecto como el de un gato callejero- y estaba intentando reprimir una carcajada de la gracia que le había causado.

No pudo evitar sentirse un poco avergonzado por eso y, como por reflejo, se llevó una mano al hombro contrario. Luego, se fijó nuevamente en ella; abrazaba un grueso volumen de lo que seguramente sería alguna enciclopedia especializada sobre las hierbas que sirven para curar ve-tú-a-saber-qué.

—Ah, señorita, buenos días— saludó, cayendo en la cuenta de que se había mantenido en silencio.

—¿Te desperté? Lo siento.

—Uhm, no, nada de eso— murmuró. Acto seguido, bajó del árbol—, ¿estaba leyendo?

Ella asintió.

—Estaba buscando un buen lugar para estudiar, ¡el día está demasiado lindo como para permanecer dentro! Y te vi. Iba a llamarte, pero estabas durmiendo, y te veías tan a gusto que me dieron ganas de quedarme.

—Debió haberme despertado, señorita— rezongó él, un poco molesto—, ¿dónde se ha visto que el guardaespaldas duerma la siesta mientras la señorita lo vigila?

—¡Nada de eso! Con esl solo hecho de que estés cerca, ya me siento bien.

Y con eso, con la forma en que le sonrió ella entonces, sintió que el corazón se le detuvo.

—Además, ¿cómo podría haberte despertado, así, sin más? Parecías estar tan a gusto, ¿estabas teniendo un buen sueño?

Obi dio un salto, dándose cuenta por primera vez en toda esa conversación de que, si había estado durmiendo, probablemente también hubiese tenido un sueño, ¿qué habría estado soñando? ¿habría sido un buen sueño?

—¿Quién sabe?— respondió al aire, sin saber exactamente si le estaba respondiendo a ella o a la pregunta que se estaba formulando a sí mismo en su fuero interno.

Era extraño. Era como si, por alguna razón, el recuerdo de su sueño se hubiese desvanecido por completo de su memoria; un espacio totalmente en blanco, pero al mismo tiempo, tenía la sensación de que sabía perfectamente de qué se trataba su sueño, o más bien, con qué episodio de su vida había estado soñando. Era una sensación difusa, pero tenía el pecho colmado de un sentimiento nostálgico que le decía que, sin lugar a dudas, era un buen recuerdo.

Era como no recordar cómo iba la fábula, pero saberse la moraleja. Sí, tenía que ser por eso, porque la sensación de satisfacción que tenía en el pecho, que subía por la boca de su estómago, era una prueba fehaciente. Había sido un muy buen sueño.

—Quizás sí lo fue— y acabó por soltar una pequeña mueca diluida en flojera al aire.

—Me alegro.


A pesar de que los jardines del Palacio de Tanbarun eran francamente maravillosos, a la señorita Shirayuki le encantaba pasear por los bosques aledaños al pueblo. Obi se extrañó por eso de primera cuenta, pero luego de saber la razón, no pudo más que encontrarle todo el sentido del mundo.

Allí crecían hierbas medicinales que no podía, de manera alguna, cultivar en el castillo.

Una vez allí, Obi se sorprendió al notar que se desenvolvía demasiado en ese entorno como para solo visitarlo en contadas ocasiones, sino que la chica parecía saberse de memoria todos los rincones, recovecos y atajos existentes en el bosque, a tal punto que parecía que ella las hubiese diseñado a su santa voluntad.

Fue Shirayuki misma quien, con una sonrisa melancólica en el rostro, le contó mientras cabalgaban en el mismo caballo hacia las afueras del pueblo, que antes, ella vivía en lo que antes era un pequeño bar de los tantos que había esparcidos por la ciudad, y que, como vivía sola, podía ir y venir todo lo ancho y largo que tuviera el bosque cada vez que ella quisiera.

Desde que se había mudado al palacio, sin embargo, era mucho más difícil salir. Estaba más lejos, eso era un gran punto en contra, y también estaba el hecho de que no podía, por exclusiva petición del Rey, salir del perímetro del terreno del palacio sin escolta, y ese era un inconveniente determinante, porque ella, siendo como es, no le pediría a ninguno de los guardias o sirvientes del palacio que dejaran de lado sus obligaciones solo por acompañarla.

Claro, el Rey lo hacía por su seguridad, no porque tuviera particular deseo de mantenerla en las inmediaciones de su castillo. Era de dominio público los problemas por los que había tenido que pasar la pobre aprendiz de herbolaria, debido al curioso color de su cabello, en ese entonces, largo hasta la cintura.

Especialmente a manos del propio primer príncipe del Reino de Tanbarun.

—¿Por qué? Una chica como usted habría de estar viviendo sola, señorita?— le preguntó Obi, sentado sobre la rama de un árbol, observando cómo la pelirroja revisaba las hojas de una extraña flor de pétalos azules que crecían cercanas a su tronco.

—No me quedó otra opción luego de que mis abuelos murieran— aplicó ella, como si le contara que ya estaba comenzando la primavera.

Durante todo el tiempo que pasaron recorriendo el bosque, que fácilmente pudo haber sido un día entero –ya que salieron a media mañana y, si no se daban prisa, el crepúsculo les caería encima en el camino de regreso-, Shirayuki le contó cómo es que su padre, hijo de una familia de humildes aristócratas, se había enamorado de la prometida de su tío y cómo, al huir juntos, ambos quedaron automáticamente expatriados de la familia, privados de todos sus derechos de sucesión y obligados a vivir lejos. También le contó que, al nacer ella, sus padres la enviaron con sus abuelos paternos debido a la inconveniencia y los peligros que conllevaba tener a un bebé sin un lugar adecuado para criarlo.

Obi oyó a la pelirroja contar su propia historia como si estuviera relatándole un cuento de hagas a un niño pequeño que busca conciliar el sueño; tenía una voz suave y melodiosa. Casi como un arrullo.

—Pero, ¿sabes?— se interrumpió a sí misma Shirayuki, llamando la atención de su oyente—, lo vi una vez, cuando era pequeña, en el bar. Y otra vez, hace unos pocos meses— entonces, sonrió abiertamente—, fue de casualidad, ¡pero estaba tan nerviosa!— se ruborizó—, pero me reconoció en un instante.

El moreno la contempló. Sonreía para sí misma, como si de pronto algo le hubiese hecho tremendamente feliz, como si ese algo fuera algo que le avergonzase. Tenía una sonrisa maravillosa. Obi no podía quitar su mirada ambarina de ella. Y una sonrisa involuntaria se formó en sus labios.

—Debe ser un gran hombre— comentó con calidez.

—Sí, lo es.

Shirayuki montó tras él en el caballo de vuelta al palacio. La pobre estaba agotada. Llevaban las bolsas laterales de la silla repletas con distintos tipos de plantas; de todos los olores, colores y formas, y ella las había recolectado todas prácticamente sola. Pensó que, definitivamente, tenía que aprender a reconocerlas para serle se ayuda la próxima vez, y se sonrojó leve y fugazmente por ello.

A sus espaldas, ella apoyó la frente en su columna y lo rodeó con sus manos pequeñas y cálidas, pero que él sintió que le quemaban como si fuera una marca para ganado. Sobre la misma, hizo que el caballo redujera la marcha, no porque él deseara que ese instante durara el mayor tiempo posible, porque aquello sería completamente inadecuado, sino que se debía a que, si el caballo avanzaba a paso normal, la señorita que llevaba detrás de él, despertaría. Y su deber era cuidar de la señorita.

Tuvo que suspirar largamente tras ese último pensamiento, recordándose que, efectivamente, él estaba ahí por una razón; cuidar de la –más que segura- futura novia de su señor Zen y que, si él lo había enviado precisamente a él, era porque confiaba en él, en aquel bandido al que el príncipe decidió dar una segunda oportunidad y, eventualmente, hacerlo caballero.

Claro, en su momento se sorprendió genuinamente de su decisión, es decir, ese chico se estaba tomando las cosas demasiado a la ligera. Pero luego, la sorpresa fue para él, cuando se halló disfrutando de la compañía y confianza que el amo Zen y sus dos guardaespaldas le brindaban como si siempre hubiese estado ahí.

Ahora, sin embargo, era la primera vez que se ponía a pensar seriamente acerca de lo que realmente duro que le estaba resultando todo eso.

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¡Uf! Ha sido un largo, largo mes; he estado ocupadísima, y de hecho, sigo estándolo, peor puedo darme el lujo para actualizar antes de volver a encerrarme.

Por favor, díganme qué les parece.