Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.


Acto de confianza

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Existe un lenguaje que va más allá de las palabras.- Paulo Coelho


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Obi largó un bostezo. El cuarto en los últimos diez minutos, para ser más exactos. Para Shirayuki, lejos de dejarse distraer por eso, permaneció impasible, ensimismada en ese libro sobre 'Ciento un usos del pimentón rojo silvestre' que tenía entre las manos, y él se sorprendió de la capacidad que poseía la chica para mantener la concentración.

No era la primera, ni la segunda, ni la décima vez que la veía tan enfrascada en una labor. Era, más bien al contrario, había tenido la oportunidad de acompañarla durante las últimas tres semanas y en el transcurso de los días, la ayudaba en lo que fuera necesario en cada una de las actividades que ella realizaba. Eran cosas tan diversas y simples como regar las plantas que crecían en uno de los jardines del ala este del palacio, o moles las hojas de las yerbas que tenía en su cuarto para hacer medicina, o cuando revisaba las propiedades de cierto vegetal, como en ese momento. En todas y en cada una de ellas, sin importar qué tan dura o sencilla fuera, ella lo hacía todo con impecable presteza, dispuesta a obtener solo los mejores resultados.

Obi no podía evitar mirarla y extrañarse levemente de la diligencia que ella imprimía en sus labores, como si se le estuviera yendo la vida en eso. Y se maravillaba. Era gratificante contemplar a alguien tan dedicado. Era como estar con su señor Zen y el Maestro Mitsuhide y la señorita Kiki otra vez, a quienes ya comenzaba a echar de menos, pero a los cuales veía reflejados en cada una de las actitudes de Shirayuki.

Era tanto así, que le picaban las manos cuando la veía pasearse de aquí para allá haciendo algo, y tenía que ayudarla. Y se ponía a cargar agua o tierra o a labrar los jardines, o lo que fuese necesario para hacer su tarea más fácil.

—¿Estás cansado, Obi?

Y siempre, siempre, tenía, entre todos sus quehaceres, tiempo de preocuparse por él; que él no se cansara demasiado, que no pasara hambre, que no se lesionara la espalda cargando cosas pesadas, que se cambiara de ropa si se llegaba a mojar, o que no se durmiera en posiciones incómodas o en lugares en que pudiera pasar frío.

Entonces, cuando ella iba y le preguntaba si necesitaba algo, él no podía evitar quedarse de piedra, incapaz de reaccionar de forma natural y fluida a su pregunta. ¿Por qué la señorita a la que le habían encomendado escoltar hasta su llegada al palacio del reino de Clarines era tan atenta con él? Cada una de sus acciones y actitudes era un misterio, e interactuar con ella le desconcertaba, hasta el punto de llegar a asimilar que Shirayuki era, en sí misma, un enigma, y que debía renunciar a intentar comprenderla y simplemente convivir con ella y sus rarezas.

—No se preocupe por mí, señorita— contestó él con su usual tono desenfadado, mientras le hacía un gesto con las manos.

—Tonterías, has estado de pie todo este rato, ¿por qué no te sientas la próxima vez?

—Si la señorita así lo quiere.

—Sí, así lo quiero.

Obi había intentado por todos los medios mantener intacta su relación de señorita-guardaespaldas, pero con ella era ciertamente imposible. Era tan amable e inocente, y tan despreocupada con respecto a los modos y protocolos de la aristocracia, que resultaba tremendamente fácil olvidarse que ella era, en realidad, 'amiga de la corona' y futuro prospecto del príncipe Zen. Ciertamente, había fallado horriblemente en el intento. La chica le daba tanta confianza que él se veía en la imposibilidad de rechazarla, llenándose de su amabilidad y de sus sonrisas fáciles y sinceras, hasta el punto de no poder no sentirse feliz cada vez que ella le sonreía, o sentirse especial con cada ocasión en que le preguntaba si estaba cansado, o de querer hacer todo su esfuerzo para ayudarla.

Era imposible no sentirse a gusto a su lado.

Así habían pasado casi cuatro semanas, en que durante los últimos días se la habían pasado, en lugar de entre las plantas y la tierra, entre libros y demases, preparando las cosas que ella necesitaría tanto para el viaje como para su permanencia en Clarines por el próximo tiempo.

Situaciones como aquella demostraban qué tan sencilla era aquella chica pelirroja y cuáles eran sus prioridades. Antes que cualquier otra cosa, se preocupó de preparar un botiquín que contuviera no solo todo lo necesario para suministrar primeros auxilios, sino que también para algunos casos un poco más severos, como envenenamiento, dolor de estómago, aguja e hilo para sutura y algunas cuantas cosas más, por si acaso, así como también una guarnición bastante completa de semillas de yerbas que solo crecían en Tanbarun, para cultivarlas allá. También, se encerró una tarde entera en la biblioteca para seleccionar los libros que le fueran a hacer falta, luego de conseguir el permiso del rey para llevárselos. Lo último a lo que le dedicó apenas un tiempo fue a medio llenar una valija con algunas prendas de roja, más más nuevas y adecuadas para causar una buena primera impresión en la Corte del palacio de Clarines.

Obi dejó escapar un bufido ante esto, apoyado sobre el alfeizar de la ventana de su habitación, viendo cómo la maleta, aún después de un buen rato, seguía más vacía que llena. ¿Cómo se podía llegar a ser tan humilde y tener un título de nobleza a la vez? Tal vez sería por eso que era la protegida del rey de Tanbarun y el mismísimo príncipe se había encaprichado con ella.

Y hablando del príncipe encaprichado, pensó el moreno, recordando al heredero al trono de Tanbarun y el modo en cómo lo fulminaba con la mirada cada vez que él, acompañando a Shirayuki, se atravesaba en su campo visual, como si sus ojos fueran dos puñales afilados. Por supuesto, Obi no se iba a amilanar por algo como eso. El príncipe Raj no llegaría nunca a influir en él de manera alguna, aún si la vida se le fuera en ello. Y Obi, lejos de intentar ser discreto cuando él andaba cerca, sonreía amplia y pícaramente con sus ojos dorados, y lo saludaba con un gesto rápido con la mano, irritando al otro hasta el punto de la exasperación.

Shirayuki, por supuesto, no se enteraba de esta pequeña rivalidad entre los ojos dos. A su vez, el segundo príncipe y la primera princesa del reino habían hecho sus apuestas; Rona era fiel a su hermano mayor, mientras que Eugena estaba convencido de que entre Shirayuki y el nuevo guardaespaldas podía llegar a haber algo más que una buena amistas, luego de haber visto cómo éste evitaba que la pelirroja cayera luego de haberse tropezado con la alfombra de la biblioteca, provocado accidentalmente a propósito por la niña.

Esos niños le caían bien, sobre todo la pequeña Rona, quien, peleadora y terca, estaba empeñada en convertirse en un mal trío conveniente. Aunque, en honor a la verdad, él sospechaba que poco a poco se la había estado ganando.

Suspiró. De cierto modo, lamentaba tener que llevarse a Shirayuki de ahí. Allí, la chica tenía compañía y a mucha gente que la quería. Lo cierto era que el hecho de no tener que llevársela en contra de su voluntad le alegraba en gran medida, en caso contrario, habría sido un golpe tremendo a su lealtad para con el amo Zen, como para él mismo. Y también para con ella. Le tranquilizaba mucho que ella, en el fondo, quisiera viajar.

Y se preguntó genuinamente porqué.

Volteó la vista hacia afuera y miró más allá de los jardines del palacio, donde la ciudad se erigía alegre y colorida. El sol calentaba su espalda y corría una brisa agradable que le mecía los mechones más largos de su caótico pelo puntiagudo. El clima perfecto para tomar una siesta, pensó. Sin embargo, por mucho que todo a su alrededor le pidiera a gritos que se tendiera bajo la sombra de un árbol y durmiera allí el resto de la tarde, no se sentía como si aquello fuese lo que en realidad quería hacer.

Un sonido peculiar llegó a sus oídos como un rumor y se volteó completamente hacia afuera para encontrar el origen. Entonces, una idea loca pasó por su cabeza y sonrió ampliamente antes de girarse nuevamente y entrar a la habitación de la chica como Pedro por su casa.

—Señorita, daremos un paseo— le anunció el de pelo ralo, tomándola de las manos y ayudándole a ponerse de pie.

—¿Un paseo?, ¿a dónde?— si ella advirtió o le importó que aquello fuese un aviso y no una pregunta, no lo demostró, pues únicamente lo miró interrogante acerca de qué ganas le habrían entrado de pronto de salir.

—A que disfrutes tu último día en Tanbarun antes de viajar— le respondió simplemente, como si eso fuese explicación suficiente.


Cuando Obi le dijo que irían de paseo por su último día en el reino, sinceramente pensó que se refería a un paseo por los jardines del palacio; allí siempre había algún buen lugar para tomar la siesta, y conociendo a Obi como creía que lo hacía, aquél sería el panorama ideal antes de emprender un viaje tan largo con otra persona a cuestas. Pero se sorprendió enormemente cuando, en lugar de eso, la subió tras de sí a un caballo y galoparon hasta el pueblo, donde al parecer, se estaba armando un festival.

—¡Obi, mira cuántos colores!— exclamó Shirayuki, quien dejaba de mirar a un lado por mirar a otro, entusiasmada con la música y la gente.

—¿Quieres ir a algún sitio en especial?

La otra pareció pensarlo antes de sonreír y negar con la cabeza.

—Donde sea está bien— dijo mientras entrelazaba las manos tras su espalda—. Elije tú un lugar.

—Muy bien, pues entonces vayamos allí…

Entonces se puso a caminar con paso flojo hacia un puestecito en que se podía ganar un premio si lograba meter una pequeña pelotita de goma dentro de una botella, que parecía bastante popular. Él se detuvo frente el mostrador y a su lado se paró la pelirroja, quien tenía la capucha de su capa sobre la cabeza. Obi la miró de reojo, no pudiendo pasar por alto ese detalle.

Quizás fue muy obvio, cosa que ella sintió su mirada ambarina sobre sí, o quizás fue el universo que propició ese momento, pero por la razón que hubiera sido, ella alzó sus ojos hacia él y le sonrió. Para él, fue como si el mundo a su alrededor anduviese a una menor velocidad y, viéndose atrapado con los ojos en el cuerpo del delito, tuvo que mantenerla en su sitio. No iba a apartarla como si fuese un adolescente al que pillaron mirando a una compañerita en la escuela. Como si fuese algo malo. Y eso no era lo extraño. Lo extraño era que ella tampoco la apartó.

—¿Quiere intentarlo, señorita?— la voz jovial del hombre que estaba a cargo del juego los sacó del mundo de ensueño en el que parecían haberse sumido.

—¿Yo?

—Sí, usted— le sonrió el hombre, ofreciéndole la pelotita—, puede que sea su día de suerte.

Y como si estuviera pidiendo permiso, volvió a mirar a su acompañante, quien le sonrió antes de asentir con la cabeza.

—De acuerdo— accedió antes de recibir la esfera de goma y, haciéndola rebotar sobre una plataforma de madera, intentó hacerla posarse sobre el gollete de la botella, cayéndose al suelo ésta luego de tambalearse por un instante cuando pareció querer posarse definitivamente en la cima.

—Oh, lo lamento, señorita. Pero estuvo cerca— dijo el hombre, irguiéndose y volteándose hacia el interior del puesto—. Tenga: un premio de consuelo.

Y acto seguido, le tendió una manzana roja y brillante como si estuviese hecha de cera.

—Uh, yo…— balbuceó la chica, lo más amablemente que fue capaz de ser, pero no pudiendo hilar una frase entera, nerviosa.

Obi la miró desde arriba, de reojo, y luego volvió la vista al sonriente encargado del juego.

—Muchas gracias, señor— anunció alegremente el joven, tomando la manzana de las manos de Shirayuki y dándole una mordida con aire desinteresado— ¿Quiere probarla, señorita?, ¡está deliciosa!— y acto seguido, se la ofreció, ante la atónita mirada de ella.

Ella pareció pensarlo por un segundo, con sus grandes ojos verdes puestos sobre la fruta, ahora con una enorme huella de dientes en ella, y luego cambiándola hacia Obi, quien terminaba de tragar y le sonreía ampliamente, como diciéndole que todo estaba perfectamente bien.

Entonces Shirayuki le sonrió de vuelta, al fin. Cogió la manzana de las manos de su acompañante y le dio otra mordida.

—Tienes razón, está deliciosa.

Obi enrojeció de golpe. Con solo verla, fue como si acabara de darse cuenta de qué acababa de hacer. Su corazón pareció saltarse un latido entonces, obligándolo inconscientemente a que se llevara la mano derecha al hombro izquierdo, contendiendo con su brazo el agitado dolor de su pecho, que se sentía como si hubiese dado vueltas al mundo sin parar a descansar.

¿Qué había sido eso?, ¿qué era esa necesidad de ocultar la cabeza, de desconfiar de una manzana?, ¿cuánto había sido por lo que había tenido que pasar aquella chica para reaccionar así, con tanta precaución?, ¿qué fue lo que le hicieron antes de llegar al castillo, que había olvidado lo que era pasear por el pueblo con naturalidad?

Se preguntó si todo aquello habría sido culpa del curioso color de su cabello. Ciertamente, una pelirroja era una rareza digna de admirar, y para los tiempos que corrían, no habría sido de extrañar que más de algún loco lunático hubiese querido hacerse con un espécimen único como ése, que además era una chica joven y bella. ¡Gente que pagaría fortunas! Ni siquiera quería pensar en lo que le harían de haberlo logrado, y mucho menos en lo que él le haría a cualquiera que intentase respirar cerca de ella, siquiera. ¡Si hasta el mismísimo príncipe Raj se había embelesado con ella hasta el punto de querer llevársela por la fuerza! Debía recordar despedirse adecuadamente de él mañana que partieran y recordarle la suerte que tenía de estársela llevando, así él no tendría que cortarle los dedos si se veía tentado a tocarla.

La expresión que puso entonces en su usualmente jovial rostro debió haber sido de lo más patética, pues Shirayuki cambió la suya de inmediato, por una preocupada y se le quedó viendo.

—¿Ocurre algo malo?

Eso pareció sacarlo de su transe, pues inmediatamente pegó un pequeño respingo, descubriéndose pensando en cosas demasiado complicadas para alguien que no hasta hace mucho tiempo no había sido más que un vil ladrón.

—No, señorita, no ocurre nada— soltó, intentando sonreír con normalidad y descubriendo su pecho con lentitud.

—¿Estás seguro? Palideciste de repente— volvió al ataque, incapaz de no preocuparse por el semblante del moreno.

—¡Por supuesto!— aseguró, flectando los brazos, demostrando lo bien que estaba. Luego se quedó quieto y movió la cabeza de un lado a otro, buscando algo entre la multitud, hasta que pareció encontrarlo—. Venga por aquí, se lo demostraré.

Y tomándola de la muñeca, la arrastró entre la multitud que se había comenzado a juntar en las calles del pueblo con motivo del festival. La condujo por un largo rato, o eso sintió ella, ya que la gente hacía que avanzar fuese más lento, y tampoco pudo asegurar que estuviesen yendo en línea recta, ya que tuvieron que zigzaguear para evitar tropezar con las personas, pero sí pudo decir que en ningún momento percibió que la estuviesen forzando. Tampoco se sintió perdida. Era más bien como si la estuviesen guiando para atravesar una barrera. Obi la tenía firmemente agarrada y su mano, grande y callosa aún a pesar de los guantes, se cerraba con gentileza sobre su muñeca, sin atreverse a tocar su mano, como si ésta fuese terreno prohibido.

Y no estaba muy lejos de la verdad, porque para Obi aquella chica era la posible futura novia de su señor Zen. Para eso la habían mandado a buscar. Para eso le habían enviado a él, aunque a él le pareciese la peor decisión que el segundo príncipe de Clarines pudo haber cometido, después de haberle dado una oportunidad y hacerlo su sirviente, claro estaba.

Obi pensó en ello mientras soltaba la mano de Shirayuki a los pies de una tarima y con una mirada le indicaba que lo esperara allí.

Aún hasta el día de hoy, él se preguntaba cómo es que ella pudo entenderle en ese entonces; tal vez había sido solo su impresión, o quizás ella no se habría atrevido a moverse de su lugar. Pero no. En ese instante, su instinto le dijo que ahí había tenido lugar un verdadero acto de comunicación mental entre ellos, y prefirió confiar en ello.

Su instinto pocas veces le fallaba.

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Revisado: Miércoles 7 de febrero de 2017