Disclaimer: Akagami no Shirayuki Hime no me pertenece.

Nota rosa: Muchos saludos y agradecimientos a mutemuia, que ha sido mi única fan desde que empecé esta historia. Seriamente, haces que no deje de escribir.


Inexplicable

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El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo.- Gustavo Adolfo Bécquer


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Shirayuki vio desde abajo cómo el moreno subía la tarima sin llegar a comprender totalmente qué pretendía hacer. Cuando estuvo arriba, lo vio hablar con un tipo de mal aspecto que le miró como si se tratara de un crío que estaba perdiendo el tiempo. Y por un segundo, ella temió que eso llegase a ser verdad.

¿Y cómo no temerlo? Si frente a Obi se paró un sujeto que, más que persona, parecía oso, y a su lado, él parecía algo así como un muñeco hecho de madera y paja.

Contuvo el aliento cuando el primer sujeto, el de mal aspecto, daba la señal para que los contendores pudieran empezar la pelea, y no pudo evitar cerrar los ojos con fuerza cuando el oso se abalanzó, dispuesto a aplastarlo sin piedad, sobre su amigo. Después de todo, era su culpa meterse en peleas de perros grandes, siendo un cachorro. Pero el bramido de dolor que inconscientemente estaba esperando escuchar no llegó, y el hecho de tener los ojos cerrados no ayudaba a controlar su ansiedad, así que se atrevió a abrirlos poco a poco.

Decir que no se sorprendió cuando vio, como si todo ocurriera muy lentamente, cómo el hombre-oso volaba por los aires, mientras que, frente a él, Obi enderezaba su postura -antes inclinada y con una pierna en alto. habría estado mintiendo. Hubo un instante de silencio, en que ni ella ni el resto del público emitió sonido alguno, y al siguiente, la audiencia vitoreaba al novato de aspecto enclenque que había desafiado y vencido al campeón en tiempo record.

Su boca dibujó una pequeña pero perfecta o cuando el chico recibió una bolsa motuda, llena de algo que claramente representaba el premio de ese pequeño encuentro de lucha callejera. Obi sonrió abiertamente y bajó de la tarima donde lo esperaba ella, aún con esa traviesa sonrisa pegada al rostro.

—¿Ya vio, señorita? Estoy en plena forma.

—¡Obi, eso fue fabuloso!— le felicitó ella, entusiasmada.

—¿Entonces sí estaba mirando? Cuando la vi, estaba cerrando los ojos.

—¿Te diste cuenta? Pero si apenas fue un segundo.

—Lo que pasa es que tengo buenos ojos— respondió medio en broma, medio en serio, dando por zanjado el tema—. Por cierto, al amo Zen no le agrada que participe en peleas callejeras, ¿podría no decírselo?

—¿Y por qué lo haces, entonces?

—Es la única manera de mantenerme en forma, ¿sabe? El príncipe Zen y sus guardaespaldas son excelentes espadachines, pero la espada no es precisamente lo mío, y no hay nadie que domine el cuerpo a cuerpo. Pero el amo dice que puedo meterme en problemas un día, así que, por esta ocasión, ¿puede guardar el secreto por mí?— le pidió, juntando las palmas de sus manos.

Ella largó una carcajada que intentó reprimir con una de sus manos, provocando un melodioso sonido que a Obi le pareció como del cantar de los ángeles, y pensó que, si éstos existieran, definitivamente serían como Shirayuki.

—Muy bien, será nuestro secreto.

La sonrisa que esbozó entonces provocó que su corazón se saltara un latido. Tuvo que tomarse unos segundos para tranquilizar su corazón nervioso, intentando con todas sus fuerzas reprimir el impulso de llevarse una mano al pecho.

Y lo que era peor, una sensación extraña y poco conocida comenzó a gestarse en su pecho y le llenó de un sentimiento que lo abrumó por lo feliz y culpable que lo hacían sentir al mismo tiempo. Sospechó que aquello algo tenía que ver con que Shirayuki y él ahora tuvieran algo que compartir y que excluía específicamente a Zen.

Y tuvo que reconocer que la idea de tener alguna ventaja sobre él le fascinó.

—Uh, ¿qué le parece si vamos a gastarnos el premio en algo para comer?— le propuso, alzando la bolsa en el aire y agitándola, haciendo sonar el contenido.

—De acuerdo, vamos.

Suspiró con alivio cuando ella aceptó de buena manera. Necesitaba algo que lo distrajera de los malos pensamientos que lo habían estado acosando, así como tampoco quería que ella se diera cuenta de que algo ocupada su cabeza; ir por algo para comer era una buena forma de despejarse antes de tener que encararla nuevamente.

Pasearon un buen rato, jugando en distintos stands y mirando las chucherías a la venta en otros tantos. Ella sonreía, tomada de su brazo y apuntaba entusiasmada cada vez que algo llamaba su atención, y en lugar de negarse o enfadarse, él la seguía, gustoso, le ayudaba a abrirse paso entre la multitud y disfrutaban juntos con lo que sea que ella hubiese visto, siempre dispuesto, siempre complacido de estar con ella.

—Aguarde aquí, mientras yo iré a buscar algo de comer— le ofreció Obi una vez que ella se sentó en la banca de tres cuerpos que habían encontrado disponible.

—¿Tú solo? ¿No necesitarás ayuda?

—No, más bien, ¿estará usted bien si la dejo sola por un momento?

—¡Por supuesto que sí! Crecí en este pueblo, después de todo— le contestó con orgullo.

—Muy bien, entonces. Volveré en un instante.

A su parecer, aquello había parecido más una huida que una verdadera muestra de cortesía de su parte. Había tenido razón cuando pensó que mantenerse en movimiento lo distraería de sus propios pensamientos, pero no previó que su cuerpo tendría otros planes. Era imposible no sentir un estremecimiento al sentir los dedos pequeños de Shirayuki sobre la piel expuesta de su brazo.

Era extraño. Ya la había tocado con anterioridad, cuando se presentó con ella por primera vez, para ser más preciso. Y luego de eso, muchas veces más, es decir, la había estado acompañando durante un mes hasta el momento: claro que había tendido oportunidades de tocarla antes, incluso cuando frenó su caída cuando tropezó con la alfombra de la biblioteca, ¡pero nunca le había ardido la piel como en ese momento debido a su tacto! Era como si sus pequeños dedos fueran brazas encendidas que se hubieran posado maliciosamente sobre su antebrazo con el propósito de quemarlo.

Suspiró largamente antes de acercarse a uno de los puestos que vendían distintas variedades de albóndigas que había divisado en uno de sus tantos ires y venires por la avenida principal y que olían delicioso aún desde la distancia.

Compró un buen surtido de albóndigas para que ambos pudieran compartir, y logró –sin haberse esforzado mucho para ello, dicho sea de paso- que, además, la chica que le vendió la comida, también le regalara un par de trufas dulces. Obi agradeció con una exclamación y una sonrisa y, guiñándole uno de sus traviesos ojos dorados, se marchó. Con las manos ocupadas, alzando la improvisada bandeja desechable para no perder su botín, eludió a la multitud a medida que avanzó de vuelta por la calle hasta donde había dejado a la señorita.

Sin embargo, no había caminado ni dos cuadras cuando un destello llamó su atención, deteniendo su andar. Sonrió de medio lado antes de acercarse.


Obi tuvo que procurar no perder la fuerza en sus manos para no dejar caer la charola desechable en la que tenía los bocadillos que había comprado. Abrió y cerró los ojos repetidas veces para asegurarse que no fuera algún tipo de ilusión óptica. No lo era. No había duda: Shirayki no estaba en el lugar en donde la había dejado.

No tuvo tiempo de sentirse palidecer antes de largarse de allí a toda velocidad en busca del tesoro perdido. ¿Por qué, por qué tenía que haberla dejado sola? El cielo ya estaba empezando a enrojecer, augurando la pronta caída de la noche y de un buen clima para viajar al día siguiente. Sin embargo, a él eso no podía importarle menos que en esos momentos. ¿A dónde se había ido Shirayuki? Y decía ido, porque de solo pensar en que se la habían llevado, se le helaba y luego le hacía hervir la sangre en las venas.

No tuvo que buscar por largo rato, no obstante, pues la vio de pie frente a la fachada de uno de los establecimientos de una callecita perpendicular. Frunció el entrecejo, entonces. No es que encontrarla fuese el motivo, más bien, él hubiese querido relajar su expresión por el solo hecho de verla. Pero el que hubiese alguien con ella y que el local en cuestión fuera una cantina, le hizo querer apretar los puños.

—¡Señorita!— su voz le salió más aguda y afligida de lo que a él le hubiese gustado, incapaz de ocultar la preocupación que sentía.

—Oh, Obi.

Tanto ella como el tipo que estaba a su ladi se dieron la vuelta para verlo llegar solo para interponerse entre ellos dos, como si el solo hecho de estar cerca fuera un verdadero peligro y no solo potencialmente.

—Y tú quién eres— eso no había sido, en absoluto, una pregunta, sino que, más bien, una exigencia.

El otro silbó en respuesta. Era un chico como de su estatura, de aspecto flojo y ojos astutos. No le gustaba nada.

—¿No me has oído?— volvió a hablar el moreno.

—Espera, Obi— trató de calmarle la chica.

—Vaya, pelirroja, ¿es tu guardaespaldas?— habló el tercero, con tono burlesco, claramente en busca de algún tipo de reacción en el moreno—. Es más rápido de lo que esperaba, apenas nos ha dado tiempo de…

—¡No te pases de listo!— eso había sido más de lo que Obi podía soportar. Soltó la bandeja de papel, se lanzó sobre la mala imitación de ninja que tenía en frente y le tomó por el cuello de la ropa.

—¡Obi, aguarda, déjale!

—Calma, guardaespaldas— le desafió, entonces—. No le he hecho nada a la pelirroja, ¿no ves que está perfectamente?

Obi tuvo que aflojar el agarre sobre él para girarse a donde el otro chico le decía. En efecto: Shirayuki estaba bien, sin rastros de forcejeo, ni de estar asustada, ni nada de lo que hubiese que preocuparse. Ella asintió con la cabeza.

—Es cierto, Obi, suéltale, por favor— le pidió, preocupada.

Al moreno no le quedó otra que obedecer. No era como si tuviese otra opción. Pero eso no significaba que le desagradara menos.

—Te estaré vigilando— le advirtió cuando le soltó de golpe.

—¡Qué miedo!

—¡Mihaya, basta!— le reprendió entonces Shirayuki, molesta por todo ese jaleo que se estaba armando gratuitamente— Mou, Mihaya, ¿por qué tienes que ser así?

Por un segundo, el guardaespaldas quedó desconcertado por el trato entre esos dos. Solo cuando oyó al castaño reír, pudo volver a concentrarse en lo mal que le caía ese sujeto y poder fruncir el ceño en su dirección.

—¿Qué es lo que sucede, señorita?— preguntó Obi, hastiado de toda esa situación confusa y, optando por lo sano, giró hacia ella y se cruzó de brazos— ¿quién es este sujeto? ¿por qué no estaba…?— pero dejó la pregunta en el aire, ante la angustia que le provocaba el tema.

—Obi, lamento mucho haberme ido, en serio— comenzó ella, genuinamente arrepentida. La preocupación del moreno era palpable— pero… ¿recuerdas que te mencioné que yo vivía en una vieja cantina remodelada antes de vivir en el palacio? Bueno, me di cuenta de que estábamos cerca y quise…

El de pelo corto suspiró, incapaz de estar molesto con ella por más tiempo, sobre todo si tenía una excusa como ésa, y aunque eso no quitaba el hecho de que le había dado un susto de muerte y que perfectamente pudo haber esperado a que llegara con la comida y haberla acompañado él mismo a donde sea que quisiera ir, el que ahora lo mirara de esa forma extinguía toda su molestia.

Acabó por respirar profundo y llevarse una mano al hombro, como si de pronto ya no hubiese nada de lo que preocuparse.

—Está bien, señorita— terminó por decir, resignado.

—Vaya, Shirayuki, sí que lo tienes amaestrado— bromeó Mihaya, al ver la escena que se desarrollaba frente a él, y que con solo una palabra suya, aquel hombre pasaba de un estado de completa alerta a uno que reflejaba lo pacífico de su expresión el resto del tiempo—; si hasta parece un perro manso— rio.

—¡Mihaya!— le reprendió aún más fuerte, Shirayuki.

Obi le dirigió una mirada asesina. Quizás por su comentario, o tal vez por la forma confianzuda en que se dirigía a ella, pero él estaba seguro que era porque el tipo no le gustaba en lo absoluto.

Alzó una ceja, como quien no está de humor para juegos.

—Él es Mihaya— le informó Shirayuki, vaticinando una futura pelea y queriendo evitarla—, es mensajero del príncipe Raj…

—¿Y no vas a contarle cómo nos conocimos, Shirayuki?— le interrumpió el aludido con tono provocador. Obi volvió a mirarlo, severo.

¡Ya sabía que ese tal Mihaya era una sabandija! Mira que ir y secuestrarla en nombre del príncipe cuando a éste se le antojó tenerla como concubina. Él ya no conocía esa historia, pero tener en frente a uno de sus antagonistas, le hacía hervir la sangre. Y que, además, él fuera uno de los responsables de que ella hubiese tenido que cortar su cabello. Y que, luego de cortarlo y dejarlo para intentar huir, él, no contento con eso, lo vendió y la persiguió hasta finalmente llevarla ante el príncipe.

Resopló con fuerza para intentar bajar su presión sanguínea y detener las increíbles ganas que tenía de agarrarlo a golpes en ese mismo lugar.

—Pero hace ya un tiempo que no sabía de ti— comentó Shirayuki, casual.

Y ahí estaba ella, hablando con ese idiota como si todo ese incidente en realidad hubiese sido un asunto sin importancia. Lo mismo que ocurría con el príncipe Raj. ¿Por qué sucedió eso? ¿Por qué era así? Tan comprensiva y con el perdón a flor de piel, que le hacía ser tan igual a… tan igual a Zen.

Y eso, de alguna forma, le confortaba y le irritaba por partes iguales.

—Eso no explica por qué están aquí los dos— volvió al ataque Obi, inconforme con toda esa charla.

—Él, uhm…

—Me he enterado que la pelirroja se iría a Clarines y quería despedirme de ella adecuadamente— respondió hastiado, más por obligación que por otra cosa.

Entonces, Mihaya se acercó a ella y se inclinó hasta quedar a su altura, y bajo la atenta e inquisitiva mirada de Obi, el castaño le ofreció un listón color violeta enrollado en sus dedos medio de índice.

Ella pareció sorprendida de verlo y Obi se dio cuenta.

—Este es…— balbuceó al tenerlo en las manos.

—Así es: es el listón que usabas en el cabello antes de cortarlo— le interrumpió— ¿Puedes creerlo?— le habló al moreno— La muy testaruda se cortó el pelo de cuajo, con listón y todo— como si se tratara de una anécdota y no de una persecución.

—Lo guardaste— observó ella, como si eso fuera, en realidad, una manifestación de extrema lealtad y nobleza.

Obi quiso bufar ante esto.

—No podía deshacerme de él— respondió con simpleza.

—Lo había dado por perdido.

Al moreno, toda aquella situación le estaba resultando de lo más irrisoria, pero no de aquellas en que él reía con gusto. No, sino que de ésas en que sencillamente no podía creer lo que tenía en frente a sus ojos. ¿Era esto algún tipo de broma de mal gusto? Y de no ser porque Shirayuki parecía genuinamente conmovida por el gesto, él hubiese apostado a que sí.

Resopló con fuerza nuevamente, haciendo notar su presencia, y tras hacer a un lado todas sus ansias asesinas contra el de la cola de caballo, y resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco, sonrió abiertamente, puso una mano en hombro de cada uno –con mayor pesadez en el uno que en el otro, por cierto- y alegó:

Lamento interrumpir, señorita— le dijo mirándola a ella con la mejor cara que fue capaz de fingir—, pero ya ha anochecido. El rey se preocupará si usted llegase muy tarde luego de ausentarse toda la tarde, ¿no cree?

Por más que a Shirayuki le hubiese llamado la atención la extraña y forzada expresión en el rostro de Obi, no pudo sino hallarle toda la razón a lo que decía, y que, ciertamente, una cosa no tenía nada que ver con la otra, por lo que, luego de despedirse someramente de Mihaya, ambos emprendieron el camino hasta donde había dejado amarrado al caballo, para galopar a casa de vuelta.

Sobre el caballo, ambos guardaron un casi absoluto silencio, interrumpiendo únicamente por el ruido de los cascos sobre el camino de tierra y las eventuales respiraciones tanto de la estudiante de herbolaria como del guardaespaldas. Y había que mencionar, por cierto, que no era un silencio de los cómodos. No, porque tanto el uno como el otro parecían estar tragando con dificultad ante la ligera tensión que se había formado en el ambiente, y ninguno era capaz de decir cuál era la causa y cuál, la consecuencia.

Obi podía sentir claramente cómo las manos de la señorita estaban un poco más tensas, cómo se aferraban a su ropa y no a su cuerpo, en un acto, quizás inconsciente, de molestarlo lo menos posible y que su presencia pasara casi desapercibida. Casi podía jurar que oía cómo contaba mentalmente hacia atrás, descontando los metros que le faltaban para llegar de vuelta al palacio.

Ciertamente, él no había nacido para afrontar situaciones de tensión como ésa.

—Señorita, debe afirmarse bien si no quiere caer del caballo— y con una mano, tomó la de ella y rodeó su propia cintura—. No debe preocuparse, ¿sabe?

Ella pareció sobresaltarse ante esto, porque levantó la vista, antes baja.

—Es decir— continuó, mirando siempre al frente—, usted está bien, ¿no es así? Eso es lo que importa.

Shirayuki le miró la nuca, como si aquella fuesen sus ojos y le estuviera viendo directamente, perdiéndose en esas dos piezas de oro que siempre parecían tenerla a ella como objetivo.

Entonces sonrió y apoyó la frente en la ancha espalda del hombre, justo entre sus dos omoplatos.

—Gracias.

Obi también sonrió al sentirla. No era como si hubiese podido evitarlo, fue un reflejo totalmente involuntario; eso es lo que sucede cuando se es feliz, y nada le hacía más feliz que estar en buenos términos con la señorita.

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Díganme qué les parece.