Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Nota rosa: nuevamente, este capítulo se lo dedico a Maite, que, desde que empecé en el fandom, ha sido mi única fan. Muchas gracias, bonita.
Oasis
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La fe es un oasis en el corazón, al que nunca llegará la caravana del pensar.- Gibran Jalil Gibran
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Era raro, sí, eso no podía negarlo. Y aunque era de lo más absurdo, tampoco podía evitarlo. Era como si en lugar de un mes, hubiese estado allí un año entero. O más.
Aun así, mientras Shirayuki se despedía de la familia real de su país natal, Obi decidió mantenerse quieto y estoico junto al carruaje que los llevaría a Clarines. Ver cómo la pelirroja abrazaba a los dos pequeños príncipes y princesa, quienes le habían cogido un cariño gigante era casi conmovedor, no solo porque él mismo sentía cierta debilidad por ellos, sino porque era, desde donde lo veía él, como estarles arrebatando una hermana mayor a dos pobres niños. Y de no ser porque eso no era realmente así, Obi se habría sentido realmente culpable.
La despedida con el primer príncipe se produjo de manera torpe y algo jocosa; el pobre idiota era incapaz de articular más de dos palabras seguidas, por lo que acabó extendiéndole una mano, tieso y rojo.
—Sé que no tengo derecho a pedírtelo— a Obi le sorprendió genuinamente oírlo poder hablar con tanta coherencia de pronto—, pero cuando tu pelo vuelva a crecer, ¿podrías enseñármelo antes de cortarlo otra vez?
La chica pareció sorprendida con aquello, y Obi sospechó que, en parte, también se debía a la forma en que el hombre pudo recobrar el sentido del habla, pero también por lo que dijo.
¡Pero qué cara más dura! Obi frunció el entrecejo.
—¡Claro!— sonrió ella, volviendo a hacer que el mareo se sorprendiera. Y, acto seguido, tomó la mano que le ofrecía y la estrechó—. Adiós. Sakaki, cuida de Raj por mí—y con una seña con los dedos y una voz cantarina, se dirigió a la inseparable sombra del heredero al trono, quien hizo una reverencia leve, tanto a modo de afirmación como de despedida.
–¡O-oye…!
Las protestas del castaño fueron ignoradas mientras que Shirayuki se dirigía hasta donde estaba su benefactor: el rey de Tanbarun la miraba de forma casi indescifrable, con una sonrisa entremezclada con la pena, como si estuviera dejando que su hoja se marchara con su esposo, lo que, en opinión de Obi, no estaba tan alejado de la realidad.
—Muchas gracias por todo, Su Majestad— le sonrió la chica sin reverenciarse, mirándole fijamente a los ojos.
—Ah, Shirayuki, querida, ¿cuántas veces te he dicho que prefiero que me llames 'tío'?
Ambos rieron suavemente por la familiaridad de la frase. Él la tomó con delicadeza por los hombros y le sostuvo la mirada cargada de emoción antes de abrazarla.
—Sigue tus sueños, querida, y no te detengas hasta que estés satisfecha— le dijo en un susurro antes de deshacer el abrazo.
La chica, tomándose un instante para recomponerse, asintió y se reverenció antes de volver a agradecer y marcharse hacia el transporte, haciendo un gesto con la mano.
Obi, por su parte, estuvo más que dispuesto a ir detrás de ella luego de reverenciarse con su excelente postura, de no ser porque ambos niños corrieron hacia él antes que pudiera moverse, y se colgaron de su camisa.
—Y tú, ¿pensabas irte sin despedirte, acaso?— le espetó la pequeña Rona, indignada.
El hombre sonrió con ternura y gracia, agachándose a su altura y desordenándole el cabello con una mano, solo para hacerla rabiar. Esa pequeña sí que tenía su encanto: era orgullosa, altiva y se sonrojaba con facilidad; era, definitivamente, su tipo de mujer, a las que gustaba de provocar solo para buscar alguna reacción divertida.
Lástima que fuera solo una niña. Y que tuviese a alguien más en mente.
—Oh, por supuesto que no— contestó con soltura— ¿cómo podría ser eso si quiera posible?
—Pues eso mismo me pregunto yo.
—¿Volverás?— intervino Eugena, su gemelo, más racional y tranquilo que su hermana, y a quien tardó menos en ganarse su simpatía.
Obi lo miró sin saber exactamente qué decirle. No era como que esperara tener que volver algún día, es decir, se suponía que Shirayuki se quedaría en Clarines con el príncipe Zen. Pero tampoco era capaz de decir eso mirando a ese par de ojos brillantes.
—¿Y si van ustedes dos de visita la próxima vez?— propuso él, entonces, ganándose a cambio una expresión expectante y entusiasta por parte de ambos.
Dando el tema por zanjado, se irguió para darse la vuelta, cuando un nuevo tirón de su camisa llamó su atención. Eugena lo miraba con seriedad.
—Obi— lo llamó—: esfuérzate.
Y habiendo dicho eso, se echó a correr en dirección contraria, donde sus dos hermanos mayores y su padre lo esperaban para despedir a los viajeros. Él les miró una última vez antes de despedirse con la mano y entrar al carruaje con Shirayuki. Cuando éste se pudo en marcha, él podría jurar que vio a Sakaki reverenciándose severamente en su dirección, y él habría apostado, sin temor a equivocarse, el contenido de sus bolsillos, a que fue porque al idiota de su amo le avergonzaba hacerlo él mismo.
Y debía ser así; lo que guardaba en el bolsillo era demasiado valioso como para ser apostado en vano.
En cualquier otra circunstancia, hubiesen viajado a caballo. A Obi no le agradaba viajar en carruaje, le daba repelús. Eso era para gente de veras importante. No, lo suyo era viajar sobre la montura del caballo.
Pero este caso era diferente, para empezar, porque a pesar de que, sin el carruaje, reducirían el tiempo de viaje a la mitad, Shirayuki no sabía montar por sí sola –y aunque le había prometido que le enseñaría, no había habido tiempo para eso-, lo que demoraría el tiempo de viaje por sí mismo. A eso, sumado el hecho que, si bien, la señorita era bastante austera con respecto a sus pertenencias, sí había decidido llevar unos cuantos tomos de alguna de sus enciclopedias, más, lo estrictamente necesario para viajar, como comida y artículos de emergencia, eran demasiada carga, aunque fuera un caballo con dos personas y otro solo con el equipaje. Y llevar tres bestias ya era absurdo.
La cosa acabó con ambos de ellos sentados uno junto al otro en el asiento del cochero, mientras Obi fungía como tal, y pese a no ser, ni de lejos, su primera elección, era a lo más a lo que podía aspirar. Era inútil intentar llevarle la contraria a Shirayuki. Así que mientras él sacaba el coche de los terrenos del palacio, ella se despedía con los brazos de la que había sido su familia por el último año.
Para viajes cortos, Shirayuki resultaba estupenda compañera; reía, conversaba, se sorprendía del paisaje y de los distintos animalillos que aparecían en el camino, como si fuese la primera vez que los veía. Sin embargo, en este caso –y a su favor podía decir que iba cómodamente sentada en un asiento propiamente dicho, si es que se le podía llamar a eso un asiento, en lugar de la montura de un caballo- Shirayuki iba absorta en la lectura de una de las armas letales, si se les usaba para dar golpes, a los que ella llamaba 'lectura ligera'. La había tomado luego de unos cuantos kilómetros de comenzar la carretera y se había mantenido en silencio desde entonces.
Obi apenas podía resistir la tentación de mirarla de reojo desde arriba y preguntarse si ella, con la mirada baja y el constante movimiento del coche, no habría acabado por dormirse, mecida por la brisa y las piedras del camino. También se preguntó si, en el peor de los casos, ésta se marearía producto de haber mantenido los ojos puestos en un punto que no se estaba quieto, como lo serían las minúsculas letras de la enciclopedia en esos momentos.
Sin embargo, él, más que cualquier otra cosa, lamentó no poder verle bien el rostro mientras dormía. Y no parecía importarle en lo absoluto el hecho de que, quizás, no estuviese durmiendo en realidad.
—Señorita, los caballos tomarán agua, ¿quiere bajar para estirar las piernas?
La voz de Obi se oyó como el cantar de un polluelo, suave y alegre, desde una distancia que le pareció lo suficientemente cercana como para querer asirla con la mano.
—Ah, Obi— balbuceó ella antes de dar un pequeño bostezo.
—Oh, lamento haberla despertado, ¿quizás prefiera quedarse aquí y dormir un poco más?
—No, no— contestó rápida y algo torpe, por el sueño—, tienes razón: bajaré a estirar las piernas.
Se incorporó dentro del cubículo y se acercó a él, quien sostenía la puerta con una mano y le ofrecía la otra para ayudarla a bajar. Shirayuki la aceptó, gustosa, y con un pequeño saltito, salvó la distancia que había entre el suelo del coche y la tierra.
Una vez en el suelo, estiró los brazos sobre su cabeza; estirando también el torso, como si quisiera alcanzar el cielo con las manos y verificar si esas nubes blanquísimas que viajaban a merced de la brisa sobre sus cabezas eran tan suaves como se veían.
La forma en cómo reaccionó ella al entrar en contacto con el suelo de tierra hizo que a Obi le recordara a una florecilla a la que el sol le ha dado sus primeros rayos de luz, colmándola de una nueva energía casi mágica.
El hombre sonrió ante la sola idea, divertido y conmovido en partes iguales por pensar en ella como una flor.
—¡Qué agradable está la tarde!— comentó ella en una exclamación.
—¿Ha tenido un buen viaje, señorita?
La pelirroja asintió antes de echarse a andar, dando vueltas por el rededor del coche, deteniéndose junto a uno que otro arbusto o a las matas silvestres para revisar el tallo o las flores o algún fruto, cualquier cosa que le sirviera para estudiar la botánica del Reino de Clarines.
Ya estaban en Clarines; habían cruzado la frontera esa misma mañana, y Shirayuki había estado tan emocionada ante la expectativa de observar una flora totalmente distinta a la que conocía, que fue incapaz de conciliar adecuadamente el sueño esa noche, por lo que cayó dormida inmediatamente después, prácticamente, de saltar del carruaje cuando Obi le anunció su ubicación.
Ese ya era su tercer día de viaje; llegarían al palacio durante la mañana del día siguiente, si no había contratiempos. Pasar casi tres días con ella no había sido tan duro como él lo esperó, ciertamente. No es que fuera a abalanzarse sobre ella a la primera oportunidad que tuviera. No era su estilo aprovecharse de chicas como ella. Pero sí tenía que admitir que era realmente difícil no querer observarla de cerca como si a simple vista nunca fuese suficiente para que él pudiera saciarse de ella. Le causaba curiosidad; toda ella era un manojo de actividades y acciones incoherentes solo en apariencia. Y eso a Obi le provocaba no querer dejar de observarla. E incluso, a veces, la sensación de picor que le expandía desde la yema de sus dedos hasta el hombro, producto del deseo de estirar la mano hasta tomar uno de esos mechones de pelo que le caían sobre el rostro mientras dormía y sentirlo, le provocaban.
Pero Obi no haría eso. O al menos no sin dar la lucha. Y él no era del tipo de hombres que claudicaba sin dar la pelea. Lo malo era, precisamente, que iba a ser una de largo aliento y no estaba en condiciones de asegurar que podía librarla hasta el final.
Eso le preocupaba. Mucho. No solo por el hecho de que era una nueva y extraña sensación que no recordaba haber tenido en mucho, muchísimo tiempo, sino que también porque era casi como una traición. A Zen, a Shirayuki, a sí mismo, a su propia historia.
Dio un suspiro largo y se encogió sobre el tronco del manzano contra el que estaba recostado, dejando escapar parte de la presión que se había estado acumulando en su pecho durante todos esos días.
—¡Oh, estás despierto!— la vocecilla a su lado, como el viento entre las briznas de pasto, sonó a su lado, sorprendiéndolo.
—¿Yo?— se apuntó con un dedo a sí mismo.
—Sí, dormiste largo rato— respondió ella, alzando el libro de su regazo para enseñárselo—, incluso, me he sentado aquí a leer porque parecías no tener deseos de despertar— y sonrió.
—¿Lo dice en serio, señorita?— alzó la vista al cielo, buscando la posición del sol, pero éste se escondía por el oeste, a sus espaldas, detrás del follaje del gran manzano que había ocupado para descansar. Porque cuando se sentó ahí, eso fue lo que pretendía: descansar. Pero al parecer la tensión pudo con él, agotándolo hasta el punto en que se quedó dormido sin haberlo advertido. ¡Y, al parecer, por más tiempo del que había sido adecuado!— ¡Diablos, es tan tarde!
La risa veraniega de Shirayuki sacudió sus sentidos.
—¿Por qué no me despertó?— preguntó en una exhalación, entre aproblemado y resignado, pero con su típico tono desinteresado, lo que hacía realmente difícil determinar en qué estaba pensando.
—Mou, es que te veías tan cansado, has estado en vigilia todos estos días y sus noches; esforzarte tanto no será bueno para tu salud.
—Aun así…— quiso protestar, llevándose una mano a la cabeza, sabiendo que era inútil.
—No creo que tenga nada de malo, ¿sabes?— le interrumpió— Tú necesitabas descansar y la siesta, ciertamente, te ha hecho muy bien, ¿no es verdad? Quedémonos aquí esta noche— sugirió—. Y sino, siempre puedes echarme la culpa a mí.
Él, entonces, la miró con los ojos ambarinos y afilados bien abiertos, genuinamente sorprendido de que le hubiese dicho semejante barbaridad. Y, aunque sí, efectivamente, sí alguien llegase a preguntar por la causa de su demora, si decía que la señorita había querido tomarse un tiempo un poco más extenso para descansar y refrescarse antes de presentarse en Palacio, nadie se atrevería a cuestionarlo.
Por el simple hecho de habérselo planteado ella era casi inaudito. Ni siquiera Zen se auto adjudicaba la responsabilidad de los retrasos tan ligeramente.
Se descubrió pensando en cómo esa chica de aspecto simplón podía sorprenderlo tan gratamente. Del mismo modo en que, inmediatamente después, se encontró pensando en cuánto le gustaría a él que eso ocurriera por mucho, mucho tiempo más. Se sonrió ante la sola idea, convencido de que era algo casi infantil, como si fuese un niño pequeño que se ha encaprichado con su niñera y se porta mal solo para obtener su atención. Y a él le habría parecido algo muy típico suyo, de haber tenido niñera y no haber comenzado a tan temprana edad a meterse en problemas.
Huh.
Ante él, pasaron una serie de escenas que Obi recordaba perfectamente como si se trataran de un sueño lejano. Eran reales, pero habían pasado hace tanto tiempo, que le costaba creer que alguna vez ocurrieron, como si la vida antes de conocer a Zen y ponerse a su servicio no hubiese sido más que una pesadilla olvidada.
Cerró los ojos en un parpadeo prolongado, sintiendo la brisa que el crepúsculo había traído a ese rincón de Clarines y que las ramas del manzano redirigían hacia ellos de manera tranquilizante, acompañándolo de un sonido suave por el mecer de su follaje tan firme como hermoso.
¡Cómo le gustaría congelar el tiempo justo ahí y quedarse así para siempre!
Entonces abrió los ojos y se puso de pie sobre la misma, convencido de que solo así aquella idea no podría volverse realidad, de que aquella no debió haber pasado por su cabeza en primer lugar. Encaró a la chica que seguía sentada a los pies del árbol, con el libro en su regazo y el pelo corto meciéndosele casi imperceptiblemente, y que le miraba con esos ojos verdes que casi parecían dos manojos de hierba buena, y que casi le hacen querer claudicar en la misión de huir.
—Señorita, ¿sabe pescar?— le preguntó, inclinándose un poco.
Ella negó con la cabeza.
—¿Y quisiera aprender?
Acto seguido, le ofreció su mano, más que para ayudarla a levantarse, como cuando, más temprano, lo hizo para que se bajara del coche, como una invitación a ir con él. Y ella, con una sonrisa en ese rostro níveo, aceptó gustosa.
Una vez en pie, caminaron –trotaron- hacia el estero del que habían estado debiendo los caballos, más arriba, donde éste se ensanchaba un poco y sus profundidades disminuían, y el contacto de las bestias con el agua no influiría sobre los peces.
Si hubiese habido peces en ese pequeño curso se agua, aquel habría sido un muy buen plan, pero como no los había, en subsidio, se quitaron las botas y, arremangándose el pantalón, el uno, y las faldas, la otra, ambos chapotearon en las aguas cristalinas de Clarines, como un par de niños.
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Estoy emocionada, hace un año ya que publiqué el primer capítulo de esta historia. La verdad es que no esperaba demorarme tanto, es decir, ya tenía buena parte pensada cuando empecé a publicar, pero los tiempos no han estado de mi parte; la Universidad ha estado horrible, y este semestre, sobre todo, no ha sido el más fácil en ninguno de los sentidos, así que es bien poco el tiempo que tengo para pensar en cómo hacer el siguiente capítulo para que sea de calidad (porque antes muerta que entregar algo que no me convenza).
En fin, espero que les guste, díganme qué les parece.
