Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Valentía
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El futuro no pertenece a los iluminados de corazón. Pertenece a los valientes.- Ronald Reagan
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El resto del viaje fue tranquilo. No hubo mayores novedades, ni retrasos, ni nada que sirviera después como anécdota. Nada que valiera la pena mencionar. Al menos para cualquiera que los hubiera visto andar por los senderos que dirigían al Palacio. Para Obi, por otro lado, se le antojó como el mejor viaje del mundo: la señorita era realmente una buena compañía y ya se habían acostumbrado plenamente a la constante presencia del otro, por lo que las conversaciones, fluidas, en ocasiones y escuetas, en otras, jamás fueron mal recibidas por ninguno de los dos. Ni siquiera los largos silencios en que ella se sumía en su lectura, porque él se mantenía atento al suave sonido del pasar de las páginas al que ya se había familiarizado por completo.
Sin embargo, durante los últimos kilómetros, se habían sumidos ambos –más ella que él- en un silencio que bañaba el aire de una tensión incómoda. Shirayuki, de pronto, pareció no tener más deseos de hablar, respondiendo distraídamente con monosílabos a los intentos del hombre por entablar conversación, por lo que, finalmente, optó por dale su espacio y limitarse a dirigir el coche por las calles que cada vez comenzaban a ser más concurridas, a medida que se acercaban al centro.
Era como si el solo estar en el perímetro de la circunferencia del Palacio la hubiese inducido a un estado de tensión.
Obi la observó tragar pesado, con los ojos bien abiertos y con la expresión dura, por el rabillo del ojo. Suspiró, incapaz de pensar en algo que la ayudara a relajarse. Podía entenderla, de cualquier forma; era una situación difícil y era comprensible que estuviera nerviosa.
Entonces, como un flechazo, recordó el objeto que tenía aún en su bolsillo y sonrió. Eso, quizá, podría ser de ayuda.
El coche avanzó con toda la calma por las calles del pueblo cercano al Palacio, y Shirayuki logró superar en cierta medida su nerviosismo solo para efectos de asomarse por la ventanilla del cubículo, lo necesario como para mirar el pintoresco paisaje del que sería su nuevo hogar. Las calles y pasajes estaban adoquinados, haciendo que los cascos que los caballos sonaran de una forma casi relajante; eran amplias y limpias, las fachadas de las casas y los escaparates de las tiendas eran primorosas, y en cada esquina había postes de madera con macetas con flores coloridas en el extremo superior.
Obi volvió a mirarla de reojo, satisfecho de que hubiese logrado distraerse un poco.
Pronto, el camino adoquinado comenzó a terminarse, para transformarse en un largo y amplio camino de tierra. Era lo bastante ancho como para que dos carruajes pudiesen circular a la vez sin problemas. El camino atravesaba un bosque sorprendentemente bien iluminado gracias al espacio que dejaban las ramas de los árboles para que los rayos de sol acariciaran el suelo, y al salir de él, aparecía frente a sus narices, en todo su esplendor, las puertas del Palacio de Clarines.
El coche se detuvo frente a ellas, unas imponentes rejas de metal custodiadas por dos guardias que se veían francamente intimidantes con esos uniformes que los hacía ver más grandes de lo que seguramente eran en realidad.
—¡Obi!— saludó uno de ellos, el más joven, que se había quedado unos pasos más atrás para darle preferencia al otro, quien parecía mayor, al que igualmente acabó empujando al ver al moreno— ¡eres tú, hombre! ¿cuánto tiempo ha pasado?
—Solo ha sido un mes— rio el aludido con simpatía.
—Has estado haciendo un encargo para el príncipe?— preguntó el otro, más serio.
—Sí, todo en orden. Solo un viaje de ida y vuelta a Tanbarun: nada de lo que alarmarse.
—Socio, tanto como de ida y vuelta, no creo. Has estado fuera más de un mes.
—Vaya, pero cuánto me han extrañado; si a mí se me ha pasado el tiempo volando— bromeó el cochero.
—Jo, ¡ya me imagino el tipo de entretención que—!
—¡Ah! Ejem… ¿me abres ya las puertas? Su Alteza me espera— interrumpió Obi al guardia, repentinamente nervioso.
—Oh, sí, claro, enseguida— balbuceó el más joven, nuevamente, apresurándose a la coyuntura de las rejas y abriéndose lo suficiente como para que el moreno pudiese pasar al interior de los terrenos del castillo.
El cochero hizo un gesto con la mano, que servía tanto como agradecimiento como de despedida para ambos porteros, quienes imitaron su ejemplo con una sonrisa justo antes de darles completamente la espalda y volver a su trabajo.
Shirayuki presenció toda la escena desde el interior del cubículo. Por algún motivo, se negó a asomar siquiera la nariz, repentinamente cohibida. Obi se percató de esto, volteando ligeramente sobre su hombro izquierdo, verificando que la pelirroja no estaba a la vista del público.
Detuvo el coche pocos minutos después, cuando hubo llegado cerca de una de las puertas laterales destinadas a la carga y descarga de pasajeros. Obi de apeó del banquillo del conductor y se dirigió a la puerta del cubículo para abrírsela y ayudarla a bajar. Dentro, la estudiante aún estaba sentada en su sitio, con sus ojos verdes bien abiertos, enfocados en algún punto indefinido del asiento de enfrente, con las manos cerradas sobre sus piernas y –lo que le llamó más la atención- la capucha puesta. Tal y como lo había hecho para salir a pasear con él al festival hace unos días. Obi trató de recordar si se la había visto puesta cuando pasaron por el pueblo más temprano.
Respiró profundo, dándose fuerzas para continuar.
—Señorita— llamó la atención de la chica, haciéndole pegar un respingo—, ya hemos llegado. Es hora de ir— y, acto seguido, le ofreció su mano.
Ella observó la mano semi enguantada de su guardaespaldas, como si esperara que haciendo eso, sus verdaderas intenciones serías reveladas, hasta que, al fin, la reconoció como confiable, colocando la suya por encima y apretando suavemente antes de, con un pequeño impulso, levantarse del asiento y acercarse a él. Su roce fue como una corriente eléctrica que le recorrió el cuerpo completo. Cada fibra de su ser sintió el contacto, hasta tal punto de casar un colapso momentáneo en su actividad cerebral. Y cuando pudo reaccionar, lo único que pudo atinar a hacer fue, de manera torpe, devolverle el apretón, cerrando su amplia mano en torno a la suya pequeña, deteniendo el tiempo por una eterna fracción de segundo.
—Cuidado al bajar.
El instante terminó con esa sola frase y el tiempo volvió a pasar con normalidad, como si nunca hubiese pasado nada.
Porque nada tiene que pasar, se recordó el mayor.
Shirayuki puso ambos pies en la tierra firme, aunque a ella le parecía que todo se movía debajo de ellos. Obi soltó su mano y se volteó hacia el edificio, indicándole a dos sirvientas que se acercaban, que llevaran el equipaje de la señorita a la habitación que Su Alteza había acomodado para ella.
Las dos jóvenes asintieron, y justo antes de retirarse, le dieron una mirada furtiva a la pelirroja, aun con su capucha puesta. Ésta juraría haberlas oído decir algo acerca de lo corriente que era ante de desaparecer por la puerta. Todos ya estaban enterados de la llegada de la chica de Tanbarun, protegida del rey, nombrada como Amiga de la Corona por el príncipe, que residiría en el Palacio por los próximos dos años por invitación del rey Wistaria.
Y de la que todos esperaban una fructífera relación con el príncipe.
Pensar en eso le ponía la carne de gallina. A ambos.
Y fue su estado constante, mientras caminaron en silencio, lado a lado, por los largos y sorprendentemente desiertos pasillos del castillo, rumbo a la oficina de Su Majestad, en donde ella tendría que presentarse con la familia real, quienes serían sus anfitriones por los próximos dos años.
Sin embargo, Shirayuki solo podía pensar en el sonido estridente del silencio. ¿Por qué todo estaba tan silencioso? ¿Es que no había gente rondando por ahí? Era como si cada uno de sus pasos pesara una tonelada, como si su corazón fuese un tambor frenético, que le sonaba en los oídos, no dejándole oír ni sus propios pensamientos. Cerró los ojos con fuerza, tratando se resistir todo el aluvión de sensaciones desastrosas que colapsaban su sistema. Creyó que su cabeza explotaría, o que su corazón se detendría por lo fuerte que latía o…
—Hey— la voz de Obi a su lado la hizo despertar, alejando de pronto toda la bulla y el desorden mental, como si de nuevo todo fuese normal—. Debes estar tranquila, ¿sí?
Si ella notó que él la tuteó, nunca se supo. El caballero se paró frente a ella y buscó algo en su bolsillo y acto seguido, le quitó con delicadeza la capucha, no sin que ella reaccionara por esto. Parpadeó ante el contacto gentil de su mano semi enguantada contra su sien, como si fuese una brisa suave que se colaba entre sus mechones. Shirayuki lo miró, expectante, no sabiendo qué era lo que debía esperar de todo eso.
Solo cuando él quitó la mano, demasiado pronto para su gusto, vio por el rabillo del ojo el brillo de algo que antes no estaba ahí.
—Es un premio— explicó él ante la mirada atónita y confundida de ella— por ser una chica valiente.
Y le sonrió. Y a Shirayuki le pareció la sonrisa más sincera que hubiera visto jamás.
Entonces, las puertas se abrieron para ellos, como si hubiesen estado esperando a que ese intercambio se produjera entre ambos. El guardaespaldas se volteó en dirección a la entrada, para pararse de aquella forma tan correcta en la que estaba cuando lo conoció –y solo aquella vez-, mientras que ella era tomada por sorpresa; aún de perfil, mirando en su dirección, con la mano sobre su sien izquierda, donde resaltaba un adorno para el cabello hecho de vidrio, pero que brillaba como una estrella. Intentó volver a su posición inicial, sin embargo, antes de que las puertas gemelas se abrieran por completo y ella quedara expuesta ante la realiza del país que la acogía.
—Adelante, por favor— la voz de Su Majestad Izana se hizo oír con toda claridad a pesar de su suavidad.
Obedecieron. El rey, si bien era más joven de lo que ella habría esperado, sí era tan guapo como decían los rumores; sentado de una manera poco ceremoniosa, más bien, casi estaba echado sobre el respaldo y parte del posa brazos de su silla, con una sonrisa que no supo decir a ciencia cierta si era amable o maliciosa, y con el pelo rubio platinado amarrado en una cola, cayéndole sobre el hombro.
—Así que tú eres Shirayuki— eso no fue una pregunta en lo absoluto.
—Sí, Su Majestad— respondió la chica, solemne, dando un paso adelante.
Izana sonrió aún más, satisfecho. Era ella, tal y como se la había descrito el viejo Shenerazard. No había sido necesario que ella lo confirmara, porque no podía ser otra que la chica pelirroja y de mirada decidida que había llegado a pararse frente a él con la humildad y gallardía propias de un caballero. Miró de soslayo a su hermano, a su lado, quien también la miraba intentando disimular lo embelesado que estaba, siempre solemne y orgulloso, no importaba la situación.
Sonrió, como si tuviese una travesura en mente.
—Es un verdadero placer conocerla al fin, Shirayuki— comenzó el hombre, irguiéndose—. Su protector, el rey Shenerazard me ha contado maravillas de usted. El reino de Clarines le da su bienvenida y tanto el príncipe como yo, deseamos de todo corazón que se sienta como en su hogar.
Solo entonces, la chica se fijó en el chico junto al rey. Era un hombre alto, no tanto como Obi, pero que tenía un porte distinguido y aristocrático, propio de quien siempre se ha parado derecho, del que el moreno carecía y del que solo adquiría una sombra cuando se presentaban ocasiones como aquella, en que debía comportarse apropiadamente frente a otros.
Tenía los ojos azules y una sonrisa educada y deslumbrante que le quitó la respiración en cuanto se la enseñó.
No pudo evitar convencerse de que el príncipe Zen era, realmente, la personificación del príncipe azul por el que esperaban todas las niñas que alguna vez leyeron cuentos de hadas.
Se ruborizó antes de forzarse a sacar la voz.
—Muchísimas gracias, Su Majestad— hizo una reverencia—, Su Alteza. Agradezco mucho su hospitalidad y por darle la oportunidad de estudiar aquí. Prometo que no los decepcionaré.
—Seguro que sí— sonrió—. Confío en que no tuvieron contratiempos durante el viaje— le echó una mirada al caballero de Zen, quien, estoico, no dijo palabra alguna.
—Sí, Su Majestad.
—Me alegra oír eso. Zen— llamó él y el aludido reaccionó en consecuencia—, creo que nuestra invitada estará deseosa de dar un paseo por el castillo, ¿no crees? Lamentablemente, yo tengo aún un par de asuntos por atender y no podré acompañarla, ¿por qué no lo haces tú?
Ese fue un detonante de reacciones: Zen pareció atragantarse con el aire, Obi exhaló profundo, aún en su postura inescrutable e Izana sonrió más ampliamente.
El príncipe carraspeó, recomponiéndose.
—Por supuesto, sería un auténtico placer— sonrió, y a Shirayuki le comenzó a latir rápido el corazón—. Pero, primero, tengo la impresión de que a la señorita le gustaría descansar un poco de su largo viaje.
—Muchas gracias, Su Alteza, sí quisiera refrescarme y descansar un poco antes de ver los alrededores— sonrió ella y se inclinó levemente.
—Todo arreglado, entonces— intervino Izana, desde atrás—. Acompáñala, por favor— dijo mirando en dirección al moreno—. Estoy seguro que solo le tomara un par de días acostumbrarse a la disposición del castillo, pero hasta entonces…
—Sí, Su Majestad.
Obi no pudo evitar fruncir el entrecejo. No que fuese una molestia acompañar a Shirayuki a su habitación o hasta que se acostumbrara a deambular sola por el Palacio, pero no recibía de muy buen grado las órdenes de otra persona que no fuera Zen. Muy rey de Clarines sería, pero él era caballero de Zen y de nadie más.
—Con su permiso— con eso, ambos se retiraron, y solo cuando las puertas nuevamente estuvieron cerradas a sus espaldas, Shirayuki sintió que pudo respirar con normalidad otra vez.
A su lado, Obi exhaló ruidosamente y luego se estiró, como si hubiese estado encerrado en una caja minúscula al momento. Acto seguido, lo vio llevarse una mano al hombro contrario.
—Buen trabajo—apuntó el y sonrió—. Vamos.
Y ambos se perdieron entre los corredores, ahora camino a la habitación de la chica en lo que sería su nueva residencia por los próximos dos años.
Dentro de la oficina, Zen sentía que había envejecido en esa reunión. Tenía los hombros tensos. Después de soltar todo el aire que había estado acumulando en sus pulmones sin darse cuenta, se giró a ver a su hermano con expresión seria.
Él, en cambio, sonreía.
—Nada mal, ¿no te parece?
—No intentes nada, hermano, por favor— rogó Zen—. Acordamos que dejaría que esto se diera de forma natural.
—Yo no he hecho nada… aún— esto hizo que el menor frunciera el ceño—, y por cómo se dieron las cosas hace unos momentos, tal parece que no tendré que hacerlo, después de todo: ella ha captado tu interés.
Zen se ruborizó al instante y balbuceó una respuesta mientras intentaba esconder su rostro tras su puño.
—Es… posible— confesó, avergonzado, después de un rato.
Izana sonrió, ahora sí, con amplitud.
—Es todo lo que necesito saber.
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¡Uff! Hace chorrocientos años que no actualizaba, y es que la vida ha sido horrible. Las movilizaciones en la universidad duraron tanto tiempo, que al terminar, la escuela de volvió loca.
En fin, espero que les guste este capítulo: se ha producido el primer encuentro entre Shirayuki y Zen, Izana, aunque nadie lo creyera, parece complacido con esto, y Obi parece haber cumplido con su misión, ¿qué más pasará?
Muchas gracias.
