Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Golpe de realidad
.
¿Quién le dice a usted que el corazón se libera ante la realidad?.- Yasmina Reza
.
—¿Cómo te hiciste la cicatriz en la frente?
La pregunta le tomó por sorpresa, obligándole a abrir los ojos y mirarla de soslayo sobre el tronco del manzano que habían elegido para descansar.
—¿Qué clase de pregunta es esa, señorita?— preguntó él, dejando escapar un silbidito.
—¿Estuvo mal?
Obi vaciló antes de responder. No, no era que estuviera mal. Era solo que de todas las personas que se habían fijado en su cicatriz -esa pequeña línea que se perfilaba sobre su ceja izquierda-, ella era la única en la que no había podido leer más que sana curiosidad en sus ojos.
—No, señorita— respondió, incapaz de decir otra cosa.
Shirayuki clavó sus ojos verdes en él, esperando a que dijera algo más, genuinamente aguardando a que le contara lo que ella quería saber.
—¿Por qué quiere saber?
—Porque, cuando estábamos en Tanbarun, prometiste que me contarías sobre ti, Obi— contestó con simpleza, con el libro que estaba leyendo, cerrado sobre su falda—. Y ésa suena como una gran historia.
El hombre exhaló largo, como ya le había oído hacer varias veces, cuando no tenía una respuesta astuta en la punta de la lengua, cuando se tomaba un tiempo para pensar lo siguiente que diría, como si fuese realmente importante.
—Fue hace mucho tiempo, ¿sabe, señorita?— comenzó a contar, perdiendo su mirada en las nubes que pasaban como algodones desmenuzados por el cielo azul claro—. Yo era un niño que tuvo que crecer antes de tiempo...
Shirayuki lo oyó hablar con esa voz grave y desenfadada, que a ella le parecía que guardaba un montón de emociones, que ocultaba tras su aparente desidia y holgazanería. Lo dejó hablar sin interrumpirlo, incluso cuando ya había dejado hace tiempo de hablar sobre su cicatriz y solo decía algunos comentarios graciosos sobre el príncipe Zen y Kiki y Mitsuhide, y alguna otra cosa sobre los festivales que se hacían en el pueblo y que irían juntos la próxima vez, tal y como hicieron antes de dejar Tanbarun.
Ella lo oyó hablar por el sólo gusto de oírlo hablar un poco de sí mismo, aunque luego cambiara de tema y comenzara a hablar del resto, porque su voz producía en ella un efecto tranquilizado, alivianando la tensión del peso que se acumulaba sobre sus hombros.
—Pero es aún más divertido cuando se enfada, ¿sabe—?— pero se calló antes de terminar la idea y se detuvo en medio de un mohín, cuando, de pura casualidad, pone sus ojos dorados en ella y se da cuenta que dormía con la cabeza apoyada sobre el tronco del manzano.
La observó dormir, con el mentón en alto y las suaves hebras de cabello rojo siendo mecidas por la brisa que se filtraba por las ramas del árbol. La visión hizo que una sonrisa traicionera estirara la comisura de sus labios hacia arriba, y tuvo que llevarse una mano a la cara, en parte para ocultar el rubor que se cuajó en sus pómulos, y por otra, para frenar el impulso de tocarla.
Porque tenerla así, contra su voluntad, mientras dormía, cuando nadie más lo estaba viendo, lo hacía merecedor de que le cortaran las manos en el acto. Al menos, él sabía que lo haría sin pensarlo dos veces si descubría a alguien más poniéndole un solo dedo encima a la señorita.
Suspiró con fuerza antes de echarse nuevamente contra el tronco y cerrar los ojos.
Se daría el lujo de estar así sólo un rato más. Y bostezó.
Obi bostezó, incapaz de reprimir su aburrimiento, o más bien, no poniendo ni un poquito de su esfuerzo en ello. Por el contrario, parecía que sus intenciones fueran, en realidad, que el resto advirtiera lo mucho que él moreno quería desaparecer de ahí en ese mismo instante.
Mitsuhide lo miró de soslayo, no sabiendo exactamente cómo reaccionar, o si es que debía hacerlo, incluso. Se le veía genuinamente fastidiado, y eso le llamó poderosamente la atención, porque Obi, ese mono que daba vueltas por el palacio, solía tener buena disposición cuando se trataba de Zen. Ciertamente, pensó que la distancia que había tomado al ser designado como guardaespaldas de Shirayuki, acabaría por afectarle.
Esperaba verlo más entusiasmado.
Se dedicaba a seguirlo como una molesta sombra, jamás estando demasiado lejos de él, desde que Zen había decidido darle una segunda oportunidad para que viviera una vida honesta, luego de que el mayor intentara atentar contra él en uno de sus paseos por el pueblo.
No era como si Shirayuki fuese una mala compañía, tampoco. Por el contrario, era notable lo bien que se llevaban ellos dos y las buenas migas que habían hecho luego de su tiempo en Tanbarun. Era fácil encontrárselos un día cualquiera, charlando juntos, sentados a la sombra de algún árbol, o en el laboratorio, o por los pasillos.
Era como si esos dos chicos, tanto Zen como Shirayuki, fuesen sus personas favoritas en el mundo entero.
¿Entonces qué era lo que le molestaba tanto? Tenerlos a los dos juntos debiera ser una buena noticia.
Pero no parecía ser el caso.
No sabría precisar si era que Obi estaba de mal humor esa tarde o que era esa tarea en particular lo que le ponía de malas.
Lo oyó resoplar, esta vez, para luego re acomodarse en su sitio.
Volvió la vista al frente, verificando que Zen no hubiera salido de su campo visual y, efectivamente, encontrándolo a pocos metros de donde estaban sus guardaespaldas, sentado en una banca de mármol en medio de jardín, desde donde podía apreciarse toda la gama de colores de las flores que, en su conjunto, formaban un bonito y encantador panorama. Aunque, en honor a la verdad, él no se veía tan interesado en las flores como sí en la chica sentada a su lado.
Solo para efectos de probar su incipiente teoría, giró los ojos muy disimuladamente a su compañero, y se sorprendió al encontrarlo paveando, con un foco de atención que estaba lejos, muy lejos de allí; más allá, quizás, de las nubes algodonosas que pasaban por sobre sus cabezas.
Y Mitsuhide se preguntó genuinamente en qué estaría pensando el mono salvaje.
Porque, si bien Obi era, en opinión de Mitsuhide, demasiado espontáneo para su propio gusto, y aunque aquello no era su ideal de caballero, sí debía reconocer que no podía poner objeciones a su trabajo. Quizás sus métodos eran poco ortodoxos, pero sí eran 100% efectivos; no importaba qué tan peligrosa o insignificante fuera la orden, él siempre la ejecutaba a la perfección.
Por eso, no podía menos que extrañarse por su falta de compromiso en esta ocasión, como si tuviera muchas cosas en la cabeza y se permitiera la licencia de pensar en ellas mientras Mitsuhide estuviera ahí para cubrirlo. En rigor, eso no era lo malo, tampoco le molestaba. Pero no era típico suyo, simplemente.
Sintió a Obi estirarse a su lado, en un intento por quitarse la pereza de encima, pero sin llegar a deshacerse del semblante desganado que había llevado desde que le fue encomendado hacer de chaperón esa tarde, en reemplazo de Kiki, quien había solicitado un permiso especial para salir.
Cansado de ese silencio incómodo, el más alto respiró profundo y se dirigió a su compañero:
—Obi, sé que probablemente me dirás que no es de mi incumbencia o simplemente te harás el tonto, pero ¿está todo en orden?
El aludido se fijó en él, casi con desinterés, con los brazos cruzados contra la nuca. Luego esbozó una mueca.
—Jo, maestro Mitsuhide, ¿qué forma de preguntar es esa?— observó, evitando el fondo del asunto.
—L-lo siento, pero...creo qué hay algo que te está molestando— insistió el otro, pese a que probablemente estuviera siendo grosero.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Me parece que no estás siendo el de siempre ahora mismo.
El otro pareció pensarlo un poco, soplando por la nariz y emitiendo un pequeño sonido similar a un resoplido flojo, como si aquél fuera un tema tedioso que habría preferido no tocar, y si era honesto consigo mismo, se sentía fastidiado y se halló no queriendo tener esa conversación con el maestro Mitsuhide, mucho menos en ese momento.
Miró fugazmente a la pareja a través del jardín. Shirayuki sonreía, complacida por la compañía.
Suspiró con fuerza.
—Tienes razón: no es asunto tuyo— puntualizó, cortante, bajando los brazos a sus lados.
Mitsuhide se detuvo en pleno andar para dedicarle una mirada un poco sorprendida al que, usualmente, trataba a todo el mundo con respetuosa simpatía. No se esperaba una reacción así de su parte.
—No me siento bien, me iré antes. Cuento contigo para cubrirme, maestro— y sin dar más explicaciones, saltó y se perdió en él ramaje del árbol bajo el que iban pasando, dejando al susodicho confuso y con la palabra en la boca.
¿Qué era lo que sucedía?
Se llevó una mano a la frente, intentando pensar con claridad, ordenar sus ideas, pero en una maniobra totalmente mala intencionada del destino o del azar, se vio interrumpido por la llegada de Zen y Shirayuki a través del césped.
—Oh, Zen, señorita Shirayuki— saludó el hombre como si nada—, ¿han disfrutado su paseo?
-Sí, por supuesto, ¿y Obi?— contestó Zen con otra pregunta, asintiendo con la cabeza.
—Obi... él, uhm— titubeó, llevándose una mano a la nuca, nervioso—, dijo que no se sentía bien— ¿eso era lo que había dicho, no?
—¿Lo dices en serio? Entonces hay que revisarlo cuanto antes— se apresuró la chica—. Puede que sea algo grave.
—No creo que sea necesario preocuparse, señorita Shirayuki— comentó el mayor de los tres, pensativo—. De seguro solo necesita descansar y se ha ido a dormir la siesta.
—De cualquier modo, Shirayuki— intervino Zen, intentando distender el ambiente—, ¿por qué no entramos? Pronto caerá el fresco.
El grupo entró a las dependencias interiores del palacio. Ya tendría el tiempo de hablar con él más revoltoso de sus caballeros. Por lo pronto, lo mejor sería darle su espacio; sí él mismo se había relegado de esa forma tan abrupta, era porque necesitaba un momento a solas.
Pero ella no lo veía tan claro. Se detuvo a mitad del pasillo, llamando la atención de los sinos dos.
—Uh, iré al laboratorio; olvidé qué hay unas muestras que debo revisar— y con una leve reverencia, se apresuró a trotar por el pasillo en dirección a la farmacia, a vista y paciencia de los dos hombres.
Obi se dejó caer de espaldas sobre la cama.
Estaba totalmente desganado y frustrado. Qué mal había estado en irse de allí y abandonar su puesto como si de verdad tuviera esa opción. Sabía perfectamente que no habría medidas disciplinarias, que el maestro Mitsuhide podría hacer el trabajo de ambos por sí solo, que el amo Zen lo dejaría pasar como si nada, y que Shirayuki probablemente ni notaría su ausencia. Pero eso no lo hacía sentir mejor.
Respiró con fuerza, sólo queriendo poder enterrar la cabeza en un agujero y sellarlo, pero tendría que conformarse con hacerlo en el colchón, allí donde figuraba en ese instante, que apenas podía sentir como suyo, debido a la gran cantidad de tiempo que pasaba realizando trabajos y a su capacidad para dormir en -literalmente- cualquier lugar. Esa habitación apenas era usada para dormir en ciertas ocasiones y cada vez que quería darse una ducha y cambiarse de ropa.
Por un instante, extrañó ese sentido de pertenencia y deseó haber reparado antes en la falta de él. Su naturaleza, su instinto de conservación y de auto protección le había impedido por gran parte de su vida sentirse apegado a algo, y mucho menos a alguien, sabiendo que éstas se iban, desaparecían, traicionaban, porque lo único constante en el mundo es la inconstancia misma.
Y en su momento, lo había entendido a la perfección, entendiéndolo como lo más natural del mundo. Porque ahora ya no estaba tan seguro, porque por más que supiera que todo aquello seguía siendo cierto hasta en el último de los aspectos, él sentía que quería creer que no necesariamente era así y que no haría daño aferrarse a algo, aunque fuera pequeño, y cultivar ese sentido perdido y olvidado de propiedad, de tenerlo como suyo, aunque fuera para guardarlo en una caja y que, en momentos como ésos, en que se sentía no tenía nada, poder contemplarlo, cual cofre del tesoro y pensar... que realmente no estaba tan solo, que a pesar de que todo pudiese estar mal, él sí tenía algo que le ayudara a levantarse.
Un golpecito en la puerta llamó su atención, sacándolo sin delicadeza de la corriente vertiginosa de su conciencia. Giró la mirada hacia la ventana, advirtiendo la escasez de luz del exterior y preguntándose cómo rayos se había distraído tanto como para que le cayera la noche encima y él apenas se hubiera dado cuenta. Respiró profundamente desganado. Tomó entre sus manos la manilla de la puerta y preparó su mejor sonrisa para recibir a quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta.
Pero no había nadie allí, así que su sonrisa se desarmó, y salvo por la manzana roja y brillante que había en el suelo, tampoco habría señales de que alguien
Hubiese estado allí. Se agachó para recogerla, más por no dejarla ahí que porque tuviese deseos de comerla -e ignoró deliberadamente el hecho de que le recordaba a alguien más-, y notó el trozo de papel debajo de ella.
Una sonrisa se coló por sus rasgos, traicionera, al reconocer la letra de Shirayuki, la misma que veía en anotaciones al margen de los libros e informes en el laboratorio; ovalada y solo un poco inclinada hacia la derecha, la tinta delineaba unas cuantas palabras dispuestas en dos o tres líneas cortas. Y estaban dirigidas a él.
"Si necesitabas descansar, solo tenías que decirlo. Te veo mañana, luego de que hayas dormido y desayunado.
Pd. Cómela, está dulce."
No llevaba firma, sólo un pequeño dibujo en una de las esquinas del papel, que claramente estaba arrancado de una de sus libretas de notas. Pero imposible para él no saber con certeza que era suya.
Se llevó con cierta parsimonia la fruta al rostro y sintió la textura fría y suave con la piel de sus labios, y su aroma dulzón con la punta de su nariz, llevándose el pecho y el alma de la frescura frutal y el recuerdo de su dueña. Un aroma agridulce, tranquilizador y abrumador por partes iguales, un aroma que lo hacía sentir en casa aún cuando no sintiera a ese lugar como tal. Un olor que le sacaba sonrisas furtivas.
Uno que no le pertenecía.
Se volvió a echar con pesadez sobre el colchón, esta vez, boca abajo.
Con ese pensamiento en mente, Obi cerró sus ojos dorados y se durmió, con la terrible sensación de que aquello que había despertado ese instinto posesivo que había permanecido dormido todo ese tiempo, le era arrebatado lentamente por alguien más, y que él nada estaba haciendo para evitarlo.
.
Uff! Este capítulo fue muy difícil de escribir, sobre todo por el alubión de emociones que se suponía que debía transmitir y solo espero haber logrado. Realmente espero haberlo logrado.
Vemos a un Obi que está teniendo conciencia de cuál es su realidad y eso no lo hace necesariamente más feliz. Yo uso un dicho muy bueno para este tipo de situaciones; "el golpe avisa y el golpe duele".
Por favor, díganme qué les parece.
