Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Calma y tempestad
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Todo hombre sabio le teme a tres cosas: la tormenta en el mar, una noche sin luna y a la ira de un hombre amable.- Patrick Rothfuss
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Ya nadie sabía qué hacía antes de la llegada de Shirayuki al Palacio, ni tampoco hace cuánto tiempo había sido eso, aunque a algunos eso les pareciera un punto difícil de precisar.
Y es que resultaba muy fácil acostumbrarse a su presencia; era una chica livianita y respetuosa, alegre, sonriente. Incluso Lord Haruka, quien se había opuesto férreamente a la llegada de la chica al Palacio desde el principio, alegando todos y cada uno de los argumentos habidos y por haber -que qué diría la gente, que ella era s9lo una chiquilla ordinaria, que los fondos no sobraban como para despilfarrarlos en causas de beneficencia sin sentido-, había dado su brazo a torcer respecto a ella y ahora podíase verlos teniendo una charla civilizada en medio de los pasillos cualquier día, como si nunca hubiese querido echarla con viento fresco por encontrarla inadecuada para la reputación del príncipe.
No había sido sorpresa para nadie, tampoco, una vez que la vieron hacer buenas migas con el pequeño prodigio de la jefa de farmacéuticos. Ryuu era un chico de doce años pero que aparentaba tener menos, con una expresión parca en sus ojos tan azules como las aguasdemo profundas, a quien nadie quería acercarse, aún a riesgo de no recibir tratamiento médico alguno, por su carácter, aunque sereno, difícil de tratar y su expresión de permanente desinterés.
Garak la colocó de inmediato a disposición del niño para que éste le enseñara todo lo que debía saber sobre las yerba de Clarines antes de darle trabajo de laboratorio, dado el potencial que podía reconocer en ella. Sin embargo, no esperó que al cabo de pocas semanas, ambos ya estuvieren desmenuzando flores y moliendo semillas en el mortero para experimentar, y luego jugarle una pequeña broma con el fermento de aroma a modo de iniciación, le dio la bienvenida oficialmente al equipo de farmacéuticos de la Corte.
La jefa estaba satisfecha y se lo había hecho saber al Rey; su trabajo no era nada menos que impecable y lo realizaba con diligencia y dedicación. Además, había hecho maravillas con su huraño preadolescente, a quien debía obedecer como a un superior, pero al que tenía siguiéndola por todos lados como un polluelo a su mamá gallina.
Desde donde Mitsuhide era capaz de verlo, Shirayuki había significado un cambio para bien en todos ellos; desde que ella se había instalado en el Palacio, podía percibir en Ryuu una disposición diferente hacia las demás personas, mientras que en Obi, generalmente frívolo, tenía una nueva disposición para consigo mismo, como si hubiese encontrado algo que llamase su atención y lo distrajese por partes iguales. ¡Incluso Kiki parecía disfrutar tener una amiga con la que compartir otra cosa que no fueran los entrenamientos con la espada!
A Zen también parecía hacerle bien su presencia. No pudo, ni quiso, reprimir una risita al recordar cómo, hace poco menos de tres meses, Zen entraba como un vendaban a su propia oficina, en donde él esperaba a que terminara su reunión intempestiva con Su Majestad Izana, y de la cual el príncipe había salido airoso y confundido en busca de consejo.
—Zen, estoy seguro que tu hermano no desplegaría todo este esfuerzo en traer a una chica que no fuera buena para ti, por muy linda que fuese.
—Sí, supongo que tienes razón— había concordado él de cabello nevado, sin tener cómo contradecirlo.
—Además, ¿no te da curiosidad?— volvió el ayudante al ataque, mientras hacía como que hacía otra cosa—, apostaría mi espada a que algo muy bueno saldrá de todo esto.
Y no se había equivocado, gracias al cielo.
Obi, ese mono salvaje con casi tanto recorrido y experiencia como un barco mercante, había ido a Tanbarun con el doble propósito encargado por su maestro; escoltar a la estudiante becada hasta Clarines, y conocer y juzgar como todo buen tribunal competente a la chica que venía con apercibimiento de ser un buen prospecto para el segundo príncipe. Con excelentes resultados, la verdad sea dicha; Obi había sido el indicado para el trabajo, y es que el hombre había visto y andado tanto, que no dudaba de su capacidad para juzgar a las personas.
Causaba gracia ver a ese par -o tercio, cuando a Shirayuki y Obi se incluía a Ryuu- andar de allá para acá, cargando papeles, informes, muestras para el laboratorio o sacos de tierra para el invernadero, charlando y riendo como si estuviesen en un paseo por el campo y no trabajando.
Aunque, Kiki estaba segura, Shirayuki disfrutaba del trabajo, y Obi con el solo hecho de acompañarlo.
Al final del día, Shirayuki era como un soplo de aire fresco. Uno con aroma a frutas y tierra de hojas, con toques de yerba buena.
Zen cerró los ojos al tiempo que levantaba la nariz en el aire, percibiendo el olor característico de su farmacéutica predilecta, aún a la distancia, por sobre el de la cena que se estaba sirviendo en ese mismo momento en el comedor.
—¡Miren quién viene allí, ya estaban tardando!— bromeó Zen al ver llegar al dúo por la puerta del comedor.
—Pero si son ustedes los que han llegado demasiado temprano: usualmente llegan tarde a cenar— respondió el de ojos dorados, agudo.
—Es que Zen se ha dado prisa en terminar, dijo que quería darles una sorpresa— contestó por él Mitsuhide, haciendo que el albino se colorara de la vergüenza por verse puesto en evidencia.
Todos rieron al mismo tiempo que los recién llegados tomaban asiento en dos de los tres espacios libres que quedaban en la mesa y llevaban sus platos con las piezas de carne y pan que había en medio.
—Obi, acércame un trozo de asado, ¿quieres?
—Yo te lo alcanzo, Zen.
—Maestro Mitsuhide, el amo me lo ha pedido a mí.
—¡Ya basta ustedes dos!— terció el príncipe, poniendo término ipso facto a la competencia infantil que se disponían a comenzar los sirvientes—. Lo tomaré yo mismo.
—Pe-pero— comenzaron ambos, y fueron silenciados con una sola mirada del de pelo plateado.
Ambos chicos rieron ante la escena mientras los dos hombres más altos sólo se miraron entre sí con cierta decepción, habiendo fallado en su -ridículo- intento por complacer a su amo, pero pasando por alto el casi nada despreciable detalle de que a él no le agradaba, de hecho, ser atendido en exceso, prefiriendo arreglárselas por sí mismo, sobre todo en cuestiones tan cotidianas como echarse al plató uno o dos cucharones de papas desde el otro extremo de la mesa. No obstante, las risas inundaron el lugar, dejando en el olvido el episodio, o no dándole más importancia que como una anécdota graciosa.
Una sirvienta dejó una jarra de vino en medio de la mesa sin servirles, ya que todas sus copas estabas aún casi llenas. La muchacha llegó y se fue sin apenas haber sido advertida por los comensales.
—He oído de la jefa Garak que está muy complacida con tus progresos— comentó el príncipe con una sonrisa.
—¿Es así? Felicitaciones, Shirayuki.
—N-No creo que sea de esa manera, pero gracias— respondió ella, ruborizada.
—Nada de eso, lo estás haciendo bien— le contradijo de nuevo el de ojos azules.
—Estoy poniendo mucho empeño en ello, ¡hay tantas cosas que aún no sé!
La conversación se desarrolló con total normalidad, mientras Obi se perdía en algún rincón de su mente. Solía pasarle cuando se trataba de Shirayuki. Era como si estuviera buscándola dentro de la parte posterior de su cabeza para unirla con la parte de ella de carne y hueso que están frente a él. Y en lo que mordisqueaba un trozo de costilla aliñado, se fijó en cómo ella hablaba y sonreía cada vez que alguien mencionaba sus progresos en el laboratorio. La felicidad y el orgullo se le escapaban por los poros. Notó también cómo se arrancaban algunos mechones rebeldes del recogido que se había hecho en el pelo con el adorno que él le había regalado con evento de su llegada al Palacio, para que éste, que comenzaba a crecerle nuevamente, no le molestara mientras trabajaba.
No pudo evitar preguntarse, como quién no quiere la cosa, qué se sentiría ser alguno de esos cabellos que se deslizaban por la piel de su cuello níveo y le besaban la nuca. Y se obligó a sí mismo a pensar que aquello no le gustaba -ni le asustaba- en lo más mínimo.
Salvo por el hecho de que sí lo hacía.
—¡Ah, pica, pica!— el quejido de la chica lo sacó de sus cavilaciones, sobresaltándolo un poco. La vio abanicándose la boca y llevarse, con prisa, la copa a los labios— ¡Obi!, ¿por qué no me dijiste que esa salsa era picante?
—Oh, lo siento, señorita— se disculpó el moreno, espabilando.
—Es que Obi tolera muy bien el picante— respondió por él Mitsuhide, sirviéndole a la estudiante un poco más de vino.
Hubo risas de nuevo, aunque Obi no perdió de vista a la señorita. Sabía, por esa jugarreta de la jefa de farmacéuticos con el fermento de Roka, que no toleraba del todo bien el alcohol, y no quería que fuera a enfermarse por beber demasiado vino solo para quitarse el picor de la lengua. Así que siguió mordisqueando el hueso de la costilla que hace rato se estaba comiendo con aire ausente, pero siempre tendiéndola a ella en el rabillo del ojo. Solo por si acaso.
Y por un rato, todo estuvo en orden, al punto de que el moreno llegó a despegar sus irises dorados de ella para ponerlos sobre Mitsuhide, quien relataba muy animadamente, para total mortificación de Zen, algo sobre cuando el recién había llegado al Palacio y el príncipe lo rechazaba por completo. Incluso, se permitió sonreír ante la gracia que le causaba la tragicómica relación entre el amo y el maestro Mitsuhide cuando apenas estaban conociéndose, desviando también un poco de su atención a la jarra de vino sobre la mesa y dándose cuenta, por pura casualidad, que su copa estaba más vacía que llena. La tomó por el asa para servirse, pero algo lo hizo detenerse en seco. Tal vez fue el particular editor que desprendía el líquido al ahitarlo, o el extraño color que adquirió el interior del recipiente de plata. Y palideció de pronto, cambiando su mirada ambarina de éste a la chica pelirroja que estaba a su costado izquierdo, y viendo con horror cómo ésta se llevaba la copa a los labios.
—¡Señorita!— se levantó de su silla, arrebatándole la copa de las manos con una exclamación estridente. Los otros le miraron, sorprendidos—, ¿cuánto vino has bebido?
—Obi, calma, no se emborrachará con solo un poco de...
—N-No es eso, el vino...
Y como si haber advertido en ello hubiese detonado una especie de reacción bioquímica en su cuerpo, Shirayuki comenzó a desvanecerse lentamente, cayendo hacia un lado y siendo sostenida por Zen antes de que tocase el suelo. Le dirigió una mirada interrogante y exigente aún con la chica entre los brazos, buscando una explicación, pero tanto él como el resto ya sospechaban la respuesta.
—El vino está envenenado— lo que todos pensaban fue verbalizado por la voz calma y severa de la rubia, observando el interior de la jarra.
—¡Maldición!— vociferó Zen—. Avísenle a...
—A la orden— contestó el peliazul, sabiendo perfectamente que Garak ya se había retirado del comedor.
—¡Kiki!— pero la mujer ya iba de salida, anticipándose a la orden de Zen; tenía que informarle a Su Majestad de lo ocurrido—. Hay que llevarla al hospital— le indicó al único que quedaba ahí, levantándose con ella en andas—. Obi, por favor...— pero él parecía incapaz de reaccionar, con los ojos dorados abiertos de par en par y el cuerpo totalmente tieso— ¡Obi!
—Ah, sí— reaccionó por fin, volviendo a la realidad y mirando a hombre a quien servía—. Sí.
Y se fue. Tenía claro lo que debía hacer: iría y buscaría -No, encontraría- al responsable y lo haría pagar por su atrevimiento. Y no descansaría hasta lograrlo. Algo se había encendido en su interior que ya no tenía vuelta atrás. Un instinto, un ardor que nacía desde su estómago y fulguraba y bombeaba adrenalina y rabia cual volcán en erupción. Una frialdad -¿o quemazón?- asesina que creía ya abandonada y perdida, pero que había despertado sin remedio.
Quien fuera que fuese el culpable, no debía de estar lejos, pero de seguro ya estaría alertado de que su fechoría ya estaba en grado de ejecución, por el alboroto que se había armado en el comedor. No era capaz de recordar el rostro de la chica que les había acercado el jarrón -¿o había sido una señora mayor? No, definitivamente fue una chica-, pero dudaba, de todos modos, que ella tuviera realmente algo que ver; hubiera sido muy fácil de rastrear. No, lo más probable era que hubiese sido engañada o presionada para dejarles el veneno cerca, porque de lo contrario, sería demasiado fácil dar con el culpable; sólo bastaría interrogar a la chica. Pero no, no era el caso. Tenía que ser alguien más, alguien que tuviera acceso a la comida y la bebida que llegaban a manos de las meseras, aunque tampoco creía que los cocineros estuviesen involucrados.
Alguien más, pero quién, ¿quién?
Por otro lado, también le llamaba la atención el hecho de que alguien quisiera envenenar a Shirayuki, es decir, la señorita estaba en una posición envidiable respecto a cualquier otra chica o herbolario del reino que estuviera interesada, ya sea en el príncipe o en el puesto en la Corte, pero de una u otra forma, le sonaba extraño. Ella seguía siendo, después de todo, una chica ordinaria, completamente inofensiva. La posibilidad de que en verdad Zen fuese el objetivo original del atentado y que la señorita no fuese más que una víctima circunstancia, cobraba fuerza.
Siguió recorriendo las inmediaciones del castillo, dispuesto a ampliar su radio de búsqueda de no tener resultados luego. Pero algo le decía que no tardaría en dar con su objetivo. Los rezagaos de su pasado insurrecto le llevó a uno de los jardines con poca iluminación que estaba rodeado de cercas hechas con arbustos y rosales, y que, sí fuera él quien estuviera huyendo como culpable de la escena del crimen -como en alguna ocasión sucedió-, sería ese el lugar por donde iría.
Fue ahí, precisamente, donde lo encontró —y Obi no pudo evitar sentir un pinchazo de orgullo y vergüenza en la parte de atrás de su cabeza por este hecho- corriendo entre los rosales, esperando que éstos y la penumbra fuesen suficientes para esconderlo. Sin embargo, nada iba a ser capaz de salvarlo de la furia mal contenida de un antiguo mercenario con ansias de resolver una afrenta personal. Obi lo sorprendió agazapado detrás de una de las matas y de una sola patada en el pecho lo echó hacia atrás. El pobre diablo lo miró aterrorizado desde el suelo como estaba, sabiendo perfectamente en un instante cuál sería su suerte si ese hombre concretaba las acciones que su semblante decía a gritos que quería-y, no le cabía duda alguna, era capaz- hacer con él.
—Y-Yo juro que no...— intentó justificarse el criminal, presa del pánico.
—Quién te dio órdenes— le exigió el caballero, levantándolo del suelo con solo haberlo tomado del cuello de la camisa— ¡para quién trabajas!
Era curioso cómo aquellas preguntas eran absolutas exigencias cuando salían de sus labios, blancos por la presión ejercida contra ellos. Sus ojos, usualmente apacibles y carismáticos, reflejaban una bestia sedienta de sangre que luchaba por salir, pero que sólo en virtud de la información que buscaba y que aún no tenía, no daba rienda suelta a sus instintos más brutales y oscuros.
Por una ínfima fracción de segundo, el desgraciado pudo respirar con tranquilidad. Pero esa fracción acabó antes de poder disfrutarla realmente, porque inmediatamente después, cuál cobra que deja exhalar a su presa antes de asfixiarla, recibió un golpe en la boca del estómago cuando menos se lo esperó, y le arrebató el aire que acababa de inspirar.
Entonces llegó a temer realmente, y con justa causa, que sería su fin. ¡Maldito fuera el momento en que aceptó esa coima!
Para su sorpresa, fue arrojado como un vil sacó de escombros a una especie de mazmorra -si es que a ese almacén podía llamársele así, que dudaba-, en vez de ser apaleado por ese hombre hasta que se le ocurriera soltar la verdad. Bien, eso le daría tiempo para pensar en algo antes de que las cosas se pusieran peor.
Craso error.
Cuando Obi llegó a la habitación dispuesta como enfermería junto al laboratorio, se encontró con que Shirayuki ya había sido llevada a su propia habitación y que allá, la jefa Garak le estaba suministrando el antídoto que contrarrestaba el veneno.
El ambiente era tenso en el cuarto de la pelirroja, jamás lo había visto así. Garak inyectaba una sustancia de color poco agradable en el brazo de la enferma, mientras que Ryuu acomodaba un paño húmedo sobre su frente. Reinaba un silencio casi sepulcral, roto únicamente por el segundero del reloj que colgaba sobre la pared y la respiración débil e irregular de Shirayuki.
—La buena noticia es que estamos a tiempo, no ha pasado mucho rato desde que la ingirió— comentó la rubia, levantándose y encarando a Su Alteza, que miraba todo con especial atención—, lo malo es que no estoy realmente segura de cuánto bebió; el que haya estado mezclado con el alcohol tampoco ayuda, ya que es vaso dilatador y hace que la irrigación sanguínea aumente y... en fin, tuve que apostar por una dosis más severa.
—¿Qué significa eso?— preguntó Obi. Se sentía un completo ignorante, y eso le asustaba. Se sentía frustrado, molesto, impotente, temeroso, y podía apostar a que Zen estaba igual. O incluso peor, por cómo le veía mirarla.
—Que el efecto del veneno claudicará, pero que su sistema inmune pagará los platos rotos. Hará fiebre. Hay que cuidar que no le suba demasiado la temperatura, pero no hay otra opción, así es cómo reacciona el cuerpo cuando un agente extraño le invade.
Obi oyó claramente cómo Zen intentó reprimir un gemido que representaba una perfecta amalgama entre angustia y alivio, ambas realmente imposibles de contener. Él lo sabía: tenía el pecho henchido de ellas dos en ese mismísimo largo e interminable segundo, al punto de hacerlo querer vomitar, por el efecto que la adrenalina dejando su cuerpo le estaba provocando.
Garak salió de la habitación, invitando al niño a ir con ella, porque ya era demasiado noche como para que anduviera dando vueltas y había mucho trabajo que hacer al día siguiente, considerando que Shirayuki no podría hacerlo ella. Pasaron horas -¿o quizás fueron sólo minutos?- en que Obi y Zen permanecieron callados, velando el sueño de la estudiante que había sido víctima de un atentado que no estaba destinado a ella, en primer lugar.
El de ojos azules, sentado sobre el diván, rompió el silencio con voz ronca:
—El veneno era para mí— el otro no dijo nada, él también lo sabía bien—. Ella está viva por causa tuya, Obi. Gracias.
—No diga eso— murmuró el aludido, apretando los puños. No tuvo el valor de mirarla en todo el rato que llevaba ahí, manteniéndose apartado, apoyado sobre el marco del ventanal, cruzado de brazos y rumiando su amargura.
—Lo digo en serio— insistió su amo, viéndolo con una expresión dolida y avergonzada—, ¿cómo pude no darme cuenta? En cambio tú...
—¡Que no hice nada, con un demonio!— alzó la voz, pero la bajó de inmediato—. Si yo realmente hubiera estado haciendo mi trabajo como se debe, ella no estaría ahora en este estado. Maldición— golpeó el marco con el puño—, fue sólo un segundo... y sucede esto.
El silencio reinó entre ellos.
—Aún así está viva. Y es gracias a ti.
—Lo siento, amo, pero no puedo aceptar eso— sentenció, y habiendo dicho eso, abrió la ventana y saltó del balcón, perdiéndose en la densidad de la noche.
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Y bueno, este capítulo fue muy emocionante y a la vez difícil de escribir: quería que todas las emociones que iban sintiendo los pesonajes fueran a corde a la secuencia de los hechos narrados y que a la vez fueran creibles. El resultado final me gustó mucho, a ver qué dicen ustedes.
Espero realmente tener más tiempo para vanzar y actualizar: la escuela terminó (sí, egresé: incleíble, pero cierto).
