Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Arrepentimiento
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Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada.- Giovanni Boccaccio
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Obi botezó otra vez antes de que pasara un minuto entero desde la última vez que lo hizo. Figuraba recostado sobre uno de los árboles que crecía en uno de los tantos jardines del palacio, lejos de los ojos de terceros.
Sin embargo, lejos de estar descansado, como cualquiera habría pensado al verlo, considerando que estaba desocupado por el momento, estaba inquieto. No había podido descansar desde la noche anterior. No había podido dormir como corresponde, y eso le tenía agotado, tan terriblemente agotado como no lo creyó nunca de un día para el otro.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Shirayuki inconsciente le hacía abrirlos de inmediato. Y así había estado desde la noche del accidente, sin poder pegar pestaña.
Soltó otro bostezo, incapaz de retenerlo por más tiempo.
—¿Qué tan cansado tienes que estar para bostezar así?— la voz femenina le hizo pegar un respingo.
—Oh, señorita Kiki— le saludó él, cuando se contorcionó para verla a través del follaje, desde donde la vio devolverles gesto. Acto seguido, bajó d un salto para llegar a su altura—, qué sorpresa verla por aquí, ¿hay algo que necesite?
Ella, por su parte, sonrió de medio lado, que era lo que podía esperarse de ella. Nunca era demasiado demostrativa de sus emociones.
—No te he visto dar vueltas este último par de días— dijo ella, como si con eso respondiera a su pregunta—. Te ves cansado.
—¿De verdad?— contestó con otra pregunta, sonriendo como tonto, evasivo del asunto principal e intentando que el la falta de sueño no se le notara en la voz—, porque he descansado un montón.
—Lamentó decírtelo, Obi, pero no lo parece.
Y era cierto. Obi se veía agotado, y no lo decía solo porque lo había oído bostezar varias veces en lo que se acercaba a él, sino por cómo se veía; su postura, siempre esbelta, estaba desarmada, como si no pudiera soportar el peso de sus propios hombros, y oír las incipientes bolsas bajo sus usualmente vivaces ojos dorados.
—Estás preocupado por Shirayuki.
Eso era una sentencia, no una investigación.
Entonces, la expresión siempre sonriente de Obi se cayó por lo que a Kiki le pareció apenas una fracción de segundo, antes de volver a componerse en la máscara aparentemente imperturbable y desenfadada del que era el más reciente caballero del príncipe Zen.
No tuvo tiempo de negarlo o confirmarlo antes de que volviera a atacar.
—Si estás tan preocupado por ella, ¿por qué no ha ido a verla?
Obi guardó silencio por un momento, incapaz de poner en orden sus ideas. Compuso pensamientos nublaron su mente y las imágenes de los últimos días se sobreponían la una a la otra en una composición yuxtapuesta de enredadas emociones. Y de aquello, lo único que podía sacar en limpio, era que lo ocurrido a Shirayuki hace dos noches durante le cena había sido únicamente culpa suya, por no haberlo advertido, por no haberlo evitado. Por estar demasiado ocupado distrayéndose con lo que era el destino de alguien más.
—Apuesto a que está ansiosa de verte— y entonces, la sonrisa que se formó en el rostro de la mujer lo desarmó por completo, ante la poca, escasa frecuencia con la que aquello ocurría.
Sin embargo, apenas tuvo tiempo de reaccionar, pues sobre la misma, ésta se marchó, dejando a un muy pensativo Obi bajo la sombra del árbol, convencido de que se había estado portando como un idiota.
Shirayuki largó un suspiro, recostada sobe la cabecera de la cama llena de almohadas.
La jefa había pasado por allí esa mañana para chequear su estado y cómo había amanecido, por además de notarla un poco cansada -lo que tenía muy fácil solución- no había encontrado mayores problemas en sus signos vitales: buena temperatura, pulso estable y lucía un lindo color rosa en las mejillas, así que le -ordenó- recomendó que guardara reposo encama, al menos hasta la mañana siguiente, cuando recibiría nuevo diagnóstico.
Sin embargo, a ella el descanso no le estaba resultando tan placentero: en cualquier otra circunstancia, ella habría aprovechado de dormir las horas que le faltaban por el trabajo en la farmacia, o de estudiar o leer o... algo. Pero lo cierto era que no podía; había algo que le daba vueltas y vueltas en la cabeza y que no la dejaba en paz.
Y aquello era Obi. O la ausencia de Obi, al menos.
No había visto a Obi desde aquella noche durante la cena, ya que no había aparecido cuando despertó, así como tampoco esa mañana ni lo que llevaban de tarde. Y ella se preguntaba incesantemente por qué sería.
¿Estaría ocupado? ¿Zen le habría enviado a hacer algún encargo? Si ese fuese el caso, Zen se lo habría dicho. O Kiki, o Mitsuhide. No que ella hubiese preguntado, tampoco.
Tal vez en realidad él no había ido a posta. De seguro estaba bien con el hecho de poder tomarse unos días libres, ya que había sido designado para escoltarla desde antes de salir de Tanbarun y quizás ya estaba harto de seguir por todos lados a una chica que, para empezar, ni siquiera pertenecía a su reino. Era absolutamente compresible que quisiera tomarse un descanso de sus obligaciones de vez en cuando.
Ella podía entenderlo, sí.
Lo que a ella le rompía el corazón era encontrarse de frente con el hecho de que únicamente ella había pensado que lo suyo era algo más que una relación señorita-guardaespaldas. Shirayuki habría puesto sus dos manos al fuego porque ambos eran amigos.
Volvió a suspirar ante la idea desoladora. Sobre la misma, estiró la mano para alcanzar el adorno de vidrio para el cabello que Obi le había obsequiado en su primer día en el palacio y que reposaba en la mesita de noche junto al jarrón con agua que una doncella había dejado ahí para ella usando se llevó la bandeja con los platos de su almuerzo.
Lo tomó entre sus manos y lo colocó entre su rostro y la luz del sol, y apreció el lindo juego de pequeñas lucesitas que se desparramaban por las sábanas cuando él haz se refractaba.
Sin embargo, el ruido que vino desde su ventana le sacó de su ensoñación. Guardó silencio y agudizó el oído para cerciorarse de que había oído bien, o simplemente fue producto de su imaginación. Luego de unos segundos, el sonido se repitió.
Su corazón comenzó a latir con fuerza ante la expectación, convencida de que difícilmente podría justificar sonidos así bajo su ventana de no saber perfectamente quién era capaz de entrar y salir por esa vía con la destreza de un gato callejero.
—¿Qué tal, señorita?
—¡Obi!
Obi atravesó las cortinas transparentes que separaban el interior de la habitación de la señorita, con el exterior, que ondeaban a merced de la brisa de esa tarde soleada, como si fuera alguna especie de aparición etérea.
La exclamación de Shirayuki llegó al mismo tiempo que sintió cómo el peso de su chocaba contra el suyo propio, y el calor de sus brazos rodean su cintura en un acto tan espontáneo que costaba trabajo creer que viniera de una convaleciente. Y él, por supuesto, solo tardó un segundo en reaccionar, devolviendo el gesto y cerrando sus brazos n torno a los hombros enjutos de la chica.
Cuánto se alegraba en ese momento de que ella pudiera ver su rostro.
—¡Estás aquí!— habló ella una vez que se separó.
Y su mirada quería esconder la vergüenza de no haberlo estado antes, de hacerlo pensar que aquello no sería así. A cambio, le enseñó el manojo verde salpicando de blanco que traía en una mano.
—Le he traído esto, señorita— le ofreció él, su voz intentando ocultar una poco común timidez.
—Obi, son maravillosas— las recibió con una sonrisa y llevándoselas cerca del rostro—. Muchas gracias.
—Pensé que eran bonitos, y las vi dibujadas en uno de los libros de Ryuu.
Él se llevó una mano a la nuca, nervioso, tímido, y a ella le pareció de lo más adorable el incipiente rubor que se quiso cuajar sobre su nariz, así que tampoco pudo evitar soltar una pequeña risita discreta.
—¿Sabe? No debería estar en pie, señorita— observó él, acompañándola e instándola a entrar en la cama—: aun tiene que reponer sus fuerzas.
—Tonterías, ya estoy completamente recuperada— protestó ella, ya sentada sobre el colchón y una sonrisa en el rostro.
Él le sonrió de vuelta, sin querer decirle que se le notaba en la cara que no había descansado lo suficiente.
—De acuerdo, de acuerdo— pero aun así, ayudó a que se acomodara y a ponerle nuevamente las sábanas encima.
Un largo -¿o quizás fueron solo unos segundos?- y cómo silencio se instaló entre ellos, en el que parecía no ser necesario decir nada porque todo estaba dicho in que mediaran las palabras. Las palabras entre ellos no siempre era necesarias.
—Me alegro tanto de verte.
—También yo, señorita.
Y entonces, así, no había nada más que decir.
La recuperación de Shirayuki marchó sin mayores contratiempos. Una vez que se le permitió salir de la cama, recibió un diagnóstico según el cual aún estaba convaleciente, ya que sus anticuerpos no se habían restablecido del todo, pero que todo debería andar bien siempre que no se sobre esforzara demasiado. Sin embargo, como todo buen especialista en la salud, era una pésima paciente, por lo que ya era normal para el resto oír cómo era constantemente reprendida por la jefa de farmacéuticos por no seguir las instrucciones.
Zen había solicitado que la segunda oportunidad del palacio aumentara y Obi se mantenía de buena gana junto a la pelirroja mientras realizaba sus labores diarios, echándole una mano o simplemente haciéndole compañía.
La atmósfera al rededor de ellos era muy agradable.
Todo parecía ir en orden.
O al menos eso pensaba Mitsuhide antes de notar a Zen con la mirada perdida la infinidad del vacío cuando debiera haber estado concentrado en el informe sobre las últimas cifras de mercantilidad que tenía en frente.
Entonces, curioso e ignorante, y sobre todo, preocupado, decidió preguntar:
—¿Qué es lo que tiene tan distraído últimamente, Zen?— se atrevió el mayor lo más casualmente que pudo, cuando quiso dejarle otro papel en la pila de pendientes.
Kiki seguía ordenando libros en el estante que se disponía a un costado delta habitación sin siquiera voltear el rostro ante el comentario de su compañero. Ciertamente, ella también mi había notado, es decir, había que ser ciego para no verlo, pero había decidido que aguardaría a que él mismo estuviera listo para contárselo.
O a que Mitsuhide preguntara, lo que ocurriera primero.
Tal parecía ser que sería lo segundo.
Zen bajó el rostro ante la pregunta y se sonrojó, renunciando a la idea de fingir demencia frente al asunto. Si Mitsuhide se lo estaba preguntando de esa forma tan directa y frontal era porque ya era demasiado obvio que algo sucedía. Se preguntaba cuánto él sabía en realidad. Por otro lado, no lo hacía respecto a Kiki; no dudaba que ella ya lo supiera todo.
Kiki siempre sabía todo.
Inspiró largamente para confesar en la exhalación correlativa.
—Besé a Shirayuki— acabó por decir a medida que se acababa el aire de sus pulmones.
Hubo un instante de silencio en que tanto uno como otro guardaespaldas se le quedaron viendo en absoluto mutismo, casi impresionados, y Zen volvió a preguntarse cuánto sabían en realidad.
—¿Que besaste a Shirayuki? Eso es genial— vitoreó el mayor, acercándose a su amo y abrazándolo por los hombros, orgulloso, cual hermano mayo que celebra que el menor está creciendo, y Zen no tuviera uno ya—. ¿Y qué sucedió, qué te dijo?
El príncipe pareció no estar feliz con eso último, ya su expresión cambió.
—Ella no dijo nada— y ante la mueca extrañada de su más viejo amigo, él se vio obligado a explicarse—. Ella estaba dormida: fue justo antes de que despertara. ¡Es que simplemente no pude evitarlo! Y la besé. Ni siquiera creo que lo sepa.
Sin embargo, el sonido de un montón de hojas de papel cayendo al piso de forma estrepitosa interrumpieron el resto de la explicación. Los tres voltearon y dirigieron sus miradas a la puerta, desde donde Obi los miraba con los ojos bien abiertos y la expresión paralizada, como si un foco de luz incandescente le hubiese pillado en plena acción de entrar a la oficina, viéndose en la incapacidad de terminarla.
—Oh, lo siento, qué torpe— se disculpó el moreno, agachándose a recoger el desastre que él había ocasionado.
Mitsuhide se volteó nuevamente a ver a Zen con lentitud, como si nunca hubiesen sido interrumpidos. Él, por otro lado, únicamente quería dejar de ser el centro de atención. O esconderse bajo el escritorio, cualquiera le valía.
Zen suspiró pesadamente, echándose nuevamente en el asiento y llevándose una mano a la cara.
—Y ahora no puedo mirarla a la cara, ¿me habré equivocado?— caviló él en voz alta—, Ogh.
Sin embargo, no hubo respuesta por parte de la rubia, quien se volvió hacia el estante para completar su tarea en silencio. Mitsuhide, por otro lado, con la mano en el mentón, se vio impedido de hacerla cuando Obi pasó junto a él con aire frío. No parecía ser una buena señal.
—Por supuesto que sí— la voz, tajante y algo enfadada de Obi se hizo presente para contestar a la pregunta más bien retórica de su amo. Dejó los papeles que se le habían caído y que correspondían a los últimos reportes de funcionamiento de la farmacia, y se adelantó al balcón que estaba detrás—. Solo... no vayas por ahí besando a la gente sin preguntarle, ¿quieres?— y saltó, sin más, como si aquello no requiriera esfuerzo alguno, dejando a todos los presentes con la sensación de que acababa de pasar un huracán.
Zen vio marchar a su caballero como ya lo había visto hacer otras veces, sin embargo, se atragantó con la certeza de que cada vez que lo hacía en malos términos siempre tenía que ver con Shirayuki. Desvió su mirada a Kiki, quien le devolvió el gesto con un semblante serio, casi reprochador, y él se preguntó entonces, no por primera vez, si había actuado mal.
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Sí, han pasado millones de años, pero el grado de verdad me tiene sin tiempo para absolutamente nada.
