Disclaimer: Akagami no Shirayuki Hime no me pertenece.


Carencia o pérdida

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No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.- Joaquín Sabina


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La señorita, ciertamente, ya se había recuperado por completo tan solo unos días después, a tal punto de que cualquiera que la viera trotar por los pasillos y sonreír con las mejillas llenas, se preguntaría si realmente aquella niña había sido envenenada hace tan solo un semana.

El palacio había estado siendo un caos entonces. Pero ahora ya nadie lo mencionaba, como si el peligro hubiera desaparecido con el solo hecho de haber salido de la cama.

Sin embargo, para él no era tan fácil. Para Obi, los días en que la señorita estuvo inconsciente, fueron las peores horas de su vida (y aquello era mucho decir porque, la verdad sea dicha, él sabía de horas malas), y lo que le siguieron, en que estuvo en cama sin verla, o lo un poco menos malas, en la medida en que sabía que ella ataba fuera de peligro. Y aun cuando ya todo había pasado, a él la sensación de paranoia e incomodidad no lo soltaba. Era como si sintiera que no podía respirar en ningún momento, porque en el momento en que exhalara, Shirayuki se desvanecería en el aire.

Además, estaba el hecho de que o podía, por más que lo intentara, quitarse de la cabeza de la discusión que había tenido con el príncipe Zen hace no mucho.

Todas esas cosas juntas le causaban acidez. En consecuencia, había estado de un humor de perros toda la mañana, por lo que, saltándose un poco su obligaciones, había preferido escabullirse y no tener que lidiar con nadie hasta que se le pasara la rabieta.

O eso era lo que pretendía.

—¡Obi, qué bueno que te encuentro!— la voz melodiosa de Shirayuki llamándolo a viva voz lo sacó de sus cavilaciones. Él intentó hacerse el que no estaba, mientras se arrellanaba aun más en la rama del frondoso árbol en el que se encontraba, a ver si ella se convencía de haberse equivocado. Aunque le sorprendía un poco que se hubiera dado cuenta en primer lugar, ya que, según él, su escondite no se veía desde el pasillo, tampoco desde la farmacia—, ¿puedes ayudarme con unas cajas?

Pero solo eso bastó para hacerlo salir. Soltó un suspiro resignado y saltó desde su rama, para aterrizar en el césped a tan solo unos metros de ella. Shirayuki le sonrió, para variar.

—¿Te estabas escondiendo de mí?— preguntó ella, medio en broma, mientras sostenía unas cajas que se veían pesadas.

O al menos él pensó que bromeaba, por cómo sonreía tan abiertamente y su tono risueño.

En vez de contestarle, prefirió cambiar de tema.

—No debería estar cargado cosas tan pesadas, señorita. Aun tiene que recuperar fuerzas.

—Por eso estaba buscándote.

Y Obi se preguntó cuánto tiempo había tardado en encontrarlo.

Para dar por zanjado el asunto, Obi tomó una de las cajas que tenía la señorita, la más grande, permitiendo que ella llevara la más pequeña -ya sabía él cómo le molestaba a Shirayuki que quisieran hacer todo el trabajo por ella- y se echaron a andar por el pasillo, probablemente hacia uno de los almacenes de la farmacia. Las cajas emitieron un ligero sonidito típico de cuando un vidrio choca suavemente con otro, que a él le recordó a una campanilla de viento.

—¿Qué trae aquí, señorita?

—Son botellas de fermentado de Roka.

—Oh, eso me trae recuerdos— rio Obi ante la mención del líquido alcoholico.

Porque era imposible para él (o para cualquiera que lo hubiese presenciado, en realidad), olvidar lo ocurrido cuando, a modo de iniciación, se le dio a beber a la señorita un poco de fermentado de Roka sin decirle qué era. Shirayuki estuvo bajo los efectos del alcohol todo el resto del día.

—¿Verdad que sí?— rio ella a su lado.

Pero tampoco podía olvidar que había estado pensando precisamente en eso cuando la señorita bebió de una jarra de vino envenenada, y lo que había ocurrido después.

Su semblante cayó de inmediato.

—Señorita...

—¿Sí, Obi?

—Ha pasado algún tiempo desde que nos conocimos en Tanbarun— balbuceó él—, y han pasado tantas cosas desde entonces... Señorita, ¿no se arrepiente de haber venido?

Y la pregunta pendió en el aire, haciendo que éste se volviera denso e irrespirable. Obi sintió que le dolían los pulmones por estar aguantando la respiración.

—Obi—llamó ella con seriedad y él se sobresaltó—, si vuelves a decir eso otra vez, me enfadaré mucho contigo.

Acto seguido, la chica depositó su propia caja sobre la que Obi estaba llevando, se dio media vuelta y se marchó de vuelta al laboratorio, asumiendo que él podría terminar la tarea por su cuenta.

El hombre la vio alejarse con ese paso tan ligero y resuelto a la vez, que conocía tan bien y que le había visto tantas veces, pero que ahora iba dejando una estela de rechazo y molestia que no iban dirigidas más que a él. Y mientras intentaba explicarse a sí mismo qué acababa de suceder -porque, claramente había sido algo que dijo, cuando, a pesar de no estar en su sitio para hacerlo, ella nunca le dio señales de que hubiese ese tipo de límites entre ellos-, una sensación parecida al dolor proveniente de un piedrazo invisible se instaló en su pecho, sumado a la incertidumbre de no saber de dónde venía el ataque.

Por supuesto que no se arrepentía de haber venido, en Clarines le esperaba un futuro brillante: estudiante becada para farmacéutica de la Corte, viviendo en el Palacio mismo donde se reunía la crema y nata de la alta sociedad, y dónde podía tener la simpatía del mismísimo príncipe, quien, además, buscaba cortejarla.

Ser envenenada por accidente parecía un riesgo marginal en relación a todos los beneficios y oportunidades que adquiría en relación.

(Claro, el hecho de que él sabía perfectamente que Shirayuki no era ese tipo de mujer no lo golpeó con suficiente fuerza como para desestimar todo su delirio).

Su cuerpo se movió por sí solo, con independencia total de su voluntad, porque no registró cuando pasó por el almacén y se deshizo de las cajas con fermentado de Roka, así como tampoco el momento en que salió de los terrenos del Palacio, para vagar por el bosque hasta llegar a las calles adoquinadas del pueblo con aire ausente.

Y difícilmente lo hizo cuando, por estar caminando por una de las concurridas calles del pueblo sin prestar atención a lo que había alrededor, chocó con otro transeúnte, no lo suficientemente fuerte como para derribarlo, pero sí como para llamar su atención. El aldeano se volteó hacia él para increparlo solo para darse cuenta de que, de hecho, lo conocía.

—¿Obi?

La voz femenina pareció traerlo escasamente a la realidad, o más bien, al pasado, cuando era un chico herido y solo.


Obi no era nadie para hablar de buen comportamiento, ciertamente, ya que su historial no era muy bueno, para empezar. Y no solo por el hecho de haber sido atrapado tratando de asaltar al segundo príncipe del reino. Ese había sido tan solo el último de sus crímenes antes que la vida le diera una oportunidad para enderezar sus rumbos.

No. Su prontuario delictivo se remontaba a varios años antes, cuando era solo un crío que se dedicaba a hacer cosas de grandes para obtener dinero y llenar su estómago. Para ser bien honesto, le iba bastante bien; la gente pegaba cuantiosas sumas de dinero por deshacerse de sus problemas, y él no iba a cuestionarlos: solo obedecía.

Sí, había ocasiones en que debía irse de casa durante varios días solo para concretar un encargo, pero tampoco era que le tuviera demasiado apego a ese tejado ruinoso desde donde podía ver toda la ciudad. Sí, era fresco, le llegaba bien la brisa fresca y la calidez del sol era fantástica para tomar la siesta. Pero tener el estómago lleno valía el sacrificio.

Solo se detuvo el día en que, varios años más tarde, cuando ya era lo suficientemente mayor como para discernir entre el bien y el mal, y llegó seriamente lastimado al callejón en donde su techumbre le ofrecía refugio, pero la gravedad de sus heridas le impidió subir y, por el contrario, le hizo caer al suelo del húmedo y mohoso callejón.

Y él, esperando morir, cedió ante el peso de sus párpados azules para huir del cansancio y el dolor.

Obi despertó al rato después (nunca sabría cuánto tiempo estuvo fuera) sobre un colchón bien hecho y una frazada más o menos nueva, con un tarareo suave en el aire que pertenecía a un bello ángel que tenía un cuenco en las manos.

Él no era tan ingenuo como para pensar que había muerto e ido al cielo; no sería tan afortunado. Eso era un prostíbulo y la chica claramente trabajaba allí.

¿Has tenido dulces sueños?— la voz cantarina y típicamente femenina le habló al sentarse a su lado.

He tenido mejores— respondió él, tratando de erguirse—, lo que no he tenido antes son tan buenos despertares como éste— le sonrió, pícaro,como había aprendido que se ganaba la simpatía de la mayoría de las mujeres.

Oh, eso es bueno— ronroneó ella en respuesta, estrujando un trapo que parecía limpio luego de haberlo empapado, en el cuenco que estaba en su regazo, acto seguido, lo colocaba en co suavidad sobre cada una de sus heridas, como toques de mariposa. El líquido le ardió un poco—. Eso significa que soy buena en mi trabajo.

No me cabe duda alguna.

Obi no lo admitiría nunca, no porque quisiera tener fama de ser un Don Juan o porque tuviera una reputación que mantener en absoluto, sino porque aquella había sido una de las experiencias más íntimas y secretas de su vida, y no estaba dispuesto a revelarse la a nadie.

Tampoco es que volviera a repetirla, por más veces que ella le hubiera dicho que volviera cuando quisiera.

Solo volvió a verla el día en que, luego de ser retenido por haber intentado asaltar al segundo príncipe del reino (y fallado), es dejado en libertad para, además, concederle una audiencia con el mismo y que éste le ofreciera ser parte de su guardia personal.

Él llegó a verla, sin saber realmente por qué, a contarle que a partir de ese momento tendría un trabajo mejor y una vida honesta, pero lo dijo con cautela y cierta timidez. Casi como si no quisiera ofenderla, como si esperase su autorización.

Me alegro mucho por ti, Obi— le sonrió ella con esos ojos tan cautivadores como sensuales, que le hicieron caer por ella la primera vez—. Ahora no pasarás hambre ni frío.

Y algo dentro de él se descompuso, como si lo último que comió hubiera estado dañado.

Pero él no volvió. El recuerdo le sentaba horrible, y de solo pensarlo se sentía tremendamente culpable y ansioso, como si hacerlo fuera un crimen, y no hacerlo, una traición. Era como si esperara que se tratara de esos hechos poco relevantes, que no se mencionaban por obvios y se olvidaban por no mencionarlos.


Obi se revuelca entre las sábanas y se empapa de un sudor que no le pertenece únicamente a él. Acaricia una piel lozana y siente cómo unos labios deliciosos dejan un rastro por su cuello, hombros y pecho. Huellas que una vez marcaron su piel de adolescente y que ahora, de adulto, se suman a sus cicatrices de batalla.

Marcas que luego tendría que ocultar.

Pero, aún con todo el peso de la culpa sobre sus hombros, se aferra al cuerpo que tiene sobre sí, no queriendo dejarle escapar, porque sabe que es todo lo que tiene por ahora, y que si bien sabe que no es -oh, las cosas serían tan fáciles si así fuera- el de la persona que ama, siente que no tiene otra opción.

Su cuerpo se rindió y cayó sumiso y obediente ante las faldas tibias de quien alguna vez dio consuelo, y que ahora se ofreció a secar sus lágrimas y reemplazarlas con besos, como un alma caritativa. Porque el lugar entre las piernas de Torou es su refugio en ese instante, donde puede esconderse y llorar las penas que no sabe por qué siente, y calmar el dolor y la ansiedad de su pecho con tranquilidad.

—¿Te das cuenta que solo vienes a verme cuando las cosas están mal?

La voz suave e incitante y extrañamente familiar de la bella mujer que juguetea trazando figuras sobre su pecho llama su atención, sacándolo del precipicio vertiginoso que era la corriente de su conciencia.

—No es que estén yendo mal, ¿sabes? Puedo venir a verte cuando sea— trató Obi sin verdaderas ganas, pero con un dejo de gracia en la voz.

—Sí. Y sin embargo, no lo has hecho hasta ahora— retrucó ella, siempre astuta, y él recordó porqué le gustaba tanto Torou. Porqué no había vuelto antes. Era una chica como ninguna otra: bella, lista, sensual hasta la locura.

Habría sido tan fácil enamorarse de ella.

—Así es, conozco esa carita de cachorro abandonado— bromeó ella, poniendo un dedo en la punta de su nariz respingada—. Algo te pasó, y si tuviera que adivinar, diría que es sobre una chica.

Él se sobresaltó ligeramente y se volteó a mirarla. Sus ojos dorados se encontraron con los de ella, más oscuros.

Torou le sostuvo la mirada por un segundo más antes de sonreírle tan pícara y sensualmente que le puso nervioso.

—Cuéntame de ella.

—¿Por qué crees que es una chica?— intentó él, sonando desinteresado en el tema—. Trabajo como guardaespaldas del príncipe: tengo mil preocupaciones.

—De modo que la conociste en el Palacio— concluyó, como si no hubiese oído el resto. Obi le levantó una ceja y Torou rio en respuesta—. Oh, cariño, que es una chica. He visto a muchos hombres llorar por el amor de una mujer y, créeme, tú tienes esa mirada.

Y Obi, por supuesto, no pudo evitar preguntarse cuál sería esa.

—Entonces dime, ¿trabaja en el Palacio? ¿Cómo la conociste?

El moreno suspiró con cansancio y resignación, incapaz de seguirse negando, como si alguna vez hubiera podido negarle algo a Torou; así había sido la primera vez que ella lo besó y lo mismo ocurría en esa ocasión. Así era ella: completamente irresistible.

—Sí, la conocí en el trabajo, pero no es de Clarines, viene de...

Entonces le comenzó a contarle de la manera más abstracta e impersonalizada que pudo, cómo era su vida en el Palacio; sobre los sirvientes, los guardias de las puertas que hacían una pareja de lo más graciosa, pero que eran muy amables. Sobre el príncipe Zen y sus guardaespaldas, que se habían convertido en su compañía constante, que el príncipe era bueno y sabio a pesar de su edad, pero que pecaba de inocente por lo noble que era, al punto de ser cada vez más fácil meterse con él. Sobre la gente de la farmacia y el pequeño Ryuu, que estaba creciendo mucho en el último tiempo y no solo físicamente, desde la llegada de Shirayuki; quien era adicta al trabajo y totalmente intolerante al alcohol.

También le contó, entre risas, cómo, hasta ese momento, nunca había pensado en trabajar con la tierra o con hierbas, pero que ahora lo hacía muy a menudo y hasta había logrado aprender algunas cosas básicas acerca de algunas plantas y flores medicinales.

Que sus favoritas eran las flores de manzanilla.*

Obi habló hasta que su voz se volvió ronca y suave, como si contara para sí mismo una canción de cuna, una que le permitiera ahuyentar a sus demonios, trayendo consigo el fantasma de buenos momentos. Habló hasta perder noción de sus propias palabras, hasta que no era más que murmullos que no tenían sentido sino en su mente.

Habló hasta dormirse. Y Torou se acomodó sobre su pecho, contemplando su casi imperceptible y arrullándose con el calor de su piel y el leve subir y bajar de su respiración.

Entonces, Torou lo supo. Tuvo la convicción de que esto era peor de lo que imaginaba. Obi estaba enamorado.

Ella cerró los ojos marrones, repitiéndose una y otra vez que aquello no le dolía.

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* La manzanilla es una hierbita silvestre que sirve, entre otras cosas, para aliviar el dolor de estómago. Olvidé decirlo antes, pero es la florecilla que Obi le regaló a Shirayuki en el capítulo pasado. Ya que él asoció el envenamiento con el dolor de estómago.

Por favor, díganme qué les pareció. Me he demorado mucho en actualizar porque en Chile las cosas no han andado muy tranquilas, y a pesar de mi aprobación a la causa, también me he tenido que preparar para mi examen de licenciatura, lo que me ha tenido muuuuy ocupada.

Muchas gracias por todo.