Disclaimer: Akagami No Shirayuki-hime no me pertenece.


Verdad involuntaria

.


Pequeña virtud es guardar silencio sobre algunas cosas; mas hablar de lo que debiera callarse es culpa muy grave.- Odivio


.

Oh, Dios. Iba tarde, muy, muy tarde.

¿Cómo es que se le había pasado la hora así?

¿De verdad quieres una respuesta a eso? Maldice para sus adentros, y tras reclamarle a la voz en su cabeza (que, de hecho, suena muy similar a Mihaya), que ésa era más bien una pregunta retórica, se apresura por las calles adoquinadas del pueblo.

Algunos días atrás, Shirayuki le preguntó si podía acompañarlos a ella y a Ryuu al mercado por unas cuantas provisiones para la farmacia. Y aunque solo esa mima mañana se habían retirado molestos el uno con el otro, eso no quería decir, en modo alguno, que quedaba eximido de su compromiso. No solo por el hecho de que es su trabajo, si no porque fue precisamente ella quien se lo pidió.

Y aunque ese detalle debiera ser la última de su motivaciones, después de lo ocurrido más temprano, Obi siente que se portó mal y que debe compensarlo.

Sin embargo, ya era muy pasada la hora acordada, y Obi no puede decidir si debe volver a Palacio a buscarlos (no vaya a ser que Ryuu y la señorita se quedaron esperándole) o ir directamente al mercado, por si prefirieron salir sin él.

En esa encrucijada está cuando le parece ver, entre la multitud, el reflejo rojo del destino oculto tras una capucha que conocía bien. Sin saber exactamente si sentir alivio o preocupación, se encamina hacia donde calculó que se dirigía la mancha de color.

Su corazón late con fuerza cuando les ve a todos. Junto a Ryuu y Shirayuki se encuentra Kiki, y de alguna manera, no le sorprende nada que, en defecto suyo, la rubia fuera quien se ofreciera a ir con ellos de compras.

—Es Obi— murmura el más joven cuando le ve acercarse.

—Lo siento mucho, me entretuve haciendo cosas y perdí la noción del tiempo— se apresura a disculparse, antes de que le dijeran nada más.

De soslayo, le envía una mirada discreta a la pelirroja, solo para verle devolverle una cautelosa, como si quisiera decirle algo. Algo que no le dirá.

Obi baraja la posibilidad de que ella aun esté enfadada con él por su desacuerdo de esa mañana.

—Muy bien, Obi, para reparar tu error, serás el encargado de llevar la compras— le indica Kiki, interrumpiendo esa suerte de comunicación no verbal de la que ha sido testigo un par de veces con anterioridad.

Por supuesto, él no se niega, sonriendo como si con eso aceptara todos sus términos y condiciones, pero eso no evitó que se preguntara cuánto sabía en realidad la señorita Kiki, ¿se lo habría contado Shirayuki? De alguna forma, lo duda; no que fuera un asunto confidencial, pero en verdad ve a Shirayuki tan incapaz de mencionarlo, como a Kiki perfectamente capaz de averiguarlo por sí misma.

Y acto seguido, una serie de paquetes son depositados en sus brazos sin ceremonias.

Una sonrisilla escapó de los labios de la pelirroja ante la escena, y el es suficiente para que Obi acepte su destino como mula de carga por el resto de la tarde.

No que eso le molestara. Todo lo contrario.

Se echan a caminar por el mercado, acercándose a uno que otro puesto que vendiera semillas o yermas secas que estuvieran fuera de stock en la farmacia. Es casi entretenido ver al pequeño Ryuu y a Shirayuki con los brazos metidos hasta los codos en alguna caja con granos o con la nariz hundida en un cesto con hoja secas y ramitas deshidratadas, como si fueran niños en una dulcería.

—Obi, ¿puedes acercarte y decirme a qué huele esto?— llama Shirayuki, inclinada sobre un saco de no-sé-qué.

Y él, por supuesto, lo hace. No faltaba más. Se inclina a la altura de la chica y olisquea la ramita que ella sostiene entre los dedos. Es dulzón y empalagoso. Tiene que abanicar el aire frente a su nariz respingaba para dispersar el resabio.

Obi, ¿podrías venir y oler esto por mí? Obi, ¿serías tan amable de...? Obi, Obi...

Picante. Nauseabundo. Empalagoso de nuevo. Y lo que sea que fuera eso último, Obi cree que le provocó alergia.

Para cuando empezó a caer la tarde, él ya estaba mareado, con la nariz irritada y agotado de tanto estornudar. Acabó sentándose en un banco, con todos los paquetes que el grupito había comprado durante la tarde a un lado. Todos eran pequeñas bolsitas de papel co semillas, hojas y ramitas, unos cuantos cuadernos nuevos y un poco de tinta. No pesan mucho, pro con lo mal que se siente, el alma se le antoja como plomo en esos momentos.

Larga un suspiro cansado, que viene seguido por una risita melodiosa que no podría pertenecer a nadie más que a la señorita.

—Ten, huele esto—le ofrece ella con una sonrisa, extendiéndole una cajita de madera.

La expresión de Obi debe ser de lo más cómica, aunque, claro, está verde.

—Por favor, no se ofenda, señorita, pero ya he olido suficientes cosas por hoy— se niega lo más amablemente que sus nauseas le permiten, llevándose una mano a la boca inconscientemente.

Shirayuki vuelve a reír, y él se pregunta si de verdad su malestar le causará tanta gracia.

—Confía en mí.

¿Y cómo no iba a hacerlo? Más aún cuando le sonreía de esa forma. Así que, con todo el esfuerzo que le significa levantar incluso la mirada, extiende el brazo y alcanza la cajita que le ofrece ella. El interior está colmado de granos oscuros con un olor muy intenso que, fuera de todo pronóstico, le alivian bastante el mareo.

—¿Te sientes mejor?

—Sí, bastante— responde él casi en un suspiro—. ¿Qué es?

—Son granos de café. Ayudan a neutralizar los aromas.

A Obi no le cabe duda de que la explicación en realidad es mucho más larga y compleja que ésa, pero de todos modos agradece profundamente la versión resumida; aun no se siente tan bien, y no se cree capaz de concentrarse como para entender la otra.

—Me ha salvado, señorita— comenta él tan casualmente como si hablara del clima.

—Considéralo una disculpa por hacerte oler tantas cosas innecesariamente.

—¿Innecesariamente?

—La jefa Garack sugirió que sería un buen castigo por dejarnos plantado a Ryuu y a mí.

Entonces la comprensión llena a él como un golpe de campana, y de pronto, siente mucha vergüenza por haber sido tomado como un tonto, ¡diablos! Como si él no fuera experto en travesuras y jugarretas, o no hubiese pasado su infancia entera engañando incautos para sobrevivir.

¡Cayó como un novato!

Un discreto color rosa se cuela en sus mejillas.

—Mira, ya no estás verde.

El hecho de que ella estuviera más pendiente de su salud que de su mortificación le hace sentir un poco mejor.

—Apuesto a que la señorita Kiki estuvo de acuerdo— rezonga con más gracia que molestia.

Shirayuki solo sonríe como toda respuesta. Pero no era necesaria otra cosa, tampoco.

Un silencio cómodo se forma entre los dos. Uno de esos tan comunes entre ellos, porque no necesitan hablar para sentir la agradable presencia del otro, como un gato viejo y su dueño.

—Lamento haberles dado plantón— la voz suave y ronca de Obi se oye con toda claridad a pesar de la bulla del mercado.

—Está bien— su voz, suave y melodiosa, a Obi le suena inexplicablemente rota—. No puedo culparte por no querer hacer algo.

—¿Por qué diría eso, señorita?

—Yo, uhm, pensé que era lógico que no quisieras acompañarnos después de lo que sucedió esta mañana— un rubor como pétalos de rosa aparece en sus mejillas.

—Sobre eso, señorita. Siento mucho haber sido insolente con usted. Estuve fuera de mi lugar al preguntarle eso y yo...

Pero es interrumpido por la pequeña mano de la chica sobre la suya. La calidez de las yemas de su dedo es perceptible aun a través de la tela de sus guantes.

—Nadad lo que tú vayas a a decirme estará nunca fuera de lugar, Obi— sonríe ella—. Lamento haber dicho lo contrario.

—Usted nunca dijo...

—No con palabras, al menos.

Por supuesto, ella nuevamente tiene razón. Porque si bien es cierto que la nunca dijo que su pregunta tuvo fuera de lugar, pocas veces las palabras eran estrictamente necesarias entre ellos. Lo ocurrido esa mañana fue una prueba de eso.

Un gato no necesitaba ser invitado para sentarse en las faldas de su amo, después de todo.

Y poca veces, ser correteado con una escoba para que éste se espante.

No puede evitar preguntarse si alguna vez será necesario.

Pero sí pasa deliberadamente por alto el hecho de haber pensado en él mismo como un gato viejo acurrucado en las faldas de Shirayuki tantas veces solo ese día.

—De cualquier modo, no hay nada que perdonas, señorita. No ha habido daño.

—¿De verdad? Entonces lo de esta tarde...

De verdad perdí la noción del tiempo. Lo siento por eso.

—¡No hay nada que perdonar!— exclama ella con un sonrisa maravillosa en su rostro de porcelana.

A Obi, la sola pequeña posibilidad de qué tal felicidad pudiera deberse a él, le conmueve al grado de calentarle el corazón.

Sin embargo, el rugido poco discreto proveniente del estómago del caballero cambia rápidamente el ánimo conciliatorio del ambiente, solo para que Shirayuki se largue a reír por la cara que pone él entonces.

—Lo siento.

—Si estás han hambriento, entonces ya debes estar recompuesto. Venga, busquemos a Ryuu y Kiki y vayamos por algo de comer.

Se pone de pie entonces, y él se levanta tras ella, dispuesto a seguirla donde fuera; a buscar a sus amigos, a comer algo, de vuelta a Palacio, a recorrer el mundo entero si es lo que ella quiere. Pero no alcanzan ni a andar un par de metros cuando tiene que detenerse de nuevo.

—¡Obi!—ambos oyen a sus espaldas y se giran en un acto automático para reconocer al llamado. El aludido palidece perceptiblemente entonces y Shirayuki alcanza a pensar que aun está mareado. Pronto se da cuenta de su error—. Obi, sabía que eras tú, qué bueno que te encuentro, te he buscado la tarde entera.

Entonces, la chica, alguna conocida de Obi, adivina Shirayuki aun escondida debajo de su capucha, busca en la cesta que lleva colgando del codo y extrae un pedazo de tela de dudoso color que a ambos les parece brutalmente familiar. Se lleva una mano al cuello por inercia a pesar de saber que no encontraría nada allí, porque Torou lo tiene en sus manos frente a ellos.

Claro, no lleva puesta la banda que siempre usa al cuello. La olvidó y no la echó de menos debido al buen clima y al apuro. Hasta ahora.

—Lo encontré bajo la cama un rato después de que te fueras— le sonríe ella con esa expresión de hermana mayor que no puede reprender a su colateral más pequeño.

Obi piensa, no sin amargura, que de haber sido una chica, habría olvidado un pendiente, ¡cielos, es tan cliché que da asco! E incluso llega a pensar, con cierta desesperación, que Torou lo está haciendo adrede.

Por su parte, una mano helada aprieta el corazón de Shirayuki, para su total consternación, quien suelta un jadeo involuntario que parece llamar la atención sobre ella por primera vez desde que apareció.

—Oh, mucho gusto, soy Torou, una amiga de este cabeza de chorlito de aquí— comienza la mujer a hablar sin parar. No hay nadie que le pudiera detener, tampoco; Obi está muy ocupado recuperándose de la pálida que le acaba de venir, mientras que la pelirroja solo quiere desaparecer—, ¿trabajan juntos en el Palacio? Espero que o te esté causando demasiados problemas, de cualquier forma, siempre puedes decirme: ¡lo pondré en regla en un dos por tres! ¡Una tiene sus métodos!— le guiña el ojo—. Pero estoy segura de que sabes a lo que me refiero, eres muy bonita. Lástima que andes con esa capucha; deberías quitártela y...

Todo pasa demasiado rápidamente. Ni los reflejos de Obi, adormecidos por las náuseas, ni el sentido de auto conservación de Shirayuki, demasiado impactado aun procesando la nueva información, fueron capaces de reaccionar antes de que Torou estirara la mano y echara para atrás la capucha que cubría, hasta hace tan solo un instante, la cabeza pelirroja de la chiquilla que está junto a él, dejando que la luz del atardecer la hiciera brillar suavemente.

El corazón de Obi se detiene y todo lo sucedido desde esa mañana se repite en su cabeza con una velocidad abrumadora, y no sabe si el dolor de estómago que le da es arrepentimiento o culpa. Probablemente ambas.

Frente a él, el rostro de Torou muta de una sonrisa alegre de hermana mayor frente a los amiguitos del menor, a una de completa sorpresa y luego a una de terrible realización, como si acabara de darse cuenta de las gravísimas consecuencias de una jugarreta.

Oh.

.


Han sido días terribles con este fic. Entré en una especie de bloqueo jevi en que escribo y escribo y nada me gusta. He borrado varias veces dos o tres capítulos enteros porque no me convence cómo se desarrolla este entuerto (aparte de la excusa de siempre en que me la paso estudiando y solo en mis 15 minutos de descanso miro mi cuaderno hasta que se me ocurre alguna cosa que poner). Solo pido paciencia, quizás todo valga la pena al final.

Mantenganse a salvo.