Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Secreto a voces
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No hay secreto mejor guardado que el que todos conocen.- George Bernard Shaw
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Mitsuhide inhaló y exhaló por la nariz de forma audible, aunque no hubiera sido su intención. Y no tardó en reprender por eso, ya que, sobre la misma, Shirayuki se detiene y se voltea hacia él con preocupación.
Oh, oh.
—¿Estás cansado, Mitsuhide?— preguntó ella, acercándose hacia él, haciendo malabares con los libros que llevaba en los brazos.
Ya le había mencionado Obi cómo se ponía la chica cuando recibía ayuda; toda preocupona y atenta, como si ese solo hecho significara una molestia para alguien más.
No pudo evitar preguntarse cómo es que lidiaba con eso Obi todos los días.
—Por supuesto que no, señorita, si apenas hemos empezado a trabajar.
—Mou. De acuerdo, pero, por favor, no dejes de avisarme cuando te sientas fatigado.
Bueno, tal vez era por eso, precisamente, que él figuraba haciendo la labores de Obi, mientras que ese mono salvaje acompañaba a Zen y Kiki a la Isla Yuri. No es que se quejara; trabajar con Shirayuki no era malo bajo ningún punto de vista. Era solo que parecía ser que siempre acababa en medio de lo que fuera que hubiera sucedido entre Obi y Shirayuki.
Tampoco es que ocurriera todo el tiempo, pero ya dos de dos veces era un 100% de efectividad.
Lo peor de todo era que, en estricto rigor, ellos no pelearon.
Nunca supo realmente lo qué pasó: llegaron un día del pueblo y ya era tarde para hacer algo. Shirayuki le dio el resto del día libre a Obi y se encerró en el laboratorio, dejando a todos, incluidos Ryuu y Kiki, quienes habían estado con ellos, completamente perplejos. Pero por el semblante mortificado y arrepentido de Obi, como un perro con la cola entre las patas, les dio la pista que necesitaban para saber que algo había tenido que ver él.
Mitsuhide debía admitir que, al principio, pensó que Obi probablemente se tenía merecido el trato distante que estaba recibiendo por parte de Shirayuki, es decir, para que una chica tan buena y amable como ella, decidiera de la noche a la mañana, aplicarle la ley del hielo, es que algo malo tendría que haberle hecho.
Pero durante los siguientes días, su comportamiento no cambió. Shirayuki rechazaba sutilmente la compañía de su guardaespaldas, con el que había tenido una dinámica francamente envidiable, y la aceptaba a regañadientes cuando no tenía más alternativa. Se tensaba completamente ante su presencia y forzaba una sonrisa que no lograba engañar a nadie.
Obi se sentía rechazado, al punto de dejar de intentarlo; ya no la tocaba, no le hablaba, ni intercambiaba miradas cómplices que parecían ocultar conversaciones interminables.
Se veía miserable.
Y Mitsuhide de pronto ya no creía que se lo tuviera merecido, en cuyo caso ya habría tenido suficiente castigo. Comenzó a tenerle lástima.
Todos estaban preocupados por ese par, que en cualquier otro momento, se les habría visto por los pasillos o los jardines, manteniendo una charla sin importarles el resto del mundo a su alrededor.
Y ¡sas!, todo eso se había ido.
Mitsuhide no quería estar en sus zapatos, por más que ahora estuviera cumpliendo sus funciones.
Zen era el más preocupado de todos. Siempre fue muy protector con quienes consideraba importantes, y daba la casualidad de que dos de ellos de repente ya no se hablaban y parecía estarles matando por dentro. ¡Por supuesto que iba a estar preocupado!
Así que se lo llevó consigo a la Isla Yuri, dejando a Mitsuhide en el Palacio, vigilando a Shirayuki, en su lugar. Kiki, por supuesto, también fue con Zen: no podía darse el lujo de perder a sus dos guardaespaldas, considerando que uno de ellos andaba en las nubes. De esa forma, podría darle a Obi un respiro, a Shirayuki, un poco de espacio, y quizás, solo quizás, averiguar qué rayos pasó.
No debiera ser algo tan complicado; Kiki sospechaba algo, en el peor de los casos, y tenía certeza, en le mejor. Y Kiki quería ayudarle a sus amigos a hacer las paces tanto como lo quería él, así que sí Zen se lo pedía (ordenaba) ella le diría todo lo que hacía falta saber.
O eso pensó Zen.
La verdad era que nada estaba saliendo como él pensó: Kiki decidió ser una tumba, y no importando cuántas veces o con qué argumento (o desesperación) Zen le pidiera, ordenada, chantajeara o suplicara, ella mantuvo la boca cerrada, salvo para alegar que, si bien era consciente de sus buenas intenciones, Su Alteza debía mantener la nariz lejos de los asuntos que no eran de su incumbencia.
Sutil.
Y Obi, por su parte, en lugar de mejorar su estado de ánimo gracias a la brisa fresca y el clima templado de la isla, la separación material y la falta de cosas que hacer únicamente parecían hacer aún más evidente su malestar emocional, como si antes no hubiese sido lo suficientemente deprimente.
El príncipe no pudo evitar preguntarse si alguna vez lo había visto así de deprimido.
Soltó un suspiro largo lleno de cansancio y se recargó en la muralla de piedra que separaba el mirador del acantilado. La vista del atardecer era realmente maravillosa; el mar se teñía de suaves colores cálidos de una forma que no sucedía en Clarines. De alguna forma, le relajaba un poco estar allí solo. Sabía que Mitsuhide le habría regañado de haber estado él, pero Kiki seguía con asuntos del tratado y Obi realmente necesitaba tiempo para sí mismo, así que le ordenó que fuera a caminar por la playa, a comer alguna golosina típica o algo.
Lidiar con eso le tenía agotado.
Soltó otro suspiro.
—Esos son muchos suspiros, Su Alteza— una voz suave y cantarina le llamó la atención.
—Oh, señorita Kiharu, no me di cuenta que estabas aquí— le sonrió de vuelta a la chica que llegó hasta ponerse a su lado.
Kiharu era la hija del jefe de la isla y no sólo sería su anfitriona durante su estadía, sino que además era con ella con quien debían fijar los términos y condiciones del tratado que viajaron a firmar: la Isla Yuri era pionera en mensajería animal. Altamente eficiente, ejecutada por aves tan hermosas como inteligentes, entrenadas especialmente para el efecto. Estas aves eran varias veces más veloces que la correspondencia terrestre y tenían un margen de error más bajo, por lo que el rey Izana le envió para negociar la importación del servicio de correspondencia. La hija del jefe era, dicho sea de paso, la domadora más experimentada de la isla.
—¿A qué podría deberse tanto suspiro?— comentó al aire la chica, más o menos de su edad, acariciando el pecho de Popo, el ave mensajera que siempre se posaba majestuosamente sobre su hombro—. Espero que no sea porque se siente incómodo aquí en Yuri.
—Por supuesto que no— se apresuró a contestar el príncipe—, nada de eso.
No quería ofenderla. A la chica no le gustaban los nobles y aristócratas, y detestaba el hecho de que hubiesen llegado a invadir su pacífica isla paradisíaca, de hecho, fungía muy a regañadientes como su anfitriona y lo había dejado claro cuando, durante la carrera de prueba que se realizó entre un soldado a caballo y una de las aves, el vizconde Blaker, quien había viajado con ellos en la delegación, se burló de los isleños y aseguró que el soldado sería más rápido, solo para insinuar que las aves serían buena mercancía.
Por supuesto, Zen no iba a permitir que es se quedará así, de tal modo que, luego de que se efectuara la carrera y de que Popo se declarara vencedor, el príncipe reprendió públicamente al vizconde, prometiendo que se tomarían las correspondientes medidas disciplinarias apenas tuvieran un pie de vuelta en Clarines.
Pareciera ser que eso fue suficiente para la hija del jefe, porque a partir de ahí, ella se mostró más llana y menos hostil hacia él, al punto de poder mantener una conversación casual sobre cosas que poco y nada tenían que ver con el tratado.
—¿Entonces qué es lo que le preocupa, si se me permite preguntar?— insistió ella, mirándolo con esos ojos color turquesa que opacaban incluso al brillante mar.
—Son— exhaló con resignación, rindiéndose a soslayar el tema y volcar frente a ella sus problemas personales como un adolescente en lugar de un príncipe—... ¿me oiría si le cuento sobre un problema que tengo en casa?
—No veo cómo yo podría ayudarle con sus problemas a un príncipe, pero si solo necesita que le oiga...— se encogió de hombros, dejando la frase en el aire.
Zen se sonrió ante el gesto. Le gustaba Kiharu; de alguna manera, le recordaba un poco a Shirayuki, una bella chica, audaz y talentosa. Pero al mismo tiempo, no podía encontrarlas más distintas: Shirayuki tenía esa gentileza inalienable, incapaz de sonar irrespetuosa aunque lo intentara, siempre sonriente y solícita, mientras que Kiharu era insolente tanto en su trato como en su postura. El hecho de que le llamara por su título no enmascaraba el que pudiera incluso detestarlo. Era fascinante.
Y ahora tenía toda su atención.
Por alguna razón, esa sola idea le hacía sentir emocionado.
Así que habló. Le contó sobre sus amigos, deteniéndose en Obi y cómo siempre es tan despreocupado y risueño y molesto. Y cómo, por el contrario, los últimos días parece como si fuese otra persona diametralmente distinta, como si estuviera a punto de resfriarse.
—Ciertamente, ya pensaba yo que había algo extraño con él— comentó más para sí que para el joven a su lado.
—¿Por qué lo dices?
—Es decir: ese chico no es un turista— apunta ella con obviedad, a un punto en la playa que hasta ese momento, había pasado desapercibido para el príncipe.
Zen ve a Obi, a lo lejos, tomando lo que usualmente sería una siesta en la playa. Salvo por el hecho de que no parecía estar cómodo. Como si no cupiera en su propia piel.
—¿Ves a lo que me refiero?— gime con estrés el otro—. Cualquier otro día, ese tipo estaría molestándote para que le dijeras cuál es el mejor lugar para dormir o para comer o jugando con las aves. Pero últimamente es la sombra de lo que es.
Kirahu guardó silencio un instante para orea el semblante preocupado del príncipe de Clarines, y a veces, de soslayo la figura incómoda del objeto de sus preocupaciones. Se notaba que el albino lo estaba pasando mal por todo esto, lo que, de una forma extraña, le alivió. ¡No por el hecho de que él o sus amigos estuvieran pasando por un mal momento, no! Pero sí le agradaba saber que el príncipe con el que firmaría tratados era un joven que se preocupaba por los demás.
La chica sonrió con suavidad.
—Si puedo dar mi humilde opinión...
—Sí, por favor.
—... su corazón— y vuelve a apuntar a Obi, ahora, sentado con pesadez sobre la arena, en vez de echado, pero con la vista fija en algún lugar más allá del mar, como si apoyara la conclusión que, sin saberlo él, Kiharu estaba sacando sobre él—, está en otro lado. En casa, quizás.
—Pero creo que es un poco severo para ser un caso de nostalgia, ¿no crees?
—No, no. No me estás entendiendo— le corrigió—. No se trata de un lugar físico; tiene pinta de patio perro, no. Me refiero a su corazón. ¿No sabes algo sobre eso?
—¿Obi? Yo no... él nunca...
—Piénsalo un poco. Quizás las respuestas están más a la vista de lo que tú crees.
Nuevamente miran a Obi en la playa. Él sostiene algo entre sus manos, algo que él no había visto antes, de lejos. El guardaespaldas juguetea con una florecita de pétalos rojos, minúsculos, probablemente sacado de alguna de las tantas matas silvestres que crecen en la isla, cerca de la playa.
—No necesitas entenderlo ahora, ¿sabes?— la voz suave, comprensiva, de Kiharu se oye a un lado, su tono desobediente se oye igual que la brisa marina—. Probablemente ni él mismo lo entienda ahora mismo.
Y Zen no supo si encontrarle la razón y dejarlo ser, o porfiarle y decirle que entendía perfectamente a qué se refería. Pero de alguna forma, algo en su interior, una acidez incómoda le impidió decidirse. No supo si eso era ansiedad por estar perdido, o angustia porque lo que Kiharu Toghrul acababa de insinuar; que Obi, de entre todas las personas, estaba enamorado. O peor aun, que la sospecha de quién podría ser la culpable de eso, se estaba instalando en la parte posterior de su cabeza, un recordatorio constante.
Unas ganas locas de golpear a Obi hasta el cansancio le llenaron todo el espacio que tenía disponible en la cabeza, haciéndole enrojecer de ira y vergüenza. Solo para enfriarse un instante después, al pensar en lo miserable que se ve el moreno. Definitivamente, uno no elige de quién enamorarse, piensa con pesar. Y Obi, ciertamente, no lo eligió tampoco.
No era su culpa.
Una sentida exhalación escapó de sus labios.
—¿Su alteza, se encuentra usted bien?
Solo eso bastó para traerlo de vuelta del abismo de negatividad en que se había caído. La voz melodiosa e irreverente de la bella chica a su lado, quien le tocó el hombro con preocupación, al verlo de pronto con un semblante tan abatido.
—S-sí, me encuentro perfectamente, Uhm...— balbuceó irguiéndose en su sitio.
—Uhm, bien... me alegro.
—Lamento preocuparte, es solo que...
—¡No estaba preocupada!— le interrumpió ella. Un ligero rubor se cuajó sobre su nariz—. Pero es... gratificante saber que le preocupan tanto sus amigos, aunque le pida consejos a una extraña.
—Pero no eres una extraña— acotó él, casi como si se tratara de una obviedad—. No le preguntaría a un extraño sobre un tema tan relevante para mí: si te lo dije en primer lugar fue porque considero que podemos ser amigos.
—¿A-amigos?
—Aunque... ahora que lo pienso, no empezamos precisamente con el pie derecho, ¿no es así? ¿Qué te parece si empezamos de nuevo?
—¿De nuevo?
—Mi nombre es Zen— prosiguió el albino, no encontrando en la confusión de la chica un verdadero impedimento—, es un placer conocerte.
Kiharu miró la mano que le ofrecía Zen como si de la nada fuera a enseñarle alguna alimaña escondida quién sabe dónde. Pero la sonrisa del príncipe se le antojó sincera, y después de todo lo que acababa de suceder, algo en su interior le dijo que confiara.
Así que lo hizo.
—Soy Kiharu— le sonrió de vuelta, y a Zen le pareció una sonrisa maravillosa—. El placer es todo mío.
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¡Uff! ha sido un largo tiempo. Es que el grado me tuvo ocupada, y bueno, nada que decir al respecto. Lo que sí, es que estoy publicando en la medida en que puedo, y este, precisamente, me costó un montón: lo reescribí muchísimas veces, e incluso antes de publicarlo, volví a cambiarlo un poco. Espero que haya quedado bueno.
Díganme qué les parece.
