Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Respuestas a preguntas que no se hicieron
.
No os avergoncéis de preguntar para resolver vuestras dudas, y meditad las respuestas que os han sido dadas.- Analectas
.
Si le preguntaban a Shirayuki, como lo ha estado haciendo Mitsuhide durante el último rato, ella obviamente preferiría decir la verdad, porque mentir nunca ha ha sido o suyo. Sin embargo, eso no quita que se sienta avergonzada al reconocer (tanto a otros como a sí misma), que no ha podido dejar de pensar en lo sucedido hace días con Obi y esa chica, Torou, en el pueblo.
Al principio, se mantuvo ensimismada repasando una y otra vez la escena que tuvo lugar frente a sus ojos, al punto de llegar a sentirse un poco ofendida por haberte tenido que enterar así, de la nada, sobre cualquiera que fuera la relación que Obi tuviera con esta chica. Hasta que, de repente, pudo guardar la calma lo suficiente como para pensar que, quizás, no había relación alguna entre ellos. Para cuando se quiso dar cuenta, Obi fue enviado con Zen a las islas en un asunto diplomático y ella perdió su oortunidad de preguntarle.
Ahora que no está, Shirayuki se siente culpable por haberle dado hombro frío de puro orgullosa, y no haberle dado la oportunidad de explicarse. Y lo peor de todo, ¡es que aún se muere de ganas de saber qué tiene que ver esa chica en todo eso!
Estas ansias desesperadas por saber algo sobre la vida privada de alguien más le producen una especie de sentimiento contradictorio, es decir, ella siempre fue curiosa (desde pequeña, se dedicaba a preparar tés con las distintas yerbas silvestres que iba encontrando y registraba los efectos que observaba en ella misma si los bebía, incluso, una vez le dio una alergia que no menguó sino después de varios días), pero jamás se había entrometido en la vida de nadie sin su consentimiento.
Por eso, cuando ya no pudo soportar más la incertidumbre, decidió que sabía exactamente dónde podía encontrar las respuestas a sus dudas.
No sabía, sin embargo, en qué estaba pensando cuando creyó que podía escabullirse del Palacio solo oculta bajo su capucha: ¡por supuesto que Mitsuhide la descubriría! Y más aún, ¡claro que iría con ella al pueblo a buscar a quien sea que anduviera buscando, si para eso lo dejaron en Clarines!
No es que no le gustara la compañía de Mitsuhide, pero de alguna forma, su tarea de encontrar a esta persona, que ya era difícil por sí misma, se volvía un poco más complicada gracias a la intimidante presencia que su guardaespaldas subrogante traía sobre ellos. Para ser honesta, le habría gustado pasar más desapercibida.
—¿Puedes volver a decirme cómo se ve esta chica que buscas?— le preguntó Mitsuhide con aire distraído mientras caminaban por la calle principal.
Shirayuki suspiró. Habían pasado el día entero perdiendo el tiempo en el pueblo buscándola, y no habían visto a nadie remotamente similar. Ya comenzaba a caer la tarde y tanto ella como Mitsuhide estaban cansándose y a sentir hambre; esperaba que el bocadillo que acabaron de comprar en el camino fuera suficiente para que él aguantara hasta la cena, que por cierto, sería dentro de poco.
—Mejor olvidémoslo— acabó por decir ella en lugar de contestar a su pregunta—. No creo que la encontremos de todos modos. No hoy, al manos.
La sonrisa resignada de la chica le hizo sentir culpable por algo que no era su responsabilidad, por alguna razón desconocida.
—Hey— le quiso animar, poniéndole una mano en el hombro—, no pongas esa cara. No sé de qué se trata esto, pero si es tan importante para ti, podemos volver mañana.
Oh, cómo puede estar desanimada si él iba y le sonreía así. Ya entendía porqué Zen depende tanto de este hombre; era como si todo fuera a salir bien solo porque él andaba cerca.
Así que no pudo no sonreírle de vuelta.
—De acuerdo.
Pero no tuvieron oportunidad de hacer nada más. La brocheta a medio comer que Mitsuhide tenía en la mano le fue arrebatada con suavidad y, acto seguido, una mano tan hábil como delicada se posó sobre su amplio pecho.
El hombre se ruborizó suavemente y se echó un poco para atrás de la pura sorpresa.
—Oh, esa es una buena reacción; los hombres tímidos son gentiles— ronroneó la mujer dueña de esa mano—. ¿Qué te parece si vamos y me muestras algo de esa gentileza?
—Uhm…no, yo… gracias, pero…— balbuceó él, echándose para atrás lo más que pudo sin caer de espaldas en el intento, con el pánico reflejado en el rostro.
—No me tengas miedo, cariño, no muerdo. A menos que tú quieras que lo haga, claro— le insistió on un tono difícil de resistir.
Entonces Shirayuki, olvidada en esta especie de caza de clientes, la reconoce. Primero es tu tono juguetón e irresistible, y luego es su perfil anguloso, jovial y femenino. La alegría de encontrarla fue más fuerte que la indignación por su descaro.
—¡Eres tú!— anuncia en voz alta, llamando la atención de los otros dos sobre ella, quienes recién parecieron recordar, el uno, y advertir, la otra, que ella estaba allí.
—¿Ella? ¿Estabas buscándola a ella?
—Oh, pero si eres la señorita del otro día, la que estaba con Obi— le sonrió en reconocimiento con simpatía. Tan distinta a cómo le acababa de sonreír a Mitsuhide hace tan solo un instante, pero extrañamente similar a cómo la vio hacerlo con Obi hace días—. No lo veo por aquí, ¿cómo ha estado? ¡Más le vale no estar causando problemas!— comenzó a parlotear sobre el moreno, como si realmente él tuviera que rendirle cuentas a ella, lo que Shirayuki comenzaba a dudar, por la cantidad de lugares comunes que utilizaba para referirse a él.
—Quería preguntarte algo, si no es un problema para ti…
—¿A mí? Pues aquí me tienes— y se echó a la boca lo que quedaba de la brocheta del hombre, ignorando completamente la exclamación en protesta que soltó el desposeído— ¿y sobre qué sería?
—Sobre Obi.
La expresión de la mayor mutó de la leve sorpresa a una extremadamente interesada.
—Entonces, usted dirá, señorita— inicia nuevamente la conversación, sentada frente a Shirayuki en una bonita casa de té a un par de calles de donde se encontraron.
La pelirroja miró su taza de té un largo segundo antes de decidir por dónde empezar. Husmear en la vida privada de alguien más no es tan fácil como los sirvientes del Palacio hacen ver, así que debe elegir sus palabras con cuidado.
—¿Cuál es tu relación con Obi?— preguntó ella con una nerviosa seriedad.
—¿Mi relación con Obi?— repitió ella, como si no acabara de entender su pregunta, cuando estaba más que claro que sí que la entendió. Zorra astuta—. ¿Acaso ha venido a preguntarme si dormimos juntos?
En la mesa de atrás, a la que fue relegado Mitsuhide por "no estar admitido en una charla de chicas" se atraganta levemente por el descaro de la amiga de Shirayuki, y no puede sentir un poco de lástima por ésta, a quien se la están poniendo difícil. Solo agradece no tener que estar justo en el medio de aquella conversación que, hasta donde puede prever, no acabará bien.
—Por supuesto que no— se apresura a corregir la más joven, sí, ruborizada, pero no dejándose amilanar por la seguridad que Torou expele por los poros.
—¿Segura?— le insiste la otra—, ¿no quiere saber cómo es Obi en la cama?
Entonces, la piel lechosa de Shirayuki se volvió completamente roja, lo que provocó que Torou se largara a reír sin contemplaciones.
—No te rías de mí, por favor— pidió la chica, intentando mantener toda la compostura que pudiera reunir en su pequeño cuerpo—. No pretendo saber esas cosas de ti.
Un silencio incómodo se produjo entre ellas, que pareció abordar a todo el local, incluso a Mitsuhide tras ellas, quien se tensó en su lugar por la contundencia de las apalabras de la chica a quien nunca habría considerado capaz de decir algo como eso.
Oh, si tan solo Zen pudiera oírla ahora, rió casi con orgullo.
Ciertamente, no era propio de ella perder la calma ni hacer cosas de forma precipitada, ni siquiera cuando se vio obligada a dejar su pequeña botica y huir de los agentes del príncipe Raj, allá en Tanbarun, lo hizo sin pensar detenida y reflexivamente en ello primero (aunque, quizás sí, haberse cortado el pelo desde su crecimiento, había sido un acto apresurado e impulsivo, pero ciertamente fue un acto simbólico de protesta).
Pero aquí estaba, frente a una chica a quien acababa de soltarle una grosería de la pura pica. Oh, si no fuera porque no era el momento para eso, se sentiría avergonzada por eso.
Sin embargo, el sonido de la risa de Torou alejó cualquier otro pensamiento de la confundida cabeza pelirroja de Shirayuki, reemplazándola por otro tipo de confusión.
—Tú sí que eres otra cosa, señorita— soltó con aire risueño y sin señal alguna de resentimiento en la voz—. Te diré lo que quieres saber.
Si bien Shirayuki no entendió bien qué es lo que acababa de suceder, no iba a cuestionar su suerte.
—¿Por qué quieres saber sobre mi relación con Obi, señorita?— preguntó Torou, tomando entre sus manos la taza caliente de té con aire ausente, como si hablara del clima.
—Uhm… no estoy realmente segura— balbuceó la pelirroja—, es decir, él no me lo dijo, ¡y simplemente no puedo dejar de pensar en eso! Obi es mi amigo y yo…
—¿Amigos?— preguntó Torou, incrédula, algo en su lenguaje corporal insegurizó a Shirayuki—. Señorita, ¿ese joven apuesto de allí es amigo tuyo también?— apuntó con un coqueto dedo hacia Mitsuhide, quien volvió a erizarse cuando su instinto le alertó sobre ser aludido en una conversación ajena.
—Sí, por supuesto que lo es.
—Y dígame, ¿acaso también se sintió molesta cuando me acerqué a él?
—Uhm… sí, supongo, es decir, Mitsuhide se veía incómodo…
—Así que Mitsuhide es su nombre, ¿eh?— ante su tono coqueto, Shirayuki no pudo no sentir que se equivocó al decir su nombre en voz alta y envió una disculpa mental al hombre—, pero qué suerte la mía. No, no me refiero a su malestar, me refiero al tuyo.
Shirayuki lo dudó.
—No, ¿cierto?
Santo cielo, ¿cómo es que esta chica sabía exactamente lo que estaba pensando?
—Eso, señorita— prosiguió Torou, haciendo pausas para beber su té aun caliente—, significa que estás enamorada.
El estruendoso sonido de la loza golpeándose entre sí en la mesa contigua le hizo perder la concentración. Al parecer, a Mitsuhide se le acababa de caer la taza de té, y una camarera acudió a socorrerlo.
No lo culpa.
—Lo siento, ¿qué?
Torou sonrió, disfrutando un poco de esta situación.
—Que estás enamorada, señorita. De Obi—. Puntualizó, como si fuera necesario precisar a quién se refería.
Y de alguna manera, a Shirayuki aquella revelación le sonó tan imposible de creer, como perfectamente lógica.
Obi estornudó escandalosamente, haciendo que casi cayera de la hamaca en la que se había instalado a tomar la siesta, aunque al final no hubiera logrado dormir nada. Le agradaba este concepto de la hamaca; tenía que llevarse una de éstas de vuelta a Clarines.
—Ése fue un buen estornudo, ¿no estarás pescando un resfriado?— la voz de Kiki sonó a su lado, con ese dejo listillo y un poco burlón que le caracterizaba, como si ella ya viniera de vuelta mientras el resto apenas descubría el camino de ida.
—No, no lo creo— respondió él, rascándose la nariz—, ¿será que alguien está hablando mal de mí?
—Oh, no lo sé, ¿hay alguien que tenga razones para hablar mal de ti ahora mismo?— respondió con otra pregunta la rubia, astuta, como siempre.
El silencio de Obi fue toda la contestación que Kiki recibió. No necesitaba más, tampoco.
—O— continuó ella—… también puede ser el cambio de temperatura, ¿quién sabe?
Pero en la cabeza de Obi solo podía existir una persona que pudiera estar pensando en él, y por cómo acabaron las cosas cuando le enviaron de viaje, de seguro estaría pensando lo peor.
El rostro de muñeca de Shirayuki llenó sus memorias.
—Sí, el cambio de temperatura— aceptó el otro, ausente, sin cuestionar la conveniencia de esa afirmación.
.
Oh, ha sido un largo, largo tiempo; es que el último año, entre todo, creo que ha sido el peor de mi vida. Pero al fin he aprobado mi examen de licenciatura, para el que estuve estudiando mucho, mucho, mucho, así que ahora sí puedo dedicarme a otras cosas, como este fic, por ejemplo.
Hablando del fic, este capítulo me costó mucho, mucho; lo escribí varias veces, incluso, lo escribí de cero justo antes de tipearlo, y esta vez sí me convenció. Espero que a uds también.
