Disclaimer: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.
Dos partes
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Existe dualidad en cada hombre y cada mujer-.Raquel Welch
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Llega un momento en el que Obi, lejos de preguntarse si engaña a alguien, en realidad piensa en qué momento comenzó a darle igual. De un tiempo a estar parte, más allá de querer impostar una personalidad despreocupada y jovial, él se descubre siendo genuinamente así: ríe porque quiere hacer reír al resto, bromea porque se siente con la confianza suficiente como para hacerlo, y sonríe porque las personas a su alrededor (sobre todo la señorita, la verdad sea dicha) le inspiran ese sentimiento de felicidad que en realidad le hacer querer sonreír.
En principio, aquello no es algo malo, persé. Lo que sí es malo es que, ahora que sí quiere disimular un poco cómo se siente en realidad, no sabe bien cómo hacerlo, luego de tanto tiempo de ser "honesto" sin saberlo.
Lo malo es que, como no se ha estado sintiendo bien no sabe cómo verse menos miserable, y todo el mundo lo nota. Así que se esfuerza; se esfuerza en parecer contento, en que lo está pasando bien mientras pasea ociosamente por la isla, prueba delicias gastronómicas y se enamora de esta maravillosa invención llamada "hamaca" mientras toma sol y agua de frutas que no hay en Clarines. ¡Incluso apuesta en contra del soldado en la carrera contra el ave!
(Aunque solo fuera para irritar al colega, la verdad sea dicha, pero a él realmente no le molesta haber ganado).
Lo realmente malo es que no engaña a nadie.
Ni siquiera a él mismo.
Al final, lidiar con el autoengaño es demasiado agotador; no puede no pensar en lo que hay al otro lado del mar.
Se dedica a pasar sus días a balancearse sobre la hamaca y a pensar en lo que realmente quiere.
Debería estar feliz, piensa al principio una parte de él (la racional, la estratégica, la que le mantuvo con vida): estar lejos de ella hará que sea más fácil pensar en otra cosa. Tener que fingir indiferencia frente a los paseos y charlas de los futuros novios es agotador, por decir lo menos, sobre todo cuando en verdad le produce dolor físico. Pero la parte emocional (la estúpida, la que le metió en todo esto) cree que no ver a Shirayuki es infinitamente peor que verla amar a otro en su lugar.
Obi debe agregar que esa parte suya también es masoquista.
De cualquier forma, tampoco tiene nada mejor que hacer que estar tirado allí, meciéndose al ritmo de la brisa marina: Zen ha ido a una de las reuniones de negociación y Kiki, como su única asistente competente, fue con él.
Como única entretención, Obi se dedica a juguetear con pequeñas florecillas silvestres y a quitarles los pétalos de a uno, permitiendo que éstos caigan sobre su pecho como pequeñas gotas de color. Antes de darse cuenta, está susurrando enunciados excluyentes alternados con cada pétalo que cae al suelo, como si fuera una adolescente enamorada, y a su alrededor, no hay uno, sino varios tallos de flores deshojadas.
Obi no supo si reír o llorar por la escena. Me ama, no me ama, las palabras dichas entre murmullos alejados de la brisa marina y la fuerza del oleaje le daban vueltas y vueltas en la cabeza, y tanto la parte racional como la emocional de sí mismo tuvieron que estar de acuerdo en algo.
Se enamoró de la señorita.
Si, independiente de que a la florecilla aún le quedaran varios pétalos, él ya lo sabía.
Ogh, tan simple como suena. Pasó tiempo incuantificable intentando negarlo, incapaz de determinar exactamente cuándo sucedió. Pero ahora que lo ha dicho, que lo ha reconocido a su fuero interno, es como si millones de emociones y sensaciones se le vinieran encima como una avulsión: primero, paz. Porque la acción, porfiada y testaruda de negar lo innegable era brutalmente agotador. Pero luego, otro peso se sentó sobre él con igual o más ganas de aplastarlo: indecisión.
O sea que de vuelta al inicio.
Es decir, que un mal rayo lo partiera en dos el día en que se arrepintiera de haberse enamorado de la señorita (no ahora que él lo sabe). Pero ciertamente, una vez confesado, al menos para sí mismo, no sabe bien qué hacer a continuación. Como… no podía simplemente ir y anunciar el contenido de su corazón a los cuatro vientos. Mucho menos a Zen…
Una mano helada le apretó el corazón.
Zen, ¡había olvidado a Zen!
Tuvo que luchar para no desplomarse ante los síntomas de la pálida que le vino de solo pensar en Zen.
Es que, si existía algún momento para que Zen se arrepintiera de haberle dado una segunda oportunidad y echarlo a patadas de su lado, era precisamente ése.
Y aunque una parte de sí pensara genuinamente que Zen jamás haría algo como eso, había otra (la masoquista, ésa) que temía fundadamente que sí lo hiciera.
No soportaría perder al amo y a la señorita a la vez.
Nunca pensó que le costaría tanto trabajo el solo hecho de pensar en irse de un lugar, cuando, en otros tiempos, nada le habría costado menos. Llegar y partir fue, en algún momento, una conducta natural que ni siquiera ameritaba pensar demasiado.
Soltó un suspiro agotado al recordar esos tiempos en que su propia permanencia era tan estable como las brisas calidad del otoño, y usó una de sus piernas para balancearse sobre la hamaca, solo para ver de casualidad, a la distancia sobre el mirador, a dos figuras que se veían exactamente como el amo Zen y la señorita Kiharu.
Entonces se tupió. Algo que, en honor a la verdad, no suele pasarle con la suficiente frecuencia como para recordar cuándo fue la última vez que le sucedió. Primero, se preguntó por qué Kiki no estaba con él, si se suponía que ella lo acompañaría a la dichosa reunión. Segundo, lograba comprender que el amo quisiera hacer buenas migas con la señorita Kiharu, quien era su anfitriona, después de todo, y no le hace daño al amo conversar con gente de su edad. Pero, de alguna forma, no alcanzaba a reconciliarse con el hecho de que anduvieran solos, paseándose como si el amo no tuviera a alguien esperándole en el continente… ¡y sin Kiki!
¿Por qué solo él tenía que estar pasándolo mal? ¿Acaso Zen no la extrañaba? Claramente: no tanto, al punto de ir y pasear con otra bella señorita sin supervisión.
Hm, si tan solo Shirayuki lo viera.
Y de pronto, caer en la cuenta de la mezquindad del pensamiento que acababa de pasar por su cabeza, le hizo sentir peor que al principio y, aun así, sin poder quitarse de encima la ansiedad por saber qué hacer consigo mismo.
Se llevó ambas manos a la cara y gimió con frustración. La hamaca se agitó con relativa brusquedad, casi haciéndole perder el equilibrio. Una vez que hubo estabilizado su posición, suspiró de alivio, por el susto y porque agradeció que todo ese instante de torpeza hubiese sucedido sin testigos.
−Ejem…
La voz de Kiki, en un carraspeo que, lejos de querer anunciar su presencia, tenía la intención de advertirle que, al contrario de lo que él pensó, sí presenció todo el último minuto de Obi que, sí: él hubiese preferido borrar.
Pero él no tenía tanta suerte, claro.
Se dio cuenta de eso hace tiempo, cuando se vio a sí mimo solo, con frío y con hambre en un pueblo solo aparentemente amigable. Lo volvió a pensar cuando se dio cuenta de que su misión a Tanbarun no iba a ser tan fácil como se figuró. Y lo reafirmó ahora, que Kiki, usualmente no interesada en lo que sea que Obi hiciera o dejara de hacer, se presenta para ser testigo de su crisis existencial.
Así que se balanceó de nuevo por la impresión de tener, de pronto, un testigo no contemplado.
Kiki rio.
−Suerte para ti que Mitsuhide no esté aquí para verte− comentó ella a modo de saludo.
−No oiría el fin− no pudo evitar pensar en voz alta con un poco de gracia−, aunque, para ser honesto; habría preferido que nadie lo hiciera.
−Soy una tumba− sonrió ella. Obi vio wel gesto de soslayo, sin saber si ella lo decía por decir, o para darle libertad de desahogarse de lo que sea que le estuviera oprimiendo el pecho.
Supo que era la segunda opción, a pesar suyo, cuando, luego de un instante de silencio en que su sien derecha se calentó con el peso de sus ojos azules puestos con gracioso desafío sobre él.
−Lo bueno de las tumbas es que reciben muchas confesiones y ellas no le dicen nada a nadie.
−No me parece una analogía muy afortunada…
Kiki solo se encogió de hombros.
Verla tan resuelta a oírlo decir algo le puso nervioso. No es como si acabara de entender lo que le sucedía. Solo sabía una cuantas cosas: que amaba a la señorita Shirayuki, que ella se comprometería pronto con el amo Zen, que Zen paseaba por un paraíso tropical con otra hermosa chica como si nada… y que todo eso le volvía loco de frustración.
Un suspiro lleno de agotada resignación salió de sus pulmones.
−¿Me oiría si le cuento algo, señorita?
La otra sonrió con satisfacción.
−Por supuesto.
Por alguna razón, se sentía revitalizado y estúpidamente valiente. Como si hubiese bebido lo suficiente como para tener el coraje que se necesita para hacer algo que en realidad no quería hacer. Salvo que sin haber bebido una sola gota de alcohol.
Al menos que ese jugo que le dieron aquellas aldeanas mientras charlaba con Kiki haya tenido un poco de eso.
¡Pero ése no era el punto! El punto era que sentía que podía ir y hacer lo que fuera.
(Y lo mejor sería que fuera de una vez, antes que la parte de sí a la que le gustaba seguir con vida y salud íntegra, le hiciera volver sobre sus pasos).
La conversa con Kiki, más que tratarse de revelaciones (porque, por supuesto, ella ya sabía que era lo que le molestaba), sirvió para recordarle que Zen, además de ser el príncipe del reino, era un joven de su edad que los consideraba sus valiosos amigos y que (por más que él, ridículamente, pensara lo contrario) no le cortaría la cabeza por decirle como se sentía hacia una chica.
Y eso, por más simple y ridículamente evidente que suene, le hizo mucho sentido.
Así que fue en busca de Zen, empujado por esa alegre imprudencia propia de un joven que no tiene nada que perder.
¿Qué es lo peor que podría pasar? Y, claro, esa parte suya, la racional, mandó esa pregunta retórica que la masoquista se moría por contestar, al fondo de su cabeza.
No fuera a ser que el miedo a la respuesta le hiciera dudar.
No. Zen. Tenía que encontrar a Zen y hablar con él. Sí, eso haría.
−Obi− la voz terriblemente familiar hizo que Obi (sí, Obi, el hombre con los sentidos más desarrollados y los nervios más fríos) saltara en su sitio por la sorpresa.
Vaya, dos veces es demasiado para una sola vida; más aún para un mismo día.
−Te he estado buscando− Zen, aparentemente ajeno al revoltijo de emociones que el moreno tenía en su interior, se acercó a él por un lado del sendero. Solo.
Obi resopló con molestia.
−Pues ya me encontró− dijo con un tono ácido oculto tras una expresión azucarada.
Quien habría dicho que hace tan solo un momento realmente quería encontrar a Zen, y ahora que lo tenía en frente, estaba completamente mosqueado.
−Hay algo sobre lo que quiero hablarte− continuó el otro, ignorando el mal humor de su amigo o no siendo consciente de él.
Oh, cierto. Debía hablar con Zen.
−Claro, sí− aceptó el caballero, espabilando un poco. Su malhumor se dispersó en el aire−. Claro.
−Vamos.
Por alguna razón, cuando Zen se medio giró para encaminarse a otro lugar para conversar con su amigo, Obi lo siguió de forma ausente, pensando, a su vez, en una buena forma de plantear la que le carcomía por dentro.
−De hecho, amo− comenzó Obi en cuanto llegaron a la playa nuevamente−, yo también quería hablar de algo contigo.
Entonces Zen pareció sonreír conforme, como si un velo de hubiese levantado.
−¿Se trata de Shirayuki?
La sonrisa en el rostro de Zen hizo palidecer a Obi, y luego se ruborizó como si hubiese sido atrapado con las manos en la masa. Zen lo sabía, o al menos lo sospechaba. Obi se preguntó en qué momento se volvió tan transparente y fácil de leer. No hace mucho tiempo, eso le habría matado.
Sin embargo, ése no era el caso ahora: estaba en un lugar seguro, entre amigos, donde un descuido que no le costaría la vida, sino que solo unas carcajadas.
Así que, cuadrando los hombros y enderezando la espalda, respiró profundo.
−Sí.
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Ha pasado un tiempo. Espero que no haya sido demasiado.
Díganme qué les parece.
