Maunier soltó una risita por lo bajo al ver a través del cristal de la sala de interrogatorio, un muchacho de unos quince años estaba sentado con los brazos cruzados y un puchero en el rostro, su cuerpo estaba ligeramente girado, como si su intensión fuera darle la espalda al espejo para que no le observasen, sin embargo, tampoco quería desafiar de más a la ley, bastante malo era ser hijo de reptiles y estar en la oficina de Maunier.

—Mira nada más —dijo el oficial de policía entrando al fin al lugar, recordando a un joven Luka Couffaine reflejado en aquel muchacho. —Hijo, ¿por qué te trajeron a mi oficina?

—Nada que sea de su importancia —espetó el muchacho dándole por fin la espada a Maunier, consiguiendo que el oficial bufara divertido.

—Si estás en una sala de interrogatorio quiere decir que fue grave.

—O tal vez tus hombres están perdiendo el tiempo con un crío insignificante en lugar de estar persiguiendo a los criminales.

—Esa frase la dijo Luka Couffaine cuando tenía tu edad —anunció Maunier sentándose a la mesa y organizando sus hojas sueltas, fingiendo indiferencia ante el joven que tenía frente a sí, pero mirándole de reojo.

El oficial dio un largo sorbo a su taza de café, ocultando su sonrisa al percatarse de que el muchacho se revolvía, interesado en aquella afirmación.

Claro que Maunier recordaba la primera interacción que había tenido con Luka Couffaine casi catorce años atrás. El muchacho estaba sentado en la misma silla con una posición parecida, se le acusaba de haber robado una cartera, pero no le habían encontrado las pruebas y no daban con la cartera en las calles, así que, o Luka tenía un cómplice, o no había ocurrido el atraco.

¿Cómo olvidar esa primera interacción?


63.-El último concierto

Sonrais777: Pollen, jajaja qué te digo, esto se va a poner bueno... o se va a descontrolar, ya no sé


—Así que Luka Caffaine... —había dicho Maunier revisando sus notas, antes de dedicarle una mirada escueta al muchacho y volver a leer el informe, fingiendo indiferencia ante el adolescente, provocándole para que brincara, pero el muchacho miró fijo al oficial, apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus dedos para tener dónde apoyar la barbilla.

No dijo nada. Consideró en serio corregir al oficial por haber pronunciado mal su nombre, pero un vistazo rápido le reveló a Luka toda la estrategia que debía seguir para marcar distancia y salir de ahí convertido en un héroe.

Andree Dumont lo había preparado para ello.

Un año tenía bajo su sombra, lo había "descubierto" a los doce años, pero le había tomado un tiempo conseguir que Luka se uniera a los reptiles, un año, once meses y un anillo de zafiro.

Luka era un buen observador, se había obligado a serlo desde que inició con las peleas callejeras (primero para tratar de limpiar el nombre de su padre, eventualmente para superarlo, contándose a sí mismo el cuento de que, si alguien merecía convertir el apellido Couffaine, COUFFAINE, en leyenda, ese era él), tenía que hacer análisis rápidos de sus enemigos para saber si podía liarse a golpes con ellos o si era mejor remitir, pero encarar a un oficial de policía que se la pasaba interrogando adolescentes molestos y problemáticos, eso era una liga mayor.

Luka Couffaine sabía que Travis Maunier trataba con adolescentes todo el tiempo, el (en ese entonces) patrullero soñaba con convertirse en inspector para tratar de salir de las calles y comenzar a hacer algo útil con su vida.

Le sorprendió mucho que Luka no dijese nada respecto a su apellido, así que levantó la mirada fingiendo indiferencia y se quedó helado al percatarse de que Luka lo miraba con una ceja alzada y gesto de sarcasmo.

Sus muñecas estaban esposadas por una cadena a la mesa.

—¿Y suelen tratar así a todos sus invitados, o yo me gané algo especial esta noche? —Su voz fue un siseo por lo bajo, pero no fue un reclamo ni una amenaza, no. Lo que Luka Couffaine había mostrado a sus catorce años era un dominio absoluto de sus emociones, de su pulso, de cada cosa que ocurriría en esa habitación a partir de ese momento.

—No, no es el trato habitual.

—Entonces déjame decirte una cosa, Travis Maunier, patrullero dos ochenta y siete —llamó el muchacho bajando las manos tanto como la cadena lo permitió, ocultándolas de la vista del oficial y echando los hombros hacia adelante —, hacen bien en no subestimarme.

—Tonterías, eres un crío al que no le hemos encontrado la cartera robada.

Luka sonreía con desafío, con cierto aire de vesania, como si guardase un secreto y lo presumiera a Maunier, regodeándose de estar mostrando a todas luces aquello que él no era capaz de ver.

—Si tú lo dices —murmuró Luka encogiéndose de hombros y bajando la cabeza, mirando la cadena tensa —, supongo que no te importará que diga que los moratones me los has hecho tú. No sería la primera vez que un escolta de tu unidad levanta la mano contra los reptiles más jóvenes. A mí me parece que ya se ensañaron —dijo al final, torciendo el gesto y mirando a Maunier como si le desafiara con la mirada, como si quisiera escucharlo contradecirlo.

El oficial puso las manos sobre la mesa para acercarse a Luka, furioso por la amenaza del muchacho y considerando seriamente responder con violencia. Aunque eso implicara recibir la amenaza de maltrato psicológico a menores.

—Mira, hijo —musitó con los dientes pegados, con la mandíbula apretada, con el pulso comenzando a acelerarse —, no sé con qué patrulleros se han topado, ni qué habrán hecho tus amiguitos para provocarlos...

—No son mis amigos —puntualizó con indiferencia el muchacho, volviendo el rostro —, y la mayoría son más inocentes que la mitad de tu comisaría.

—¡Basta ya! —Exclamó Maunier golpeando la mesa con las palmas abiertas.

Luka aprovechó ese gesto, todo ocurrió en un minuto, Luka se levantó de su silla y azotó las manos a palma abierta justo a los lados de las de Maunier, componiéndole un gesto de reproche antes de sonreír, la cadena había hecho ruido al golpear con el metal, los cabellos de Luka hicieron cosquillas al mayor en la nariz, pero éste no hizo gestos, se limitó a arrugar la nariz y acercarse medio centímetro. Ningún niño lo iba a amedrentar.

—De acuerdo, me detengo —concedió Luka con una sonrisa ladina mientras se enderezaba, llevándose las manos a los bolsillos —, y me retiro. Hasta luego, Travis Maunier.

—Hijo —empezó el oficial con una sonrisa sarcástica —, ¿cómo pretendes retirarte si...?

Pero se quedó helado al bajar la mirada a sus muñecas y percatarse de que llevaba las esposas puestas, Luka se había liberado.

—No sólo robé la cartera, oficial —confesó Luka orgulloso, el villano de la noche. —También escapé de la policía.

Avanzó un paso, otro, otro, Maunier se enderezó en un movimiento violento, tratando de bloquearle a Luka la salida, pero el muchacho forcejeó un poco, empujándole la cadera al policía para sacárselo de encima y salir corriendo hacia la puerta.

Sí, Maunier no se explicaba por qué Luka había tratado de pasar directo por un costado de la mesa, estando encadenado había mucho espacio por la habitación para rodear, Maunier apenas y podía acercarse si se pegaba a la pared.

—¡Rossie! ¡Claude! —Gritó desesperado el oficial, forcejeando contra las esposas.

Luka por su parte compuso un gesto inocente y adoptó un aire desorientado, como si estuviese perdido. Se acercó a la recepcionista mientras algunos oficiales corrían hacia la zona de interrogatorios y sonrió para la oficial que le miró con ternura.

—Disculpe —murmuró Luka con voz trémula, bajando un poco la mirada y torciendo el gesto; ya no había un depredador ahí, sólo quedaba la presa —, me parece que el oficial Maunier dejó esto en la sala de interrogatorios.

—¡Gracias cielo! —Exclamó la oficial recibiendo la cartera mientras Luka se daba la vuelta y encaraba el ascensor.

Maunier llegó corriendo al lobby justamente cuando las puertas se cerraban frente a Luka y el muchacho le mostraba el dedo medio con una sonrisa radiante en el rostro.

—¡Couffaine! —La voz de Luka fue como un eco en la comisaría llena de ruido, una especie de himnos para los caídos, para los desvalidos, para los adolescentes recluidos injustamente. —Mi nombre es Luka Couffaine.

—¡Mierda! —Gritó Maunier dando una patada al suelo al percatarse de lo tarde que había llegado al ascensor.

—¡Oficial! —Exclamó la recepcionista con una sonrisa, levantando la cartera. —El muchacho que acaba de salir dejó esto para usted.

.

Y qué recuerdos.

Travis Maunier todavía llevaba en la cartera la carta que Luka le había dejado, un Joker de la baraja española, una carta plastificada y gastada, que comenzaba a ponerse beige por el paso de los años.

—Así que, John Baptist —murmuró el oficial sonriendo de medio lado.

—Jean-Baptiste —corrigió furioso el muchacho, volviendo toda su atención a Maunier. —Y no uses el nombre de Luka, las leyendas se respetan.

—Así que —comenzó el oficial ignorando el reproche, sonriendo para sí mismo al darse cuenta de que ya tenía al muchacho justo donde lo necesitaba —, por la chaqueta, deduzco que eres un reptil en proceso de iniciación, demasiado joven para ser aceptado en la banda, pero lo suficiente mayor como para empezar a hacer puntos para entrar.

—No puedes saberlo —apostó el muchacho, con cierto grado de miedo en los ojos.

—No. No podría saberlo si Luka no me lo hubiese dicho, pero tiene un afán por salvar a los críos, que me cuesta creer que alguna vez lo interrogué aquí.

—Ay, por favor. El elegido de las calles no hablaría con la policía.

—¿Por qué no? —Inquirió Luka en persona, entrando a la sala de interrogatorios con una sonrisa radiante y un café en las manos. —Después de todo, los reptiles no tenemos nada con la ley, ni nada en contra.

—Por favor dime que no lo endulzó tu esposa —se quejó Maunier recibiendo la taza y mirando con reproche a Luka.

—No, lo preparé yo, termina rápido, hay un asunto importante a tratar.

Jean-Baptiste miraba con incredulidad, con cierto grado de asombro, no era un muchacho de quince años retenido, era un niño de ocho viendo al hada de los dientes en persona. Así que, cuando Luka le guiñó antes de salir, el muchacho miró a Maunier y asintió una vez.

—Hablaré, pero quiero un trato.

—Seguro que sí.

.

El oficial entró a su oficina y sonrió de medio lado al ver a Luka recargado contra el marco de la ventana, observando a detalle el marco de la fotografía que tenía el oficial en su escritorio, él y su esposa sonriendo en el acto académico de su hija, una joven de diecisiete años que egresaba del bachillerato, sonriendo ampliamente mientras mostraba sus diplomas, portando toga y birrete.

—¿Qué te llevó a querer ser padre? —Inquirió Luka sonriendo para el oficial cuando se percató de su presencia. —Quiero decir ¿no te daba miedo?

—No me digas que Marinette está embarazada —soltó Maunier dejándose caer en su sillón, pálido por la impresión.

Pero Luka rompió en carcajadas dejando el marco en su lugar y encarando a su amigo.

—No, Mari no está embarazada, pero estamos empezando a hablar del tema. No me veo siendo padre antes de los treinta, y todavía me faltan más o menos dos años para eso —la expresión de Luka se tornó sombría y el muchacho bajó la mirada, sentándose frente a Maunier con aires derrotados. —No quiero pensar en formar una familia con la posibilidad de dejar huérfana a la criatura. No, Travis, no estoy preparado para ser padre, ni quiero que Marinette cargue con esa culpa mientras dure el torneo.

—Tranquilo, hijo. Preguntaba por lo críptico que te has puesto.

—Pues ahí lo tienes —dijo Luka con media sonrisa de resignación. —¿El muchacho habló?

—Sí... —murmuró Maunier incómodo, removiéndose en su asiento. —Pero lo hizo bajo un trato.

—Qué chistoso —exclamó Luka mirando al oficial, confundido. —Nunca piden tratos.

—Sí, bueno. El trato era dejarlo hablar contigo. Te llamó... Elegido.

—Un apodo bastante famoso entre los nuevos.

—Y luego te llamó Hades.

Luka le puso una expresión de pocos amigos al oficial, consiguiendo que Maunier soltara una carcajada, gesto que se expandió al ver al muchacho entrar a la oficina de Maunier llevando una taza de café en las manos y expresión de sorpresa al ver a Luka ahí.

—Así que, Jean-Baptiste —exclamó Luka girando en su sitio, sonriendo de medio lado al ver al joven asentir frenético. —¿De cuándo acá los indignos pueden llamarme por mi segundo apodo? Sólo yo decido quién me llama dios del inframundo y quién no lo hace.

—Perdón, es que...

—¿Eso es para mí? —Inquirió Luka señalando el café.

—¡Sí! El viejo sapo me dijo que si quería hablar contigo debía traerte un café.

—Dale un trago —ordenó Luka mientras sus ojos se vaciaban, convirtiéndose en dos perlas gélidas que intimidaron al muchacho.

—¿Qué?

No, el joven estaba tan absorto en la expresión de Luka que no se percató de la risita discreta que soltó Maunier recordando alguna interacción que había tenido con Luka unos meses atrás.

Jean-Baptiste obedeció, dando un sorbito al café y componiendo una mueca al instante, antes de que Luka extendiera una mano hacia él, pidiendo la taza, y saboreando la amargura de una bebida de cafetera con una cucharada de azúcar.

—Si tuvieras la oportunidad de estudiar algo —dijo Luka pensativo, recargándose hacia atrás en su silla —, ¿lo harías? Quiero decir, si tuvieras otra opción que ser un reptil enlistado y toda la cosa ¿elegirías otro camino?

El joven compuso una expresión de confusión. ¿La mayor leyenda de los reptiles desde su generación de verdad estaba hablando de no ser un reptil? Pero el joven conocía la experiencia de no tener otras opciones, había crecido en ese ambiente de matar o morir, así que miró a Luka a los ojos y negó con la cabeza.

—No tengo talentos como tú, no soy músico, o escritor, no sé hacer mucho.

—¿Qué te gusta hacer en tus ratos libres?

—No lo sé, patinar, creo.

Luka lo pensó unos minutos, asintiendo para sí mismo mientras sopesaba todas las posibilidades, pero luego sonrió de medio lado y le dedicó una mirada compasiva, paternal, al muchacho.

—Preséntate mañana a las tres de la tarde en el Chat Lunatique, pregunta por una chica a la que apodan Luna y dile que te ponga un mandil.

—¿Qué?

—No pidas explicaciones, no arruines esto. Dile que la serpiente Couffaine va a salvar a alguien del Tártaro. Si al final de la jornada no te gustan las opciones, vienes y me tiras el mandil a la cara, me golpeas o lo que se te ocurra.

Silencio.

Los tres guardaron silencio unos minutos mientas el joven procesaba aquella información. El rostro del chico se iluminó con una sonrisa radiante cuando por fin comprendió lo que estaba ocurriendo y asintió frenético, prometiendo que estaría ahí antes de largarse dando un portazo.

—¿Qué fue eso? —Quiso saber Maunier, confundido.

—Estoy sacando reptiles de la calle —dijo Luka con tono cansado. —A Andree le parece bien que los más jóvenes dejen de causarnos problemas, aunque antes éramos nosotros dándole problemas a la gente, así que no tiene derecho a decir nada. Renové de nuevo el concepto del Chat, abrimos en las tardes ofreciendo la barra de snacks y por las noches sigue siendo el bar de siempre. Quiero ayudarlos, yo no tuve otra opción.

Maunier bufó divertido. —Nunca tuviste muchas quejas cuando te apresaban.

—Porque siempre puse a tus hombres y a ti en su lugar —remató Luka entre risitas, consiguiendo que Maunier torciera el gesto.

—Ya, ¿a qué viniste?

Luka dejó de reírse, bajó la mirada, ofuscado, antes de regresar a buscar los ojos de Maunier y negar con la cabeza una vez. —Vine a pedirte un favor.

—No me gusta cómo suena eso.

—Esta noche Colette dará un concierto, es un bar pequeño, pero suelen ir con frecuencia a tocar, el lugar estará lleno, sólo hubo espacio para cuatrocientas personas, lo que quierer decir que estará a reventar de gente.

—Ve al punto, Luka.

—Sabes que estamos metidos en el torneo este de los reptiles, y que Lila llevará a cabo una carrera mañana por la noche.

—Lo sé. ¡Viernes de locos! —Exclamó el oficial levantando las manos por encima de su cabeza antes de dejarse caer en su sillón, agobiado. —Todo el departamento está nervioso, estamos rezando para que no se aparezca Cobra o no haya alguna akumatización, pero no guardamos muchas esperanzas.

—No creo que Cobra aparezca. Sé por Colette que quedó hastiado de Lila cuando trabajó con ella, así que no se aparecerá si hay riesgo de que ella entable contacto.

—Buena deducción.

—Una fuente relativamente confiable me dijo que sospecha que Lila intentará algo contra mi equipo, ya sabes, por Marinette.

—No puedo creer que esa chica siga ensañada con tu esposa desde el instituto. Yo me peleo contigo y lo olvido al instante.

—Ya, pero es porque eres un león.

Maunier frunció el entrecejo ante aquella afirmación, confundido. ¿A qué se refería Luka con aquello?

—¿León?

—Ya sabes lo que dicen, el León cree que todos son de su condición, y como tú eres un león bueno, crees que toda la gente es buena.

Maunier soltó el aire, conmovido, desvió la mirada y frunció el entrecejo tratando de disimular el hecho de que Luka acababa de tocarle una fibra sensible.

—Vete de mi oficina, hijo, no tengo tiempo para tus caprichos.

—Te la encargo mucho, Colette es una amiga a la que quiero muchísimo.

—Le voy a decir a tu esposa —amenazó Maunier divertido cuando Luka se bebió el café en un sorbo y se dispuso a irse.

—Dile, ella tiene boletos para el concierto de mañana. Dios, son insoportables cuando están juntas.

—Eres insufible. Eso también se lo diré, lo tengo grabado.

—No lo dudo —espetó Luka acomodándose el cuello de la chaqueta y mirando de reojo a Maunier, haciendo pucheros. —También tú eres insoportable.

.

Colette miraba el escenario. El lugar estaba lleno, las personas se empujaban unas a otras buscando un mejor lugar, más cerca.

Pudo ver a Marinette muy cerca de la guitarra principal, su lugar favorito para estar en un concierto, porque había pasado tanto tiempo con Luka, escuchándolo componer, tocar, desvariar mientras hablaba de los acordes armónicos y disonantes, armonías y discordancias, que había comenzado a comprender el lenguaje de la música. Porque Luka hablaba de tres cosas. Primero de música. Siempre de música. Segundo de Marinette, la razón de la música. Tercero, la seguridad de su gente.

Luka era un obsesivo cuando se lo proponía, esta cosa de estar dándole vueltas en la cabeza a una melodía una y otra y otra vez, a las tres de la mañana, sentado en su estudio insonorizado, hasta convertirla en una pieza, escribir las partituras, generar los arreglos necesarios para que cualesquiera tres acordes funcionara como una obra magistral. Pues de igual manera le obsesionaba poner a salvo a su familia, y cuando se empeñaba en algo, no había fuerza que lo detuviese.

No. Luka no iría al concierto de esa noche, protegería a su musa desde los tejados, como Cobra dando vueltas por los rincones de parís mientras Tentomushi y Chat Noir patrullaban las zonas complicadas.

Marinette levantó la mirada y sonrió cuando cruzó miradas con Colette, la guitarrista asintió una vez, una forma de decir hola, de decir lo entiendo, una forma de confirmar que había entendido el "Aquí estoy" de una amiga que sabía lo que dolía salir al escenario cuando se rompe tu corazón en mil pedazos.

Pero no hizo nada más.

No dijo nada, no intervino.

Sólo tomó su guitarra, se ató el cabello y salió al escenario con una expresión feroz, lista para desgarrar las cuerdas de su guitarra.

.

Jean estaba sentada a la batería, tenía los ojos ligeramente hinchados, pero una persona no lo notaría, puesto que ahí, sentada con las luces intermitentes, con el maquillaje cargado oscureciendo sus párpados, con los cabellos chinos brincando en todas direcciones al ritmo en que ella azotaba los tambores con vehemencia y desesperación, nadie lo notaría.

Nadie, salvo Marinette que observaba a ambas chicas con gesto de preocupación, percatándose de que las chicas se dedicaban miradas de vez en cuando, reclamándose la una a la otra y cantando y tocando con más ganas.

—Así que de ella aprendiste... —murmuró Marinette para sí misma, sonriendo de medio lado al ver la forma alocada, desesperada, brutal en la que Colette se deshacía en ese concierto, gesto que había visto en Luka cuando se sentía más frustrado o abrumado.

(Frozen – Delain)

Colette hizo un gesto a su tecladista, él asintió cambiando la configuración y de pronto la melodía que llenó las bocinas pareció más una canción de caja musical que notas sintetizadas.

Marinette compuso una expresión de confusión, aquella canción no la conocía, era nueva, posiblemente de las que saldría en el nuevo álbum, pero definitivamente no lo que había compuesto Luka para ellas, aquello no tenía la firma de Luka por ningún sitio, así que la joven levantó la vista y afinó el oído, buscando entre los acordes toda la confesión que aquella canción suponía.

Colette se quitó la guitarra de los hombros y avanzó hasta el micrófono de pedestal, con los ojos llorosos mientras su ex novia desviaba la mirada, azotando la batería con rabia, dejándose el corazón en ello.

Misted windows
Hide your empty eyes
Every moment, every whisper
Separates you from me
I've been screaming
Won't you let me in?
Let me see a trace
Of the places hidden
Under your skin

Marinette sabía que aquello no era sólo una confesión, era una declaración de guerra, el himno previo a la tormenta que desataría la pelinegra.

Marinette observaba con preocupación a su amiga, aferrada con ambas manos al micrófono como si aquello fuese lo último de cordura a lo que aferrarse para no estallar en llanto, la desesperación de las miradas que Colette le dedicaba a la audiencia pasaban desapercibidas, la prensa, los medios, los blogs, nadie estaba enterado del rompimiento de Colette, ella no lo había hecho público todavía, pero Jeanny ya no guardaba esperanza alguna.

Answer me,
Till that day that you do
I'll be one step behind you
Answer me,
Till the day that you do
I'll be waiting here for you

Las miradas de Colette y Marinette se cruzaron, las chicas asintieron la una para la otra, como si se comunicaran en aquel gesto, pero inmediatamente la diseñadora negó una vez con la cabeza, perdiendo el aliento.

—No lo hagas... —suplicó Marinette en un susurro que se perdió en medio del mar de cuerpos que gritaban, giraban, bailaban y dejaban la garganta en aquel concierto, sin esperar la tormenta que se avecinaba, sin saber de dónde les vendría el golpe. —Por favor —suplicó Marinette cuando Colette recuperó su guitarra y comenzó un solo, descargando ahí la tensión —, por favor, no. Colette piensa bien, por favor no...

Answer me,
Till that day that you do
I'll be one step behind you
Answer me,
Till the day that you do
I'll be waiting here for you

No, Colette no fue capaz de escuchar la súplica silente de su amiga, pero, aunque la hubiese escuchado, no habría hecho caso.

Colette tomó el micrófono y lo quitó del pedestal con un gesto violento, encaró a la audiencia y por fin se rompió, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas y ella ni siquiera hizo el amago de quitarlas de ahí, sonrió de medio lado con amargura antes de llevarse el micrófono a la boca, la gente todavía emitía gritos uniformes, un rugido de la multitud haciendo que aquel concierto contara como ningún otro había hecho hasta ahora. En su mente todavía resonaba el piano, la melodía que algún día mucho tiempo atrás había tocado Luka para que su esposa la pusiera en su lugar, y la voz de Marinette retumbando en las bocinas: How cold did I become?...

Colette suspiró y aquel ruido resonó por las bocinas como un eco que sumió el lugar en un silencio abrumador. Poco a poco murmullos se levantaron al ver las mejillas humedecidas de la chica, que acababa de tomar una decisión que le estaba partiendo el alma.

¿Cómo, si no era de esa forma, iba a asegurarse de que fuese todo real?

—¡Bonne nuit, Paris! —Exclamó ella levantando la mano. —¿Comment ça va?

Gritos. El lugar se llenó de gritos un momento y Marinette volvió a negar con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas cuando conectó miradas con la guitarrista y ella asintió secamente, no había marcha atrás.

—Gracias por haber venido aquí esta noche, para mí es muy triste decirte que el motivo principal de mi alegría al ver el foro lleno es... por el anuncio que estoy a punto de hacerte. Gracias por haber venido esta noche dado que este fue, oficialmente —para esas alturas de la noche, la gente había comenzado a murmurar, Marinette había bajado el rostro y dos lágrimas gruesas se había deslizado ya también por sus mejillas —, el último concierto que Panic and Chaos. La banda se separa —terminó sin aire, dedicándole una mirada a sus compañeros, todos con la misma expresión de sorpresa y pasmo.

¿Ni siquiera ellos lo sabían?

Colette le dedicó una mirada a Jeanny gesticulando un "lo siento", desbordando el llanto y negando con la cabeza cuando la baterista respondió "está bien, todo está bien".

Colette dejó el escenario, salió corriendo y no esperó a nadie más.

.

.

Caminaba sin rumbo por las calles de París. No había hecho caso cuando los truenos y rayos, cuando el cambio del viento, cuando la temperatura fría y húmeda le había advertido que se resguardara, ahora pagaba las consecuencias.

La lluvia caía en París, el piso estaba resbaloso, ella se movía a toda prisa, avanzando en las calles cubriendo su rostro con la capucha de su chamarra, así que no fue extraño que Colette, con sus tacones de aguja, resbalara en el azulejo mojado. Ya se había hecho a la idea de caer hasta el piso, así que le tomó por sorpresa sentir las manos toscas de un muchacho cerrándose en torno a su cintura, asiéndola con fuerzas.

Ya no sentía el agua, no sentía más la lluvia repiqueteando contra su capucha ni su rostro, lo único que pudo sentir antes de salir de su sorpresa fue el brazo de un muchacho asirla con fuerza, pegándola a su cuerpo.

Colette tenía un pie hacia atrás, parecía estar en una pose de baile, sentía todo el calor que el hombre que la sostenía emanaba, y le habría gritado algo, o lo habría golpeado, habría reaccionado de no ser por el perfume que expedía, demasiado parecido al de Luka. Aunque, pensándolo bien, todo él se parecía mucho a Luka.

Cabello negro, negro en su totalidad, ojos azules tan intensos que podrían compararse con un cielo despejado, sonrisa ladina, rostro afilado, las facciones seductoras como las de una serpiente hechizando a su presa. Y él la sostenía por la cintura con un solo brazo, como si no pesara, mientras que con la otra mano sostenía el paraguas que los resguardaba de la lluvia.

—Hola —murmuró el muchacho arrastrando la voz con una cadencia seductora, parecida a la sensación del terciopelo —, señorita...

Colette se quedó sin aliento al escucharle, pero recuperó la habilidad de reacción y se enderezó alejándose dos pasos de aquel extraño, escrutándolo, tratando de entender por qué era tan parecido a Luka, tratando de encontrar una excusa para salir corriendo en ese mismo instante y no plantar cara a aquella situación.

—¿Te conozco?

—No —admitió el muchacho retrocediendo un paso, luchando contra su instinto protector, luchando contra la necesidad de volver a cubrir a Colette con su paraguas antes de echarle la chamarra a los hombros. La conocía, lo sometería antes de conseguir algo. —No, tú no me conoces, pero yo sí te conozco. Soy Oliver... soy primo de Luka Couffaine, y quería ir a tu concierto esta noche.

—Couffaine, sí. Pareces un Couffaine.

—¿Estás bien? —Murmuró Oliver, avanzando medio paso y levantando una mano, como si se acercase a una criatura peligrosa o a un animal herido. —No quiero ser grosero, pero no tienes buena pinta. Mi primo dijo que te vería esta noche en Les Repitles y yo quería conocerte, como no llegabas, salimos a buscarte, ¿todo en orden?

—No —admitió Colette rompiendo en llanto. —Nada está bien.

Y sin pensarlo más, sin importarle si se ponía en riesgo o si debía creerle o desconfiar de aquel extraño, le lanzó los brazos alrededor del cuello y lloró amargamente, agradeciendo el hecho de que Oliver soltase el paraguas para apresarla fuertemente entre sus brazos, ofreciéndole un poquito de calor, un poquito de cordura, una tregua a la tormenta y a la guerra.

No le importó arruinar su maquillaje o manchar al muchacho, sólo reparó en el calor, en el perfume, en lo protegida que sentía al estar ahí envuelta, reparó en el tatuaje en el cuello del muchacho, reparó en la canción que tarareaba en su oído, reparó en que, a pesar de la tormenta, por un instante se sintió a salvo.