Había doblado a la derecha y a la izquierda, corriendo a toda velocidad al escuchar (o creer que había escuchado) a su compañera soltar un alarido. Decir que había gritado se quedaba corto, el sonido que había logrado atravesar los pasillos y recovecos de la casa hasta darle alcance, sólo podía deberse al terror profundo provocado en una persona de forma súbita, una puerta que se cierra, una mano saliendo de las tinieblas, una herida provocada por el viento y por la nada.
Encontró las escaleras y comenzó a subir de dos en dos los escalones, balanceando los brazos a sus lados con violencia, con las manos hechas puños, como si aquel movimiento lo ayudara a ir más rápido, como si le ayudarse a contener la desesperación que sentía al saber que no podía ayudar a su compañera, inclinó más el cuerpo para poder ir más rápido, pero ahora debía ir más lento, frenar su carrera o se iría de bruces. Panthère jaló el cuerpo hacia atrás para no caerse, y siguió bajando las escaleras, frenando de golpe a medio camino.
No, él no estaba bajando, estaba subiendo.
Giró en su sitio y encaró la pendiente, percatándose de que la planta alta se había quedado a sus espaldas, se preguntó en qué momento había dado la vuelta para bajar, volviendo a subir a toda prisa por el medio de aquellas escaleras adornadas de rojo y de dorado.
Pero cuando se dio cuenta, de nuevo iba escaleras abajo. Soltó un grito de frustración y se acercó al barandal, aferrándose a él, rayando la madera con el metal de sus garras para asegurarse de que, esta vez, no cambiaría su dirección, sin imaginarse siquiera que, en alguna de las habitaciones, había una niña pequeña sosteniendo una escalera de casa de muñecas, inclinándola de un lado al otro para cambiar la dirección del justiciero.
—Mierda... —murmuró Panthère deteniéndose de nuevo, justo a la mitad de las escaleras, comprendiendo al fin que, no importando cuántas veces cambiara la dirección de sus movimientos, siempre iría escaleras abajo.
Aprovechó esa pausa para tratar de escuchar los sonidos de la casa, para tratar de escuchar los gritos de su compañera, para tratar de ubicar exactamente de dónde había venido aquella exclamación, pero de nuevo la casa estaba en silencio, como si alguien fuera capaz de enmudecerla por arte de magia, como si alguien tuviese un control remoto que desactivara y reactivara las habitaciones.
Panthère suspiró sabiendo que necesitaba, urgentemente, encontrar a su compañera para tratar de armar un plan más o menos decente. Y justo se había decidido por sentarse a esperar algún cambio en el entorno, la música comenzó a sonar a lo lejos, llamando su atención como un canto hipnótico, como mil sirenas tratando de llamarlo hacia el naufragio.
No lo pensó dos veces, se levantó y comenzó a moverse escaleras abajo, o escaleras arriba, qué más daba en qué dirección se movía.
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Marinette sonrió de medio lado, orgullosa de su amigo.
Adrien miraba sus manos confundido, estaban cubiertas por guantes verde oscuro, cuyos dedos asemejaban a las garras que solía portar al ser Chat Noir, escamas más claras cubrían los dorsos de sus manos, adornando el espacio, en la muñeca derecha estaba la pulsera para la segunda oportunidad. Llevaba un traje ceñido al pecho y las piernas, de cuello alto que envolvía de forma elegante su garganta, pero sus brazos iban descubiertos, mostrando cúmulos de escamas por toda su piel, botas altas de cordones, a la cadera llevaba un cinturón donde se enganchaba la lira, y había conservado los colores en su mayoría, pero la máscara completa se había ido, ahora sólo portaba un antifaz verde hecho de escamas, sus ojos se habían vuelto amarillos, sus mejillas tenían escamas blancas en el borde de la máscara, como simulando colmillos, su cabello iba peinado de lado, todo el cabello del costado derecho estaba peinado hacia arriba y hacia el frente, dándole un estilo punk que combinaba con el delineado negro de sus ojos, incluso las puntas de su cabello se habían vuelto de un color verde opaco, combinando con el traje.
—Me gusta lo que hiciste con Aspix.
—Yo no hice nada... —admitió Adrien observando los detalles de su traje, dándose cuenta de que parecía llevar una especie de cascabel colgando del borde del cinturón.
—Es el resultado de tu entrenamiento —informó la portadora. —Ahora adelántate, por favor. Me reuniré con ustedes en cuanto localice a Rena y Carapace.
—Cuídate, Mari —urgió el portador de la serpiente antes de tomar las mejillas de su amiga y plantar un beso en su frente.
Marinette suspiró mirando el cielo, el punto por el que Aspix había salido disparado, hasta que se perdió en la noche parisina.
No fue hasta ese momento que Oliver salió de entre las sombras, alcanzando a su madre en el borde del callejón.
—Colette quiere ayudar —informó el muchacho con pesar. —Dice que quiere darle una paliza a Lila ahora que sabemos que también es Hawk Moth.
Marinette suspiró asintiendo, abrazando su pecho y paseando la mirada por las calles nocturnas.
—Creo que tienes derecho a decidir si quieres que ayude —informó la muchacha mirando a Oliver de reojo, asintiendo una vez. —Después de todo, fuiste tú el que juró protegerla, y entiendo su rabia, pero si la dejas inmiscuirse, te pediría una sola cosa. Déjale claro que las emociones quedan para segundo plano o todo se irá al carajo.
—Entendido.
—Oliver... —llamó Marinette girando sobre sí misma, encarando al muchacho con preocupación.
—Ma.
—Por favor, por favor, apégate al plan —pidió apretando el miraculous de Longg en su mano.
—Descuida, no te voy a fallar.
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(Broken dolls – Celestial Aeon Project)
La niña de las muñecas estaba sentada en el tope de las escaleras, cepillando el largo cabello negro de su muñeca favorita, mirándola por un lado y por otro, asegurándose de que ningún cabello se saliera de su sitio, le alisó un poco el vestido y siguió peinándola con una sonrisa mientras montones y montones de muñecas se materializaban a su alrededor.
Le dedicó una mirada de reojo a las figuras fantasmagóricas que se sentaban a su alrededor, moviendo ligeramente el rostro, tratando de mirar a su dueña con ojos vacíos y gestos ausentes, con rizos de oro y de caoba acomodados en torno a sus rostros como enmarcando la demencia.
Suspiró dejando a su favorita en el rellano de la escalera, acostada con cuidado, acomodó el vestido a su alrededor, acomodó los cabellos con cuidado, puso sus manitas de porcelana sobre el vientre como si estuviese dormida, incluso la cubrió con los holanes de su propia falda antes de poner a las demás muñecas a su alrededor.
—Qué bonitas —dijo con voz trémula mientras levantaba una muñeca de vestido violeta y rizos negros, labios rojos, ojos azules, esa muñeca en específico parecía tener una mirada llena de emociones, el gesto era escalofriante, la sonrisa muy ensanchada, los ojos muy abiertos, las pestañas muy largas. —Tú pareces loca —dijo acariciando la mejilla de aquella muñeca, que pareció ladear el rostro, como si tratara de comprender las palabras de su dueña. —Sí —repitió sonriendo de medio lado. —Tú pareces loca.
Puso a la muñeca de pie en el rellano y volvió a la vista al montón. Y una a una, fue observándolas dulcemente, acomodándolas todas en torno a su muñeca favorita, que tenía las mejillas llenas de agua, como si estuviera llorando, como si estuviera asustada.
—Ay, pequeñita, no —dijo la niña, compungida, mientras volvía a tomar a la muñeca en brazos y la acunaba cerca de su pecho, despejándole el rostro. —Tu hermano vendrá a salvarte, ya verás. Pronto estará aquí y todo habrá terminado. Pero, mientras llega, nos divertiremos con un baile. Mira, ya están todas listas —dijo enderezando a su muñeca y mostrándole que todas las demás estaban de pie una frente a otra, como si fuesen a bailar.
La niña dio dos aplausos y el silencio sepulcral de aquella casa se cernió sobre ellas como un manto frío, mensajero del desastre. Las muñecas emitieron un crujido leve, como si se rompieran, como si las piezas, los rostros, las manos, los torsos se quebrantaran, como si fueran agrietándose lentamente, el sonido que precedía al movimiento.
Lento, lento, lento, las muñecas comenzaron a moverse muy lento, como si les costara mucho trabajo, como si les doliera el cuerpo al hacerlo, comenzaron con movimientos torpes, reverencias retorcidas, más crujidos, y poco a poco pudieron moverse en su espacio, danzando entre ellas, moviéndose mientras toda la casa volvía a cambiar de estructura y de lugar.
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Maunier miraba la entrada de la casa, hacía casi diez minutos que los portadores se habían metido a aquel espacio escalofriante, y desde que eso había ocurrido, sólo se habían escuchado uno o dos gritos, pero ahora la mansión se encontraba en silencio y lo único que las personas alcanzaban a escuchar eran sus propios murmullos, las conversaciones de los Parisinos que miraban a su alrededor con preocupación, preguntándose si dentro de la casona habría alguna víctima, preguntándose por qué no habían aparecido Ladybug y Chat Noir, sabiendo que si habían enviado a los justicieros, aquello debía ser muy serio.
La gente murmuraba entre sí, tan bajo, que el sonido de los tacones sobre la piedra, consiguió llamar al silencio y conseguir que los presentes se hicieran a los lados para dejar un camino disponible.
Alta, esbelta, estilizada, sus caderas se movían de un lado a otro como un gesto hipnótico, cada curva de su cuerpo estaba realzada para conseguir atraer las miradas de cualquier persona que pasar por la calle.
Botas negras de charol, tacón de aguja, largas hasta las rodillas, pantalón ceñido al cuerpo, estaba tan ajustado que podría ser una segunda piel, y, de hecho, era piel. Escamas, montones de escamas verde brillante cubriendo las piernas de aquella mujer, lamiendo la cadencia natural de su cintura hasta su pecho. El escote en forma de corazón realzaba su busto, el cuello tipo halter atado en su nuca, la coleta alta en su cabeza que terminaba enroscándose sobre sí misma, que parecía una serpiente viva y al mismo tiempo podría ser sólo el efecto de los colores en su cabello y el movimiento por su caminata. Guantes largos hasta los codos y más escamas en sus brazos, los únicos espacios de piel disponible a la vista eran el escote, la barbilla y sus labios, porque incluso las mejillas parecían ir cubiertas de escamas, llevaba un pañuelo atado en torno a sus ojos, cuyos bordes terminaban haciendo un moño alto alrededor del nacimiento de su coleta, y ella sonrió de oreja a oreja cuando Maunier abrió la boca al percatarse de su presencia.
—No es posible, ¿otro justiciero? Y tú ¿quién eres?
—Yo soy Shé Nüwáng, y soy el refuerzo.
La portadora volvió el rostro hacia la casona y se cruzó de brazos, preguntándose qué vendría a continuación, consiguiendo poner nervioso a Maunier al darse cuenta de que ella no agregaría nada más.
—¿Ha llegado algún otro portador? —Inquirió la serpiente dedicándole un gesto al oficial antes de escuchar otro grito proveniente de la mansión. —¡Mierda! —Exclamó la portadora antes de lanzarse a la casa y ser tragada por la oscuridad.
—¡No! —Gritaron Melek Taus y una portadora más llegando a la puerta, pero era demasiado tarde, la puerta se había cerrado y la casa se había tragado a la serpiente.
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(Cursed Music Box – Celestial Aeon Project)
Tentomushi había regresado a la sala de las muñecas, pero todo parecía distinto, como si hubiesen volteado el cuarto con un espejo. Ahora la cama estaba en la esquina izquierda y la repisa de las muñecas se encontraba al fondo, el caballito estaba a su lado derecho, meciéndose atrás y adelante como si alguien jugara en él, las muñecas de porcelana habían desaparecido dejando en su lugar un montón de muñecas hechas de tela, con los cabellos de estambre, con los ojos de botones, con las sonrisas cosidas en sus rostros de formas irregulares, hechas por manos inexpertas.
La heroína pasó saliva acercándose hacia el centro de la habitación, donde había una muñeca de fieltro idéntica a ella, tenía los ojos de botones cosidos de distintos colores, y la boca cortada de una forma extraña, no tenía los bordados simulando sus labios en una sonrisa torcida como el resto de las mulecas, sino que tenía una costura tosca de color negro arriba y abajo sobre los cortes de su boca, como si no quisieran que hablara.
—Madre me golpeó hasta que le sangraron las manos —dijo una voz a sus espaldas, consiguiendo que la heroína diera un salto y apresara la muñeca contra su pecho. —Y luego siguió golpeando.
La portadora paseó la mirada por la oscuridad, percatándose de que ni siquiera había focos o candelabros, no había nada que pudiera iluminar la habitación, así que la chica respiró profundo (por enésima vez en la noche) para llamar a la calma y enfocó la vista a la enorme pila de muñecas que descansaba cerca de la puerta.
—Mi madre solía darme tareas difíciles todos los días —dijo en voz alta, volviendo a apreciar la muñeca de sí misma, la muñeca de Tentomushi que tenía la boca cosida. —Una vez terminé en el hospital, colapsé durante cuatro días.
La pila de muñecas se removió dejando entrever un par de ojos violeta en la oscuridad, ojos que la observaban con curiosidad y anhelo, como si quisiera ser comprendida por aquella desconocida.
La heroína pasó saliva y se encaminó hacia la pila de muñecas, extendiendo una mano, una invitación para salir a jugar.
—Decía que le molestaba verme reír a carcajadas, las señoritas no se ríen —continuó la pequeña oculta entre las muñecas mientras, a espaldas de la Catarina, en un silencio sepulcral, el caballito de madera se transformaba lentamente, convirtiéndose en algo más.
—No te voy a golpear. Sólo quiero saber qué pasa en esta casa.
La pequeña ladeó el rostro y sacó una mano de la pila de muñecas, Tentomushi tuvo que luchar contra sí misma para no soltar un grito ante la visión de la mano cadavérica de aquella pequeña, la piel estirada sobre los huesos, el color violáceo en las uñas.
Es un akuma, se dijo a sí misma, y tienes que pelear contra él.
—Ella nos matará a las dos. Mi madre me matará por hablarte, la tuya te matará por desobedecer.
—Ninguna madre va a matar a nadie —prometió con voz firme, aceptando el apretón de la niña y sintiendo el terror recorrerla por la sonrisa trémula que compuso al sentir el agarre.
—Estás equivocada señorita —canturreó ensanchando la sonrisa mientras sus ojos se convertían en botones rojo sangre y su boca se partía como si las costuras se soltaran por sus mejillas —, ahora mi madre te va a matar a ti.
Tentomushi dio un tirón, tratando de zafarse, pero el agarre de aquella pequeña era de acero, así que la heroína levantó la muñeca para golpearla, percatándose de que había alguien a sus espaldas. Giró el rostro y soltó un alarido al ver al monstruo a sus espaldas amenazando su vida, suplicando internamente que aquella pesadilla terminara, suplicando que el grito llegara a sus compañeros, suplicando que la oscuridad se la tragara de nuevo y la llevara hasta otro sitio de la casa, cualquier cosa con tal de no caer a merced de aquel monstruo.
(Waltz of the Midwives – Shinjuku Thief)
Panthère avanzó por los pasillos, tambaleándose de un lado a otro, le costaba mantenerse erguido, sentía como si el piso de la casa se moviera, dando vueltas, obligándolo a serpentear y a recargarse en las paredes para lograr mantener el equilibrio, en más de alguna ocasión había tenido que recargar una mano en la pared para no caer de bruces hasta el piso y seguir caminando, estaba mareado y sentía el peso del cansancio y la música aletargándolo.
Sí, debía ser la música lo que lo tenía tan mal.
Se encaminó hasta la entrada de un gran salón, cuyo centro era ocupado por un candelabro enorme que había caído justo en medio, desperdigando cristales y trozos de pedrería y metal por todos lados, seguramente la madrea por debajo había terminado hecha astillas, no quería asegurarse, podría caer si la casona tenía un sótano.
Claro que tenía sótano, y ático, era una casa embrujada, mínimo tenía sótano y ático.
Su cuerpo se movió solo, Panthère rodeó el candelabro roto hasta darle una vuelta completa, pero de un momento a otro, el candelabro desapareció. No, seguía en el salón, sólo que ahora estaba colgando en el techo, iluminando todo, llenando la sala de reflejos iridiscentes y efectos de arcoíris, porque la madera podrida, el tapiz roto, las alfombras roídas por las ratas y las polillas habían desaparecido y ahora el lugar estaba lleno de gente vestida de época, con velos y máscaras cubriendo sus rostros, vestidos de holanes y polizones, peinados altos, perfumes caros, maquillajes exuberantes. Sombreros de copa, sacos elegantes, cuellos altos, botas negras.
Un montón de parejas bailaban en torno a Panthère, rodeándolo con su perfecta coreografía mientras los olanes se arremolinaban contra el piso, mientras risas y conversaciones se alzaban, mientras la música, monstruosa, giraba orgullosa sobre todos los presentes generando con más y más violencia el gesto de locura y frenesí.
El portador respiró con muchísima dificultad, girando en su sitio, sintiendo que, en medio del ambiente viciado de una fiesta de locura, se le acababa el aire para respirar.
Habría salido corriendo. De verdad habría salido corriendo de no ser por la mujer alta que se acercó a él. Su rostro iba cubierto por un velo negro de encaje, sus facciones apenas se distinguían por entre las flores bordadas a mano, pero el vestido negro de motas rojas, eso fue lo que consiguió que el muchacho se quedara.
(Dark Waltz Music – Masquerade of the Ghosts)
Ella hizo una reverencia elegante, tomando los holanes de su falda, él imitó el gesto, llevando una mano a su espalda antes de inclinarse ligeramente.
Al mismo tiempo, ella abrió un abanico que sostuvo al costado de su cabeza, y él giró medio cuerpo, dándole un costado a la chica y ofreciéndole el brazo, la chica ignoró aquello y comenzó a caminar a pasos calmados, marcando con sus pies el ritmo del un, dos tres, formando un círculo alrededor de Panthère mientras él giraba lentamente en su sitio, tratando de mantener el contacto visual.
Compuso una sonrisa ladina cuando la chica se abanicó un poco el rostro, un gesto coqueto que no consiguió hacer que el velo se moviera de lugar, permaneció cubriendo el rostro de aquella dama, pero él podía apostar a que estaba sonriendo.
Todas las demás parejas de la pista de baile se habían retirado para dejar espacio en el centro. La chica volvió el rostro como si quisiera dejar de mirar a Luka, pero extendió la otra mano, como invitándolo a tomarla mientras ocultaba el rostro tras el abanico, y en un movimiento veloz, el portador atrajo hacia sí el esbelto cuerpo, percatándose de que ella era todavía más delgada de lo que aparentaba.
Sus manos estaban cubiertas por guantes rojos de motas negras, así que no podía ver su piel, pero había sentido que los huesos estaban demasiado pronunciados en los nudillos, en los dedos, Panthère recurrió a la palabra "cadavérica" para describir en su mente a aquella muchacha.
Ella cerró el abanico posando delicadamente su mano sobre el hombro del portador mientras él tomaba posición y la sostenía cerca.
¿Por qué estaba bailando con ella?
Afianzó el agarre en la espalda baja de aquella chica para empezar a girar por toda la habitación, dejando que la música se adueñara de lo poco que le quedaba de cordura. Le costaba trabajo pensar en aquellas circunstancias, le costaba trabajo hilar dos pensamientos congruentes para poder tomar una decisión. ¿Cómo había llegado a esa fiesta?
Pero los colores, rojo y negro, en el vestido de aquella dama le dieron la falsa noción de que estaba bien si permanecía un momento más, le daban la falsa ilusión de que hacía lo correcto, porque esos dos colores representaban de alguna forma algo a lo que él amaba muchísimo.
Pero ¿qué era?
La música estaba tan metida en su sistema que él no podía recordar de dónde habían salido aquellos dos colores o por qué eran tan importantes. Importantes... ¿De verdad importaba tanto?
Estaban en una fiesta, en una mascarada.
¿Qué estaban celebrando?
La música había dejado de ser un himno macabro y se había convertido en una pieza cadenciosa y llena de vida, en su estilo, así que Panthère pudo dejarse perder en la melodía repetitiva de las notas que quedaban suspendidas en el aire; al mismo tiempo que él se dejaba ir, otras parejas se fueron integrando a la danza, siguiéndolos como una coreografía, imitando sus gestos en perfecta sincronía, girando por turnos en el salón, una secuencia canónica que invitaba a seguir bailando hasta la eternidad.
No importaba de dónde venía o qué tenía que hacer después, Panthère se perdería en los brazos de aquella dama y, de ser necesario, se permitiría ser consumido por la oscuridad.
Ella soltó la mano de su hombro para poder acariciarle una mejilla, y aunque el gesto buscó ser cálido y reconfortante, el portador sintió un escalofrío recorrerle la espalda ante la dureza de aquella caricia, obligándolo a volver de golpe a la realidad.
Los colores eran de Ladybug, de su musa, de su eterna enamorada, él no podía haberla olvidado tan fácilmente... Y entonces cayó en cuenta de dónde estaba, no celebraba nada, los fantasmas se aglomeraban a su alrededor sumándose a la hipnosis de aquella fiesta. No estaban celebrando nada más que un himno a la miseria humana, la mansión era un akuma, alguien era miserable en ese momento, y él debía ayudar a ese alguien.
No, la música sí que era macabra, no era bella como él había creído, o al menos no de la forma en que él habría considerado instantes atrás.
Se dio cuenta entonces de que estaba rodeado, montones de cuerpos que se movían a su alrededor imitando sus pasos, cuerpos sin vida, cubiertos con máscaras y antifaces, pero poco a poco fue descubriendo pedazos expuestos de piel y se fue dando cuenta de una simple verdad.
El color de las vestiduras estaba desteñido, como si fuese muy antiguo, los movimientos de todos eran toscos, como si la gente apenas pudiera mantenerse en pie, pedacitos de piel muerta y putrefacta, y el aroma a muerte y destrucción que surgía en torno a todos los presentes.
Y entonces volvió el rostro hacia su compañera de baile, frenaron ambos al mismo tiempo, retrocediendo en su sitio. Panthère extendió una mano hacia el frente y tomó en su puño el borde del velo de aquella chica, tirando lentamente para poder descubrir su rostro, para tratar de descubrir el horror que se escondía tras la máscara y el velo.
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Maunier observó a Melek Taus de pies a cabeza, confundido por lo que veía.
—¿Luka? —El aludido hizo una mueca y miró a su alrededor. —Cierto, no todos deben saberlo todavía, perdona, Melek. Es que no entiendo qué haces aquí.
—Tenía que ayudar una última vez, antes de devolver el amuleto.
—Pero este akuma es muy peligroso, no sé si sea buena idea que permanezcas aquí.
—No tengo intensiones de entrar a la mansión, lo que sí puedo hacer es ayudar a proteger a los parisinos, y evitar que más gente se pierda.
Maunier asintió, no muy convencido de las palabras del muchacho, pero agradeciendo el apoyo extra que recibía ahora por parte de más miembros de su equipo. Saber que una persona de su confianza formaba parte de aquello lo tranquilizaba, aunque todavía estaba muy nervioso de saber que había dos justicieros y una desconocida dentro del akuma.
—Y usted es... —inquirió el detective encarando a la otra portadora, que había permanecido en silencio.
La portadora sonrió orgullosa y se apuntó con el pulgar antes de decir —Zhù nǐ hǎo yùn lóng.
—¿Nuestro dragón de la buena suerte? —Repitió Melek, confundido. —¿A qué te refieres con eso?
—Parece un dragón —concedió Maunier mirándola de pies a cabeza.
La chica llevaba un casco sobre la cabeza que se adhería con elegancia, escamas rojas y amarillas, simulando los cuernos de un dragón extendiéndose hacia arriba, casco que era antifaz al mismo tiempo, y envolvía sus ojos de manera delicada, su cabello iba desperdigado en caireles largos hasta la media espalda que se convertían en mechas rojas acariciando su armadura. Llevaba hombreras ligeras, y un corset negro hecho de escamas, ambos ceñidos sobre la gabardina rojo óxido, cuya cola se extendía a los lados de la portadora con elegancia, sus manos iban cubiertas también por guantes, y llevaba botas altas hasta la mitad del muslo, en la espalda ceñida una espada jiang tradicional, con el símbolo del bien y el mal grabado varias veces a lo largo de la funda.
—Wǒ lái bāng nǐ —sentenció consiguiendo que Maunier compusiera una mueca de disgusto y frustración.
—Lo que sea que estés hablando, tradúcelo —ordenó el oficial dando un paso hacia la portadora.
—Dijo que vino a echarnos una mano, y está hablando en chino.
—No sabía que hablaras chino, Couffaine... —El aludido se aclaró la garganta y Maunier carraspeó rodando los ojos. —No sabía que hablaras chino, Melek.
—Marinette tiene raíces chinas —murmuró distraído, volviendo el rostro hacia la mansión y observando lo retorcida que ésta parecía ahora que estaba más cerca.
Carapace y Rena Rouge llegaron corriendo hasta el sitio del akuma y encararon a los portadores, barriendo de pies a cabeza al colorido dragón rojo y negro que les sonrió antes de hacer una reverencia pronunciada a manera de saludo.
—¿Cómo debemos llamarte? —Inquirió Melek mirando a la portadora del dragón.
—Xingyùn Lóng —hizo una pausa larga antes de sonreírles a todos y añadir. —O puede ser Long solamente.
—Ah, sí habla nuestro idioma —espetó Maunier con sarcasmo.
—Ladybug nos pidió apoyo para la parte exterior —anunció Rena asintiendo una vez, entrelazando los dedos con Carapace y mirando a Maunier con una determinación intimidante. —Ampliaremos el perímetro y alejaremos a los civiles un poco más, nosotros sólo venimos aquí esta noche como refuerzos, pero pelearemos de ser necesario.
—En ese caso, permaneceré con ustedes —anunció Melek abriendo su abanico y sacando una pluma de ahí. —Pero no creo que esta damita deba ir sin protección, así que —hizo el ritual para crear el iman y miró a su alrededor, percatándose de que una niña pequeña con una soga de saltar los observaba con los ojos muy abiertos, con curiosidad en la mirada, el portador se acercó hacia ella y sonrió agachándose en una rodilla. —Hola —dijo amablemente, ensanchando su sonrisa.
La pequeña miró a su madre, como buscando una respuesta en sus ojos, y cuando la mujer asintió sonriendo, la niña volvió la mirada al portador.
—Hola —dijo tímidamente.
—¿Te gustaría ayudar a los héroes de París?
—Pero es que estoy muy chiquita para ayudar.
—Si tienes buena voluntad, puedes hacerlo sin correr peligro. Dime ¿te gustaría?
La niña abrió los ojos ilusionada y asintió varias veces. —Sí quiero.
—Gracias ¿sabes quién soy? —La pequeña bajó el rostro con las mejillas sonrosadas y negó con la cabeza, apretando la boca en una línea fina. —Yo soy Melek Taus —murmuró sonriendo de medio lado, mientras el antifaz del pavorreal se dibujaba en torno a sus ojos y a los de la pequeña —, y te quiero otorgar el iman de la guía, para que tu magia y tu alegría sirvan para traer a los portadores de regreso a casa, ¿me ayudarías con eso?
—¡Cuenta conmigo! —Exclamó levantando la soga y ofreciéndosela para que la pluma tomara posesión de ella.
—No la sueltes, y no sueltes a tu madre, tú serás quien nos traiga de regreso.
Melek tomó el borde de la soga y comenzó a caminar hacia la mansión, antes de atar aquel juguete en torno a la cintura de Lóng y asentir una vez.
—Muy bien, Lóng —exclamó Carapace poniéndose de pie frente a la casa, preparado para usar su escudo de ser necesario —, estamos en tus manos.
—Rúguǒ chūshìle, Jiǎn shéngzi* —soltó con tal vehemencia hacia Melek, que el portador retrocedió medio paso, sorprendido.
—Cortaremos la soga, pero nada malo va a pasar ¿de acuerdo?
Lóng asintió una vez y se encaminó hacia la puerta, encaminándose hacia la oscuridad.
—¡Espera! —Gritó Aspix llegando hasta ellos mirando de pies a cabeza a la nueva portadora y negando con la cabeza, confundido al verla ahí. —¿Nǐ shì piáo chóng ma**?
—Sí, yo soy.
—Entonces voy contigo.
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—Panthère —llamó una voz femenina al otro lado del salón —¿qué mierda haces?
El portador retrocedió un paso, aterrorizado ante la visión del rostro de su compañera de baile, pero frente a él no había nadie, no había cuerpos danzando a su alrededor, no había música, no había luces, y el candelabro seguía roto en medio del piso, con pedazos de madera desperdigados a su alrededor, y astillas, y cristal, y framentos de las velas.
—¿Qué? —Musitó el felino, girando sobre sus pies, percatándose de que todo el lugar estaba repentinamente vacío, que el mareo pasaba, pero las ganas de vomitar iban en aumento.
—¿Qué mierda haces? —Repitió ella consiguiendo que Panthère le dedicara una mirada.
—¿Quién eres?
—Shé Nüwáng, para servir.
—¿La reina de las serpientes?
—¡Ah —exclamó divertida, mirando hacia el techo —, así que eso significa! Y el muy canalla dijo que me lo traducía al finalizar esta misión. Panthère, justiciero de París, yo soy Shé Nüwáng, portadora provisional de la serpiente, y vine a echarles una mano.
—¿Ladybug eligió a una portadora? —Murmuró dando un traspié y yéndose de bruces, la chica corrió para atraparlo y lo ayudó a recostarse en el piso. —Pensaba que enviaría a Aspix, pero la segunda oportunidad es una herramienta poderosa.
—Bueno... —murmuró estirando un poco las palabras, mientras le alejaba algunos mechones de cabello del rostro antes de mirar a su alrededor. —No me envió Ladybug... Y tenemos un problema. Sass me explicó lo de la segunda oportunidad, pero...
Panthère se levantó en los codos y le dedicó una mirada de frustración a la chica, confundido por sus palabras y por el gesto que hacía, sosteniendo ambas muñecas a la altura de su rostro y girándolas de un lado a otro. No había pulsera.
—¿Cómo que no te envió Ladybug?
La portadora suspiró y serenó su expresión, diciéndose a sí misma que no era momento para sarcasmos ni ironías. —Escucha, no tengo tiempo para explicarlo, pero puedo decirte que el Sass que yo porto no es el mismo que usa Viperion, y sólo vine aquí por esta noche porque quiero rescatar a la pequeña akumatizada.
—¿Por qué?
—Vimos en las noticias que es hermana menor de un amigo al que quiero mucho, y él ha hecho tanto por nosotros, que quiero retribuírselo un poquito. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —aceptó al final, negando con la cabeza mientras la sensación de náuseas se hacía más pronunciada. —Me imagino que no cargas agua contigo, ¿o sí?
—Segunda oportunidad no, agua sí —dijo dando un aplauso con violencia, separó lentamente las manos, componiendo una mueca de dolor mientras una botella de agua parecía materializarse entre sus palmas.
La botella rebotó en el piso mientras ella sacudía las manos para deshacerse de la sensación de dolor y entumecimiento, Panthère sonrió sorprendido y le dio un sorbito a la botella antes de mirar a su nueva compañera.
—Impresionante, Vipere.
—¿Cómo me llamaste?
—Que hable chino, no quiere decir que me guste hacerlo, así que te conformas con mi idioma o con que te llame Shé. Elige.
La portadora carraspeó ofendida, pero luego asintió. —Shé está bien para mí. Tú no tienes permiso de llamarme Vipere.
—¿Y quién sí? —espetó Panthère dando un último sorbito a la botella antes de ofrecerla de regreso a su dueña. —¿De dónde salió?
—Son cosas que tenía en mi mochila.
—Qué alivio —espetó el felino poniéndose de pie con dificultad. —No puedes acceder a los poderes de tu kwami, pero sí a las cosas de tu mochila. Sálvanos con tu lápiz labial o... el lápiz —repitió dándose cuenta de lo util que parecía aquella idea en ese momento. —¿Llevas lápiz labial?
—Sí cariñito —dijo ella con tono zalamero, burlándose del muchacho, pero, aunque al principio habló de nuevo con ese tono mimado, el final de su expresión lo terminó frustrada y amenazante —y justo estaba pensando en pintarte esa boquita de rojo con un revés bien dado.
—La casa es un laberinto que cambia constantemente, si podemos pintar las paredes por las que vayamos pasando, eso nos daría una pista de por dónde no ir.
—Hum, quién diría que el loco tiene buenas ideas —murmuró concediendo una victoria mientras volvía a pegar las manos para rebuscar en su bolso, pero no fue un lápiz labial lo que conjuró, sino una lata de pintura rosa en aerosol.
—¿Loco? ¿Cómo que loco?
—Cuando llegué, bailabas con la nada, tienes buen ritmo y un lindo trasero, pero fue muy extraño, era como si no me escucharas.
—No te escuchaba —musitó sonrojado ante las palabras de la portadora, aceptando el aerosol y mirándola con curiosidad. —¿Llevabas esto en la mochila? No me respondas —exclamó alzando un poco la voz y las manos, llegando a la conclusión de que no debía enterarse de más —, es mejor que nos movamos antes de... —Panthère levantó el rostro en dirección a la entrada del gran salón, su mirada estaba perdida, su expresión se tornó ausente, y la portadora de la serpiente lo miró con desconfianza antes de agitar su mano frente a los ojos del muchacho, haciéndolo dar un respingo. —¿Escuchas eso?
—Yo no oigo nada.
—No, escucha, de verdad, la música vuelve a empezar.
—Me estás asustando —admitió al verlo dar un paso en dirección a la entrada, y otro, y otro más.
—Dios, es una pesadilla. Los acordes disonantes, los agudos —musitó torciendo el gesto en una mueca que denotaba sufrimiento antes de volver el rostro a la portadora —¿de verdad no lo oyes? Se alza en las paredes de la casa, me zumban los oídos.
Shé Nüwáng llevó las manos a la espalda y tomó su lira antes de mirar al muchacho, tocando una cuerda y haciéndolo recuperar la lucidez en la mirada.
—¿Dices que la casa se desarma? —Inquirió ella trenzando algunos acordes armónicos, consiguiendo que Panthère suspirara agradecido. —July tenía un juguete así —confesó mirando a su alrededor y continuando con su melodía, como si supiera que aquello era capaz de mantener cuerdo a su colega. —Pero hace años que la tiró a la basura.
—Por favor, no te detengas —pidió el héroe retrocediendo un paso —, el kwami de la destrucción tiene un oído muy agudo y la música es...
—Es lo que te pone en trance —dedujo la serpiente, avanzando dos pasos hacia su amigo y poniendo una mano en su hombro. —Saldremos de aquí, y nos llevaremos a Juleka con nosotros.
—¿Qué?
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Melek tenía la soga enredada una vez en torno a su cintura, Carapace la mantenía tensa en relación a la casa, liberando cuerda conforme sentía los tironcitos.
—¿Por qué no entraste a la casa? ¿Sabes a quién akumatizaron?
—Sí, a Jule —musitó entre dientes, frustrado por el interrogatorio. —Confío en los portadores que están dentro, y, honestamente, estoy esperando a que Lila venga por mí, así se puede distraer y dejar a Jule en paz.
—¿Quiénes están dentro?
—Tentomushi, Aspix, Lóng y una nueva portadora, Shé Nüwáng.
—¿Sin portador de la destrucción? —Murmuró Carapace volviendo el rostro, confundido ante la formación del equipo que habían armado sus amigos.
—No exactamente —murmuró el muchacho sabiendo que, de no poner una muy buena excusa, lo descubrirían en ese mismo instante. —Digamos...
Pero la puerta se abrió lentamente, emitiendo un chirrido sonoro que consiguió que ambos portadores dedicaron una mirada nerviosa a la oscuridad que parecía provenir de la casa, no como algo que permaneciera oculto, sino tratando de desbordarse, como tinieblas, como humo, como la neblina matutina que esconde a los monstruos del bosque.
Y el grito de Rena Rouge viniendo del interior de la casa gatilló en Carapace el instinto protector.
No, el portador de la tortuga sabía que su enamorada estaba dándole la vuelta a la casa, revisando los alrededores para asegurarse de que ningún parisino se acercara a la mansión, ambos sabían que la portadora del zorro estaba a salvo, fuera de la casa, lejos de los horrores de la casa, pero Carapace no tuvo la capacidad de considerar la posibilidad de que le estuvieran tendiendo una trampa, no contempló las opciones, no pensó y salió corriendo hacia la mansión.
Y Rena Rouge volvió con tiempo para verlo ser devorado por la oscuridad.
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*Si algo sale mal, corta la soga (en chino)
**¿Eres Ladybug? (En chino)
