(Archivos Warren... RECOMENDACIÓN: El capítulo anterior de este arco se subió incompleto por algún motivo, y algunas personas lo leyeron así. La corrección se hizo tan pronto nos dimos cuenta de ello, sugerimos releer al menos la segunda mitad para no perder detalle. Gracias)
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—Madre ha despertado... —murmuró Kagami temblando del miedo, confundiendo a los presentes cuando Nino pasó saliva y retrocedió asintiendo.
El frío que recorrió aquel salón no lo olvidarían jamás, al menos Nino y Adrien recordarían ese momento el resto de sus vidas. La sensación de que la habitación se hacía cada vez más pequeña, las ganas de correr, de gritar, de huir del peligro inminente, el cuerpo agarrotado como si sus pies hubiesen sido clavados a la tierra, la certeza de que había algo a espaldas de ellos, listo para saltar, para tomarles por el cuello, para acabar con sus vidas ahí mismo...
—Será mejor que Nino se retire por ahora —murmuró Marinette con un gesto determinado, encarando la puerta que daba a las escaleras.
—Nuestro trabajo de diagnóstico comienza aquí —sentenció Luka, irguiéndose en toda su estatura y ofreciendo con aquello algo de consuelo, como si se usaran de escudo contra la catástrofe.
Como si su sola presencia sirviera para proteger a los inocentes que estaban a sus espaldas.
Como si ellos fueran la espada de Dios.
Mu Bug Moon: He vuelto, un día tarde a lo que prometí, pero he vuelto. Este finde voy a la playa, así que ten por seguro que pronto habrá actualización de OC, estoy muy emocionada porque la historia justo surgió por un viaje a la playa, a ver qué sale ahora. No puedo prometer un capítulo tranquilo allá, pero sí una actualización muy pronto.
Sonrais777: ¡Cobra rey! Jaja ahora sí quiero ver a Andree plantarle cara
TheBlacKitty1994: Me alegra saberlo, pronto continúa
Saya: Lo prometido es deuda.
Marinette sonrió dulcemente mientras recibía la taza de té en sus manos y levantó la mirada hacia Kagami, esperando infundir con ese gesto un poco de valor. Sin embargo, la joven oriental no volvió a mover su rostro, y permaneció con los ojos clavados obstinadamente en la taza que sostenía sobre su regazo, como si aquello fuera capaz de protegerla de los horrores de la casa.
(Enfield Opening – Joseph Ibarra)
La mano de Luka encontró un sitio en la rodilla de su esposa, y Marinette encontró en ese gesto amable toda la calma que necesitaba para comenzar.
La sala de estar era amplia, la chimenea estaba encendida, pero el calor de aquella hoguera no era suficiente para llenar la habitación. Justo frente al fuego se encontraba el sillón individual donde Tomoe Tsurugi estaba sentada, con los tobillos cruzados suavemente y las manos dispuestas sobre el regazo, con los lentes oscuros reflejando las llamas extrañas y ocultando su rostro en aquel gesto, con el bastón recargado en el brazo del sillón, dándole a su imagen ese toque tétrico que podría adornar cualquier película de terror. Kagami estaba sentada a su lado, encogida en su silla, aterrorizada claramente, sin atreverse a temblar por miedo a la reacción de su madre.
Marinette y Luka se encontraban en el sillón más cercano a ella, sentados lado a lado, ahora en contacto gracias al roce suave de la mano del especialista sobre la rodilla de su esposa. Adrien estaba de pie tras el matrimonio Couffaine mientras que Nino había decidido abandonar la habitación y volver al jardín antes de que Tomoe llegara hasta ellos. Y aunque aquella mujer sonrió suavemente y ofreció las tazas de té o café con un gesto amable, Marinette no tardó en percatarse de que, cualquier cosa que hiciera que le temieran, debía tener un fundamento sobrenatural.
—Entonces —murmuró Tomoe meneando la cuchara para agitar su bebida—, mi hija les llamó porque...
—Somos especialistas —respondió Luka suavemente, proporcionando un apretón firme a la rodilla de su esposa.
—Especialistas, ya veo.
—La señorita Tsurugi nos habló de la antigüedad de esta casa y decidimos venir a investigarla —continuó Luka mirando a Tomoe, sintiéndose escrutado a pesar de saber que aquella mujer era ciega—, nos interesamos en construcciones antiguas y la historia que las cimienta.
Manos heladas, con la piel estirada sobre los huesos hasta rayar lo doloroso, manos viejas con las uñas amarillentas y rotas, como si hubiesen estado rascando el concreto. Manos muertas, manos escalofriantes, manos peligrosas que se cerraron en torno al cuello, hombros, costados de Marinette antes de tirar con fuerza hacia atrás, obligándola a caerse de espaldas de la silla.
No, no aterrizó inmediatamente, atravesó la madera, los cimientos, la tierra húmeda. Nunca cayó, permaneció sentada, con el cabello alborotado y el corazón encogido, latiendo a mil por hora, perdida en algún lugar...
¿Seguía en la casa?
A su alrededor, la oscuridad reinante apenas se veía interrumpida por los destellos titilantes a su alrededor, velas, lámparas de aceite y queroseno, fósforos enterrados en el suelo.
Un sótano...
Risas de niños.
(As close to hell – Joseph Bishara)
Escuchó risas provenir de sus espaldas, así que se levantó en un movimiento rápido y comenzó a caminar a través de aquel sótano lúgubre y cubierto de telarañas, tomando a la pasada la lámpara de queroseno para iluminar el camino.
Pasos dados sobre la duela podrida que se fue convirtiendo en terreno mullido, tierra suelta que se hundía bajo sus pasos conforme ella aumentaba su velocidad, zancadas largas y firmes que la acercaban a un destino que no quería conocer, pero al mismo tiempo, que no podía evitar.
Porque así funcionaban sus trances, avanzaba, avanzaba, avanzaba, abriéndose paso en bosques, casas, pasillos, cementerios, seguía avanzando hasta encontrar aquello que la obligaba a moverse y descubrir la verdad tras los horrores ocultos en las mansiones embrujadas o las familias oprimidas. Avanzaba... aún en contra de su voluntad, avanzaba.
Las risas cada vez eran más claras, pero no por ello más fuertes. Lo que estuviera ocurriendo, estaba relativamente cerca, pero debía estarse haciendo dentro de un círculo de protección. Si quería entrar, tendría que conjurar algo.
Bosque...
Marinette se detuvo en seco, ¿en qué momento se había metido en un bosque?, la lámpara se balanceó un poco dado lo abrupto de su parada, la joven exorcista respiró profundo, escuchando atentamente las voces de los niños a sus espaldas, que parecían estar murmurando por su llegada, un cuchicheo suave y sagaz que habría puesto nervioso a cualquiera.
Ella no era cualquiera.
Por lo tanto, no se puso nerviosa. Giró suavemente sobre sus propios pies, moviendo la lámpara con cuidado, preparándose mentalmente para lo que fuera que le esperaba al mirar.
Un pozo.
Medianoche.
La luna llena estaba en su cenit, y a unos metros de ella se encontraba un pozo viejo, hecho de piedra, alto, no parecía tan viejo.
—Tienes que hacerlo ahí —dijo la voz de un niño que le tomó la mano y la guió hasta la tapa del pozo. —
Las manos de Marinette encontraron el borde de la madera vieja, entre ella y otros dos niños empujaron con mucha dificultad; o los tablones pesaban mucho, o ellos no tenían casi fuerzas.
El hedor emergió como una maldición, llenando el sitio en un parpadeo. Ella y los dos niños retrocedieron soltando exclamaciones de asco mientras la neblina se arremolinaba en torno a ellos, presagiando lo peor.
Y entonces lo sintió.
Fue como un presentimiento primero, frío subiendo por sus pantorrillas y metiéndosele hasta los huesos, la advertencia de que debía correr a pesar de que su cuerpo estaba paralizado del miedo. Pasitos inocentes dados con mucho cuidado, los tres estaban aterrorizados de lo que podía salir del pozo, aunque Marinette en el fondo no tenía miedo, sabía que aquellas emociones le pertenecían a la niña de la que había tomado el lugar en aquel trance.
Querían hablar, no encontraban su voz; querían mirarse, no encontraban el valor; querían salir corriendo, no encontraban las fuerzas...
Hasta que fue demasiado tarde.
Manos huesudas, frías, húmedas y muertas que se hicieron de la cintura de Marinette para empujarla, gritos desesperados de ella y de los otros dos niños. Ella cayó de bruces y luego una fuerza invisible tiró de su tobillo, arrastrándola hacia el pozo, hacia la oscuridad.
Y aunque vio a los otros dos niños tratando de correr en su dirección, levantando las manos y gritándole por su nombre, la oscuridad se la tragó en un segundo sin darle espacio para defenderse o llorar.
Estaba sentada al fondo del pozo, el agua estaba helada, el fondo se sentía resbaloso por la lama, quería llorar. Sus manitas tocaban la piedra a sus espaldas, pero la base de aquel pozo era tan grande que, aún Marinette extendiendo sus brazos a los costados, no podría tocar la roca.
Se levantó con mucha dificultad, aferrándose a la pared, caminando mientras tanteaba con sus manitas en búsqueda de alguna pista que le ayudara a salir, mientras un ruido comenzó a hacer eco a su alrededor.
Primero un ruido sordo, como el de la madera siendo recorrida para destapar el pozo, después un tiritar que se convirtió poco a poco en un gruñido gutural, proveniente del otro lado.
Y al final una criatura de ojos rojos lanzándose sobre ella, arrancándole un grito desgarrador que habría logrado erizarle la piel hasta al más valiente.
No logró ver las facciones de su agresor. Se puso de pie, cubriendo su rostro para toser mientras se dirigía hacia la puerta, Luka se levantó tras ella con apremio, preocupado por la salud de su esposa. Kagami trató de levantarse, pero la presencia de Tomoe en la habitación se hizo tan pesada que la joven tuvo que quedarse en su sitio, luchando al igual que Adrien contra las ganas de llorar.
Marinette salió de la sala de estar, se tambaleó dando traspiés hasta encontrar la puerta de la salida y dio una bocanada cuando logró atravesar el umbral.
Era medio día, no medianoche, el sol resplandecía en el cielo, las nubes efímeras apenas y lograron ocultar un poco del azul eterno que se extendía en el firmamento.
Pero no cantaban las aves.
—Luka —murmuró horrorizada, al borde del llanto, volviendo sobre sus pasos y asiéndose de las solapas de su esposo—, tenemos —dijo con mucha dificultad antes de toser de nuevo, cubriendo su boca y volviendo el rostro—, tenemos que ayudarlos.
—¿Qué viste? —murmuró el especialista tomando a su esposa por los hombros, agachando el rostro, genuinamente preocupado por el estado de salud de Marinette.
Y aunque la joven tomó el rostro de Luka, llorando desconsolada en busca de la respuesta a su pregunta, el rostro de algo asomándose por detrás de su marido logró arrancarle un grito desgarrador que obligó a las aves (a las mismas aves aterrorizadas que no cantaban) a levantar el vuelo lejos de ellos.
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—Lamento mucho lo que ocurrió —murmuró Luka mientras dejaba su taza vacía en la mesa y sonreía para Tomoe, quien no parecía nada complacida con la permanencia del especialista en su hogar—, pero temo que mi esposa está atravesando una situación de salud que no hemos podido sobrellevar.
—¿Salud? Ya veo, es una pena, ¿qué le aqueja? —Cuestionó aquella mujer con voz escalofriante.
—Claustrofobia —mintió el especialista antes de dedicarle una sonrisa a Kagami—, ella estará bien. No es su peor crisis. Su casa es hermosa —insistió Luka con una sonrisa apremiante—, mi esposa de verdad quisiera poder hacer un recorrido por la finca para...
—Su esposa no se encuentra en las condiciones para darle un recorrido —cortó Tomoe tajante, enderezándose en su sitio y haciendo a Kagami pasar saliva con dificultad—, temo que sentiría una terrible culpa si les permito el acceso y ella empeora —concluyó mostrando una sonrisa que delataba justo lo contrario.
—Créame, señora Tsurugi —murmuró Luka poniéndose de pie y alisandose el pantalón con un gesto aparentemente distraído—, mi esposa es apasionada. Cuando algo tiene su atención, no existe fuerza que la detenga. En este mundo, o en otro —concluyó levantando un poco el rostro, observando entre sus cabellos la expresión de Tomoe.
Sólo un ojo estaba a la vista entre los mechones, y parecía emitir un brillo frío que hizo a Kagami y Adrien pasar saliva.
¿La estaba amenazando?
Kagami ya lo estaba viendo venir. Se accidentarían, les pasaría algo en el camino, no llegarían a su destino. Y no tenía manera de probar que su madre era la causa de aquello, pero ya estaba conteniendo el llanto, la culpa y la desesperación de saber que había conducido a aquella pareja a la muerte...
Hasta que volvió el rostro hacia su madre y se percató de que la mujer sonreía.
Un gesto retorcido y macabro, inhumano, que hizo a la chica tener escalofríos.
Excitación.
Como si su madre encontrase fascinante aquella amenaza y estuviera lista para responder.
Y después, las lágrimas corriendo por las mejillas de Tomoe...
Como si se resistiera.
Como si su madre, su verdadera madre, estuviera sintiendo la misma culpa que ella.
Por un instante, Kagami quiso gritarle a Tomoe que peleara por liberarse de aquello que la tenía presa en su propio cuerpo, pero de reojo logró ver a Luka, extendiendo una mano hacia ella, como pidiéndole que se detuviera, como pidiéndole que confiara en ellos.
—Mi esposa y yo nos hospedamos en el hotel de paso que está al pie de la carretera.
Kagami levantó la mirada hacia Luka, horrorizada. ¿De verdad acababa de revelar su ubicación? ¿Por qué? ¿Qué no sabía que eso los ponía en un peligro inminente?
—Nos dieron la habitación uno cero tres, del edificio este. Es el edificio más retirado, y no conseguimos ver su casa desde aquí, pero al menos podremos permanecer cerca. Si mi esposa se siente mejor, nos encantaría volver mañana para hacer un recorrido por la finca.
No — quiso suplicar Kagami, mirando a Luka con los ojos anegados—, no le des tu ubicación, no seas necio.
—De verdad —insistió el especialista poniéndose el saco y sonriendo una última vez—, tiene una casa hermosa, señora Tsurugi.
Y sin añadir más, se dio la vuelta, encaminándose hacia la entrada seguido de Adrien, quien le alcanzó a tropezones por el pasillo.
—Pero Luka —trató de iniciar el rubio—, ustedes no...
—Gracias por tu entusiasmo, Adrien —exclamó el demonólogo con expresión serena, una sonrisa amable y una mirada determinada, que pretendía traslucir mucho más que un agradecimiento—, estoy seguro de que querrás despedirte de la señorita Tsurugi o, incluso, dar un paseo con ella. Vi una fuente de sodas más adelante.
—La llevaré por una malteada —murmuró el muchacho, comprendiendo el mensaje oculto.
Sácala de ahí.
Luka asintió una vez antes de dedicar una mirada a los alrededores en busca de su esposa.
Marinette no se encontraba en el auto donde él la había dejado, estaba algunos metros más allá, de pie frente a un enorme árbol, viejo y torcido, con la corteza ennegrecida, testigo de la caída de un rayo muchos años atrás, la joven especialista se abrazaba el cuerpo mientras miraba hacia las ramas, como si fuera capaz de develar un misterio con sólo estar ahí de pie.
—Cielo —murmuró Luka acercándose a ella suavemente, temiendo encontrarla en otro trance del que no debiera despertarla por seguridad—, dejaremos la casa.
—Esta es, Luka —respondió ella con la voz cortada, como si hubiese estado llorando—. Esta es la casa.
Un fuerte viento se arremolinaba en torno a ellos. Marinette apenas y se inmutó, pero Luka sintió el tirón, como si aquel vendaval lo empujara hacia la casa, no pudo evitar llevarse una mano al rostro, tratando de evitar que los cabellos golpearan sus ojos. Y levantar la mirada en torno a la edificación para darse cuenta que Tomoe los miraba desde la ventana más alta de aquella casa antigua. Una figura alta y pálida vestida de negro que parecía estar sonriendo con aires sádicos, como si disfrutara de aquella incertidumbre que le corroía a Luka las entrañas.
El exorcista ahogó un grito al volverse. Marinette lo había encarado con una expresión de angustia en el rostro mientras apuntaba el árbol con el índice en un gesto tímido, como si temiera ser descubierta. Su rostro, pálido, sus pómulos marcados, su expresión desencajada, sus ojos vacíos. Todo aquello fue lo que hizo a Luka ahogar un grito antes de que el rostro de su esposa se llenara de nuevo en ese gesto dulce y afligido que lo convencía de tomar cada caso.
—Esta es la casa de tu pintura.
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—A ver, espera un momento, ¿qué?
Había tanto escepticismo en aquella voz que hasta Marinette dudó un segundo, pero Luka, fastidiado por la actitud del sheriff del pueblo, plantó ambas manos en el escritorio de aquel cretino y se inclinó, entrecerrando los ojos para repetir su petición.
—Soy un exorcista de la iglesia de la ciudad, y necesito su ayuda.
Cuando a la mañana siguiente, Luka y Marinette entraron a la comisaría del pueblo antes de dirigirse a la casa Tsurugi, sabían que no tenían muchas esperanzas de encontrar a alguien capacitado para la tarea que venía a continuación.
Cuando encontraron la oficina sencilla con acabados de madera, y al sheriff durmiendo en su silla (con los pies subidos al escritorio y el sombrero cubriendo su rostro), Marinette tuvo que detener a Luka del brazo, quien ya parecía dispuesto a ir a tumbar al imbécil en turno para solicitarle respaldo en la tarea que venía a continuación.
—Mire, Andree —escupió Luka mirando el nombre del sheriff en su placa—, mi esposa y yo vinimos desde la capital para hacer un diagnóstico a una casa, y una joven muy asustada necesita de nosotros tanto como de usted. Mi esposa y yo no podemos proceder sin el respaldo de una autoridad local, y usted es lo único que tenemos disponible.
—Luka —llamó Marinette a manera de advertencia, queriendo hacerle saber a su esposo que comenzaba a pasarse de la raya.
—¿Qué es todo lo del exorcista? —Espetó Andree con incredulidad, enderezándose y dedicando una mirada a conciencia para ambos, buscando indicios de locura o desequilibrio.
La mirada furibunda de Luka no ayudaba nada a la causa, pero la sonrisa suave de Marinette hizo al oficial dudar.
—Perdone —inició ella con voz cantarina antes de tomar el brazo de su esposo para incorporarlo y hacerle suspirar—, nosotros somos los Couffaine, en la ciudad trabajamos como catedráticos de la universidad y se nos encomiendan tareas de diagnóstico de vez en cuando. La diócesis parisina puede dar fe de ello si tiene dudas. Puedo comunicarme con el Cardenal, si gusta.
—Muy bien —murmuró el oficial cruzándose de brazos, incrédulo todavía de aquellas palabras, pero dando luz verde para continuar con aquella locura.
—Nos han solicitado hacer un examen diagnóstico en la casa Tsurugi, me imagino que está familiarizado.
Andree pasó saliva con dificultad, consiguiendo que Luka sintiera en su interior una satisfacción abrumadora de verle relativamente derrotado.
—Hemos oído algunas cosas de la casa —concedió meneando la cabeza con aires incrédulos antes de mirar de nuevo al matrimonio, percatándose del diminuto crucifijo de oro, colgado al cuello de Marinette.
—Verá —continuó la especialista acomodando el puño de sus mangas con un aire distraído—, el párroco del pueblo descartó el caso de la casa Tsurugi hace un par de meses ya que no encontró pruebas suficientes para procesarlo a la diócesis, pero tememos que un diagnóstico apresurado haya puesto en riesgo la vida de la jovencita y de los trabajadores de la finca.
—Señora, con todo respeto...
—Nunca hay respeto después de una frase como esa —se quejó Luka en un carraspeo.
—Nosotros nos encargamos de atrapar personas malas, peleamos contra el verdadero mal, no contra amigos imaginarios.
Marinette dejó escapar una risita aguda e inocente, que hizo a Andree pasar saliva con dificultad, como si ocultara algo más que un gesto ingenuo.
—Este le va a encantar a los hermanos —musitó Luka desviando el rostro hacia el costado.
—Sin duda alguna —coincidió Luka.
—Sheriff —cuestionó Marinette con una sonrisa dulce, pero escalofriante—, ¿quiere conocer al verdadero mal?
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Una camioneta van se encontraba ya en la casa Tsurugi, Adrien y otros dos muchachos habían llegado más temprano esa mañana con la esperanza de llegar un poco antes que los Couffaine sin imaginarse que se les adelantarían por casi cuarenta minutos.
—¿Dieron razón? —Cuestionó el mayor lanzando hacia el aire una pelota y atrapándola antes de que le golpeara el rostro.
—Marinette quería hablar con Louis antes de iniciar y luego pasarían por el sheriff del pueblo para evitar problemas con la familia —respondió Adrien con un suspiro antes de volver la vista a la carretera ante el sonido lejano de un motor en marcha.
Un escalofrío, el viento helado arremolinándose, las copas de los árboles danzando de un lado al otro mientras el ruido se hacía más y más fuerte, la puerta de la mansión abriéndose al mismo tiempo que el auto de Luka se estacionaba al lado de la camioneta, y Tomoe salía a recibirlos.
—Veo que cumplieron a su palabra —escupió molesta aquella mujer, como si hubiese tenido el primer desaire del día.
—El radiador —anunció Luka con una sonrisa bajando a toda prisa y abriendo el cofre de su auto.
Adrien y los dos muchachos bajaron de la camioneta a toda prisa para ayudar al ver el vapor saliendo del motor, con expresiones de sorpresa al ver averiado un auto tan nuevo.
—Ay, qué pena —exclamó la mujer con sarcasmo al ver a Marinette salir del vehículo cargando con algo en las manos.
—Afortunadamente siempre cargamos con agua —dijo entusiasta la pelinegra levantando un galón hacia la señora Tsurugi y haciéndola retroceder horrorizada—, siempre el agua correcta para estas cosas. ¿Verdad, cielo?
—Así es, amor —respondió Luka divertido, haciendo aire con su saco para ayudar al motor a enfriarse.
—Menos mal sólo se calentó —musitó uno de los muchachos antes de abrazar a Luka y sonreírle aliviado.
—Ethan —exclamó Marinette abriendo los brazos para el otro muchacho, consiguiendo una abrazo tímido por parte del más joven—, Erik, qué gusto me da verlos.
—No nos perderíamos esto por nada —prometió Erik soltando a Luka antes de dirigirse a besar las mejillas de Marinette con una sonrisa fraternal.
—Un trabajo con los Couffaine siempre es una odisea digna.
—¿Trabajo? —Espetó Tomoe, todavía mirando con desconfianza el galón de agua a los pies de Marinette.
—Queremos fotografiar su casa —anunció ella mientras Luka recuperaba el galón y echaba un chorro generoso sobre el motor, haciendo a Tomoe retroceder—, y el equipo de grabación de Ethan y Erik nunca falla.
La patrulla de policía por fin enfiló frente a la casa y el sheriff descendió una vez apagado el motor del vehículo, con expresión contrariada.
—Los perdí de vista —anunció Andree acercándose al auto de Luka mientras el especialista echaba otro chorro de agua, salpicando a propósito los zapatos del oficial—. Pensé que habían caído en la curva.
—Nos detuvimos un momento para echar agua al motor —confesó el especialista antes de tapar el galón y levantar la vista hacia el sheriff—. Pero ahora todo está bajo control.
—No comprendo la presencia de ese hombre aquí —murmuró Tomoe con un gesto torcido, ocultando el asco de sus facciones.
—Señora Tsurugi —llamó Marinette con una sonrisa radiante—, nos interesa la antigüedad de su finca y queremos hacer un trabajo de fotografía e investigación. Hemos invitado al Sheriff Dumont para que usted sienta la plena tranquilidad de que haremos esto de la mejor manera posible.
—Señora Couffaine, creo que ya todos sabemos que están aquí porque creen que a mi casa le aqueja un mal sobrenatural —cortó aquella mujer, irguiéndose en su estatura antes de hacerse a un lado—, la iglesia del pueblo descartó el caso y temo nos han dejado a nuestra suerte.
—Entonces puedo ser clara con usted y decirle abiertamente que hemos tomado el caso de manera extraoficial para ayudarles —respondió la exorcista acercándose otro paso a la casa y sonriendo para Tomoe, que parecía humana y cuerda por primera vez—. Creemos que hicieron un diagnóstico apresurado.
—¿En qué se basa?
Marinette compuso una expresión de tristeza antes de buscar el rostro angustiado de aquella mujer.
—Porque he visto a los ojos aquello que la oprime, y debemos detenerlo a toda costa.
