Capítulo 2 —Pide y se te dará
—Hola, cariño. Ven y ayúdame con esto —La apura antes de que pueda regresarle el saludo.
Acaba de llegar a su casa. Todavía siente las manos frías ocasionado por el clima gélido que impregna allá afuera. De pronto siente un alivio instantáneo al estar ahí, en su sencilla casa de dos pisos con una habitación a medio construir y sus plantas secas por la torpeza de su madre y ella.
Hablando de su madre.
Nunca sabe qué esperar con ella. A veces es una mujer excepcional, preocupada por su bienestar; y otras sólo pasa de su hija, pareciera que es invisible.
Dicen que las madres saben más de sus retoños que incluso ellos mismos. «¿Será que sabe? Y si sabe, en dado caso que no esté sobrepensando ese hipotético escenario, ¿por qué no ha dicho nada?»
Porque si de algo está segura es que su madre nunca la aceptaría, o al menos esa parte de ella. Pero, ¿a quién miente? Ni ella misma lo hace por momentos.
—Sí, está bien —responde caminando hacia el fregadero para lavarse las manos. Cuando termina, empieza a picar la cebolla, pausando un rato para mirar de soslayo a su madre. Está concentrada cortando los vegetales para la sopa. El calor del lugar le indica que ha estado un largo rato en la tarea doméstica.
Su madre parece sentir la mirada sobre ella porque voltea hacia su dirección sonriendo. Quiere verla siempre así. Con su padre nunca se ve tan relajada ni tan tranquila.
«No. No sabe»
—¿Todo bien? —pregunta con buen ánimo.
—Sí.
—Ya casi lo olvidaba tu papá no vendrá a cenar. Está ocupado. ¿Tu amiga ya se encuentra mejor?
—¿Eh?
—Tu amiga. A la que fuiste a visitar. Te tardaste más de lo que pensé. Saliste desde la tarde y mira ya qué horas son — Hay genuino interés en su madre. No existe un tono que declare segundas intenciones o un regaño.
Izumi finge estar concentrada en la tarea de cortar. Lo hace tan rápido que por un momento su madre la mira preocupada temiendo que se corte.
—Sí, sólo fue una fiebre leve. Perdón —Y lo dice de verdad. No le gusta mentirle, pero sabe que su madre le cuenta todo a su padre y que éste es sobreprotector con ella referente a chicos, lo que incluye también citas. «Si tan sólo supieran»
—Fue difícil regresar porque en su vecindario no hay un buen transporte —agrega terminando con la tarea. Su madre se limpia la mano con el delantal.
—Está bien, cariño. La próxima vez si vuelve a enfermar, le llevas sopa.
—Sí —contesta.
«No creo que me llame», piensa recordando cuando le dio su número telefónico a Itachi.
—Mejor cuéntame, ¿cómo te fue en el trabajo? —Su madre cambia el tema de conversación e Izumi no puede estar más agradecida por ello.
—¿Entonces ya no son amigos?—pregunta refiriéndose a Shisui y el porqué hace meses que no lo veía por ahí.
—No es eso.
—¿Qué pasó?
Van rumbo a la casa de Nagato. Les había pedido que pasaran por alcohol antes, dado que eran los únicos mayores de edad. Kisame es el mayor de todos; con veintitrés años y una vasta experiencia en los derroteros tanto sentimentales como laborales, es considerado el líder. Excepto cuando Yahiko está presente, que vuelve a su puesto como el segundo al mando.
Con esa sonrisa burlona y esa ropa desgarbada es el que más madurez y sencillez tiene. A la hora de ponerse serio y dar un consejo, nadie mejor que él, todos acuden al viejo Kisame cuando la cosa se pone difícil. Pero ahora Itachi no quería explicar lo que pasó.
—Sólo digamos que tuvimos diferencias de intereses. El tiempo...crecimos y nos distanciamos.
—Es una lástima. Digo, tantos años de conocerse. Supongo que es algo común distanciarse de un amigo de la infancia.
En las noches les gustaba fumar observando a las estrellas. En realidad sólo Kisame fumaba y aspiraba el humo, mientras Itachi pensaba en cualquier cosa. No había necesidad de conversar. Su relación de amistad es así: un descanso, un respiro del mundo ajetreado y adulto que el menor empezaba a resentir, acostumbrándose a él a cómo puede.
Era agradable sentir el viento en su cara, los cabellos siendo movidos por éste, oler el humo del cigarro de vez en cuando por el simple placer de relajarse.
Ahora están en la casa de Nagato, más bien en el ático, y, mientras Deidara y el pelirrojo juegan a la play, ellos se encuentran en ese pequeño ritual. Itachi hubiera preferido estar afuera, le gusta estar al aire libre.
—Es necesario que fumes aquí—espeta Nagato dirigiendo la mirada hacia Kisame. Sabe de sobra que el azabache no tiene ese hábito "tan asqueroso" según sus palabras.
—Vamos, viejo. Me habías dicho que no había problema.
—Sí, pero tú fumas como chimenea. —justo cuando su amigo iba a replicar, dijo—. Nadie te dice que no lo fumes, pero no lo hagas aquí dentro ¿De acuerdo?
El aludido se queda sin palabras, el filtro del cigarro consumiéndose con lentitud le cae sobre su pantalón.
Deidara evoca una risilla, tapándose la boca. Kisame reacciona y le enseña el dedo del medio.
Esto solo incrementa la risa del rubio.
—Muy gracioso, cabrón. Vamos afuera, Itachi.
—Cuidense. ¡Hace frío! —se burla Deidara.
Muy diferente a las demás noches hablan un rato. Kisame le cuenta una anécdota con una de sus ex que resultó ser una celosa.
—Era una enferma. ¿Recuerdas que no los vi durante seis meses? Era por ella.
Están sentados en una banca, adentrados en el parque del vecindario e iluminados con la escasa luz de aquel lugar. Kisame, maldiciendo y cerrándose la chaqueta por décima vez, había jurado que arreglaría su carro lo antes posible para evitar el frío encendiendo la calefacción.
«Uno nunca sabe cuándo Nagato empiece de reina»
—No puede ser. Sí, sí recuerdo que te desapareciste. Pensamos que nos estabas ignorando —El azabache no tiene frío gracias a su suéter extra grande que había comprado su madre en oferta.
Lo que siente es el gélido aire en sus facciones. Se recarga sobre la banca del parque como para evitar que le pegue directamente en la cara.
—No, jamás haría eso. Me conoces. No podría estar mucho tiempo sin ustedes. Aunque algunos sean especialmente sensibles al humo —se burla, se queda callado un rato y después guardando la cajetilla de cigarros, dice —. Ahora que recuerdo. Tuviste una cita ayer, ¿no? Cómo fue.
—Sí, la que organizó Konan. Y fue hoy —aclara—. Bien —contesta, evitando mirar hacia su amigo. En lugar de eso, se lame los labios viendo los árboles a su alrededor.
—Recuerda que si tiene ojos de loca es porque está loca. No hagas lo que yo y te fies aunque su cara sea bonita —aconseja aún demasiado ensimismado en su historia para ignorar el lenguaje corporal de su amigo.
—No, no tiene ojos de loca.
—¿Y vas a salir con ella otra vez?
Itachi se encoge de hombros. No se siente cómodo cuando habla sobre el aspecto romántico. El romance es abstracto. El amor aún más. Además, existe la posibilidad que no esté todavía sanado de su corazón roto . «Shisui»
Ciertamente Izumi es alguien bonita, interesante. Kisame comprende el silencio que invade a su amigo y, haciendo alarde de esa claridad que posee, pronuncia:
—No pierdes nada si decides pedir una segunda salida. Es una cita, man. No le vas a proponer matrimonio. Además por algo aceptaste en primer lugar.
—¡Oigan! —Los llama Nagato, Deidara a su lado está con un semblante serio. Luego descubrirían que era por haber perdido la partida contra el pálido chico
—Ah, mira quienes están aquí. Ya le dio remordimiento de conciencia —se burla Kisame.
—Vamos a casa. Las cervezas se van a calentar. No pensé que me ibas a hacer caso. Quería venir antes, pero tenía que ganar la partida —explica el pelirrojo rascándose la nuca, avergonzado.
—No. Sin rencores, viejo —dice con voz ronca. Itachi observa sus labios estirándose para crear sus clásicas sonrisas socarronas—. Después de todo, tú pagarás el alcohol.
Nagato asiente, resignado. Se lo ha ganado por ser tan cabrón.
—Por cierto, ¿cómo te fue en tu cita, Itachi? ¿Era bonita? ¿Te la chupó? —pregunta el rubio, divertido por provocar alguna reacción de pena en el aludido, se desilusiona al ver que está ensimismado mirando a la nada.
—Ya, Deidara. Cállate —dice Kisame golpeándolo levemente en la cabeza. El contacto mueve la coleta larga del rubio quien sólo emite un quejido y arruga el ceño, molesto.
—Ya, mejor hablemos de otras cosas —repone con molestia el rubio.
—¿No irás mañana? —pregunta serio, casi temeroso.
Esto usualmente no pasaría desapercibido por Itachi. Hoy es un día atípico en donde, una vez más, no se siente chico. Está frustrado por no expresar su género. Hoy no quiere usar ese aburrido pantalón con esa camisa. Odia cuando eso sucede, y, honestamente, ya no sabe que es peor: sentirse abrumado por no expresar cuando se siente chica o la sensación de vacío cuando no se siente hombre ni mujer. Oculta todo eso bajo una cálida sonrisa que le dirige a su pequeño hermano.
—No, ya le dije a papá que tengo que trabajar.
Está anudándose las agujetas. Se iría a clases temprano, agradeciendo en su fuero interno que había tenido la cabeza suficiente para, un día antes, regresar a casa con el termino del ocaso y no a altas horas de la noche, o peor, en la madrugada; cuando los destellos del amanecer amenazaran con salir en cualquier instante.
—¿Ya conseguiste otro trabajo?
Itachi detiene sus movimientos para mirarlo, sonriendo al recordar cómo de nuevo, gracias a uno de sus amigos, consiguió un empleo. Este pensamiento lo mantiene al margen del resto, aquellos que no se puede permitir expresar.
—Ja, sí. Eso fue gracias a un primo de Nagato. Me recomendó con su tío que tiene una papelería. No es un gran sueldo pero me servirá de algo —comenta con una franca alegría.
—Hmm
La escueta respuesta de Sasuke le indica que algo esconde. Y es que a sus escasos catorce años sigue siendo un niño inseguro que esconde todo bajo una fachada de indiferencia.
—¿No quieres ir solo o no quieres ver a papá?
—No es eso.
—Que raro. Antes nos ignorabas a mamá y a mi. Exigías verlo siempre —reflexiona—. ¿Te pasó algo?
—Es que ya sabes cómo es. De todas maneras, ¿fue porque conseguiste trabajo que volviste tarde ayer?
—Tu también sueles llegar más tarde después de tus horas de clase, hermanito —dice en tono jocoso sólo para arrancar un mohín de berrinche en el susodicho—. No, no fue por eso ¿Recuerdas a Konan?
Sasuke asiente. Es la única chica del grupo de amigos de su hermano.
—Pues me organizó una cita a ciegas con una chica.
—Pensé que dirías algo como que te quedaste con tus amigos a beber. Es muy raro que salgas a citas.
«Desde lo de Shisui», piensa. No era ingenuo, sabía que había algo entre ellos dos. Intuye que el tipo de relación que llevaban ya no existe porque no lo ha visto por ahí en un largo rato.
—Si, así es. Después de eso sí me pasé con ellos —confirma al tiempo que se levanta—. De todas maneras no me trates de sacar la vuelta, ¿dónde estabas tú?
—Con Naruto.
—Últimamente te la pasas mucho con ese niño. ¿Por qué él no viene mejor a la casa?
«Tal vez sus padres no estén tan cómodos con el hecho de que estés ahí siempre. Pensaran que somos descuidados contigo»
—Nosotros también nos las pasábamos con Shisui siempre —replica.
—Tal vez. Aun así no estaría mal que viniera aquí él. No creo que mamá se niegue.
«Y por mí parte lo prefiero a que anden sabe Dios dónde», analiza aún no muy convencido de haber saciado la curiosidad que lo invade. Pero es que hoy también se ha sentido raro. Se levanta con la esperanza que al transcurrir el día su mente lo deje en paz. «No soy anormal»
—Se lo diré.
—Se me hace tarde. Me voy ya. Recuerda lavar los trastes que ocupes —se despide para tras de sí cerrar la puerta sin esperar una contestación
«Hoy no me golpeó la frente con sus dedos», concluye herido.
Sasuke ni siquiera le preguntó por Mikoto. Ella se despertaba más tarde para ir a su decente empleo como secretaria. Se pregunta desde cuándo se acostumbró a que esa sea su rutina familiar: él solo, esperando en el comedor de esa casa y como única compañera el silencio sepulcral.
Cuando salió de su casa consideró hacerle el poke a su hermanito.
La razón es que el propio Sasuke había estado muy arisco, al menos esos últimos meses. No sabe exactamente la razón de su melancolía y el rechazo al contacto físico. De niño no era así. Ahora piensa que su actitud esta mañana son las hormonas jugándole una mala pasada, haciéndolo rabiar o dudar de casi todo. La adolescencia en una etapa extraña y confusa de la vida.
Deja de lado la preocupación por su hermano, hoy no se siente capaz siquiera de encargarse de sí mismo. Trata de analizar qué necesita de inmediato, para controlar un poco lo que puede pasar.
«Alguien con quien estar cómodo»
En el camino a la universidad se está evaporando la sensación de inconformidad; sin embargo, sigue latente, esperando cualquier instante para emerger.
«¿Qué soy?»
Recuerda que guardó el papel que tenía el número de Izumi. Lo rebusca adentrando la mano en su mochila. Sí, está ahí, arrugado porque temía perderlo en un descuido. Y es que la conversación con Kisame le dejó claro dos cosas: no puede privarse de algo que quiere hacer, y la segunda; no ha prometido nada. No hace daño si se repite su encuentro. No ha prometido algo que no pueda cumplir.
El pasado seguirá ahí. No importa a dónde vaya, lo que fue no puede esfumarse.
Fue agradable conversar con ella. Con algo de suerte puede que no necesiten de muchas palabras. No quiere hablar con sus amigos, harán preguntas que no quiere contestar. Con el que fue su mejor amigo es imposible siquiera planteársealo. De hecho es la persona que menos quisiera encontrarse ahora.
Su prioridad esta mañana, por primera vez en la vida, no es llegar a su aula a tiempo. Tiene que buscar una cabina telefónica para hablar con ella.
Quizás no es tan perspicaz como creía. No puede saber quién es. Probablemente sólo está confundido. De hecho toda su vida no ha sido lo que se cuenta, se miente a sí mismo. No encaja en ser hombre, al menos no en la definición tradicional. Ya va siendo hora que se vea de frente y lo admita.
«En que encajas, Itachi», se pregunta mirándose al espejo con seriedad, no perdiendo en cómo sus ojeras cada vez se hacen más pronunciadas. Cualquiera diría que es insomne.
Él está consciente que lo que uno llama realidad es más que un espejismo, una percepción; un panorama que ves desde el lado en donde estés, sin divisar más allá de la mitad del paisaje. Sin embargo, cuando eso lo relaciona a como se ha sentido desde pequeño, a su identidad no está tan seguro de que observar o, mejor dicho, sentir.
Al final no le llamó a Izumi. Sucedió que recordó que tenía que ver a su padre esta mañana. Además no está tan mal y
ella es una simple conocida. No confía ni en sus amigos, ¿por qué lo haría en una chica que acaba de conocer?
Ahora en el baño, respirando hondo antes de encontrarse con él, se cuestiona si hizo lo correcto en tragarse sus emociones. Es un experto en fingir que todo está bien. Le ha tomado tiempo, pero por fin ha perfeccionado el arte de mostrarse estoico aunque por dentro no lo esté. Hoy ha sido un día particularmente difícil, casi cae. Sigue recuperándose de ese sentimiento de vacío.
—Tú puedes —se anima para empezar esa reunión.
No le queda de otra que sentarse y escuchar lo que tenga que decir su padre.
—¿Te gusta? Lo pedí porque sabía que eres un gran amante de los platillos caseros —pregunta su padre con mesura de hombros rígidos y espalda recta. A menudo Itachi se pierde divagando en cómo hubiera sido si se hubiera terminado de criar por él.
—Sí, está rico —contesta al terminar de limpiarse con la fina servilleta.
Fugaku se ha lucido en invitarlo a un restaurante de lujo. Recuerda que le había avisado por teléfono que fuera presentable la noche antes (justo poco tiempo después de llegar a su casa). Pero lo acuñó en que es un hombre cuya creencia consiste en definir y clasificar basándose en apariencias. Jamás se habría imaginado que lo citaría en un restaurante así. Y claro que vio el lugar al entrar al sanitario, pero estaba tan distraído..
—Qué bueno, me alegro, hijo. ¿Cómo vas en la carrera?
—Bien. Me estoy esforzando.
—No seas modesto. Sé que de seguro eres el mejor en la clase. Lástima que te hayas conformado con ser profesor.
—Me gusta lo que estoy estudiando —Fugaku sólo resopla decepcionado al escuchar esa respuesta.
—Supongo que no tuviste clases hoy.
Es verdad. Lo invito ahí muy temprano. Supuestamente iban a almorzar pero eran las diez de la mañana y casi se obligó a probar bocado. No le gusta almorzar.
—Terminaron temprano —miente.
Ni siquiera había llegado, demasiado en qué preocuparse y tan pocas ganas de hacerlo.
—Seré sincero contigo. Quiero que vengan conmigo. Tú eres mayor de edad y no puedo obligarte a nada, pero por otra parte Sasuke..
—¿Por qué? —interrumpe inexpresivo.
—Déjame hablar. Se que va sonar raro. Yo mismo te dije que lo cuidaras. Incluso por mi tomaste muchas decisiones que espero no te arrepientas en un futuro
—No lo haré.
«No las he tomado por ti»
—Bien. Como te estaba diciendo, Sasuke merece un cambio de aires ¿Te dijo que he hablado con él por las tardes después de que sale de la escuela?
Itachi niega con la cabeza. No dejando de lado en ningún momento la inexpresión que permea en su rostro.
—Pues he notado que está solo todo el tiempo. Quiero que venga a vivir conmigo. No es un ambiente adecuado para un adolescente en pleno crecimiento. Antes de que digas algo —advierte al ver como su hijo iba a replicar—. Sé que lo han cuidado bien, pero Mikoto y tú tienen que admitir que necesita atención, disciplina, un hogar. Tú ya eras un jovencito hecho y derecho cuando..
—No me concierne a mi. Por qué no hablas con mamá.
—No me interrumpas, Itachi —advierte con tono severo. Ha empezado a considerar que tal vez a él también le faltó disciplina.
—Lo hablaré con ella. Por supuesto que lo haré. Pero necesito que aceptes quedarte con ella o venir conmigo.
«¿O que pasará?»
Al ver la cara de su primogénito, expresa:
—Formemos de nuevo la familia feliz que una vez fuimos
«Ya veo. Familia feliz. Un hogar. Se ve radiante sin el gesto de preocupación que suele tener. No necesito que me lo diga»
—Padre, ¿cómo se llama?
—¿Cómo has sabido que..? —se recupera de la confusión para responder con la dignidad casi intacta —. Quería prepararlos poco a poco. No estoy pensando en casarme de nuevo. Las cosas han cambiado, eso es todo.
—Entonces es así como funciona. De repente un día recuerdas que tienes dos hijos y decides que los quieres contigo porque ya tienes pareja.
—Itachi, sabes muy bien que así no sucedieron las cosas. Tú recuerdas —asegura mirándolo con firmeza.
—Tienes que hablarlo con ellos —repone.
—En caso de que Mikoto no se niegue no lo voy a dejar decidir —dijo refiriéndose a su hijo menor—. Tú eres quien puede tomar sus decisiones ¿Qué quieres, hijo?
—Yo sólo...
Parece notar el debate interno que sucede con él porque, decepcionado a vez más, dice:
—Creo que no debo presionarte con eso. Fue una mala idea. Creí que tú lo comprenderías.
«No lo hago. Esa es la razón por la cual Sasuke actúo raro esta mañana»
No quiere dejar a Sasuke en el cuidado de su padre. Pero tampoco puede ser tan egoísta de mantenerlo en una casa a menudo vacía. Su padre, muy a su pesar, tiene razón: necesita disciplina.
«No necesita estar viviendo contigo para que se sienta querido por ti ¿Y mamá y yo? Acaso hemos sido tan malos y negligentes para que Sasuke esté considerando.. » Se pasa la mano por la frente para retirar los mechones rebeldes que no se han quedado en su coleta. La respiración se hace profunda, tardando en exhalar, reteniendo en su pecho el aire y todo lo que lo mortifica. En definitiva hoy no está siendo su día.
No supo cuando fue que se despidió de su padre o si fue el que, insatisfecho por no convencerlo, alegó que estaba corto de tiempo.
Ha considerado regresar a su casa, aun con la inquietud de saberse insuficiente para el cuidado de un adolescente, de la persona más importante para él. Una vez más perdería a alguien que quiere. «Shisui»
Estaba sobrepensando mucho de nuevo. No tenía nada de malo si Sasuke vive con su papá. Incluso él puede considerar mudarse con ellos para procurar el bienestar de su hermano. Para vigilar que Fugaku no sea injusto o severo de manera innecesaria.
«Pero papá vive lejos. Y eso sólo se traduce a más tiempo de la casa a la universidad. Además, aquí ya tengo un trabajo asegurado»
«Es prioridad cuidar de él. Todavía se puede pintar de cualquier color»
¿Cómo puede tomar una decisión correcta? ¿Cómo siquiera su padre pensó que sería buena idea que vivieran juntos de nuevo? Jamás volverían a ser una familia como antes.
No sabía qué pensar, pero sí que hacer. Quería hablar con ella.
—Hoy te has despertado temprano..
—observa su madre.
—Vengo por un vaso de agua —responde avergonzada porque en realidad no es tan temprano. El hecho de que su madre insinúe que se levanta más tarde de esa hora es una alarma que se enciende manteniéndola alerta.
La verdad es que no pudo pegar ojo en toda la noche. No suele ocurrir con frecuencia que el descanso sea interrumpido en medio de la noche. Lo único bueno de la situación es que hoy trabaja de tarde, tal vez con algo de suerte pueda volver a conciliar el sueño.
—No ha llegado —da por sentado que su hija entiende a que se refiere.
—Mamá, ¿lo has estado esperando toda la noche? —pregunta comprendiendo las palabras de su madre. De pronto el silencio se hace presente y la mirada de su madre se encuentra con la suya, sin observarla realmente, como si fuera un objeto más de la casa.
Se levanta del sillón ignorando su pregunta, justo iba camino a la cocina cuando el teléfono sonó. No se lo piensa dos veces; contesta desesperada.
—¿Bueno? Sí, aquí es—baja el aparato, colocándolo en su hombro para decirle —Es para ti. Es un chico.
Izumi traga saliva. Sabe muy bien quién es.
Su madre le pasa el teléfono y sube a su habitación, carente de cualquier emoción que pudiera ser de alarma para la castaña
—¿Bueno? —pregunta desconfiada
«Qué querrá a esta hora» el reloj no miente indicándole que son las once de la mañana pasadas.
—Hola, soy yo.
«Espero que por lo menos se acuerde de mi»
—Itachi, hola.
Se está sintiendo estúpido, desesperado incluso. Hay una regla intrínseca en la que dice que un hombre tiene que esperar tres días para volver a llamar a la chica en cuestión.
«Patético», piensa él con una pizca de autodesprecio.
—Perdón, no debí haber llamado
—No, está bien. Me sorprendí un poco, es todo. ¿Cómo estás?
—Sólo...no muy bien.
—Ya veo —No quiere ser intrusiva. Si él no le explica que le pasa, ella no lo va a presionar—. ¿Quieres que te cuente una historia?
—¿Una historia?
—Sí. Lo que pasa es que, cuando era pequeña, mi padre me contaba historias cada vez que me sentía desanimada. Entonces..
—Si, cuéntame algo
—¿Qué tipo de historia?
—Una —acaricia la superficie fría y apersonal de la cabina—, una con fábula
—De acuerdo, veamos —concuerda, pensando en alguna historia que sea interesante —. Hay una que me gusta pero no sé si sea tan buena. Es más, digamos, un proverbio..
—Está bien
«Me gusta escuchar tu voz»
—Bueno. Yo la llamo tiren la vaca al precipicio. Me la contó mi padre —se aclara la garganta para continuar—. Había un gran maestro que, en compañía de uno de sus discípulos, visitaba comunidades muy pobres y entregaba bolsas con dinero a quien más lo necesitaban. Llegaron a una casa en la que la pobreza era notable. Se anunciaron en la puerta y se asomó una mujer con notorios signos de desnutrición —se detiene unos segundos para recordar los detalles del cuento
Itachi la insta a continuar, escuchando su suave voz narrar aquella fábula, maravillándose en cómo pronuncia fuerte y claro.
—Al entrar en la casa el discípulo se consternó —prosigue — la casa estaba desmoronándose y sus moradores tenían un aspecto lamentable. El maestro le dijo a la señora: Traemos este frijol y este arroz que de algo le han de servir. La señora emocionada, exclamó: ¡Gracias señor! ¡Bendito sea Dios! No se imagina cuánto necesitábamos mi familia y yo esta ayuda —El sonido de la tos abriéndose paso por su garganta la interrumpe.
—Puedes detenerte un rato si quieres —Izumi cree haber escuchado una risa de los labios del chico.
—Qué pena —se disculpa, avergonzada.
—Descuida.
—El maestro preguntó: ¿Qué les ha pasado? A lo que la mujer contestó llorosa: Mi esposo se dedicaba al campo y mis hijos le ayudaban; pero, no ha llovido desde hace tiempo. No tenemos ni para comer. El maestro, intrigado, le cuestionó: entonces, ¿de qué viven? —Toma una pausa. Esa historia la ha contado una y otra vez, pero por alguna razón hoy su voz flaquea y se está quedando en blanco.
Itachi observa el tiempo y coloca una moneda convencido que esto va para largo
—Lo dejas en el momento más emocionante —admite a manera de broma. Casi no sucede y solo sus más íntimos saben que tiene un lado burlón
—¡No es a propósito!
—Lo sé —contesta divertido
Izumi procede a seguir contando la historia.
—La mujer exaltada, respondió : ¡Gracias a Dios tenemos esa vaca que está pastando en la colina! De la leche que nos da nos tomamos un poco, y el resto la vendemos entre nuestro vecinos ¡Bendito Dios tenemos esa vaca! ¿Qué haríamos sin ella? El maestro desvió la mirada hacia donde estaba la vaca. Se quedó pensativo un rato para después despedirse de la mujer. Al caer la noche, se acercó junto a su discípulo a la colina donde se encontraba la vaca y le ordenó con severidad: ¡Arroje la vaca al acantilado! El discípulo le respondió espantado: ¿Pero qué dice? No ve que es el único sustento de la familia. El maestro le advirtió : ¡Obediencia! ¡Arroje esa vaca al voladero! Después de pensarlo por un largo rato decidió seguir la consigna de su maestro y, con dificultad, aventó al animal, el cual terminó muerto.
Itachi está concentrado en la narrativa de la chica, imaginándose con detalle las escenas, entrecerrados los ojos para captar el instante. No existe nada más que la voz de Izumi, capturando su mente. El efecto de la historia combinado con un breve lapso de tranquilidad le ha mejorado el humor.
—Años después el discípulo no podía olvidar aquella tarea. Un día estando con su maestro, le dijo: No puedo estar en paz ningún sólo día. Emprenderé el rumbo hacia las montañas donde vivía esa familia y veré si puedo enmendar mi error. El maestro le respondió muy tranquilo: no recuerdo tal situación. El joven le replicó
¿Cómo es posible maestro? Si te da paz ve y busca a esa familia respondió este. El discípulo llegó al lugar donde recordaba que estaba la vieja casa encontrándose con una bonita y gran residencia. Al hablar con la mujer se sorprendió de no ver a la misma. Esta era regordeta y bien vestida, muy diferente a la que había visto. Pero lo más sorprendente es que vio..
Hay un breve silencio. Itachi no puede con la curiosidad y pregunta:
—¿Qué vio?
—Vio a la familia en excelentes condiciones. Todos lucían felices y llenos de vida. El joven le preguntó por la familia que vivía ahí hace años y la mujer le contestó que ellos tenían más de veinte años viviendo en ese lugar. El joven, aún consternado, cuestionó: pero, ¿cómo es eso posible? La mujer, con semblante alegre, le contó que solían tener una vaca. Y después de esto le invitó a tomar asiento y le explicó: Bendito Dios la vaca se mató. Un día después de lo ocurrido mi esposo y mis hijos fueron al pueblo y consiguieron un trabajo. ¡Si viera como nos ha ido de bien! Todo gracias a esa vaca. No sé qué hubiera sido de nosotros si estuviéramos todavía esperando lo que ella nos daba.
—La moraleja o lección de esta historia te la dejo a ti. Para que puedas pensar en ella —comenta.
—Interesante. Lo que puedo concluir es que la familia al principio se conformaba con la vaca, no arriesgándose a salir de su zona de confort —reflexiona Itachi.
—La verdad es que aplica para todo, no solo para lo económico.
—Sí, es verdad.
Le había gustado la fábula. O enseñanza. Le gustó también el hecho de que dejó de pensar un rato. Su cabeza nunca deja de funcionar. Le es inevitable preocuparse por todos y todo. Si bien es cierto que no es expresivo, esto no significa que fuera indiferente.
—Me gusta pensar que todos tenemos una zona segura a dónde ir siempre que las cosas no salen como esperábamos. La vida a veces es difícil. Pero no hay que encasillarnos en las adversidades o no podremos salir nunca del fango. Para mí, tirar la vaca al precipicio significa aceptar los cambios y salir a actuar para cambiar la situación —comenta Izumi. Ha pasado un tiempo y cree que siempre será de sus series favoritas.
Itachi asiente. Es verdad. El humano tiende a irse a la segura porque resulta cómodo. El cerebro siempre va a elegir la opción más factible, y cómo resultado, no se arriesga. Pero a veces ganas más al salir de la zona de confort.
Entonces no se percata hasta que su voz suena alta y clara.
—Sí. ¿Sabes qué? Creo que a veces tendemos mucho a la victimización. A preguntarnos por qué nos pasa tal o cual cosa a nosotros, en lugar de preguntarnos para qué —luego añade con más emoción—. Para qué nos sucedió
—¡Izumi se te hace tarde!
Es cierto, se han tomado más tiempo del necesario. Itachi tiene las manos heladas por sostener el teléfono de la cabina. El frío está pegando fuerte.
—¿Cuándo tienes el día libre en tu trabajo? —No tiene tiempo pero decide que quiere seguir hablando con ella. En otro lugar. De preferencia cara a cara.
—En tres días más, ¿por qué la pregunta?
—En tres días puede..¿quisieras volver a salir conmigo?
Izumi no esperaba tener una segunda cita y menos tan pronto.
—Me encantaría.
¿Por qué no? Se merecía conocer a un chico después de un desfile de amores truncos o fallidos.
Itachi, por su parte, ya había pensado en todas las posibilidades al invitarla a salir. Para empezar tendría que ahorrar de su sueldo. Recién había empezado en su trabajo y no cuenta con muchos ahorros, pero tiene la sensación que valdrá la pena verla otra vez.
«Quiero verla. No se porqué ni para qué, pero quiero dejar de pensar en lo que soy o no soy», razona Itachi
«Date la oportunidad» «Date la oportunidad de conocer a alguien más» «Pero que esa persona no me conozca a mí. Al menos, no tanto», concluye Izumi dirigiéndose a la cocina para desayunar y terminar de desperezarse.
—¿Te dije que toco el piano?
—No, nunca me habías dicho tal. Vaya Sasuke ¡Con razón a veces eres tan arrogante!
El otro hace entrecierra los ojos con molestia, decidido a ignorar el comentario del rubio
—Sí, de pequeño asistí a clases de piano. Fue cuando tenía...creo que tenía nueve años —dice. Ahí acostado de lado en su enorme cama y abrazando la almohada con ese tono de voz tan sereno, Naruto casi cree que su amigo es afable, indefenso.
Él está viendo su habitación a detalle. Recién al entrar se maravilló por las paredes pintadas de galaxias y estrellas. También aprovecho para molestarlo por los pósters de series como Mazinger Z y Top Gun.
Habían llegado de la escuela hace menos de media hora. Sasuke le había prestado una playera y un pantalón a Naruto porque la ropa que tenía puesta la había manchado al caerse en un charco.
—¿Y qué pasó ? —pregunta sentándose en la orilla de la cama, observando al delgado chico que sigue acostado. Nota sobre la camiseta la respiración rítmica y tranquila.
—Papá y mamá ya estaban divorciados. Me fue bien, o eso creí —Hay un rastro de dolor en su rostro y abraza con fuerza la almohada—. En fin, torpe, son cosas que ya no tiene sentido pensar en ellas
—¡No me digas así! Y yo que te estaba escuchando con atención —reprocha.
Sasuke está a punto de decir algo cuando el ruido de unas tripas gruñendo lo interrumpe. Naruto, apenado, se rasca la parte posterior de la nuca.
—¡Naruto! ¡Te dije que comieras bien en el receso! —le increpa volteandolo a ver.
—Lo hice, pero sabes muy bien que no es suficiente para calmar mi estómago —confiesa nervioso.
—Está bien. Prepararé macarrones de queso —dice al tiempo que se incorpora de la cama.
Busca en los cajones con atención, tratando de sacar en orden el contenido de éstos. Creyó que su hermano tenía el walkman; pero se equivoca, está en el fondo, escondido entre montón de ropa porque el tonto de su amigo solo aventó las prendas que no le habían quedado, sin detenerse a doblarlas.
—¿También sabes cocinar?
—Claro ¿Tú no? Tuve que aprender. Mi hermano siempre está ocupado y mamá se la pasa en el trabajo, llega muy cansada para cocinar.
Naruto no es intuitivo ni perspicaz, pero nota que su amigo tiene ganas de conversar. Es raro en el ser tan abierto.
—Eh, Sasuke.
—Hmm.
—¿Te pasa algo?
—No —contesta, guardando el walkman en su bolsillo. Naruto, avergonzado, por haber dado pie a perder las cosas de su amigo le dice
—Te ayudo.
Al final no sólo Naruto aprendió a hacer macarrones (con mucha ayuda del azabache y con regaños incluidos), sino que Sasuke pudo conversar acerca de su familia. Le dijo a Naruto que su padre había insinuado una posible mudanza para que viviera con él. La charla pronto adquirió un matiz más cómico y llevadero.
—Se me hace extraño que hoy me hayas invitado a tu casa —comenta para después beber la limonada que había dejado Mikoto al irse del trabajo. Fue una suerte que la descubrieran husgueando por el frigorífico, porque Sasuke odia cualquier otra bebida azucarada.
—Mi hermano lo sugirió. Supongo que le da pena que siempre vaya yo a la tuya. Eso me recuerda...hay algunos cassettes que te quiero mostrar.
Quería que escucharan juntos Depeche Mode y Radiohead, en su opinión eran las únicas bandas rescatables de la industria.
—¡¿Ya no te acuerdas?! No te hagas el desentendido. Me prometiste que vería revistas Playboy. Mi primo tiene unas, pero no me deja bajar al ático donde están
—¡Eres idiota! No te prometí tal cosa —espeta.
—Lo dijiste —asegura el rubio—. ¿Dónde están tus cassettes?
—No son míos, son de mi hermano —contesta levantándose de su silla para tomar los platos de Naruto y él, y dejarlos en el fregadero, haciendo una nota mental para recordar lavarlos cuando esté solo; de lo contrario su hermano se enojaría— . Tendré que ir a buscarlo en su habitación.
—Te acompaño. Tal vez tenga revistas de ese tipo —razona. Sasuke asiente, aceptando lo que sugiere.
No quiere tomar las cosas de Itachi sin permiso, mas no puede esperar a que sea la noche para pedírselas; Naruto no iba a estar mucho tiempo en la casa.
—Torpe. No creo, él no es así —increpa avanzando junto al rubio por el pasillo que los conducirá a la recámara de Itachi.
—¡Vamos! Él es hombre. Lo normal es que tenga revistas así. Tú lo dices porque no puedes pensar mal de él. Lo admiras mucho
—Hmm.
—Le haces como vaca —se burla.
—Cállate —dice antes de tomar el picaporte de la puerta y girarlo.
—Oh.
—Qué pasa.
Naruto está mirando a su alrededor. Las paredes blancas y simples dan un aspecto al cuarto más formal a diferencia del de Sasuke, pero es que también si no fuera por el baño, juraría que la habitación es de menor tamaño.
—Nada..bueno, es que es más sencilla que tu habitación.
—No, simplemente que mi hermano es mayor. Es natural que no tenga cosas infantiles.
—Bueno, tal vez —El rubio no tiene hermanos, ni mayores ni menores así que con infantil obediencia da por sentado lo que argumenta Sasuke.
—En donde crees que estén —pregunta refiriéndose a las revistas Playboy, Sasuke sólo lo mira y niega con la cabeza, decepcionado por la mente pervertida de su amigo.
—Ya sé —expresa apuntando con el dedo la cama— ¡De seguro están debajo del colchón!
—Haz lo que quieras, Naruto. Sólo te recuerdo que tienes que acomodar lo que desordenes. Mi hermano es muy especial con el orden y la limpieza —advierte, el rubio agita su mano restándole importancia.
Se dirige hacia los cajones donde sabe bien que guarda los cassettes su hermano. Distingue varias bandas tan dispares como Nirvana y Pearl Jam. Incluso observa con detenimiento una reliquia "Bee Gees".
Complacido por encontrar las que quiere se dispone a cerrar el cajón, antes de encontrarse con un objeto extraño.
Lo pone a la altura de sus ojos. Le está dando la espalda a Naruto, y éste como quiera está demasiado ocupado buscando, en vano, el porno de su hermano; Sasuke sabe que si llegara a tener material de esa índole, no sería tan tonto para dejarlo en un lugar tan predecible.
Reconoce el objeto. Lo ha visto en las chicas mayores, mirándose al espejo compulsivamente. Incluso su madre tiene ese pequeño ritual femenino, aplicándoselo en los labios antes de salir al trabajo.
«Un labial»
—Hey, ¿te vas a tardar mucho? —La voz de Naruto lo saca de sus cavilaciones y empieza a guardar todo, con especial atención a dejar los objetos cómo estaban antes.
—Tu hermano es muy aburrido. ¡No tiene nada!
—Te dije, tonto —replica.
«¿De dónde saco un labial?»
[...]
Memoria 01
«Concéntrate, concéntrate Izumi», cerró los ojos con fuerza esperando que su deseo fuera cumplido. Suspiró hondo cuando se dio cuenta que era imposible. No podía ignorar lo que sentía por mucho tiempo más. No puede recordar con exactitud cuándo empezó a sentirse así.
Probablemente fuera el día que la niña nueva le pidió un lápiz prestado, cuando se lo pasó (cuidándose para que no la viera la profesora) ya no pudo despegar los ojos de ella. Con el transcurso de las semanas fue una tarea titánica no dejar de pensar en ella.
¿Por qué se distraía viendo los caireles azabaches que sobresalían enmarcando su fino rostro?
¿Por qué el corazón le latía cuando la chica volteaba a verla y se sentía descubierta?
Lo interpretaba como una admiración hacia la pequeña. ¿Quería ser bella como era? Tal vez, pero había algo en el fondo detrás de todo ese sentimiento cálido y nuevo.
Si, así fue su primer enamoramiento. Volátil e inocente. Ojalá todos hubieran sido así.
NA:
Han pasado un par de años desde que leí por primera vez "Avienta la vaca al precipicio". Y no sé, la verdad lo leí en un libro de autoayuda que tiene más cosillas relevantes. El caso es que la he puesto y tendrá importancia más adelante. Soy buena dando consejos, pero no aplicándolos, como cierto personaje en cuestión.
NA (2):
¿Les parece bien que la gente dependa de alguien cuando su vida es una mierda? Yo creo que depende. Hay momentos en donde no podemos solos porque nos sentimos rebasados por todo aquello que nos pesa, nos lastima; pero creo que las personas sólo son un apoyo y somos nosotros los responsables de nuestro bienestar.
Cambiando de tema...
Espero que les esté gustando esta historia. Ya llevo hasta el capítulo diez escrito, y pues nada, me estoy sintiendo cómoda con el avance.
