Capítulo 3 ¿Realmente me conoces?

"¿Hasta qué punto puede alguien conocer de verdad a cualquier otra persona?"

—¿Mamá? ¿Puedo entrar?

Sasuke le había dicho apenas al toparselo en la cocina que su madre se sentía enferma. Mikoto fue a consultar y por eso había salido temprano del trabajo ayer.

«Y yo que estaba haciendo mientras eso pasó. Parece que siempre estoy en todo menos en lo importante», se reprocha.

—Pasa, pasa.

No le tiene que decir dos veces. Abre la puerta despacio, procurando no molestarla por el ruido. Tiene la tenue luz de la lámpara encendida, iluminando su bello rostro. El olor a medicina le embota las fosas nasales. Su madre parece más enferma que una simple gripe como le había asegurado a su hijo menor.

—Ayer llegué temprano. Sasuke había invitado a su amigo. Creo que se llama Naruto

—Sí, lo siento. Yo le dije que lo podía invitar cuando quisiera —se disculpa acercándose a su lado.

La mujer ha seguido la dirección de su hijo, sonriéndole a pesar de no estar en condiciones. Itachi ahora observa que tiene un paño sobre su cabeza.

—No te estoy reclamando. Al contrario, a veces me culpo un poco por no estar ahí para los dos tanto como quisiera

—No es así. Sé que lo hiciste por ti, necesitabas hacerlo. Mientras me tengas cuidaré de él

—Ese es el problema, hijo. No quiero que cargues responsabilidades que no te corresponden

—Pero yo soy el hermano mayor —Su madre busca la mano de él para acariciarla con ternura.

«Soy el hombre de esta casa»

—No creas que puedes cuidar de todos. A veces es bueno ser egoísta

—Que va a pasar —pregunta. Su madre comprendiendo muy bien a qué se refiere, deja de mimarle la mano. Itachi la vuelve a dejar al costado de su cuerpo, expectante de lo que dirá.

—Si es necesario cambiaré de empleo para estar más presente. Yo sé que tú estás ocupado, no te puedo exigir mucho

—Yo no lo veo como una obligación

—Yo sé que no, pero tampoco es justo para ti. Tal vez lo único que te pida es que hagan algo juntos. Llévalo a pescar como cuando eran pequeños o a acampar. Dile que invite a Naruto

—Está bien, madre —acepta, monocorde. Hoy no puede cumplir la petición de ella, por desgracia es miércoles y está acostumbrándose a seguir la rutina del trabajo a la universidad; es agotador y eso que su empleo no es extenuante, consiste en atender el mostrador de una papelería.

—Te pareces a él —Supone que lo dice por el tono con el cual pronunció aquellas palabras. Para nadie es un secreto que su padre es formal y serio y que, justamente, él ha heredado esa seriedad.

—Supongo que la sangre pesa más que la crianza —admite.

—Él sí te crió—enfatiza Mikoto—. Recuerda eso, Itachi

Itachi no tiene muchos recuerdos de su infancia y los que tiene no son tan tiernos. Intenta interpretar las palabras de su madre. "Recuerda eso"

—¿Por qué están mis casetes en el cajón donde guardo sólo mis revistas y por qué el colchón está mal puesto sobre la base de la cama? —le pregunta a su hermano de manera retórica.

Recién entro al cuarto de lavado, el ruido monótono de la lavadora es suficiente para crear una atmósfera más privada. Por eso cogió fuerza para increparle. Eso y que también su hermano necesita límites, una guía para que no cometiera estupideces. Hoy puede ser tomar sus pertenencias, mañana quizás robarle dinero a su madre de la cartera.

—Bien, lo admito. Entré a tu habitación para tomar tus cassettes de Depeche Mode. Se los quería enseñar a Naruto

Itachi hace su coleta al lado y se pincha el puente de la nariz, cansado

—Ya te he dicho muchas veces que tienes que pedir permiso para tomar mis cosas. No creo pedirte algo imposible

—¡Cómo querías que lo hiciera si siempre estás fuera de casa! —

«Sé comprensivo. Es un adolescente»

—Sasuke, no empieces ¿si? No estoy de humor para estar discutiendo contigo —Una cliente le había reclamado por el cambio. Estaba empezando a creer que tenía un problema con los números o quizás estaba con la mente en otro lugar

«¿En qué encajo? ¿Qué quiero ser? Hombre o mujer. Hoy me siento un hombre»

—Sasuke sólo inhala, como tranquilizando su interior

—No estoy discutiendo contigo —aclara serio—. Es verdad que tú y mamá siempre están afuera. La diferencia es que ella tan siquiera se siente culpable y no viene a darme lecciones morales

«¿Lecciones morales dices?»

—Déjame decirte algo muy claro, hermanito. Si quieres irte con papá sólo dinos. No te hagas el chico malo, no merecemos eso ni mamá ni yo ¿Entendiste?

Parece distinguir algo, una pizca de perplejidad en el rostro de Sasuke, porque luego se disculpa.

—Lo siento. Pero un día entenderás nuestra posición. Por lo pronto tienes estrictamente prohibido tomar mis cosas y, por supuesto, entrar a mi habitación

—¿Esto es..? ¿Esto es por lo del labial?

«Entonces sí lo viste »

—No sé de qué me estás hablando —dice.

Su hermano no intenta sacar el tema de conversación; en cambio sólo se va de ahí, ya había separado la ropa oscura y de color, no tenía más que hacer en ese lugar. .

Él se queda un rato para intentar no pensar en nada. Rememora la historia de la vaca y el precipicio para ocupar sus pensamientos en algo, lo que sea. Ojalá tuviera a Kisame al lado para que lo tranquilice el cigarro o a Izumi leyéndole un libro.


Ojalá fuera más fácil. Algún día tiene que empezar a ser ella. Y cuando se refiere a ella no es algo figurativo, en lo absoluto.

Todo se resume en mostrarse al mundo. «Soy más de lo que creen, pero porqué aveces me siento como la peor del mundo»

Pensaba que lo estaba haciendo bien: ser amable y bondadosa con propios y extraños, obedecer y respetar a sus padres, esforzarse en el trabajo cada día más.

Ojalá no le afectarán los comentarios hirientes. Ojalá fuera más fuerte para ignorar lo malo y seguir con su vida, andando con puñales clavados en lo más recóndito de su mente ¿Existirá gente que andará por la vida sin éstos? ¿Habrán sido tan heridos en el pasado que ahora sólo esquivan el arma como si nada?

Un sitio seguro «Necesito estar segura»

Si tuviera que contestar cuál es su sitio seguro diría sin dudas que es la biblioteca que está cerca de su preparatoria.

Todo empezó desde la mañana. Su padre se despidió de ella y pasó totalmente de su madre, argumentando que ya iba tarde al trabajo, y de ahí todo fue en picada. Primero fue quejarse del clima, del gobierno y de las estúpidas vecinas ruidosas y groseras

—A ver a qué horas empiezas a tener un trabajo de verdad

—Sí lo tengo —La contestación es casi automática

—¡Por favor! ¿Te vas a conformar con servir mesas el resto de tus días? Estoy empezando a creer que fue una pérdida de tiempo

—¿A qué te refieres? —Tan pronto como abre la boca, la cierra. Traga saliva.

Su madre voltea a verla,la mirada denota profunda aversión

«Dispara. Hazlo. Siempre lo haces cuando él te ignora»

—Tenerte. Eso fue una pérdida de tiempo. Si vas a ser una fracasada no tiene sentido todo lo que me he esforzado contigo

Izumi pudo atenuar el impacto, pudo haber contraatacado lanzando ella también un puñal. Pero no lo hizo. Su madre, contra todo pronóstico, estaba siendo honesta.

Era una fracasada por no haber estudiado como todos los demás, aunque fuera cualquier carrera. Al menos en la mente de la chica fue lo que rescata de la breve conversación.

Izumi le da la razón siempre a su padre y a su madre. Siempre escucha los consejos de uno u otro. Entre ellos no hablan de otra cosa que los planes que tienen para ella. No se ven a los ojos, no hay un breve beso en los labios cuando él llega (con los pies adoloridos o la espalda jodida por estar mucho tiempo sentado), como lo hacen los padres de Hanami.

«Mi espacio seguro»

—¡¿A dónde vas?! —pregunta cuando ve que Izumi camina con decisión hacia dónde están los abrigos guardados. Tienen un viejo mueble debajo de las escaleras que sirve como perchero.

La joven ni siquiera ha visto en las noticias el pronóstico del tiempo, puede que incluso le dé calor más tarde.

«A mi espacio seguro. Si quieres lastimar a alguien hazlo contigo misma»

—¡Izumi! —grita, exigiendo una respuesta.

La aludida se limita a abrir la puerta, sin detenerse a verla por debajo del hombro. No le va a dar explicaciones. Su madre puede ser honesta todo lo que ella desee, pero tiene un tacto del carajo para expresarse.

Lo primero que piensa ahí andando (puede tomar el colectivo pero necesita la caminata para pensar) es que no merece lidiar con la relación rota de su madre. La vida es una mierda y en su caso es todavía más asquerosa. Todavía recuerda cuando le dijo que quería estudiar Letras.

—No, niña. Estudia algo de verdad. Mira por ejemplo a Hanami, ella entrará a Leyes —

Estaba sentada en la vieja sala color vino. Con un cigarro en la mano. La presencia de éste en aquella época evocaba una sola cosa: había discutido con su padre.

Claro que hace un año para Izumi era un hábito que había adquirido de la nada. Todavía no sabía que tan mal estaban las cosas

—Sí, pero ella es diferente. Hanami tampoco quería estudiar Leyes de todos modos

—Ya veo ¿Sabes que pienso? Que nunca serás como ella. De hecho nunca serás decidida y perspicaz.

—Eso...

Su madre lejos de quedarse callada y seguir envuelta en el molesto y adictivo humo del cigarro, procedió a tomar impulso

—Aunque lo intentes nunca serás como ella. Ella es más abierta, tiene más mundo. Tú te la pasas del trabajo a la escuela

Izumi reprimió una risa. «Si tan sólo supiera que no soy tan "inocente"» Porque eso de que los callados son más inexpertos, para ella y otros tantos más, es un puto chiste mal contado. Tan malo que da gracia.

—Entonces no sé qué carrera pueda estudiar que ustedes aprueben —argumentó, haciendo uso de la lógica. Hace mucho había aprendido que con ella tenía que hablar así.

—Si estás tan indecisa tienes que hablar con tu padre. Estoy segura que te hará entrar en razón —concedió su madre antes de acercar el cigarro a su boca y aspirar el humo

Lo que pasó fue que su padre le dio la razón a Izumi, dándole permiso de tomar un año sabático para ver qué quería realmente. Tal vez por eso su madre se siente traicionada. O simplemente poco valorada.

Izumi coge aire y se prepara para una mañana en compañía de sus libros.


—Vamos Izumi. Te digo que a veces eres lenta para comer —exclama tras dejar de tomar la malteada, agitándola cuando la otra está a punto de replicar algo

En las mesas del centro comercial ven a la gente atareada. Consumiendo como si el mundo fuera acabarse de un segundo a otro. Se ríen de las historia de Hanami y sus primas. Y de las extrañas modas de la década pasada

«Antes muerta que llevar hombreras»

—Eres tu la que come muy rápido, Hanami —contraataca.

—Bueno tal vez coma rápido pero no le miento a mi madre para salir con un chico. Y lo peor es que te llamó al día siguiente de verse. Dime quien carajos hace eso

Izumi agradece internamente no haberle dicho sobre el altercado con su madre

—¡Hanami!

—Bueno, me pasé un poco. Lo admito. Lo bueno de esto es que tu madre no te dijo nada.

«Nada sobre lo de las citas, sobre lo otro..»

—Yo también me sorprendí por eso. Lo único que sé es que fue agradable hablar con él, al principio pensé que era estoico y tal vez lo sea; después de todo solo nos hemos visto una vez, pero fue lindo conocer a alguien —Hanami asiente aprobando la acción.

—Me gusta que te abras un poco. Siempre estás con la cabeza en los libros ¿Quien dijiste que organizó la cita?

«Con la cabeza en los libros ¿Acaso tiene algo de malo?»

—Konan —contesta limpiándose la boca delicadamente, por fin ha terminado su bebida.

—Konan..Konan —dice rascándose la barbilla. Izumi suspira ante la poca memoria de su amiga.

—La que te hizo el arreglo floral —Hanami la apunta con el dedo en un gesto de sorpresa al recordar a la callada Konan. —. Ahora tiene el pelo morado

—No sé, Izumi. Si fuera tan bueno no estaría soltero..

—Lo mismo aplica para mí, entonces. —

La contestación se gana a su amiga boquiabierta, no pensó antes de hablar—. Además ya te dije que es lindo

Dice recordando cuando Itachi no pagó con el dinero exacto. Aquel fue un momento torpe que le causó ternura. Han pasado tres días desde aquello y hoy Hanami le ha prometido comprarle una malteada si la acompaña a hacer sus compras sabatinas. Tiene suerte que hoy haga el turno de la tarde. Hubo quejas por parte de su amiga, pero al final terminó aceptando ir de compras en la mañana.

—Bueno, puede ser todo lo buena persona que quieras. Pero el físico, el físico, Izumi, es lo que importa.

—No me fijo mucho en eso —confiesa—. Yo me refiero a su personalidad —aclara.

—No tienes remedio. Si alguien está soltero es porque tiene un defecto, excepto tú, claro —Parece recordar algo porque chasquea los dedos—. Por cierto, ando en las nubes y no te dije. Acompáñame a hacer la última parada.

—De acuerdo. Vamos —acepta desganada con los hombros caídos. Ha sido un largo día y todavía tiene que ir a trabajar.

—Es para comprar ropa. La que tengo ya no me gusta —explica levantándose de la mesa, Izumi la imita.

—¿Ropa?

Ha pasado un tiempo desde que fueron al centro comercial a comprar ropa. Izumi ya no tenía tanto tiempo libre como le gustaría.

Hanami recuerda como si fuera ayer cuando la conoció. La transfirieron de escuela porque sus padres decidieron que un nuevo comienzo le haría bien.

Quizás ese pensamiento no estaba equivocado; sin embargo Izumi nunca terminó de adaptarse. No era tímida pero tampoco era extrovertida, ni tenía anécdotas graciosas que contar a sus nuevos compañeros que se le acercaban con interés genuino, al menos en un principio.

—Si quieres te compro algo.

—No, no necesito nada. Me compraría algo, pero no es tan urgente.

—Vamos. Acepta mi regalo

—No, de verdad que no necesito nada.


—Mira esto. Esto ahora está de moda. ¿Crees que se le vea bien a mí hermana? —pregunta sosteniendo un vestido rojo suelto de tirantes. Izumi lo observa, acariciándose la barbilla.

—Creí que la ropa era para ti —replica tratando de visualizar a la pequeña hermana de Hanami con la prenda puesta. Miwako, su hermana, es la típica niña que quiere aparentar ser madura y ordenada.

La tienda departamental "Chic" tiene una esencia a canela bastante peculiar, la música de la radio suena con las cuatro paredes al ritmo de Wannabe. Al parecer hoy la mitad de las chicas ha recibido su sueldo o mesada porque tuvieron que sortear tiendas llenas o, en su defecto, a Hanami no le convencían lo suficiente la ropa de los anaqueles.

A Izumi le desagrada el ruido y las largas filas para pagar. Es solo natural que estén ellas y una mujer de mediana edad en esa tienda con toque más excéntrico, incluso bohemio.

—Sí pero siempre pienso en comprarle algo.

—Me hubiera gustado tener una hermana o un hermano.

—Ella y yo somos tus hermanas —La respuesta logra sacar una sonrisa en la castaña.

Una mujer entra al lugar, Izumi la ve primero porque está de pie viendo hacia la entrada. Al principio no repara mucho en ella, demasiado ocupada deslizando los ganchos de las prendas para encontrar algo que le llame la atención.

La vuelve a ver de reojo y ahora sí que la mira. Es alta (intuye que los tacones le ayudan, pero casi puede jugar que sin ellos sería más alta que la media de las mujeres). Va bajando la vista hacia su cabello largo y negro, se ve bonito, brilloso. La envuelve el misterio pues bajo sus ojos viste gafas oscuras. Pero lo que de verdad mantiene a Izumi sin perder detalle de la hermosa mujer son sus manos: grandes y finas, con las uñas pulcras y semilargas.

—¡Y bien! Mira, personalmente no soy fan de los vestidos de este estilo. Sabes que lo mío son los cortos y entallados.

Izumi estaba tan concentrada viendo a la mujer que no se percató que Hanami ya se había probado el vestido. Su amiga hace señas para que se acerque y le dé su punto de vista

—Hanami —llama murmurando mientras mira de soslayo a la excéntrica dama.

—¿Qué pasa? Te gusta el vestido ¿si o no? A mí no me convence mucho el color.

—Yo conozco a esa persona.

—¿La mujer alta del vestido rojo?—pregunta, murmurando.

Izumi asiente

—¿De dónde la conoces? —Hanami nota la fijeza con la que observa a la extraña mujer.

—No lo sé.

—Ya para. La miras como si te la fueras a comer. Es incómodo.

—Es que es enigmática.

—Izumi —La apura para que conteste.

—Ah lo siento. Sí creo que se te vería bien— Hanami resopla convencida que su amiga no le está poniendo atención.

—Está bien. ¿Cuando dijiste que ibas a ver a este chico? —pregunta para intentar desviar la atención de su amiga

Izumi no necesita que le pregunté por el nombre, sabe bien a quien se refiere.

—En dos días. ¿Pero quién los cuenta?

—Tu lo haces —replica.

—No, yo estoy tranquila. Que pase lo que tenga que pasar. Tú eres la que los cuenta —admite Izumi.

—Yo sólo quiero tu felicidad. Que te cases, tengas tres hijos y un lindo perrito. Casi se me olvida que estoy hablando con Izumi la chica que quiere un romance lento ¿Que con esa manía ¡En serio! ¿Por qué eres así? Ya nadie tiene tiempo para enamorarse así. La vida es breve.

—Tal vez eso es justo lo que no quiero. ¿No has pensado que quiero ser una profesional? Que probablemente sólo quiera un hijo o ninguno —le espeta con la voz baja refiriéndose a lo de la familia. Asumiendo otra vez cosas muy personales sobre ella, criticando sus ideales.

Esa idea tienen de ella. Qué es una chica destinada para una vida convencional. Una chica común sin más ambiciones que casarse y engendrar ¿Realmente la conocen? Lo mismo hace su madre, ella es peor porque asume que ni siquiera es capaz de nada.

—Está bien. Oye ya, lo digo con honestidad, deja de verla. La miras como si te gust..

—La he visto antes, ¿si?

—Pues ahora que lo pienso sus manos son raras —afirma viéndose a los espejos que están en la entrada de los probadores . Sigue manteniendo la voz baja, pero no lo suficiente para sonar sospechosas por susurrar.

—¿Sus manos?

—Sí, son como muy grandes —se gira hasta quedar enfrente de Izumi de nuevo—. Bueno, ya dejemos de estar de curiosas. ¿Cuando dijiste que lo verías?

—En dos días.

—Habías dicho tres.

—No conté este día, perdón.

—Yo te ayudaré a arreglarte. Estoy segura que llevaste el pelo suelto en tu cita pasada.

—¡Hanami! —exclama —. Con que no me pongas laca.

La morena tiene una obsesión insana por las trenzas o las coletas altas.

—No lo haré.

—Disculpe se le cayó —Ambas voltean al escuchar la voz de la dependiente.

Ésta le está extendiendo un broche a la misteriosa mujer de abrigo rojo, quien al parecer estaba al punto de salir del local

La mujer se lo piensa por algunos segundos y, cautelosa, toma el broche.

—Gracias, jovencita —contesta una voz muy ronca. Quizás demasiada ronca para ser femenina.

La joven sonríe y vuelve a su labor de doblar la ropa desacomodada, la mujer sale de ahí con paso lento

—Izumi.

—Eh.

— Esa persona no era una mujer—susurra.

—¿De qué hablas? Claro que era mujer.

Hanami la observa con atención, preguntándose de dónde carajos su amiga podía conocer a esa persona. Finalmente le recuerda que lo que han venido a hacer ahí en primer lugar.


—Bueno, entonces.. ¿qué dices? ¿me lo llevo?

—Cállate, Naruto.

—¡Oh,vamos! ¡Sabes que te agrado! Si no fuera te habrías ido a tu casa ya —Sasuke no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la lógica de su amigo

—No me gusta estar ahí. Siempre está sola. Mamá estuvo enferma durante dos días. Por eso volvió temprano cuando te quedaste. Pero tan pronto como se recuperó la casa sigue vacía.

—Pensé que tu hermano ya no estaba trabajando —pregunta cuidadoso de la reacción del Uchiha.

—¿Bromeas? Acaba de conseguir uno tan pronto como salió del otro.

—¿En serio? ¿En dónde es? No me digas que ya está dando clases. Dile que me enseñe. Quiero mejor en el inglés

—No puede dar clases todavía, torpe —dice con molestia—. Es en una papelería. A él se le da natural el trato con el cliente. Además aunque te diera diez horas al día de clases no se te quedaría nada.

—Di lo que quieras. En el fondo bien que te agrado.

El otro sólo asiente sarcástico.

—Qué quieres hacer —pregunta, le está comenzando a brotar el aburrimiento al estar tan inactivo.

—La verdad nada— se sincera el azabache observando a las nubes con detenimiento.

Está echado sobre el pasto. Han aprovechado que el cielo está nublado para hacerlo. El que lo propuso fue Sasuke, quien estos días ha tenido una extraña fijación con quedarse y hacer tiempo antes de que termine el ocaso. Naruto está sentado tratando de descifrar qué es tan interesante del firmamento.

—Me recuerdas un poco a Shikamaru viendo las nubes como si fueran lo más interesante del mundo. Ya te estás haciendo un flojo como él —lo molesta acercándose. Hay un breve instante en que Sasuke lo observa sonrojado.

— Eh, ¡estás demasiado cerca!

—Ya, ya. Perdón, no volverá a pasar —Ha comprendido una cosa de su amigo: odia que lo toquen. Con los demás no tiene las mejillas pintadas de tono rojizo, sino que se limita a retirar las manos de ellos, tajante. Debe de ser una buena señal que con él sea diferente.

—Hm. ¿Cómo dijiste que se llamaba tu amigo? El que tiene cigarros.

—No los regala, los vende —explica el rubio—. Es Gaara

—¿Y cuánto cuestan?


Itachi ya empezaba a preocuparse por su obsesión de verse reflejado en el espejo ¿Egocentrismo? No, pese a muchos defectos que podía tener no era un narciso, mirándose sin descanso en las aguas del río fascinado por su belleza.

Le había prometido a su madre que cuidaría de Sasuke. Y sólo él sabía lo que eso implicaba entre dientes. Dejar de frecuentar a sus amigos ¿Antes hubiera pensado que era una molestia? No, nunca ha pensado tal cosa. Si acaso cuando era un niño se desesperaba por no poder jugar con él a otra cosa que verlo saltar sobre su andadera, y no duró mucho el sentimiento porque conoció a Shisui y este puso todo patas arriba.

El problema, se dice mientras se observa en el espejo de su cuarto de baño, cepillándose el cabello (porque de acuerdo, no es egocéntrico pero ama con locura su largo cabello lacio) es que el paso del tiempo lo obliga a cumplir con responsabilidades. Responsabilidades que hacen que sea difícil compaginar su vida personal con la escolar y laboral, y ahora que Sasuke le preguntó ayer por el labial que encontró en su habitación, tuvo que mentir. Y se siente culpable. Una inquietud se almacena en su pecho.

«Tal vez... Tal vez por eso no le quiero hacer el poke. No quiero tenerlo cerca para mentirle»

No es iluso. Sabe bien que mentir tiene muchas definiciones y que no decir nada y ocultar cosas, lo que es peor cosas relevantes para él mismo a su hermano, a su madre, a sus amigos es peor que negarlo cuando se enteren o sospechen.

«Nunca lo harán. Porque ni yo sé quién soy. Debo descubrir primero eso»

Deja el peine sobre el lavabo satisfecho de haber desenredado todos los nudos y respira profundamente dos, tres veces.

Quisiera ir a la playa. Recuerda que sus padres solían llevarlo cuando era pequeño, pero no lo suficiente pequeño para recordar el sonido de las olas, la tranquilidad peinando y llenando los pulmones. Él recibía contento la postal que se reflejaba ante sus ojos, la inmensidad del mar es un espectáculo fascinante.

—¡Itachi! —Al verse llamado por la voz de Mikoto, sale de la habitación para contestar.

—¡Ya voy, mamá! —grita porque de otro modo su madre no lo escucharía. Vuelve a su recámara para tomar una liga de cabello.

Cuando baja a la sala Mikoto lo espera en el recibidor.

—¿No ha llegado Sasuke? Qué raro —pregunta viendo que no dejó su mochila en ninguna parte de la sala. Itachi se sienta esperando que su madre haga la pregunta definitiva

—Por qué no vas a su habitación. Tócale, tal vez esté ahí.

—No, no está —A veces Mikoto hace alarde de lo que toda madre que pueda considerarse estricta hace, y esto es, insistir cuando ya se le ha dado una respuesta. Insistir con reticencia

—Ve a su habitación, hijo —ordena. Itachi dice entre dientes subiendo al segundo piso

"No va a estar. Siempre está abajo viendo la televisión " "O robándose mi walkman», piensa con disgusto. No le ha dicho a su madre que entró a su habitación para tomar sus cosas. Y viéndola ahora no quiere decirle.

«Además puede que Sasuke le diga...» sacude la cabeza jamás podría pensar así de Sasuke. No es desleal.

Mikoto se sienta en la sala, deja despreocupada el maletín en el suelo. Se desabrocha los primeros dos botones de la blusa

—¿Y bien? —pregunta inquieta.

—¡Aquí no está! —exclama su hijo desde el piso de arriba.

—Increíble. Justo le digo a Fugaku que es un buen muchacho y me hace esto —Itachi baja y está dispuesto a salir a buscarlo cuando la bravata de su madre se intensifica— ¡Me va a escuchar ese niño ! ¿Tienes una idea de donde pueda estar?

—Con quien más que con Naruto.

—Dónde vive ese tal Naruto! —exige su madre sacudiéndolo de los hombros, Itachi abre la boca y farfulla:

—No sé donde viva.

—¿Así quieres cuidarlo? Y qué pretendías hacer si no sabes ni dónde vive su único amigo —brama la mujer, angustiada.

Ambos voltean cuando el sonido de la puerta siendo abierta interrumpe el soliloquio de Mikoto. Sasuke se asoma con el entrecejo fruncido.

—¡¿Se puede saber dónde estabas?!— grita cuando su hijo ha cruzado un pie adentro de la casa.

—Fui a la casa de un compañero. No estaba con Naruto—explica cuando ve Itachi con ganas de rebatir. Este abre y cierra la boca y se sienta en la sala, pensativo.

—Teníamos que hacer tarea en equipo —informa. La explicación no parece ser un sedante para su madre, quien tiene las manos en la cintura. Todo en su lenguaje corporal indica molestia, está con la mandíbula tensa.

—¡Pudiste haber llamado de la casa de tu amigo! ¡No me hagas pensar que tu padre tiene razón!

—Estas mal. Llego una vez tarde a la casa y me quieres echar.

—No tiene sentido que no hayas llamado. Sabes que tu hermano hoy sale temprano de la papelería.

—No recordaba eso. Además... —Itachi estaba mirando sus zapatos, unos tenis converse rojos que se autoregaló cuando cumplió dieciocho, cuando se percata que su hermano lo está viendo, pidiéndole ayuda para calmar a la fiera.

—¡¿Además que?! —exige desesperada por el abrupto silencio del adolescente.

—Yo llamé a la casa.

—¡No digas mentiras Sasuke Uchiha!

—Eso es cierto. Yo me quedé dormido una hora antes de despertarme. De seguro sonó el teléfono y no lo escuché.

—argumenta Itachi.

—Mírame a los ojos y dime eso —pide al joven acercándose a él.

—Te lo juro. Me quedé dormido ¿por qué tendría que mentir?

—Estas mintiendo. No puede ser, ¿Qué habremos hecho mal para criar a dos hijos tan mentirosos? —pregunta con un hilo de voz. Pareciera que su ira era un globo y que ahora, reventado, no queda más que la sombra en forma de decepción.

—Mamá… —masculla Itachi.

—Necesito estar sola y tú jovencito estás castigado —señala a Sasuke aún decepcionada— Considerate afortunado —le dice a Itachi apuntando con el dedo —de que tengas empleo. A Sasuke lo dejaré sin mesada hasta próximo aviso

—Te está fallando tu instinto manipulador.

—Cállate —exclama su hermano, sonriéndole al tiempo que le avienta espuma del estropajo. Itachi sigue fregando una olla particularmente complicada de lavar, y Sasuke se limpia las gotas de mugre de su mejilla y pelo, con asco.

Mikoto los ha puesto a limpiar la cocina. «Ya es tarde. Mañana cuando regresen a la casa les estarán esperando los baños para que los laven» había advertido con un hilo de voz que puso a Sasuke con los pelos de punta. Su madre enojada es un panorama que siempre ha querido evitar.

—¿A dónde querían salir?

—Tal vez al cine o por un helado. Ahora nunca lo sabremos porque alguien pensó que sería divertido estar por ahí perdiendo el tiempo.

—Lo siento —Para nadie es un secreto que su hermano adora el helado. Cree que podría comerlo a cualquier hora del día sin restricciones.

—No lo hagas, pero eh —dice cuando el otro se da la media vuelta para retirarse —, sea lo que sea que quieras hacer no es bueno. No es un estúpido sermón. Te queremos, por eso nos preocupamos por ti

—Lo sé.

«Pero no puedo decirles lo que me pasa»


—Has tenido suerte.

—Tal vez. Pudo haber sido peor —coincide Sasuke.

Sólo hay dos teléfonos en la casa y uno está en la habitación de Itachi, entonces se tiene que conformar con marcar y hablar en la sala. Le tenía que contar a Naruto. Ni siquiera entiende muy bien esa cercanía con el rubio. ¿Cuándo fue que le permitió meterse en su vida y contar cosas tan personales? Tal vez era el efecto innegable de que ambos tenían cosas en común y, por ende, nadie lo entendería como él.

—De todas maneras ya no volveremos a hacer eso.

—¿Por qué no? Tal vez yo no tenga dinero pero tú padres sí que te dan a ti —Los padres de Naruto tenían un negocio familiar y era común que estuvieran fuera de casa. Para ellos la amistad de Sasuke era un acreciente a que Naruto obtuviera mejores calificaciones y se entretenga con alguien de su edad. Alguien tranquilo.

—No sé, no estoy seguro. Qué hay de fascinante en beber y fumar.

—Todo.

—Déjame pensarlo, ¿sí?

—Te desconozco. Siempre tienes una respuesta sin razonar mucho.

—Ya, se me ocurre una idea genial. ¿por qué no vamos a comer ramen a ese restaurante japonés? Yo te invito.

—Estoy castigado, torpe. Lo que significa que no podré salir más que de la escuela a la casa.

—¡Cierto! Mierda —se queja del otro lado de la línea.

—Ayer pasó algo más. Mamá me puso atención y mi hermano por fin habló conmigo.

—Pero no fue por cosas buenas. Lo bueno que no encontramos a Gaara porque de haberlo hecho te hubieran descubierto.

—Nos hubieran descubierto. Estamos juntos en esto —aclara Sasuke, autoritario.

—Claro —afirma rascándose la cabeza sin saber exactamente qué pensar.

La señora Kushina inspeccionaba que todo estuviera en orden, desde lo administrativo hasta cualquier altercado con clientes difíciles. Producto tal vez de su animosidad; es un polo opuesto del Uchiha, que si bien no es tímido, tampoco podía decirse que es extrovertido.

Cuando llegó aquella mañana, lo saludó a él y a Maki. Maki es similar en personalidad a la pelirroja, así que es común verlos enfrascados en una conversación antes de que llegaran los clientes. El chico de cabello rubio estaba agachado guardando el inventario.

—También amé esa película. La verdad es que todo lo que Martín Scorsese me gusta.

—¿Ha visto las películas de Stanley Kubrick? —Ella negó con la cabeza.

—Estoy seguro que las disfrutará más. Son un poco más complejas..como podría decirlo. Psicológicas. Le recomiendo que empiece por ver El resplandor.

—Es aquella del hombre que se vuelve loco y termina persiguiendo a su mujer con un hacha.

—Sí —afirma—. ¿Le gustó?

—No mucho.

—Es una lástima —El joven se apresuró a guardar el material y se puso de pie—. Vuelvo en un segundo

Cuando su compañero fue al sanitario y él ya había terminado de desempacar el material, pregunta:

—Disculpe, señora Kushina —La mujer estaba leyendo una revista de bolsillo sobre el mostrador, pero al escuchar a Itachi levanta la vista

—Para qué soy buena —dice contenta. Le sorprende que Itachi sea el primero en dirigirle la palabra, no es muy platicador. Aún así no puede quejarse por su eficiencia y amabilidad al momento de atender cualquier instrucción.

—De casualidad conoce algún lugar lindo para salir a una cita.

—Ah, sabía que algo de ahí latía —exclama alegre provocando una sonrisa tímida en él—. Claro que sí, pero antes dime cómo es la chica. Tal vez no le gusten las mismas cosas que yo considero románticas.

—Es bonita —reflexiona— Castaña. Con un lunar debajo del ojo derecho.

«Una voz maravillosa para relatar historias. Estoy seguro que es igual de talentosa para escribirlas. No la conozco mucho»

—¿Es como tú de tranquila? Tal vez prefiera un paseo sencillo. Se me ocurre un picnic.

—¿Un picnic? Es que es la segunda cita que tenemos.

—No le veo el problema ¡Servirá para que se conozcan aún más! Ya después puedes saber qué lugares prefiere sin necesidad de preguntárselo a tu jefa.

—Tiene razón. Un amigo también me dijo eso. Estaba dudoso de salir con ella otra vez.

—¿Y eso?

—No lo sé.

«Me gusta, pero no quiero abrirme. No cuando ya fui rechazado por eso»

—¡Ay, hombres! —se queja Kushina—. Nunca entendí esa lógica de miedo al compromiso.

Itachi asintió. No es miedo al compromiso, ni a enamorarse. Es que primero quiere ser honesto con los demás. Con él mismo. Pero es como mencionó Kisame, no le debe nada, sólo es una cita.

[...]

Memoria 03

—Los niños se van a quedar conmigo. Es deber de una madre cuidar de sus hijos —

Itachi escuchó esas palabras. Se había despertado por un vaso de agua y andaba en puntillas esperando no ser notado por sus padres; sin embargo, ante la voz de su madre, se detuvo en seco poco antes de pisar el escalón.

—También son mis hijos, Mikoto. Parece que lo olvidas

La mujer sólo negaba. Había querido evitar el confrontamiento el máximo tiempo posible. Pero claro, Fugaku a pesar de ser un hombre pudiente y comprensivo, había llegado a su punto álgido, no quería dar su brazo a torcer. Y es que tal vez pecó de ingenua porque aunque lo conocía desde hace años creyó que aceptaría fácil su petición

—Ellos se quedarán conmigo. Debiste haber pensado eso antes de haberme engañado —insistió la mujer, mirando una vez las fotos que estaban sobre la mesa. La evidencia irrevocable que señalaba a su esposo de adulterio.

—¡Fue hace mucho! —arrepintiéndose por haber levantado la voz, masculló—. No me hagas esto. Sabes que quiero a los muchachos más que a nadie. Fui un mal esposo,lo acepto. Te daré el divorcio sólo..sólo deja que se queden conmigo —suplicó.

—Lo siento. Eso no depende completamente de mí —sentenció.

No tenía energía ni siquiera de llorar. Esta sería la última vez que soportaba aquello. El que creyó que era el amor de su vida llegando tarde y para colmo con perfume de otra mujer. Arrugó la nariz por el tufo desagradable a esencia barata.

El hombre supo en ese instante que no había vuelta atrás. Quizás se ganó el rompimiento de su matrimonio, quizás con el paso de los años sus hijos se den cuenta de lo que ocasionó. O aún peor, lo odien por ser un infiel. Por haber fallado como esposo. Era el trabajo de su vida siendo aplastado hasta las cenizas por su propia estupidez.

—De acuerdo. Pero antes de eso déjame verlos

Mikoto no lo pensó y asintió. No era una mujer egoísta. Itachi, pegando oreja para distinguir extractos de la conversación, regresó a la habitación que compartía con Sasuke. Tenía suerte que su dulce hermano tenía el sueño pesado y que no compartían cama, sino que estaban una al lado de la otra.

Tuvo tiempo suficiente para taparse con las sábanas antes de que su padre abriera la puerta. Si él no se hubiera despertado antes, probablemente no le sorprendería ver a su padre a esa horas. Era común que tanto Mikoto como él fueran a revisarlos de tanto en tanto, y más porque Sasuke tenía escasos cinco años. Poseedor de una imaginación inquieta el niño a menudo se despertaba con pesadillas. Tal vez por eso el sueño de Itachi fuera ligero, se había acostumbrado a estar al pendiente de él.

«Itachi ya pronto cumplirá doce, ya es hora de que él tenga una habitación propia», había sugerido su madre alguna vez.

De manera inusual, su padre no abrió la puerta para verificar que los niños dormían, más bien entró con pasos lentos y silenciosos.

Se sentó sobre la cama de Sasuke y respiró profundo.

—Los quiero. Pase lo que pase nunca olviden eso —El hombre nunca olvidaría aquel escenario: sus hijos estando en quietud, tranquilos porque sabían que estaban en un hogar unido.

—Papá —habló haciendo las sábanas hacia un lado e incorporándose con delicadeza de la cama para quedar sentado.

—Itachi..¿qué haces despierto? —Fugaku recordó que su hijo mayor tenía el sueño ligero y cualquier ruido solía ponerlo en alerta. Le hizo una seña para que hablara en silencio. Itachi

volteó hacia donde estaba Sasuke, y regresó la vista hacia su padre.

—Qué pasó. Puedes explicarme. Yo estoy grande. Lo entenderé. ¿A dónde te vas? —susurró. Había escuchado mal. Quería confirmarlo. Porque no era posible que sus padres se vayan a divorciar. Era un error.

«Ellos nos quieren, ellos se quieren. «Papá engañando a mamá. No. Mamá debe estar equivocada»

Fugaku respiró profundo con la esperanza de coger fortaleza en esa bocanada de aire, tomó a su hijo de los hombros.

—Tú mismo lo has dicho. Ya estás grande —El chiquillo asintió, esperando que su padre terminara de hablar. Con la ilusión que fuera lo que dijera, calmaría esa desazón en su pecho.

—Hazme un favor. Promete que mientras yo no esté aquí serás el hombre de la casa. Vas a cuidar de Sasuke.

Al pequeño se le hizo un nudo en la garganta No podía pensar con claridad. Se tocó la garganta para suavizar, de alguna forma, sus cuerdas vocales; Fugaku pensó que era normal esa manía que había tomado ya que su voz infantil estaba cambiando.

—Pero.. —musitó ronco

—Es lo único que te pido. ¿Serás un buen hermano mayor? —

Los ojos empezaron a lagrimear. Se mordió el labio inferior provocando un leve sangrado

«Debo ser fuerte. Debo ser el hombre de la casa», recitó aquello aún con una opresión en el pecho y los ojos rojos para evitar llorar

—Sí, papá. Lo prometo

Ese día fue cuando hizo una resolución: sería el hombre de la casa, a pesar de no sentirse uno en ocasiones.

NA: Al parecer este capítulo no hubo interacción entre Itachi e Izumi. Desarrollaré a cada personaje con sus matices antes de pasar al plano romántico. Sean pacientes(?