Preparen una vez más las palomitas para leer esto. ¡Que nuevamente es un capítulo especial sobre el pasado y largo! Y no, no es un error que se pase del especial 3 al 5.
Sin más, espero que lo disfruten.
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Capítulo especial 5:
La honorable errante
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-Papá…. ¿Mamá se pondrá bien?
La pequeña esqueleto de cuatro años jaló la manga de su padre para tener su atención, mientras contemplaba cómo varios adultos compañeros de trabajo de su padre que tenían la misma vestimenta de tonos verdes a modo de uniforme, atendían a su querida y cansada madre en cama.
Un día que había pintado para ser como cualquier otro, su madre tan sólo se había recostado para descansar y no volvió a abrir sus cuencas por mucho que la llamaran por horas que se convirtieron en días. Creyó que tan sólo estaba cansada como siempre después de varias curaciones y por lo mismo no debían molestarla… pero tal parecía que su padre había pensado lo contrario si había terminado llamado a varios otros curanderos para pedir ayuda para elevarla. La magia verde que emitían en ella era un claro indicio de que su salud era el problema lo que estaba pasando. ¿Cómo alguien que se dedicaba a curar podría enfermarse? Pensaba la pequeña monstruo preocupada mientras observaba todo con atención.
Su padre se giró hacia ella y simplemente puso una mano en su cabeza acariciándola levemente pese al temblor que pudo detectar en su tacto. Su sonrisa forzada era un mal indicio para ella, mas no comentó nada al sentir que podría perjudicarlo más de lo que trataba de controlar ante ella.
-Ari, ¿puedes traernos más trapos mojados?
La pequeña simplemente asintió sintiendo que era una misión importante con la cual ayudar a su madre y salió corriendo con leves tropiezos hacia el pozo más cercano de su pequeña choza. Para sus pequeñas manos era pesado jalar de la cuerda para sostener luego la cubeta, pero nada de eso le importaba y no tenía tiempo para tales cuestionamientos, aunque para su suerte la cubeta ya estaba a lado repleta de agua. Al ver que había olvidado los trapos que mojaría se regresó a su hogar para ir por ellos, pero las voces de los curanderos hablando seriamente con su padre la mantuvieron pegada a la puerta para escuchar con mayor atención lo que decían los adultos. El tono que empleaban no era nada agradable a lo que estaba acostumbrada a que lo fueran. La Casa perteneciente a la Orden de la Magia en la que estaba se caracterizaba por el trato humilde que daban a sus pacientes después de todo, por lo que era algo malo que se mostraran de forma diferente esa vez.
-Te lo advertimos, Sans, pero ni tú ni tu esposa quisieron hacer caso… Ustedes dos fueron unos necios irresponsables. Esto iba a pasar en cualquier momento.
-Bueno, es difícil escuchar cuando se está muy ocupado ¿sabes? –Escuchó que replicaba su padre con voz cansada. –Nuestra Casa Curandera se supone que recibe a todo aquel que lo necesite, pero recientemente se han vuelto algo selectivos.
-Son medidas necesarias, señor Serif, son muchos pacientes los que han estado llegando y que no logramos contener. –Comentó uno de sus compañeros con un deje preocupado. –Salvamos a los que pueden salvarse, pero ustedes reciben esos casos que no tienen remedio o que son totalmente absurdos. Claramente eso los desgastaría más dado… sus condiciones.
-No hacía falta que nos llamaras viejos, gracias.
-Tener una hija a tan avanzada edad era un riesgo terrible, pero tampoco quisieron escucharnos sobre eso. –Escuchó que decía otro esqueleto con un tono más irritado. –La reproducción a tal altura… sólo a ustedes los locos se les ocurre.
-Lo que hagamos con nuestras vidas no son asunto de ustedes. –Nuevamente escuchó su padre molesto con sus compañeros curanderos, algo muy raro en él.
-¿Entonces cómo piensas explicarle a tu hija que su madre morirá en cualquier momento por el desgaste de haberla tenido?
La niña exclamó asustada al escuchar tal cosa, sabiendo que con ello había llamado la atención de los presentes. Aunque su miedo era grande de que fueran por ella y la regañaran por haber escuchado a hurtadillas a los mayores, quedó completamente paralizada al no saber cómo reaccionar por tal cosa. ¿Su madre… moriría por ella? ¿Era la culpable de que su salud se hubiera complicado? ¿No despertaría jamás? ¿Ni le prepararía la comida diario ni cantaría por las noches?
Abrieron la puerta casi de golpe para contemplarla parada con varias lágrimas silenciosas que salían de sus cuencas brillantes, como si de esmeraldas a la puesta del sol se tratasen. Siendo una monstruo pequeña, no comprendía lo suficiente del funcionamiento de su magia al activarse de la nada ante la menor provocación, por lo que instintivamente había detenido al primer esqueleto que estaba en la puerta que había tratado de dirigirse con ella, mientras tampoco podía mover ni un solo hueso por su propio miedo.
Otros curanderos se asomaron en el marco de la puerta extrañados y contemplaron a la niña con un deje de culpa sabiendo qué había detonado tal cosa. Su padre con pasos lentos se acercó hacia donde estaban todos para ver a su hija llorar, a lo cual él terminó soltando igualmente lágrimas silenciosas siendo cada vez más difícil mantener esa sonrisa forzada que no le gustaba para nada. Su padre aunque siempre lo notaba cansado al igual que su madre, siempre tenía una sonrisa de satisfacción por ayudar a otros por muy minúsculo que se tratase. Ver que las cosas estaban cambiando no le gustaba para nada.
-Pequeña Serif, nosotros…
-Déjennos a solas. –Interrumpió con voz ronca el esqueleto de mayor edad entre los presentes. – Necesitamos estar únicamente en familia ahora.
Los curanderos asintieron y se disculparon en voz baja al pasar a lado de ellos. Arial soltó a su preso tratando de calmarse pensando que su padre le diría qué estaba pasando realmente. No fue hasta que se fue el esqueleto con paso prisa que su padre le indicó que se metiera a su hogar, a lo cual la niña hizo caso con lentitud mientras seguía llorando sin emitir sonido alguno.
-¿Mamá morirá por mi culpa? –Soltó entre sollozos al no poder contener esa pregunta.
-¡No, no! Nada de esto es culpa tuya, mi niña. –Su padre había cerrado la puerta con urgencia y se acercó a ella acariciando su cabeza. –Estas son… cosas que pasan, Ari. Es la naturaleza hablando.
-¿Cómo?
-Cuando se tiene cierta edad… bueno… -El esqueleto mayor la miró con cierta preocupación, tal parecía que no encontraba las palabras adecuadas para explicarse. –Nada es eterno, todo tiene un ciclo que cumplir.
-¿Tú morirás también?
-Hoy no, Ari, no…
-¿Pero lo harás?
La mirada preocupada de su padre no era nada tranquilizadora para la niña.
-Algún día… sí.
-¿Me dejarán sola?
-No, no… Yo… te prometo estar el mayor tiempo para ti. –Aunque su cansancio y tristeza era cada vez más notorios, una vez más le tuvo una sonrisa cálida para ella. –Quiero verte crecer y ver la magnífica esqueleto que sé que te volverás, mi niña.
Con cierta dificultad, su padre se había agachado para abrazarla fuertemente, sintiendo así que estaba firmando su promesa con ella. Por lo que le devolvió el abrazo tratando de calmarse más con ello. Si su padre le estaba diciendo que no moriría pronto, sin lugar a dudas venía siendo verdad.
Lo que fueron los minutos más eternos para ella, se quedaron sentados en la cama en la que su madre estaba acostada sin abrir sus cuencas y sin emitir sonido alguno. Su padre sostenía la mano de su esposa fuertemente entrelazando sus dedos con los de ella, mientras que ella estaba sentada en las piernas de su madre sin que se diese cuenta de sus respectivas presencias.
Viéndola directamente parecía que sólo estaba durmiendo como cualquier noche, por lo que no dudó en acostarse en su regazo como habitualmente lo hacía tras una pesadilla para que le cantara. Con tal silencio entre ellos, entendía que era permanecer con ella hasta que sucediera lo inevitable. Pero Arial se preguntaba qué estaría pasando por el cráneo de su madre en ese estado ¿Estaría descansando bien? ¿O acaso le dolería? ¿Estaría pensando algo bueno o malo en su estado? Lo menos que podía hacer para ella en ese caso… era devolverle el gran favor que le hacía para espantarle las pesadillas.
-Tu y yo y el cielo azul… los pajaritos salen a cantar… -Cantó levemente la pequeña estando acostada en su regazo. Pudo notar que su padre la estaba mirando atentamente haciéndolo. –El solecito ya salió… y quiere verte sonreír…
-Tu y yo y el cielo azul, las estrellitas salen a jugar… –Le acompañó a cantar su padre mientras estaba llorando en el proceso. –La luna ya salió… y te arrulla… para dor… mir…
Supuso Arial que había hecho más que suficiente con eso, ya que en cuanto acabaron la canción, su madre terminó volviéndose polvo frente a ellos. Aunque no estuviera del todo segura de sí había sido su imaginación o no, le había parecido notar una leve sonrisa antes de que desvaneciera para no volver jamás.
Y así fue como Arial supo por primera vez lo que era un estado "caído"… y de que no volvería a escuchar su voz nunca más.
La muerte de su madre a tan temprana edad suya la marcó en gran medida, pero no se comparaba con su padre cuya salud y humor empeoraron con el pasar de los años. Seguía teniendo su vida de curandero de siempre, aceptando a todo tipo de enfermos sin importar en qué grado de peligro o no estuvieran, pero ante la ausencia de su amada claramente había perdido la mitad de su inspiración de realizar tales cosas, por lo que su magia de curación se vio disminuida por mucho que no quisiera aceptarlo. Y por más que otros compañeros le dijeran que parara de aceptar tales cargas o que considerara jubilarse, él no escuchaba y seguía adelante en querer salvar lo que algunos denominaban como insalvable.
Como bien se sabía en todo el reino, la Orden de la Magia contaba con muchas divisiones que estudiaban las variaciones de la magia y todo lo que conllevaba ser perteneciente a ella entre el equilibrio natural. Pero sólo una se especializaba en querer conocer tanto el lado de los monstruos como de los humanos, estudiando la salud de ambos y ayudándolos en toda posibilidad. Tristemente, los esqueletos eran considerados un mal augurio para los humanos, por lo que por mucho que brindaran su mano para ayudarles en toda posibilidad, eran muy pocos los que terminaban accediendo creyendo que la magia era la solución a todos los problemas. Pero mientras no se supiera de la naturaleza directa de la humanidad fuera de una percepción destructiva en reflejo a la suya como fuerza de creación, era muy poco lo que podían hacer por ellos que no fuera sanar cortadas o reparar huesos. La anatomía humana parecía tener la capacidad de curarse por cuenta propia bajo un lento proceso, pero en otras circunstancias era como si el cuerpo mismo buscara autodestruirse. Era algo fascinante y aterrador al mismo tiempo, por lo que muchos curanderos dedicaban su vida a salvar la de otros, cosa que poco a poco terminó cambiando al haber más muertes que vidas en cuanto a cuerpos humanos.
Fuera de toda esa regla, estaba Sans Serif, su querido padre, quien sin importar qué situación presentaran o qué ameritaba su presencia en su casa de estudios, él los recibía dispuesto a librarles del mal que padecían, aunque muchos de esos casos a lo que escuchaba Arial, eran de humanos que insistían en que tenían maldiciones que no les permitía realizar cosas sencillas a la suerte o que algo los torturaba por dentro incitándoles a querer acabar con sus vidas. Aunque tuviera pocos años, tenía el suficiente conocimiento sobre la magia para saber que las maldiciones no eran de esa forma. ¿Qué no en ellas se obtenía algo que podría ser beneficioso por mucho que fuera un mal a la larga?
Los otros niños dentro de la Casa de Curación lo llamaban "el loco Serif", como un señor enano amargado que andaba con su largo bastón a todas partes para apoyarse o golpear a quienes podía alcanzar, mientras que otros curanderos lo llamaban "el ridículo de Sans" por aceptar pacientes que de igual forma iban a morir o que no tenían ninguna enfermedad de modo paranoico. Aunque le fuera incómodo escuchar tales definiciones sobre su padre, para ella era un ser magnífico que luchaba por seguir permaneciendo de pie por la familia de solo dos integrantes que eran.
Aunque no lo expresara abiertamente por temor a que la separaran, notaba cómo su padre le costaba muchas veces realizar hasta la mínima actividad, por lo que se enfocó en aprender lo más pronto posible a ser autosuficiente para evitarle fatigas innecesarias, aunque él por su cuenta se daba labores pesadas como si aquello le hiciera sentirse realmente vivo. Otras veces se ponía a escribir sin parar en grandes libros sobre sus pacientes cuyo contenido era de muy poco interés para la niña monstruo.
Con el tiempo Arial pudo comprender con mayor precisión que sus padres la habían tenido con edades muy avanzadas y que eso era riesgoso principalmente en su especie, la cual tenían que desprenderse de una parte suya de cada uno para generar la suficiente firma mágica y tener un descendiente de ambas partes. Una vez ello, el cuerpo de un esqueleto tardaba mucho en recuperarse y acostumbrarse a la ausencia de una parte suya para estar con naturalidad nuevamente, por lo que siempre se hacía tal reproducción a una edad joven y regularmente sólo se tenía un hijo para evitar sentir tal complicación nuevamente. Después de todo, los esqueletos eran una especie más apegada al plano mágico que al físico.
-No hay edad para conocer el amor, Ari. Y a tu madre la conocí a mis cuarenta y cinco años recién cumplidos. –Le explicó el viejo curandero una vez que se atrevió a preguntarle mientras cortaba con cuidado algunas hierbas para luego colocarlas en frascos etiquetados. –Tardamos tiempo en ser pareja y finalmente volvernos familia.
-Pero… ¿sabía mamá de los riesgos? –Preguntó Arial mientras le ayudaba a anotar en las etiquetas las respectivas hierbas que se introducían. Siendo una niña, era su forma de aprender lo esencial de lo que sería su futura profesión memorizándose cuales plantas eran buenas para tales cosas. –Aprendí esta mañana con el maestro que la reproducción en un esqueleto joven quita al menos cinco años de salud. Si ustedes me tuvieron muy grandes…
-Que maestro tan anticuado tienes. Eso ya quedó desmentido hace muchos años. –Gruñó el esqueleto dejando suspendido el cuchillo para mirarla directamente. –Genera complicaciones, sí, pero no quita nada de salud siempre y cuando se tenga un buen cuidado en el proceso de recuperación. El encargado de la Casa Escribana tiene trece hijos y está en perfecto estado tanto él como su mujer... aunque uno de sus hijos salió dingbat, pero esa es otra historia. Los miedos y rumores que están esparciendo sobre la reproducción harán un día de estos que nuestra especie se extinga absurdamente. Y peor aún, quemarán nuestra Casa por difamar tales cosas.
-¿Pero entonces cómo fue que mamá se debilitó tanto en tan poco tiempo?
-Eso fue… por otras razones.
-¿Y me las puedes decir ahora?
-Eres muy joven todavía para comprender con exactitud cómo es que funciona la magia, Ari. –Suspiró apartando la mirada de ella y continuó cortando con suavidad unas raíces. –Aunque a muchos no les parezca, pertenecemos a la rama de la magia más humilde y es nuestro deber que prevalezca tal pureza en nuestros integrantes… por mucho que estén cambiando las cosas. Nuestro slogan debería ser modificado al igual que sus tontas medidas nuevas.
Arial reprochó desde su sitio mientras continuaba con las etiquetas con su torpe caligrafía. Tenía demasiadas preguntas y su padre siempre se negaba al considerarla muy joven para tales cosas ¿Cómo iba a aprender a ser curandera si siempre le negaban el conocimiento? ¿Qué no "saber las cosas" era lo que tenía que hacer un esqueleto para el reino?
-Entonces… ¿puedes decirme porqué decidieron tenerme? –Aventuró no queriendo darse por vencida.
-¿Por qué tener únicamente felicidad entre nosotros cuando podíamos sumar a alguien más en nuestra vida? –Nuevamente se giró su padre hacia ella, pero esa vez sonriéndole de verdad y mostrando su mano con la ausencia de su dedo anular para aclararle su punto. –Amamos el lograr que existieras, Ari. Nunca cuestiones eso.
-No cuestiono, solo… me es extraño que decidiera ser mamá aun cuando eso significara morir en poco tiempo.
Se atrevió a decirlo en voz alta tras haber tenido ese pensamiento rondándole en los años transcurridos. Por supuesto que estaba agradecida de haber nacido y tener la vida que le había tocado, pero aun así le causaba cierto malestar pensar que ella podía disfrutar de muchas cosas mientras su madre ya no.
Se giró hacia su padre esperando una respuesta de su parte, pero en su lugar se topó con una expresión muy fúnebre de su parte, como si hubiera dicho algo realmente malo.
-No tengas el mal del curandero, Ari.
-¿Qué es el mal del curandero? –Preguntó extrañada de ese término.
-Todo aquel se dedica a esta profesión… se aferra a que los pacientes deben vivir porque es el resultado de hacer algo bueno, por eso muchos son tercos en no querer aceptar los casos que parecieran o en verdad no tienen una solución. –Comentó su padre empleando una expresión de lo más seria, determinando de ese modo que era muy importante lo que le estaba tratando de dar a entender. –Prefieren mostrar que pueden sanar y mantener vivo a alguien en vez de arriesgarse y darle una oportunidad a aquellos que también merecen ser atendidos.
-¿Pero… y si no puedes salvarlos?
-¿Y por eso no deben tener la oportunidad? –Le cuestionó con seriedad. – Si es inevitable la muerte… al menos deberíamos poder decidir cómo queremos morir.
-¿Cómo, papá?
-Creo que tú ya tienes la respuesta a eso, mi niña.
Arial no tardó mucho en comprender a lo que se refería su padre poniendo como referencia a su única experiencia en el tema. Había dejado ir a su madre en paz en vez de aferrarse a que se mantuviera con vida en algo que era de cualquier modo imposible. Por lo que entendía que había veces que si no se podía hacer nada al respecto, un pequeño acto como una canción de cuna hacía la diferencia.
Lamentablemente para ella, el maestro encargado de instruir a los futuros curanderos no pensaba lo mismo una vez que lo cuestionó en una de sus clases al aire libre. Desconocía como eran los otros centros de investigación dentro de la Orden de la Magia, pero en el que ella vivía era bastante cálido repleto de chozas donde cada curandero atendía a sus respectivos pacientes y vivían, por lo que para el entrenamiento de los niños lo hacían al aire libre al no contar con mucho espacio. Pero el cálido viento y el olor de las flores era lo que más le gustaba a Arial de las clases.
-Si la intención es curar a un humano, es mantenerlo vivo. –Repitió por tercera vez el maestro. –Pero si se trata de una enfermedad mortal ya no hay nada que se pueda hacer. Su cuerpo se destruye por sí mismo por naturaleza.
-Pero el que los dejemos morir porque los consideramos casos imposibles ¿no hace que lo del mal augurio tenga sentido? –Insistió Arial aun con el brazo levantado para pedir el habla.
-Tenías que ser hija de Sans… –Comentó por lo bajo el esqueleto mientras masajeaba sus sienes con semblante irritado. –No es culpa nuestra si mueren por enfermedades peligrosas, nuestra labor es ayudar a los que pueden salvarse.
-¿Pero y si existe la cura y no la conocemos aun?
-Si no la conocemos entonces no hay tal cura, Arial. –Cuestionó el maestro cada vez más molesto. Al menos contaba con demasiada atención del resto del alumnado esa mañana. –Hemos dedicado generaciones para transmitir el conocimiento que tenemos ahora. Y si los humanos no saben sobre sus enfermedades es porque no tienen cura o porque no hay una enfermedad como tal.
-Pero…
-¡Pero nada! Continuemos con la clase.
La pequeña esqueleto bajó la mano y se dedicó a mirar al maestro retomando la clase sobre el cuidado de algunos huesos, pero poco a poco se tornó muy aburrido lo que estaba diciendo que prefirió hacer caso al hermoso día que tenían presente y que desperdiciaban estando sentados escuchando y sin hacer nada. El árbol que les daba sombra tenía un panal en una de sus ramas, a lo que Arial se dedicó a ver como parecía que trabajaban en conjunto de forma maravillosa.
No supo cuánto tiempo se quedó mirando el panal, pero tras un tiempo vio como una abeja se tambaleaba en su volar hasta que terminó aterrizando en su mano. Arial sonrió a la pequeña abeja agradeciendo que le tuviera la confianza de estar con ella y activó sus ojos esmeraldas para ver cuál era el problema que tenía tan atolondrada al insecto, al cual pudo ver su pequeña alma como si de una partícula de polen se tratara.
-Hola, hola, abejita. –Le sonrió con dulzura.
Era maravillosa, aun con ese cuerpo y esas alas diminutas podía volar… no se cuestionaba si podía o no, sólo actuaba. ¿Si ella se lo propusiera podría volar como esa pequeña abeja?
-Arial, ¿escuchaste lo que dije?
La mencionada desactivó sus ojos sorprendida de que le llamaran, a lo cual se sintió un poco incómoda con tanta atención de todos los presentes. Uno que otro niño se estaba riendo por lo bajo mientras el maestro la observaba con semblante molesto.
-Ahhh… no, pero tengo un nuevo amigo. –Levantó sonriente su mano para mostrar al insecto. El esqueleto maestro se pegó todo el rostro con su mano mientras otros niños se reían. –Tiene sed ¿puedo llevarlo a que tome agua?
-¿Cómo sabes que puede tener sed? –El esqueleto alto se quitó levemente la mano para ver de reojo a su alumna de aspecto inocente.
-Lo vi.
Tras unos minutos de lo más extraños para la pequeña aprendiz de curandera, la clase había terminado por orden del maestro y fue llevada casi a rastras a su choza donde su padre había estado hirviendo algunas hierbas con sumo cuidado. Sin darle importancia al asunto, Arial se fue directo a donde tenían agua y con una cuchara de madera se dispuso a hidratar al pequeño insecto que se había quedado en su mano. No pudo evitar sonreír de ver que se estaba poniendo mejor, pero a su vez le llamó la atención la amena plática que estaban teniendo los dos adultos a lado de ella.
-Tu hija tiene un… peculiar don que no se había visto en mucho tiempo por aquí. –Escuchó que decía su maestro con seriedad. –Aun no les he enseñado a cómo detectar malestares en monstruos y ella pudo diagnosticar con su magia el de un insecto a la primera. Eso es un nivel muy avanzado para su edad.
-Lucida antes de hacer su cambio en esta casa, fue de la Casa Canalizadora. –Aclaró su padre con calma, aunque tenía cierto semblante de molestia por haberle interrumpido lo que había estado haciendo minutos antes. –Supongo que lo heredó de ella el poder ver cosas más allá de lo que se ve a simple vista.
-Sé que en este lugar no te hemos tratado bien recientemente, Sans… pero me gustaría solicitar poner a prueba la habilidad de tu hija en algo mucho más grande. –Señaló el maestro con una pizca de duda en su voz.
-Creí que la prueba de alineación mágica se les otorga únicamente a la "elite" joven, no a hijos de simples pueblerinos.
Cuestionó extrañado ahora su padre como si hubiera captado algo peligroso dentro de dicha petición. Arial no entendía nada de lo que estaban hablando y se puso a ayudar meneando un poco las hierbas hervidas en lo que su amigo insecto parecía estar mejor y se iba volando por su cuenta por la ventana. Su padre cada vez más se portaba amargado, pero le parecía que en tal insinuación de su maestro encargado había algo que ameritaba su repentino enojo.
-Se puede hacer una excepción por ocasiones como esta si nuestros superiores tratan el caso. Si tu hija tiene lo que creo, podría ser la primera curandera representante dentro de la Casa de estudios más importante dentro de la Orden: la Casa Alquimista.
-Solo un título más para alimentar el ego de otros. –Atajó su padre manteniendo su postura seria.
-El problema en esto… es que Arial es bastante distraída. –Continuó hablando el maestro como si la pequeña esqueleto no estuviera ahí pese a estar bastante cerca escuchando todo y meneando la cazuela. – Tiene talento, pero no pareciera prestar atención a lo que será importante en sus estudios y para la curación eso podría ser hasta peligroso. Con la educación adecuada…
-No.
Su padre se levantó con ayuda de su bastón pese a no hacer mucha diferencia de altura a comparación de su maestro que portaba la misma túnica de tonos verdosos. Arial detectó que nada bueno podría venir de eso y dejó la cuchara de madera a un lado de la cazuela para acercarse a los dos adultos que cada vez más estaban tensos. ¿Debería preocuparse por lo malo que sería para sus huesos tal estado?
-A partir de ahora yo me encargaré de instruir a mi propia hija en su profesión, muchas gracias.
-Pero…
Empujándolo con fuerza con su bastón, llevó al esqueleto alto hacia la salida para cerrarle la puerta con fuerza. Pero de inmediato se asomó por la ventana siguiente con semblante enojado por haberlo corrido de forma tan indigna.
-¡Estás arruinándole el futuro a tu hija, Sans!
-Ustedes que saben de futuro si siguen viviendo en el pasado. –Contestó antes de cerrarle la cortina con rudeza.
Después de tal suceso Arial se dedicó a estar con su padre todo el tiempo aprendiendo cada cosa. Y si bien estaba contenta por poder estar más con él, lo cierto era que extrañaba convivir con otros seres de su edad aunque no la trataran bien ni el poder salir con frecuencia para aprender en terreno preciso sobre ciertas plantas. Aunque no descartaba el hecho de que a diferencia de los otros niños que estaban únicamente en el estudio teórico, su padre la tenía como asistente con sus pacientes, por lo que había más práctica de por medio que le resultó de lo más fascinante. ¡Los humanos tenían sangre como los animales! ¿Serían una especie desarrollada de ellos?
La mayoría de los pacientes que se recibían en su choza eran humanos cuya insistencia de que querían ser curados con magia era hasta cierto grado grosero, pero Arial podía entender la frustración y poco conocimiento que tenían sobre algo que no era su naturaleza. Era maravillosa la resistencia de los cuerpos humanos y la facilidad que estos brindaban para cerrar heridas, pero tal parecía que ellos no pensaban lo mismo al sentir dolor de por medio. ¿Sería más intenso el dolor en ellos a diferencia de un monstruo? Y si era así ¿por qué retenían tal dolor por tanto tiempo?
-¿Una niña me va a atender? –Cuestionó un mercader de aspecto moreno sentado en la cama asignada.
-Tranquilo señor humano, prometo que no le dolerá. –Contestó la niña contenta de tener la oportunidad de hacerlo. –Ya sé acomodar piernas.
-Pero no… ¡ahhh!
Aunque fuera muy entusiasta en cuanto a las actividades que le ponía su padre como asistente, muchas veces terminaba siendo regañada con bastonazos en su pequeño cráneo al realizar cosas que no iban al cabo en cuanto a las necesidades de sus pacientes. Arial no comprendía porqué era regañada si le era evidente que había problemas también en otras cosas que no señalaban los pacientes y que era mejor arreglar al mismo tiempo, pero al final terminaba aceptando lo que le decían y se limitaba a aprender lo más que pudiera de su padre. Después de todo, él era el experto.
Pero para lamento de ella, los otros integrantes de la Casa de Curación no lo veían igual. Un día en el que estaban desayunando llegó su anterior maestro junto con otros curanderos importantes y le avisaron a su padre que por el incumplimiento de normas curativas le retirarían su licencia como curandero y todos los beneficios que con ello tenía a menos de que aceptara el retiro dada su avanzada edad. Tal y como había previsto la pequeña, su padre se había negado rotundamente tras exclamar varias malas palabras de por medio que no pensaría nombrar jamás, por lo que en ese instante estaban abandonados por parte de su casa al tener que conseguir los pacientes por cuenta propia y que le pagaran directamente a él para subsistir en eso.
Arial no tenía idea de porqué los otros compañeros habían hecho tal cosa si era más que evidente que lo que lo mantenía vivo era su pasión por su trabajo, por lo que por primera vez sintió un mal pensamiento al lastimar a su padre de tal forma. Por su edad era complicado que consiguiera clientes por cuenta propia y ella hacía lo posible por lograrlo, pero tanto la reputación que tenía su padre que lo denominaban por loco, así como que nadie le quisiera hacer caso por ser sólo una niña, terminaron en una crisis que llevó a un estado fatídico a su viejo padre en cama sin querer levantarse. La sensación de que se quedara dormido para no despertar jamás a como lo había hecho su madre era algo que la carcomía en muchos sentidos.
Tenía hambre… pero era más importante que su padre comiera. No lo perdería también a él. Tenía que salvarlo.
La necesidad de buscar gente enferma para traerlos a su choza la motivó a salir de su zona y recorrer más partes del reino que desconocía. Pero al no lograr su objetivo, por la desesperación de que su padre y ella comieran para seguir adelante, la motivó a realizar cosas que descartó darle un factor moral si con ello lograba que los dos siguieran adelante.
-¡HEY! ¡Esa niña se roba el pan!
-¡Atrapen a esa esqueleto! ¡Se está robando mis manzanas!
-¡Noooo! ¡Mis coles!
Aunque susurraba un "lo siento" cada vez que terminaba hurtando cosas que no le pertenecía, el hambre y la necesidad de salvar a su padre eran más grandes que una culpa de por medio. Así que aprendió a correr más rápido que otros para jamás ser atrapada, ya que eso significaba que su padre se quedaría solo y que moriría de hambre y soledad. Pero cuando sentía que estaba cerca de ser atrapada, había aprendido la magia esencial de ser un esqueleto y de surgir varios huesos de cualquier superficie para hacerlos frenar. Otras veces se limitaba a usar su magia verde para detenernos y tener mayor ventaja. Fuera como quisiera verlo, estaba utilizando su conocimiento para hacer fechorías y eso no estaba bien. Pero si con ello su padre comía, no pensaba darle tanta importancia.
La depresión del viejo esqueleto era tan grande que ni le preguntaba de dónde sacaba la comida. Apenas y se limitaba a comer lo que su hija le daba desde la cama y se quedaba sentado escribiendo una que otra cosa que tenía en mente, por lo que Arial también comenzaba a buscar plumas en cada oportunidad al acabársele con bastante frecuencia. Fuera lo que fuera lo que estuviera escribiendo su padre, tal parecía que lo mantenía cuerdo al igual que hablar con ella sobre cómo había estado el día (omitiendo el dónde conseguía los alimentos). Por lo que un día le causó curiosidad qué era lo que tenía a su padre tan concentrado en escribir tantos libros.
-¿"El temperamento humano como factor de sus enfermedades"? –Leyó uno de sus títulos mientras estaba sentada en la cama con él, asegurándose de que comiera todo lo que le había preparado. –Creí que sólo los monstruos se enfermaban por las emociones.
-También yo lo creía, pero el haber tenido tantos pacientes humanos con problemas emocionales me llevó a investigar más a fondo esto. –Le contestó sin apartar la vista de su escritura y le dio una mordida a su pan antes de seguir hablando. –La magia en un monstruo es la respuesta a una emoción, pero en un humano… pareciera tener efectos interesantes en su cuerpo.
-¿No sólo destructivos?
-La destrucción forma parte de su esencia, de eso no me cabe duda, aunque… hay un temperamento que me llama la atención en todos los que llegué a tratar. Los de carácter colérico. –Señaló tras dejar de escribir y enfocarse en ver a su hija con atención. –Son los que menos me tocaron por atender, pero lo interesante no era que fuera extraño que terminaran aquí, sino el hecho de que su sanación era más sorprendente que en otros humanos. Es… autosuficiente hasta con su cuerpo y entorno. Manipulador hasta el grado de enfermar o motivar a otros…
No entendiendo nada de lo que le explicaba su padre, Arial se perdió en sus pensamientos sobre lo que prepararía de comer para otros días. Sabiendo que la comida se estaba acabando de nuevo y complicándole cada vez más intentarlo en las aldeas de alrededor, se motivó en hacerlo más allá de lo que tenía cerca. El castillo sin lugar a dudas tendría una gran cantidad de comida que le haría no tener que realizar la fechoría en mucho tiempo hasta que volviera a necesitarse. Así que tomando una capucha malhecha con un saco de patatas viejo, se ocultó en una carreta y dirigirse hacia el castillo, a lo cual se dispuso a realizarlo de noche para que su padre no notara su larga ausencia en lo que buscaba más comida.
Llegando a su destino, quedó sorprendida de ver lo majestuoso que era el castillo tan de cerca. Y aún más los monstruos que recorrían la zona con prendas lujosas y con semblantes sanos. ¡Era tan grande y hermoso! ¿Cuántos podrían vivir en tan gran estructura? En su choza apenas y cabían ella y su padre.
-Sí, varios de la Orden de la Magia estarán en el castillo esta tarde. Ahora tenemos bastante comida por preparar y apenas y nos entregaron la carne. –Reprochaba uno de los monstruos mientras cargaba un gran saco.
-Lo sé, detesto cuando quieren todo prisa sin avisar. –Contestó otro que le acompañaba.
Detectando que el gran saco que estaban cargando era una gran dotación de comida, Arial se dispuso a seguirlos con cuidado hasta que se detuvieron en una herrería donde dejaron el saco a un lado para pedir algo en la entrada de la puerta como recibidor. No sabiendo si podría tener otra oportunidad como esa, tomó el saco y salió corriendo como pudo antes de que la detectaran, pero para su mala suerte era bastante pesado lo que estaba cargando, haciéndole más complicado el correr con gran velocidad a la que había contemplado.
-¡Alto! ¡Ladrón!
-¡Se roba la carne!
Tenía casi encima a varios monstruos que le estaban persiguiendo tras el llamado de auxilio, pero aun así lograba esquivar todo con destreza y se empeñaba en encontrar una salida en el laberinto extraño que ahora estaba recorriendo. En poco tiempo se dio cuenta de que su error había sido no haber conocido el lugar primero para planificar una rápida salida, por lo que se limitaba en ser más rápida de lo que le permitían sus pies o de lo contrario estaría en serios problemas.
Pero al distraerse con toda la maravilla que mostraba el lugar rico en bienes, así como el estar pensando en una posible salida, no se fijó con tiempo en que tenía la pata de una carreta detenida en el camino y terminó tropezándose con ella haciéndole soltar el saco con la carne en el proceso. Pero al ver que el contenido eran calabazas pesadas y que ahora estaban por caer encima de ella, no tuvo ni tiempo de poder levantarse ante el miedo y dolor que le generaba su error. ¿Moriría aplastada o la atraparían? Fuera lo que fuera, era muy malo.
-¡Cuidado!
De la nada, un martillo metálico pequeño había golpeado con tanta fuerza la carreta que la desvió a otro lado para que su contenido no callera encima de ella. Extrañada de aquello, se giró para ver a un niño kappa contemplando la escena algo estupefacto por lo que había pasado. ¿Había sido él quien la había salvado? ¿Cómo había arrojado tal cosa con tanta precisión?
-¡Aquí estás! –Por haber estado viendo a la tortuga, nuevamente se distrajo y olvidó por completo que había estado en una persecución en la que ahora la estaban sujetando del brazo con mucha fuerza. – ¡Pagarás por esa insolencia, mocoso!
-¡Déjenme! –Exclamó con cierta desesperación y susto.
Sintiendo que le estaban quitando la capucha, como reflejo invocó una pared de huesos y aprovechó la separación para lanzarse a correr lo más que pudiera dado el dolor de su tropiezo con la carreta. Al estar mal acomodada su intento de capucha dado que se la habían tratado de quitar, ésta terminó resbalándose dejando al descubierto su rostro, pero no le dio importancia al considerar que necesitaba salir de esa zona cuanto antes ahora que todos estaban más alertas ante otro posible robo.
Al encontrar por fin la salida, quedó maravillada al ver que estaban llegando unas carretas cuyo logo en las puertas pudo reconocer que provenían de la Orden de la Magia, por lo que no vio de nuevo en dónde estaba pisando y se tropezó al grado de estar girando en una colina que la llevó a chocar en un corral repleto de gallinas que ahora trataban de picotearla por su presencia tan escandalosa.
-¡Au! ¡Lo siento, lo siento! –Se cubría como podía y se levantó de inmediato al no querer llamar la atención del dueño de aquellas gallinas ahora.
Había tardado más lo que había contemplado llegar a su casa, por lo que había sido más que evidente de que su padre le estuviera esperando en la puerta completamente preocupado en cuanto había ingresado con tan terrible estado físico. Al menos lo veía de pie y con un semblante distinto, se decía como motivación. Pero ahora también comprendía porqué otros niños le temían cuando lo veían con ese semblante gruñón sosteniendo su largo bastón.
-¡Arial Serif! ¿Dónde estabas? ¿Qué son esas ropas… y esas heridas… y ese pollo? –Decía su padre mientras la sacudía de toda la tierra que tenía consigo.
-¿P-pollo?
Sin haberse dado cuenta dada la prisa que había tenido por llegar, un pollito se había quedado atorado en la capucha y ahora estaba piando constantemente tras haber sido encontrado. Quitándoselo para retirarle el saco de patatas sucio, su padre la sentó en la cama y le curó sus heridas sin decir nada al respecto, pero no dudaba de que estuviera enojado tras múltiples ideas que se estuviera haciendo en su cráneo. Arial tan sólo lamentaba no haber logrado conseguir comida para la semana mientras permanecía en silencio siendo curada.
No pudiendo contenerse más, entró en llanto en cuanto su padre le preguntó qué había pasado y le había estado contando todo sin interrupción. Una vez que el esqueleto viejo se había agachado para limpiarle las lágrimas, la golpeó con su bastón levemente en el cráneo para que dejara de llorar realmente, aunque eso le había generado la intención contraria y ahora tenía lágrimas en las cuencas y un dolor en el cráneo en conjunto.
-Yo fui quien te orilló a esto… no eres culpable Ari, aunque no te eduqué para eso. –Apartó el bastón para apoyarse en él y levantarse de nueva cuenta.
-L-lo se… -Hipó mientras se sobaba la cabeza con cuidado.
-Entonces deja de llorar y no vuelvas a tomar lo que no es tuyo. –Tras mucho tiempo que no lo hacía, el esqueleto le sonrió de verdad, animándola en verdad con eso de que dejara de llorar. –Yo soy quien debe hacerse cargo aquí.
-Pero papá…
-¿Crees que soy muy viejo para seguir, acaso? –Le cuestionó con un tono amargo a modo de reproche, pero el que su sonrisa aún no se fuera indicaba lo contrario. –Ya quisieran toda la bola de inútiles de la Orden verme caer… Andando, hay mucho que hacer ahora.
Conforme pasaron los días, con cierta alegría notó que la salud de su padre mejoraba ahora que de nuevo tenía un motivo para seguir adelante. Si era por ella o por seguir haciendo algo de su profesión, realmente no le importaba cuál venía siendo si con ello tenía a su padre de vuelta. Con su ayuda crearon varias medicinas que ponían en frascos y Arial se encaminaba todas las mañanas a venderlas en las aldeas de los alrededores mientras su padre se ponía a hacer más con mucho cuidado y esmero. Fue así como descubrió que existía mucha gente que no tenía oportunidad de llegar a la Casa de Curación principal o algunas pequeñas cercanas para ser atendidos, por lo que era alivio para muchos que estuviera presente tanto para comprar sus medicamentos o como para requerir de su servicio personal. La cantidad de monstruos y humanos enfermos era sorprendente. ¿Cómo era que la Orden no sabía de eso? ¿Por qué no se veía un modo de llevarlos a la brevedad? ¿O por qué no los curanderos cercanos se acercaban a ver si se requerían de atenciones?
Ante el sentimiento que le daba encontrar a tantos enfermos o heridos en el camino, poco a poco se dispuso a ir más lejos para calcular hasta dónde existía el problema y tratar de erradicarlo. Pero muy a su pesar, en todos lados siempre había enfermos o heridos de riñas que no le explicaban y no tenían siquiera dinero para pagar por ello. Era… muy triste saber eso. Por lo que había veces que brindaba su atención de curación gratuita a quienes sabía que no tenían el recurso de pagarle monetariamente, pero al menos le daban algo a cambio como plumas o papel para llevarle a su padre que siempre se le acababan.
-Quítate, Desayuno. –Gruñó su padre mientras empujaba al pollo que trataba de llamar su atención poniéndose entre las hojas que estaba escribiendo y piando constantemente. –Eres un estorbo.
-¿Enserio la llamaste Desayuno? –Preguntó Arial un tanto alarmada mientras dejaba la mercancía obtenida en la mesa, aunque algo curiosa de que al final el pollo que se había quedado en su intento de capucha se había terminado quedando con ellos. –Ese es un nombre muy cruel, papá.
-Algún día se convertirá en ello. –Tras tanto empuje, el pollo terminó subiéndose al curandero y acomodándose en la cima de su cráneo. Dándole igual eso, su padre siguió concentrado escribiendo. –Daba igual si le pusiéramos otro nombre.
-Papá… –Suspiró la esqueleto con algo de gracia, pero luego reparó en algo. –Espera ¿si piensas comértela? ¡Eso es matarla!
-¿De dónde crees que sale toda la carne para comer, mi niña? –Argumentó sin darle importancia, pero en cuanto notó los ojos esmeraldas lagrimeados de su hija al entender la situación, rápidamente alzó los brazos pidiendo que se calmara. –D-de acuerdo, de acuerdo, no se comerá. No llores.
Después de tan terrorífico descubrimiento, Arial se volvió vegetariana. ¿Cómo podían vivir todos los seres cuyo componente físico era carne, sabiendo que podían ser matados para ser comidos? ¡Eso era muy cruel!
Mientras se acostumbraba a su nuevo hábito alimenticio sin problema, Arial se esmeraba en que la medicina que creaba su padre para diferentes cosas se vendiera con éxito, pero no siempre lo lograba. Además, cada vez que salía de su choza para salir por la entrada principal de su Casa perteneciente a la Orden, una que otra vez la rodeaban varios curanderos incitándola a que retomara sus estudios con ellos para tener un mejor futuro tanto ella como su padre. Sabiendo que la negativa de su padre hacia ellos era la razón del porqué habían terminado en una situación crítica por un tiempo, ella simplemente se negaba amablemente por su ofrecimiento y continuaba su camino. No era de su interés dominar la magia ni estudiarla, se limitaba a poder curar y salvar a otros. Si con ello lograba que otros pudieran tener más días para disfrutar de la vida, le era más que suficiente.
Atreviéndose nuevamente a recorrer distancias más largas con la carreta que había conseguido que le prestaran a cambio de servicio médico, se dispuso a tener mejor suerte en los terrenos cercanos al castillo y vender los frascos etiquetados que tenía consigo. Se perdía muchas veces al quedar maravillada con algunos mercaderes humanos que se encontraba en el camino e intercambiaban historias en fogatas o materiales que cada uno exportaba, pero al final terminaba retomando el camino y entró con gusto ahora que llegaba a esa zona con una perspectiva diferente de ella.
Recordando esa única vez que había estado ahí y el resultado fatídico que había tenido, con curiosidad se encaminó a estar cerca de la herrería que había recorrido y donde había estado el niño tortuga que le había salvado de algún modo. Para sorpresa suya, terminó encontrando al mismo kappa ahora crecido estando entrenando con algunas armas que para su simple vista se notaban pesadas a lo extremo. Pero tal parecía que no era inconveniente para él si podía levantarlas sin problema alguno ¡Era asombroso!
Escondida entre cajas para no llamar su atención e interrumpirle su arduo entrenamiento, Arial terminó observando cada movimiento que hacía con destreza repetidas veces hasta que él mismo se sentía cómodo con su movimiento y estuviera convencido con su táctica. No sabía que un kappa pudiera tener tal fuerza, pero vaya que el que tenía a la vista si lo era. En cuanto vio que hacía levitar varias armas que había estado manejando y ahora teniéndolas en su entorno de forma protectora consigo mismo y moviéndolos amenazadoramente sin necesidad de portadores, sintió que sus ojos se estaban iluminando por la emoción de tal forma de ser fuera de lo que se suponía que venía siendo uno de su especie.
Los kappas eran los agricultores del reino… eran monstruos elementales de agua… pero ese chico estaba haciendo cosas fuera de lo que lo tenían asignado… ¡Y era muy bueno! Un joven kappa como herrero y guerrero en vez de lo que se suponía que tenía de asignación por especie. Ahora no le sorprendía el que le haya salvado con aquella herramienta de cocina. ¡Él era impresionante!
-¡Y luego él hizo esto! –Movió la cuchara con la que había estado comiendo como si fuera una espada, derramando un poco del contenido de su avena en la mesa a regañadientes de su padre. – ¡Y luego esto! ¡Era increíble, papá! ¡Lo hubieras visto!
-Si, ya veo. –Contestó su padre con un tono opuesto a la emoción y limpiando con un trapo lo que Desayuno no alcanzaba a comer de lo derramado. –Divertido…
-Él fue quien me salvó ese día… ¡y es todo un guerrero! –Continuó sin reparar en el disgusto de su padre, moviendo la cuchara con demasiada emoción y ahora el pollo comiendo de su plato abandonado. –No sabía que los monstruos podían ser otra cosa fuera de lo que se le asigna por especie.
-Es porque no se puede.
-Entonces es muy valiente por atreverse a ser algo más. –Sus ojos se iluminaron de nuevo al dar con ese descubrimiento. – ¡Él es increíble!
-Extraño esos días en los que tu viejo era tu héroe.
Aunque lo había dicho con una sonrisa en su rostro, el tono tan amargo que había empleado le llamó demasiado la atención a la esqueleto y se calmó un poco para sonreírle con dulzura. Sin esperar nada más, se levantó de su asiento y se dirigió a abrazarlo con mucho cariño recibiendo el cariño de vuelta. No necesitaba de palabras para demostrarle cuanto lo amaba, por lo que solo chocó sus dientes en su cráneo para que no se preocupara por lo que sea que estaba pasando en su mente. Por supuesto que su padre era su héroe número uno, nada en el mundo cambiaría eso.
Pero no por ello podía evitar sentir admiración por el kappa que se salía de los estándares solicitados del reino. Así que había descubierto que solía entrenar todas las noches fuera de la herrería junto a varios tumultos de paja que colocaban en un terreno para los caballos de carga. Por lo que procuraba estar cerca de esa zona para vender las medicinas y luego escaparse un rato para observarlo en secreto. Aunque las ganas de hablar con él eran fuertes para siquiera saber su nombre, prefería limitarse a solo canalizarlo tratando de entender cómo era que estaba realizando cosas fuera de su especie. En ningún momento utilizaba magia elemental que tenía por nacimiento, pero en su lugar elevaba varios martillos que él mismo había elaborado, cada uno con mayor peso que el otro por lo que observaba.
Además… la había salvado pese a que había sido una ladrona. ¿Eso estaba bien?
De día mientras acompañaba a su padre a recolectar hierbas junto con el pollo situado en su cabeza, ella trataba de replicar el movimiento que había hecho el kappa de colocar varias armas a su alrededor de forma defensiva, pero tan sólo lograba que varios huesos surgieran a su alrededor sin poder levantarlos. No se rendía en cuanto a lograr hacerlo del mismo modo, pero cuando era demasiada su insistencia de levantarlos con su magia, terminaba por lanzar uno que otro hueso cual proyectil que hacían que su padre terminara lanzándose al suelo antes de que le pegaran.
-¡Lo siento! –Se excusó de inmediato.
-Ari ¿Qué demonios…? –Tenía a Desayuno entre sus manos piando asustada al haberla protegido del proyectil que terminó estampado en un pobre árbol. –Deja de jugar y ponte a cortar ramas de hierbabuena.
Sabiendo que no era lo suyo después de todo, terminó de insistir en lograr tales movimientos para no lastimar a nadie. Pero aun así no dejaba de querer seguir viendo al kappa que cada vez más se volvía más fuerte conforme crecía. Había veces que no lo veía en donde siempre entrenaba, suponiendo que después de todo tenía una vida aparte de sus actividades laborales y clandestinas. Así que ella quiso hacer lo mismo en enfocarse en mejorar su magia de curación ayudando a otros que se cruzaran en su camino y la necesitaran. Fue así como entrenaba por su cuenta para dominar su forma de canalizar malestares… y puntos de vida de otros.
A diferencia de los monstruos, había humanos que contaban con una línea de vida muy superior a lo que había visto en su vida… Y con un nivel de violencia bastante excesivo. Aun así, le sonreían y eran amables con ella cuando ofrecía sus frascos con hierbas curativas, por lo que no encontraba motivo para mantenerse alerta de cualquier indicio agresivo. Fuera lo que fuera que ameritaba tal nivel, no era correcto juzgarlos por lo que había visto sin querer.
Si bien se esmeraba en ser la gran curandera que quería su padre fuera de los estándares de la Orden, su vida cambió el día que un mensajero llegó a la Casa Curandera para leer la recién Ley Dreemurr que estipulaba que a partir de ese momento, todo monstruo dentro del reino tenía la libertad y derecho de ejercer lo que quisieran sin importar su especie. Sus ojos se habían iluminado de la emoción de tan maravillosa noticia, pero muchos otros no compartían su impresión. Algunos esqueletos se habían regresado a sus chozas no queriendo perder el tiempo, pero otros se habían quedado pensativos por un largo tiempo hasta que días después habían anunciado que se mudarían para ejercer otras profesiones.
-Yo siempre quise ser panadero.
-Quisiera conocer el otro lado del reino.
-Intentaré probar suerte siendo un músico.
Por lo regular eran muchos jóvenes los que se habían terminado yendo del lugar, dejando a los de mayor edad seguir con la profesión de curación y con una lamentable baja de personal. Arial estaba curiosa de ver qué otras profesiones existían para querer probar ser varias, pero el no querer dejar solo a su padre era mucho más fuerte que otra cosa. Aunque las insistencias de los curanderos maestros de que se enfocara en ser ella una gran curandera eran cada vez más absorbentes. Entendía que la urgencia venía al no tener jóvenes que continuaran con la tradición, pero no quitaba el hecho de llegar a ser exasperantes hasta bombardear su casa de esqueletos gritándole que se uniera y que su padre terminara golpeándolos con su bastón para que se fueran al igual que Desayuno que ahora estaba creciendo, los perseguía picoteándolos hasta que estuvieran lo bastante retirados de la choza.
Así que era feliz cuando salía de la zona de su Casa de Curación y se ponía a continuar vendiendo los frascos cada vez con menor éxito. En uno de sus recorridos y topándose con varios viajeros mercaderes, con sorpresa se enteró que el kappa que había estado espiando de niña se llamaba Gerson y ahora se había unido a la guardia real. No le cabía duda de que se trataba del mismo si la descripción que le habían dado era exactamente como ella lo recordaba.
-"El martillo de la justicia" le llaman. –Comentó un anfibio viejo mientras le pasaba una tira de pan a lado de la fogata. –Es una tortuga muy fuerte, pero lo llamativo de él es que brinda una batalla equitativa. Si alguien quiere pelear con puños, él hará lo mismo. Y si es con armas, responderá igual. De cualquier forma, siempre gana.
Maravillada con cada detalle que escuchaba, constantemente sonreía imaginándose las aventuras que podría estar teniendo ese kappa que le había salvado la vida de niña. Ahora más que nunca sabía que aquella profesión le quedaba perfecta a la tortuga si desde antes había mostrado una habilidad asombrosa.
Gerson, el martillo de la justicia… un miembro de la guardia real… un héroe. Sonaba divertido y fascinante.
¿Estaría salvando a muchos seres? ¿No le importaría si fueran humanos o monstruos? ¿Se estaría volviendo más fuerte? ¿Sería el héroe de muchos? Arial se hacía muchas preguntas similares cada vez que pensaba en él en vez de ponerse a trabajar, por lo que muchas veces no se percataba en que derramaba el contenido de sus productos o hacía que otros tropezaran al no fijarse en su camino por andar divagando en lo que pudiera estar haciendo el kappa de los martillos. Sin importar cuántas preguntas se hiciera, lo que tenía seguro era de que se trataba de un monstruo que dedicaba su vida a salvar otras vidas en el momento, mucho antes de que llegaran a terminar heridos.
Por lo que tal vez… esa sería la forma correcta de ser una curandera.
Cada vez que pensaba en la idea de unirse a la guardia real para salvar a aquellos que no lograba alcanzar, siempre pasaba algo que le recordaba porqué debía de estar con su padre. La vejez del curandero era cada vez más notoria al igual que el hecho de que ella ya no fuera una niña (aunque su altura no lo mostrara mucho si debía de admitir). Aunque le dijera lo contrario, cada vez se estaba volviendo más su responsabilidad de mantenerlo a él ahora al ser notoria su debilidad hasta para sostener cosas simples. Varias veces había terminado creando los medicamentos ella en su totalidad junto con todas las actividades que ya de por si tenía de rutina para poder subsistir.
Por lo que un día en el que se enteró que el Templo de la Visión había sido destruido y las sibilas muerto en el proceso, más que nunca supo que si quería salvar vidas, era estar en el momento adecuado y no esperar a que llegaran... porque muchos simplemente nunca llegaban. Muchos no corrían con esa suerte de poder trasladarse a como ella lo había visto. Ella tenía que estar ahí… tenía que ayudarlos en verdad. Si iba a ser una curandera como quería su padre, al menos ella encontraría su modo de hacerlo. Salirse de las normas al igual que su padre. Al igual que Gerson.
-Papá… quiero unirme a la Guardia Real.
Por un momento creyó que no le había escuchado, pero tras varios minutos en el que el esqueleto de avanzada edad seguía escribiendo supo que tan sólo la había ignorado. No rindiéndose con su decisión, tomó aire para repetirlo cuantas veces fueran necesarias, pero rápidamente su padre levantó una mano para detenerla mientras la miraba con ese semblante de viejito gruñón que tanta simpatía le daba.
-Sabía que este día llegaría… pero esperaba que fuera más tardío. –Suspiró el esqueleto mientras dejaba la pluma de gallina en el tintero. –Aún eres muy joven para decisiones así, Ari.
-La Guardia Real está reclutando más seres para aumentar la vigilancia en el reino. –Comenzó la chica esqueleto esperanzada ahora que su padre no se mostraba tan enojado como otras veces. –La paga es buena… y con eso ya no tendríamos que hacer nada de esto. Podrías vivir muy bien y dedicarte únicamente a escribir tus libros que tanto te gusta.
-Yo ya he tenido una vida muy larga Ari, tú apenas andas iniciando. –Le indicó cruzándose de brazos, a lo que la ahora gallina tomó como invitación para acurrucarse entre ellos cómodamente. El viejo no la quitó en absoluto ahora que había terminado encariñándose con ella por mucho que lo negara. –La Guardia Real está repleta de mastodontes sin sentido común que siguen órdenes sin cuestionamientos.
-¿Qué no es eso lo que opinas de la Orden de la Magia también? –Rió levemente de su descripción.
-Podrías estar en peligro constante estando en algo así.
-No lo estaré, lo prometo. –Le sonrió con dulzura para calmarlo. Sabía que tenía miedo sin necesidad de activar sus ojos para averiguarlo. –Me cuidaré… y ayudaré a otros a que estén bien. Tal y como mamá y tú lo hicieron sin importar nada.
-La Guardia Real tiene sus propias reglas.
-La Orden de la Magia también… y te las empeñaste bien en romperlas. –Rió de nueva cuenta al estar enternecida con su preocupación. –Y has salvado más vidas que cualquier otro. Yo también quiero hacerlo… pero a mi modo. Sé que esto es bueno.
-Lo sé… y lo entiendo, mi niña. Pero tú eres… muy frágil para algo así. –Pensó demasiado en sus palabras que casi terminaron siendo un susurro. –Los Guardias son muy rudos, mientras que tú te cuestionas sobre si lo que comerás no lo has lastimado… ¡Y son vegetales!
-Hay monstruos vegetales, papá…
-¡Aggh! Mi punto es que no sé si sea un ambiente para ti. –Gruñó con cierta exasperación, haciendo que la gallina se asustara y terminara aleteando levemente para acomodarse mejor en el cráneo del viejo.
-Estaré bien, en verdad. –Le abrazó tal y como le hacía desde niña para tranquilizarlo de todos sus miedos que difícilmente le reflejaba. –Prometo que todo estará bien.
Y tras el permiso de su padre, con gran felicidad se fue directo hacia el punto de reunión en donde estarían haciendo pruebas para la selección de los nuevos guardias. Le era muy agradable ver que había varios monstruos muy fuertes y mucho más grandes que ella dispuestos a querer también salvar a otros estando postulándose para lo mismo. Y aunque no todos terminarían siendo reclutados a lo que tenía en cuenta, esperaba poder llevarse bien con todos.
-¿Qué eres? ¿Un mondadientes? –Se rió un gorila de brazos muy corpulentos que ni una armadura podría cubrir con facilidad.
En cuanto llegó un rinoceronte junto con una tabla en la que revisaba sus apuntes, todos callaron en espera de indicaciones. Resultaba que evaluarían las aptitudes de todos al mismo tiempo en una carrera de obstáculos por el poco tiempo que contaban para tener más personal ahora que la posibilidad de amenazas a lo largo del reino incrementaba. Aunque no lo expresara, a Arial le pareció que le preocupaba al capitán el hecho de que hubieran sido asesinadas las sibilas cuya habilidad de ver todo era bastante famoso, pero por andar suponiendo que estaba pensando eso el rinoceronte no supo en qué momento se había dado la orden de comenzar a correr en la pista que tenían en frente, por lo que Arial se apresuró a alcanzarlos ahora que todos tenían bastante ventaja estando ella hasta atrás por su distracción.
Eran demasiados los que se estaban postulando y muchas obstrucciones en el camino. Aunque fuera rápida, el tiempo no era algo que pudiera controlar para tener el alcance que ellos ya estaban teniendo. Por lo que… acudió a la ventaja que ella misma tenía.
Cada vez que estaba cerca de alguien, empleaba su magia verde para detenerlos desde su alma y los soltaba una vez que lograba estar a unos cuantos pasos delante de ellos. Trataba de no verse evidente haciéndolo todo rápido y de manera de evitar que pudieran lastimarse en el camino, por lo que sonreía gustosa de que estaba lográndolo mientras seguía corriendo casi con saltos. No era competitiva, así que no le importaba llegar al primer lugar. Sólo quería llegar entre los primeros para poder ser considerada.
-¿Arial Serif?
Pero en cuanto había llegado a la meta, el capitán de la guardia real lo estaba esperando con semblante serio mientras les daba a los primeros monstruos en llegar una placa con el logo de la corona. Por la forma en la que la observaba y no le entregaba nada le hacía suponer que las cosas no estaban tan bien como lo había creído. Le recordaba a la mirada de su padre cada vez que había tratado de curar cosas de sus pacientes que no habían sido el motivo de su consulta.
-Sé que hiciste trampa. –Dijo sin más el rinoceronte con semblante rudo una vez que quedaron a solas mientras que otros se retiraban sabiendo que los querían ver al día siguiente. –No importa en qué profesión se lleve eso, eso no es bien visto ni mucho menos un valor que busquemos dentro de los guardias.
-L-lo siento, yo… -Comenzó a decir bajando la cabeza un tanto apenada desde su sitio, en el cual estaba sintiéndose más y más pequeña de lo que por sí ya era.
-Es un riesgo que puede castigarse severamente con una simple orden. Lo que me genera tal curiosidad. ¿Por qué una esqueleto tiene tanto interés por entrar a algo que está en contra de sus capacidades… haciendo trampa con tal de quedar dentro?
La mirada ruda del rinoceronte había cambiado levemente en espera de una respuesta suya. Eso la animó lo suficiente a ser completamente sincera.
-La Guardia Real tiene la función de salvar al reino… razón por la cual tengo que estar aquí. –Comenzó a explicar sin saber si estaba empleando sus palabras apropiadamente. –No puedo seguir esperando a que los heridos lleguen y tengan pocas posibilidades de salvarse.
Y tras una sonrisa del capitán, supo que había acertado en algo.
Lo admitía, realmente destacaba entre todos los guardias que eran mucho más grande y fuertes que ella (ni siquiera contaba ella con músculos), la armadura que le habían dado le quedaba bastante grande pese a ser la más pequeña que tenían, pero era muy feliz de haber logrado entrar y que ahora estuviera escuchando las instrucciones que tanto el capitán como el rey en persona decían sobre reforzar la seguridad del reino tras el extraño ataque que habían recibido las sibilas en su propio hogar. La desaparición de toda una especie de un solo golpe era algo fatídico en varios aspectos, por lo que Arial entendía a la perfección que era algo que tenía que evitar que volviera a suceder. No más especies desaparecidas. Ella misma se encargaría de ayudar a todos, se decía mentalmente.
Tras haberse perdido en su emoción de momento, no escuchó la indicación de que asignarían en parejas a todos los guardias para que estuvieran en varios puntos del reino en varias misiones. Tan sólo se dejó llevar por su capitán que la dirigía hacia quién sería su compañero mientras trataba de no tropezarse con su propia armadura bastante grande para ella.
-Veamos… creo que Gerson no tendrá problemas contigo. –Comentó el capitán caminando con cierta prisa tras tener que asignar a varios todavía. –Ehh ¿Estás bien?
Sin haberse dado cuenta de en qué momento había activado sus ojos esmeraldas, Arial estaba emocionada por el simple hecho de escuchar el nombre de su héroe desde niña. ¿Gerson estaba también en donde ella estaba? ¿Serían compañeros? ¿En verdad? ¡Que la vida la pellizcara...! Si tuviera piel, claro.
Al verlo sentado y recargado en una pared, esperando lo que fuera, Arial no podía dar crédito a lo cambiado que estaba a lo que recordaba como el niño kappa que entrenaba fuera de la herrería. Su cabello negro azabache lo tenía amarrado en una cola de caballo para que no le estorbara y su barba cortada de forma irregular como si no le diera importancia a la apariencia. A diferencia de otros monstruos, El martillo de la justicia no portaba camisa, dejando aún más visibles sus brazos musculosos que tenían cruzados de una forma muy varonil. Tal parecía que el pertenecer a la Guardia Real lo había cambiado mucho físicamente ¿O tal vez era el hecho de haberse vuelto un guerrero reconocido?
Se apuntó mentalmente en respira profundo antes de llegar directamente hacia él para dar una buena impresión. Pero no pudiendo con su felicidad, sus dientes soltaron palabras antes de que pudiera pensar en ellas.
-Hola, hola. –Sonrió con felicidad.
La tortuga se giró para verlos en cuanto la escuchó, mas no se paró para nada mientras tenía un semblante de desconcierto y levantando una ceja interrogativamente de verlos parados a los dos frente a él. Aun así, se le notaba bastante sereno en espera de que su capitán hablara.
-Gerson, te presento a tu compañera. La señorita Serif. –Indicó el capitán sin dar más tiempo a presentaciones formales. Todavía tenía que emparejar a más de doscientos guardias. –La primera chica en pertenecer a la Guardia. Siéntete honrado de estar con alguien con la capacidad de mantener nuestro ritmo.
Antes de que se retirara el rinoceronte, Arial pudo visualizar una tenue sonrisa de su parte tras tales palabras tan honorables sobre su persona. Aunque no se sentía digna de tal nombramiento después de lo que había hecho en la prueba y ser atrapada en su jugarreta, se apuntó en cumplir esa expectativa que estaba teniendo su capitán con ella. No lo defraudaría.
-Sólo llámame Arial. –Le tendió su mano gustosa, esperando no mostrarse torpe por estar ante su ídolo. –Si somos compañeros, lo mejor será evitar toda formalidad ¿no crees?
-Sí, coincido con eso. –Le terminó dando el kappa la mano. Su voz era más genial de lo que se había imaginado. –Soy Ger…
-Gerson, el martillo de la justicia ¡He oído todo sobre ti!
Exclamó emocionada sin poder contenerse más. Le estaba tomando de la mano a su héroe y sería su compañero de trabajo. ¿Cómo no emocionarse con eso? Vio como el kappa se levantaba del suelo un poco desconcertado por su repentina exaltación, mas no comentó nada al respecto como si ello no le fuera ningún inconveniente ni un acto grosero de su parte. Arial sonrió aún más con eso, significaba que su ahora compañero era un ser noble, por mucho que eso ya lo supiera de antemano.
Las ganas de dar pequeños saltos de la emoción incrementaron conforme pasaron los segundos en los que la tortuga se puso de pie y le soltó la mano para estar formalmente frente a ella. Para romper con el leve silencio que se presentó entre ambos, optó con ser sincera con él de una buena vez ahora que iniciarían a trabajar juntos.
-Debo admitir que soy una gran admiradora tuya. –Comenzó a confesarse con gran alegría. –Tras escuchar de tus hazañas, me inspiraste a unirme a la Guardia Real.
-Ehh… gracias, supongo.
A partir de ese momento Arial sintió que estaba por fin en el camino correcto de su vida. Su capitán los mandaba a ciertas regiones que tuvieran contacto humano para descartar cualquier fuga posible de enemigos por mucho que no se creyera posible. Se suponía que debían investigar de ser necesario, pero aquello le era un poco aburrido a la esqueleto al sentir que sólo estaban de pie esperando a que algo se manifestara de la nada. Quería conocer mejor a su compañero como sus gustos y disgustos, pero la tortuga era tan firme en su trabajo que aquello pareció imposible en su momento. No obstante, Arial no podía evitar sonreírle cada vez que cruzaban la mirada. ¡Estaba con su ídolo a seguir!
-Creí que los esqueletos no servían para trabajos pesados. –Le comentó Gerson una vez que estaban cuidando la entrada de una aldea.
-Por supuesto que no. No tenemos músculos. –Le sonrió un tanto divertida de su observación y extendió sus brazos como si con ello fuera suficiente para que lo viera por cuenta propia, aunque la malla de su armadura que le quedaba grande no le ayudaba mucho a que se pudiera.
-¿Entonces porque…?
-¡Mira! ¡Un temmie!
Olvidando que estaba trabajando, se fue corriendo hacia la criatura que estaba pasando con la mirada perdida y con una sonrisa casual. Pareciéndole de lo más adorable, lo levantó y abrazó con fuerza sin resistencia alguna para mostrárselo a su compañero que no se retiró de su lugar en ningún momento.
-¿Puedes creer lo magníficos que son los temmies? –Lo extendió para que lo viera de cerca como si con ello pudiera concluir su punto.
-Ehhh, no me parece que sean… ¿inteligentes? –Arqueó una ceja el kappa, sin entender la admiración que le estaba teniendo su compañera bastante entusiasta.
-No los subestimes, tontito. Su adorabilidad es comparable a lo legendarios que son. –Sonrió dulcemente mientras acariciaba su pelaje blanco como la nieve. – ¿No has escuchado las leyendas sobre cómo humanos y monstruos se unieron para combatir a los dragones gigantes devoradores de vidas? ¡Los temmies tuvieron un papel muy importante en esa guerra!
-Estamos trabajando… ¿y me vas a contar un cuento? –suspiró el Kappa mientras ponía una mano en su rostro. –Arial, sólo suéltalo y vuelve a tu puesto.
-Pero es una historia fascinante. Mi papá me la contaba.
-Pero estamos trabajando. Somos guardias ¿lo olvidas?
Cada vez que Arial trataba de relajar y divertir a su compañero, éste siempre se las empeñaba en mantenerse rígido en cuanto a distintas misiones que les encomendaban y que les llegaba en pergaminos con cuervos entrenados. No obstante, siempre le sonreía feliz de tener la oportunidad de ser su compañera. Y después del incidente con el ladrón de medicamentos, las cosas entre ellos se aligeraron una vez que Arial le confesó provenir de la sede principal de la Casa de la curación.
-Aprovechando, hay algo que me gustaría comprobar contigo. –Le comentó un día en el que están descansando en un río y llenando sus cantimploras antes de partir en su camino. –Ya que eres una curandera excepcional.
-Claro, dime. –Le sonrió agradecida mientras ponía varias flores en el río pareciéndole divertido verlas flotar.
-Verás… yo soy un kappa, sé que te habrás dado cuenta de que hay algo malo en mí en cuanto a mi magia. –Comenzó a contarle un tanto apenado, como si aquello fuera motivo de ser mal visto. –¿Crees que tú puedas curarme?
- ¿Por qué crees que deberías ser "curado"? –Se extrañó por completo al verlo perfectamente bien.
-Bueno ¿no es obvio? No puedo emplear la magia como debería de ser. Así que debe ser a que tengo un problema ¿no?
-Bobito, tú no estás enfermo. –No pudo evitar reírse por la ternura que le generaba que pensara así de sí mismo. –Sólo canalizas diferente tus emociones.
-No entiendo.
-La magia forma parte del reflejo de nuestro ser, es una respuesta a un sentimiento. –Comenzó a explicar con calma mientras continuaba poniendo flores en el río para que fluyeran con la corriente. –Y si bien nosotros nacemos con ella, también es algo que se aprende.
-Suenas como un amigo que tengo. –Le sonrió con algo de gracia.
-En tu caso, sólo estas expresándote de diferente manera… pero eso no significa que no tengas sentimientos ¿verdad? Te expresas con acciones, no con palabras. Tal vez sea eso lo que hace que tu magia sólo sea distinta y más limitada. Pero la magia sigue siendo parte de ti. –Le devolvió la sonrisa dejando de poner las flores de tonos lilas que había recolectado para ello y se las entregó a él. –Eso es lo maravilloso de ti.
-¿D-de mí? -Pudo notar como se ruborizaba mientras tomaba las flores que le estaba extendiendo. – ¿A… a q-qué te refieres?
-En vez de tomar el mismo camino, tú creaste tu propio camino. Tomas el rumbo de tu vida y lo dedicas a ayudar a otros.
-N-no es nada…
-¿Bromeas? ¡Eres increíble!
Arial no entendía cómo era que su compañero no se diera cuenta de que sus acciones eran tan magníficas que por ello era respetado y admirado por muchos, por lo que trataba de recordárselo en cada oportunidad que se tenía al percibir que algo le inquietaba. Aunque trataba de hacer más divertida las largas esperas que a veces tenían en quedarse parados en algún sitio esperando a que algo ocurriese, notaba que de vez en cuando el kappa se quedaba bastante pensativo mirando hacia donde estaba el castillo. ¿Estaría extrañando su antiguo trabajo o su hogar? Podía comprenderlo, ella muchas veces extrañaba a su padre, y aunque le mandara constantemente dinero cada vez que le pagaban, no quitaba el hecho de añorar el volver a hablar con él sobre sus investigaciones que escribía y que al final no escuchaba por no entenderlos del todo.
Sabiendo que estaban teniendo cada vez más una relación amistosa en vez de sólo un simple compañerismo laboral, en un día matutino en el que el kappa solía entrenar como simple calentamiento, se quedó con él para realizarle las preguntas que antes no se había atrevido a hacerle sobre lo que lo tuviera tan pensativo en ocasiones.
-No extraño la herrería, me gusta estar en la Guardia Real. –Le contestó con calma mientras continuaba sus lagartijas. –Pero hace tiempo que no veo a mis amigos y me pregunto qué estarán haciendo. Se nos ha hecho difícil frecuentar con la ocupación de cada uno.
-¿Ejercen profesiones distintas a sus especies como tú? –Le preguntó mientras estaba sentada en la cima de su caparazón, viéndolo hacer sus lagartijas con facilidad sin importar que ella estuviera encima.
-No… soy el único que hizo eso. Uno está obsesionado con sus libros. –Continuaba con sus lagartijas cuyo número de repeticiones le era desconocido a la esqueleto. Tan solo estaba "ayudándole" a entrenar, generándole más peso aunque parecía estar fallando en eso por mucho que él le dijera lo contrario. –Y el otro por más que quisiera no puede.
-Pero si ahora todos en el reino pueden ser lo que quieran. –Comentó con curiosidad, aunque estando divertida con el sube y baja en el que estaba por la actividad física de su compañero. – ¿Cómo es que no puede?
-Bueno, la libertad no aplica igual para el heredero al trono, después de todo.
-¡¿Eres amigo del príncipe?!
Había sido tanta su sorpresa con esa información, que se había lanzado hacia adelante para estar cerca de su rostro y comprobar que lo que le estaba diciendo era cierto, pero al hacer tal movimiento tan repentino en las lagartijas de su compañero, simplemente terminó cayéndose y terminando en el suelo tras un giro que no supo cómo fue que pasó. Ella sólo se había reído de su torpeza, pero Gerson había dejado su rutina para levantarse y ayudarla a que ella hiciera lo mismo.
Su compañero era un héroe en el reino y amigo del príncipe… no le sorprendía que fuera así, pero aun así era fantástico de saberlo.
-¿Estás bien, Ari?
Le preguntó algo preocupado, pero la mencionada solo estaba feliz de que siguiera diciéndole de esa forma tan amistosa después de que ella misma le había puesto un apodo. Después de todo, únicamente su padre le había llamado así.
-Algunos viajeros me habían dicho que nadie había logrado verlo. Que nunca sale del castillo. –Recordó mientras tomaba la mano de la tortuga para levantarse. – ¿Cómo es el príncipe?
-Grande, peludo… y bastante agradable de hecho, aunque sentimental a morir. –Rió como si aquello le generara un buen recuerdo. Eso le hizo enternecer a la esqueleto ahora que estaba completamente de pie. –Tiene un corazón de oro.
-Suena a que es alguien genial.
-Si… los dos lo son…
Siendo un día de lo más tranquilo, se la pasaron recorriendo la zona asignada cercana a la capital y hablando entre ellos sobre sus seres queridos. Mientras que ella le había contado sobre su padre y su mascota gallina, él le había estado contando sobre su amigo el príncipe con facilidad de entrar en llanto ante cualquier cosa que le enterneciera y su amigo esqueleto que se le pasaba estudiando todo el tiempo pese a tener un rango alto dentro de la Orden de la Magia. Aquello no le sorprendía a Arial y no le generaba ningún interés si todos los esqueletos que había conocido en su vida eran estudiosos, pero en cuanto mencionó que no podía comunicarse con humanos por alguna extraña razón, su curiosidad como curandera hizo acto de presencia.
-Oh, entonces tu amigo es un dingbat.
-¿Un qué?
-Es una extraña condición que se presenta mayormente en los esqueletos… aunque aun así es muy rara. –Explicó Arial con calma mientras seguía caminando. –Dicen que quienes lo padecen son algo tontos y que por lo mismo su lenguaje es imposible de entender para los humanos, pero mi padre dice que eso es mentira.
-Pues estoy de acuerdo con tu padre, porque mi amigo claramente no es ningún tonto. –Comentó Gerson con un deje de orgullo. –Creo que es el monstruo más listo del reino.
-¡Hey, Gerson! –Gritó un toro antropomorfo asomándose desde una puerta de un bar junto con otros monstruos igual de corpulentos. –Únete a nosotros, hoy la cerveza está a mitad de precio.
-En unos minutos acabo mi guardia. –Les indicó saludándolos con una mano.
Siendo presente la noche, ambos se dirigieron al campamento donde descansaban los guardias que estaban asignados a esa zona. El viajar constantemente en grupo a veces era pesado cuando se convertía en un largo recorrido, por lo que no viajaban con nada que fuera más pesado que las armaduras que portaban. Aunque Gerson tendía a cargar con varias armas que construía él mismo en el camino con cada material que lograba recolectar. Era verdaderamente magnífico ver cómo se las ingeniaba para realizar tales cosas.
-¡Mira Ger-ger! –Entró a la cabaña sabiendo que estaba únicamente él dentro. –Hice esto, como las cosas que tú haces.
-Ya te dije que no soy esa clase de artesano, Ari. –Se rió divertido viendo la corona de flores que le estaba mostrando. –Pero es muy bonito…
Le pareció a Arial que había dicho más palabras después de eso, pero supuso que había sido su imaginación si no había escuchado nada realmente salvo ver mover sus labios con cuidado. El kappa andaba quitándose con cuidado la parte superior de su armadura para no andar con ella en su descanso nocturno, aunque a percepción de la esqueleto no era necesario que la portara en la guardia si su caparazón parecía ser más que suficiente. ¿Cómo era que podía con ese peso todo el tiempo?
Despeinándose al quitarse la pieza de golpe, con cierta rudeza intentaba acomodarse de nuevo la cola de caballo que tenía y que seguramente casi nunca se quitaba, por lo que Arial se acercó para ayudarle sin necesidad de decir nada y sin que la tortuga le detuviese en lo que quería hacer tras haberse quedado sentado para facilitarle la labor, aunque lo notaba algo ruborizado mientras permanecía en silencio. ¿Acaso le daba pena de que tocara su cabello?
Tarareando mientras lo peinaba con calma, se distraía de vez en cuando en ver varias de las armas que el kappa había estado creando y que se disponía darles a sus compañeros cuando lo necesitaban. Pero lo que más le llamó la atención fue un escudo metálico recargado entre las pertenencias de su compañero.
-Es un bonito logo.
-Es una runa del Templo de la Visión. –Comentó bastante relajado ante la suavidad con que lo peinaba. Tal parecía que había hallado algo que le gustaba y eso le daba gracia a la guardiana. –Tiene un significado algo alarmante.
-Fue terrible lo que les pasó a las sibilas. –Soltó Arial recordando cuando se había enterado de tal suceso. –Toda una especie milenaria, aniquilada en un solo momento.
-Lo sé… Estuve ese día cuando todo fue derrumbado. No quedó ninguna sobreviviente.
-Tú siempre tienes las historias más interesantes, Ger-ger. –Señaló algo maravillada de saber eso de su compañero.
-Pues te contaré toda la historia otro día. –Se levantó al sentir que ya tenía el cabello sujetado como le gustaba y se dirigió hacia la salida de la tienda de campaña. –Nos vemos mañana.
-¿No puedo ir?
-Ehhh… no creo que sea un ambiente para ti, Ari.
-Si es diversión ¿por qué no? –Le sonrió esperanzada.
-Pues… –Se quedó mirando toda la cabaña manteniendo el habla hasta que se detuvo en ver su armadura recién quitada. –Porque no se puede entrar con armadura ¡eso! Y tú solo tienes tu armadura para salir ¿no?
-Cierto…
Se quedó pensando con seriedad eso. En efecto, su armadura que le había entregado el capitán era bastante incómoda dada que le quedaba muy grande. Por lo que no era una pieza con la cual salir a divertirse ¿A eso se refería Gerson? ¿O era que no era apropiado estar con un uniforme intimidante dentro de un establecimiento?
No pudo preguntarle eso dado que la tortuga ya se había ido en sabrá qué momento que se había quedado pensando demasiado. Pero recordando las pertenencias que tenía consigo, se levantó para ir directamente hacia ellas y cambiarse antes de que se hiciera más tarde. Todavía contaba con su túnica de la Casa de la curación, y si bien ya no la podía portar como tal al ya no pertenecer siquiera a la Orden de la Magia, era una pieza a la que le tenía cariño y le recordaba a su padre cada vez que acariciaba la tela perfectamente cuidada.
Poniéndosela descubrió que no había crecido casi nada si le quedaba a la perfección como recordaba, pero no dándole importancia a eso salió del campamento y se dirigió hacia el bar en el que ya estaban varios de sus compañeros de la Guardia Real celebrando y riendo fuertemente seguramente divirtiéndose con algo que estaban haciendo entre ellos. Notando que Gerson estaba en la barra riendo y tomando de un tarro al igual que otros guardianes, gustosa se acercó a ellos y se sentó a lado de él sonriéndole pese a las miradas de desconcierto que estaban sobre ella. ¿Acaso nunca habían visto una túnica de curandero?
-¡Hey! Pero miren quien trajo a su juguete. –Rió bastante fuerte un grifo mientras sacudía su tarro.
-Cállate, Brad. –Le reprochó Gerson algo molesto.
-Creí que esta era una reunión de guardias. –Refunfuñó el toro tras tomarse de un solo trago el contenido de su tarro, dejándole mucha espuma en su hocico que rápidamente se quitó. –No de niñitas.
-Yo también soy un guardia.
Les recordó amablemente con una sonrisa. Tal vez el que no la vieran mucho les había hecho olvidar su presencia, cosa que comprendía. Y el que rieran todos tras sus palabras le hizo suponer que les causaba risa el darse cuenta de eso. Le alegraba que todos fueran tan felices al menos.
-Ari, ¿por qué no me esperas en…? –Comentó a decirle Gerson con algo de urgencia. Su semblante levemente enfadado le era extraño. ¿Acaso había hecho algo malo?
-¡Ari, Ari, mua, mua mua! Jajajajajajaja. –Se rieron algunos a coro, mientras otros imitaban besos dados al aire de una forma muy extraña.
Arial no entendía nada de lo que estaba pasando, pero asumió que todo era simplemente por el alcohol y se lo tomó con calma. Ella nunca había probado esa clase de bebidas tanto porque entre curanderos era algo prohibido para consumo cuando se le sacaba más ventaja utilizándola para cosas medicinales, como por el hecho de que la tenían catalogada como algo dañino para muchos casos. Aun así, estando en un lugar que vendía tal producto sintió que debía hacer lo mismo que los demás si todos se lo estaban tomando de una forma muy feliz.
Así que cuando un mesero le pasó un tarro al igual que a todos, lo agarró gustosa y se lo tomó de un golpe queriendo hacerlo al igual que como lo estaban haciendo los demás, aunque tuvo que hacerlo más lento para no ahogarse. El sabor era bastante amargo para su gusto ¿Cómo era que les fascinaba esa bebida? Esperando que el segundo le supiera mejor, lo tomó del mismo modo tratando de saborearlo, pero no cambiaba su percepción en absoluto.
-Eh, Ari, no creo que debas… -Gerson se mostró preocupado de verla tomar tan de golpe.
-¿A los cuantos tragos cambia el sabor de esto? –Preguntó extrañada de que todos lo tomaran con tanta gracia mientras que no lograba salir del sabor amargo que le daba. Por lo que suponía que debía de cambiar el sabor tras un tiempo.
-¿Lo averiguamos? –Preguntó divertido el grifo llamado Brad.
Sin saber cómo, varios de sus compañeros le pasaban varios tarros repletos de cerveza espumosa gritándole "¡fondo, fondo!", animándola a tomárselo todo casi sin respirar. Tras cinco de esas bebidas comenzó a agarrarle un sabor agradable en cuanto más fría estuviera la cerveza, por lo que en poco tiempo dejó de serle molesto tomarlo y siguió con la actividad que tal parecía que les hacía feliz a sus compañeros salvo a Gerson, que seguía un tanto preocupado desde su sitio, pero aun así se mantenía sentado tomando de su propio tarro.
-¿Cuántas llevas ya? –Le preguntó el toro entre risas estando en bola junto con varios que le estaban rodeando.
-Creo que quince. –Le sonrió tranquilamente tras soltar el tarro más reciente que le habían dado, dejándolo completamente vacío.
-¿Y no estás nada borracha? ¡Eso tiene que ser un don!
-¡A que no te tomas todo un barril tú sola! –Le retó otro monstruo y varios gritaron de apoyo.
-Muy bien, ya basta. –Se paró Gerson para acercarse a la bola que la estaban rodeando animados y con mejillas sonrojadas a causa del alcohol. –Es la primera vez que toma, no debería de excederse.
-Oh, cálmate mamá Gerson.
-Sí, no te sientas intimidado, jajajajaja.
-¿Nervioso que una chica rompa tu récord de aguantar más alcohol?
-Tranquilo, está todo bien. –Le sonrió Arial para calmarlo al verlo cada vez más irritado, pero nomás no lo lograba. –Esto es lo que hacen ustedes para divertirse ¿no?
-Es diferente. Estos inútiles solo quieren ver hasta cuándo vas a emborracharte. No puedo permitir eso.
-¡Hey! –Exclamaron algunos.
-Los inútiles tenemos sentimientos ¿sabes? –Exclamaron otros.
-¡Compártela con la banda! ¡No solo la tengas tú!
-¿No nos digas que tú te la quieres c…?
Sin poder predecirlo y asustarse en el proceso, Gerson se había volteado para golpear en la cara con puño cerrado al primer sujeto que tenía al alcance y rápidamente había golpeado a otro que se estaba riendo. En cuestión de segundos toda la taberna se había vuelto un club de la pelea en el que todos se estaban golpeando entre todos ya sin motivo aparente y con cierta torpeza tras los efectos del alcohol encima de varios. No sabiendo qué hacer y tratando de comprender la situación, se quedó sentada en su sitio mientras observaba a sus compañeros golpearse hasta el cansancio.
Realmente no le encontraba lo divertido a esa clase de reuniones de compañeros, por lo que Arial se apuntó mentalmente en que sería lo mejor no volver a presentarse en algo así. Gerson había tenido razón después de todo.
Tras varias horas de golpes y rompiendo cosas, finalmente quedaron tumbados y dormidos de formas muy incómodas. Notando que el dueño de la taberna y meseros estaban molestos, Arial se disculpó en nombre de todos y les pidió ayuda para ponerlos a todos en una carreta que tenían para transportar el cargamento pesado, pero era tanto el peso que no pudo jalarlo ni empujarlo por cuenta propia ni aunque lo intentara todas las veces que quisiera. Algo preocupada de que no pudiera llegar a la zona de campamento, terminó dejándolos ahí encimados entre todos y se fue a comprar lo necesario para ayudarles a estar mejor en cuanto despertaran. Era lo único que le quedaba por hacer de momento, pero en cuanto regresó con una bolsa con varios ingredientes, para su gusto estaba Gerson ya levantado y maldiciendo levemente al tumulto de monstruos aun inconscientes.
-¡Arial! ¿Estás bien?
-Yo debería preguntarte eso, tontito. –Se rio levemente de que fuera él el preocupado cuando el estado en el que estaba era fatídico. – ¿Te duele algo?
-Da igual eso, yo…
Perdiendo el equilibrio en lo que se separaba de la carreta con todos los guardias reales, Arial fue más rápida y le detuvo convirtiendo su alma en color verde para obligarlo a sentarse en una de las cajas de madera que estaban cercanas. Sin esperar a nada más, dejó la bolsa con las cosas a un lado y activó sus ojos verdes para canalizar todas las heridas que tuviera el kappa para comenzar a curarlo de inmediato con su magia. De vez en cuanto lo escuchaba refunfuñar mientras le desaparecía varios moretones visibles, pero aun así no se levantaba y se dejaba curar.
-¿Cómo haces eso? –Gruñó el kappa.
-¿Lo de volver tu alma en verde? –Supuso la ex curandera y al ver que acertó continuó hablando tranquilamente. –Forma parte del estudio de mi Casa. Es una técnica para evitar que el paciente se mueva de su sitio sin lastimarlo en lo que lo curamos. Los otros estudios en cuanto a tonalidades de la magia empleadas sobre las almas pueden ser más perjudiciales y por eso deben ser evitados preferentemente.
-Hablas como toda una esqueleto.
-Es que soy una, bobito.
-Me refiero a que suenas como una cerebrito. ¿Todos los esqueletos lo son?
-Yo no al menos, dejé mis estudios formales desde niña. Sólo sé lo que mi padre me enseñó.
-Entonces fue buen maestro.
Arial solo asintió al considerar que no había nada más que decir al respecto.
-Lamento lo que pasó. –Finalmente comentó Gerson tras calmarse. –El alcohol siempre saca lo peor de uno, por eso no quería que estuvieras en un lugar así.
-Yo sólo vi a muchos amigos divertirse. –Le sonrió con tal de calmarlo, aunque nuevamente sin éxito. –Aunque la diversión tiene un concepto diferente para mí.
-Ellos no son mis amigos, son simples idiotas. –Gruñó por lo bajo. –Mis verdaderos amigos si saben comportarse.
-Los extrañas mucho ¿cierto?
Soltó esa pregunta sin pensarlo, pero era algo que se había estado cuestionando tras varios días de conocerlo mejor. Gerson nunca hablaba de su familia y aunque le preguntara por ella, realmente no le daba mucha información al respecto. Pero cuando se trataba de sus amigos… siempre se le iluminaba el rostro con el simple hecho de pensar en ellos. Le era encantador que contara con personas así. Ella siempre había tenido a su padre contra el mundo, era la primera vez que tenía alguien de confianza fuera de un vínculo familiar. Por lo que no sabía cómo sentirse en el momento que tuvieron que separarse por cuestiones personales.
Un día como cualquier otro, Gerson le había dicho que su amigo esqueleto iría por él para estar en una misión ultra secreta que les había pedido el príncipe y que no tardaría. Así que le pidió de favor que le cubriera para que nadie más supiera de su ausencia y la dejó sola con la guardia. Era algo tranquilo el lugar que estaban custodiando, por lo que no requería de mucho esfuerzo de su parte para lograrlo. Pero tras varias horas transcurridas en soledad se sintió de lo más aburrida y buscaba lo que fuera en el entorno para entretenerse sin éxito alguno.
Tanto tiempo para pensar le hizo cuestionarse sobre cómo estaría su padre en ese momento. En si Desayuno había crecido tanto para ser una gran gallina, o si los curanderos habían cambiado de ideología con el pasar de los días. Nunca había sentido tanta nostalgia desde que había perdido a su madre y extrañaba sus abrazos o su canto. Sin darse cuenta, terminó tarareando la canción de cuna que le cantaba mientras se balanceaba en el barandal que estaba recargada y recordaba lo ocurrido en la taberna con sus compañeros.
Aunque en el fondo no quisiera admitirlo, se había percatado de que los otros guardias no la estaban viendo como una igual y que parte del conflicto había iniciado con eso. ¿Sería por la altura o por la ausencia de músculos? O sería por… ¿Qué ella no se pone a pelear como ellos?
Desde que sabía de la existencia de la Guardia Real y de Gerson, siempre creyó que la profesión consistía en estar salvando seres de todo tipo a lo largo del reino o de hacer cambiar de parecer a uno que otro delincuente para que se portara bien. Pero al ver que el requerimiento específico era la lucha en sí… ¿qué papel debía cumplir ahora? El capitán la había contratado al ser sincera según su percepción de a cómo se habían desarrollado las cosas ese día, por lo que no creía que realmente su papel principal fuera el ser como los demás. Las misiones que tenían sobre resguardar varias zonas aleatorias de reino en busca de algunas fugas de malhechores o de conspiraciones a la realeza, eran prácticamente nulas al no dar con nada en todo el tiempo que llevaba como guardiana. ¿Aun así tenía que saber luchar para cuando se requiriera?
Pues si Gerson era un magnífico luchador… no cabía más duda de que tendría que hacerlo ella también.
Recordando la técnica que le había visto hacer de niño, Arial se separó del barandal y optó una pose de combate algo torpe dado que no tenía idea de para qué servía hacerlo. Queriendo invocar varios huesos a su alrededor de modo defensivo, terminó sólo haciéndolos emerger del suelo mas no sacarlos de la tierra para que flotaran en su entorno. Algo frustrada con que siguiera pasando lo mismo, activó sus ojos verdes esperando lograrlo invocando más magia de su parte, pero en vez de ello tan sólo los volvió del mismo tono esmeralda que resaltaba desde sus cuencas.
-Esto es nuevo. –Susurró para sí misma de la sorpresa.
Estando sola en ese lugar, se dedicó el resto del día a tratar de lograr siquiera levantarlos del suelo del que salían sus huesos sin éxito alguno. Pero tan sólo no salía de volver sus huesos de color verde cada vez que lo intentaba poniendo más magia de su parte.
Al llegar la noche quedó completamente cansada de requerir bastante energía de su parte el estar probando en todo el día levantar sus huesos terminando en fracaso total al sólo volverlos verdes como si estuviera curando su propio ataque que no lograba volverse lo que se suponía que debía ser para empezar. No lo encontraba nada práctico por mucho que lo pensara, así que simplemente se arrojó sobre su saco de dormir y no supo de nada más hasta el día siguiente por la mañana.
-¡Hey! Despierta dormilona.
-¿Mmhh? –Lentamente abrió las cuencas con dificultad tras el cambio de luz en lo que se levantaba y sonrió a su compañero que estaba hincado a lado de ella. –Hola, hola, Ger-ger. ¿Qué tal estuvo tu misión secreta?
-La verdad… es que no sé. –Se rascó la cabeza con un semblante confundido. –Los humanos son seres muy extraños.
-A mí me parecen fascinantes. –El tema la alegró lo suficiente para despertar por completo. –Son seres muy resistentes con grandes capacidades para múltiples cosas.
-Cierto, tú trataste con humanos. –Algo en la expresión del kappa se iluminó. –Fuimos a ver algo en su reino que jamás se mostró, pero… ¿te ha tocado ver de casualidad… algo inusual en algún humano?
-Bueno… mi papá trataba de estudiar algunos síntomas no físicos que algunos insistían en…
No pudo completar su oración al ser interrumpida por un cuervo que se atravesó entre ellos para postrarse en algunas cosas cercanas de ella. Estaba estirando su pata para que le quitaran la nota que tenía amarrada en ella con el emblema de la guardia real mientras graznaba. Gerson se lo quitó de inmediato para que se callara y se puso a leerla en silencio en lo que ella se despabilaba por completo para iniciar bien el día.
-Nueva misión, quieren que le pongamos un alto a un juglar que está esparciendo rumores por todo el reino. –Guardó la nota y se levantó con calma. –No está lejos de aquí, así que estaríamos ahí en la tarde si salimos ahora.
-Bien, en unos minutos estoy lista.
Comentó mientras se estiraba sus huesos. Aunque no había hecho actividad física, emplear la magia a como lo había hecho ella el día anterior la agotaba del mismo modo. Era una desventaja que tenía como esqueleto después de todo y una de las razones por la que sabía que su especie había dedicado su vida a estudiar todo lo relacionado con la magia. Estaban más apegados a ese plano que a la materia física después de todo.
Por lo que ahora que lo pensaba con mayor detenimiento, era caso absurdo que quisiera entrenar para pelear. No era ni su interés ni algo nato que tuviera después de todo.
-¡Oh, espera! Tengo un par de regalos por darte antes.
Su compañero salió disparado fuera de la cabaña y regresó con una bolsa de tela que sujetaba fácilmente con una mano mientras que con la otra sacaba algo de ahí con cuidado. El verlo contento con algo era mayor regalo que lo que fuera a darle, pensaba la esqueleto con una sonrisa.
-Mi amigo me dijo que a las esqueletos les gusta esto.
Notando que lo que le estaba entregando era un hueso dorado con un moño rojo atado, lo tomó no queriendo verse grosera del desconcierto que le generaba un regalo así. Por más que le buscaba en varios lados alguna abertura que indicara que podría abrirse o algo por el estilo, no encontraba nada. Literalmente sólo era un hueso.
-Ammm… Gracias. –Le sonrió pese a todo, aunque no tenía idea de para qué lo usaría ¿Serviría como pisapapeles?
-Y no es tan brillante como ese hueso de oro, pero… te he estado haciendo esto hace poco. –De la bolsa sacó un conjunto de piezas de vestir. –Eehh… Esa armadura que llevas es bastante grande para ti, es evidente de que te es muy incómodo.
Colocando a un lado el primer regalo, tomó con sorpresa la armadura de cuero que le estaba brindando ahora. No era nada pesada a como llevaban los otros guardias, pero era más que perfecta para ella. Amaba cada detalle que Gerson le había puesto en cada cosa. Desde la costura y medidas más que perfectas a su medida, hasta el hecho de pintarlo del mismo tono que sus ojos cuando los activaba. La armadura verde… era una excelente forma de mostrarse ante todos como una verdadera guardiana, a su vez de nunca olvidar sus orígenes y objetivos como curandera.
Con eso sus compañeros la verían como una más de ellos, con eso podría ser más rápida también. Con eso podría salvarlos a todos.
-Me encanta, Ger-Ger ¡Muchas gracias! –La abrazó infinitamente feliz.
-N-no es nada, debo ver por el bien de mi compañera, después de todo. –Señaló mientras se rascaba la nuca, un tanto sonrojado por su reacción.
-Deja me la pongo de inmediato entonces para ya irnos. –Comenzó a quitarse la prenda que tenía consigo con prisa.
-¡Eh! ¡Espera a que me salga!
-No pasa nada, soy una esqueleto. Yo no…
No terminó su oración al ver que la tortuga se había salido de la casa de campaña con bastante prisa y tapándose la cara con ambas manos. Arial simplemente se rio de su comportamiento y continuó poniéndose su nueva armadura que le quedaba más que perfecta, comprobando de esa forma el buen ojo que tenía el kappa como el magnífico artesano que venía siendo.
Sintiéndose tan ligera en sus movimientos, Arial sentía que podía ponerse a bailar andando sin cansarse y correr a velocidades superiores a las que alcanzaba regularmente, como si el haber llevado por mucho tiempo esa armadura de metal la hubiera entrenado sin querer para eso. Y estando caminando a lado de Gerson, se daba ahora cuenta de que su compañero era realmente lento por el peso que regularmente cargaba consigo, por lo que sintiéndose mal de dejarle atrás, optó por reducir la velocidad de sus pasos con tal de mantener su ritmo y nunca dejarlo solo. Aunque Gerson amablemente le decía que no era necesario, Arial se sentía encantada de poder conversar con él en todo el trayecto.
Gracias a un mercader con una gran carreta que los vio en el camino, llegaron antes del tiempo que habían estipulado. No les fue difícil dar con su misión al estar prácticamente en el centro de la pequeña aldea, tocando su instrumento de cuerdas y entonando una suave melodía a conjunto de sus narraciones.
-Genial… odio los gatos. –Comentó Gerson malhumorado en cuanto lo vio de lejos.
-¿Por qué? Muchos de ellos son buenos asistentes de magos. –Recordó que su padre le había contado sobre ello, aunque eso solo pasaba con los que despectivamente él señalaba como "elite mediocre". Rio de tan sólo recordarlo. –Sus ojos son muy útiles para sus investigaciones.
-No son leales a nada salvo a sí mismos. Y para el colmo es un juglar. –Señaló cruzándose de brazos, mirando a la multitud aplaudiendo por algo que el juglar había dicho. –Terminemos con esto de una vez.
-Espera a que su espectáculo acabe al menos.
-¿Y que siga engañando a más aldeanos con sus mentiras? Si no lo hacemos ahora, tratará de escaparse.
-No lo hará. –Por un instante iluminó sus ojos verdes por mero instinto. –Lo prometo.
Sabiendo que tenía su confianza, hizo caso a su petición y se quedaron escuchando dentro del público que rodeaba al juglar con su sombrero tan largo como sus bigotes. Para ser un artista ambulante, lo cierto es que se mostraba muy elegante a comparación de otros que había conocido en su tiempo vendiendo medicinas. Sus prendas de tonos tintos quedaban perfectas con su piel negra y grandes ojos amarillos.
Había querido prestarle atención a lo que el felino estaba contando a conjunto de su laúd, pero se distrajo al notar que dentro del público había mucha gente enferma pero que aun así reían o se sorprendían con lo que estaba narrando. Sin lugar a dudas, el juglar estaba ayudando a que se sintieran mejor con todo. Por lo que al estar enternecida con tal gesto, se separó de su compañero olvidando que estaba con él y se acercó al público para curar a los niños que tenía al alcance. Algunos se habían extrañado con su presencia, pero en cuanto les explicaba lo que podía hacer, con gusto se dejaban mientras continuaban escuchando.
Sin darse cuenta de en qué momento había terminado el relato, se apresuró a curar a los más que pudiera para continuar con su trabajo de conversar con el juglar. Gerson ya se le había adelantado y estaba con un gesto molesto que le recordó a la vez del bar con sus compañeros, mientras que sujetaba de su túnica con tal de que no se escabullera y éste le sostenía de sus muñecas pretendiendo evitarlo. Sabiendo que eso no era buena, se aproximó con velocidad para estar a lado suyo.
-Buen día, señorita. –Ronroneó el felino con voz serena en cuanto se acercó a lado de Gerson. A Arial le pareció que su voz era muy encantadora de cerca. –Me quitaría el sombrero ante una dama como usted, pero como verá… tengo las manos ocupadas.
-Ammm… Gerson, no creo que esto sea necesario…
-En cuanto me vio supo quién era, por lo que estuvo por correr. –Señaló sin apartarle la vista con semblante fruncido.
-¿Y quién no reconocería a semejante personaje como El martillo de la justicia? –Rio levemente el felino, moviendo sus bigotes a ritmo de su gesto. –He hecho varios poemas sobre ti ¿quieres escucharlos?
-Mejor comienza explicando el porqué de tus mentiras que estás esparciendo.
-Mmmm… La corona teme a la verdad y lo comprueba el que vengan por mí bajo sus órdenes. –Ronroneó sin preocuparle en absoluto que una tortuga robusta le estuviera sosteniendo con expresión molesta. –Aunque sean fascinantes mis relatos, no hay pizca de mentiras en ellas. ¿O vas a decirme que no eres el gran guerrero que cuento en los alrededores?
-¡Si que lo es! –Comentó de inmediato Arial entusiasmada, recordando cuando comenzaba a escuchar sobre él de ese modo. –Pero entonces ¿qué es lo que estás contando que no les gusta a los reyes?
-La cacería silenciosa sobre los monstruos jefes. –Le contestó amablemente, soltando sus manos al darle igual que el kappa lo siguiera sosteniendo. Tal parecía que era alguien que sabía mantenerse calmado ante cualquier cosa o que no hubiera algo en el mundo que le perturbara. –Cada vez son menos y no pueden ocultarlo. ¿Los reyes tienen temor a ser cazados del mismo modo? ¿O es la negación a la incógnita de contar con un traidor? Después de todo… ¿cómo se explicaría la extinción absoluta de las videntes al servicio de la corona monstruosa en un solo atentado? Ellas sólo servían a esa especie en particular, después de todo.
Arial nunca se lo había preguntado antes, pero el felino sereno tenía un punto importante entre sus ronroneos despreocupados. La muerte instantánea de las sibilas había sido un acto lamentable, pero sobre todo, misterioso. ¿Habría sido por un traidor como sugería el juglar? ¿O había algo más en ese terrible acto?
Y si era cierto sobre las desapariciones de los monstruos jefe… era inevitable no pensar en una relación al respecto en cuanto a importancia dentro del reino. La visión futura que tenían las insectoides eran el obstáculo principal en cuanto a protección del reino lleno de magia. Si alguien quisiera hacer un daño directo, la estrategia más directa sin lugar a dudas sería quitarles esa ventaja de ver todo previamente. Pero aun así no se explicaba el hecho de que las mismas sibilas no lo hubieran prevenido en caso de ser así. ¿No lo pudieron ver o se condenaron a sí mismas a perecer por algo? Había muchas preguntas que surgían tras pensar en eso.
-¿Qué es lo que sabes de eso? –Preguntó Gerson pegándolo más a él de forma amenazante. Arial detectaba que había preocupación en el tono de su voz, seguramente pensando en el príncipe.
-Mmmm… podría decirles… si primero me sueltan, claro está.
-¿Por qué necesitarías ser soltado para hablar? –Preguntó la esqueleto, algo confundida.
-Para poder presentarme… ¡y contarles con un poco de música!
-Eres un tipo muy raro. –Comentó Gerson tras un suspiro.
El kappa lo soltó tras darle una señal con la mirada a su compañera, la cual entendió en el acto que debía mantenerse alerta por si intentaba huir de algún modo. Aun así, el felino acomodó levemente sus prendas para que no mostraran arrugas e hizo una reverencia quitándose el sombrero frente a ambos.
-Saludos, guerreros al servicio de la corona. Wilhelm Bremmen de Bremmen ante ustedes. –Ronroneó cálidamente, casi como si se pusiera a cantar en cualquier momento. –Juglar por amor, viajero por destino y músico por deseo.
Arial aplaudió al sentirse emocionada de algún modo con su presentación tan sublime. Su forma de referirse a sí mismo sonaba como si estuviera por contar algo en cualquier momento. Tal parecía que era todo un artista y lo reflejaba a como dé lugar.
-¿Bremmen de Bremmen? Eres un monstruo que viene del reino humano. –Señalo Gerson arqueando una ceja.
-En realidad vengo de todas partes… pero sí. –Acomodó su laúd y comenzó a entonar varias notas con el simple roce de sus dedos sobre las cuerdas. –Como juglar, mi objetivo en la vida es retratar por medio del arte las maravillosas anécdotas que ocurren en el mundo. Como por ejemplo, la historia sobre cómo un hijo de agricultores se convirtió en un guerrero reconocido por el reino.
-Ya entendí, tú fuiste quien ha estado contando sobre mí. –El kappa se tapó la cara con una mano, un tanto avergonzado de tanto reconocimiento sobre su persona. –Por favor sólo dinos qué es lo que dices saber para comprobar tu inocencia.
-Mmmm… para tal información hay un precio.
-¡Lo sabía! ¡Maldito gato!
-¿Cuál es el precio? –Interrumpió Arial, curiosa de cualquier cosa que pudiera contar el artista.
-Un dato por otro dato. Creo que es un precio más que razonable. –Comentó Wilhelm sin parar de entonar su música. –Lo que hago es coleccionar información y convertirlas en arte. ¿Es acaso algo criminal?
Para Arial era más que comprensible y accedió con una sonrisa, mientras que Gerson se la pensó demasiado antes de terminar aceptando el trato. La dinámica propuesta por el juglar era que terminaran contándole algo en la oreja del gato quien escucharía con total serenidad lo que fueran a darle como información enriquecedora sin que pudiera saber el otro. No comprendía porqué de ese modo, pero lo respetó al serle entretenido pese a todo.
Pensó por varios minutos sobre qué contarle que tuviera el mismo peso de la información que podría brindarles, pero finalmente le relató sobre su padre y su investigación de enfermedades humanas por medio de las emociones al no tener algo de tanto peso. Aunque no fuera algo interesante, el felino aceptó la información con total cortesía y una sonrisa que iluminó sus amarillentos ojos.
En cuanto pasó Gerson, la expresión de ambos monstruos fue completamente distinta que avivó la curiosidad de la esqueleto.
-Mmmm… así que hay algo que pueda doblegar a gran guerrero. –canturreó el gato con una sonrisa aún más grande. Tal parecía que le había agradado lo que había escuchado.
-¡Si dices algo sobre eso, voy a...!
-Pues es una pena que no quieras eso. –Suspiró el juglar sin borrar su gusto por tal información, cualquiera que haya sido. –Es un buen material para una canción… Pero en fin, un trato es un trato. Así que he aquí mi tonada para ustedes, jóvenes guerreros. –Pasó una pata rápidamente sobre las cuerdas haciendo un solo sonido de modo dramático. – Nada ha pasado por coincidencia, susurra el viento del norte. El amor lo es todo en este mundo, delata la brisa del sur. Ambos… traidores a sí mismos bajo el encanto del egoísmo.
-Nosotros fuimos directos ¿Por qué tú lo mencionas en metáforas tan rebuscadas? –Gruñó Gerson molesto de sentirse timado.
-¿Y dejar de ser artista? Ni soñarlo.
Por más que trataron de convencer al gato de que les dijera algo concreto, jamás pudieron lograrlo al afirmar que su "arte" no debía tener una explicación directa, por lo que intuyeron con eso de que tan solo había escuchado algo en algún lado y simplemente lo convirtió en una metáfora que a la larga alguien interpretó como algo malo en cuanto a los monstruos jefes, volviéndose así el rumor que tanto incomodaba a la realeza. Sin más que hacer, Gerson concluyó de que el tipo no era nada peligroso y que el arte a fin de cuentas no podía ser cuestionado bajo una sola perspectiva. Aquello le hizo sonreír aún más a la esqueleto, comprobando de esa forma que en efecto no lastimaría a quienes no pudieran defenderse.
Aprovechando su armadura de cuero, se dispuso a entrenar para encontrar algún modo de estar a la altura de un guerrero tan grande como lo era su compañero, pero por más que trataba de levantar sus huesos al mismo modo que lo había hecho el kappa con sus armas creadas por él, no tenía éxito alguno. Sin embargo, había descubierto que sus huesos verdes tenían el mismo efecto de su magia curativa y eran más resistentes que cualquier hueso, por lo que se apuntó que si podía lograr tal cosa… tal vez pudiera sacarles ventaja.
A perspectiva de sus estudios respecto a la magia, su habilidad nula para el combate podría deberse a que simplemente ella no quería lastimar a nadie. Tenía mucho sentido para ella si después de todo se había unido a la Guardia Real para salvar y no lastimar. Por lo que decidió que podía encontrar un modo de combatir sin requerir lastimar a nadie, estaba segura de que podía hacerlo con la guía de su ídolo.
Tras pensárselo demasiado, un día en el que estaba recorriendo el camino estando cómodamente en el caparazón de su compañero, se dispuso a pedirle que le ayudara con algunas técnicas de combate que tenía en mente, pero tras la llegada de un fénix de plumaje hermoso con una carta bastante elegante, supo que aquello tendría que esperar y se bajó de su hombro para dejarle espacio privado para leer el documento tan valioso. Si bien los cuervos eran el medio de comunicación más grande entre reinos, cuando se trataba de algo sumamente importante por parte de los reyes eran los fénix los que se encargaban de esa labor al poder tener el suficiente poder de decidir quemar la carta que transportaban en caso de ser necesario para no ser leída por indignos. Eran muy pocos quienes podían verlos recientemente y era todo un privilegio contemplar algo así. Los rumores decían que se debía a que esas aves sólo se sentían cómodas con la magia de un monstruo jefe, pero no había forma específica de comprobarlo.
-¡Vaya, vaya! Así que ya dieron el siguiente paso. –Se rio en grande la tortuga leyendo el contenido que iba exclusivamente a él. Tal parecía que lo había hecho muy feliz. –Gorey le pidió matrimonio a Tori.
-¿Gorey?
-Ohh… Asgore, jeje. Así le llamamos entre amigos. –Se rascó la nuca mientras sonreía algo divertido de contar eso. –Y Tori es Toriel, su ahora prometida. Sí que harán una pareja explosiva ahora, wah ha ha ha.
-¡Qué genial! –Exclamó Arial iluminando sus ojos a lo grande. –¡Una Boda Real!
Era una noticia realmente emocionante pese a no conocerlos, pero si eran grandes amigos de Gerson, sin lugar a dudas se trataban de seres extraordinarios sin importar su gran linaje o no. Ella nunca había asistido a algo así, pero siempre le parecía que debía de ser una festividad de lo más hermosa si el tema principal era el amor mutuo mismo. Sus padres seguramente habían tenido una muy bonita, se imaginaba siempre.
-Si, me mandaron una invitación doble para su fiesta de compromiso. –Observó el segundo pergamino dándose cuenta de eso. Después de estarlo leyendo por unos minutos, le extrañó que comenzara a ponerse colorado al grado de taparse la cara con el mismo papel. –Tú… ¿q-quieres venir co-conmigo?
-¿Yo?
-B-bu-bueno… si quieres acompañarme, pues…
-¡Claro que sí!
No le cabía duda a la esqueleto de que la vida le sonreía conforme daba pasos hacia adelante. Había logrado unirse a la guardia real, lograba curar a otros, era compañera de su ídolo desde la infancia y ahora asistiría a un evento grandioso en el castillo. Conocería a los reyes, al príncipe y demás amigos de Gerson que tanto mostraba admirar. ¡La vida era maravillosa!
Aprovechando de que estaban custodiando una zona pequeña, ese mismo día se encaminaron a recorrer algunas tiendas con la excusa de que debían de ver qué prendas vestir para un evento tan exclusivo como ese. Por lo que escuchaba de algunos aldeanos que pasaban a lado suyo, la noticia sobre el compromiso comenzaba a expandirse por todo el reino, siendo una noticia de lo más alegre para todos.
En cuanto fueron con una araña masculina sastre con varios diseños en muestra, un vestido en particular le llamó mucho la atención al serle similar a la túnica de su madre como curandera. Pero en cuanto lo había tomado y estaba dispuesta a pagarlo, Gerson se le adelantó y entregó un saco de monedas a la araña que lo recibió con mucho gusto y ahora le estaba tomando medidas a él para un traje que pudiera serle fácil de poner dado su caparazón.
-Sé que gran parte de tu dinero se lo mandas siempre a tu padre, por lo que déjame a mi darte este regalo. –Insistió la tortuga tras un leve suspiro tras hablar del tema por varios minutos mientras el arácnido comenzaba a ponerle tela con agujas con gran habilidad. –Velo como una forma de agradecerte que quieras acompañarme.
-Pero si el honor es mío de poder acompañarte, Ger-Ger. –Señaló Arial de inmediato. Seguía sin parecerle justo. –Es una festividad de tus amigos, además de un evento de la realeza.
-Ya quiero presentártelos, todos son grandiosos.
Arial notó que había desviado el tema apropósito, mas no insistió sabiendo de antemano lo que estaba por preguntarle tras ser algo constante entre ellos. Después de todo, ya habían sido muchas veces que le había preguntado sobre su familia y la tortuga nunca respondía. Tal parecía que era algo que simplemente no era de su agrado o no tuviera algo que decir al respecto.
Tras haber pedido permiso a su capitán y estarse dirigiendo hacia el castillo, aprovecharon el hospedaje que le estaban brindando los herreros al estar contentos de recibir nuevamente a su antiguo aprendiz ahora siendo todo un guerrero y se cambiaron ahí mismo para no estar en demora. Se quitó las hombreras y guantes para dejarse sólo la malla y las botas para ponerse el vestido elegante de tonos similares a sus ojos cuando brillaban. Se sintió más cómoda haciendo eso que dejando su armadura por completo.
-¿No me veo gorda con este vestido? –Preguntó tras salir de la habitación en la que se estuvo vistiendo fuera de la vista.
-No puedes verte gorda siendo un esqueleto, Ari. –Le sonrió Gerson estando divertido observándola girarse continuamente.
Aunque se sintiera extraña entrando al castillo portando un vestido y estando acompañando a El martillo de la justicia, Arial no podía evitar estar emocionada con cada paso. En cuanto estuvieron recorriendo el pasillo principal que conducía a la gran sala del castillo, visualizaron a dos monstruos jefes abrazando a un esqueleto con demasiado cariño pese a ser evidente que no le era de su agrado tales muestras de afecto. Era una imagen de lo más adorable para ella, en efecto se trataban de amigos perfectos para Gerson.
Ya no sabía si seguirse maravillando con el espléndido lugar en el que estaba o si cautivarse con los monstruos jefes ante los que estaba. Aunque hubiera escuchado mucho sobre esa especie, era la primera vez que podía contemplar uno y no le cabía duda de que todas las canciones que se contaban sobre ellos eran ciertas. Su mera presencia transmitía calma, seguridad y ganas de seguirlos a donde quisieran.
-Por los dioses… ¡Vienes con una chica! –El grito la sacó de sus pensamientos, recordándole que estaba ante los futuros reyes y volvió a estar atenta a su entorno con una dulce sonrisa.
-¡Es mi compañera de trabajo! –Argumentó Gerson de inmediato, extrañamente algo colorado con eso. –Les presento a…
-Arial.
El esqueleto alto había hablado tan seguro y directo, que Arial no pudo evitar sentir curiosidad de su comportamiento y se enfocó en verlo exclusivamente a él, canalizándolo por mero reflejo. Desde que se había alejado de su casa hacía tiempo que no se relacionaba con otros de su misma especie, y si bien se había acostumbrado a que varios fuesen fríos por dedicarse exclusivamente a sus propias investigaciones y labores, había algo en él en particular que le recordaba a las descripciones que su padre le daba sobre lo que él denominaba "estúpida juventud elite".
Tenía razón Gerson al haberle descrito a su amigo como alguien inteligente, por la forma en que la miraba seguramente estando canalizándola del mismo modo, no le cabía duda de que era alguien superior en cuanto a clasificaciones de la Orden de la Magia y no había necesitado pensarlo por las prendas que portaba ni por las estadísticas que estaba leyendo sobre él. Su mera presencia era más que suficiente.
-Sí, eehh.. ¿Cómo lo…? –Comenzó a preguntar el kappa algo sorprendido.
-Vaya, tú eres Wingdings. –Le sonrió dulcemente a modo de saludo, desactivando su canalización al haber visto suficiente. –Eso es inusual.
-¿Cómo es que…? –Gerson se giró hacia ella ahora con la misma expresión de sorpresa.
-Por su tipografía.
Lo dijeron con tanta precisión al unísono que la guardiana rió divertida de tal cosa, más el otro esqueleto mantuvo su mueca indiferente que por un momento le pareció que esa era la única expresión que sabía hacer. Era curioso cómo se le diferenciaba a Gerson o al mismo príncipe que los miraba a todos un tanto extrañado estando abrazando a su futura esposa, la cual estaba riéndose un tanto discreta mirando en particular a su compañero. Todos parecían muy amables.
Se sentaron en la mesa principal mientras comenzaban a bailar varios en el centro, entre ellos los mismos reyes que abrían la danza con su mera presencia y suave movimiento. Le era sorprendente que estuviera sentada con personajes tan grandiosos, por lo que su sonrisa se estaba volviendo permanente ante tantas cosas que no sabía en qué enfocarse relmente. ¡El castillo era tan grande y hermoso por dentro!
-Y Arial... cuéntanos algo de ti. –comentó la monstruo jefe tras pocos minutos. –Si eres compañera de trabajo de Gerson, eso significa que eres miembro de la Guardia Real ¿cierto?
-Así es, Lady Toriel. –Sonrió la esqueleto.
-Sólo Toriel, por favor. –Pidió tras devolverle la sonrisa. No le cabía duda de que estaba ante alguien de humilde corazón pese a lo que se convertiría en el futuro. –Es interesante que un esqueleto se interese por la lucha, creí que todos eran unos cerebritos... aun cuando parecen ser cabezas huecas, jajaja.
Instintivamente miró de reojo al esqueleto sentado con ellos para ver su reacción con tal mención de su especie, pero tal parecía que le daba igual que le dijeran así o simplemente estaba acostumbrado. Era la primera vez que veía que alguien perteneciente a la Orden de la Magia no se disgustara de un comentario así.
-Ya que huesitos no dejó que Gerson te presentara apropiadamente ¿cuál es tu nombre completo?
-Arial Serif, Lad... Toriel.
-¿Serif? –Finalmente el esqueleto alto se adentró en la plática tras llamarle la atención algo. – ¿Qué eres del curandero Sans Serif?
-Él es mi padre. ¿Lo conoces?
-He leído algunos de sus libros solamente.
-Si ha escrito libros, es que debe ser importante. –Comentó el príncipe, adentrándose en la plática.
-Bueno, él...
-... es un completo loco. –Concluyó el esqueleto de inmediato, interrumpiéndole. –Sus investigaciones sobre enfermedades humanas partiendo de sus pensamientos son de lo más burdas.
-Más respeto, huesitos. –Le susurró Toriel molesta.
-Bueno, en la Casa de la Curación han llegado muchos pacientes humanos alegando que "algo no los deja ser felices", suponiendo ellos que se trata de maldiciones. –Explicó Arial tranquila, estando acostumbrada a esas reacciones con esqueletos después de todo. Tal parecía que no sólo era por parte de su Casa, sino que toda la Orden lo veía de ese modo. –Ya les hemos explicado que las maldiciones no son como ellos creen, así que mi padre supone que se trata de una enfermedad partidaria de su mente. Sus cuerpos serán algo débiles a comparación de otros humanos, pero aun así mantienen un perfecto funcionamiento que...
-Los síntomas los describe viendo similitudes con enfermedades de monstruos. –Le interrumpió recargándose más en la mesa.
-Sí, porque la parte emocional es la que se está viendo afectada en su mayoría. –Aclaró manteniendo su sonrisa con él.
-Es ahí donde parte a lo ridículo en su investigación. –Insistió Wingdings.
-Se... que las enfermedades humanas y de monstruos no son contagiosas los unos a los otros, las diferencias físicas son más que evidentes, pero hemos detectado que...
-¿Hemos? Tengo entendido que tú eres de la Guardia Real.
-Ah s-si... pero...
Se consternó un poco al percatarse de eso. En efecto, era una guardiana ahora. Por esa misma razón era que portaba su armadura debajo de su vestido después de todo. Siempre debía estar lista y alerta acorde a su profesión.
-Te pones a defender una postura mágica cuando tú abandonaste tu propia Casa, por lo que no te da ningún derecho de hablar en voz de los curanderos. –Le señaló en el acto.
-Ya párale, Dings. –Le advirtió Gerson algo molesto con cómo se estaban tornando las cosas.
-No pasa nada Ger-Ger, tiene razón después de todo. –Le puso una mano en su hombro para calmarlo mientras le sonreía. –A veces olvido que ya no soy una curandera.
-¿Ger-Ger? –Preguntó el príncipe extrañado.
Lady Toriel parecía querer aguantarse la risa mientras que Gerson solo había desviado la mirada rápidamente por la vergüenza, pero podía notarse a leguas lo colorado que se había puesto en el acto. ¿Había hecho mal en mencionarlo así con sus amigos? Optando que lo mejor era dejarlo solo para que conviviera con ellos tras mucho tiempo separado, dejó de insistirle en que le acompañara a bailar y se dispuso a hacerlo sola con los presentes.
Se había estado divirtiendo mucho estando en movimiento con varios invitados bailando con gozo de tal celebración junto con unos hermanos leones de prendas muy elegantes y hermosas, pero en un instante todo cambió cuando las risas se volvieron gritos ante varios humanos saliendo entre varias cortinas y pasillos con distintas armas pulso cortantes. Sin saber cómo reaccionar apropiadamente con todo eso, se enfocó en ponerse en postura de guardia imitando a la que regularmente le veía a Gerson para brindar seguridad a los asistentes. Pero por más que observaba el entorno esperando a que se tomaran las medidas necesarias… sólo contemplaba horror por parte de los monstruos sin saber cómo protegerse de los humanos que los estaban acorralando con sus armas.
¿Dónde estaban sus compañeros guardias? En un evento como ese sin lugar a dudas debían de estar varios ¿no? Sólo podía ver que Gerson ya estaba él solo actuando y combatiendo a varios humanos con armas que había atraído de algún lado, mientras que el esqueleto alto que había estado en su mesa estaba apartando a Lady Toriel para mantenerla a salvo de algún modo tras el shock que evidentemente estaba teniendo.
-Manténganse ocultos. Voy a… -Comenzó a indicarles girándose hacia ellos.
-¡El príncipe! –Exclamó la leona de vestido turquesa con detalles con flores rojas en los bordes y un pequeño moño del mismo color que decoraba su oreja derecha. –¡Manténgalo a salvo!
-Kiare, por favor… -Comentó su hermano león tratando de calmarla.
-¡Sálvenlo!
Fue así como Arial se percató de que el príncipe ahora estaba combatiendo con un humano de mayor edad con una lanza y de que no había nadie que pudiera ayudarle a la mano. Sin pensárselo de ningún modo, se lanzó corriendo hacia allá quitándose el vestido en el camino al serle estorboso para lo que requeriría del momento. Esperaba que Gerson luego le disculpara por estropear tan bonito regalo.
Haciendo lo único que sabía hacer, surgió una barrera de huesos entre el humano atacante y el príncipe para mantenerlo a salvo. Notando que el humano de mayor edad retrocedía rápidamente al no darle más espacio para seguir, aprovechó ella para acercarse y asegurarse de que el futuro monarca estuviera en buen estado.
-Majestad ¿está usted bien? ¿Qué…?
-¿Dónde están los guardias? –Urgió con un leve rugido.
-No lo sabemos. –Comentó sabiendo que Gerson se estaría preguntando lo mismo al estar batallando él solo. –No hay nadie salvo los de la fiesta en todo el castillo. Creo que sólo Gerson y yo estamos de la guardia.
-Protege a mis padres entonces. Yo me encargo de este humano.
-¡Si majestad!
Estaba nerviosa con tal orden de gran magnitud, pero no dio tiempo ni espacio para algo así al ser más importante cumplir con ello. Corriendo con bastante prisa entre los presentes y viendo que Gerson estaba acorralando a varios con tantas armas a su disposición, hacía varias barreras de huesos en su camino para darles protección a los asistentes y llegó a donde estaba el rey que sabía darles batalla a los humanos, mostrando que le hacía honor a su especie y postura. ¿Pero dónde estaba la reina? ¿Qué no estaba con él?
Para su desgracia… y la de muchos presentes… la reina se había lanzado a tiempo para recibir el ataque dirigido hacia el príncipe. Sólo polvo quedó tras ello.
-No…
El rey se había detenido a contemplar cómo su esposa había perecido en cuestión de segundos sin que hubiera algo qué hacer. Y si bien estaba completamente consternado por la mirada distante que tenía, aun así no dejaba de defenderse y asegurarse de que estaban los de su entorno bien como un buen rey preocupado por su gente. Ante un grito por parte del humano que había estado atacando al príncipe antes, el resto de los humanos presentes dejaron de oponerse y cada uno vio el modo de salir corriendo. Todo parecía tener un objetivo concreto después de todo.
-¡Arial, detén al menos a uno! –Escuchó a lo lejos la voz colérica de Gerson.
Detener, detener… claro, ella podía hacer eso. Activó sus ojos verdes y alzó su mano para detener al alma más cercana que tuviera al alcance de su magia... pero ya era muy tarde, los humanos habían sido muy cautelosos hasta con eso al mantenerse a distancia en cuanto al llamado de los suyos. Sintiéndose mal de estar fallando tantas veces en poco tiempo, se lanzó corriendo esperando poder dar con ellos.
Pero en cuanto llegó a la entrada principal sólo contempló una barrera cristalina roja mal formada… y al príncipe inconsciente frente a ella. Aceleró el paso sin pensárselo y se lanzó al suelo para canalizar sus heridas a la brevedad. Por suerte sólo había sido un golpe de cabeza que detectaba, pero el resto de sus amigos habían llegado exclamando cosas que claramente mostraban su preocupación por él.
-Asgore ¡No me dejes!
Escuchó que lloraba la monstruo jefe a lado suyo, observando cómo lo estaba curando con su magia verde y aun así sacudiéndolo un tanto desesperada por que desesperara. Aunque entorpeciera un poco su trabajo en cuanto a curarlo, aun así la dejó al comprender lo que estaba pasando por su mente. Poco a poco el príncipe comenzó a abrir sus ojos al eliminar tanto el impacto como el dolor mismo.
-Gracias a todos los dioses que estás bien. –Exclamó Lady Toriel lanzándose a él sin pensarlo, abrazándolo fuertemente pese al desconcierto del príncipe.
-¿Qué… pasó?
-Una emboscada. Los humanos mataron a todos los guardias del castillo en silencio para ingresar y pasar desapercibidos. –La voz del rey resonó en el acto haciendo acto de presencia. Su rostro en ese momento no era para nada agradable. –El objetivo parece ser que eras tú.
Arial se apartó al ver que el príncipe ya se encontraba bien y se dispuso a observar la extraña barrera que impedía el paso en la entrada principal. Emitía un tono ligeramente rojizo y se mostraba un tanto malhecha con algunos huecos como si no se hubiera alcanzado a completar. No necesitaba tocarla para comprender que era dura como una roca si le había impedido el paso a un monstruo jefe al grado de dejarlo inconsciente. Era… muy extraño, algo que por más que lo pensaba simplemente no lograba comprenderlo.
Los monstruos eran una fuerza de creación y los humanos de destrucción… eso lo tenía claro y estudiado desde niña. La existencia de la magia de su lado era una prueba de eso ¿Cómo era que un humano hubiera logrado algo así?
-El humano era un mago. –Susurró Arial finalmente.
-¡Eso es imposible! –Exclamó el esqueleto a lado suyo, molesto con esa conclusión.
-Todos lo vimos Dings, ese humano creó esta pared. –Comentó Gersón aun perplejo por lo acontecido. –Es ma...
-¡No puede ser magia! ¡Los humanos no pueden hacerlo!
-Nunca se ha visto que la magia pudiera tomar el color rojo... no que yo recuerde. –Señaló Arial aun observando la pared con sus ojos brillosos, canalizando la información que pudiera brindarle eso… pero nada, no entendía nada. No tenía sentido alguno. –Sólo se conoce una gama de colores muy limitada que algunas Casas de estudio se enfocan en comprender...
-Sea lo que sea, queda claro que ese humano lo hizo. –Detuvo el conflicto el rey con tan sólo hablar. No parecía tener paciencia en el momento. –No necesito saber nada más por el momento. Entren todos al castillo por ahora. Debo mantener a salvo los que están cerca de mí.
Tras algunas discusiones por parte de la realeza que simplemente no quiso prestar atención por enfocarse en cosas más importantes de momento, una vez que entraron todos al castillo Arial aprovechó a llevarse a la aun prometida del príncipe para apartarla del ambiente tenso que se estaba formando y curarla aparte al tener mayores heridas que el resto. Aunque no la hubiera visto por haber estado atenta al rey, tal parecía que Lady Toriel había dado batalla por cuenta propia. Podía notar de reojo que sus manos estaban lastimadas y que hacía todo lo posible de no darles importancia.
Metiéndose en la primera habitación abierta que encontró, la sentó para comenzar a emitir su magia verde en sus manos sin que protestara al respecto. A Arial le dolía ver como estaba soltando lágrimas silenciosas por todo lo ocurrido.
-No puedo creer que muriera… ella…
-Lo siento.
No se le ocurría que otra cosa decir salvo eso. El príncipe le había encargado que salvara a sus padres y había fallado. Gerson le había pedido que detuviera por lo menos a un humano y había fallado. Lo único que finalmente había hecho bien era lo que estaba realizando de momento. Pero aunque lo lamentara, no podía dejar de pensar en que si no hubiera estado en el lugar, no habría nadie que pudiera curarle sus heridas. Era lo único que tenía de momento para sentirse firme ante todo. No era momento para darle espacio a lamentos al tener cosas qué hacer primero.
Todavía le faltaba ver cómo se encontraban el resto para atender sus heridas. Estaba segura de que al menos Gerson contaba con varias que no le mostraría a la primera.
-Eres muy pequeña para ser una guardiana. –La voz de la futura soberana la sacó nuevamente de sus pensamientos.
-Todavía estoy creciendo. –Emitió una tenue sonrisa mientras mantenía sus manos suspendidas con su magia verde.
-Me refiero a… que te ves muy joven. –Hipó un poco continuando mirándola curarle. –¿La Guardia Real no es algo pesado para ti?
-Es un reto Lady Toriel, uno que siempre he estado dispuesta a darle frente.
-Eres una pequeña valiente entonces. –Comentó un tanto más calmada. Arial quería explicarle que no era tan joven como creía y que incluso parecía que tenían la misma edad, pero no le parecía óptimo de momento. –Se suponía que este sería un hermoso día… un momento feliz. Y ahora…
-La boda aun así continuaría ¿no?
-Hoy no al menos, pero… No sé qué pasará de ahora en adelante. Asgore no está listo para muchas cosas, menos para un conflicto de esta magnitud.
-Pero le tiene a usted, y si es tan temeraria como me lo indica sus manos, sé que no permitirá que esté solo con sus decisiones. –Le sonrió aún más para calmarla. La futura reina era de buen corazón después de todo, podía notarlo sin necesidad de revisarla detalladamente. –Demuéstrele que su amor es más grande que cualquier odio.
-Gracias pequeña. –Le devolvió la sonrisa tras dejar de emitir lágrimas enormes. –Creo que me sería útil que me enseñaras eso que estás haciendo.
-Cuando quiera, Lady Toriel.
-Sólo Toriel, por favor.
Al estar segura de que ahora estaba bien, terminó de emitir su magia verde y ambas se dispusieron a reunirse con el resto. Para suerte de Arial no habían heridos de gravedad fuera de las muertes de los guardias que habían estado custodiando, lo que indicaba que el único objetivo en sí había sido como el rey lo había indicado: habían querido matar únicamente al príncipe. Su capitán ya estaba ahí hablando con el rey, Gerson y Wingdings, por lo que Toriel se separó de ella en busca de su amado mientras que la guardiana se dispuso a reunirse con su compañero.
-Lo siento mucho, majestad. –Se adelantó Arial a decirle, olvidando que estaban hablando de algo seguramente importante, pero no quería seguir con ese sentimiento. –Su hijo me pidió que los protegiera y… fallé.
-Por supuesto que fallaste, eres una esqueleto en la guardia real. El chiste se cuenta solo. –Se adelantó a comentar Wingdings con un semblante friolento hacia ella.
-¿Argumentas que mi ley tiene fallos, joven Gaster? –El rey levantó una ceja sin inmutarse. –Esta jovencita mantuvo separados a varios humanos de nuestros invitados. Muchas vidas se salvaron gracias a eso.
Arial se sonrojó con tal observación de su parte al no haber visto ella eso. Su capitán le sonrió levemente en silencio, indicándole que estaba orgulloso de ella ante todo. Mientras que Gerson había hecho una mueca de desagrado por el comentario que había lanzado su amigo. Estaba a punto de agradecerle hasta que captó algo que no había prestado atención antes ¿Ese esqueleto alto era un Gaster? Ese apellido no sólo formaba parte de la elite dentro de los suyos, ¡sino que tenían un título de caballero! Oficialmente Gerson tenía amigos tan increíbles como él.
-Lo siento, majestad. –Finalmente dijo desviando la mirada un poco, la cual claramente no estaba siendo sincero con sus palabras.
-Bien, porque quiero a estos dos protegiendo el castillo. Ya vi que pueden hacerlo perfectamente. –Continuó el rey, señalando tanto a Gerson como a ella. Luego se dirigió al capitán de la guardia y al esqueleto. –Mientras que de ustedes dos necesito que vayan a la aldea humana dentro de nuestro reino a dar un mensaje.
-Los humanos no entienden mi dialecto, majestad.
-No irás en un acto diplomático.
Después de ello, Arial supo que las cosas comenzarían a ponerse tan turbias como se lo había imaginado Lady Toriel. La orden del rey era que tanto la Guardia Real como la Orden de la Magia se hiciera cargo de expulsar a todo humano dentro del reino… partiendo de la misma aldea donde había muchos incluso que vivían un par de generaciones ahí. Aunque tuviera la orden directa de quedarse en el castillo para proteger a seres tan importantes dentro, lo cierto era que no se sentía cómoda estando ahí mientras que otros estaban arriesgándose ante un posible peligro. ¿Y si lastimaban a otros? ¿O si eran lastimados? ¿Qué tal si no podían ser atendidos con tiempo? No, en definitiva no podía quedarse con los brazos cruzados.
Ella se había unido a la guardia real para salvar vidas, no para acatar órdenes que evitaran su misión, eso se lo había dejado en claro a su mismo padre en cuanto le había dicho su plan. Por lo que sin decirle a Gerson sabiendo que le detendría, se escabulló en la mañana dirigiéndose a toda prisa hacia la aldea, sabiendo que la guardia real ya estaría ahí dando el mensaje oficial por parte del mismo rey.
Lamentablemente notaba que había llegado tarde. No sólo estaban varios de sus compañeros de la guardia haciendo una barrera que impedía que pasaran los humanos mientras que jaloneaban a la fuerza a monstruos para que estuvieran atrás de ellos, sino que los disturbios comenzaban a ser de lo más agresivos.
-¡Él también es nuestro rey! ¡No puede hacernos esto!
-¡Este es nuestro hogar también!
-¡Nosotros no somos los culpables!
No importaba como se viera, Arial estaba de acuerdo en las manifestaciones de los humanos que se rehusaban a seguir siendo empujados por la guardia. Sin importar la especie, eran sus hogares, su familia, sus historias que les estaban forzando a dejar por el dolor del monarca. Era una terrible decisión declararlos enemigos por el acto de uno solo. Aunque quisiera ponerse en medio tratando de convencer a sus compañeros de que dejaran de hacerlo, sabía que sería un acto inútil que la tacharía como traidora si se oponía a una orden de esa magnitud. Ya había sido demasiado el que hubiera abandonado su sitio con tal de querer salvar a posibles heridos en el lugar.
Para sorpresa suya, había también monstruos que gritaban a la guardia no estando de acuerdo con lo que estaban haciendo. Después de todo, tras tantos años conviviendo en armonía y que todo se fuera por la borda por el mal acto de uno simplemente no era justo.
-Ni para órdenes sirves ¿verdad?
Arial se giró sorprendida de escuchar una voz detrás de ella de la nada, se había asegurado de estar sola oculta ahí después de todo ¿cómo era que estaba el Gaster ahí? La mirada fría de sus cuencas le era un tanto intimidante.
-Yo…
-Quédate aquí y no hagas nada. –Irrumpió pasando a lado de ella sin más preámbulos. –No permitiré que tu estupidez meta en problemas a mi amigo.
Algo contrariada con eso, terminó haciendo caso a la indicación y lo vio dirigirse con postura seria hacia la barrera que varios guardias estaban haciendo sin querer entrar en batalla al igual que los mismos humanos. Por mucho enojo que estuviera en medio de ambas especies, era claro que ninguna quería lastimar al otro.
Con un poder que nunca había visto, el esqueleto alzó una mano y levantó a varios humanos de un solo movimiento, teniéndolos suspendidos y asustados con ello. Era más que evidente el porqué, no sólo estaban fuera de tierra firme, si no que estaban siendo sujetados directamente de sus propias almas al mismo tiempo.
No cabía duda de que era un mago poderoso.
-Sé que no entienden mis palabras, pero sé que lo harán con mis actos. –Gaster iluminó sus ojos en un tono amatista friolenta hacia los que tenía sujetos con su magia. –Ya no son bienvenidos en Megido.
Y con un movimiento de muñeca, los empujó lo más lejos posible y los soltó sin cuidado, evitando apartarles la vista en ningún momento sin cambiar su expresión. Arial se dispuso a correr hacia ellos sabiendo que estarían lastimados, pero rápidamente su alma se tornó en un tono azulado y fue empujada al lado contrario, alejándola aún más de los humanos. Apenas y reaccionó con tiempo para hacer una barrera de huesos detrás de ella para no ser empujada tan lejos. Tal parecía que ese esqueleto no le dejaría de ningún modo acercarse a ellos. Eso era malo.
Cada vez que un humano trataba de acercarse, Gaster los volvía a empujar con su magia sin necesidad de un movimiento. Estuvo haciendo lo mismo por varios minutos hasta que uno que otro parecía entender que no les dejarían dar más pasos. Fue ahí cuando la guardia real aprovechó en dar más pasos para reducirles el de ellos. Después de eso… Arial ya no quiso ver más.
-Mi trabajo aquí está hecho. –De la nada se apareció Gaster a lado de ella y la tomó del brazo sin más. –Sólo queda este cabo suelto.
Sin saber cómo realmente, en cuestión de un pestañeo terminó estando de nuevo dentro del castillo. Le costó un poco concentrarse tras el leve mareo que le había dado tal acto de magia, pero gracias al haberla tenido tan cerca pudo saber de qué se trataba todo.
-¿Tienes licencia para transportarte así? –Preguntó tras por fin desviar su mareo estando estable de pie. –En verdad eres un alquimista.
-¿Lo sabes por mi magia y no por mi uniforme? –Le cuestionó con bastante frialdad en sus palabras. Tal parecía que no era alguien de buen humor.
-Ese conocimiento sólo lo tienen los alquimistas, tengo entendido. –Comentó sin darle importancia a su tono. Le preocupaba la esencia mágica que había sentido en su invocación. –¿Estás triste por los humanos?
-Para ser una esqueleto, fallas hasta en lo analítico. –Comentó estando caminando mientras Arial le seguía sus pasos un tanto curiosa de seguir hablando con él. –¿Por qué me sentiría de ese modo por una especie tan problemática?
-Tu magia irradiaba tristeza. Así que supuse que era por eso.
Después de ese día, le dio la impresión de que no le era grata su presencia, aun así Arial le tenía una sonrisa para él para calmarlo aun sin éxito alguno. El esqueleto al pertenecer en un puesto bastante elevado dentro de la Orden dada su edad, constantemente se paseaba por ahí tanto por trabajo como para hablar con sus amigos, pero en cuanto estaba ella entre ellos simplemente hacía la vista larga como si no estuviera. ¿Era su forma de decir que era bastante baja a comparación suya?
Su estadía como guardiana en el castillo era un tanto aburrido a comparación de los viajes que antes tenía junto con Gerson, pero se prometió no volver a salir de su puesto para no meter en problemas a nadie con sus actos. Tenía razón Gaster cuando le dio tal observación después de todo, el capitán le daba demasiado confianza sabiendo lo que había hecho en su prueba, Gerson siempre la estaba cuidando de cualquier cosa y el rey mismo la había defendido en su disculpa por su incompetencia. No debía darse tal lujo cuando tenía a muchos dando su voto de confianza en ella.
Pero… ¿estaba haciendo lo correcto en sólo seguir órdenes? ¿Estando a salvo ahí mientras que seguramente en todo el reino había complicaciones? La aldea humana dentro del reino de los monstruos no era el único lugar en donde vivían humanos.
No sabía por cuanto tiempo había sido el caso, pero un día descubrió que las visitas constantes del alquimista en el reino era realmente porque estaba entrenando en magia al príncipe, mientras que Gerson le enseñaba a crear su propia arma que pudiera tener consigo siempre y sin necesidad de cargar con ella. Era la primera vez que sabía que su compañero sabía hacer algo así con su magia, pero supuso que eso explicaba la aparición de su martillo favorito cuando lo requería. Tal parecía que todavía había muchas cosas por descubrir de su compañero.
-Pequeña… ¿en verdad puedes enseñarme la magia curativa?
La voz de la prometida del príncipe la desconcertó de sus pensamientos sobre tan extraño comportamiento. La mirada que tenía la monstruo jefe irradiaba preocupación y tristeza sin necesidad de que se pusiera a analizar tales cosas de su esencia.
-Gorey no deja de lastimarse con lo que hace y… necesito ayudarle de algún modo. –Continuó hablando ante su mutismo sorprendido. –No tiene que soportar todo el dolor solo. Yo estoy para él y nomás no lo comprende.
-Por supuesto, Lady Toriel. –Se giró para tenerla de frente, siendo más que notoria la diferencia de estaturas entre ellas. –No es algo complicado de aprender.
Fue así como logró dar con algo para entretenerse en su estadía en el castillo. No le sorprendía que la monstruo jefe fuera tan buena para aprender a la primera cada cosa que le enseñaba respecto a su única especialidad en la magia, tal parecía ser muy autodidacta y que era un don de su parte tal inteligencia. La admiraba demasiado por eso.
Con ello tal parecía que había acaparado la curiosidad del alquimista, ya que un día en el que estaba parada sin hacer nada supuestamente vigilando una de las entradas, llegó con ella pidiendo que le acompañara en cuanto prometiera no decir absolutamente nada sobre lo que pudiera mostrarle. Accedió por mera curiosidad y le siguió hasta lo que parecía ser un pasillo oculto dentro del castillo. Sí que había muchas sorpresas en temas de la realeza, pensaba con una sonrisa.
-Eres torpe como guardiana y tonta como esqueleto. –Comentó Gaster mientras recorrían los oscuros pasillos siendo iluminados por los ojos de ambos esqueletos. –Pero hay algo en lo que podrías ser de utilidad de verdad en vez de sólo perder el tiempo.
-Muchas gracias por la confianza. –Sonrió gustosa de lo último, iluminando aún más el pasillo con eso. –Es muy dulce de tu parte… Aunque me sorprende que me digas algo así.
-¿Por qué te sorprende?
-No sé. Tal vez sea mi imaginación, pero tengo el presentimiento de que yo no te agrado.
-Eres una esqueleto más que dejó la Orden para entorpecer el reino estando en profesiones no acordes a nuestra especie. –Soltó sin darle importancia a su tono y mirando al frente. –Sin contar el hecho de que haces que mi amigo haga todo el trabajo por ti, así que dime ¿Por qué habrías de agradarme?
-No eres bueno con los cambios ¿eh? –Comentó algo risueña de comprender dónde estaba el verdadero problema.
Tras estar caminando demasiado entre tantas paredes extrañas y sin tener respuesta de hacia dónde iban por mucho que lo preguntara, finalmente se detuvieron en un punto extraño que el mismo esqueleto señaló y que dejó visible una puerta sin que pudiera ver el modo en que lo había hecho. ¿Cómo había pasado algo así en ese lugar? ¿O acaso eso ya estaba ahí y no se había dado cuenta por la oscuridad? Sin dar espacio para más preguntas, se adentró al notar que le estaba dando el paso antes de cerrar la puerta detrás de ellos.
No tenía palabras adecuadas para describir el lugar en el que estaban ahora. Estaba bastante espacioso pese a aparentar lo contrario desde afuera. Le daba la impresión de que había entrado a una habitación encapsulada que podía albergar al menos tres chozas en ella. ¡Era enorme! Pero más que ello, estaba perfectamente ordenado cada cosa que observaba con gran interés y curiosidad. Libros y libros acomodados por tamaño, color (y seguramente también por orden alfabético), varios instrumentos que no reconocía y en el centro…
-¡Wooow! ¿Es lo que creo que es?
Se disparó corriendo hacia el cráneo alargado gigante que estaba situado en una tarima de piedra. Estaba fracturado en varias partes que podía revisar a simple vista, pero fuera de ello tenía una perfecta forma que era más que indiscutible su origen mágico. En cuanto alzó un brazo para tocarlo, rápidamente tenía al alquimista a lado suyo sujetando su muñeca con un evidente enojo de su parte.
-¿No te enseñaron a no tocar lo que no es tuyo?
-¡Es el cráneo de un dragón gigante! ¡Las leyendas son reales! –Exclamó emocionada.
-Se dicen muchas estupideces en esos relatos… pero si, al menos esos dragones si fueron reales. –La soltó tras emitir un gruñido por su atrevimiento tan veloz y se puso a mirar el cráneo al igual que ella. –Esta es la única pieza completa que pude extraer, así que mientras no logre mi objetivo con esto, no lo toques.
-Entendido. –Le sonrió con tal de calmarlo, pero era evidente de que no lo había logrado. – ¿Me trajiste entonces para mostrarme esto? ¡Muchas gracias!
-No seas ingenua, es porque necesito tu conocimiento en cuanto a curaciones mágicas.
No entendía qué requeriría de su servicio cuando claramente el esqueleto era superior en cuanto a magia, pero en cuanto se adentraron aún más a tan extraña habitación llena de conocimiento, no pudo evitar soltar un grito de exclamación ante lo que estaba observando del fondo.
En lo que parecía ser una jaula invisible a causa de las letras de su nombre rodeando el espacio en particular, se encontraba una monstruo sentada en el suelo y abrazándose a sí misma sin reparar que en ello se estaba lastimando a si misma con sus largas cuchillas que tenía por manos. Su mirada grisácea se notaba contrariada entre sus antenas caídas sobre su rostro y sin mirar un punto en particular al grado de parecer que aún no se daba cuenta de sus presencias frente a ella. Las alas cristalinas que tenía detrás de ella parecían estar quebradas al grado de no tener reparación alguna por mucho que pusiera manos a la obra.
Era una sibila… la última de su especie.
Por su sorpresa de lo que tenía frente a ella, sus cuencas se oscurecieron mientras se acercaba lentamente hacia ella, tratando de dar crédito a lo que estaba viendo en ese preciso momento ¿Cómo era que una sibila estaba viva? Gerson le había contado que ninguna había sobrevivido y que él había estado en el lugar del atentado para comprobarlo. ¿Por qué su amigo tenía una en su habitación oculta y en un estado tan crítico? Tenía demasiadas preguntas por hacerle al alquimista tras eso, pero puso todo eso a un lado y se enfocó en revisar de vista todas las atenciones que tuviera que hacer con ella. Tenía demasiadas heridas visibles que claramente se estaba provocando a sí misma con sus cuchillas y sin darle importancia, por lo que optó en prestar más atención a lo que detectaba en su canalización. Su mente estaba muy distante… era más de lo que podía soportar ella misma.
Se giró para marcharse corriendo directamente hacia la puerta por donde había entrado, pero nuevamente el alquimista la sujetó de la muñeca impidiéndole cualquier intento.
-Tranquilo, sólo voy por unos ingredientes. –Le sonrió dulcemente comprendiendo que estaba preocupado. –No tardaré nada.
Pasando lo que posiblemente fueron varios minutos de silencio mirándose el uno al otro en espera de algo más, sin más el alquimista la soltó sin retirar su rostro serio lleno de desconfianza. Su silencio fue más que una respuesta clara de que le daba permiso de ir por lo que había prometido, por lo que la guardiana dio paso prisa para cumplir a la brevedad con el favor que le estaba pidiendo. No había querido alarmarlo, pero la sibila no parecía estar en buen estado, por lo que había comprendido la medida drástica que había empleado de retenerla de esa forma tan poco amistosa.
La magia de una sibila era algo que se desconocía por completo, no era algo que pudiera curar de inmediato ni mucho menos garantizar un buen resultado al respecto. Requería algo más fuerte.
Tras haber ido a la cocina del castillo rápidamente y tomado las cosas avisando de que luego se presentaría a pagar por todo, regresó al estudio extraño de Wingdings recordando cada paso que había dado y dio una nueva revisada de vista al lugar en busca de todo lo que pudiera necesitar, mientras el esqueleto fingía tener un libro pesado consigo cuando la observaba sentado aun con tal semblante serio. Tener su mirada tan fulminante sobre ella la hacía sonrojar levemente.
-¿Puedo tomar tu olla? –Preguntó tras observar todo lo que había en el lugar.
El alquimista se limitó a hacer un ademán con su mano para darle paso a tomar sus pertenencias. Haciendo caso omiso a lo que pensara, se puso a hervir las cosas que había traído y en poco tiempo sirvió el contenido en un plato hondo para llevárselo con cuidado a la sibila encerrada y con aspecto un tanto perdido. Tener sus ojos blanquecinos tan de cerca mirándola fijamente, si debía de admitirlo para sus adentros, no eran nada agraciados.
-Su divinidad…Tome de esto con cuidado. –Le comentó mientras le sonreía para calmarla ante sus nervios notorios con su presencia. –Está caliente.
La mantis ahora la observaba con demasiada atención tras varios minutos antes de aceptar lentamente el plato que le estaba brindando, haciendo cambiar sus cuchillas por unas manos pequeñas verdosas para poder hacerlo. Sí que era fascinante poder contar con la oportunidad única de poder conocer tan directamente a una criatura tan emblemática como las sibilas. No sabía si existía alguien aparte de la prometida del príncipe que hubiera contado con tal oportunidad siquiera.
Tras observarla tomar del brebaje con lentitud, Arial se sentó en el suelo para estar igual que ella, aunque aun así eran notorias las estaturas. ¡Era impresionante qué tan alta podría ser la insectoide! Estaba casi segura de que tenía la misma altura de un monstruo jefe.
-¿Qué fue lo que le pasó? –Preguntó sin más Arial tras varios minutos de silencio.
-¿Cómo es que preguntas eso? –Gaster se mostró molesto con su pregunta, el cual era más que evidente de que había estado prestando atención a cada movimiento suyo. –Qué no vez que…
-¡Debí morir con todas! ¡Ese debió ser también mi destino y fallé!
Su voz era un tanto angelical pese a lo contrariada que estaba exclamando esas cosas ante la primera provocación. Sus movimientos bruscos hicieron que las letras grabadas en el suelo aparecieran unos barrotes de luz rápidamente.
-No diga eso, tranquila. –Haciendo a un lado tales barrotes, tomó su mano para calmarla de tales nervios notorios. –Estoy segura de que no falló en nada.
-Muerte… muerte… muerte… Todos debemos morir…
-Todos moriremos algún día, sí. –Arial trató de seguir el hilo de su conversación consigo misma si eso la hacía sentirse mejor. –Es la naturaleza después de todo. Para un inicio hay un final.
-Final… final…
-Sí, final. –Mantuvo tiernamente su sonrisa, viendo que por fin estaba dando a una conversación.
-Yo quiero un final… yo no debo estar aquí ya…
-¿Y por qué no?
-Demasiada… vida… Demasiada… muerte… ¡DEMASIADO TODO!
Los barrotes de luz temblaron ante su exclamación como si buscaran ahogar el tono de su voz. Arial simplemente se limitaba a seguir sosteniendo su mano por mucho que no le respondiera el gesto por estar sosteniendo con fuerza el plato que aún no se terminaba su contenido blanquecino. Estaba comenzando a comprender dónde estaba radicando el problema, por lo que instintivamente iluminó sus ojos verdes.
-Debe ser muy cansado para usted ver los finales de todos ¿cierto? –Cuestionó aligerando un poco su sonrisa de forma comprensiva. –Usted no eligió tener esa clase de magia y le ha sido pesado ¿no es así?
-Destino… es destino… El tiempo quiere ser reconocido… quiere ser respetado… Pero no entre nosotras…
-¿No… puede ver su tiempo? –Trató de indagar la esqueleto al serle extraño tal cosa. No entendía muy bien a qué se refería.
-Todas somos una… pero ellas no pudieron ver su final y yo… sólo lo vi sin… ver…
-Creo que te refieres a que sólo lo viviste ¿cierto?
Era extraña la forma en la que trataba de comunicarse la sibila, pero por lo contrariada que estaba era lo único que podía hacer de momento. Aprovechando que estaba más tranquila, se puso a curarle sus heridas mientras se terminaba su bebida del plato. Tras no poder hacer más dada la separación y la poca disponibilidad que le daba la misma insectoide, se levantó y se despidió de ella sonriéndole y afirmándole de que las cosas se pondrán mejor. Tal parecía que era lo que necesitaba sentir de momento, ya que con ello se acomodó para dormirse tranquilamente en su sitio.
-¿Qué clase de poción le diste? –Comentó Gaster en cuanto se acercó para ver de cerca lo que había ocurrido. – Podría ser útil manejarlo de vez en cuando.
-Sólo fue leche caliente con granos de cacao y un toque de vainilla.
-¡¿Qué?! Pero eso que pasó…
-A veces la mejor medicina es simplemente poder ser escuchado. –Sonrió con ternura de verlo tan desconcertado.
-Eres… más patética de lo que creí.
-Supongo. –Rió con gracia por su comentario.
-Pero si ese es el caso… necesitaré todavía de tu ayuda. –Suspiró el alquimista dándose por vencido con algo. –Ella sabe de la posible guerra, necesito esa información y tal parece que sólo tú puedes sacárselo.
-Creo que a Lady Toriel le gustaría saber que una de las sibilas está viva, eso la pondría contenta.
Comentó con total sinceridad, sabiendo que ella había vivido en el Templo de la Visión por una de las anécdotas que le había contado mientras le enseñaba magia curativa. Pero el esqueleto solo desvió la mirada hacia donde estaba la sibila recostada en una de sus túnicas de mago.
-Tori no… debe saber nada. –Su voz fue casi un susurro, como si se lo pensara demasiado antes de hablar. –Nadie puede saberlo, al menos por ahora. Prométeme que no revelarás nada de aquí y a cambio yo te enseñaré como debes usar tu magia de esqueleto. Te he visto y eres pésima en ello.
-Me parece bien. Entonces hagamos un pacto.
Retomando la mirada hacia ella con total desconcierto, Arial levantó su meñique mientras mantenía su sonrisa en él esperando que comprendiera a qué se refería en particular, pero tras varios segundos de incómodo silencio supo que tendría que darle más detalles en cuanto a eso.
-Los humanos tienen un poderoso ritual en el que juntan sus meñiques al prometerse algo el uno al otro. –Comenzó a explicarle sin bajar su meñique, esperando a que el otro esqueleto juntara el suyo con ella. –Una vez que los juntan ya nada puede romper su promesa ¿qué te parece?
-Estúpido como tú.
-¡Oh vamos! Es para que me creas que prometo no decir nada.
-Bien…
Arial simplemente ahogó su risa mientras mantenía sujeto su meñique con el suyo. Tal como lo había pensado, había cierta inocencia y pureza en él tras esa máscara seria y analítica. Eso le parecía hasta adorable de parte suya. Ahora entendía realmente por qué era tan buen amigo de Gerson al ser los dos tan distintos en cuanto a gustos, pero aun así fieles a sus creencias y convicciones.
Fue así como comenzó su labor secreta de ser curandera personal de una endling de tan enigmático poder. Y fue así como comenzó a conocer al esqueleto de acciones misteriosas.
La vida una vez le estaba presentando cosas que alimentaban su curiosidad.
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¡Siiii! ¡Un capítulo especial más sobre el pasado de los monstruos!
Debo reconocer que me ponía muy nerviosa la presentación de éste capítulo en particular, porque no sólo es dedicado a un personaje no canon dentro de undertale que no pudiera serles de interés por ello, sino que forma parte de algo tan grande que he creado que… ¡Me tenía también muy emocionada llegar a esto!
Muchas gracias por el apoyo que me han brindado en cada capítulo, en cada párrafo… ¡en cada todo! Amo como me han mandado escritos, fanarts y demás respectivamente sobre Arial, me llena de energía y motivación como no tienen ni idea en cuanto a mis fanfics como en mis proyectos personales que próximamente les presentaré.
Los invito a buscar el amino de Michsonrisa para más cositas sobre mis fanfics n.n ¡Los amo!
**inserte sus teorías en la caja de comentarios**
Michi fuera!
:)
