El señor y la señora Kocho eran emblemáticos farmacéuticos de su ciudad, dueños de una prestigiosa y confiable cadena de farmacias. Eran personas respetadas y amables que habían engendrado dos hermosas e inteligentes hijas, y adoptado a la menor de ellas, con las exactas mismas características que sus hermanas mayores.
Ellos vivían en una casa bastante acomodada para el sector en el que vivían. Era un hogar bastante grande donde cada una de sus hijas tenía una habitación, una cocina muy grande y moderna, con un jardín pequeño y patio donde sus tres hijas crecieron jugando entre ellas y con él.
A veces se quedaba mirando con nostalgia el patio, que tiempo atrás se encontraba esparcido con una gran cantidad de juguetes de todos los colores en los que sus hijas solían subirse y bajar y arrastrar por el suelo.
Recordaba a sus hijas mayores pelear por las muñecas y peluches, pero también cuando se volvían cómplices y amigas. Ahora lo eran más que nunca, pero tenía sus desventajas pues las jovencitas solían irse contra él en caso de que quería castigar a una de ellas.
Luego su pequeña Kanao. Sonreía ante el recuerdo de ver a sus hermanas mayores nunca perder la paciencia con ella, siempre tratando de animarla y de hacerla sonreír. Ahí fue cuando les tuvo que decirle a su hija menor que ahora, ella también sería hermana mayor.
Entonces inició la rebelión de Shinobu contra su hermana mayor. Pues al ya no ser la hermana menor, la primogénita había perdido el privilegio de subordinación con respecto a ella, por lo tanto, ya no la obedecía como antes, y ello, por supuesto, molestó a Kanae durante un tiempo.
A lo mejor debió de haber contenido mejor esa rebelión, pues de las tres, ella era quien se metía más en problemas por lo contestadora y metiche que era. A lo mejor, esa rebeldía nunca acabó. O bien, esa rebeldía era parte de su carácter.
El señor Kocho nunca pudo ver a Kanao como otra cosa que no fuera su bebé. Ella nunca envejeció desde el día que la trajo a casa. Era como un fantasma, siempre cuidaba de no molestar. Siempre sentía que no debía de ser parte de ellos. Trató, con todas sus fuerzas, con todo su cariño y utilizando todos los recursos que él, su esposa y sus hijas tenían a su alcance, mermando un poco aquellos tristes sentimientos, pero nunca se fueron del todo.
Por ello, de las tres, fue quien más fue aprehensivo. A veces se arrepentía de ello, a veces no. Pero trataba de soltar a su hija de a poco, de enseñarle poco a poco a ser una mujer adulta y responsable, una mujer estudiosa e inteligente.
—¿Papá? —llamó la pequeña que se apoderó de sus pensamientos.
Él hombre miró en su dirección, ella estaba bajando las escaleras cuando la vio.
—Kanao. ¿Qué pasa mi amor?
El señor Kocho estaba ordenando la loza que dejaron del almuerzo.
—Papá…—Kanao tenía un hilito de voz, y su rostro estaba enrojecido. Tan rojo como un tomate—. Papá… Tengo… algo que… decirte…
Su hija desviaba la mirada y tenía las manos alzadas, como si no supiera donde colocarlas. Veía como su cabello negro y brillante se colocaba un poco pegajoso por el sudor que desprendía de su frente.
—¿Qué pasó mi amor?
El señor Kocho se detuvo de guardar la platería se concentró completamente en su hija. Le tomó la temperatura con su mano, tocó su frente y su mejilla, y efectivamente tenía alta temperatura.
—¿Hija?
—Papá… Yo…—Kanao cerró los ojos con fuerza. La parte más importante no salía de su garganta. La tenía atrapada y le dolía la garganta—. ¿Puedo decirte algo importante?
—Claro, mi amor. ¿Te sientes bien? ¿Quieres ir al hospital?
La menor apretó los dientes. Le estaba costando hasta respirar. ¿Cómo no era capaz de decir algo tan simple? Sería una pregunta. Una pregunta simple. Nada que su padre no pudiera manejar. Pero estaba haciendo un gran drama por algo tan tonto.
De repente su cerebro hizo sinapsis y finalmente encontró el valor para decirlo. Tenía que decirlo todo de corrido, sino no lograría.
—¡Papá, tengo novio! ¿¡Puede venir a cenar!? —gritó la chica, volándole los tímpanos a su padre.
El señor Kocho esperaba quedarse sordo de maneras menos dolorosas. Y no lo decía porque su hija hubiese chillado a niveles tan altos.
—¿Cómo? ¿¡Escuché bien!?
Kanao se volteó para ver a su hermana mayor desde el sillón con una sonrisa tan grande que apenas le cabía en la boca. Tenía los ojos brillantes ilusionados, después de todo, Kanae era una romántica incorregible.
La menor se encogió del nerviosismo mientras jugaba con su única coleta. Ahora parecía un animalito asustado, enterneciendo a la mayor.
—¿Por qué él supo primero que yo? —protestó la mayor haciendo un mohín—. ¡Tu hermana está aquí para aconsejarte sobre relaciones de este siglo!
—¿Un novio? —el padre de las chicas parecía estar en shock. Se encontraba en el espacio, tratando de dilucidar la sabiduría en los astros, sobre cómo enfrentarse a que su bebé tuviera un novio—. ¡Pero si está muy pequeña, ella no puede tener novio!
—Vendrá para cenar el sábado. Le diré a mamá—Kanae lo ignoró olímpicamente—. Ahora vamos a tu cuarto, para que me cuentes más de él.
—¡Yo no lo he aprobado!
—¡Pero yo sí! —Kanae se volteó para desafiarlo con una mirada adorable llena de determinación—. Vamos, Kanao.
Se apropió de la atención de su hermana menor, y la llevó de la mano hasta las escaleras, justo cuando la puerta principal se abrió para darle la bienvenida a la hermana faltante.
—¡Ya volví! —saludó Shinobu con desgana—. ¡Hoy hace tanto calooor!
Kanae la tomó por la muñeca.
—¡Vamos, Shinobu, reunión de hermanas urgente, ahora!
Shinobu suspiró en sintonía con cómo había llegado.
—¿Y no puede esperar a que me bañe? ¡Apesto, te lo advierto!
—¡No importa, vamos, vamos!
Kanae arrastró a sus dos hermanas hacia la habitación de la menor, donde Kanao se tiró sobre su cama abrazando una almohada, tan avergonzada y expuesta, pero tan ansiosa de contarle esto a sus hermanas.
La mayor cerró la puerta tras ella, y desde su lugar observó a Kanao. Pero de la menor no salieron palabras.
Shinobu notó que se hizo un silencio impráctico, y sintió que en cualquier momento el olor iba a salir por algún lado de su cuerpo.
—Entonces, ¿cuál es el tema de la reunión?
—Shinobu—llamó Kanae ceremoniosamente—, tenemos cuñado…
Shinobu le dirigió una media sonrisa a su hermana.
—¿Ah, sí? —Shinobu comenzó a acercarse a la cama y se sentó en el borde—. ¿Cómo se llama el susodicho?
La mayor se recostó muy cerca de Kanao, y al sentir los expectantes ojos de su hermana mayor se incorporó para sentarse, todavía agarrando con fuerza la almohada entre sus brazos. Hundió su cabeza en ella, y dijo unas palabras que nadie pudo entender.
—¿Kamiko, dijiste?
Kanao levantó la cabeza de la almohada y murmuró tímidamente.
—Tanjiro.
—Yaaa… ¿Y es un buen chico? —preguntó Kanae sosteniendo su cabeza con sus manos. Mirándola con interés.
La menor asintió, con las mejillas ruborizadas.
—En ese caso. ¡Para mí ya está aprobado! —concluyó la mayor mirando a Shinobu.
—Así que Kamado Tanjiro, ¿eh? —Shinobu sonrió con picardía—. ¡Nada mal, Kanao, nada mal!
—¿Lo conoces, Shinobu? —preguntó la mayor.
—Sí. Él va en el mismo año que Kanao. ¿Me equivoco? Creo que lo sigo en algún lado…—Shinobu sacó su teléfono y comenzó una búsqueda rápida en una de sus redes sociales favoritas—. ¡Mira! ¡Aquí hay una foto!
Kanae apartó la mirada cerrando los ojos.
—¡No quiero verlo! ¡Quiero que sea una sorpresa!
—A ver… Tampoco es Henry Cavill, pero tiene lo suyo —Shinobu le guiñó el ojo a su hermanita menor, haciéndola sonrojar—. ¿Por qué tiene que ser una sorpresa?
—¡Porque me encanta sorprenderme! Además, nadie sabía cómo era mi novio hasta que lo traje. ¡Creo que los sorprendió a todos!
—Absolutamente. NADA va a superar a la "sorpresa" que trajiste ese día —contestó Shinobu sonriendo entre dientes, mientras alzaba ambas cejas.
—Podría invitarlo… ¿Qué tal si invitas al tuyo también? ¡Para que los concuñados se conozcan!
—Puede ser…—la chica se encogió de hombros—. Le preguntaré si puede venir, ya sabes que tiene muchas cosas que hacer—Shinobu se levantó de la cama y juntó las manos en un aplauso—. ¡Bueno! Creo que eso es todo. Yo voy a bañarme, porque en serio hace mucho calor afuera…
Ella se apoyó sobre sus rodillas y se acercó para darle un cálido abrazo a su hermana menor.
—¡Felicidades, pues! –le palpó dos veces el hombro mientras le guiñaba un ojo—. ¡Buen partido te mandaste, Kanao!
Shinobu se levantó riendo viendo la reacción de su hermanita.
Kanae se quedó al lado de Kanao y vieron juntas cómo Shinobu salía por la puerta y luego de unos momentos, Kanae se volteó para ver a su hermanita con ternura.
—¿De verdad es buen chico, Kanao? —preguntó con más suavidad, pero bastante más seria que antes— ¿Es respetuoso? ¿Te trata bien? ¿Te gusta, te hace sentir cómoda? —continuó mientras movía uno de los mechones rebeldes de la chica tras su oreja, fallando miserablemente en el intento.
Kanao levantó la cabeza de la almohada y volvió a asentir con mucha más seguridad.
Kanae le sonrió de manera casi maternal y también la abrazó.
Kanao le devolvió el abrazo también y se quedaron así por un rato. Cuando la menor sintió que fue suficiente y trató de separarse, su hermana mayor la retuvo sin moverse un centímetro. Kanao la miró hacia arriba y la mayor estrechó el abrazo un rostro exageradamente triste.
—Shinobu ya no me deja abrazarla… ¡Tienes que compensar por ella!
Kanao rio muy fuerte, contagiando a su hermana mayor y le devolvió el abrazó con mucha energía. Su hermana la abrazó haciendo un gruñido muy tierno y las empujó hasta caer sobre la cama. Ahí se quedaron un rato más riendo, mientras estaban abrazadas. En un momento de silencio, cuando descansaban de sus propias risas, Kanae observó el cabello liso de su hermanita y puso una expresión preocupada.
—Kanao, ¿todavía tienes tu moneda?
Kanao la miró y asintió. Se soltó del abrazo, se apoyó sobre sus codos y se estiró hasta abrir el cajón de su mesita de noche. Dentro había una gran cantidad de cosas en un desorden que era poco agradable a la vista, pero la mayor parte del espacio era ocupado por una caja de madera con diseños preciosos.
A primera vista parecía una cajita musical (que lo fue en su tiempo), pero cuando Kanao la abrió, había solo una pequeña almohada de color rojo en la que descansaba una única moneda extranjera. Kanao la tomó con su pulgar y su índice y la lanzó por los aires como una profesional, para volver a caer en la mano de donde la lanzó.
—¿Todavía la tienes? —Kanae abrió los ojos muy sorprendida por el mimo con el que la tenía guardada.
…
Cuando Kanae todavía iba en primaria, una de sus compañeras de clase viajó al extranjero y cada una de sus amigas le dio una moneda extranjera de las que le sobró del viaje, como un recuerdo útil de su viaje.
Kanae estaba fascinada con el artilugio, a pesar de ser solo una moneda que no tenía mucho valor ni siquiera de donde venía.
Llegó a casa con bombo y platillo anunciando su nueva adquisición a sus padres y a sus hermanas. A Shinobu no le importó mucho y la olvidó de inmediato, pero Kanao se quedó a mirarlo con tanto interés que Kanae se sintió muy orgullosa y quiso presumirle más.
Lanzó la moneda en el aire con dos dedos, la hizo girar muchas veces en el aire y después la atrapó con la misma mano que la lanzó, luego, cuando estuvo en su palma, la estampó contra el dorso de su mano contraria.
—¿Qué saldrá, Kanao? ¿Cara o sello? —preguntó Kanae.
Kanao abrió los ojos tan desmesuradamente que hasta Kanae se enterneció. Parecía que la chica había sido testigo del más imposible y maravilloso truco de magia, incluso la escuchó contener el aliento. Estaba tan asombrada de verla sonreír, pero no quiso que se diera cuenta y que tampoco dejara de hacerlo.
—Dime qué saldrá, Kanao. ¿Cara o sello? —la instó absolutamente excitada acercando las manos al rostro de la pequeña.
De repente, la cara de Kanao se torció en una expresión ansiosa. Movía los ojos de un lado a otro y sus músculos se tensaron un poco. Su sonrisa había desaparecido y ahora sus labios se habían fruncido en una mueca preocupada. Comenzó a morderse la uña de su pulgar nerviosamente, realmente estaba sopesando la respuesta poniendo todo de ella.
Luego de unos segundos, Kanao sencillamente negó con la cabeza, cabizbaja y muy triste.
—¡Adivina, Kanao! ¿Cara o sello? —repitió Kanae, ahora un poco más amable y comprensiva.
La niña volvió a negar enérgicamente con la cabeza. No iba a contestar.
Kanae vio el rostro de su hermana ponerse triste. Triste otra vez.
—Veamos la moneda… ¡Salió…! ¿Salió sello?
Kanae se topó con lo que le pareció la entrada a un templo antiguo. Si era griego, japonés o árabe la joven lo desconocía. Nunca había visto nada parecido. Al dar vuelta la moneda, salió un enorme "uno". La pequeña abrió los ojos desmesuradamente y ahogó un grito de indignación.
—¡No tiene cara! —exclamó Kanae sintiéndose estafada—. ¡No hay cara!
Sorpresivamente Kanao comenzó a reír. Le había hecho mucha gracia la exagerada teatralidad involuntaria de su hermana mayor, y lo seguiría siendo por muchos años más. Kanae en ese momento se dio cuenta de lo que alegraba a su hermanita menor.
—¡Cómo es posible! —tratando de no sobre exagerar de más sus reacciones y seguir en el mismo hilo para ver a su hermanita reír, Kanae hizo lo posible para permanecer indignada por la pequeña moneda—. ¡Esto no se va a quedar así! ¡Vamos, Kanao!
Tomó a su hermana pequeña de la mano y la llevó hasta la oficina de uno de sus padres. Ahí, Kanae tomó un taburete, se subió encima de él y sacó de una estantería más alta un estuche. Dentro había muchos lápices de tinta, todos muy aburridos por lo demás y varios lápices gruesos permanentes que su padre expresamente le había prohibido usar.
Kanae tomó uno de color negro y dejó el resto como estaba. Se sentó en el taburete y abrió el marcador identificando el agradable olor, luego marcó por los lados.
—¡Mira! El templo será cara y el "uno" será sello. Así vamos a poder jugar—Kanae hizo un último intento, lanzó la moneda al aire—. ¡Adivina, Kanao! ¿Cara o sello?
Kanao volvió a su estado anterior. Se mostró compungida, le sudaban las manos y los oídos se le taparon otra vez. No iba a contestar. Si no sabía, no debía ni de atreverse a comentar.
Kanae levantó la mano. En su dorso la moneda mostraba una gran "C".
—¡Cara! Debes tratar de adivinar, Kanao, no pasa nada si te equivocas.
Pero la niña volvió a negar con la cabeza. No estaba de acuerdo con eso.
Kanae miró la moneda y luego miró a su hermanita pequeña. Entonces sonrió con una maravillosa idea.
…
La verdad sea dicha, Kanae había olvidado el asunto de la moneda como una semana después. De no ser porque vio a su hermana menor lanzar una moneda para terciar una pelea que estaban teniendo ella y Shinobu cuando eran muy pequeña, ella la hubiese desechado de su mente.
Que la hubiese guardado con tanto mimo, como si fuese el mayor tesoro que tenía.
Le había servido mucho. Pero como todo, resultaba absolutamente contraproducente a veces.
Kanae se recostó una vez más y abrazó a su hermana menor. Se mantuvieron así unos instantes. La mayor tenía algo le presionaba el pecho con mucha fuerza.
—Ya no podrás usar la moneda como antes, Kanao. De ahora en adelante, las cosas serán un poco más complicadas.
Kanao enterró su cabeza en el pecho de su hermana. Sabía perfectamente que no se refería solo a su relación con Tanjiro.
—Lo sé…—murmuró ella apenas.
—Si necesitas algo, si necesitas saber algo, tus hermanitas estaremos aquí. ¿De acuerdo?
Kanae le dio un beso en la cabeza a Kanao.
—Bueno. ¡Con respecto a la cena! El susodicho. ¿Es muy quisquilloso'
Kanao negó con la cabeza.
—Come de todo, incluso lo que no le gusta. ¡Le encantan las sopas, de eso me he dado cuenta! El otro día fuimos a un restaurante, cuando el camarero le dijo que había sopa Katsu-don sus ojos brillaron…
Y así se explayó un buen rato hablando de él. De lo que le gustaba o de cómo reaccionaba el chico ante las cosas que le gustaba. Era un chico muy apasionado, aparentemente, que también era muy metiche con los problemas de los demás, y tal vez se involucraba demasiado en lo que no le convenía.
De a poco, y sin preguntarlo, Kanae pareció saber la vida de Tanjiro a través de Kanao.
Cuando acabó la conversación y Kanao tuvo que ponerse a estudiar, Kanae salió del cuarto con el corazón en la mano. Sentía el pecho pesado y tenía ganas de no ser tan desconfiada por una vez.
"Por favor, Tanjiro, sé un buen chico…". Rezó Kanae.
