La madre de las niñas estaba ataviada en la cocina tratando de hacerlo a la mayor velocidad, tratando de ser sumamente cuidadosa con el corte, la temperatura y, en general, de hacer una sopa que causara una impresión espectacular al chico.

Sin embargo, se veía constantemente obstaculizada por la impertinente actitud de su marido, quien cortaba vegetales lenta y descuidadamente, moviéndose con una lentitud irritante.

—¡Querido, el chico llegará pronto! —le reclamó mientras trataba de pasar por detrás de él.

El hombre tenía un aspecto sombrío y cansado. Grandes ojeras se atoraron bajo sus ojos y sus ojos violetas se habían vuelto casi negros. Empero, se hallaba impecablemente vestido, así como el resto de las miembros de su familia.

Su esposa se veía radiante, aunque él pudo notar que tenía una actitud más acelerada de lo normal. Murmuraba muy rápidamente, y hacía notas mentales en voz alta mientras tenía las ollas, la carne y otros condimentos en la mano. Podía notar en su ceño fruncido que esto le tomaba toda su atención y sus sentimientos.

—¿Por qué vas con tanta prisa, cariño? Es solo una cena. Al chico no lo va a matar esperar cinco minutos.

—¡Hay que causarle una buena primera impresión!

—¿Para qué? De todas formas, va a ser parte de esta familia… Además—el señor Kocho bajó la voz para que sus hijas no lo escucharan—. ¿No estás nerviosa?

—¡Claro que lo estoy! —contestó ella en el mismo tono—. Es la primera vez que vendrá. Debemos de mostrarle las expectativas que tenemos sobre él, de ese modo, se sentirá presionado y se esforzará por hacerla feliz. Sabrá que es un requisito para pisar esta casa y acercarse a Kanao.

—¡Pero si se trata de nuestra bebé! ¡Es una niña y es la menor! —el Señor Kocho tenía cero expectativas en los adolescentes.

La señora Kocho cortó los puerros que su marido dejó de lado, haciendo un sonido fuerte ante el contacto de la tabla y del enorme cuchillo.

Los adorables ojos rosas de la mujer se apagaron y su rostro se endureció perceptiblemente.

—Es por eso que debemos ser el doble de exigentes—sentenció sombríamente.

Su esposo tragó saliva con dificultad.

Años y años de matrimonio lo habían blindado contra esas miradas intimidantes que su esposa ponía en ocasiones muy puntuales. Pero el rostro de cuando estaba enojada con él, era muy diferente al que ponía cuando se trataba de sus hijas. Y de esa mirada era difícil reponerse.

De algún lugar sacó la voluntad para continuar la conversación.

—No eres exigente con ninguno de tus yernos, ¿por qué serlo ahora?

El brillo en los ojos de la dama volvió y se giró a su marido.

—¡Claro que lo soy! —contestó con elegante indignación.

—¡No, no lo eres! —el hombre se acercó ligeramente a ella y le arrebató el cuchillo para seguir lo la labor—. Aceptaste a tus dos yernos.

La mujer guardó silencio unos instantes sin expresión alguna. Luego se encogió de hombros y respondió tranquilamente.

—Ellos cumplen con las expectativas.

—No, no lo hacen.

El señor Kocho sonó más infantil que digno de respeto, y lo supo cuando su esposa solo suspiró con una sonrisa encantadora para continuar con su trabajo.

Unos momentos después, sonó el esperado timbre.

—¡¿Llegó?!—Kanao estaba en su habitación todavía arreglando los últimos detalles de su cabello.

—¡Llegó! —anunció alegremente Kanae, mientras se levantaba de la mesa.

—Llegó…—la señora Kocho consultó su reloj y los abrió muy sorprendida—. ¡Justo a la hora! —la mujer sonrió—. Anótale un punto, cariño.

El señor Kocho rechinó los dientes. Suerte de principiante.

Kanae se acercó a la puerta muy emocionada.

—Yo abr-

—¡YO ABRO!

La menor saltó desde el cuarto escalón de la escalera y aterrizó como un gran felino no carente de reflejos, se estiró arrebatándole el pomo a su hermana mayor y luego la miró lastimeramente, como disculpándose.

Kanae se sonrió con absoluta ternura, mientras Shinobu estalló en unas incontrolables carcajadas.

La mayor cerró los ojos y alzó ambas manos, cediendo los honores, mientras retrocedía unos pocos pasos.

Kanao suspiró pesadamente y antes de abrir, se miró en el espejo que estaba al lado de la entrada y se ordenó unos pocos mechones que se escaparon con la carrera.

Puso una pequeña sonrisa ansiosa al quedar satisfecha. El señor Kocho tuvo ganas de llorar.

Finalmente, Kanao abrió la puerta.

—Tanjiro…—llamó suavemente.

—¡Hola, Kanao!—la recibió con su animada y brillante sonrisa—. ¿Puedo pasar?

—¡Claro, claro! —abrió la puerta completamente.

El muchacho se adentró a la morada, cargando un enorme paquete del que Kanao no se percató hasta que le cerró la puerta.

Él sonrió a todos los presentes que su mirada podía alcanzar.

—¡Buenas noches, muchas gracias por invitarme! —Tanjiro miró de soslayo y cuando identificó a Shinobu, sonrió todavía más—. ¡Buenas noches, Shinobu!

—Hola, Tanjiro—contestó ella con naturalidad. Como si la última vez que se vieron hubiese sido ayer, y no casi dos años como realmente era.

Kanao se acercó al lado del chico.

—Kanae, este es mi novio: Kamado Tanjiro.

—Hola, yo… ¿Eso que llevas no está pesado? ¿Qué es?

—¡Ah, esto es pan! Mi familia tiene una panadería, y pensé que sería bueno traer pan—ladeó un poco la cabeza—. Sé que me dijeron que no trajera nada, pero no pude resistirme. ¡Está caliente, si quieren probar!

—Qué detalle…—Shinobu se escabulló por el costado de Kanae—. Aunque alguno de nosotros podría ser celiaco, ¿lo has pensado?

Agarró un pan de dentro de la cesta y lo partió para comer un pedazo pequeño.

Tanjiro abrió los ojos tan grandes como sus párpados se lo permitían.

—¿Son celiacos?

—Nada de eso, aquí nadie es celiaco—Kanae le dio una mirada de desaprobación e hizo un ademán de darle un manotón a su hermana menor, quien se defendió con su cuerpo conteniendo una carcajada—. Está bien, pero eso que traes de verdad que se ve muy pesado.

—¡Papá! —llamó Shinobu perezosamente—. Ven y ayuda a Tanjiro, por favor.

Un hombre delgado con los ojos de Shinobu se acercó rígidamente hasta él. Ni siquiera lo miró solo sostuvo la caja por debajo.

—¡Buenas noches, señor! —saludó Tanjiro animadamente.

—Sí, buenas noches… Ahora suelta esto, lo llevaré a un sitio donde no-

Tanjiro soltó la caja y el señor Kocho se arrodilló en el suelo por el peso, pero pudo sostenerla a pocos centímetros del suelo.

—Esto… está… pesado…

—Déjeme ayudarlo.

Tanjiro se agachó, tomó la caja por debajo y la levantó ayudando al señor Kocho a mantenerla a la altura del plexo. De repente el gran peso fue recibido por los brazos de Tanjiro y la caja se alzó como si estuviera hecha de plumas.

Se vieron cara a cara y Tanjiro le sonrió con su radiante mueca tan característica. El señor Kocho alzó una ceja y sintiéndose muy avergonzado desvió la mirada del chico.

El señor Kocho carraspeó algo que Tanjiro no pudo entender.

—Pueden dejarla allí, sobre los mesones de la cocina—ordenó Shinobu volviendo a sacar un pedazo de pan.

La velada continuó hasta que fue el momento de comer.

Tanjiro se ofreció fieramente a ayudar a servir y poner la mesa, a pesar de las negativas de la señora Kocho, quien, ante el duro carácter del chico, tuvo que fingir que le molestaba ceder al muchacho esta clase de tareas.

Se sentaron a la mesa con los platos de sopa y en medio pusieron una pila de pan que Shinobu no tardó en sacar, para untarlo sobre la sopa cárnica. Quedaba exquisito.

—Creo que no los presenté correctamente al principio—inició Kanao observando al señor y la señora Kocho—. Tanjiro, estos son mis padres—señaló luego a su hermana mayor—. Ella es Kanae, mi hermana mayor-mayor. Y esta es Shinobu, que ya la conoces.

—¡Claro que la recuerdo! —comentó alegremente—. Hace dos años que no te veía.

Kanao se inclinó un poco en su oído.

—Y ya van para tres—murmuró con una risita.

—Ugh… ya basta, por favor, que me hacen sentir tan vieja…—se lamentó Shinobu. Luego desvió la vista hacia sus padres—. Sin ofender, ya sabes, papá.

El señor Kocho negó con la cabeza.

—No. Yo sé que no—contestó el hombre cargado de sarcasmo.

—¿Qué decidiste estudiar, al final? —preguntó Tanjiro volviendo a ella.

—Decidí estudiar Química y Farmacéutica. En la universidad estatal.

—¡¿La estatal?!—Tanjiro se inclinó sobre la mesa—. Vaya, aunque no estoy nada sorprendido.

Shinobu guardó silencio con una sonrisa, mientras se acariciaba la parte de su nuca. Ese comentario fue un regalo para su ego.

—Kanae también estudia en la estatal—comentó Kanao mirando a Tanjiro—. Pero ella estudia medicina.

—¿¡Medicina?! ¿¡En serio?!—Tanjiro abrió los ojos desmesuradamente.

—Sí… Yo estoy casi en mi último año.

—¿Has reprobado algo alguna vez? —indagó Tanjiro con interés.

Kanae se puso tensa por un instante. Tan rígida como un palo y su sonrisa desapareció por un momento, pero volvió casi de inmediato su típica sonrisa de amabilidad.

—No… ¡Pero he estado a punto muchas veces! —se apresuró a decir, tratando de no parecer soberbia—. Es muy común reprobar una asignatura en la universidad. Todavía me queda, así que no me confío. ¿Ustedes qué quieren estudiar, chicos?

Tanjiro puso una expresión un poco triste.

—Todavía no lo decido…—el tema realmente lo preocupaba.

—Yo tampoco lo sé…—contestó Kanao.

—Podrías ser atleta olímpico—sugirió Tanjiro—. En voleibol.

—Ay… El club de voleibol…—Kanao apoyó su cabeza sobre su mano con absoluta preocupación.

—¿Susa no te deja en paz? —inquirió Shinobu con una sonrisa.

—Yo creo que le gusta mucho jugar contra ti, ni hablar de jugar contigo.

—¿Tú crees? —Kanao alzó una ceja con una sonrisa escéptica.

Al ver como el chico asentía con energía un rubor se subió a sus mejillas y auténticamente alargó una hermosa sonrisa.

El señor Kocho comía su sopa en silencio. Estaba cabizbajo, viendo cómo el nivel de su alimento bajaba más y más a medida que colocaba los palillos dentro de la sopa y los metía en su boca.

Se sentía cansado. Casi derrotado.

Porque, de hecho, lo estaba.

Tanjiro logró en una noche lo que no pudo lograr nadie de la familia, y en cierto modo se sintió superado e inútil. Su hijita sonreía y conversaba tan casualmente como nunca lo había hecho en su presencia. Y no había sido él, su propio padre, el que lo había logrado.

Aun sabiendo que su amor sería incondicional, a diferencia de todos los novios que tendría alguna vez en su vida, ella se abrió ante el muchacho, y no ante él.

Celoso, quizás. Pero en el fondo estaba casi queriendo llorar de la alegría.

—¿¡Y no te quedaste a dormir?! —preguntó Zenitsu zamarreándolo de su camisa.

—Me ofrecieron, pero me negué igualmente—contestó Tanjiro.

—¿¡Y por qué hiciste eso?! ¿Te das cuenta de que pudiste dormir bajo el mismo techo que ella? ¿Y de sus hermosas hermanas? ¡Cómo desaprovechas una oportunidad así!

—¿Comieron comida casera? —preguntó la ahogada voz de Inosuke, por la enorme cabeza de jabalí que cubría todo su rostro.

—¿¡Por qué llevas esa máscara?! —le espetó Zenitsu—. ¡Estamos pasando por un lugar oscuro y peligroso, no tienes que hacer el viaje más difícil!

La calle estaba rodeada absolutamente de altas paredes de cemento, y a aquellas horas de la tarde las pocas casas que tenían ventanas que daban a esa calle estaban aparentemente vacías, o peor, indiferentes ante la presencia de maleantes callejeros.

La sombra de los árboles se cernía sobre ellos en silencio, como observando a las próximas víctimas que irían a comérselos.

—Sí, era comida casera. ¡Los padres de Kanao cocinan muy bien!—contestó Tanjiro ignorando a Zenitsu.

—Yo tengo que irme por aquí—Genya detuvo su marcha—. Nos vemos mañana, en clases.

—Nos vemos, Genya, cuídate al volver a casa.

Genya frunció el ceño con preocupación.

—¡Cuídense ustedes! Este lugar es un poco peligroso…—Genya sacó su teléfono celular y sus audífonos—. Adiós.

Viró en un cruce de aspecto peligroso. No había rastro de personas en los jardines, pero sí que había un grupo de chicos de aspecto sospechoso que venían, cuando Genya iba.

Se cruzaron, casi tocándose los hombros y uno de los chicos, el que parecía ser el más aguerrido y fiero, se atrevió a darle una mirada desafiante, y Genya, casi por instinto, le mostró la suya.

El tipo abrió los ojos y desvió la mirada inmediatamente al reconocer a Genya y todos quienes le seguían miraban al frente sin siquiera atreverse a verlo de soslayo.

Genya los siguió con la mirada firme y tensa hasta que se alejaron varios metros de él.

Luego dio la vuelta a su cara y suspiró.

Incluso en las calles la gente se permitía tener ciertos privilegios. Genya poseía su mirada desafiante, una cicatriz en la cara que lo identificaba que le cruzaba la cara de izquierda a derecha y el apellido Shinazugawa.

"Shinazugawa" era un apellido que no dejaba a nadie indiferente. Y su rostro tampoco, según parecía.

Seis meses después, todavía se contaban leyendas ciertas pero muertas, afortunadamente.

Genya estaba a punto de colocarse sus audífonos, cuando escuchó lo que le pareció un quejido. Le pareció una jugarreta de su cerebro al oír la música así que subió el volumen. Ahora más tranquilo, trató de guardar su teléfono en uno de sus bolsillos, pero por desgracia (o por suerte), éste se le enganchó en un botón de la camisa y le removió un audífono de la oreja.

—¡Suéltalo, bastardo! —logró escuchar el inconfundible grito de Tanjiro.

Genya pronunció su nombre al darse la vuelta y se encontró con la escena. Los chicos no se habían movido un centímetro desde que Genya los abandonó.

Zentisu estaba forcejeando con el tipo de aspecto fiero con el que se cruzó Genya al principio. Trataba de quitarle algo que tenía en las manos. Dos tipos estaban apaleando a Inosuke: uno lo sujetaba y otro trataba (infructíferamente) de asestarle un golpe en la cara de cerdo, pero como verdadero Mohamed Alí, Inosuke no daba su brazo a torcer y esquivaba como un campeón burlándose a viva voz a pesar de estar parcialmente inmovilizado.

Tanjiro era sujetado por un tipo grandote, como del tamaño de Genya, y estaba gritando por ambos muchachos. El caso más dramático de los tres.

—¡Corre, Zenitsu! —gritaba Tanjiro.

Finalmente, entre el griterío, las risas de Inosuke, los violentos improperios que volaban de aquí y allá, Zenitsu logró zafarse exitosamente y comenzó a correr en dirección de donde habían venido.

El jefe salió persiguiendo a Zenitsu y el tipo que trataba de golpear a Inosuke salió tras él. Quedando los dos sujetando a Tanjiro y a Inosuke.

—¡Tan-!—fue la única sílaba que salió de la garganta de Genya cuando su amigo, se dobló sobre sí mismo y dio en salto haciéndose para atrás, dándole un certero cabezazo a su captor en toda la nariz. El tipo grande se tambaleó y cayó de espaldas, abatido.

—¡JA, JA! ¡Yo también puedo hacer eso! —gritó Inosuke, e imitó el movimiento de Tanjiro con maestría y con resultados similares.

—¡Zenitsu!—gritó Tanjiro nada más zafarse y corrió tras el muchacho.

Inosuke lo siguió, pero se adelantó fácilmente.

Y Genya los persiguió como buenamente pudo.

—¿Entonces por eso te me vas a pegar como lapa todo el camino? —preguntó Obanai en su irónica y muy establecida forma de expresar afecto a sus amigos masculinos.

—Sí—contestó Sanemi rascándose una oreja. Acostumbrado al vejatorio humor de su amigo—. Por eso vayamos más lento. No quiero esperar tanto.

—¿Y tú crees que no tengo cosas que hacer? —preguntó alzando una ceja.

Sanemi sonrió sardónicamente, ladeando una cabeza con los ojos cerrados.

—No creo. Tengo la certeza que no tienes nada que hacer. Por eso como buen amigo que soy, te voy a acompañar hasta el paradero. E iremos lento.

—Cállate, octogenario, no sabes nada.

—Tú cállate, cara de víbora.

En aquel preciso instante, un chico pasó corriendo y le golpeó el hombro Obanai, desestabilizándolo.

—¡Eh!—se recuperó de inmediato, con la intención de alcanzarlo pero otro tipo le pasó por el mismo costado.

Ahora más atento lo esquivó con gracia.

Zenitsu jadeaba sintiendo el corazón explotándole en el pecho.

Había sido la estrella del equipo de atletismo desde la secundaria. Su especialidad eran los 100 y 200 metros planos, pero daba verdadero asco en la de 600 metros. Zenitsu era veloz y rara vez podían medirse con él, pero su resistencia se acababa muy pronto.

El tipo, finalmente logró tomarlo de su camisa y echarlo al suelo de un tirón.

—¡El teléfono, ahora! —gritó el chico de aspecto fiero—. ¡Devuélvemelo!

Se subió encima tratando de hacer que soltara el teléfono de funda amarilla.

—Un asalto—supuso Obanai con tranquilidad acercándose lentamente.

—¡No te rindas, Monitsu! ¡No le entregues el teléfono y corre!

Inosuke saltó del callejón dirigiéndose directamente a auxiliar a Zenitsu. Pasó por el lado de Sanemi y casi franqueó a Obanai de no ser porque la víbora le dio una zancadilla que lo tiró al suelo.

Con inmediatez trató de levantarse, pero Obanai levantó su delgada mano y abofeteó por el costado la nariz del cerdo y la máscara giró sobre sí misma como el pico del Pato Lucas. Inosuke se mareó por la caída, la deficiente luz parpadeante y, finalmente, la patada puesta en su costado que lo tiró al suelo.

—Ese ladrón es más inteligente, lleva máscara—comentó Sanemi en voz alta.

Obanai se acercó tranquilamente hacia los dos jóvenes forcejeando.

—Eh. Cabeza de choclo—llamó Obanai con una gélida voz—. Devuélvele el teléfono.

El tipo de aspecto fiero ni siquiera miró quien le ayudaba, pero si fue capaz de contener al niño cabeza de cerdo, era un aliado de temer y de cuidar.

Sonrió al sentirse seguro.

—¡Eso, es! ¡Devuélveme mi teléfono, ahora!

—¡Es MI teléfono! ¡Tengo muchas cosas valiosas aquí! ¡No lo voy a entregar así de fácil! —Zenitsu cerró los ojos desesperado, las manos le estaban sudando y doliendo. Se estaban colorando de rojo y el tipo tenía una fuerza constante y consistente que le hacía temblar los músculos. Abrió la boca para gritar—. ¡Tanjiro!

—¡Ya voy, Zenitsu!—bramó Tanjiro tratando de calmar a su amigo en problemas.

Antes siquiera de que pudiese adelantar al que pensó era un abuelito de pelo blanco, Sanemi lo agarró al vuelo por una de sus muñecas. La tiró con gran fuerza desestabilizando a Tanjiro que en un instante fue capaz de ver el cielo azul libre de nubes y un golpe duro y paralizante en la parte superior de su espalda. Sin vergüenza, el mayor se sentó sobre las piernas del menor, temiendo que quizás podría darle una patada en la entrepierna, así que lo inmovilizó muy bien.

A Tanjiro le costó reaccionar después de ser impedido por un anciano. Pero se encontró con un hombre mayor que él, no tan mayor como pensaba que era, pero que poseía el rostro más temible que nunca vio en su vida.

Era de grandes ojos y de pupilas pequeñas y muertas. Tenía cuatro grandes y terribles cicatrices, con la forma de tallos de rosa que cruzaban su cara de izquierda a derecha. Tres en la frente se superponían a otras y la más grande que cortaba su cara pasando por su nariz, que arrugaba como un león.

El ceño lo tenía fruncido y Tanjiro era incapaz de distinguir las cejas, pues parecía que no las había.

—Quédate quieto—le ordenó severamente.

—¡Quítate! ¡Zenitsu!-

Sanemi lo agarró por los mechones de cabello de su frente y volvió a colocar su cabeza en el suelo.

Tanjiro se atrevió a abrir los ojos para verlo a los ojos. El rostro de Sanemi se mostró más amenazante que antes.

—Quédate abajo—habló con voz ronca y lenta.

Sanemi abrió los ojos con sorpresa, al ver cómo el chico fruncía el ceño de manera desafiante. Tanjiro pujó con todas sus fuerzas contra la mano de Sanemi. No iba a dar su brazo a torcer. No era rival para Sanemi, pero le daba pelea.

Sanemi volvió a ejercer presión, pero no lograba tumbarlo en el piso completamente.

—¡Tanjiro! —gritó Genya con un timbre de pánico

Sanemi se dio la vuelta.

—¿Genya?

—¡Mierda! —gruñó el joven asaltante al distinguir la voz de Genya. Separó la vista un momento del teléfono y se atrevió a mirar al que pensó que era su aliado…

Y se encontró con aquella mirada bicolor.

Como si sus orbes fueran la cabeza de medusa, el chico se paralizó por completo. Cada centímetro de cabello de su cuerpo se había erguido, el sudor frío lo atacó en la espalda y en el cuello, y se sintió tan pequeño.

Los dedos del asaltante se pusieron rígidos, pero no ejercieron una presión con la que Zenitsu no pudiera lidiar. Deshizo el agarre y aprovechó su oportunidad y se lo quitó de encima para salir corriendo.

Ese destello de reconocimiento en los ojos del asaltante…

Obanai entornó los ojos.

—¿Te conozco? —preguntó Obanai tranquilamente.

Mientras tanto, Tanjiro vio su oportunidad al ver al hombre distraído. Iba a utilizar su técnica maestra una vez más:

Arqueó su espalda, estiró su cuello lo más que pudo y sintiendo el afloje del agarre del joven de pelo plateado, se hizo con todas sus fuerzas hacia adelante.

Sanemi se giró para evitar que la cabeza le diese en toda la nariz, pero no pudo evitar que la cabeza aterrizara en su estómago.

La trayectoria de la fuerza continuó, y tanto sintió la frente dándole en todo lo que fueron páncreas, riñones e intestinos, las ganas de vomitar se manifestaron dentro de él, junto con un dolor intenso que casi se extiende a su entrepierna.

¿Se había vuelto más débil? ¿Había aumentado su sensibilidad al dolor? ¿Se estaba haciendo viejo?

Pues no recordaba la última vez que alguien le había dado semejante golpe. Ni siquiera dos o tres años. Recordaba este dolor de sus primeras peleas.

Su mirada se redujo un momento y sus ojos desenfocaron. Soltó al chico y se agarró el estómago con ambos brazos.

Tanjiro aprovechó su oportunidad una vez, y al verlo débil, se levantó y empuñó su mano que tenía objetivo el hombre de pelo plateado.

—¡Tanjiro! —Genya dobló la esquina.

Abrió los ojos desmesuradamente al ver a Tanjiro con el puño cargado, el rostro furioso y apuntando en dirección a su hermano Sanemi, a quien reconoció al instante.

Genya era un hombre de principios y valores tradiciones, por lo que cuando vio a su amigo cargar contra su hermano, no le quedó de otra más que decidirse.

Alzó una de sus largas piernas con gran velocidad, y se la puso directamente en el estómago de Tanjiro. El chico sintió el impacto y su cuerpo se hizo hacia atrás, golpeando la espalda contra el pavimento.

—¿¡Qué crees que haces, tonto?! ¡Cómo se te ocurre pegarle a mi hermano! —chilló apuntando a Tanjiro con un dedo acusador.

Tanjiro se alzó un poco confundido, con los ojos bien abiertos. No necesariamente por la caída.

—¿Hermano?

—¿Genya? —Sanemi se dio la vuelta para cerciorarse de que no estaba alucinando.

Obanai entornó los ojos de manera despiadada.

—Ahh… Tú eres de la Finca de Muzan—habló con voz lenta y ronca.

El chico abrió más los ojos, su mayor temor era ser reconocido.

Obanai hizo tronar sus dedos, aquel maquiavélico y grotesco sonido llegó a los oídos de todas las personas en la cuadra.

—¿Te perdiste, mocoso? —le preguntó Obanai con voz melosa mientras se acercaba más y más—. ¿No te enseñaron a quedarte en tu puto territorio?

El chico finalmente largó a correr tan rápido como pudo lejos de ahí. Y se perdió de vista muy pronto.

Obanai soltó un suspiro, y con él, toda la tensión que había acumulado.

Se dio media vuelta para mirar a su amigo y compañero, pero justo detrás de ellos, aparecieron los otros tres secuaces. Trataron de abalanzarse sobre Genya hasta que lo identificaron nuevamente y lo soltaron.

Uno de ellos ahogó un grito al ver a todos los personajes del escenario.

—¡Es la "Víbora" Obanai!

Y el grandote musitó con una voz aguda.

—¡Y la "Ráfaga de Plata" Shinazugawa!

En conjunto, todos ellos emprendieron carrera en dirección opuesta.

—¡Eh, alto!—Sanemi trató de incorporarse, pero el dolor punzante en su estómago regresó fuerte y claro, y lo dobló sobre sus rodillas. Genya se apresuró a auxiliarlo.

—¿"Víbora"? ¿"Ráfaga de Plata"?—preguntó Tanjiro. ¿Qué clase de nombres ochenteros de villanos de película infantil eran esos?

—Esos tipos eran de la Finca de Muzan…—Genya comenzó a sobar la espalda de su hermano, como si eso fuera a reparar el inmenso dolor de estómago que lo aquejaba—. Hace tiempo que no escuchaba a alguien llamarte así.

—Ya no tengo quince años…—se quejó Sanemi—. Pero más importante. ¡¿Qué MIERDA HACES CON ESTOS TIPOS?! ¡¿AHORA TE JUNTAS CON ASALTANTES?! ¡ENCIMA TE METES CON LOS DE LA FINCA DE MUZAN!

—¡No son asaltantes! ¡ELLOS fueron asaltados! —Genya alzó las manos tratando de explicarse—. ¡Son buenas personas, lo prometo!

—¿¡Buenas personas?!—rugió escupiendo un poco a Genya—. ¡Ese mocoso me apuñaló, me pegó con algo, me echó veneno o no sé qué mierda, pero este dolor no es normal!

—¡Es que él tiene la cara muy dura! —Genya estaba empezando a entrar en pánico.

—¡No si me di cuenta! ¡Para apuñalarme hay que ser un caradura! —gruñó apuntando al muchacho.

—¡No, no te apuñaló! ¡Me refiero que tiene cabeza de diamante! ¡Esa frente puede romper un muro de concreto!

—Ya… Claro—sonrió con incredulidad—. ¿Cómo sé que ese teléfono no es del tipo que salió corriendo?

—¡El teléfono es de Zenitsu, no tenemos que probarte nada! —saltó Tanjiro en su defensa.

—La próxima vez contesta cuando te haya preguntado mocoso—Sanemi se mostró furioso mientras se sostenía el vientre.

Genya puso las manos frente a su hermano y frente a su amigo en caso de que alguno se le ocurriera saltar como bestia depredadora sobre el otro. Había que conciliar.

—¡Porque-!

—¡Chicos! ¿Están bien? —Zenitsu había vuelto y se acercó a la conmoción con un poco de timidez—. ¡He recuperado mi teléfono!

Ahí estaba la manzana de la discordia.

Genya se acercó a Zenitsu, dejando a Tanjiro y a Sanemi echando chispas por los ojos.

—¡Dame tu teléfono!

Zenitsu se quedó pasmado un momento y no reaccionó.

Genya le arrebató de la mano, en inmediatamente después Zenitsu trató de quitárselo de las manos. La desesperación se vio en sus ojos y el sudor comenzó a salir de cada centímetro de sus poros.

Genya era más alto y más firme que Zenitsu, por lo que no le costó alejar el teléfono de su alcance, pero el dueño del aparato era especialmente pegajoso y se le enredaba en el torso y el brazo con fuerza y con eso era difícil de desbloquear.

—¡No puedes ver eso! ¡Es mi teléfono, robarlo es una violación a la privacidad de las personas-!

Genya colocó una simple seguidilla de números que había memorizado para dar acceso al teléfono celular.

—Mira, Nemi, te juro que es su teléfono porque en el fondo de pantalla hay una foto de-

Nezuko.

Genya abrió los ojos de par en par. Pero el gesto fue casi cortés, porque en realidad no estaba nada sorprendido. Era más una reacción por la osadía de Zenitsu. Le volteó a ver fijamente, pero Zenitsu inmediatamente apartó la mirada, aunque tampoco aflojó el agarre del brazo de Genya.

Ni siquiera estaba avergonzado, tuvo la desfachatez de hacerle el desentendido.

Volvió la vista al teléfono.

Genya también tenía aquella foto. Pero era porque él también aparecía en ella.

Era una foto que enfocaba a una parte de otra foto más grande, y se notaba en lo casi imperceptiblemente difuminado que estaba el cuerpo y rostro de Nezuko. Abarcaba casi todo el fondo de la pantalla del teléfono, pero en un costado de la foto era capaz de distinguirse el puño desnudo de Inosuke y el mismo Genya podía ver su codo envuelto en su chaqueta favorita, al otro extremo de la chica

—¿Y bueno, vas mostrarme una prueba?

—Es el teléfono de Zenitsu y a ti no tenemos por qué mostrarte nada—Tanjiro se incorporó y se puso entre Genya y Sanemi, en una posición protectora.

—¿Otra vez tú, mocoso? —Sanemi también se levantó, pero un horrible dolor en el área abdominal lo atacó mientras se incorporaba. Pero cuando se halló erguido y con el estómago relajado, el dolor pareció desaparecer.

—Zenitsu es la víctima aquí, y fueron los otros tipos los asaltantes. ¡No tienes derecho a pedirnos una prueba, ni siquiera una foto!

—¿Seguro que no quieres verla también, Tanjiro? —Genya sintió que el agarre de Zenitsu se hizo más apretado. Genya vio cómo el rostro de Zenitsu se hizo cada vez más afligido.

—¡No! Yo confío en Zenitsu.

Genya entornó los ojos y le dio a Zenitsu una mirada de desaprobación.

Bastardo con suerte, pensó.

Y le entregó a Zenitsu su teléfono de mala gana.

Zenitsu inmediatamente lo guardó en su bolsillo y guardó un humilde silencio.

Sanemi se cruzó de brazos, adoptando una postura inflexible y paternalista.

—Entonces no me vas a mostrar el teléfono.

—Confía en mí… ese es su teléfono…—Genya levantó una mano frente a él, con una postura cansada.

—¿Cómo fue que los asaltaron, exactamente? —preguntó Sanemi con un imperceptible tono de incredulidad. Parecía casi una pregunta retórica.

Genya se apresuró a contestar, antes que cualquiera de sus amigos pudiera.

—En cierto punto nos separamos, y cuando iba caminando esa banda se me quedó viendo mal y yo les contesté igual, entonces…

—Espera, espera—lo interrumpió Sanemi—. ¿Miraste mal a unos tipos, sabiendo que eran de la Finca de Muzan?

—Sí… ¡Pero me reconocieron al instante y me dejaron en paz! Pero los chicos no-

—¿Y era tan necesario contestar de esa manera? —el tono condescendiente de Sanemi se hizo insufrible—. ¿Ponerte en peligro así? Tentaste a la suerte una vez, ¿quieres hacerlo de nuevo?

Por cosas menores que una mirada, los chicos de la Finca de Muzan habían hecho cosas peores que robar. Y Genya lo sabía por experiencia propia.

—¡Dios! ¿Por qué haces tantas preguntas? ¡Está tratando de explicarte! —intervino Tanjiro sintiendo el ambiente—. ¿Cómo es que te cuesta tanto creerle a tu propio hermano?

—Madre mía… Estoy empezando a perder la paciencia, mocoso metiche—gruñó Sanemi—. Métete en tus asuntos.

Tanjiro ni se inmutó ante la provocación, pero colocó una expresión casi dolorosa.

—¿Este es tu hermano, Genya? —preguntó Tanjiro con decepción.

Sanemi entornó los ojos y apretó la mandíbula.

—¿Estos son tus amigos, Genya? ¿Seguro no había algo mejor que pudieras escoger? —soltó Sanemi con desprecio casi venenoso.

Esas preguntas se clavaron en Genya como navajas. Por ambas partes, se sentía dividido y un poco decepcionado. Tanjiro era su mejor amigo y Sanemi era su hermano que lo había aguantado desde siempre y en su peor etapa.

La respuesta a las primeras preguntas era sí. Y a la última era que lo dudaba.

—Solo fue un desafortunado accidente —dijo Genya tratando de ocultar su molestia, con una voz suave—. Si tienen más cuidado no volverá a pasar.

—Espero—advirtió Sanemi. Luego pareció divisar algo tras los tres niños—. Oye, es tipo con cara de cerdo. ¿Se murió?

Tanjiro ahogó un grito.

—¡Inosuke!

Corrió en su auxilio dejando a Zenitsu y a los hermanos atrás.

Sanemi miraba con desaprobación a Zenitsu, y Genya sintió la presión sobre por lo que se giró hacia su amigo.

—¿Qué harás la próxima vez si te asaltan? —le preguntó Genya sin mostrar emociones.

Zenitsu mostró una gran y radiante sonrisa.

—¡Defenderme! ¡Pues sé que mis amigos estarán a ahí para apo-!

Genya alargó la mano y tomó todo el flequillo rubio de Zenitsu con violencia y jaló el pelo hacia atrás y hacia adelante muchas veces.

—¡La próxima vez ENTREGAS EL PUTO TELÉFONO! ¡Nada de andar haciéndote el valiente! ¡Tu vida por sobre el aparato!

—¡Pero hay cosas muy importantes en este teléfono! ¡Además, me hubiese costado mucho conseguir otro! —se justificó Zenitsu.

—¡¿Qué pasa si accidentalmente entramos en el territorio de Muzan?! ¿¡Vas a ponerte valiente?! ¡NO LO HAGAS! ¡Esta vez tuviste suerte, pero de todos nosotros eres el que más fácil pueden identificar por el pelo!

—Probablemente ya lo marcaron —sugirió Obanai entrando en escena mientras negaba con la cabeza.

—¿Qu-qué quiere decir eso…? —Zenitsu empezó a temblar.

—Que ya estás más o menos muerto —Obanai agitó su mano, complementando con un gesto.

Zenitsu se puso pálido y unas lágrimas traicioneras comenzaron a subir hasta sus ojos.

—¿V-v-voy a-a morir?

—No lo molestes, Obanai. No se va morir…—suspiró Sanemi apretando el puente de su nariz— Dios mío, tengan cuidado.

Tanjiro removió la cabeza de cerdo de su amigo y observó cómo el chico dormía plácidamente sobre el suelo.

—¡Gracias a dios! —suspiró Tanjiro con alivio.

—¿Ese cerdo se durmió mientras yo estaba siendo asaltado? —una vena en la cien de Zenitsu se inflamó considerablemente.

Sanemi ni los volteó a mirar para recordar sus caras. Solo se dirigió a su hermano.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Los voy a acompañar hasta sus casas…—se rascó la parte posterior de su cabeza—. He quedado un poco preocupado.

—Ya…—Sanemi guardó silencio un momento—. ¿Y tienes pensado ir a casa?

Genya observó a Sanemi con un poco de confusión. El mayor evitaba la mirada del menor y varias veces se encontró tragando saliva gruesamente.

Había algo de raro en estas preguntas porque generalmente Sanemi no era de los que preguntaba "a qué hora ibas a llegar" o "qué tenías pensado hacer con tu tiempo". Los comentarios de apremio o para sacar información de Sanemi eran algo más parecido a: "Quiero tu puto trasero en la puerta de la casa en veinte" o "En media hora estás allá", o quizás, "Vas a volver a las once" y cómo olvidar el clásico: "No vas a ir. Te quiero aquí para ayer".

Esta clase de mensajes tenían ciertamente un carácter más imperativo que otra cosa, pero existían estos mensajes extraños y esporádicos. Estos eventos que ocurrían una vez cada cierto tiempo. Que era Sanemi preguntando cuándo y dónde iba a estar, generalmente siempre con respecto al departamento en el que vivían.

Esto comenzó a ocurrir hacía como tres años. Pero Genya nunca se acostumbró a la amabilidad y cortesía de la naturaleza de aquellas preguntas y todas, TODAS, significaban lo mismo siempre.

—Claro, pero despué- Ohhhhh…—Genya alargó un sonido de entendimiento. Y luego se dirigió al cuerpo inconsciente e Inosuke—. ¡Oye, Tanjiro! ¿Puedo quedarme a tu casa a estudiar?

—¡Claro! —respondió Tanjiro con una sonrisa amable, mientras se colocaba un brazo de Inosuke al hombro—. ¿Qué quieres de cenar, Genya?

—Cualquier cosa está bien, gracias—alzó las manos para su modesto comentario y luego miró a su hermano—. Iré a casa de Tanjiro por la tarde.

—Y… ¿piensas volver a casa para la noche?

Genya suspiró con desgana.

—Tanjiro—preguntó con voz aburrida y ecuánime—. ¿Puedo dormir en tu casa esta noche?

—¡Claro! Dormirás en mi cama. ¿Traes ropa?

Genya miró a Sanemi con una sonrisa de satisfacción, sintiéndose orgulloso y algo pedante.

—¿Ves? ¿No son buenos amigos? ¿No te sirve que tenga amigos así?

Sanemi desvió la mirada avergonzado.

—Como sea, ya vete. Yo ya me tengo que ir.

Genya asintió y fue corriendo a ayudar a Inosuke, tomando el otro brazo que Tanjiro no podía sostener.

Caminaron en dirección a la casa del niño cerdo, con Zenitsu detrás refunfuñando sobre que por poco se muere de no ser por el cerdo.

—Bueno. Creo que este encuentro nos quitó tiempo—comentó Obanai juntando las manos—. ¿No crees que será conveniente ir más rápido?

Sanemi consultó la hora.

—No. No todavía—dio un largo y abrumado suspiro, dándose ánimos para seguir caminando—. Caminemos más lento.

Este capítulo ha sido corregido.

Espero que lo hayan disfrutado más.