Puro y Absoluto odio corregido.
*Este capítulo podría contener escenas subidas de tono.
*Y gente caliente.
….
Sanemi se sentó en la fuente de la facultad, aquella que estaba justo a la entrada, a esperar. Porque, al parecer, no había caminado lo suficientemente lento.
Se dio la vuelta para observar la estatua de Ofiuco, un hermoso hombre griego esculpido en piedra, que tenía en una mano un báculo con alas en la parte superior y dos serpientes que le trepaban hacia arriba.
Aquella estatua, tan clásicamente hermosa refleja por completo aquella facultad.
Después de conocer la facultad de medicina de la Universidad Estatal, Sanemi se convenció que no existía la gente fea, sino que solo gente pobre.
Porque a leguas se podía ver a la buena comida, las buenas escuelas, las buenas familias, al buen maquillaje, al buen gimnasio al que tenían acceso gran parte del plantel estudiantil. Verdaderos modelos y figuras de revistas, salvo excepciones, como el típico nerd de aspecto descuidado o el tipo de aspecto vagabundo que siempre faltaba a clases, pero hasta ellos se atrevían a mirar con rareza a Sanemi.
Porque esa era la razón principal porque no aguantaba estar ahí mucho tiempo.
Chicos y chicas de todas las edades y etapas de la carrera, por lo menos se le quedaban mirando con extrañeza y hasta a veces desaprobación, o llamaba la atención de dos o más chicas que giraban inmediatamente la cabeza y comenzaban a andar más rápido nada más cruzaban miradas con él.
Caían sobre él las más curiosas y desagradables miradas. Dos chicos se le quedaron viendo unos instantes y vio a uno arrugar la nariz con disgusto, para seguir caminando junto a su compañero.
Sanemi se agarró el cuello de su camisa de manga corta. A lo mejor hubiese sido mejor usar una más nueva aquel día.
Pero cada vez que se quedaba ahí, más atención llamaba. Y no necesariamente de la buena. Por lo que rezó para que su cita saliera pronto y lo sacara de allí.
Miró hacia los lados buscándola, y, para su sorpresa, la encontró.
Kanae Kocho caminaba junto a un hombre de aspecto anciano, vestido de terno y corbata, y llevaba una cantidad ingente de papeles sobre sus lánguidos y delgados brazos. El hombre anciano no iba mejor, pero derechamente parecía tener un mejor control del peso sobre él.
Para desgracia de Sanemi se dirigían a una dirección muy diferente a la suya, hasta que los interceptaron dos estudiantes como de la edad de Kanae.
Eran dos supermodelos de revista o perfume. Uno con el cabello oscuro y otro con el cabello claro, con una belleza tan genérica que no daba para recordarlos tanto tiempo. Por supuesto, la atención de ambos se dirigió a la chica.
Sanemi estaba muy lejos para escucharlos, pero parecieron ofrecerse a ayudarla, pues inmediatamente Kanae asintió un poco extenuada e inclinó la pila sobre ambos muchachos. Se dividieron el peso, dejando a Kanae sin papel para llevar, entonces ella apuntó al anciano caballero que ya le llevaba varios metros de ventaja, hizo una reverencia a los dos, pareció gritar algo al anciano, se dio la vuelta y caminó en dirección a la salida.
Entonces Sanemi se volteó rápidamente, tratando de hacerse el desentendido.
Por algún motivo, quería que ella se acercara a él. No quería moverse de su sitio. Quería saber qué haría la chica si lo encontraba desprevenido. Además, no quería interrumpir nada. Y tampoco ser presentado a nadie.
Kanae miró en dirección a la salida y no demoró en encontrar la característica cabellera de plata de su cita. Desde lejos podía ver lo suave que tenía el pelo y le picaron los dedos con unas irresistibles ganas de acariciarlo.
Empero, quería sorprenderlo gratamente.
Se arregló el vestido, un poco su cabello y se puso su mochila al hombro, de manera que ni siquiera tintinearan los cierres al contacto con la cremallera, entonces, se dirigió hacia él.
Sus pasos eran largos, pero silenciosos y caminaba con una sonrisa contenida. Todo el mundo la miraba pasar con un rostro curioso, su actitud furtiva no pasaba desapercibida para los demás.
Kanae llegó a la fuente y se apoyó sobre sus rodillas para seguir avanzando hacia él. El chico estaba muy atento mirando su teléfono celular, por lo que ni se percató de la actuación de espionaje digna de una película de James Bond de la chica.
Sanemi de repente sintió unas manos alrededor de su rostro, una en su nuca y otra que le sostenía la quijada, apretando un poco sus mejillas. Una fuerza desconocida lo jaló hacia su costado y entonces sintió el contacto de unos labios suaves y jugosos apretando con fuerza contra una de sus mejillas.
El olor de su pelo, sus manos suaves y los labios de Kanae sobre él le hicieron pasar de la consternación a la alegría.
—¡Muak!—Kanae se separó de él, pero rodeó su cuello con ambos brazos—. ¡Hola! ¿Te hice esperar mucho?
—No, nada muy terrible.
—¡De verdad, lo siento! Hoy tuve que vigilar a una clase para un examen. Se supone que todos los ayudantes debíamos estar ahí, pero de repente me encontré sola cuando el último chico terminó, y el profesor me dijo: "Kocho, ayúdeme a dejar esto a mi despacho"—Kanae frunció un poco el ceño—. ¡Ni siquiera me preguntó si tenía algo importante que hacer!
—¿Ah? ¿Y tenías algo importante que hacer? —inquirió Sanemi con una sonrisa, tan cerca del rostro de ella que casi podía tocar su nariz.
Ella despejó su pecho de los mechones de su cabello al colocarlos en su espalda con un movimiento rápido. Luego volvió a rodear el cuello de Sanemi, aunque estrechando el abrazo.
—Por supuesto…
Kanae se acercó a él y lo atrapó en un beso. Sus labios eran acelerados y Sanemi pudo notar lo ansiosa que estaba por besarlo. Se movía con fuerza, casi furiosa y no daba tiempo ni a respirar. Ella quería profundizar más y más el beso, pero él se separó, tratando de resistirse a la tentación.
—Creo que me echabas de menos…—Sanemi rio un poco por lo bajo.
—¡Claro! Hace tiempo que no te veo.
—¡Pero si no nos vemos desde hace como semana y media! —la sonrisa del chico se alargó un poco más.
—Casi dos semanas—corrigió ella—. ¡Eso es mucho tiempo!
Sanemi soltó una pequeña carcajada.
—Ya… yo también te extrañé—Sanemi apartó un mechón de cabello de la chica y lo colocó tras su oreja—. Pero ahora soy oficialmente libre. Soy todo tuyo. Al menos hasta que entreguen las notas.
—Suena perfecto…
Kanae lo miró con sus preciosos ojos brillantes, lleno de ensoñación y felicidad. Sanemi intuía el próximo movimiento de la chica por lo que se apresuró a preguntar.
—¿Oye, ese es el profesor al que ayudas? ¿El que es como un robot?
—¡Sí! Realmente es tan indiferente con todo el mundo, pero tan comprensivo a la vez…
La chica se sentó junto a él y se apoyó entre el hombro y el cuello de Shinazugawa. Ella se explayó contándole sobre la excéntrica personalidad de ese profesor y sobre las desventuras graciosas que había vivido gracias a eso.
En cierto punto de la conversación, el estómago de Sanemi rugió sonoramente.
—Ya es hora de que vayamos andando. Me está dando hambre... ¿Dónde quieres ir? —preguntó el chico separándose un poco de ella.
—¡Vayamos al departamento y cocinemos algo ahí, es más barato!
Sanemi se levantó preparándose, sintiendo un dolor instantáneo y absoluto en la parte inferior de su abdomen, que supo ocultar muy bien.
—Entonces hay que ir a comprar comida, porque el refrigerador está vacío…
—¿Cómo es eso? —reprochó Kanae.
—¡Vamos, que hace hambre!
Ella se levantó y se colgó la mochila en un hombro, Sanemi se guardó ambas manos en los bolsillos y casi instantáneamente, Kanae se aferró a uno de ellos con fuerza y apoyó una de sus mejillas sobre el hombro de su novio.
Entonces empezaron a caminar en dirección a la salida.
Kanae tenía un hechizo que siempre hacía efecto en él. Era capaz de hacer que las personas a su alrededor se evaporaran al instante. Ella captaba de tal manera su atención que las miradas se volvían transparentes como el aire y hacía que los murmullos y comentarios fueran como cánticos de pájaros: estaban al fondo, casi como decorando el ambiente.
Debía de ser un hechizo muy poderoso porque la cantidad de miradas de asombro y de desagrado que se posaron sobre ellos no temían al descaro ni a la vergüenza. Profesores y alumnos por igual, cuchicheaban por lo bajo (y otros no tan bajo) sobre ellos al verlos interactuar.
Todo el campus tenía la quijada en el suelo al ser testigo de cómo Kanae Kocho, la ayudante y auxiliar de tres de los más respetados, inteligentes y cabrones académicos de la facultad; probablemente una de las chicas más dulces y hermosas de la universidad; una amigable y sencilla muchacha se iba del brazo un cualquiera.
Un cualquiera que a nadie le costaba imaginar que tenía algún cargo por robo o asesinato.
De esos cualquiera que eran guapos según cómo les llegaba la luz. Y en opinión de algunos estudiantes, aquel chico sería guapo con todas las malditas luces apagadas.
No había forma, ni para ellos ni para nadie que esa relación pudiese prosperar, y daban por hecho de que era otro caso de enamoramiento inmaduro de un "chico malo". Casos que generalmente terminaban muy mal y hasta trágicamente.
Pero les hervía la sangre pensar que ni siquiera era el tipo de "chico malo" de las películas. Aquel delincuente, chico grosero y tenaz que tenía una apariencia deseable y agradable.
Algunos "galanes" de la facultad. Esa clase de tipos que hacían el esfuerzo sobre humano de ser amables y corteses con las chicas; aquellos chicos que se encomendaban a sí mismos esa noble y exigente tarea, se reían con los dientes bien apretados.
Comentaban que aquel chico tenía que estar MUY bien "dotado", porque de otro modo, no había forma que Kanae se fijase en "eso". Aquel chico no aportaba nada a nadie, y menos lo haría a su chica.
Y entre desaires y comentarios maliciosos, supusieron qué clase de chica era Kanae. Era "esa" clase de chica.
Aquella relación había nacido muerta para ellos. Y para ellos, muerta pronto iba a estar.
….
Kanae entró en el pequeño y pintoresco apartamento. Sintiéndose tan aliviada de poder dejar caer las bolsas llenas de comida que habían comprado en la tienda.
Era un departamento con dos habitaciones pequeñas y un baño. La cocina y la sala de estar comedor compartía un ambiente y no había ningún balcón. Era un lugar cálido en invierno y un horno en verano, casi siempre le daba el sol.
Y ahí, en ese pequeño espacio, vivían los dos hermanos.
—¡Hola, Genya! ¡Trajimos comida para que tu hermano no te siga matando de hambre! ¿Estás aquí?
Nadie respondió.
—Genya está en la casa de su amigo loco—Sanemi frunció el ceño al acordarse del pelirrojo demonio cabeza de diamante.
Cerró la puerta tras él.
—Owww… Supongo que estaremos solos…—concluyó Kanae sonando lastimera y sentándose en el sillón.
—Uy, sí, qué pena…—bromeó Shinazugawa en el mismo tono.
Sanemi dejó las bolsas sobre la mesa y casi de inmediato se dirigió hacia la chica. Posó sus manos en el sillón justo al lado de cada costado de Kanae, acorralándola con sus brazos.
Ella se sonrió, no sintiéndose intimidada en lo absoluto.
Alzó sus manos hacia él y rozó sus mejillas para luego rodear su cuello con sus brazos.
Kanae rozó su nariz con la de Sanemi de manera dulce y juguetona y después los unió en un beso.
Sanemi fue más receptivo esta vez. Seguía su ritmo pícaramente, casi jugando. Kanae era capaz de sentir las fugaces sonrisas entre medio de sus besos y en las breves separaciones Sanemi soltaba una risita ronca y suave al percatarse del hambre que su novia tenía de sus labios.
Ella se separó un momento de él y sus ojos se encontraron un instante antes de que él arremetiera contra ella. Quería ir más profundo en sus besos y quería hacerlos más largos y lentos.
Kanae amaba eso. Amaba esa efusividad que el chico solo mostraba en privado. Era como un gato panza arriba. Más bien, como una bestia panza arriba, para una mejor analogía. Tan manso, tan atento y tan cariñoso. Era algo que nunca podía lograr que hiciera en público.
En la calle siempre era tan cortés, tan educado… tan aburrido en sus muestras de afecto. Incluso los escasos besos que se animaba a darle en la calle o en parques eran desabridos y tan fugaces que no daba tiempo ni a saborearlos.
Pero ahí, en la intimidad, en el silencio y en la soledad del cuarto Sanemi se transformaba y sus besos se hacían suaves, largos, agradables y dulces. Aquel hombre tan recto y terco, parecía hacerse flexible y cariñoso.
Eso siempre ocurría y ni una vez le había fallado.
Sanemi alargó su mano para colocarla en la cintura de Kanae, la mantuvo ahí mientras entreabría su boca para dejar pasar su lengua, y un rato después sus dedos se separaron para abarcar más cuerpo y su pulgar abarcó un costado de su pecho. Blando y suave bajo la presión.
Kanae se relamió y se mordió suavemente el labio inferior. Continuó besándolo casi con furia, a medida que las manos de Sanemi se deslizaban hasta su espalda y le rodearon el torso.
Se separó de él haciendo su cuerpo hacia atrás. Sanemi trató de alcanzarla, pero cuando estaba a nada de volver a tocar sus labios, ella volvió a hacerse para atrás con una sonrisa juguetona. Estrechó el abrazo, mirándolo con una mirada pícara. Tenía toda la intención de tumbarlo sobre ella.
Él sonrió captando su perversidad y se hizo hacia adelante tratando de lograr un beso al vuelo, antes que la cabeza cayera inevitablemente sobre el sillón. Pero quería hacerlo despacio. Quería hacerla esperar, quería verla ansiosa y hasta un poco molesta de que se hiciera de rogar tan descaradamente.
Fue despacio hacia abajo, bajando su tronco con lentitud. Despacio, fue doblándose sobre sí mismo hasta casi tocar los labios de la chica.
Pero un dolor punzante, casi como una patada, lo hizo erguirse con violencia.
—¡Mierda!
Sanemi enderezó su tronco tan rápido que Kanae no logró sujetarse a tiempo y cayó como saco de papas sobre el sillón. Consternada y traicionada, sintiendo que el ambiente se había roto.
—Mierda…—el quejido de Sanemi no la sacó de inmediato del estupor, sino que se atrevió a sentir molestia, hasta que la cara de su novio se torció dolorosamente. Era en serio.
Se sintió mal por dudar, pero finalmente se escandalizó.
—¿Nemi? ¿Qué pasa? —se incorporó rápidamente y sus ojos viajaron hacia sus manos, que sostenían la parte inferior de su abdomen con fuerza. Era capaz de ver los tendones y las venas hincharse por el dolor, y junto con el calor (tanto del de afuera como el del momento) el muchacho tenía la frente húmeda y las manos brillantes.
—Me duele mucho…
—¿Comiste algo mal? ¿Quieres que llamemos a una ambulancia? —ella le acarició el brazo, como si aquello fuera a mermar el dolor.
—No, no… Es… Un dolor muscular—Sanemi comenzó a levantarse la camisa despacio—. Hoy estaba de camino a tu facultad cuando- ¡PERO QUÉ MIERDA!
Kanae ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Los dos tenían los ojos como platos, tan genuinamente asombrados que no se atrevieron a moverse.
Justo debajo de su ombligo, había aparecido un enorme moretón. Un cardenal tan negro, que su severidad era evidente. Era un poco grotesco mirarlo, pero como un accidente de coche, era imposible apartar la mirada, aun si no tenían o se les ocurría algo que decir.
Kanae y él guardaron silencio unos instantes, hasta que ella se atrevió.
—¿Te has vuelto a pelear? —su tono fue grave y orientado a la decepción.
—¡No, no! ¡No me he peleado! Aunque…
Kanae entornó los ojos y frunció el ceño con preocupación.
—No pelee con nadie, ¡te lo juro! —se apresuró a decir—. Solo fue un pequeño encontronazo con un mocoso.
Fue inevitable, viendo cómo la historia se ponía peor y peor, sin siquiera haber empezado. La chica se cruzó de brazos y le miró inquisitivamente.
—¡Déjame explicar, no pongas esa cara! —se defendió inmediatamente.
—¡De acuerdo, eso estoy esperando! —Kanae abrió los ojos un poco indignada. Su corazón empezó a latir más rápidamente y sus músculos se pusieron rígidos, tanto, que casi tiritaban.
Sanemi explicó como buenamente pudo la situación. El chico de cabello de choclo, la cabeza de cerdo, el niño pelirrojo con cabeza de diamante y Genya, que era amigo de todos ellos. Omitió la parte de los asaltantes eran de la Finca de Muzan deliberadamente para así evitar que se preocupara.
Kanae pestañeó lentamente en varios puntos de las explicaciones y asintió en otras tantas, y como conclusión solo pudo arrugar un poco el ceño. No estaba tan convencida.
Le molestó que no le creyera. Esa cara no le gustó para nada. Pero no iba a alzar la voz. No iba a hacerlo.
—Mira, esta es la verdad. De verdad que el mocoso me pegó con su cabeza y no me metí en ninguna pelea, te lo prometo, Kanae—eso sí, su enfado podía verse en lo abiertos que estaban sus ojos y como apretaba la mandíbula. Pero su voz era normal—. Si no me crees…
Sanemi se quitó la camisa de un tirón.
—Tú has visto como queda la gente tras las peleas. ¿Ves algo?
Kanae observó cómo el chico se exhibía levantando los brazos y girando sobre sí mismo. Quizás fue un acto innecesario, pero era cierto, no había marcas de peleas recientes. Su piel estaba limpia de moratones y rasguños, salvo por las cicatrices ya selladas y curadas que lo recorrían de pies a cabeza, el único gran problema era el que tenía a la altura del abdomen.
Pero es que era imposible que una cabeza hiciese tanto daño… Debió ser una patada o un golpe con algo contundente. ¡De ningún modo una cabeza! Pero la forma era extrañamente circular. Kanae pensó que podría haber tenido un accidente de coche, pero en la espalda no había rasguños y su ropa se encontraba en buen estado.
Comenzó a considerarlo más que antes. Y su postura de a poco fue relajándose, volviéndose más flexible, en la medida que se ampliaba a las posibilidades. Se sentía mal de no haberlo detenido antes de quitarse la camisa, de verdad, de verdad que no fue necesario.
—Si quieres me puedo quitar el pantalón también—insinuó en un tono sugerente.
Kanae levantó la vista del moratón y observó a Sanemi a la cara. Mostraba una sonrisa tan larga y tan sagaz que no pudo evitar contagiarse con ella. Definitivamente, con mucho más humor.
Sus hombros aflojaron la tensión y finalmente todo su cuerpo se relajó. Ahora mostraba su habitual sonrisa serena y desvió la mirada un momento. No le miraba, pero se había vuelto más accesible.
Sanemi se acercó a ella y la abrazó por la cintura, escondiendo su risa en el perfumado cuello de Kanae. Ella lo recibió sin resistirse, pero fue modesta en su respuesta al abrazo.
—¿Por qué te gusta pelear conmigo? —musitó ahogadamente, todavía con el rostro pegado al cuello.
—¡No me gusta pelear contigo! —Kanae trató de contener una risita mientras hablaba.
—Pero te enojas conmigo, eso no me gusta—Sanemi levantó la vista para mirarla con ternura.
—¿Ah, sí? ¿No me veía bonita mientras estoy enojada? —Kanae lo tomó por el mentón melosamente, mientras era testigo de cómo los ojos se le abrían como platos y empezaba a sudar frío.
No existía una respuesta correcta a esa pregunta. Solo respuestas malas o peores. Era elegir venenos o quedarse en la sartén o saltar al fuego. Absolutamente acorralado. Y el silencio no era ni por lejos la mejor respuesta que había.
Ella le apretó sus mejillas, a modo apremio para que le contestara rápido. Sonreía divertida ante la situación. Pero la tortura había durado demasiado, así que, aun sujeto por el mentón, lo atrajo hasta ella y le dio un beso superficial y corto.
—Ahora, déjame examinar esto.
Sus manos se posaron en cada costado de Sanemi, y él obedientemente se quedó quieto.
Endureció su rostro en una expresión de concentración, mientras examinaba el polémico cardenal violeta. Estaba decididamente asombrada.
—¿Me crees que fue una cabeza? —preguntó Sanemi.
—Sí, te creo—se esforzó por sonar convincente sin dejar de mirar el moretón.
En realidad, tenía sus serias dudas al respecto. Pero no valía la pena continuar con esa discusión. Al menos no por ahora. El verdadero problema ahora era resolver el asunto del moretón.
Frunció el ceño. Estaba hinchándose y su color era espantoso.
—¡Es que parece que estas embarazado de él! —comentó con incredulidad.
Sanemi chasqueó la lengua.
—Y no es tuyo.
—¡Y no es mío…! —Kanae besó el dorso de su mano, con una expresión dolida. Cambió de inmediato su expresión—. Pero me haré cargo de él igualmente. Ahora ve a recostarte, te traeré hielo, analgésicos y comerás en tu cama.
…
En cierto momento de la tarde, todo quedó en un punto muerto.
Estaban los dos mirando al techo, las marcas de cadáveres de mosquitos y las negras huellas de múltiples zapatos de Sanemi. A él le dio vergüenza, y pensó que quizás sería mejor pintar en el verano. Así estaría más decente.
Hacía calor. Y no se querían acercar al otro todavía. Pero Kanae, aburrida y esperando este día como ningún otro en mucho tiempo, se acercó a Sanemi y apoyó su cabeza en su pecho, y colocó su mano en el firme abdomen del chico.
Ella dio un relajante suspiro y cerró los ojos un momento.
Sanemi posó su mano sobre la cabeza de la chica y comenzó a jugar y a enredar sus largos mechones entre sus dedos. Comenzó a acariciarla y ella apegó todavía más a él.
Puso una de sus piernas sobre los muslos de él y apegó su torso al suyo, pegando sus pechos suaves y blandos a su costado. Su suave y delicada mano se dejó caer sobre su plexo solar y ella arañaba suavemente sobre la piel.
—Quédate a dormir…—musitó Sanemi deseoso.
Le rodeó su cintura con un brazo y ella de inmediato se colocó boca abajo, estiró su cuerpo hasta lograr juntar sus labios con los de él. Sanemi podía sentir un breve dolor al tratar de estirar su cuello para besarla por lo que se ayudó de su otra mano para atraerla más a él y para colocarla sobre él.
Kanae entreabrió su boca, y momentos después sintió una furtiva pero reconocible mano colocarse tras su muslo, casi al mismo tiempo que Sanemi se apartó.
—Oye… ¿Puedes montarme…? —murmuró con voz ronca, grave, y aun así suave. Kanae adoraba ese timbre, y realmente se lo estaba pensando. Pero recordaba el rostro de absoluto dolor de su novio momentos antes, y su mente y cuerpo se enfriaban lo suficiente como para pensar con claridad.
—Eso mismo estaba pensando, pero…
Ella desvió la mirada y colocó su mano sobre el torso de Sanemi.
—Trata de endurecer tu abdomen—le ordenó.
Sanemi obedeció y no demoró un instante en resoplar del dolor mientras todo su ceño se arrugaba. Esta vez no lanzó un improperio, así que el avance estaba.
Pero no lo suficiente.
Eso fue lo que terminó de enfriarla por completo.
Suspiró con los dientes muy apretados.
—Pero… No duele taaanto. A lo mejor si vamos despacio…—comenzó a acercarse despacio.
—Shinazugawa, ten prioridades…—le dijo ella con tristeza, parando el trayecto del beso con una mano. Se bajó de él y se colocó a su lado como en el principio.
No se sentía mejor que él con la decisión, y, sin embargo, era la mejor decisión.
El resopló en la mano. De verdad que se había ilusionado con el momento. Y ella lo entendía perfectamente, porque se sentía igual.
—Podemos hacerlo en mi casa, en otra ocasión—dijo ella tratando de consolarlo, aunque el mensaje también iba para ella.
—En tu casa, claro—contestó sombríamente—. Para que nos escuchen los vecinos.
—Y para cuando salgas de mi casa y vayas pasando por el vecindario mis vecinos te aplaudan.
Sanemi mostró los dientes en una horrenda y divertida cara de absoluto asco. Kanae se largó a reír histéricamente con la expresión.
—¿Te imaginas alguien me hace eso? Señora, aléjese de mí y de mis hijos—comentó Sanemi—. ¿Quién mierda aplaude cuando OTROS acaban de coger? Ni siquiera lo haces tú cuando lo haces. Esto solo pasa en las películas.
Los dos se quedaron conversando hasta que se hizo la hora de la cena. Genya no volvería hasta mañana y eso hubiese sido un plus, de no ser por su situación.
Kanae se quitó la ropa y se durmió con una camisa de algodón de Sanemi que apenas cubría sus muslos, y él, por el calor se quitó la camisa y durmió en bóxer.
La tenía cerca. La tenía apoyada sobre su pecho y uno de sus brazos le rodeaba la cintura. Su suave mano al contacto con su piel desnuda lo deleitaba de maneras que no se había dado cuenta nunca.
Podía sentirla suspirar tranquila y silenciosamente. Sus suaves exhalaciones cosquilleando su cuello y su clavícula.
A sus fosas nasales le llegaba el olor a su champú y a su perfume florar, que estaba lejos de ser una tapa oxígeno o de esos olores que eran tan fuertes que parecían bofetadas. Era suave. Era dulce. Como lo era ella.
Sus pechos se apretaban contra él, los sentía suaves y cómodos y sus piernas se enroscaban en las de él: suaves y depiladas. Deduciendo que quizás la chica se había preparado de otras maneras para este momento.
Sanemi inspiró y exhaló profundamente y el rostro adormilado de Kanae ni se inmutó ante el movimiento. Se veía preciosa, adorable, perfecta.
Alzó una de sus manos para apartarse aquel rebelde mechón de cabello plateado que siempre tapaba su frente, pues estaba empezando a sudar.
La temperatura de su cuerpo comenzó a aumentar y debía apretar los dientes con todas sus fuerzas. Las venas en sus cienes se alzaron a la vez y su ojo comenzó a tiritar de manera preocupante.
No estaba molesto. No estaba enojado. Ni siquiera estaba furioso. Estaba emputecido.
Era tan, pero tan difícil quedar con Kanae. Ni hablar para tener sexo.
La casa de Kanae siempre estaba llena, y las murallas eran de papel. Sus suegros se turnaban para estar en la farmacia, por lo que siempre había un adulto en la casa a todas horas. Shinobu llegaba tarde a casa, pero inmediatamente se iba hacia su cuarto que se hallaba a metros del de Kanae y Kanao hacía igual.
No podían ir a la casa de su madre, porque la casa estaba hecha para albergar a cuatro pelagatos y estaba hasta arriba con seis: Sus hermanos que no vivían con él y su madre.
No podían venir al departamento, porque hacía seis meses que Genya se había puesto serio con los estudios y volvía a casa lo antes posible después de sus prácticas de tiro para estudiar. Sanemi estaba muy feliz por aquel cambio, pero él y Kanae se negaba a abusar de su paciencia y estilo de vida para echarlo a la calle para que así los dos tuvieran algo de privacidad.
¿Echar a la calle a Genya, después de años de intentar para que saliera de ahí?
Los moteles no eran una opción viable. No porque fuesen muy exquisitos con el tema de las camas y habitaciones o porque no tenían la suficiente libido como para necesitarlo. Todo lo contrario. Los dos se irían a la ruina, precisamente, por eso. Y una vez dentro del vicio, difícil salir de él. Y lo sabían por experiencia propia.
Podían tocarse, muy de vez en cuando. Teniendo los dos veintipocos años.
Hacía dos semanas que no la veía, ni hablar de hace cuanto no la tocaba.
Estaba convencido de que esa era una forma de tortura moderna.
Todo se acumuló en aquel momento. Y todo se concentró en su mente y de a poco comenzó a tomar forma, color e imagen: ese mocoso pelirrojo con frente de titanio.
Lo odiaba. Con su alma, con su vida, con su todo. Tan apasionadamente como amaba a Kanae. Tan profundamente como se podía permitir.
Ese mocoso amigo de Genya que, si volvía a ver de nuevo, iba a tener la revancha.
Dios lo pillara confesado, antes que Sanemi lo pillara.
….
Vale para mí uno de sus comentarios que cualquier voto o fav. (Aunque se agradecen también). Adoro leerlos y me motivan muchísimo.
Saludos.
