Con el verano venían las vacaciones, los exámenes finales, el intransigente calor y, para la familia Kocho, el cumpleaños de la madre de las niñas. Un evento que religiosamente celebraban en familia y nunca faltaba ningún integrante de la familia más cercana a ella.
—Comprémosle este—dijo Shinobu tomando una prenda de entre las tantas que se podían ver entre los colgadores.
Era un pantalón hippie de tela suave y holgada, con un estampado extraño color negro y blanco que se intercalaban entre sí de manera caótica que resultaba ser, extrañamente, agradable a la vista.
—¡Está lindo! Pero me gusta más éste—Kanae agarró de otra área una preciosa falda larga de color rosa pastel. Era holgado como el pantalón, pero definitivamente más elegante.
—Este le servirá más, mira—Shinobu tomó una de las piernas del pantalón—. Se le ajustan en los tobillos y será muchísimo más fácil moverse con ellos.
—Pero este tiene un color bonito que le queda tan bien a mi mamá—combinaba con sus ojos, de hecho—. ¡Se verá adorable y elegante con él!
—Comprémosle algo práctico y cómodo—insistió Shinobu.
—¡Podemos comprar eso siempre! Llevemos algo lindo que la haga ver elegante—debatió Kanae.
Shinobu se giró hacia Kanao.
—¿Cuál le compramos, Kanao?
Kanao sacó de su bolsillo una moneda extranjera y la lanzó al aire. Mientras estaba suspendida en el aire, el circular objeto se movía a tal velocidad que parecía una esfera plateada, entonces, la gravedad la atrajo hasta la palma de Kanao. Entones, dio vuelta la moneda sobre su dorso y salió el resultado.
—El pantalón—dijo con una seguridad envidiable.
Kanae dejó la falda en su sitio derrotada y Shinobu buscó la talla de su madre entre los tantos modelos. Lo seleccionó y fueron a la caja para comprarlos.
Shinobu durante el viaje había permanecido muy introspectiva y distraída. A su modo, lo hacía saber, pues mantenía el ceño fruncido, como si estuviera realmente concentrada y completaba las conversaciones con escuetos y certeros comentarios.
Pensaba en su madre y en la fiesta que se daría en su cumpleaños. Quería que saliera bien y que estuvieran todos sus más cercanos familiares junto a ella. Pensó en la comida, en los regalos en la situación y en palabras que podría decirle al momento de abrazarla. Entonces, un detalle que casi había olvidado se le cruzó por la mente que la alarmó un poco.
—¿Vendrá tu novio, Kanae? —Shinobu no le entusiasmaba la idea de ver a su cuñado, pero importaba su presencia para su madre por lo que se preocupaba igualmente.
Ella asintió con seguridad.
—Él vendrá esta vez. No pudo ir a la reunión con Tanjiro por sus exámenes, pero está libre ahora por lo que vendrá. Me lo aseguró. ¿Y el tuyo? Parece siempre tan ocupado…
—No te preocupes, vendrá—aseguró la muchacha—. Sabe que es importante para mí que venga, así que no tiene excusa. Me dijo que haría un espacio para nosotras—se giró hacia Kanao—. ¿Le has dicho a Tanjiro?
Kanao negó con la cabeza un poco preocupada.
—Debes de decirle con antelación, Kanao—le reprochó su hermana—. Recuerda que Tanjiro trabaja con su familia y es mesero en la tienda de los padres de Aoi. Es un tipo ocupado también.
—Le preguntaré—afirmó Kanao, ajustando su lista mental de cosas qué hacer y en qué orden.
—Dudo que vaya a negarse en todo caso—comentó Kanae con una sonrisa mientras colocaba una mano sobre el hombro de su hermanita.
—Yo también lo dudo, pero nunca se sabe…—Shinobu saludó al cajero con una inmaculada sonrisa y se dedicó a pagar.
…
Fuera de las tiendas, las chicas atrapaban miradas sin parar. Habría un par de comentarios desagradables que habrían llegados a sus oídos de no ser porque iban con su padre, quien parecía más ansioso que de costumbre.
Era siempre un momento lleno de estrés el cumpleaños de su amada. Realmente quería comprarle algo que le gustara y que le fuese útil. Y Kanao lo veía preguntar ansiosamente a sus dos hijas sobre qué color, qué sabor, qué cosa podría gustarle a su madre por encima de otra.
Las chicas escogían certeramente los mejores regalos para ella y evitaban que su padre vaciara su billetera por la ansiedad de comprar, por lo menos una cosa que le gustase. Sus hijas desconocían de dónde provenía el temor de aquel hombre, pues la señora Kocho sería capaz de aceptar con la más resplandeciente de las sonrisas un plato roto como regalo.
Ello no sucedía con sus hijas, por supuesto. Incluso, el señor Kocho a veces era más certero a la hora de escoger regalos para ellas.
En parte, Kanao entendía la ansiedad de su padre. Pensar en qué comprarle o hacerle a Tanjiro para su cumpleaños la llenaba de dudas e inseguridades. Sabía que Tanjiro era como su madre, pero la idea de que pudiese aceptar algo con una sonrisa por pura cortesía la hacía sentir mal y enferma.
Quería que valiera la pena. Quería verlo sonreír como le sonrió aquel día que le dijo que sí.
…
El camino a casa nunca se le hizo tan largo, tan silencioso y tan incómodo como aquel día.
Tanjiro se le acercó a la salida del instituto y le preguntó, tan tieso como una viga, si podía acompañarla a casa. Kanao apenas pudo decir que sí, pero cuando lo logró se sintió tan orgullosa de sí misma.
Y se arrepintió al instante.
El camino a casa había sido silencioso y lo único que podía empeorarlo eran los sonidos de los pies contra el pavimento. Se preocupaba de no ir pisando con sectores pedregosos, porque si había algo más incómodo que el silencio, eran los sonidos que llenaban en lugar de las palabras.
Tanjiro en ningún momento la miró de camino a casa y aquello la entristeció muchísimo.
Él siempre empezaba las conversaciones. Y aquello le dolía en el alma.
Quería hablar de algo. De las nubes, de la carretera por la que transitaban, del metro o de las aburridas tareas de la escuela. Pero no había nubes, la carretera estaba vacía, odiaba el metro a aquella hora con su vida y había terminado todas las tareas que le habían puesto.
No podía abrir la boca, aunque quisiera gritar con todas sus fuerzas. Durante todo el viaje tragó saliva y sentía las lágrimas humedecer sus ojos. Pero se negaba a llorar. No quería que Tanjiro se preocupase o que le preguntase por qué lloraba. Porque no podría responder honestamente. O de plano contestar.
Y final había llegado. Y ni una palabra habían cruzado.
En aquel punto tendrían que separarse y tendrían que decir adiós una vez más. Igual que a ayer, igual que antes.
Se detuvo y junto a ella Tanjiro.
—Kanao, antes de irme, quiero decirte algo—llamó él con la voz un poco extraña. Era más aguda y algo más firme de lo normal.
Ella se sobresaltó pensando que quizás se había molestado. Trató de pensar en lo que pudo haber hecho mal y recordó cómo la semana pasada lo rechazó por ir con Kaigaku.
Kanao iba a llorar. Iba a llorar e iba a salir corriendo. Lo había arruinado todo.
Tanjiro carraspeó y su voz se dulcificó considerablemente, pero aún notaba ese timbre de ansiedad que la ponía nerviosa.
—Quiero decir… Kanao…—comenzó Tanjiro—. Quiero decirte que me encanta estar contigo.
Tanjiro se atrevió a mirarla y se encontró con los ojos de Kanao tan grandes como platos. Su rostro se había puesto rojo, tan rojo como un tomate, y su postura se había puesto rígida y pequeña. Casi estaba en modo de defensa, pero lo observaba tan atentamente que le pareció que le dio permiso para continuar.
—Me gusta mucho salir contigo. Me gusta tu compañía… Me gusta verte sonreír…—Tanjiro se puso rojo, casi tanto como Kanao—. Me gustas tú.
Kanao contuvo el aliento y sus ojos finalmente se cristalizaron por las lágrimas que se negaba a soltar.
—Kanao, me siento cómodo a tu lado y me encanta cuando te apasionas por los videojuegos y los deportes—siguió, ya no había vuelta atrás.
Retumbaban en su cabeza las palabras de Kanzaki: "¡Confiésate!". Pero la duda nunca se fue del todo. Como el Caballo de Troya, la duda se enfundó en confianza y no se presentó hasta el momento más importante.
—Hemos salido tanto tiempo y no quiero que eso se detenga. Quiero estar contigo y que te sientas cómoda a mi lado. Quiero ser algo contigo… Como algo…—Tanjiro tragó saliva—. Como algo serio. Como algo solo para nosotros y para nadie más.
Tanjiro alzó la mirada para ver a Kanao y la vio tan rígida en su lugar que temió que en cualquier momento se fuera a desmayar. Le temblaban las piernas y la cara no podía estar más roja, pero ella no apartaba la vista de él.
No le sonreía, pero tampoco parecía disgustada con sus palabras.
Tanjiro se rascó la parte posterior de su cabeza y resopló dándose valor para la última parte de aquel improvisado y vergonzoso discurso.
—¿Te gustaría ser mi novia, Kanao?
El rostro de Kanao se torció en una mueca de tristeza, emoción y alegría absoluta. Era una mueca muy extraña y se preocupó de verdad cuando ella comenzó a llorar. Kanao no jadeaba o sollozaba. Tanjiro podía ver las lágrimas caer por sus mejillas tan amargamente como caían por la cara de cualquiera, pero no había sonido que le diera a entender qué clase de sentimiento la aterraba.
Kanao se quedó en su lugar. Tan impotente como nunca lo había estado en su vida.
Despreciaba su forma de ser. A sí misma y todo lo que era y cómo no era capaz de responder afirmativamente a uno de sus deseos más profundos. No iba a lanzar su moneda. No se arriesgaría a decir que no. Por último, el silencio le iba dar una duda.
Pero negarse no era algo que iba a pasar. No en su guardia.
Tanjiro la vio aquel ataque silencioso y se compadeció de ella. Las palabras de Kanzaki volvieron a alcanzarlo.
Kanao era Kanao antes y después de saber su peculiar situación.
Tanjiro se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Kanao se mantuvo en su postura, incapaz de resistirse a él. Tampoco es como si quisiera eso: deseaba con todas sus fuerzas abrazarlo y ocultar su rostro en su cuello.
Tanjiró sentía el pecho de Kanao hincharse y relajarse rápidamente entre sus brazos, pero aun así no salían sonidos de su parte. Ni sollozos ni gritos. Tampoco la respuesta que quería. No pudo evitar entristecerse, pues parecía que sostenía una bomba que era incapaz de explotar.
Pero había que ser ingeniosos e inteligente para lograr los objetivos. Tal vez el problema estaba en la pregunta. Si siempre Kanao decidía con una moneda o solo cuando estaba segura o cuando le decían cómo y en qué contexto contestar…
—Kanao… Tienes que decir que sí, si quieres ser mi novia. Y no si no quieres-
—Sí—contestó Kanao inmediatamente, con la voz quebradiza y más lastimera que Tanjiro escuchó nunca de su parte—. Sí, sí, sí, sí…
Kanao se aferró a su espalda apretando la camisa de Tanjiro con fuerza. Estaba temblando y parecía que en cualquier momento sus piernas le iban a fallar e iba caer al suelo. Pero Tanjiro estrechó el abrazo con más fuerza, pegándola contra su cuerpo.
—Gracias, Kanao…—murmuró Tanjiro, tan cerca del oído de Kanao que los temblores se convirtieron en una descarga eléctrica—. Te quiero mucho…
Kanao también. Ella pasó sus manos por la amplia espalda de Tanjiro, lo acariciaba con suavidad y ternura. Apegó su mejilla al cuello de Tanjiro e incluso acercó sus piernas a él. No quería separarse de él, por miedo a que esa clase de preguntas siguieran llegando a aquel momento.
Sin embargo, pareció ser suficiente para Tanjiro, por lo que aflojó el abrazo, pero se sorprendió de que Kanao no se hubiere despegado ni un centímetro de él.
Alzó las manos del cuerpo de Kanao, y ella seguía ahí.
Él soltó una risita que hizo que Kanao se quisiera morir.
Tanjiro volvió a rodearla con sus brazos. Puso una mano sobre uno de sus hombros y con la otra comenzó a acariciar su cabello tan suavemente que se convirtió en el nuevo vicio de Kanao. No quería que se detuviera y seguir así toda la vida no le parecía tan malo.
El corazón de Kanao comenzó a sosegarse y una agradable sensación de comodidad la abrumó al sentir la tranquila respiración de Tanjiro. No es que no estuviese nervioso, pero la idea de ver alterada a Kanao lo asustaba demasiado. No quería presionarla a nada, así que adaptarse era lo mejor.
Finalmente, en aquel silencio tan agradable, Kanao finalmente se sintió tranquila y con la suficiente valentía para atreverse a mirar a Tanjiro a la cara. Apoyó su mentón en su pecho y le dio una mirada de cobaya asustada. Tanjiro se sintió igual en un momento, pero trató de poner su mejor sonrisa saliendo con un resultado mixto.
Los colores volvieron a subírseles a la cara y sus cuerpos se quedaron rígidos, pero en silencio de sus miradas asombradas y rojas, les entraron unas inaguantables ganas de reír. Y los dos casi al mismo tiempo estallaron en risitas nerviosas. Tanjiro apartó una de sus manos para taparse la boca y Kanao lo soltó por completo para cubrir su rostro con ambas manos, tratando de ahogar una potente risa.
Cuando la alegría se disipó y solo dejó un cosquilleo a la altura de esternón, Kanao elevó su rostro para mirar a Tanjiro otra vez. El rubor había bajado sin desaparecer, y se veía preciosa, a pesar de que el sudor había vuelto a pegar partes de su pelo a su frente.
Kanao estiró una de sus manos hacia la mejilla de Tanjiro. Casi ni la tocaba, pues la poso tan delicadamente que pareció un roce superficial.
Palabras de Kanzaki la atacaron en aquel momento.
"Cuando tengas un novio, podrás con hacer con él cosas como besarlo, abrazarlo, mimarlo y dejar que él te haga lo mismo si así lo deseas. Pero, ojo, solo podrás hacerlo con él y no con otros hombres".
Ese pensamiento la hizo sentir tan tranquila, tan feliz. La hizo sonreír tan dulcemente que el corazón de Tanjiro comenzó a latir con fuerza otra vez.
Kanao se puso de puntitas y atrajo el rostro de Tanjiro hacia ella. Él instintivamente se relamió sus labios secos y justo después, Kanao posó sus labios sobre él con suavidad. Fue casi un toque, un pequeño beso de pajaritos.
Sintió el aliento de Tanjiro, sus mejillas y sus labios cálidos. Era una sensación nueva y agradable.
Y así consumaron los dos su primer beso.
Al separarse Tanjiro sonrió como nunca antes. Fue una cosa tan asombrosa. No era una sonrisa cortés, ansiosa o nerviosa… Era el verdadero gesto de sentirse querido y apreciado. Era el gesto de seguridad y de alegría genuina.
Eso quería para él. Toda la vida quería verlo sonreír así.
…
Al salir del edificio repleto de tiendas de diferentes temáticas, las chicas y el hombre sopesaban lo que podían hacer.
Kanao obedientemente se quedó a su lado, esperando a ver el resultado de la deliberación. Fue entonces que a sus oídos llegó un sonido familiar.
Se giró en dirección al grito que le llamó la atención y su novio y sus amigos estaban reunidos alrededor de un poste, con ademanes de tratar de subirlo, al menos los intentos del chico con cabeza de cerdo eran evidentes.
—Tanjiro—dijo Kanao al identificarlo entre sus amigos.
—¿Qué cosa, Kanao? —preguntó Shinobu.
—Es que…—ella volteó a los lados, pero finalmente apuntó en dirección a Tanjiro.
Shinobu alzó la vista para mirar y su expresión cambió al horror inmediatamente.
—¡Inosuke! —gritó la mujer al ver que el chico escalaba un enorme poste de luz.
Comenzó a correr en su dirección, dejando a su padre y a su hermana mayor.
Kanao, se quedó quieta en su sitio, pero de algún modo su mente le gritaba que debía seguirla. Sus piernas no se movían, pero temblaban como nunca antes. Era como si pudiera… Por un momento… Quizás.
—¡Shinobu! —exclamó, Kanae con las manos llenas de bolsas—. ¡Kanao, acompáñala, por favor!
Y entonces, como si se hubiese activado un botón mágico, las piernas de Kanao pudieron moverse y correr en la misma dirección que su hermana.
…
—¡Bájate, ahora! —ordenó Genya sosteniendo a Inosuke por el estómago, impidiendo que escalara un centímetro más el poste de luz.
—¡La gente está mirando, Inosuke…! —Zenitsu le gruñó entre dientes.
—Inosuke, podemos revisar la tienda desde nuestros teléfonos no hace falta que te subas—Tanjiro le mostró el teléfono tratando de razonar con él.
—¡Esto será más rápido! —aseguró el niño con cabeza de cerdo, todavía resistiéndose al abrazo de Genya—. ¡Suéltame, Piña! ¡O no encontraremos la tienda nunca! ¡Y todo será tu culpa!
—¡No cuesta tanto recordar "Genya"! —le espetó Zenitsu.
—¡BÁJATE! —Genya comenzó a tirar hacia abajo con más fuerza.
—NO—Inosuke rodeó al poste con más fuerza, de modo que pudo contrarrestar la presión de Genya, aunque le costaba cada vez más y más—. ¿¡Quieres pelear!?
—¡Baja aquí y lo resolveremos! —lo retó Genya.
No hablaba en serio, pero convencer a Inosuke de que hiciera o no algo era hablar con las murallas y esperar respuesta.
Inosuke saltó sobre Genya y lo hizo irse de espaldas. En el suelo, Genya agarró a Inosuke de las muñecas e inmovilizó su parte superior.
Pero no inferior. Inosuke flexionó de manera imposible una de sus piernas y su pie fue a dar directo al plexo de Genya, que soltó un grito ahogado de dolor.
—Dios, santo…—Zenitsu tapó uno de sus ojos con resignación—. ¡Ya es suficiente!
—Chicos, chicos, no peleen…—Tanjiro trató de mediar, pero no parecía ser oído por Inosuke.
—Ahora, sí…
Genya levantó una de sus piernas y logró que la parte trasera de su pantorrilla diera de lleno en el cuello de Inosuke lo que lo forzó a irse al suelo.
—Revisa la dirección, Tanjiro—le dijo Genya, creyendo que había sometido a Inosuke.
El niño hizo un cuerpo hacia adelante como un acróbata profesional y logró, de un modo increíble que dejó a Genya sin aliento, dejar sus pies justo a cada lado de su cabeza y de ahí logró encontrar el apoyo para deshacer el agarre de Genya.
Con éxito Inosuke logró zafarse, pero tuvo que sacrificar su máscara para eso.
Dejó su rostro al descubierto y se preparó para asestarle un golpe a Genya, hasta que Shinobu entró en escena.
—Inosuke—su voz suave pero imperativa hizo que se quedara congelado, con el puño cargado.
—¡Shinobu! —Tanjiro y Zenitsu se alegraron al verla, pero por razones muy diferentes.
Ella los saludó con la cabeza, pero se dirigió inmediatamente a Inosuke.
—No hay que hacer maniobras arriesgadas en público, Insouke. Alguien podría salir herido—advirtió Shinobu a Inosuke con una sonrisa muy extraña. Olía a ira y podía oírsele rechinar los dientes.
Inosuke negó con la cabeza obediente.
—Genya, tampoco vayas por ahí, provocando a la gente—agregó Shinobu, pero como si se tratara de algo accesorio y sin importancia.
El nombrado se incorporó rápidamente.
—¡Yo no-!
—¡Shinobu! —Kanao se acercó a su hermana por detrás—. Shinobu, Kanae dice que no te alejes así de repente…
—Lo siento, lo siento… Pero es que Inosuke…
Kanao ladeó la cabeza con tristeza. No podía no ser Inosuke, por supuesto…
Shinobu notó la expresión de su hermana menor y trató de desentenderse de inmediato. Pasó una rápida mirada por encima a todos ellos, y su sonrisa se relajó, aunque se volvió ligeramente incómoda.
—¡Ja, ja! ¡Bueno, parece que todos están bien! —dijo Shinobu con una sonrisa nerviosa—. S-será mejor que volvamos con Kanae, Kanao —su hermana menor seguía con una expresión de ¿celos? —. ¡Kanao! ¿No hay algo que quieras decirle a Tanjiro?
El rostro de su hermanita cambió en un parpadeo, y un rubor curó casi todos aquellos sentimientos que la ponían incómoda.
Se acercó a Tanjiro casi corriendo, ignorando a todos los que en su camino estaban.
—Hola, Tanjiro. ¿Todo bien?
—¡Yo estoy muy bien! ¿Qué tal estás? —contestó Tanjiro con una radiante sonrisa, pero con un rubor en sus mejillas.
—Hemos venido a comprar cosas para el cumpleaños de mi mamá. Lo celebraremos el sábado y quería invitarte. ¿Puedes?
Tanjiro sonrió todavía más ampliamente.
—¡Claro que puedo! De hecho, estamos aquí para comprarle una cadena. Noté cuando fui a tu casa que la que tenía estaba desgastada, así que espero que le guste y le sea útil a tu madre.
Esa era la tienda que estaban buscando.
Kanao sonrió con ternura. Su madre probablemente había dicho su cumpleaños una sola vez, entre las tantas cosas que le contó a Tanjiro esa noche. Pero él lo había recordado.
Ella se acercó y lo jaló de su camisa a cuadros, y le dio un beso de pajarito.
—Nos vemos hasta entonces, pues.
Y se alejó en compañía de su hermana mayor.
—¡Oh! ¡Adiós, chicos, cuídense! —Kanao los despidió a todos por encima, siendo que los había ignorado a todos en favor de Tanjiro.
Ellos con desgana se despidieron. Insouke y Genya estaban un poco mosqueados por haber sido ignorados de esa manera, pero Zenitsu estaba verde de envidia.
Genya a la distancia pudo identificar al padre de las chicas y a la mayor de las hermanas. Ella no se había acercado deliberadamente y por sus buenas razones.
Que le encantaban las sorpresas. Tanto darlas como recibirlas.
Kanae le había advertido a Genya. Había sido bastante clara en sus deseos y Genya no pudo negarse.
Pero dado el panorama que se avecinaba y quiénes estarían involucrados, solo podía significar una cosa:
Que la noche del sábado iba a ser un absoluto desastre.
…
—¿Segura que voy bien? ¿No es muy informal? —preguntó Sanemi a su novia.
Kanae lo estaba prácticamente tirando del brazo para llevarlo a casa de sus suegros. Hacía cuatro meses que no iba a verlos, y fueron meses reconocidos por ser bajos en ansiedad familiar y de alta carga académica, por lo que, sí, fueron meses de mierda, pero pudo haber sido peor.
—¡Estás bien! —le aseguró la chica mientras lo apremiaba a caminar más rápido—. Es una cena familiar, no vienes a una entrevista de trabajo. Además, ¿por qué tan nervioso? Parece que fuese la primera vez que vienes.
—¡Es la primera vez que vengo en cuatro meses! Seguro se olvidaron de quién soy—Sanemi ladeó la cabeza—. Van a decir que soy un ingrato…
Kanae puso los ojos en blanco.
—¡Mi mamá lo dice, pero bromea! —lo alentó la chica—. ¡De verdad que se pondrán felices de verte! Además, vas a conocer a tus concuñados. ¡Qué emoción! ¿No estás emocionado?
Sanemi solo suspiró con desgana. Su lista de prioridades estaba clarísima, y podía ver perfectamente que al final estaban los novios de sus cuñadas. Antes de ellos, venían Shinobu y Kanao (respectivamente) y en la cima, estaban sus suegros. Sus queridos suegros…
Había algo en la mirada del señor Kocho que le intimidaba como nada en el mundo. ¿Eran los típicos celos paternos? ¿O había un desprecio fundado contra él? ¿Qué había hecho mal para ganarse el odio pasivo-agresivo de su suegro?
A Sanemi le daba rabia porque no sabía por qué. Se había empeñado y esforzado por ser el yerno más aburrido y respetuoso que jamás nunca un hombre podría tener. Se esforzó para ser un absoluto pelmazo, tan inofensivo que pareciera mentira que Kanae invitaría a un tipo tan insípido a entrar a su vida.
Y no funcionó en lo absoluto. Su suegro se empeñaba en marcar una distancia que Sanemi no podía estrechar de ningún modo. Por más que lo intentara.
Por lo que se debatió toda la noche anterior sobre la nueva personalidad que inventaría para sus suegros. Pero no se le ocurrió ninguna. Así que iba con la que tenía, quizás un poco más tímida o más atenuada, pero ya las ideas se habían agotado y se había acabado el tiempo para pensar.
Y la casa de la chica estaba a la vuelta de la esquina.
Volvió a suspirar con desgana. Sintiéndose como un reo directo a fusilar, absolutamente abandonado.
—Si tú lo dices…
…
Tanjiro fue hacia el mueble con muchos platos elegantes, blancos e impolutos por orden de su suegra.
Eran de una cerámica que Tanjiro no supo identificar, pero se veían como los platos que servían en aquellos programas de competencia de comida. Así que se esforzó por tomar uno en uno, con el cuidado que requería una tarea como la de poner la mesa.
Quería ayudar con algo más complicado como en la condimentación de la comida o en la vigilancia del fuego, pero su suegra se negaba rotundamente a todas sus peticiones. Finalmente, lo habían echado a patadas de la cocina por ponerse demasiado voluntarioso e insistente con el tema de ayudar.
Pero se conformaba con eso.
Era el yerno que más temprano había llegado y mentiría si dijera que no estaba emocionado de conocerlos.
¿Qué clase de chico le gustaba a Kanae y a Shinobu?
¿Qué tendría que hacer un hombre para conquistar el corazón de una mujer tan alegre y amable como Kanae y tan sarcástica e inteligente como Shinobu?
Suponía que eran preguntas que Zenitsu le gustaría saber, así que se las diría cuando lo supiera.
Había colocado un montón de platería sobre la mesa para ordenarlo posteriormente, cuando la dulce voz de Kanae lo sacó de sus pensamientos.
—¡Llegué! ¡Se me olvidó traer los champiñones y la sal, así que voy a volver a salir! —anunció la mujer entrando al comedor.
Tanjiro desde su posición no podía ver quién estaba tras Kanae. Solo podía verle el perfil a la chica.
Se quedó quieto, tan expectante como un niño que esperaba un regalo.
Kanao podía ver de frente a su hermana y desde lejos la observó preocupada.
—¿Lo olvidaste?
—¡Sí! Pero mira lo que traje.
Kanae se hizo a un lado para dejar ver a Kanao quién estaba tras él, y fue directamente a la cocina.
Tanjiro vio cómo unos dedos se apoyaban en el portal de la puerta para entrar, y se adentraba un perfil que le robó el aliento.
Vio cómo se desprendía de la puerta figura y color de la nariz, la frente, el pelo y el cuerpo entero del muchacho. La piel bronceada, la cara llena de cicatrices, el pelo plateado de viejo octogenario…
—Holaaaa…
No.
—¿Cómo estás, Kanao? ¿Cuánto tiempo?
No puede ser.
Los ojos de Kanao brillaron con un destello especial y maravilloso que Tanjiro desconocía.
—¡Nemi!—chilló la chica tirando todos los cubiertos sobre la mesa.
Se acercó corriendo al mayor y prácticamente se aventó contra su estómago en un abrazo apretado y cariñoso.
Tanjiro ahogó un grito de indignación, incluso, inconscientemente una de sus manos fue a para a su pecho, y lo sostuvo como si se fuese a caer.
—¡Ah! Cuidado…—se quejó Sanemi—. Cuidado… Estoy un poco delicado del estómago…
La chica se separó inmediatamente, como si hubiese tocado una tetera caliente.
—¿Por qué? ¿Estás bien? —preguntó ella con el rostro compungido.
—Me hice el valiente y traté de detener a un asaltante. Y luego un mocoso me pegó en el estómago. Tiene como tu edad, así que ten cuidado cuando vayas por la calle—le advirtió Sanemi alzando una ceja.
Ella obedientemente asintió con mucha preocupación.
—Ahora…
Sanemi rodeó el cuello de la niña con su brazo y comenzó revolverle el pelo con brusquedad, pero nada que Kanao no pudiera aguantar. La chica de inmediato comenzó a chillar con alegría, aunque trató de vanamente de resistirse al abrazo y al chico.
—¿Cómo estás, ñoña? ¿Me extrañaste?
Sanemi continuó unos segundos más y cuando la soltó Kanao ella soltó una carcajada genuina y hermosa.
—Mucho… Hace tiempo que no venías…—habló con un tono triste mientras se arreglaba el desastre que dejó.
—Sí, lo siento. La universidad me tenía atrapado, por lo mismo no he podido traerte ningún juego tampoco…—le bajó varios cabellos rebeldes que se negaron a volver a su lugar—. Pero cuando llegues a mi edad lo entenderás. Oye…—Sanemi se inclinó un poco para susurrarle—. Kanae me contó que trajiste un noviecito, ¿es así?
A Kanao sonrió y se le subieron los colores a la cara. Desvió la mirada sin dejar de sonreír y asintió suavemente.
—Ya… ¿Quién es el susodicho? ¿Me lo presentas?
La chica apuntó con una mano hacia el sitio donde Tanjiro se había quedado congelado, todavía conservaba su mueca de indignación, que se hizo, conforme pasaban los segundos de la conversación, más pronunciada.
Sanemi volteó a ver al chico y su rostro expectante se deshizo en un instante.
No.
—Sanemi.
No puede ser.
—Este es mi novio.
¡No! ¡No! ¡NO!
—Kamado Tanjiro.
¡¿Por qué?! ¡De todos los pendejos del mundo! ¿¡Por qué tenía que ser él!?
Ese cabello rojizo oscuro; esos ojos color carmín y esa tonta cicatriz en su frente…
Sanemi se dio cuenta de que estaba apretando los dientes con fuerza y su mueca de desagrado era más que evidente. Aunque su recién conocido concuñado tampoco es que hiciera mucho esfuerzo para parecer agradable, su mueca expresaba un lugar entre la rabia y el asco.
El mayor volvió a voltear para ver a Kanao.
—¿Este es tu amigo?
—No. Es mi novio.
—¿Este es tu amigo? —volvió a preguntar, sin variar un ápice el tono de su voz. Como un disco rayado.
—O sea. Sí. Es mi amigo, pero también es mi novio.
Sanemi se quedó en silencio y no reaccionó hasta que Tanjiro levantó la mano para estrechársela. Fue una entrega casi despreciativa y su cara no ayudaba en lo absoluto. El mayor le correspondió el insípido apretón de manos, en el que casi ni se dieron fuerza y se soltaron casi de inmediato.
—Llevémonos bien —Tanjiro puso una expresión extraña al decirlo.
—Sí…—musitó Sanemi con desgana.
—Tanjiro—Kanao se dirigió a él—. Este es Sanemi Shinazugawa. Es el novio de Kanae y también el hermano de Genya.
"¡Genya!". Pensaron los dos muchachos al mismo tiempo. Y de algún modo la traición que sintieron fue mutua y dirigida al pobre Genya. ¡Él lo sabía y no dijo nada! Se lo calló todo, como una tumba.
—¡Kanao! —llamó Kanae animadamente—. ¡Kanao, ven y acompáñame a la tienda a comprar lo que falta!
—Y... ¿Y Tanjiro? —preguntó la chica en un susurro. Casi inaudiblemente.
—Sanemi le ayudará. ¡Ven, acompáñame!
Kanao dejó todo tirado, casi como un robot. Agarró su chaqueta, se despidió de los chicos y salió por la puerta junto con su hermana.
La mayor le guiñó un ojo a Sanemi con una enorme sonrisa y salió de la habitación tomando a su hermanita por los hombros.
Sanemi entrecerró los ojos… Había algo raro ahí. Y no necesariamente la actitud de su novia.
Tanjiro volvió a poner un rostro de incredulidad.
El elefante en la habitación. El gato encerrado. El misterio a resolver aquí, en aquel cuarto, era el cómo carajos alguien como Sanemi estaba saliendo con una chica como Kanae.
—¿Cómo? —soltó sin darse cuenta.
—¿Ah?—Sanemi se giró hacia Tanjiro.
—¿Cómo ella…?
Tanjiro alzó la vista para ver el rostro tenso e incómodo de Shinazugawa. Los ojos grandes, casi negros y de pupila pequeña; la cicatriz en la frente y en la nariz, el pelo desordenado y seco… ¡Es que no tenía ni cejas! ¿Qué era lo que vio esa mujer en este hombre?
¿A lo mejor es que era alto…? ¿A lo mejor es que estaba en forma? Pero es que no compensaba. ¡No compensaba de ningún modo!
Su personalidad era terrible. Era grosero, intimidante y un malísimo hermano mayor. ¿Qué vio Kanae en aquel tipo? A lo mejor la tenía amenazada de muerte… Pero ella se veía tan alegre y animada.
—¿¡Cómo!? —se preguntó Tanjiro mirando a la nada. Esas preguntas eran el culmen de sus soliloquios, deshechos de su mente que su lengua no podía retener.
Sanemi le dio una sola mirada y se dio cuenta de a qué se refería.
Se tiró hacia atrás el mechón de cabello que le cubría la frente, mientras cerraba los ojos con frustración, apretando bien los dientes.
Es que eran todos iguales. Todos eran igual de predecibles y despreciables. Ese mocoso y todos los demás…
Soltó un suspiro del que pudo salir veneno, si hubiese sido posible.
—Entonces, ¿cuándo terminas con ella y te largas de aquí? —le preguntó Sanemi despectivamente.
Tanjiro se hizo para atrás con los ojos bien abiertos. Indignado, pero no intimidado.
—Nunca. Kanae se dará cuenta de lo que eres y te dejará a ti primero—gruñó Tanjiro sin poder mantener la voz baja.
Sanemi sonrió burlonamente, casi divertido, y se inclinó para que Tanjiro lo escuchara susurrar.
—¿Sabes? Tengo la certeza de que mi suegro piensa eso desde el día en que llegué a esta casa—hizo una breve pausa— hace casi tres años…
—Demorará lo que tenga que demorar, pero definitivamente te irás de aquí antes que yo—le retó Tanjiro con una mirada enfadada.
—Mocoso…—susurró Sanemi con un tono condescendiente—. Eres el primer novio, vamos. Tampoco te tengas tanta estima…
—¡Hola, hemos llegado!
Sanemi y Tanjiro intercambiaron miradas intensas y furiosas hasta que el suave timbre de Shinobu los sacó de su estupor.
Ambos se giraron para ver a los recién llegados.
Tras la pequeña mujer que inmediatamente giró en dirección a la cocina se alzó la figura de un hombre alto, de cabello negro y largo, amarrado a una coleta que caía descuidadamente sobre su espalda. Venía con una camisa negra que se le entallaba al torso, sin decorarla con ninguna corbata. Llevaba pantalones negros que hacían notar lo torneadas de sus piernas y en sus pies unas zapatillas semi-formales.
Sanemi se mordió la mejilla interna. Quizás hubiese sido mejor venir con algo como eso.
El hombre giró su cabeza y ambos muchachos se encontraron con unos tristes y tranquilos ojos azules. Profundos como el abismo, casi muertos.
—¡Tomioka! —Tanjiro gritó de alegría.
Se acercó corriendo y se abrazó a Giyuu. En circunstancias normales, Tanjiro habría sido bastante más formal, pero en un momento como aquel, era agradable encontrarse con un aliado.
Tomioka no contestó de inmediato el abrazo. Titubeó un poco, sintiéndose extrañado por el gesto tan poco común, pero le palpó torpemente la cabeza al chico.
—¡Qué gusto verlo, Tomioka! —Tanjiro le dio una radiante sonrisa al hombre.
—Igual, Tanjiro—contestó el hombre sin inmutarse.
El rostro de Tomioka era blanco y limpio, ajeno a las impurezas propias de la piel. Tenía la cara de una muñeca de porcelana. De esas que a Sanemi le daban mal rollo.
Sanemi se quedó en su sitio, no sabiendo cómo saludarlo. Ni muerto iba a ser tan cálido con el nuevo. Ese no era su estilo, sinceramente.
Tomioka alzó la vista y se encontró cara a cara con Sanemi. Su aparente perpetua y aburrida expresión se torció a una de asombro cuando cruzó miradas con Sanemi.
—¡Shinazugawa! —soltó el hombre con profunda sorpresa. Y de inmediato su semblante cambió al arrepentimiento. Como si hubiese dicho algo que no debió.
Tanjiro alzó la vista hacia Tomioka con confusión.
Shinobu detuvo su marcha y se dio la vuelta intempestivamente con una expresión horrorizada.
Sanemi solo alzó una ceja.
—¿Te conozco?
…
¡Eso es todo! Disfruten, porque me volveré a perder un tiempo otra vez.
A fecha de 07/12/2020: He editado la parte de "Puro y Absoluto odio" y "Ginger demonio cabeza de diamante", porque me pareció que la primera era muy insípida en sus descripciones, y en cuanto a la segunda mientras me estaba leyendo el capítulo me di cuenta que Tanjiro era el protagonista y que apenas aparecía, por lo que lo corregí.
No cambian muchas cosas, pero les invito a leer un producto mejor y del que me siento más orgullosa.
Un saludo.
