—Bueno. ¿De dónde me conoces? —reiteró Sanemi, quebrando el silencio incómodo que se creó a partir de su comentario.
El aire se podía cortar con una navaja oxidada.
Tanjiro seguía aferrado al torso del hombre. Lo miraba con el ceño fruncido como un hijo exigiendo una respuesta de su padre. Mientras tanto, Shinobu se había quedado muda y rígida en su sitio, a unos metros de donde estaban los muchachos, tan invisible y pequeña, y ellos tan ajenos a su presencia.
A la chica le temblaba la mandíbula. Titubeaba entre si intervenir o no. Indecisa entre si salir de la niebla ficticia que los muchachos habían creado o permanecer. ¿Era ventajosa aquella posición?
Tomioka se tomó unos minutos para contestar. Carraspeó con el puño apoyado en sus labios, y acto seguido su semblante se volvió impasible una vez más.
—No te conozco—contestó con seguridad.
El ambiente volvió a quedar en silencio.
Shinobu se hizo de piedra. Incapaz de creer lo que había escuchado.
Sanemi y Tanjiro arrugaron la nariz con confusión.
—Pe-pero si acabas de decir mi nombre—Sanemi tartamudeó de lo perplejo que estaba.
—No he dicho tu nombre—Tomioka no había movido un centímetro de sus nervios faciales.
—O sea, no has dicho mi nombre, pero has dicho mi apellido—alzó una ceja—. ¿Sabes cuál es mi nombre?
—No lo sé, tú dime.
Tomioka tragó saliva sonora y gruesamente. Desde la distancia Sanemi fue capaz de captar cómo la manzana de adán subía y baja nerviosamente por el cuello de su concuñado.
—Sanemi…—contestó el muchacho lentamente—. Shinazugawa… Aunque eso tú lo sabías.
—No. No lo sabía—contestó Tomioka atropelladamente.
—¿Ah, no? —Sanemi se cruzó de brazos y le dirigió una mirada inquisitiva a Tomioka.
El chico desvió la mirada para no ver a Sanemi a los ojos.
Tomioka dirigió su vista hacia el desastre que había dejado Kanao, como si fuera un punto importante y de interés para él.
Sanemi entrecerró los ojos para enfocarse en él.
El pelo negro… Los ojos muertos y azules… El rostro libre de impurezas… ¿De dónde se conocían? ¿Había visto ese perfil en alguna parte?
A lo mejor…
—¡Bueno! ¡Creo que pueden seguir hablando más tarde! —Shinobu se apresuró a tomar del brazo a Tomioka, sin dejar de pronunciar su animada voz, aunque con una nota más nerviosa—. ¡Tomioka! Tienes que saludar a mi madre y entregarle su regalo…
—¡Espera!
El tirón apartó a Tomioka de Tanjiro.
Sanemi se apresuró dando largas zancadas, y antes de que Tomioka pudiera escapar, el mayor ya lo tenía tomado por el hombro. Era un buen agarre. Por lo tanto, un desaire para quitándoselo de encima sería muy notorio y haría la velada todavía más incómoda.
Sumisamente se quedó quieto, tironeado por los costados.
—¿Estudias? ¿Vas a la universidad? —indagó Sanemi—. A lo mejor me conoces de ahí.
—Voy a la Universidad Estatal. Y ya te dije que no te conozco—la voz de Tomioka tembló y no apartó la mirada de los cubiertos de metal esparcidos por la mesa.
Shinobu expresaba una de sus tan conocidas sonrisas falsas. Pero ahora apenas sí podía sostener la comisura de sus labios. Parecía alterada y con prisa.
Sanemi entornó los ojos ante la mirada de su cuñada.
—¿Seguro? Porque dijiste mi apellido.
—Seguro me equivoqué de persona.
—¿Cómo no lo dudas?
Tomioka alzó la vista para ver a Shinazugawa a los ojos.
Shinazuwaga vio la cara de Tomioka. Y Tomioka se fijó en los ojos y en las cicatrices de Sanemi.
Inhaló profundamente.
—Porque una cara como la tuya definitivamente no se me olvidaría.
Shinobu y Sanemi quedaron de piedra mientras Tomioka tenía la cabeza alzada. Orgulloso y plenamente convencido de que su comentario era adecuado y nada ofensivo.
Se hizo otra vez ese silencio pesado.
—¡UUuuuuuuhh…!—exclamó Tanjiro desde detrás.
Sanemi se puso tenso y se dio la vuelta con una sonrisa terrible.
—¿Me hablaste, mocoso?—profirió con una voz de ultratumba.
Tanjiro abrió los ojos llenos de pánico, mientras el mal de ojo de Sanemi caía sobre él.
Shinobu vio su oportunidad de oro. Valoraría por siempre el sacrificio de Tanjiro.
Apretó el agarre del brazo de Tomioka y con una fuerza sacada de su determinación, arrastró al hombre en dirección a la cocina.
Sanemi sintió el aire pasar por entre sus dedos y de repente, Tomioka ya no estaba bajo su mano. Y de lo único que fue testigo, fue de Shinobu cerrando la puerta de la cocina.
De algún modo, la curiosidad ganó en él. No quería quedarse con la duda de quién era ese hombre y de por qué conocía su nombre.
Se dirigió con pasos largos hacia la puerta de la cocina, pero no alcanzó ni a tocar el pomo de la puerta, cuando ésta se abrió nuevamente.
—¡Hola! ¡Gracias por ayudar a poner la mesa! —su cuñada le lanzó una cantidad ingente de platos sobre los brazos, apilados uno sobre otro—. Dile a Tanjiro que no ocuparemos esos. ¡Gracias!
Y cuando iba a cerrarle la puerta en la cara, Sanemi puso su pie entre el portal y la puerta, impidiendo que ésta se cerrara por completo.
—¡Espera! —dijo Sanemi tratando de imitar una de las sonrisas cínicas de Shinobu—. Yo también quiero ir a saludar a mi suegra.
La sonrisa de Shinobu se alargó más, a la vez que una vena se hinchaba en su cien.
—Podrás más tarde, Shinazugawa. No querrás que Tanjiro termine el trabajo solo, ¿verdad?
—¡Oh! Seguro que no le molesta…
—Hazlo más tarde, Shinazugawa. Ahora mi madre está ocupada.
—Mi suegra siempre tiene tiempo para su yerno favorito.
Shinobu soltó un suspiro lento pero iracundo ante la insistencia del muchacho. Abrió los ojos, sin arrugar una sola parte de su ceño y deshizo de a poco su sonrisa.
Sanemi conectó con los pétreos y profundos ojos púrpuras de Shinobu sin temor. Ella tenía unos ojos inexpresivos y fríos y él podía verse reflejado en ellos, casi como si fuera un objeto, una cosa.
—Por eso. Lo está viendo ahora—luego agregó con una voz grave—. Retírate y haz tu trabajo.
La chica le dio un puntapié al zapato y retiró el obstáculo que impedía el cierre completo de la puerta. Sanemi pudo escuchar el sonido agudo del pestillo de la puerta justo después.
Permanecería cerrada.
Sanemi resopló con desgana.
Shinobu era una muralla de hielo infranqueable que Sanemi no tenía permitido ni siquiera mirar. Y como su suegro, no tenía idea del porqué. Si era sincero, no era complicado imaginar las razones por las que su cuñada le tenía manía. Empero, darle en el gusto a la caprichosa de su cuñada, a Sanemi le venía valiendo nabo.
Kanae, por supuesto, tenía una opinión diferente.
Suspiraba al recordar las súplicas de su novia. Todas que sin falta se manifestaban semanas, días u horas antes de ser invitado a la casa de sus suegros
"¡Por favor, trata esta vez!" o "¡Inténtalo de nuevo!". Y al tratar otra vez o al intentarlo de nuevo, la misma mirada, la misma actitud, la misma distancia en la que la muchacha podría haber erguido su propia muralla de ladrillos frente a él.
Shinobu rechazó su afecto; lo repudió como cuñado y, más importante, le negó su cortesía. Que era lo mínimo que Sanemi esperaba del vínculo forzoso que fueron obligados a contraer como novio y cuñada.
A lo mejor ya era el momento de que Kanae se rindiera.
Soltó un último suspiro y se dio media vuelta para dejar la pila de platos en algún sitio, al dejarlos sobre la mesa, se percató de la olvidada presencia de Tanjiro.
Agachado, frente al mueble, se hallaba Tanjiro, ignorante o indiferente a su presencia. Tenía la vista fija y sus ademanes firmes le hicieron saber que el chico no estaba interesado en conectar o entablar una conversación con Sanemi.
¿Qué habría escuchado?
Se quedó observándolo en la distancia varios minutos.
Observó desde la distancia a Tanjiro, quien sudaba la gota gorda al sacar de una pila de muchísimos platos, unos grandes en los que podría caber mucha comida. No es que el chico no fuera fuerte, sino que la porcelana se veía más cara que toda su casa, por lo que el cuidado era fundamental.
Adicionalmente, no quería la ayuda de Sanemi. Se imaginaba que era un hombre muy tosco y torpe con las manos, por lo que, en el peor de los casos, rompería la platería y le echaría la culpa a él. Por lo que debía ser veloz y preciso para sacar los platos necesarios para…
—Oye, no vamos a usar esos platos—dijo Sanemi justo cuando Tanjiro había puesto el último plato que necesitaba en la mesa—. Vamos a ocupar estos, así que devuélvelos a su lugar.
Tanjiro giró lentamente la cabeza hacia el mayor, y Sanemi alargó una sonrisa que mostrabas sus dientes.
Tragándose la indignación, Tanjiro volvió la mirada a los platos, y de uno por uno, por la misma delicadeza con los que los sacó, los guardó, mientras Sanemi hacía el trabajo de poner la mesa.
…
Fue un verdadero calvario trabajar con Sanemi.
Tanjiro desconocía si era porque lo odiaba (sentimiento correspondido por su parte) o porque Sanemi era así de irritante con respecto al orden:
"Ahí no van los tenedores". "Los vasos se dan la vuelta". "¿Vas a dejar a la gente sin portavasos?". "La silla se pone de esta manera". "El orden de los platos se organiza así". "¿Oye, tú eres tonto?".
Y así, todo el rato, corrigiendo como si se tratara de un instructor militar, hasta que finalmente terminaron.
Para sorpresa de Tanjiro, la mesa quedó como los ejemplos de catálogo de revistas o de comerciales. Probablemente, el mejor trabajo que había hecho jamás.
Le dio una mirada de reojo a Shinazugawa, y lo vio consultando su teléfono con desinterés.
Tanjiro frunció el ceño con convencimiento. Probablemente era así solo cuando estaba su suegra presente, de tal manera que pudiese pasar desapercibida su horrenda personalidad. Así, Kanae cuando llegara a sus padres, éstos dudarían inmediatamente, argumentando que el chico era tan atento, tan cortés, tan tranquilo, tan ordenado…
—Oye.
Tanjiro se sobresaltó con un susto y luego se dirigió a Sanemi, quien lo había llamado.
—¿De dónde conoces a ese hombre? —le preguntó Shinazugawa, aun sosteniendo su teléfono.
El menor le dio una mirada con los ojos bien abiertos. No había temor en el semblante de Tanjiro, sino tan solo curiosidad. ¿De dónde conocía Tomioka a Shinazugawa? Tomioka apestaba a mentira, a nerviosismo y miedo durante la conversación, Shinobu, por otro lado, olía a verdadero pánico.
¿Por qué dos personas como ellas sentirían miedo de Shinazugawa? Tomioka fue un seleccionado nacional del Kendo y experto en varias artes marciales, conocido en su barrio por atender a llamadas de emergencia cuando los policías no o cuando los ladrones escapaban y él era testigo del asalto. Y su pareja era Shinobu, una mujer de armas tomar, tan inteligente y tan hábil como su hombre, que era temida por varios delincuentes de su escuela cuando ella todavía asistía al instituto.
Dos personas tan valientes solo podrían estar así de asustadas por un verdadero peligro. Por un hombre realmente peligroso. Como un mafioso o un verdadero monstruo.
—Bueno, ¿me lo dirás? ¿De dónde lo conoces? —volvió a preguntar el hombre con más impaciencia.
Tanjiro le dio una pequeña sonrisa, y se encogió de hombros.
—De por ahí—contestó simplemente.
Sanemi abrió los ojos desmesuradamente.
—¡Hemos vuelto! —la animada y dulce voz de Kanae se escuchó los sacó de su sintonía maliciosa—. ¡La mesa quedó maravillosa, chicos, gracias!
Kanae giró en dirección a la cocina y la puerta se cerró tras de sí, como si nunca hubiese estado cerrada.
La espalda de Kanae desapareció tras el cierre y Sanemi pudo ver a la sonriente Shinobu dando la bienvenida a su hermana, justo antes.
Kanao llegó justo después con un rostro un poco preocupado.
—¡Lamento haberte dejado solo!
—No pasa nada—contestaron los dos al mismo tiempo.
Tanjiro lo miró de reojo no con buena cara y Sanemi, en respuesta, sonrió largamente con suficiencia. Era una sensación pesada que Kanao no logró advertir, muy por el contrario, le pareció casi hilarante.
Kanao comenzó a reír.
Fue un sonido tan extraño y tan repentino que sobresaltó a los chicos. Se giraron en dirección a aquel dulce sonido, como si se tratase de una risa de bebé a las tres de la mañana en el departamento de un soltero.
Tanjiro sintió su pecho encogerse en un agradable cosquilleo. La chica había cerrado los ojos y su larga sonrisa había alzado sus pómulos, pintados con un rubor suave. Se encogió ligeramente sobre sí misma y miraba hacia abajo ignorante de las miradas asombradas de los dos hombres.
¿Cuándo había visto a Kanao reír así desde que la conoció hace año y medio?
Tanjiro la observó, totalmente obnubilado. Había olvidado hasta la presencia de Shinazugawa a pocos metros de él.
Y el mayor, no menos sorprendido, tampoco se hallaba menos feliz.
Kanao acabó su carcajada dando grandes bocanadas de aire, se le escaparon unas lágrimas traicioneras y otra vez se dirigió a los muchachos.
—Perdón… Es que… Sonaron muy graciosos.
Kanao comenzó a dar unos breves pasos al frente, en dirección a los dos chicos.
Tanjiro espera con ansias que la chica se colocara a su lado, o, como hacía unos días, se dispusiera a darle un beso, por lo que se irguió, quizás más de lo necesario producto del nerviosismo y se dedicó a esperar una muestra de afecto o un mimo por parte de la chica.
Hasta que Kanao estiró sus brazos y rodeó la cintura de su cuñado.
El humor de Tanjiro se fue al suelo y tal fue su indignación que ahogó un grito, que afortunadamente nadie más pudo notar.
—Te debo parecer muy gracioso, ¿no, enana? —le preguntó Sanemi apretando suavemente la nariz de Kanao con dos de sus dedos.
La chica protestó con un gruñido pequeño, pero amistoso. Luego abrió sus ojos con una expresión de arrepentimiento. Casi tímida, como temiendo su reproche.
—Yo sé que también viniste a verme…—bajó la voz, casi convirtiéndola en un hilito—. Pero me refería a Tanjiro…
Sanemi se largó a reír con ganas. Palpó la parte trasera de la cabeza de su cuñada y le sonrió con una expresión que Tanjiro no había visto nunca antes en él. Era tranquila, cargada de ternura.
—Está bien, Kanao, no pasa nada. Viniste a presentarlo en sociedad, es normal que te preocupe que se pierda—se inclinó un poco, hablando en un susurro confidencial—. No se ve muy avispado que digamos…
—¡Nemi!
La menor salió en su defensa inmediatamente, pero supo tomárselo a broma fácilmente. Conocía de sobra el ácido humor de su cuñado y lo poco delicado que podía ser a la hora de bromear. Costó acostumbrarse, pero hasta Kanao le logró tomar el gusto a aquello con el tiempo.
—¡Nah! Sabes que me cae bien el mocoso—Sanemi alargó la mano y rodeó el cuello de Tanjiro para apegarlo a él, más amistosamente de lo necesario para el gusto del menor—. ¡Ya nos llevamos muy bien!
Los dos le mostraron sus mejores sonrisas actorales. Tan falsas como las flores de plástico, pero lo suficientemente convincentes como para pretender ser realistas. Al menos por parte de Sanemi, pues Tanjiro, de no ser porque el brazo le tapaba la mitad de la boca, se habría notado su cara de mentiroso a leguas.
Kanao cayó en la trampa mutua que se propusieron los dos, y les sonrió de manera tan espléndida y brillante que los pudo haber dejado ciegos a ambos. Era una sonrisa de ternura, casi orgullosa, era maternal y angelical a la vez.
—Me alegro muchísimo que hayan empezado bien. Yo…
Kanao titubeó en continuar con el discurso, pero se lo guardó. Ella temía que los muchachos pudiesen llegar a tener una relación como la de Shinobu y Sanemi, pero viendo que ya habían hecho buenas migas, no hacía falta preocuparse. Nada más esperar a que las cosas continuasen así en el futuro.
—¡Yo estoy muy feliz!
En el agarre de Shinazugawa, Tanjiro se sintió de lo peor. Era un pésimo mentiroso y las emociones que Sanemi le provocaban eran tan profundas como genuinas, y la verdad que llevarse bien con él le parecía de los más asqueroso.
Sanemi no era nadie que valiera su tiempo, el de Kanao, el de su novia o el de cualquier miembro de esta familia. Tanjiro desconocía que clase de trucos perversos y manipuladores utilizó Sanemi en Kanao, pero iba a prestar más atención a sus interacciones de aquí en adelante para atajarlas o hacer que la chica se replantease su comportamiento, no solo por su seguridad sino también porque…
Algo se manifestaba en él cuando Kanao abrazaba a Sanemi con tanta familiaridad. Era una amargura, una bilis molesta y agria que se atoraba en su garganta. Le obligaba a apretar los dientes y a tragar grueso, sin mencionar el calor que subía a sus cienes que parecía apretarle como tornillos. ¿Era rabia? ¿O era tristeza?
Era, ante todo, una sensación desagradable. Una de la que quería deshacerse de inmediato.
—¡Kanao, ven a ayudar a colocar la comida en la mesa, por favor! —llamó su madre de la cocina.
La chica no esperó un instante y comenzó a caminar en dirección a la cocina. Se despidió con una sonrisa de los dos muchachos que seguían aferrándose al otro.
Kanao surcó la puerta, y como el resto de sus hermanas, desapareció tras ella.
Tanjiro apretó la mano de Shinazugawa con intención de zafarse de agarre, pero era demasiado firme, parecía que los tendones del mayor estuvieran hechos de roca. Tiró del agarre con más fuerza, hasta finalmente destapar su boca.
—No sé qué le hayas hecho creer a Kanao, pero no permitiré que-
—Escúchame tú—Shinazugawa cambió su voz a una más profunda y amenazante. El semblante se frunció considerablemente y a sus enormes ojos violetas no caía la luz y la penumbra sádica se apoderó de ellos—. Como le hagas daño a Kanao, el último de tus problemas va a ser cómo vaya a reaccionar tu suegro, ¿entendido?
Se veía peor que feo y peor que aterrador.
Era una voz fiera, severa y… ¿aterrada?
Tanjiro podía oler cúmulo de emociones que se apiñaban uno tras otro en la esencia de Sanemi. Era ansiedad, temor, quizás nerviosismo. Olía a una persona que estaba a la defensiva. Pero también a aquellas que se imponían y saltaban a defender, quizás un poco como Rengoku cuando veía a una persona que estaba en problemas. Pero este olor era más denso, más personal, más intenso…
Su olfato nunca le había fallado. Sirvió mucho para desarrollar su empatía cuando niño, y funcionaba con otros niños y personas… Pero a veces tenía la sensación de que perdía un poco su habilidad tan querida. El olor de las personas… Era tan entremezclado, tan complejo… Se superponían unas a otras… No era tan fácil como lo recordaba, y se convenció, de manera patente en la mirada decidida y desafiante que dirigió al mayor, que no había olfateado correctamente.
—Lo mismo va para ti —contestó Tanjiro con una voz profunda.
Sanemi lo soltó con violencia y aun así no desprendieron la mirada del otro.
—¿Primera vez y ya están peleando? —preguntó la reconocible e inconfundible voz del señor Kocho.
Sanemi sintió cómo un largo escalofrío le recorrió la espina dorsal hasta el cráneo, sacudiendo todas sus neuronas y poniendo su cerebro en modo imbécil. Se dio la vuelta con temor.
—¡Suegro! —soltó el muchacho.
—Bu-buenas noches, Señor Kocho —saludó Tanjiro tratando de pretender que nada había pasado.
Era bastante mejor actor en los actos de omisión, pues siempre se discutía la moralidad de la omisión, si calificaban o no como mentiras. Lo gris del debate hacía que Tanjiro tuviera la conciencia más tranquila, pero no tanto como para comportarse adecuadamente.
—Shinazugawa. Tanjiro…—contestó el señor Kocho con un suspiro desganado, sin desprenderse de su tono formal tan característico—. ¿Cómo han estado?
—B-bien, suegro. Gracias por preguntar. ¿Y usted?
A pesar de ser varios palmos más alto que el señor Kocho, Sanemi se había encogido de tal manera que parecía un niño a su lado. Se encogió, haciéndose una joroba y la frente comenzó a ponerse brillante del sudor. Tenía los ojos abiertos, como un conejo asustado y tragaba saliva más seguido de lo que debería.
—He estado bien, señor. ¿Cómo ha estado usted? —preguntó Tanjiro amablemente. Se veía tieso en su sitio, con una sonrisa un poco nerviosa. Manejaba bastante mejor la presencia del hombre que Sanemi, digno y orgulloso, pero no por ello menos ansioso.
—Podría ser peor. Hace poco llegué de la farmacia—contestó el hombre revisando sus uñas—. ¿Están listos para cenar? Cociné algo especial esta noche.
—Yo iré al baño primero, suegro—Sanemi por poco pide permiso—.
—¡Yo también tengo que ir! ¿Puede decirme dónde está?
—Hay uno en el segundo piso y otro bajo la escalera.
—Iré al del segundo piso—Tanjiro se apresuró, pero se topó con un agarre firme, pero no doloroso de su suegro.
—Tú ve al que está bajo la escalera. Es menos difícil perderse desde ahí—el señor Kocho le dio una gran y tensa sonrisa a Tanjiro—. Tú ve al segundo piso, Shinazugawa—el hombre abrió sus pétreos y fríos ojos púrpuras, tal cuales los heredó su cuñada—. No demores.
…
Genya había tenido la tarde más improductiva desde hacía meses. No cocinó una comida nutricionalmente aceptable, se dedicó a vaguear en calzoncillos por el departamento, puso música en altavoces a todo lo que daba y se puso a jugar videojuegos.
Era una tarde tranquila. Un panorama que solo otorgaban las vacaciones de verano e invierno, y el personal favorito e Genya.
Su hermano lo abandonó temprano en la mañana, y el departamento había sido solo para él. Él y su soledad, a gusto de no tener que ir al ritmo de un maniático del orden y la limpieza, como lo era su hermano mayor.
Pero no fue hasta la noche de aquel día, cuando el aire fresco se colaba por su ventana y le daba de lleno en su tibia nuca y espalda, un placer simple que solo otorgaban las noches veraniegas, que su teléfono comenzó a sonar.
El identificador de llamadas puso la seguidilla de letras que le hicieron advertir la situación que ocurría en su ignorancia: A Sanemi.
Genya le puso pausa al juego y colocó el teléfono a una distancia segura, lejos de su oído. Entonces contestó.
—¿Hola?
—Genya. ¿Por qué no me dijiste? —su hermano estaba hablando bajo, pero atropelladamente. Se lo imaginaba como dentro de una caja o en un lugar pequeño. Hablaba con todo el ímpetu que su situación le permitía.
—¡Hola, Nemi! ¿Cómo estás, cómo va la noche?
—¡Ese pendejo es el novio de Kanao! ¡¿Por qué no me avisaste?!
—Yo estoy bien, gracias por preguntar.
Sanemi estaba sentado sobre la tapa del inodoro, respirando muy fuerte, tratando de contener su mal humor que se acrecentaba con las evasivas de su hermano.
—Genya—alzó la voz severamente.
El nombrado suspiró.
—¿Qué quieres que te diga? No tenía opción.
—¿Cómo que no tenías opción? ¿¡Cómo que no tenías opción!? —Sanemi comenzó a alzar más y más la voz. Estaba exasperado. Se sentía traicionado—. ¡Llegué a imaginar que no tenías idea o algo! Pero, "NO TENER OPCIÓN", eso es-
—Aguarda un momento, tengo otra llamada —Genya observó cómo su pantalla se coloreaba verde con un nombre conocido: "Tanjiro"—. Te dejaré en espera, ¿de acuerdo?
—Genya, NO TE ATREVAS A CORTARME-
—No demoraré, lo prometo. Inspira por la nariz, exhala por la boca y cuenta hasta mil. Nos vemos.
Genya dejó en espera a su hermano sin esperar respuesta, y de inmediato contestó a Tanjiro. I Se recostó sobre el suelo de su sala.
—Hola, ¿estás vivo? ¿estás entero? —preguntó Genya.
—Por ahora sí…
Tanjiro se hallaba hablando bajito, igual que su hermano Sanemi. Pero pudo notar en su mejor amigo una nota ansiosa, casi incómoda.
—Genya, ¿por qué no me dijiste que vería a tu hermano? —Tanjiro parecía decepcionado—. ¡Me hubiese gustado saberlo para al menos haberme preparado!
—Lo siento, Tanjiro…—Genya se rascó la parte trasera de la única línea larga de pelo que poseía—. Pero no podía decirte. Se supone que tenía que ser una sorpresa.
—Vaya que lo fue…
—¿Fue tan terrible? ¿Se gritaron, se pegaron?
—¡No, no! Por ahora estamos tratando de llevar la fiesta en paz, pero…
Tanjiro estaba sentado sobre la tapa del inodoro. Era un baño sin ducha, lo que servía como baño de visitas. ¿Mandarlo a ese baño era una especie de código encriptado que el Señor Kocho quería enviarle? No había tiempo para pensar en las maquinaciones y actitud pasivo-agresiva de su suegro, había enigmas más importantes ahí.
Kanao sonrió al ver a Shinazugawa… Lo abrazó…
Tanjiro subió sus piernas a la tapa, y quedó en una posición fetal.
Sentía vergüenza por lo que iba a preguntar, pero no podía resistirse.
—¿Se llevan bien? Quiero decir… ¿Kanao y Shinazugawa? ¿Por qué?
Genya casi pudo oír el puchero en la cara de Tanjiro.
—Se deben de llevar muy bien, de eso no hay duda—Genya hurgó en su oreja con su dedo meñique.
—¿Por qué se llevan tan bien? —indagó Tanjiro.
—¿Qué quieres decir? ¿Está mal?
—¡No, no, no! ¡No me malentiendas! Está bien que entre cuñados se lleven bien, pero…—Tanjiro recordó la mirada de Kanao al verle. El cómo le rodeó la cintura dos veces en un lapso de tiempo demasiado corto para su gusto, y sus ojitos abiertos, como los de un cachorro rogándole su perdón por confundirlo al decir que la perdonara por dejarlo solo.
Ella había dicho eso para ponerse del lado de Tanjiro, y aun así sentía que había perdido. No pudo saborear la victoria, pues los gestos eran…
—¿Demasiado filiales, quizás? ¿Para una relación entre cuñados?
Genya se detuvo a pensar un momento. Pero no sabía a qué carajos significaba eso o qué se refería. Suponía que quería saber si había un punto en común, por lo que respondió por ahí.
—A veces, cuando me va mal con mis notas, Nemi le entrega mi consola de videojuegos y mis juegos a Kanao.
Avanzaba en sus rankings y a veces encontraba objetos que Genya ni se imaginaba que podía encontrar. Luego, Genya bajaba en los rankings y perdía o gastaba los objetos.
Tanjiro saltó, casi como si hubiese tenido un eureka. Claro que sí, él había comprado a Kanao, así se había ganado su simpatía. Pero, muy en el fondo, para Tanjiro pensaba, con mucho pesar, que aquello no era suficiente.
¿Qué hacía ese hombre para ganarse el favor de las mujeres?
—¿Cómo es posible? —preguntó Tanjiro.
—¿Qué cosa? —preguntó Genya.
—¿Cómo tu hermano logró estar con Kanae? —soltó, quizás, más despreciativo de lo normal.
Genya guardó silencio a medida que su ceño se iba frunciendo.
—¿Cómo que qué hizo? ¿A qué te refieres?
—Me refiero a que Kanae es…
—Es qué—la voz de Genya se endureció.
—Y Shinazugawa no…
—¿No qué?
Tanjiro estaba sintiendo la frialdad en la voz de Genya y se estaba poniendo nervioso. Había escuchado a Genya quejarse de su hermano más de una vez y conocerlo despejó todas las dudas que tenía sobre su carácter tan dominante y paternalista con su hermano.
Honestamente, no pensaba que podría ofenderle una comparación tan razonable.
—Quiero decir, Kanae y Shinazugawa son personas muy diferentes… Por eso es complicado pensar que pueden estar juntas—Tanjiro fue cauto, aunque parco en su selección de palabras.
—Sí. Eso a veces pasa, Tanjiro—respondió Genya como si fuera una obviedad lo que Tanjiro decía—. ¿Estás implicando algo?
—Alguien como tu hermano…
—¿Alguien como mi hermano? —le interrumpió Genya incorporándose. Eso era todo—. Mira, mi hermano-
—¡No quería ofender, Genya! —Tanjiro alzó la voz ante el teléfono—. ¡Es solo que, Kanae-!
—Mira, yo sé que te puede caer mal mi hermano—Genya se apretó el puente de la nariz, tratando de contener la frustración—. Tuvieron un mal pie, y ya, mi hermano puede ser maniático del orden y un verdadero dolor de culo a veces. Entiendo que no te agrade, a pesar de que solo lo has visto dos veces—hizo un énfasis irónico que caló en Tanjiro— . ¿No te agrada mi hermano? Perfecto. Pero te voy a pedir que no opines sobre su relación con Kanae.
—¡Pero-! ¡Yo-!
—Mira tengo a alguien en espera hace rato—contestó Genya, ya queriendo acabar la conversación, porque se estaba poniendo furioso. Y Genya no iba a gritar—. Hablamos mañana, suerte y sobrevive como puedas.
Genya le colgó y abrió nuevamente la conversación con Sanemi que, sorprendente, seguía disponible.
—¿Hola? ¿En qué número vas?
—Llegando a casa te patearé el culo—dijo Sanemi, tan diplomáticamente que parecería mentira que fuese capaz de insultar de esa manera.
—No te voy a dejar entrar—contestó Genya sin inmutarse.
—Claro. Como tengo llaves de mi propia casa…
—Se te quedaron. De hecho, desde aquí las puedo ver—Genya miró en dirección a un pequeño colgador de ropa que los hermanos usaban para colgar sus llaves—. Así que yo decido si entras a casa esta noche.
—¡Me subiré por el balcón! —amenazó cruzándose de brazos, con total y absoluta inmadurez.
—¡Te voy a tirar los muebles desde aquí, para que no subas! —contestó Genya en el mismo tono.
Sanemi sonrió. No funcionaba contar hasta diez y tampoco respirar, solo funcionaba alejarse y pensar con la cabeza fría. Entender que no valía la pena gritar, pero no por ello estaba menos molesto por la situación. Si antes se sentía traicionado, ahora solo sentía un poco de decepción y frustración.
—¿Por qué no me dijiste? —preguntó Sanemi, ahora en un tono en el que se podía conversar.
—Kanae me dijo que no te dijera. Ni a ti, ni a Tanjiro—confesó Genya—. Todas las sugerencias y reclamos al buzón de Kanae, por favor.
Sanemi pasó su mano por su cara. La masajeó y tiró de varias partes, tratando de quitarse un poco del estrés que le generaba la situación. ¿Cómo no se le ocurrió? Si había alguien con una obsesión malsana por las sorpresas, esa era indudablemente su señora.
No tenía nada de malo per sé, pero a veces existían sorpresas desagradables como Tanjiro.
—¿Estás enojado? —preguntó Genya luego de un silencio largo.
—No, ya no…—Sanemi sonó agotado de repente—. Solo estoy pensando... En qué hizo ese mocoso para enamorar a Kanao.
Hoy la gente se empeñaba en hacer preguntas tontas, pensó Genya.
—No lo sé, Nemi —contestó Genya con hastío—. A veces esas cosas pasan.
—¿Ese mocoso es un delincuente? ¿Se mete mucho en problemas? ¿Tiene el historial limpio?
—Tanjiro no es un delincuente…— Pero sí se mete en muchos problemas y no tiene un historial limpio, pero no era necesario dar esos detalles en la honesta y experta opinión de Genya—. Es un buen tipo. ¡Será respetuoso con Kanao! Eso te lo puedo asegurar.
—¿Cómo estás tan seguro?
—¡Porque es mi amigo! Es de los que no mata una mosca y siempre son excesivamente amables.
—¿No estarás blanqueándolo solo porque es tu amigo?
Genya había blanqueado un poco a Tanjiro, pero eran, como pensó, detalles.
—¡No, no! De verdad es buen tipo.
—No me consta. No me creo su actitud de angelito—Sanemi se rascó la nuca convencido.
—¡No es un angelito! No está pretendiendo nada.
—Genya. Suena demasiado bueno para ser verdad. Si es demasiado bueno, entonces tiene algo que compensar. Y en un mocoso quinceañero… Permíteme dudar que lo que está mostrando no es una personalidad hecha a la medida para conquistar a una chica.
—¿Y eso qué tiene que ver con la edad? ¿Por qué le tienes tan poca fe a alguien como Tanjiro?
—¡Porque los adolescentes son inmaduros! Yo no nací teniendo veinticuatro años, recuerdo perfectamente como era. Definitivamente, hay mejores elecciones en esta vida que un adolescente. Kanao no ha aprendido lo que le conviene.
—¿Cómo esperas que Kanao aprenda qué es mejor si no experimenta?
—Puede aprender de las relaciones de los demás. Ese tipo esconde una cosa fea. Muy fea. Y no vale la pena experimentar una tragedia para saber lo que te conviene.
Genya puso los ojos en blanco.
—¿Para qué me preguntas si ya tienes una predisposición a pensar mal de Tanjiro?
—No la tengo—Sanemi sonó tan convencido que resultó ofensivo.
—Sí, la tienes. No te entra en la cabeza que Tanjiro pueda ser un buen chico.
—Porque no lo es.
—¡Es que esto es a lo que me refiero! ¡Es que tú-! —Genya casi convulsiona de la frustración, pero se calmó en un instante al percatarse de que estaba alzando la voz—. ¿Sabes qué? Dejémoslo hasta aquí. Nos vemos. Trata de que Tanjiro no te lance algún hechizo o te haga magia negra o lo que sea. Adiós.
Genya cortó, sin esperar respuesta. Tiró su teléfono en el suelo con el ceño fruncido, dispuesto a continuar con su juego, pero se dio cuenta de que hasta las ganas de jugar se le habían quitado.
Apagó la consola con molestia y se dispuso a dormir.
Ojalá ese par de cretinos tenga una mala noche, pensó. Se lo merecen.
…
¡Gracias por leer!
El próximo capítulo estará más pronto de lo creen.
Disfruten sus fiestas y suerte para quienes lo necesiten 3
