*Este capítulo puede tener imprecisiones sobre el verdadero funcionamiento y lenguaje técnico de ciertos deportes.
*Y está largo como columna vertebral.
…
Shinobu y Tomioka fueron alcanzados por la potente ráfaga que traía el tren consigo. Shinobu pudo sentir cómo su cuerpo se tambaleaba a ser arrastrado por la fuerza de los vagones por lo que se aferró todavía más al brazo de Tomioka.
Él ni se inmutó, ni ante la fuerza ni ante el agarre. Miraba al frente con el ceño fruncido.
Shinobu observó el perfil del joven y solo se sintió un poco preocupada. Por supuesto, Tomioka no estaba enojado, era su cara de agotamiento o de concentración, y quizás, de contención.
Su novio era reconocido por ser inmutable. Por no parecer compadecerse, preocuparse, molestarse, alegrarse, reírse o llorar con nada. Era, probablemente, la criatura más ecuánime que cualquiera podría conocer en la tierra.
En la facultad de Tomioka se especulaba que, aunque le tiraras café hirviendo en la pierna, el hombre no derramaría una lágrima y ni siquiera se enfadaría contigo.
Pero Shinobu sabía que solo era un poco torpe con las palabras (o bastante, más bien), y no por ello era insensible o indiferente. No había nada de misterioso en él una vez que podías y sabías interpretar sus silencios y estar atenta a las más pequeñas variaciones en su expresión facial.
Y este silencio; ese ceño fruncido era de alguien que quería soltar todo de una buena vez. Era de un mal mentiroso y de alguien que quería desahogarse.
Y ella no podía culparlo. Pues también quería respuestas inmediatamente.
Las puertas del vagón se abrieron y se encontraron con pocas personas. La mayoría de los asientos estaban vacíos y cuando los vieron solitarios, los vieron con anhelo y se dejaron caer en ellos, como si se tratase de una cama.
Los altavoces del vagón dieron instrucciones de alejarse de las puertas, y éstas finalmente se cerraron.
Entonces la pareja soltó un brutal y grosero suspiro a la vez que se dejaban caer sobre el respaldo de los asientos.
Se quedaron ahí momentáneamente, sin decirse una palabra. Descansando de lo que pareció una maratón o una carrera. Habían esquivado un problema mayúsculo. Se habían salvado de un verdadero calvario y de una conversación particularmente incómoda.
Shinobu pasó sus manos por la cara, masajeaba sus cienes por el dolor de cabeza que le había provocado el sonreír y apretar los dientes toda la velada. Adicionalmente, había roto la racha de alegría que le provocaba entrar en su casa y no toparse con la repugnante cara de su cuñado, y la desagradable vista de ver a su hermana pegada a él.
Ese hombre era un dolor de cabeza, pero aquella noche fue una verdadera jaqueca. Una migraña que permanecería por días.
—Tomioka… ¿Qué hiciste…? —preguntó ella, casi retóricamente, como si el hombre no estuviera ahí.
Giyuu no respondió. Se giró para ver a la pequeña mujer que se veía agotada.
Quería consolarla de algún modo, pero no se le ocurría qué forma era la más adecuada. Y si lo pensaba bien, ¿La mujer querría su consuelo, en primer lugar? ¿Después de haberla cagado así? No tenía energía ni siquiera para ser romántico.
Shinobu continuó con aquellos gestos unos momentos más hasta que volvió a dejar caer su cabeza contra el respaldo del asiento, y esta vez le dedicó una mirada a su novio.
Se miraron a los ojos y sostuvieron sus miradas largamente. Tomioka entornaba los ojos del cansancio y Shinobu no sonreía con su habitual sonrisa. Pero no se veía enojada, si es que estaba en algún lugar entre el agotamiento y la tristeza.
Finalmente, Shinobu apartó la vista. Ella levantó su mano desde su rodilla y la colocó suavemente sobre la mejilla de Tomioka.
Él ni se inmutó y solo cerró los ojos ante el suave y agradable toque. Hubiese sido fantástico que ella hubiese movido sus dedos o que lo hubiese acariciado con su pulgar o que desde ahí deslizara su mano hasta su cabello, pero la dama solo mantuvo la mano ahí, como una permanente bofetada.
—¿Lo que hice fue legal? —preguntó él con honestidad.
Shinobu soltó un suspiro con una incontenible y aliviada sonrisa.
—No lo sé. A estas alturas, ¿qué importa? —contestó ella.
Apartó su mano de su mejilla y en su lugar dejó caer pesadamente su cuerpo sobre el costado del chico. Apoyó su cabeza sobre el hombro y fijó su vista en el vidrio que estaba en frente de ellos.
Shinobu sonrió. Se veían como una pareja. Como una pareja de verdad…
—Pero, estoy muy feliz de que lo hayas hecho. Sinceramente, no sé cómo habríamos salido de esa sin tu idea—levantó la vista para verle el rostro—. ¿Sabías que tenía esos problemas?
Tomioka se encogió de hombros.
—No. Fue pura suerte.
Guardó silencio unos instantes
—La cagué en grande—continuó.
—Sí—Shinobu cerró los ojos con una sonrisa—. Sí, lo hiciste. Pero lo solucionaste a tiempo y eso… ¡A todo esto! —Shinobu se separó, un poco alarmada—. ¿Tanjiro sabe algo?
Tomioka negó categóricamente con la cabeza.
—Imposible.
—¿No habrá sabido a través de otra persona? ¿Urokodaki? ¿Mamoko, quizás?
—No. Urokodaki no sabe nada y Mamoko tampoco.
Shinobu frunció un poco el entrecejo, preocupada.
—¿No dijiste que Urokodaki era muy perceptivo? Quizás se dio cuenta y se lo contó a Tanjiro.
—No, imposible—Tomioka frunció el ceño y estiró su cuello un poco ofuscado—. Y aunque así fuera, Tanjiro no ha ido a ver a Urokodaki desde hace mucho…
—¿Pero no era su maestro de Kendo, también? —Shinobu alzó una ceja.
—"Era"—enfatizó Tomioka con molestia—. Tanjiro ya no va más con Urokodaki.
—¡No me digas! —Shinobu abrió los ojos sorprendida. A lo mejor fue por eso que Tomioka correspondió el abrazo tan desapegado e incómodo.
Tomioka se sentó con los brazos cruzados ligeramente enfurruñado. Parecía un niño que le habían negado la galleta que quería…
Shinobu se enterneció y sonrió largamente, pero no tardó en volver a indagar.
—¿Qué fue lo que lo hizo cooperar, entonces?
—No lo sé…—Tomioka volvió a encogerse de hombros. Honestamente, eso no le preocupaba en lo absoluto—. Hay que agradecer, nada más.
—Sí, pero me gustaría planear qué le diremos cuando lo veamos otra vez…
Giyuu suspiró agotado.
—¿Tenemos que hacerlo?
—¡Nos vamos a encontrar más pronto de lo que crees, Tomioka! —por la sugerencia de Kanao, por supuesto. Y Shinobu primero se cortaba la mano antes de decirle a su hermana que no—. Si alguno de nosotros se queda solo con él, debemos ser coherentes con el relato que vamos a contar. Aunque…—Shinobu sostuvo su mentón, una idea había llegado a su cabeza—.
—No me refiero a eso…—Tomioka observó el suelo fijamente.
—¿Y a qué te refieres, entonces?
Tomioka mantuvo su vista en la blancura del piso del vagón.
Era verdaderamente complicado sacar el tema, pues revestía de una complejidad importante y era delicado como hielo quebradizo. Siempre había que ir despacio; había que tantear el terreno para decirlo, había que poner diversas advertencias y había que poner cuidado hasta en dónde lo decían, ya ni decir de mencionarlo frente a quién.
Sabía las razones. Las había vivido en carne propia. Eran todas muy plausibles y razonables.
Pero estaba ya tan cansado.
—¿Hasta cuándo tendremos que hacer esto? —dijo en una voz ligeramente hastiada—. Esto de mentirle a todo el mundo…
Se hizo un silencio incómodo.
Tomioka no se atrevió a mirar a la pequeña dama a los ojos. Ni siquiera voltear a ver a su cara. De algún modo, esperaba una respuesta original. Una que lo calmara, pero que fuera tan diferente a las otras que ella se empeñaba por repetir.
Pero la dama suspiró resignada, y con eso, todas sus esperanzas de una respuesta diferente. Iban a salir las mismas respuestas racionales que había escuchado durante años.
—Ya hemos hablado de esto, Tomioka—Shinobu alargó su mano hasta el flequillo desordenado de su novio y lo acaricio suavemente. En su voz se podía escuchar la nota triste con la que habló—. Sabes que sería muy complicado cómo reaccionarían mis padres. El tiempo hará que se vea menos malo, por eso…—la chica alargó su boca en una mueca resignada—. Por eso te pido que esperes.
—¿Cuánto más? —Tomioka sonaba urgido de verdad.
—Más del que yo esperaba…—confesó Shinobu cruzándose de brazos, con una expresión de molestia. Las cosas no avanzaban a la velocidad que ella quería. Adoptó su sonrisa plástica tan pronto se percató del resultado de sus palabras y trató de consolarlo—. Pero con los años hará que todo esto no parezca tan grave… ¡Será hasta gracioso una vez que podamos decirles!
—¿Será tan grave si lo decimos ahora?
—No lo sé. Ese es el problema…—Shinobu se mordió el pulgar nerviosamente—. No sé cómo irán a reaccionar. Sé que no será tan malo como antes… Pero no sé qué tanto… Además, esperaba que le agradaras a mi papá con el tiempo.
—No ha sucedido—confirmó Tomioka con seguridad—.
—Yo sé. Y eso me está empezando a molestar…
Su padre parecía reducir su edad mental a diez años en presencia de los novios de sus hijas.
Shinobu comprendía que fuera así con sus cuñados porque Tanjiro era el primer novio y sobraban razones para estar atento a Shinazugawa todo el tiempo. ¿Pero Tomioka? No era un yerno de ensueño, pero tampoco era un novio para ponerse nervioso.
La pequeña mujer frunció el ceño con molestia.
Tendrían una charla muy pronto.
Shinobu levantó el mentón de Tomioka cariñosamente con su mano.
—Quiero que tengas paciencia, por favor. Solo un poco más.
Shinobu mantuvo el ligero el agarre e inclinó sus labios sobre el rostro del muchacho hasta darle un beso superficial, casi de consuelo. Luego se apartó solo lo suficiente como para que sus labios tuvieran el espacio justo para hablar.
—¿De acuerdo? —musitó encima de los labios de Tomioka.
—Okey…—contestó el otro con desgana y el ceño fruncido.
Ella enderezó su postura en la silla y abrazó con todavía más fuerza el brazo de Tomioka. Apoyó su mejilla en el brazo y ahí cerro sus ojos, para descansar.
Tomioka soltó otro silencioso suspiro, pues dio por acabada la charla una vez más y no continuó insistiendo.
Shinobu abrió los ojos y observó al frente sutilmente.
Estaba tan harta como Tomioka. Tan cansada como él y a veces se arrepentía de sus acciones en primer lugar. Pero, de no haber iniciado todo eso, probablemente no estarían donde están ahora.
Enterró su rostro en gran parte del brazo de Tomioka, sintiéndose un poco triste.
Tiene su encanto la idea de lo prohibido, de lo que no podía hacerse, de lo que todo el mundo advertía. Porque siendo joven ¿Quién no quiere saber el por qué lo prohibido causa tanto alboroto? Es inevitable esa curiosidad que parece a veces ser maliciosa, pero es tan solo la soberbia juventud la que incita e instiga.
Tenía su encanto la idea de esconderse. Había magia en las furtivas miradas y en los descarados besos.
Tenía su encanto el cuento de "Romeo y Julieta". Había algo que atraía de lo prohibido, de no ser descubierto, en el siempre estar alerta de las miradas de la gente.
Pero todo eso se quita con la edad. O quizás lo hace el hastío. Porque todos saben que "Romeo y Julieta" es una tragedia.
Esconderse pasa a ser molesto y poco práctico. La mirada desaprobación de la gente, que antes pasaba por su radar sin mencionarse, y que de toparse con una era motivo de casi alegría por parte de Shinobu, pues impetuosa como ella, la devolvía con una sonrisa de suficiencia y arrogancia.
Pero después, la amarga mirada que se posaba en ella pasaba a afectar más de lo que le gustaría admitir. ¿Por qué tenía que si quiera mirarla? ¿Estaba haciendo algo malo?
La edad mermaba la magia. Era el propio cuerpo que se cansaba de los cuentos y de lo poco práctico que podían ser los romances adolescentes.
Se aferró al brazo de Tomioka con más fuerza.
Se había cansado de mentir. Ya no era la misma niña que inventó la mentira una vez.
Todos cometen errores. Pero los errores a veces pasan la cuenta. Y nadie menciona eso cuando eres joven.
Esa mentira se haría insulsa e insignificante algún día. Algún día podría reírse a carcajadas por lo tonta y niña que fue al mentirle a todo el mundo.
Pero ese día estaba demorando demasiado.
…
Tanjiro estaba justo fuera de la puerta de la entrada de su casa. Y desde ahí fue capaz de escuchar el grifo del agua de la cocina corriendo. Desde debajo de la puerta se colaba la amarillenta luz que había sobre el fregadero.
Definitivamente, había alguien en la cocina.
Era una verdadera lástima, porque lo único que quería hacer era llegar a su cuarto o entrar al baño para deshacerse de las insufribles nauseas que lo acompañaban desde que se subió al bus.
No quería ver a nadie. Pensaba que había llegado lo suficientemente tarde como para no encontrarse con alguien de su familia que le preguntase qué pasaba o, por lo menos, tener una excusa para ser parco con los detalles, pues había llegado después de la hora de dormir de Rokuta y despertarlo significaba invocar el insomnio en toda la casa.
Y nadie quería eso.
Sacó las llaves de su bolsillo y con cuidado las seleccionó para que no se escucharan tintinear ni siquiera un poco.
La vieja puerta cedió ante la llave y crujió como si fuera de hierro oxidado una vez que trató de abrirla.
Resopló en silencio, tratando de contener su frustración.
La idea era ser discreto para no ser visto para que nadie notara que existía y si alguien lo pillaba, esperaba que la persona supiera interpretar sus facciones para que no continuara indagando.
Tanjiro esperaba verse como se sentía, como una verdadera mierda.
Abrió la puerta y de algún modo a pesar del ruido, la persona que lavaba los platos no volteó a mirar. Ni siquiera se fijó en quién era, pero se aseguró de cerrar la puerta tras él.
La puerta gimió una última vez hasta que finalmente se cerró tras Tanjiro.
La persona que lavaba los platos no se dio por aludida. Muy probablemente tuviera los auriculares puestos. Eso ameritaba una amonestación para su familiar pues, aun con una puerta de madera que chillaba como si fuera de hierro oxidado, no se había dado cuenta de su presencia. ¿Y si hubiese sido un ladrón? ¿Y si hubiesen entrado algún secuestrador? Y no se dio cuenta de s
Pero visto y considerando que él, así como los ladrones, no quería ser descubierto, más bien agradecería profundamente su negligencia.
Tanjiro, una vez dentro de su casa, entró como en piloto automático producto de la rutina que se veía obligado a hacer todos los días. Sacó las llaves de su bolsillo e instintivamente hizo un ademán de dejarlas colgadas justo al lado de la puerta como siempre hacía.
Pero un fallo de cálculo hizo que estas cayeran al suelo con un estruendo que no parecía normal para un racimo de metales tan diminutos.
Tanjiro entró en pánico y trató de alcanzarlas en el suelo aceleradamente, como si aquello revirtiera el sonido que acaban de provocar, pero la inclinación de su cabeza dio de lleno justo en el perchero que se encontraba tras la puerta.
Éste golpeó la muralla que lo contenía y la pared tembló fieramente, moviendo los cuadros que sonaron como tintineos, que por obra y gracia de los cielos no cayeron al suelo.
Escuchó a Rokuta llorar desde la entrada.
Tanjiro también quería llorar.
—¿Tanjiro?
Escuchó una voz suave y aguda, aunque que expresaba temor y cautela.
Tanjiro levantó la vista y vio a su hermana menor. Llevaba un delantal. Seguro ella se ofreció a limpiar la cocina una vez que su madre había llegado tarde del trabajo.
Nezuko tenía rostro preocupado que se acentuó cuando conectaron miradas.
Nezuko llevó su mano a la boca mientras arqueaba sus cejas consternada.
Tanjiro estaba pálido y sus ojeras eran pronunciadas. Sus labios estaban fruncidos, en un lugar que trataba de contener el llanto y el vómito. Sus ojos carmín se habían cristalizados y podía ver que los bordes se pusieron rojos como la sangre.
¿Acaso su hermano había vuelto borracho?
Tanjiro trató de poner una mueca parecida a una sonrisa, pero salió una expresión a camino entre la desesperación y la completa locura.
—He vuelto…—saludó su hermano con un hilito de voz.
Nezuko guardó silencio, ahora estaba un poco asustada. Le dio una rápida mirada a su hermano, mientras sonaba los chillidos de su hermano de fondo y la suave y calma voz de su madre tratando de apaciguarlo.
—¿Estás bien? —preguntó la joven inclinándose un poco sobre sí misma para contemplar mejor a su hermano.
Como una palabra mágica, Tanjiro soltó un suspiro entrecortado.
—He hecho llorar a Rokuta… ¡Soy un monstruo! —sollozó—. ¡Lo lamento!
A lo mejor había vuelto borracho y algo más, pensó Nezuko.
Se veía realmente mal y quería preguntar qué había pasado en casa de sus suegros o de camino a casa, pero ello era lo último que debía hacerse frente a personas con pánico, tristeza o desesperación.
Nezuko hizo un ademán alzando sus manos e inmediato Tanjiro se adelantó al gesto y abrazó a su hermana con fuerza.
—¡Soy un monstruo! —exclamó, casi para sí mismo.
No se le podía quitar la imagen de Shinazugawa de la cabeza. El rostro de aquel hombre torcerse de la vergüenza y bajar la vista arrepentido, como un niño travieso al que pillan en el acto.
Entró a su propia casa queriendo engañar a Nezuko e hizo llorar a su hermano en el proceso.
Había mentido dos veces, hizo llorar a su hermano menor y había hecho que su madre se despertase luego de un agotador día de trabajo.
Había mentido para salvar a Tomioka de quien sabe qué sabe qué cosa. Él era su verdadero amigo. Él lo había tratado bien y decentemente durante todo el tiempo que se conocían. ¿Por qué se sentía tan mal de cooperar con la pareja, si eran los que en la mesa lo apoyaban siempre y en cualquier circunstancia?
Todo mal. Todo había salido mal.
Nezuko giró su cabeza para ver a su madre parada en el portal del pasillo con un rostro tan confuso como el de su hija, con Rokuta en brazos que se había calmado incluso antes que Tanjiro.
Su madre alzó una ceja, preguntando telepáticamente a su hija que rayos estaba pasando.
Nezuko negó con la cabeza, tan o más confundida que su madre, y solo abrazó a su hermano acariciando su cabeza, repitiendo unos consuelos que de nada estaban sirviendo.
No olía a alcohol, no estaba tieso y no parecía tener heridas en su cuerpo. Pero lloraba como si se hubiese muerto alguien.
—¿Quieres agua, Tanjiro? —le preguntó su hermana.
Tanjiro se separó y vio a su hermana a los ojos.
—No. Quiero vomitar.
Nezuko se arrepintió. A lo mejor sí que estaba borracho.
…
¿Qué clase de chico le gustará a Shinobu?, pensó Zenitsu ensimismado.
Estuvo esperando mucho tiempo para ver a Tanjiro y que le contara los detalles, porque se había negado a contestar sus mensajes. Y Zenitsu creyó ser los suficientemente insistente (y amable) para pedirle detalles sobre el caso.
Pero escuetos y desabridos mensajes habían salido por parte de su amigo. O al menos, no eran los que él esperaba.
Había preguntado, con toda la ilusión del mundo, cuál era la fórmula para salir con chicas tan lindas como Shinobu y Kanae.
Tanjiro demoró lo suyo en contestar, pero finalmente le envió un mensaje que para él resultó muy críptico.
"Zenitsu, definitivamente, NO hay fórmula".
¿Cómo que no había fórmula? ¿Cómo que no existía un método o unos pasos específicos a seguir para conseguir a una novia tan amable y tan linda como lo eran las hermanas de Kanao?
Era un mensaje insulso. Seguro Tanjiro se estaba guardando la información de porque sabía que si Zenitsu sabía esta información la usaría indiscriminadamente.
Seguro que con los novios de sus cuñadas habían hecho un pacto para mentirle a todos los tipos que preguntaban lo mismo que Zenitsu para así conservar el secreto y solo mencionarlo a las generaciones venideras que ellos consideraban dignos del secreto.
Mientras Zenitsu se cambiaba de ropa en los vestidores del dojo, resopló con irritación y colocó una expresión enfurruñada. Tanjiro debió de considerarlo no digno del secreto y en cierto modo, aquello lo molestaba.
¡Los amigos no se ocultaban nada!
Se estaba deshaciendo de su camisa cuando la puerta se abrió hasta atrás, dando paso a un chico con cabeza de cerdo.
Zenitsu soltó un chillido agudo ante la presencia monstruosa e instintivamente se cubrió el cuerpo. Los otros chicos del vestidor se espantaron profundamente al ver al chico con la cabeza de cerdo disecada.
Un personaje sacado de un videojuego de terror.
—¡INOSUKE! —chilló Zenitsu al verlo.
—¡Monitsu! ¡¿Dónde está Tanjiro?! ¡Le mostraré cuánto he mejorado mi técnica esta temporada de sol! —el chico con la cabeza de cerdo avanzó por el vestidor luciendo orgullosamente su cabeza de cerdo.
Zenitsu apretó los dientes de pura envidia al notar que su amigo iba soberbiamente a pecho descubierto con sus abdominales marcados. A pesar de estar en los vestidores, Inosuke desde que se fue de casa ya iba medio listo para ponerse la ropa apropiada para el entrenamiento.
—¡¿Y tú andabas así por la calle?! ¿Alguien te dijo algo? —reprochó el rubio sacándose furiosamente la camisa y colocándose el keigoki en su lugar.
—¡Ja, ja! ¡Me miraban con ojos gigantes, muy asombrados para decir nada! —Inosuke dejó su enorme bolso justo al lado de Zenitsu y como él comenzó a colocarse el caluroso keigoki.
Zenitsu desconocía si ir descamisado por la calle era un delito de exhibicionismo, pero era un verdadero misterio cómo esquivaba a los policías, las faltas y las multas que podrían llegarle, por andar de Tarzán por la ciudad.
Ese era el verdadero poder de Inosuke, evadir la ley.
La puerta se deslizó una vez más. Tan discretamente que apenas nadie pudo notarlo.
Tanjiro se adentró a los vestidores sin saludar a nadie, sin hacerse notar y sin anunciar su llegada. Se colocó al lado izquierdo de Inosuke y comenzó a desabrocharse los botones de su camisa.
—Hola…—saludó Tanjiro apenas.
Inosuke saltó del susto y se pegó a Zenitsu en un abrazo.
—¡Gonpachiro!
—¡Apártate, cerdo! —gritó Zenitsu empujando con todas sus fuerzas—.
Tanjiro les dirigió una débil sonrisa y continuó desvistiéndose para ponerse el uniforme.
Varios chicos se acercaron a saludarlo y él, contestaba tenuemente, sin llamar la atención, sin provocar en los otros la normal vibra radiante que siempre desprendía. Ello extrañó a varios, pero preocupó a muy pocos.
Zenitsu finalmente se quitó a Inosuke de encima y observó bien a su amigo.
—Hola… ¿Te encuentras bien?
Tanjiro sonrió débilmente como respuesta.
Tanjiro terminó por vestirse y se dirigió hacia la parte del entrenamiento.
…
—¡Monitsu! ¡Algo le ha ocurrido a Tanjiro! —Inosuke, muy a su modo, trató de parecer discreto con el tema, pues, a pesar de sus intenciones Tanjiro podía escucharlo perfectamente—. ¡Hay que patearle el culo a quien le haya hecho daño!
—Primero que todo, es Zenitsu —replicó el rubio con lentitud y paciencia—. Segundo, ya he tratado de indagar y al parecer tiene que ver con su suegro… A lo mejor lo amenazó de muerte o algo.
—¿¡Ah!? ¡Esto no se va a quedar así! ¡Si quiere amenazar a Tanjiro deberá pasar por encima de mí! —Inosuke liberó un potente resopló por sus fosas nasales y apretó los puños hasta que se pusieron blancos—. ¡Donde encontramos a Suegro, para ir a sacarle su mierda!
—"Su suegro" —corrigió Zenitsu—. Y estoy especulando… Le pregunté cómo le fue ayer con la cena. Pero me miró como si quisiera vomitar y no me dijo nada.
Zenitsu miró de reojo a Tanjiro y estaba tan preocupado por el resto de sus compañeros que el pequeño solecito del dojo estuviera tan entristecido y callado. Hasta el propio Shinjurou, con su huraña y mañosa forma de ser, se había sentido mal cuando el muchacho ni siquiera reaccionó ante el tercer golpe que le propició por estar distraído.
—¿Te sientes mal, Kamado? —preguntó Shinjurou con una inusual amabilidad.
Fue un gesto tan particular que todo el mundo se preocupó verdaderamente por Tanjiro. Hasta el amargado maestro se había compadecido.
El propio Tanjiro comenzó a incomodarse de que quizás estaba siendo muy expresivo con su propio comportamiento, así que como buenamente pudo, trató de fingir que estaba en todas sus facultades.
Si había mentido una vez… ¿Por qué no mentir de nuevo?
—Me encuentro bien, maestro—Tanjiro puso una cara extraña al decirlo. Pareció dolerle mentir una vez más.
Shinjurou alzó el mentón con una mueca incrédula. Ciertamente, no lo había convencido.
Iba a decirle que se tomara una ducha y se fuera a casa, hasta que la puerta del dojo se deslizó con fuerza.
Si Tanjiro era el solecito, en la puerta se había parado el gran sol del dojo.
—¡BUENOS DÍAS! —gritó Kyojuro, el recién llegado, desde la puerta con su enorme e imperturbable sonrisa.
—¡Llegas tarde! —le ladró Shinjuro volviendo a su postura inflexible—. ¿¡Ahora crees que puedes hacer lo que quieras!? ¿Qué ejemplo piensas que estás dando al resto?
—¡El peor! —contestó Kyojuro sin mover un ápice de su sonrisa—.
—¡Exacto!
Shinjuro alzó su shinai una vez más y le dio en toda la mollera a su propio hijo.
—¡Arréglate ya mismo! ¡Y pobre de ti que demores!
—¡Sí, señor!
Kyojuro obedeció sin reclamos y se dirigió a los vestidores.
Salió en tiempo record y miró a los lados, como buscando con quien pelearse y encontró a su trio favorito deliberando en un rincón apartado.
Kyojuro alargó todavía más su sonrisa y se acercó a paso veloz hasta los muchachos.
—¡Qué tal están! ¿Listos para una nueva batalla? —el hombre se acercó a los chicos por detrás haciéndolos saltar con su alto tono de voz.
Zenitsu se escondió entre sus hombros con una expresión de disgusto, al contraste con Inosuke que alzó su puño enérgicamente.
—¡Ahora sí que te venceré! —aseguró el muchacho—. ¡He mejorado mucho desde la última vez!
—¡Perfecto! ¿Qué me dices, Kamado? —preguntó Rengoku expectante.
Tanjiro estaba mirando a una de las paredes del dojo, o quizás a través de ellas. Tenía una mueca de tristeza y parecía que le costaba conectar la mirada con las cosas a su alrededor. Como si las pasara por encima sin prestarle la mayor atención, indiferente. Así podía llegarle un golpe de cualquier lado y Tanjiro no tendría oportunidad de defenderse.
Kyojuro frunció sus cejas un instante y luego las colocó en su lugar tan rápido como las movió.
Se irguió sacando pecho.
—En ese caso… ¡Empecemos! ¡Vamos, Hashibira!
—¡VAMOS! —chilló Inosuke con energía—.
—Mucha suerte…—le deseó Zenitsu con cortesía, alegrándose en el fondo de quien se enfrentaría a Kyojuro no sería él aquel día. Luego le dirigió una mirada preocupada a Tanjiro.
Zenitsu se sentía impotente frente a su amigo.
Siempre que él tenía un problema, Tanjiro iba a consolarlo o a darle aliento, y generalmente funcionaba. Pero Zenitsu se veía incapaz de soltar la misma caterva de optimismo que su amigo.
Sentía que, si abría la boca con las mismas palabras que usaba Tanjiro con él, éstas serían plásticas y poco convincentes y no arreglarían nada del problema. Se veía a sí mismo sonando torpe e infantil, y podía dilucidar que Tanjiro lo vería como cortesía malsana. Como si Zenitsu quisiera devolverle la moneda por consolarlo tantas veces y no porque honestamente le preocupara su problema.
Desearía a veces sonar tan alegre y amable como Tanjiro para estas situaciones.
Pero Zenitsu era Zenitsu. Y Tanjiro era Tanjiro.
Zenitsu frunció sus gruesas cejas.
Y la gran diferencia entre ellos dos, es que Zenitsu corría a Tanjiro a contarle sus problemas. Y Tanjiro se los callaba como tumba.
—Oye—le habló Zenitsu gravemente.
Tanjiro le dirigió la mirada asombrada. Zenitsu nunca hablaba con semejante seriedad.
—Estoy aquí. ¿Sabes?
Tanjiro abrió los ojos sorprendido.
—¡Bien! ¿Quién sigue?
Los dos se giraron al lugar donde se llevó a cabo el combate.
Inosuke yacía en el suelo, absolutamente derrotado en menos tiempo del que cualquiera se pudo haber imaginado.
Los demás alumnos se encogían y guardaban sus shinai con temor. ¿Quién en su sano juicio sería capaz de querer enfrentarse voluntariamente a Kyojuro?
Kyojirou se giró hacia ellos específicamente.
—¡Kamado! ¿Te ofreces como voluntario?
…
Tanjiro se encontraba frente a frente. Su maestro tenía una postura perfecta para iniciar el combate y Tanjiro todavía no era capaz de erguirse como correspondía la postura inicial.
—¡Empiecen! —gritó el árbitro.
Rengoku se puso en guardia y no esperó ni a que Tanjiro pestañeara para atacar. Sujetó la espada con ambas manos y la movió a gran velocidad por el costado derecho de su oponente.
Shinjuro frunció el ceño a lo lejos, insatisfecho con el desempeño de su hijo.
Aquel ataque era veloz, pero no todo lo que su hijo podía dar. Deliberadamente se estaba conteniendo para que Tanjiro lo atrapara o lo esquivase.
Y nada de aquello ocurrió.
La espada ya estaba a pulgadas de él cuando Tanjiro tuvo un mero destello de reconocimiento del golpe que se le veía encima. Lo único que alcanzó fue a cerrar los ojos, antes de que la espada fuera a dar directamente sobre su hombro.
Pero el golpe nunca llegó.
Abrió los ojos y la espada estaba a pocos centímetros de su cabeza, entonces, sintió un pequeño golpecito en la parte delantera de su cabeza. Nada que doliera, pero como llamada de atención quedaba bien.
La espada se apartó de su frente y esta vez dirigió la mirada a Rengoku.
La encendida mirada de Rengoku se había calmado. Ya no tenía la energía fogosa que lo caracterizaba. Era una mirada extrañamente serena y comprensiva para los colores vivaces que pintaban sus ojos.
El hombre descansó el shinai en su hombro y le quedó viendo largamente.
—Tomémonos un descanso, Kamado.
…
Kyojuro tomó con cuidado la enrome tetera con agua caliente y vertió parte del contenido en uno de los vasos de cerámica que tenían en el dojo.
Aquel era el cuarto de entrenamiento que usaban Shinjuro y Kyojuro para sus sesiones intensivas. Esto significaba que aquel cuarto fue usado durante años para que su padre le diera con la diestra y la siniestra sobre cabeza, hombros, pecho y espalda para que se curtiera en el arte del kendo y se volviera el profesional que era ahora.
Tenía recuerdos amargos y alegres en aquel cuarto.
Pero tomarse un té en aquel cuarto era indiscutiblemente su momento favorito de los entrenamientos. Era un momento en el que su entrenador parecía relajarse y abandonar su tosca manera de ser, para darle paso al padre de Kyojuro.
Lo que era, francamente, bueno y malo a veces.
Pero Kyojuro quería rescatar la bueno de los recuerdos de aquella habitación. Aunque a veces fuera complicado.
Sirvió otro vaso para él y los puso sobre una bandeja.
Caminó con ella hasta una pequeña mesa a un costado de la sala, cosa rara en aquellos espacios donde la mesa ocupaba el lugar principal en las habitaciones.
Le dio el té a Tanjiro y se sentó frente a él.
—Muchas gracias, Rengoku—agradeció el joven—. No debía molestarse.
—No es molestia—contestó Kyojuro inmediatamente—. Te he visto un poco distraído y quise saber si estabas bien.
—¡Estoy bien, Rengoku! De verdad que no hace falta que se preocupe.
Kyojuro ladeó la cabeza, sin cambiar de expresión. No estaba convencido de aquella afirmación en lo absoluto.
—Bueno… Al menos no es nada grave—o al menos eso creía Tanjiro—.
—¿No "puedes" hablar de ello? —preguntó Rengoku con delicadeza.
Tanjiro guardó silencio. No sabía qué contestar.
Kyojuro cerró los ojos, como estimando y comprendiendo el silencio de su discípulo.
—Tanjiro… ¿Tienes un mejor amigo?
El joven alzó una ceja.
—Sí… Zenitsu, Genya e Inosuke son mis mejores amigos.
—¿Son compañeros de clase? —indagó Rengoku colocando un codo sobre la mesa.
—¡Sí! O sea… Estoy en la misma clase que Zenitsu e Inosuke. Genya es el que está en otra clase, pero siempre viene a la nuestra para charlar y jugar.
—¿Hacen muchas cosas juntos?
—Pues sí…—Tanjiro estimó que aquello era una obviedad. Eran amigos, eso hacían los amigos—. Vamos a clase de Kendo juntos, excepto Genya. Vamos a la casa de cada uno, excepto a la de Genya y salimos a los recreativos de vez en cuando, después de la escuela—Tanjiro guardó silencio unos momentos—. También estudiamos juntos. ¿Para qué son estas preguntas, Rengoku?
—¿Y los quieres mucho?
—¡Muchísimo! ¡Haría lo que fuera por ellos!
Rengoku guardó silencio unos momentos.
—¿Y crees que podrías contarle cualquier cosa a alguno de ellos? ¿Tus alegrías y tus victorias?
Tanjiro asintió enérgicamente.
—Ya. ¿Y tus dudas y conflictos?
Tanjiro dudó.
—¿Por qué? —indagó el profesor—. ¿Son tus amigos, o no?
El muchacho no contestó de inmediato. Comenzó a buscar en las paredes las respuestas que en su cabeza no aparecían, y mientras pensaba, se preguntaba por qué le costaba tanto hacerlo.
Kyojuro se apoyó sobre sus dos brazos y se inclinó sobre la mesa.
—¿Crees que ellos te escucharían? ¿Son la clase de amigo que te escucharía?
La respuesta probablemente era afirmativa. ¿Por qué le costaba tanto decirla? ¿Qué habían hecho sus amigos para hacerle dudar de esa manera? Es decir, eran amigos, eran como su familia.
Su familia…
En aquel instante pensó en su hermana, en su madre, en Takeo… ¿Por qué le costaba tanto imaginarse contarles sus problemas a ellos?
Hasta que finalmente la respuesta vino a su cabeza.
—No es que creo que no puedan escucharme. Es solo que...—respondió el chico—. Honestamente, no tengo tantos problemas. Y ninguno es tan grave como para contarlo.
Si decía en voz alta que su suegro lo detestaba, que se llevaba mal con el hermano de su amigo que a su vez era su concuñado y que se sentía fatal por tratarlo de loco, a pesar de que le caía como la verdadera mierda. Que había despertado a su hermano menor y por consiguiente a su madre que trabajaba intensamente todos los días. Que a veces había problemas con el horno de la panadería de su casa…
Esos no eran problemas.
Si miraba a Zenitsu y su enorme problema familiar… El abandono de Inosuke y de cómo creció criado por cerdos y de cómo probablemente nunca pudiera adaptarse del todo… Los problemas legales de Genya… Su propia novia…
Tanjiro se encogió sobre sí mismo. No tenía de qué quejarse. Qué era lo malo que tenía su vida, si la comparaba con la de los demás.
—No son tan graves…—dijo como una epifanía. A lo mejor eso es lo que Rengoku quiso decirle—. ¡La verdad es que me estoy quejando por nada! No es como si no pudiera resolverlos…
Tanjiro sonrió genuinamente por primera vez en el día.
Pensó que aquello fue lo que Rengoku quiso hacerle saber. Que no valía la pena ponerse mal por sus problemas. Que en su lugar debería preocuparse por resolverlos y que no tenía sentido quejarse o ponerse mal por "sus problemas", pero se encontró con la amarga sorpresa que Kyojuro no sonreía, sino que se veía preocupado.
Rengoku dirigió la vista al té.
—¿Sabes lo que es el cortisol, Kamado?
—Es la hormona del estrés, ¿o no?
Rengoku asintió.
—Un amigo una vez me dijo que los niveles de cortisol que suelta un adulto con alta carga de trabajo son los mismos que libera un niño que cree que la luna lo está siguiendo.
Tanjiro estaba un poco confundido.
—¿A qué quiere llegar, Rengoku? —preguntó el chico.
—Lo que quiero decir, Kamado, es que no subestimes el ser escuchado—contestó Rengoku—. Por eso preguntaba si tus amigos eran buenos amigos. Si creías que ellos estaban dispuestos a escucharte, o solo estaban ahí para pasarla bien contigo.
Rengoku le dio un sorbo a su té.
—Hay "amigos" que van a minimizarte y te van a decir que lo tuyo no es nada. Casi siempre comparándote con los problemas que "ellos" tienen. Y puede que sea verdad que tengan problemas más graves, pero no por ello tú te dejas de sentir mal por lo que vives.
Kyojiro tomó aire y observó a Tanjiro directo a los ojos.
—De nuevo. No subestimes el ser escuchado, Tanjiro—los ojos de Rengoku eran como los de un búho, sabios que hipnotizaban a quien los viera—. Nadie duda que no puedas resolver tus problemas. Y contarlos no te hace ver incapaz de resolverlos por ti mismos. No por contarlos estás pidiendo a gritos que otros resuelvan tus conflictos. Al menos, por mi parte no. Yo te veo capaz de cualquier cosa.
Kyojirou sonrió tan cálidamente que Tanjiro quiso llorar.
—Por eso, si al final tus amigos no resultan ser tus amigos. Pueden venir conmigo. Aunque sea solo para desahogarte, si quieres mis consejos, te los daré eventualmente—ladeó la cabeza con tristeza—. Guardarte las cosas no te hace bien. Y tragártelas no te hace más fuerte, sino más frágil y cada vez aguantarás menos. Y tú debes ser fuerte y resistente para proteger y estar ahí para otros.
Tanjiro pensó en sus hermanos, en sus amigos, en su propia madre y en su novia. Todos ellos necesitaban de su ayuda a veces, y quería estar en toda su potencia para ayudarlos, pero él tampoco era de hierro.
De algún modo, sintió miedo de apoyarse en ellos. ¿Y si lo rechazaban? ¿Y si lo veían como alguien inútil y quejica? ¿Y si le decían exactamente eso que pensaba, que no tenía derecho a quejarse?
—¿Y si no me escuchan?
—Hay gente que no te escuchará. A veces ni siquiera tu familia lo hará. A veces ésta misma dirá que no tienes que quejarte —Rengoku sonó entristecido—. Por eso quiero prestarte mi ayuda. De verdad que no eres ninguna molestia para mí, Tanjiro. Me alegra el día verte feliz y gustoso escucharía lo que te molesta.
Tanjiro alzó la vista, un poco temeroso. Costaba abrir la boca para expresar sus problemas, no lo hacía con regularidad. Pero se sentía tan cómo en presencia de su maestro que ni se pensó un momento.
—Muchísimas gracias, Rengoku—Tanjiro tragó saliva sonoramente—. Anoche fui a casa de mis suegros…
Y lo soltó todo, omitiendo los nombres de las personas involucradas. La historia fue contada con mucha torpeza y bastantes muletillas. Había muchos saltos de tiempo, divagaciones y a veces tenía que empezar con el relato una vez más, porque se había vuelto bastante confuso o había faltado un antecedente muy importante para que historia tuviese algo de sentido.
Pero Rengoku no se inmutaba ante sus errores y no lo veía con extrañeza. Comentaba con interés e indagaba en las emociones de Tanjiro, hasta que finalmente acabó. No soltó lágrimas como pensó que pasaría, pero sí que se sintió más liviano y ligero después de eso.
Sentía su cabeza alivianarse de algún modo extraño y hablar tanto lo había dejado sin aliento. Casi cansado… O más bien, relajado.
Soltó soplo agotado. Sintiendo la garganta seca y lo atacó una sed que le hizo beberse de un sentón el té que se había vuelto frío, y lo sintió fresco en su estómago, como si fuera una bebida de calidad altísima.
Y de algún modo, escucharse hablar en voz lo hizo reflexionar y hacerse más decidido.
Honestamente, no había por qué sentirse mal por Shinazugawa. Tomioka y Shinobu eran sus verdaderos amigos, los que lo habían apoyado en su época de secundaria y quienes lo habían instruido en el deporte que lo había enamorado. Eran quienes lo trataban bien y los que se preocupaban de él honestamente. Y si ellos tenían problemas con Shinazugawa, que era un delincuente o un gánster hacia arriba, lo mejor sería que ni siquiera los reconociera.
Ahora, el verdadero fin era desvelar los verdaderos colores del hermano de Genya.
No tenían por qué existir los familiares buenos, y lamentaba mucho por Genya. Pero su hermano no era buena persona, por más que tratara de justificarlo, nada iba a cambiar eso.
Kanae era muy amable, pero también parecía ser una mujer que fácilmente podían manipular. Parecía una mujer sensible que de verdad tenía esperanza en aquellas personas que no se lo merecían. Ella no tenía la culpa, pero sí su pareja por no darse cuenta de lo que tenía al lado.
Suspiró con decisión.
Debía proteger a su nueva familia. A cualquier costo.
Se levantó con las energías renovadas y Kyojuro pudo darse cuenta de eso.
—¿Ves que se siente mejor? —dijo él con una carcajada enérgica.
—¡Sí! —exclamó Tanjiro. Luego se dirigió a su maestro con una mirada dulce—. Si usted tiene algún problema, también puede contármelo, Maestro.
Kyojuro sonrió con sus cejas ligeramente arqueadas. Tanjiro pudo oler tristeza en aquella sonrisa.
—Muchas gracias, Kamado—contestó—. Lo haré cuando tenga un problema. Aunque yo tampoco es que tenga muchos.
—¿Tiene a alguien a quien contarle sus problemas?
—Por supuesto, es muy cercano y muy íntimo. Lo sabe casi todo de mí—contestó Rengoku. Y Tanjiro pudo oler sinceridad y tranquilidad, por lo que se contagió con el humor de su maestro.
—Otra vez, muchísimas gracias, Rengoku. Tomaré su consejo—respondió Tanjiro—. ¿Volvemos a las prácticas?
—Yo tengo una junta en pocos minutos. ¡Así que me voy temprano! —respondió el hombre volviendo a su gran y enérgica sonrisa habitual—.
...
—¿Y ese bolso? —preguntó Shinjuro una vez que vio a su hijo con ropas de civil y con sus cosas colgadas en un hombro—. La práctica no ha terminado.
—Por hoy para mí, sí—contestó Kyojuro con una sonrisa confianzuda—. Voy a ver a unos amigos.
—¿Ah sí? ¿Con el permiso de quién?
—De mi mamá.
Se hizo un silencio entre padre e hijo que duró bastante.
Shinjuro suspiró resignado.
—¿Llegas tarde, suspendes la práctica y te vas temprano? Increíble…— negó con la cabeza—. Vas a compensar el doble…
—Sí, señor. ¡El triple si usted quiere! —contestó el muchacho con mucha motivación—.
Rengoku se despidió de su padre y de todos los alumnos del Dojo-Fuego. En especial miraba a Tanjiro que se despidió con una sonrisa tan larga y tan honesta que le revolvió el corazón de gozo.
Comenzó a caminar en dirección a la casa de su amigo, aunque con un aire muy pensativo.
Tanjiro tenía quince años. Todavía era joven para sentirse bien al abrirse con otras personas. Con sus más cercanos y amados conocidos. Con quienes realmente sentía estima. Era joven para comprender la regla y la importancia de desahogarse.
Kyojuro no la aprendió a tiempo.
Tenía buenos amigos. Su madre estaba ahí para él y Senjuro demostró ser un chico muy maduro para su edad y para entender la complejidad de los problemas de los adultos y ser comprensivo con ellos. Pero al destilar sus emociones, lo que sentía y sus reflexiones más profundas con sus conocidos, por mucho que ellos lo escucharan atentamente, por mucho que ellos fueran empáticos y respetuosos con él… Simplemente no había catarsis.
Después de la charla, en sus momentos de silencio y cuando quedaba él y su soledad, Kyojuro se preguntaba por qué había contado lo que había contado; por qué uno de sus amigos tenía que escucharlo quejarse; por qué tenía que expresar aquello, no era necesario…
No se sentía bien. Se sentía como una verdadera carga para todo el mundo, sabiendo, racionalmente, que no era así necesariamente. Ese suspiro que soltó Tanjiro con la conversación, era imposible para él.
Hoy, el único modo de lograr aquella catarsis era contándole a alguien que estaba prácticamente obligado a escucharlo: Su psicólogo.
¿Era costoso? Un poco. ¿Necesario? Absolutamente.
Tanjiro tuvo la fortuna de tener esa noción joven y a tiempo.
Porque después era demasiado tarde.
…
—¡Ese bastardo! —Zenitsu apretó los dientes con fuerza.
—¡Vamos a patearle el culo a ese maldito! ¿¡Cómo se atreve a hacerle algo a Shinobu!? —Inosuke tenía el pecho y las manos ruborizadas de la furia, y muy probablemente, toda la cara bajo la máscara—.
Luego de las prácticas y de una charla sincera después, los tres amigos volvían a casa juntos.
—Hay que ser discretos, Inosuke—Tanjiro trató de apaciguar a su excéntrico amigo—. Hay que hacerle ver a Kanae quién es en realidad y a su vez proteger a Shinobu y a Tomioka.
—Te ayudaremos con eso—Zenitsu puso una mano en el hombro de su amigo—. La señorita Kanae estará destrozada una vez que lo termine y se entere de la clase de patán con el que estaba saliendo. Necesitará de consuelo—agregó con exagerada galantería.
—¡Y luego de que ella lo termine! ¡Lo terminaremos nosotros! —Inosuke hizo tronar sus nudillos.
—Hay que tener cuidado. Probablemente estamos frente a un delincuente de la talla de un gánster. Tengo que ser sutil para desenmascararlo. Y para eso…—tragó saliva—. Tengo que aprender a mentir.
Rengoku tenía razón. Tanjiro tenía muy buenos amigos.
—¡Tanjiro!
Era la voz de Genya a lo lejos. Sonaba alarmado.
—¡Tanjiro!
Genya tenía un carcaj y un arco que parecía estar hecho de metal en la espalda y tenía puesta ropa deportiva. Se acercó a él corriendo a gran velocidad, como huyera de una catástrofe natural.
Una vez los alcanzó ni siquiera saludó a Insouke y a Zenitsu. Tomó a Tanjiro por los hombros y lo hizo verlo a los ojos, que se habían vuelto más grandes de lo que ya eran.
—¡Tanjiro! ¿¡Qué carajos hiciste anoche!?—exigió saber Genya—. ¿¡Qué pasa que no contestas los mensajes!?
Tanjito ahogó un grito. Efectivamente tenía varios mensajes y llamadas perdidas de Genya que se había negado a contestar, primero, por su estado de ánimo, y segundo, por sus prácticas de kendo. Se sintió mal porque lo había olvidado por completo.
—¡Lo lamento Genya! ¿¡A qué te refieres!? —preguntó Tanjiro contagiado con el alarmismo de su amigo.
—¡Anoche! ¿¡Qué carajos hiciste anoche!? —repitió Genya mientras lo zamarreaba—.
—¡MUCHAS COSAS! —chilló Tanjiro—. ¿Puedes ser más específico?
Genya lo soltó bruscamente. Su natural piel bronceada se había vuelto pálida y enferma y comenzó a sudar frío, mientras observaba a Tanjiro como si fuese víctima de una maldición que se contagiaba.
—¿Qué ha pasado, Genya?
Genya tragó saliva.
…
Genya observaba la platinada nuca de su hermano con una mezcla entre el horror y la confusión.
—¿Perdón, puedes repetir lo que has dicho? C-creo que no te escuché bien…
Su hermano se quitó su chaqueta y la dejó delicadamente sobre la percha.
—Kanao va a terminar con tu amigo—repitió Sanemi sin inmutarse, como si fuera una decisión ya tomada.
Genya abrió los ojos alarmado.
—¿¡Pe-pero por qué!?
Sanemi lo observó por encima del hombro, con la mirada más terrible que su hermano había puesto en años. Las venas sobresalían preocupantemente de su frente y cuello y sus ojos se habían agrandado desmesuradamente que también se habían vuelto opacos y negros como el abismo que se hallaba al fondo del infierno.
—Por ser un bastardo manipulador y mentiroso…—siseó con una voz ultratumba.
…
¡Espero que le haya gustado! ¡Coméntenme qué les pareció!
Este es un capítulo muy expositivo en cuanto a la psiquis de los personajes, pero es bastante personal para mí. Es casi terapéutico. Si resulta confuso, háganmelo saber para releerlo y corregirlo.
En cuanto a la trama, como dijo cierta celebridad, ¡Ahora sí se viene lo chido!
Tendrán el capítulo que viene muy pronto.
