Capítulo 8: Desconocido.

*Este capítulo contiene escenas con alcohol.

*Beban con mesura, por favor.

El portero de aquel lujoso edificio observaba su teléfono sin mucho interés. Desde detrás podía escucharse una radio en la que sonaba la repetición de un partido deportivo que honestamente, ni para él ni el otro señor de la limpieza que lo acompañaba a metros de él era de su seguro interés.

El turno de noche era casi un empleo inútil en aquel sector de la ciudad. Fuera era bastante animado por la cantidad de autos que se detenían en el semáforo que justo quedaba fuera de la puerta.

Las personas pasaban de la enorme maravilla arquitectónica como si se tratase de una pintura de decoración. Estaba ahí para ocupar un espacio.

Ya iban a ser las diez de la noche cuando un joven se plantó en la puerta una persona que no recordaba a ningún residente del edificio.

El señor de la limpieza se encogió un poco asustado, pero mantenía la vista en el muchacho estando alerta.

El portero no levantó la vista hasta que lo tuvo en frente.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó el portero con un tono monótono que hasta Sanemi le dio sueño.

—Buenas noches. Ah… Vengo al departamento…—Sanemi cerró los ojos frunciendo el ceño tratando de recordar—.

El portero frunció el ceño ante la demora y lo vio de pies a cabeza.

Veía a un joven en forma, con ropas oscuras, salvo por la chaqueta verde musgo horrenda que llevaba. En su brazo derecho colgaba una bolsa de tela que tintineaba ante el mínimo movimiento que hiciera.

El hombre frunció los labios y resopló con un poco de disgusto.

Desde su lugar era capaz de oler el hedor a alcohol que el joven expelería horas en el futuro, e incluso, era capaz de escuchar el futuro timbre del teléfono del edificio con las quejas de ruidos y música molesta.

No iba a ser una noche tranquila y aquello lo molestaba un poco. Ya tenía preparado la pila de papeles con la multa.

—Al departamento 707 —dijo Sanemi con una sonrisa triunfante.

Entonces el hombre abrió los ojos, como comprendiendo la situación.

Sonrió amablemente a Shinazugawa y le preguntó su nombre. Agarró el teléfono y marcó el número de departamento.

—Buenas noches. Señor Shinazugawa espera abajo—dijo el hombre con opulencia ante el teléfono.

—¡Sí, sí! Déjelo subir, por favor—Sanemi reconoció la inconfundible voz de su amigo por el citófono.

Uzui Tengen colgó y esperó pacientemente a que el timbre de su departamento sonara. Demorando más de lo que esperaba.

Entonces escuchó a alguien golpeando su puerta.

Uzui alzó una ceja con confusión y se acercó a la puerta.

Agarró el pomo y al abrir se encontró con su amigo con una enorme bolsa de tela roja en brazos. No lo recibió con una sonrisa, más bien le dio una sonrisa de asco.

—¿No sabes tocar el timbre como las personas normales? —vio Shinazugawa llevarse la mano a la cabeza— ¿Tú eres tonto?

—Perdón, es que me confundí con la casa de tu mamá.

—¿Y esto le llevas a mi mamá? —le espetó Uzui agarrando la bolsa roja agravando más su expresión—. Qué vergüenza… ¿Y viniste solo?

Uzui se hizo un lado para dejarlo pasar.

—No, dejé a tu mamá esperando en casa—contestó Sanemi con ironía—.¿Y con quién querías que viniera? —preguntó adentrándose al lugar.

—¡Pues con Kanae! —dijo como si fuera lo más evidente del mundo—. ¿Para qué arreglé y limpié mi departamento, entonces?

—¿Para recibir a tu amigo de la secundaria? —Sanemi entrecerró los ojos y le apuntó con un dedo— ¡Tú amigo soy yo!

—Sí, pero ella me cae mejor que tú…—replicó Uzui con los labios fruncidos, cruzándose de brazos.

Sanemi ahogó un grito de indignación exageradamente.

—¿Es así? —contestó como desafío—. ¿Estamos con esas?

Uzui sonrió mirando hacia abajo, agarró a su amigo del brazo y con brusquedad lo pegó a su cuerpo en un abrazo de oso, tan fuerte que las vértebras de Sanemi se acomodaron con un ruido satisfactorio y macabro a la vez.

—¡Suéltame, amigo de Kanae! —refunfuñó Sanemi pegado al pecho de Uzui, tan duro como si fuera de piedra.

Uzui lo zamarreó un lado a otro con cariño por unos momentos más y lo soltó.

Sanemi era alto para el promedio, pero Tengen volaba cualquier promedio y expectativa en altura y fuerza. Era un absoluto gigante, y podía hacer que personas como Shinazugawa parecieran muñecos de arroz y de trapo.

—¿Cómo estás, Nemi? —preguntó Uzui con amabilidad, como si no lo hubiera recibido como lo hizo—.

—Estoy—contestó Sanemi encogiéndose de hombros, sin darse mucha importancia—. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo te fue en el año?

—Uf. Una mierda. Menos mal ya terminó—replicó Uzui con una larga y preciosa sonrisa—. Fue de todo menos extravagante.

—¿Te pareció poco? —Sanemi abrió los ojos con sorpresa mientras se echaba en el sillón sin modales.

Uzui subió sus hombros sin preocuparse.

—Puedo haber sido peor.

Uzui se echó justo a su lado y se quedaron mirando un rato largo a los ojos en silencio.

Tengen alargó todavía más su sonrisa burlona.

—Deberíamos…

—Tengo novia—Sanemi se levantó para ir a vaciar el contenido de la bolsa ropa sobre la mesa del departamento.

—Y yo tres, pero las cuatro no tienen que enterarse si no quieres…—Uzui apenas si podía contener la seriedad de su tono—.

—Nah… Yo te quiero como amigo—Sanemi sacó la primera botella de cerveza y la dejó sobre la mesa, pero la segunda la alzó en su mano—. Compré estas.

Uzui deshizo su sonrisa al instante y puso una cara de decepción.

—¿Esas? ¿Y por qué esas? —Uzui se levantó para examinarlas. Se percató de la marca y olor y sabor amargo se le vinieron a la garganta de inmediato—. Estas no son tan buenas…

—Son las que podía comprar con lo que tenía encima. Me dijiste textualmente: "¡Cualquier cosa está bien!"—agregó con voz que trataba de imitar a un mandril al final. Luego trató se cruzó de brazos en una postura de intelectual—. Además, si hacemos los cálculos, es la opción más económica. Si comparamos el costo individual de una de estas botellas con el de las otras…

Uzui alzó la cabeza, poniendo los ojos en blanco, luego soltó un rebuzno de hastío.

—Ay, no empieces con tus mierdas de logaritmos… Dime cuánto te debo de una vez.

—Depende.

—¿Cómo que "depende"? ¿Qué las matemáticas no eran exactas?

—Pues depende de quién va a venir a beber.

—Y te dije que van a venir "todos"—apuntó Uzui.

—¿Quiénes son "todos"? —Sanemi acabó por sacar todas las botellas de la bolsa—. Obanai viene de muy vez en cuando a beber con nosotros.

—Va a venir—aseguró Uzui con tranquilidad, mientras abría una de las cervezas con la boca de otra botella.

—¿Cómo estás tan seguro? —Sanemi recibió una de las botellas—. Tú sabes que sus "voy a ir" son muy relativos.

Obanai tenía la mala costumbre de jurar a pies juntillas que iría a las reuniones que sus amigos organizaban, para luego cancelar a último minuto.

—Porque yo sé que él va a venir. Confía en mí.

—¿Y cómo sabes?

—¡Aaaah! —Uzui frunció el ceño—. Hombre de poca fe. Va a llegar. Tarde, quizás, pero va a llegar.

Sanemi iba a abrir la boca para protestar nuevamente cuando el timbre del departamento.

—¿No avisaron por el teléfono? —señaló Shinazugawa mirando con desconfianza—.

Uzui hizo una reverencia ceremoniosa apuntando a la puerta y le sonrió a su amigo.

—Te doy los honores. Ábrela.

Sanemi entrecerró los ojos hasta que quedó una línea horizontal en la que apenas se veían las partes de sus ojos. Luego se acercó a la puerta con precaución, como si ésta estuviese en llamas.

Tomó el pomo de la puerta y abrió para ver a aquellas dos figuras.

—¡Shinazugawa! —un saludo al unísono lo recibió—.

Luego, unos delgados pero poderosos brazos le rodearon el cuello con fuerza.

—¡Kanroji! —exclamó el hombre viéndose obligado a doblarse sobre sí mismo.

Tengen tenía un buen punto. Obanai vendría, definitivamente.

—¡Ha pasado mucho tiempo! —exclamó nostálgica.

—Sí, sí… Fueron tres semanas muy duras…—la consoló con un deje de desgana, palpando la nuca de la joven.

—Demasiado tiempo—la chica se separó para sonreírle tan dulcemente que a Sanemi le dio un grado de diabetes como mínimo.

La muchacha lo franqueó para pasar y con chillido todavía más agudo se echó en los brazos de Uzui, quien recibió el abrazo con energía alzándola centímetros del suelo, para balancearla de un lado a otro.

Los dos se quedaron chillándose el uno al otro.

Y el invitado estrella de la noche.

—Rengoku…—Sanemi sonrió con una genuina alegría, aunque en su mirada existía un destello de maquiavelismo.

—¡Shinazugawa! —Kyojuro no se dio por enterado, y sonrió tan radiante como siempre—. ¡Ha pasado tanto!

Kyojuro estiró sus brazos hacia su amigo y los dos se dieron un fuerte abrazo, palmeándose las espaldas con energía.

—Te desapareciste, estábamos preocupados—habló Rengoku mientras se adentraba a la morada.

—Ha sido una temporada complicada—Sanemi se encogió de hombros y cerró la puerta tras de sí—. Pero qué bueno que terminó.

—¡KYOJURO! —gritó Tengen tan fuerte como sus cuerdas vocales le permitían mientras extendía los brazos—.

—¡TENGEN! —respondió Kyojuro en el mismo.

Los dos amigos se dieron un abrazo tan apretado que fue casi doloroso de mirar. Ambos alargaron un alarido viril y poderoso mientras se daban se estrechaban entre sí. Sonreían tan animadamente, que fue casi contagioso.

Kanroji de lejos los miraba con ojos brillantes, embriagados de ternura. Luego a su lado se colocó Sanemi, e inmediatamente ella se aferró a su brazo tirándolo adelante y hacia atrás, como si su saludo no hubiese sido suficiente.

—¡Te extrañé mucho! —le dijo con la mejilla pegada al brazo. Luego, alzó sus grandes y anhelantes ojos verdes—. ¿Y Kanae?

Kyojuro justo se soltó de Tengen en aquel instante, dándose la vuelta.

—¡Sí! ¿Dónde está?

—En una reunión con sus amigas de la universidad.

—¿Y no la invitaste? —Kanroji puso una voz lastimera.

—Ya me había dicho que tenía planes.

—¿Y está bien? —preguntó Kyojuro.

—Sí, está bien—Sanemi se encogió de hombros—. Yo también estoy bien, por si alguno le interesa.

Kyojuro soltó una risa, pero Kanroji no pudo evitar sentirse un poco mal.

—¡Nos interesas! A nuestro modo, pero nos interesas—consoló Mitsuri sonriendo mostrando sus dientes.

—Ya—Sanemi alzó la vista—. ¿Alguno tiene sed?

Después de un largo rato, la cabeza comenzó a sentirse ligera y la lengua empezaba a entumecerse, de modo que pronunciar ciertas letras requería a veces más concentración de la necesaria.

En un momento de la noche, mientras largaba una de sus maquiavélicas y sonoras risas ante un ingenioso comentario de Tengen, Sanemi se percató de que no había indagado en ninguna de la vida personal de sus antiguos compañeros de clase.

Su risa desapareció instantáneamente, como si hubiera recordado algo.

Miró a sus amigos, ya bien entrados en los efectos del alcohol, incluyéndose él mismo, salvo Rengoku que se abstenía, como siempre, de beber.

En el estado de desinhibición en la que se encontraba, ser valiente, ocurrente o simpático nunca era un problema, a lo mejor, esperaba que sus habilidades de mentir no desaparecieran o que no se volviera menos discreto.

Porque si algo sabía, era que podría haber más de tres mentirosos y encubridores. Pero cada vez era más difícil pillar a los involucrados.

Sanemi sonrió, con un ligero rubor en su mejilla.

—Oye, oye…—dijo discretamente, mirando la lata en su mano—. Yo quería preguntar sobre cierto campeón deportivo…

—Agh… no empieces…—replicó Tengen con hastío haciendo para atrás su cabeza.

—¡Eso! —chilló Mitsuri, más alto de lo de normal, luego se inclinó sobre sus rodillas en dirección a Tengen—. ¡Lo vi en las noticias! ¡Muchas felicidades a él! ¿Cómo está?

—¿Quién? —preguntó Kyojuro, tomando interés.

—¿Qué? —Sanemi no logró procesar a tiempo y tampoco corregirse.

Tengen se rascó la parte trasera de su cabeza ligeramente fastidiado.

—Ese mocoso presumido de mi primo… Ahora es deportista nacional de gimnasia. Dice que va a llegar a los Juegos Olímpicos y va a traer medalla de oro—dio un suspiro de desagrado—. Sigue soñando mocoso.

—¿¡No te cae bien!?—Mitsuri pareció horrorizada—.

—¡NO! Es muy irritante y tan poco original…—explicó—. Muy poco extravagante. Y muy maleducado, también.

—Qué pena… Daba saltos haciendo "¡huussshhh! Y caía al suelo con un "¡Bam!"—Mitsuri empezó hacer aspavientos con sus manos y brazos tratando de escenificar—. De verdad que se ve muy talentoso para su edad.

—Lo es, nadie dice lo contrario. Pero, dios, ni un átomo de humildad tiene el tonto ese—alzó una de sus manos apuntando con su dedo índice al frente—. Me dijo que cuando ganara la medalla de oro olímpica…

—¿"Cuando ganara"? —interrumpió Kyojuro con asombro.

—Sí—afirmó Tengen, sin poder creérselo él mismo—. Me dijo que cuándo ganara la medalla de oro olímpica, me lo iba hacer saber por la tele con este gesto.

Tengen sonrió sacando la lengua y estiró su mejilla hacia abajo con el dedo índice, dejando ver la desagradable carne rosada que rodeaba al ojo.

—Qué tipo más desagradable—siseó Sanemi—.

—Ciertamente. Pero es mi primo, así que más respeto con él y blá, blá, blá…—Tengen quería dar por concluido el asunto, y para zafarse, había que desviar la atención—. Hablando de campeones, ¿cómo ha estado el campeón? Tan callado esta noche…

—¡Cierto! —Sanemi se inclinó hacia su amigo que se encontraba al lado—. Quería preguntarte…

—¿Cómo te fue en el médico? ¿Fue todo bien, Rengoku? —intervino Mitsuri captando su atención.

Sanemi apretó los dientes y abrió los ojos con molestia.

"¡Deja de interrumpirme, mujer!". Mitsuri tenía el poder de desviar y cambiar de tema más rápido que apenas Shinazugawa podía seguirle el ritmo. Era una verdadera habilidad.

—¿Fuiste al doctor? ¿A qué? —indagó Tengen dando un sorbo a su cerveza.

—Al otorrino—contestó Kyojuro—. De hecho, fui para que me entregara mis exámenes y me dijera que tengo.

Kyojuro se hizo a un costado, pasando por encima de Sanemi para alcanzar su mochila, y una vez la tuvo en su regazo comenzó a rebuscar en ella.

—¿Y qué te dijo? —preguntó Tengen.

—Pues que estoy bastante sordo del oído izquierdo—explicó.

—¡Guau! —Uzui alzó las cejas en una exclamación muy pobre—. ¿Y te dijo algo que no sepamos? ¿O algo que no pueda notar cualquier persona?

Kyojuro sacó unos papeles.

—Este es mi examen—Kyojuro lo alejó de sí para que Sanemi y Mitsuri, que se asomaban con interés por sus costados, pudieran verlo sin problemas—. La verdad es que lo leí y no puedo entender nada. Pero me dijo que tengo un oído derecho mejor que el promedio general.

—¡Qué bien, Rengoku! —felicitó Mitsuri tocando su hombro—.

—Una cosa por otra… A ver, déjame revisar esto…

Sanemi arrebató el papel por un lado y comenzó a examinar el dibujo en la parte superior izquierda del examen. Era una especie de gráfico de línea que se extendía a lo ancho del cuadrado. Había dos, uno de ellos tenía una línea ascendente, y el otro, por el contrario, se encontraba muy abajo. Era como el electrocardiograma de un muerto.

—¡Yo también quiero ver! —tomó la parte opuesta del papel y jaló para que el examen volviese a quedar frente a las narices de Rengoku.

Al lado de cada cuadrado había porcentaje.

—¡Mira, yo sé que esta es la abreviatura de "decibeles"! —apuntó Shinazugawa—.

—Y esto es "Left" y este es "Right". De izquierda y derecha—tradujo Mitsuri—. Y debajo de Left aparece…

Había un "14%" y debajo de "Right", un "100%". Para ambos fue sencillo concluir qué significaba.

—Dios mío, Kyojuro, estás muy sordo…—comentó Sanemi, como si no fuera suficientemente evidente—. O sea, puedes escuchar, pero una mierda.

—¡Qué dice el diagnóstico!

Mitsuri arrebató el papel a Sanemi y comenzó a leerlo por su cuenta, más atenta y detalladamente. Pasó su vista por el sitio que buscaba.

—¿"Sordera súbita"? —leyó Mitsuri con los ojos entrecerrados—. ¿Y qué significa eso?

Tengen ladeó la cabeza.

—Pues… Que se quedó sordo… Súbitamente…—respondió.

Kanroji infló sus mejillas frunciendo el ceño.

—Alto ahí, Sherlock—replicó Sanemi, entornando los ojos. Luego se dirigió a Kyojuro—. ¿Qué quiere decir?

Kyojuro pareció tener un temblor ante la pregunta, y trató de poner su vista nerviosamente en varias direcciones, como si no supiera dónde colocarlos.

—Pues…—empezó Kyojuro un poco titubeante—. Que mi sordera no tiene un origen claro.

—¿Cómo así? —Mitsuri ladeó la cabeza un poco confundida—. ¿Es eso posible?

Kyojuro alzó la vista, como si tratara de explicar algo muy complicado.

—¿Cómo fue el día que te quedaste sordo? —Sanemi entrecerró un ojo con duda.

No recordaba si su amigo le había mencionado eso.

—Me dijeron en mi trabajo que la sordera podía tener un origen neurológico. Así que me puse un poco nervioso y fui al neurólogo y, después, el otorrino descartó que pudiese ser eso. No proviene de un accidente o de un virus.

La verdad es que para el trabajo de abogado de Rengoku, era bastante difícil asistir a las audiencias y defender un cliente en general.

Los jueces cantaban las leyes y los procedimientos, y ordenaban los siguientes movimientos y afirmaban o denegaban peticiones de los abogados a través de unos micrófonos que no estaban hechos para las salas en las que las audiencias se daban, pues la resonancia y el eco, le hacía a un novato como él confudirse con las palabras del juez, ya ni decir para alguien que tenía un solo oído bueno.

Kyojuro le daba vergüenza preguntar por tercera vez qué carajos había dicho su señoría, por lo que a veces se encontraba a la deriva, sin saber qué carajos hacer o decir.

A veces su sonrisa lo ayudaba, de modo que daba la impresión que sabía qué carajos estaba haciendo.

Eso en un juicio, siempre era muy importante.

Pero le gustaría complementarlo con una buena audición, de otro modo, pensó Rengoku, podría dedicarse a la enseñanza del derecho, porque esperar a que los tribunales moviesen el culo para mejorar las salas que tenían siglos de años a sus espaldas, era tener mucha esperanza.

Pero eso lo decidiría el otorrino.

—Bueno, ¿Y de dónde viene? —insistió Sanemi.

Kyojuro tragó saliva y luego se encogió de hombros.

—No lo sé—concluyó—. Un día me desperté. Y estaba sordo.

Kyojuro era un relator de historias asombroso. Nunca era parco con los detalles, y eso molestaba a quienes querían que llegara al punto de una buena vez, como, por ejemplo, Sanemi y Obanai. Pero mentirían si dijeran que la mayoría de las historias eran verdaderas hazañas, que los hacían reír y estar al filo del asiento.

Mitsuri parecía una niña pequeña cuando lo escuchaba, y ni siquiera Tengen se atrevía a intervenir de manera ocurrente cuando Kyojuro tenía que contar algo.

Pero el relato de Kyojuro tuvo muy pocos antecedentes, era vago en las descripciones y, en general, resultó bastante olvidable para lo que él estaba acostumbrado a contar.

Cierto día, Kyojuro se levantó con la ventana abierta. Hizo su vida matinal normal, hasta que Senjuro lo llamó por teléfono.

Contestó y lo colocó en su oreja izquierda. Pero fue incapaz de escuchar nada.

Revisó el identificador de llamadas, el volumen e incluso avisó a su hermano que quizás había apagado el micrófono de su celular. Senjuro volvió a llamarlo, y al contestar, no pudo escuchar la voz de su propio hermano. Entonces, se lo cambió de oído, y la suave voz de Senjuro se escuchó.

Volvió a cambiarla de oído en oído un par de veces.

Y un escalofrío le recorrió la espalda. Tragó sonoramente y quizás se le aguaron un poco los ojos.

Oía a su hermano un poco alterado al otro lado de la línea, pero no escuchaba, entonces, casi temeroso, lo interrumpió con voz rasposa:

—Senjuro, me quedé sordo.

—Y me quedé sordo, así como así.

Mitsuri estaba horrorizada.

—¿¡Es eso posible!?

Sanemi dudó, pero no se atrevió a indagar más.

—Qué mala suerte—fue lo único que pudo decir.

—¡Bueno, así son las cosas! —Kyojuro se encogió de hombros, tan optimista, aunque con deje de nerviosismo—. Nada que hacer. ¿Cómo has estado tú, Shinazugawa? Tuviste una reunión hace poco, según me enteré. ¿Fue buena?

—¡Cierto, cierto! ¿Cómo está tu suegro?—preguntó Tengen con una sonrisa tan larga como sus malas intenciones.

—¿Otra vez te trató mal? —preguntó Mitsuri con la mano sobre su pecho. Al ver a Shinazugawa asentir, su rostro cambió al de rabia e indignación comenzó a golpear un cojín contra sus piernas repetidamente—. ¡Viejo pesado! ¿¡No ve que tú y Kanae hacen una bonita pareja!? ¿¡Está ciego!? ¡Me supera, de verdad que me supera!

—Uf, ahora mi suegro es el menor de mis problemas—Sanemi hizo la cabeza hacia atrás—. El verdadero problema está en los noviecitos de mis cuñadas…

Kyojuro arqueó sus cejas.

—Vaya, parece ser más común de lo que pensé—replicó con genuina tristeza—.

—¿¡Cómo!? ¡¿Tuviste problemas con el novio de Shinobu?!—Mitsuri acabó la exclamación con un dejo de tristeza.

—¿Y qué pasa con él? —Sanemi entrecerró los ojos, ligeramente irritado.

—¡Pues que tengo altas expectativas de quién es el novio de mi amiga! —Mitsuri entrelazó sus manos, absolutamente ignorante de la actitud de su amigo.

Mitsuri sonrió inconscientemente.

Shinobu era amiga de Mitsuri. Lo era, incluso antes que Kanae se convirtiera en su amiga también. A pesar de esto, Kanae era muchísimo más abierta sobre sus sentimientos, bastante más alegre, entusiasta y conversadora que Shinobu. Ésta última, a pesar de años que llevaban de conocerse, resultaba ser un absoluto enigma. Por eso a veces daba la sensación que Kanae era su amiga de años, y no Shinobu.

Ella era una mujer refinada, y hasta cierto punto, reservada. Era siempre muy educada e insultaba sin decir una sola palabrota, con una elegancia tal que Mitsuri llegaba a envidiar y a admirar a partes iguales.

Le gustaba muchísimo. Y saber quién le gustaba a ella le causaba curiosidad.

Mover un corazón, que aparentemente era hielo. ¿Qué se necesita?

Pero Shinobu se reservaba hasta en la descripción del muchacho. Y Mitsuri se encontraba especulando que la chica podría ser bastante celosa con él. A lo mejor ya había tenido problemas con la atención femenina.

Aunque imaginarse a Shinobu celosa… Era también bastante complicado.

Si su amiga tuviese que ser un animal, probablemente sería un hermoso y caprichoso gato, que se alejaba cuando quería y volvía cuando quería. Pero que no se molestaba con la presencia de otros, sino que tan solo le eran indiferentes.

Mitsuri tuvo un ataque de emoción que le hizo apretar los dientes y sintió sus mejillas entumecerse de lo fuerte que sonreía.

Desde su posición agarró el brazo de Sanemi y lo zamarreó con furia.

—¡Dime cómo es! ¡Dime cómo es! ¿Es guapo? ¿Es alto? ¿Es amable? ¿Extrovertido? —atacó Mitsuri sin dar tiempo ni a respirar—. ¿Por qué te llevas mal con él, Shinazugawa? ¿Qué pasó?

Tengen en silencio, sospechaba que su amigo quizás tuvo más que ver con la tensión en la relación. Era más que reconocido su impetuoso y frontal carácter para conocer a la gente, y podría pasar por soberbio y huraño muy fácilmente

—¿Qué pasó?

Sanemi entornó los ojos, con un aire un poco sombrío.

—El de Shinobu no está tan mal—Sanemi trató de no darle mucha importancia, luego agregó sin mirar a nadie—. Tampoco está tan guapo, según yo.

Mitsuri torció su rostro hasta la decepción.

—El problema es el pendejo…—gruñó como si la ofensa hubiese sido hace unos instantes—.

—¿El de la hermana menor de Kanae? —precisó Tengen. Sanemi asintió—. ¿Qué hizo?

Sanemi inhaló profundamente por la nariz tratando de contener su irritación.

—Primero, me dejó en vergüenza frente a mis suegros.

Tengen puso una cara de dolor y Kyojuro negó con la cabeza, absolutamente dolido.

—¿Por qué hizo eso?

Sanemi relató la escena y de cómo su cuñada y Tomioka le jugaron "una bromita", y todo resultó gracias al niño pelirrojo, que conspiró en su contra y lo hizo quedar como loco.

—¡Y LO PEOR! ¡Es que me copia el regalo!

La señora Kocho sopló las velas e inmediatamente sus dos hijas mayores se arrojaron a ella en un abrazo muy amoroso y Kanao, con cierta timidez la rodeó suavemente con sus brazos.

La matriarca tomó a la menor por la cabeza y depositó un beso en una de sus cienes, y ella se sonrojó ante el gesto, y rio un poco por lo bajo. La señora Kocho le siguió con la carcajada y volvió a abrazarla fuerte, siendo correspondida con la menor.

El señor Kocho quería llorar de la emoción, y Sanemi mostraba su mejor sonrisa de ternura, que ni se molestó en ocultar. Tanjiro sonreía, alegre e ignorante del significado del gesto, pero lo celebraba con alegría igual que sus cuñadas.

Y Tomioka observaba en un rincón, alejado de las luces de las velas, oculto en la penumbra esperando que, con suerte, Shinazugawa olvidara que existía.

El momento de los regalos llegó, y la señora Kocho abría los regalos con alegría y agradecía ceremoniosa y profusamente lo que llegaba a sus manos. Los elogiaba y soltaba alguna que otra broma elegante como ella era.

Hasta que abrió el regalo de Tanjiro, y Shinazugawa se quería morir.

—¡Es una cadena dorada! —explicó el chico—. Noté que la suya estaba un poco desgastada cuando vine, por eso quise regalársela.

La señora Kocho alzó la vista con visible sorpresa. Ni ella se acordaba que para la única reunión a la que el chico había venido, ella había utilizado aquel collar, que, de hecho, llevaba puesto justo en aquel momento.

Alzó su mano para acariciar la mejilla de su yerno con una sonrisa genuina.

—Muchas gracias, Tanjiro.

Él le sonrió contento, habiendo olvidado la vergüenza que le hizo pasar a Shinazugawa, por un instante, sintiéndose orgulloso de su propio regalo.

La suegra luego se acercó al pequeño regalo de Shinazugawa, y sacó la exacta misma cadenita, pero plateada.

—¡Salió repetido, qué pena! —exclamó Shinobu juntando las manos en un aplauso—. Pero tienes reemplazo, mamá.

La señora Kocho se quedó prendada mirando el artilugio y sonrió.

—Ese es más elegante…—comentó Kanao alargando su mano para tocar la cadena plateada como hechizada. De verdad que le pareció preciosa. Luego alejó su mano como si hubiese tocado fuego y alzó la voz más alto de lo necesario—. ¡Pe-pero la de Tanjiro es más casual mamá! Puedes usar ambas para ocasiones diferentes-

Kanao no acabó la frase en el habitual tono conclusivo, pareció que su última palabra quedó al aire. Y enrojeció ante el silencio que rodeó el ambiente.

—¿Kan-?

Tanjiro iba a preguntar si algo quedó por decirle a Kanao, pero recibió un pequeño pero efectivo palmeo por parte de Shinobu entre sus omóplatos, que le hizo callar.

—¡En todo caso! ¡Esas dos cadenitas le vienen perfecto a nuestro regalo! ¡Kanae, entrégaselo!

Y así, el ambiente continuó. Pero el dolor en la espalda de Tanjiro no se fue sino después de un rato. Él miró a Shinobu en varias ocasiones, esperando que hubiera en sus gestos una respuesta que nunca llegó.

Sanemi sostenía su cabeza con su mano, con una expresión destruida, mientras empuñaba su cerveza casi vacía.

—¡Yo sé que lo dijo para hacerme sentir mejor!

—Eres tan tonto…—Tengen negó con la cabeza. Él no tenía que lidiar con suegros, ni cuñados ni yernos, pero estaba seguro que era la inseguridad hablando.

Kyojuro le puso en la espalda y la acarició.

—¡Nada de eso, Shinazugawa! Estoy seguro que le encantó—Kyojuro alargó su sonrisa todavía más—. Suena como una mujer muy amable pero honesta, que nunca haría algo como eso.

—¡Kanao dijo que era elegante! —lo consoló Mitsuri—.

—Creo que te dejaran de loco es lo preocupante en esta situación—razonó Tengen dando un sorbo a su botella—. Hablando de problemas. ¿Conociste al noviecito de Shinobu, entonces?

Sanemi salió de su estado con ahogando un grito.

—¡ESO! —luego se giró a Kyojuro con violencia—. ¡¿Tú lo conoces?!—Sanemi se acercó más a su amigo, quebrando el espacio personal mínimo requerido—. ¿Giyuu Tomioka? ¿Te suena ese nombre?

Kyojuro alzó los ojos en un gesto pensativo.

Tanjiro, Zenitsu y Genya se encontraban mirando sus bandejas de comida, todavía llenas de papas fritas, hamburguesas. Lo único que tímidamente se atrevió a tocar Tanjiro, era la soda fría que le habían servido.

Inosuke, por otro lado, estaba arrasando con su plato. Había dejado la cabeza disecada al lado, y comía como si lo hubiesen tenido amarrado; como si fuese su primera comida en meses.

—Oye, relájate, cerdo. Tú comida no va a salir corriendo —Zenitsu sí que había dejado de comer, tanto por la animosidad que impregnaba el ambiente, como por la asquerosa forma de proceder de su amigo—.

—¡Eso lo dices porque nunca has cazado nada! —habló Inosuke con la boca llena—. ¡Vienen las otras bestias y se llevan lo que atrapas! —tragó de manera que su garganta se dilató de un modo que Zenitsu no creyó posible—. ¡Más o menos así!

Inosuke alzó su mano y la movió con la agilidad de una víbora, arrebató el pan envuelto en papel de la bandeja de Tanjiro.

—Inosuke, devuélvele el pan a Tanjiro —ordenó Genya con el ceño fruncido, a pesar de que tampoco había probado vocado—.

—Está bien, no importa. Puedes quedártelo, Inosuke—levantó la bandeja y la inclinó en dirección a su amigo—. ¿Quieres más? Seguro que tienes hambre que yo.

Inosuke le sonrió con todos los dientes y de un manotón le quitó la bandeja y dejó caer su contenido sobre la suya.

Inosuke soltó una carcajada con energía.

Genya y Zenitsu observaban impotentes.

—Tanjiro, lo siento…—soltó el primero, sin saber realmente de qué.

—No te disculpes, Genya, no es tu culpa—Tanjiro le sonrió con amabilidad.

Genya inspiró profundamente, con los dientes tan apretados que la cabeza le empezó a doler. La frustración se lo comía vivo, y de verdad, como no había querido en mucho tiempo, quería darle un golpe a su hermano como nunca en su vida.

—¡Debe de haber un error, Nemi! —Genya levantó los brazos hacia él.

—Me dijiste que era un buen mocoso—le apuntó con un dedo acusador—. ¡Y vaya que me lo creí! ¿Tienes idea de lo ya de por sí tensa que es la relación con mis suegros para que este so-pendejo, se alíe con la cuñada que peor me cae y me deje en ridículo frente a mis suegros?

—¡¿Aliarse para qué?!

Sanemi se apretó el puente de la nariz, al percatarse que estaba alzando la voz.

—Y encima es el novio de Kanao…—agregó profundamente frustrado. Se dio la vuelta hacia su hermano, como si él tuviera la culpa—. ¿Tú sabes del problema de Kanao?

Genya desvió la mirada un instante, luego procedió con precaución, como si la chica también estuviese en la habitación.

—Algo he podido notar en el instituto…

—Bueno, ha habido un avance en su carácter—anunció Sanemi—. Y me rompe las bolas que la razón de eso sea el mocoso embustero y manipulador.

Sanemi se masajeó el rostro con ambas manos. Así era imposible divisar sus facciones.

El primer amor era así. Tan fogoso, tan descontrolado. Era más instinto y hormonas, que seso y conveniencia, y junto con la inmadurez propia de la edad, donde ibas por ahí descubriendo el mundo a tu alrededor a punta de cagarla, era un amor muy diferente al que se experimentaba en la mediana edad o en la adultez.

El primer amor que era muy intenso y eso era un arma de doble filo para esta situación.

Lo que menos le convenía a una chica que necesitaba experimentar, era que la primera vez resultara traumática y terrible.

—Esta es la mierda que le faltaba…—dijo Sanemi apretando los dientes—. Desconfiar del amor por un mocoso que no sabe apreciar lo que tiene.

—¡Tanjiro la ama! —saltó Genya tan apasionadamente, asustado de la situación de la chica. No la conocía tanto como Tanjiro y los demás, pero lo suficiente como para desear que en su vida fuera todo bien—. ¡Tanjiro no hará nada que la lastime! De verdad que no sé por qué hizo lo que hizo, pero-

—¡Ah, claro! ¡De su lado te vas a poner! —interrumpió Sanemi autoritariamente—. ¿Después de lo que me hizo? ¿Tú crees que no lo va a intentar con ella?

—¡Tanjiro es un pésimo mentiroso! Ni a sus enemigos les puede mentir.

—Me quedó muy claro que no es así—gruñó Sanemi con voz rasposa.

—¿¡Cuándo vas a escuchar lo que tengo que decir!?

—Estoy escuchando, pero no creo ni una puta palabra. Me pones a tu amigo de santo para arriba, y me encuentro con algo muy diferente, Genya. ¿Qué quieres que piense?

Genya de repente se sintió agotado. Era imposible hacer razonar a su hermano.

No había forma de que confiara en él.

Y lo peor es que no podía culparlo. Sanemi tenía sus razones, pero…

Genya apretó los puños con fuerza y tenía que tragarse lo mucho que quería gritar.

Genya no iba a gritar, no iba a alzar la voz.

—Voy a salir. Hoy tengo práctica de tiro—sentía la garganta tensa, en cualquier momento un sollozo iba a salir de él—. Volveré en la noche.

Sanemi se quedó mirando a su hermano, que fue incapaz de ocultar la tensión en su rostro y cuello. Parecía que se había tragado una escoba y de verdad que necesitaba desfogarse de algún modo.

Resopló por la nariz. Esta conversación había terminado.

—Okey. Te quiero aquí a más tardar a las ocho—dijo lo más amable que su frustración le permitía en aquel momento.

—De acuerdo.

Genya se alejó hacia su habitación y cerró la puerta con firmeza, no tanto como para que fuera un portazo, pero era sencillo identificar un portazo de rabieta del que expresaba soledad y reclusión, aquel que gritaba que quería estar solo.

Sanemi suspiró derrotado.

Quería dejarse caer sobre el sillón y olvidarse que existía la familia de su novia. De hecho, deseó con todas sus fuerzas tenerla ahí para abrazarla y besarla, disfrutar de su compañía, de su sincera y optimista sonrisa, de ese relajo que producía ella en él.

Pero esa noche ella tenía una reunión con amigas.

Él también. Y las ganas de ir a su reunión se fueron mermando poco a poco, casi se había decidido a no asistir hasta que su teléfono sonó.

—¡Compra las cervezas, yo te pago cuando llegues! —dijo Tengen sin siquiera saludar primero.

Genya se dio el ánimo de probar el primer bocado de su hamburguesa, que ya se había entibiado lo suficiente como para no ser todo lo sabrosa que podía ser. Pero era algo que Genya podía soportar, así que siguió lentamente con el siguiente y así hasta que terminó en silencio.

El único ruido en el fondo eran los típicos chillidos de Zenitsu ante la impertinente y excéntrica forma de ser Inosuke.

Desvió su mirada a Tanjiro, y para su total sorpresa, él estaba sonriéndole a sus amigos. Trataba de mediar de vez en cuando, cuando estimaba pertinente, pero ya mostraba su habitual sonrisa amable, y su mirada y ceño se habían relajado considerablemente.

No había quedado rastro del temor o de tristeza en su semblante.

Genya a veces envidiaba a Tanjiro. ¿De dónde era capaz de sacar la energía para sonreír? ¿De dónde provenía la energía para olvidar un instante los problemas o el entusiasmo que hacía sentir que todo iba a salir bien?

Se sentía orgulloso y muy alegre de que Tanjiro fuera su amigo. Y que, sin decir una palabra de aliento, pudiera transmitirle la seguridad de que todo iba a salir bien.

Por eso, cuando se despidieron le dio un gran abrazo a Tanjiro que él recibió con entusiasmo, ignorante de la fuerza y suerte que quería que se llevara consigo.

Lo soltó, y Tanjiro mostró una radiante sonrisa.

—¡Ve con cuidado, Genya!

Una vez Tanjiro observó la espalda de su amigo alejarse lo suficiente, su sonrisa mermó poco a poco, para dar paso a una mirada decidida.

—Dios mío. ¿Qué vas a hacer, Tanjiro? —preguntó Zenitsu volviendo a la realidad que se les venía encima—. ¿Kanao de verdad va a terminar contigo?

Tanjiro negó lentamente con seguridad.

—Kanao no terminará conmigo—contestó Tanjiro—. Al menos no porque Shinazugawa lo diga.

—¡Pero Shinazugawa AFIRMÓ que ella iba a terminar contigo! —apuntó Zenitsu acercándose a él tomándolo por el hombro.

—Pero fue en un tono de amenaza. Quizás como un objetivo…—Tanjiro afirmó su mentón con dos de sus dedos—. Creo que es algo que se ha propuesto a lograr.

—Ya. Pero… ¿Qué harás con él? ¿Qué pasará contigo? ¡De verdad que estoy muy, pero que muy preocupado, Tanjiro! —Zenitsu apretó con fuerza, luego colocó su habitual cara de pánico—. ¡En la montaña a la que vas no hay buena señal! ¡Cuando me llegue tu mensaje de ayuda, Shinazugawa ya te habrá matado!

—Pero no estaré solo—dijo él confianzudamente—. Tomioka, Kanao, Shinobu y Kanae me acompañarán. Más bien, Shinazugawa irá a molestarnos en este viaje.

—¿Tienes algún plan, entonces? —indagó Zenitsu con genuina curiosidad—. ¿Para evitar a Shinazugawa y hacer que Kanao te siga amando?

Tanjiro sonrió.

—No.

Zenitsu le dio un palmetazo en la parte trasera de la cabeza de Tanjiro, luego lo agarró de la parte delantera de la camisa y lo obligó a mirarlo con sus ojos bien abiertos.

—¡NO SÉ SI ME HICE ENTENDER, TANJIRO, PERO ESTARÁS ALLÁ SOLO! —luego comenzó a jalar y empujar con sus puños, sin soltar la tela—. ¡¿Cómo sabes que la señorita Shinobu y Tomioka no estarán más preocupados de que los descubra Shinazugawa, que de tu integridad?! ¿Te has puesto a pensar en eso?

Tanjiro arqueó sus cejas.

—Ahora que lo dices…

Zenitsu suspiró derrotado y soltó a Tanjiro.

—Pero podemos aliarnos entre los tres —sugirió Tanjiro optimista.

—¿Y crees que Kanae o Kanao no se darán cuenta de que estás siendo muy pesado con Shinazugawa?—Zenitsu comenzó a trabajar su plan—. Definitivamente, te conviene más ser la víctima de los tratos de Shinazuwaga que el verdugo.

—¡Pero vamos a divertirnos! —protestó Tanjiro—. ¡Quiero que todos la pasemos bien! No quiero maquinar nada por ahora… Tampoco tratarlo mal.

—¿No dijiste que querías desenmascarar a Shinazugawa? —Zenitsu estaba desesperado.

—Sí… Pero eso puede esperar a después del viaje. Seguro que hasta a él se le olvida que me odia por el momento—sonrió Tanjiro.

Zenitsu entornó los ojos, absolutamente incrédulo de lo que oía.

—¿Y tú crees, honestamente, que Shinazugawa no aprovechará la oportunidad para hacerte la vida imposible? —preguntó Zenitsu, mirando la nada con una voz rasposa.

—Tengo la esperanza—Tanjiro se encogió de hombros con su ridícula sonrisa optimista—. Podré aprender a mentir más tarde.

Zenitsu negó con la cabeza, perdiendo toda esperanza.

—Bajarás de esa montaña en cajón, Tanjiro.

—¡ESO JAMÁS! —Inosuke finalmente se unió a la conversación—. ¡Estaremos ahí, para Gonpachiro! ¡En alma y cuerpo!

Zenitsu se giró de repente hacia Inosuke con una mueca de frustración.

—¡Claro que sí! ¡Podremos subir sin problemas al sitio turístico más caro de toda la región, Inosuke! ¡Qué gran idea! —rezongó Zenitsu abriendo cada vez más los ojos.

—¡Pues claro! ¿¡O prefieres dejar a Monjiro solo a merced de ese hombre!? ¿¡Son esas tus intenciones!? —lo retó Inosuke acercándose peligrosamente.

Zenitsu le dio dos palmetazos a la cabeza disecada.

—¡PUES CLARO QUE NO! ¡¿Vas a pagar tú la subida y la estadía en la cima de la montaña, cerebro de cerdo!?

—¿Y para qué vas a pagar para subir a mí montaña?

Tanjiro y Zenitsu abrieron los ojos con sorpresa.

—¿Dijiste… acaso? —Zenitsu se inclinó, no creyendo lo que estaba por oír.

Inosuke soltó una carcajada socarrona y se cruzó de brazos.

—A mi montaña entrarán las personas que yo diga…

—¡DIOS MÍO! —chilló Mitsuri sosteniendo el teléfono—. ¡ES HERMOSO!

Despojado de la máscara utilizadas para el deporte, Tomioka posaba con su rostro de perfil, con el ceño fruncido y mostrando los dientes en una expresión de disconformidad, mirando hacia un sitio que escapó del encuadre de la cámara.

El resto del uniforme denotaba su amplia espalda, y le hacía ver más macizo de lo que probablemente era. Mitsuri observaba como hechizada las líneas que se formaban bajo su cuello y que, para su desgracia, no llegaban a mostrar las marcas de sus clavículas, debido a que el uniforme se interponía con la vista.

Su piel brillaba por el sudor y su flequillo se pegaba a su frente.

Ella suspiró, absolutamente encantada. No esperaba menos de su amiga.

—Es precioso, Shinazugawa…—felicitó, como si el novio fuera de él.

Sanemi rodó los ojos, un poco celoso.

Había sido una noche infructífera.

Descubrir quién era Giyuu Tomioka era algo imposible.

Rengoku no agregó nada nuevo a la información, salvo cómo se presentaron los hechos en el torneo.

Kyojuro Rengoku ganó por decisión de los jueces. Habían empatado luego de varios y varios minutos de competencia, en donde se adelantaban el uno contra el otro. Pero Rengoku siempre podía seguirle el ritmo a Tomioka, y Tomioka fue puesto en situaciones incómodas más de una vez.

Pero el ganador resultó ser Kyojuro, que aguantó todos los asaltos que era posible tener en una competencia de ese calibre.

Vieron un vídeo en el que declaraban a Kyojuro ganador, y el rostro de Tomioka se torció hacia la tristeza, tan instantáneamente que parecía estar a punto de llorar.

Se dieron la mano con fuerza, felicitándose el uno al otro, pero cualquiera podría notar que a Tomioka le costaba todos sus esfuerzos el ser buen perdedor.

Pero nada más.

Eso era todo lo que su amigo podía decir de él. No culpaba que ni se acordara de quién era su rival, tomando en cuenta que en las imágenes Rengoku parecía tan eufórico y su sicodélico aspecto daba para pensar que quizás estaba bajo alguna clase de estupefaciente.

Era normal que no se acordase de su concuñado.

Se quedó atrapado en sus pensamientos un largo rato, ni siquiera notó el teléfono del edificio sonar y la puerta cuando se abrió.

—Buenas noches…—anunció Obanai levantando con sus lánguidos brazos con dos bolsas en cada mano—. Traje sushi.

Mitsuri se levantó de su sitio encantada, tanto por la comida como por el recién llegado.

—¡Iguro! —Mitsuri se acercó a él y lo abrazó con cariño. Lo balanceó de un lado a otro como si se tratase de un peluche.

—¡Mujer, que se le puede caer la comida! —advirtió Tengen arrebatando la comida de uno de los brazos del chico y dejándolo sobre la mesa, como si se tratara de una especie muy delicada.

—Está bien, Uzui —Obanai acarició suavemente la espalda de Mitsuri—. ¿Cómo estás, Kanroji? Hace mucho tiempo que no te veo.

Ella se desprendió de él y lo vio directo a sus ojos bicolor.

—¡Yo también! ¡Hay que juntarnos más seguido desde ahora!

Obanai sonrió con una amabilidad que a los tres se le hizo… particular, dada la parca cantidad de veces que eran capaces de notar cómo su amigo sonreía tras la mascarilla que no se quitaba ni para bañarse.

—Eso espero, Kanroji.

Mitsuri le ayudó con la bolsa restante, pero él inmediatamente se unió a ella para ayudarla a sacar los paquetes llenos de comida envuelta en arroz. Algunos estaban calientes y otros se sentían más bien fríos.

—Te voy a traer una cerveza, Obanai, ya vuelvo.

Mitsuri desapareció de la vista de todos, entonces Sanemi sonrió maquiavélicamente.

—¿Oye, tú no saludas?

—A ti te veo siempre—contestó Obanai, cambiando al tono con el que solía dirigirse a Shinazugawa. Un timbre más seco y abrupto—. No me malentiendas, tampoco es que me emocione la situación.

—Tú me amas—afirmó Sanemi—.

Obanai se dio la vuelta dramáticamente.

—Eres como el herpes. Cada vez que pienso que me deshice de ti, vuelves, arrastrándote como gusano...

Sanemi sonrió mostrando todos los dientes.

—¡Ven aquí, mierdecilla!

Sanemi se estiró para agarrar la muñeca de su amigo y lo jaló tan rápido que él no pudo reaccionar a tiempo.

De un tirón, lo tumbó a lo largo del sillón golpeando sus rodillas y las de Rengoku que se reía ante la situación.

—¡Suéltame, me das asco! —protestó Obanai, una vez que Sanemi le rodeó la cabeza con un brazo.

Era una muestra de afecto bruta y cariñosa, que hacía a Sanemi reír como científico loco. Mientras tanto, Obanai trataba de contener una sonrisa bajo su mascarilla, dado que esa risita tonta siempre se le contagiaba.

Rengoku ni se molestó en contenerse y se unió a Sanemi para darle cosquillas en el tórax, conocida debilidad del pequeño joven.

Mitsuri se adentró a la sala y nada más ver la escena, se sonrió con ternura.

—Mitsuri, agárralo de las piernas—sugirió Tengen con una sonrisa tan larga que no cabía en su cara.

Entonces el pequeño dejó de moverse, instantáneamente.

Iba a protestar y a recomponerse, pero la chica se lanzó rauda justo al lado de Rengoku y le abrazó las piernas, colocándolas en su suave y blando estómago.

Ella le sonreía desde su lugar, y sus amigos le miraban con poco discretas, sugerentes y pícaras miradas.

—Bien, ahí—murmuró Sanemi, a un tono que solo Obanai podría escuchar.

Rengoku no podría porque estaba sordo de ese oído.

Obanai enrojeció muy rápidamente, y se quitó a manotones las manos de Shinazugawa y de Rengoku del cuerpo, luego se incorporó ligeramente.

—¿Me dejas sentarme, Kanroji? —su sensible y amable voz volvió.

—¡Claro!

Mitsuri se hizo a un lado y le dejó sentarse entre Rengoku y ella. Mitsuri sacó su teléfono, y le mostró a Obanai.

—¡Iguro, mira! ¡Este es el concuñado de Sanemi! ¡Es el novio de Shinobu! —le mostró la foto que la dejó sin aliento—. ¿No te parece guapo?

Las palabras pegaron como gancho al hígado, y aunque no habían sido para él, Sanemi no pudo evitar encogerse con una expresión dolorosa en la cara.

Obanai se puso tenso, pero accedió a la petición de su amiga y le echó un vistazo.

Alzó una ceja, con un ojo crítico.

—¡Se llama Giyuu Tomioka! —informó Mitsuri.

Obanai asintió.

—Lo sé—luego apartó la mirada del teléfono para agregar despectivamente—. Está más gordo.

Mitsuri ahogó un grito. Aquella afirmación había provocado muchas emociones en ella.

—¿Lo conoces Obanai?

—Pues claro—él se encogió de hombros—. Peleó con Rengoku en la final y fue a la escuela secundaria con Shinazugawa y yo.

Sanemi se giró intempestivamente hacia su amigo, con los ojos bien abiertos.

Tan asombrado que ni fue capaz de ocultar un gallito en su voz que le hizo sonar como ganso.

—¿Qué yo qué?

¡Gracias por su paciencia!

La verdad que la inspiración no llegó la semana pasada, y, en general, tampoco fue una buena semana. Pero dicen que las musas son caprichosas, y llegan cuando les canta a las muy malditas.

Gracias de nuevo por su paciencia. No creo que sea lo mejor que haya escrito, pero sirve como preludio para lo que realmente tengo ganas de escribir.

Todo a su tiempo y orden.

Coméntenme qué les pareció. ¡Porque se vienen las vacaciones, jojo!