*Se han omitido la existencia de ciertos preservativos para la conveniencia del guion. Existen muchos, y nunca está de más saber cuáles son.

*Este capítulo contiene gente caliente.

Sanemi se recostó en el suelo.

No cabía en su estómago ni un solo bocado más.

Los niños habían vuelto a jugar al pin-pon. Y no hubo modo de distraer a Kanao de Tanjiro. Ella le dedicaba todas sus miradas, toda su atención y toda la iniciativa que pudo tener por el día fue solo para él.

Quizás por la modorra o por la cantidad de cosas que podían pasar en un día, se sentía tan cansado.

Pero, en un buen sentido.

Le pesaban los párpados y sentía la espalda ligera, pero la cabeza pesada. Los hombros dejaron de dolerle y sus pies, limpios y secos, rogaban por estar debidamente reposados bajo una manta tibia y suave.

Era la segura sensación de relajo. La que no sentía desde hacía un buen tiempo. Aun con el pequeño dolor en la frente, a Sanemi le dieron ganas de cerrar con listón de oro el día dirigiéndose al cómodo futón que lo esperaba en su habitación.

Aunque…

Sanemi ladeó la cabeza, pensativo.

Quizás, solo quizás…

Sanemi se incorporó, y tocó discretamente el codo Kanae, quien se hallaba a su lado.

—Me iré a dormir…—anunció mirándola a los ojos con una sonrisa de medio lado.

Ella le devolvió con una sonrisa muy amable y dulce, mientras comenzaba a acariciarle el costado de su cabello.

—¡De acuerdo! Descansa.

Kanae tomó el rostro de Sanemi con delicadeza, y depositó un besito en su mejilla.

Sanemi no obtuvo la reacción esperada, por lo que la miró a los ojos unos instantes más. Como queriendo revelar sus pensamientos telepáticamente.

Ella sostuvo su mirada cariñosamente, pero Sanemi no notó ningún destello de entendimiento. Solo la chica se acercó a darle un fugaz beso en los labios, quizás pensando que él estaba esperando un beso.

Supongo que no. Pensó Sanemi encogiéndose de hombros.

Le besó la mejilla a su novia antes de dirigirse a su habitación.

—Buenas noches…—anunció el chico al aire, antes de desaparecer.

Recibió alguna que otra despedida cortés de parte de los presentes, en respuesta que ni se molestó en contestar.

Shinobu lo siguió con la mirada hasta que desapareció por completo.

Ella se sonrió con una maquiavélica sonrisa.

Se levantó y alzó sus brazos para aflojar la tensión en su espalda y hombros.

—Voy a tomar algo de aire…—anunció la muchacha—. El aire de montaña es muy agradable.

—De acuerdo—contestó Tomioka, todavía comiendo—. Te esperamos aquí.

Shinobu cerró los ojos, soltando un lento y paciente suspiro. Abrió los ojos mirando a Tomioka fijamente.

—Cierto, la luna está especialmente hermosa hoy.

Su hermana alargó una sonrisa y Tomioka la miró fijamente, sin saber muy qué contestar.

—¡Sí, creo que está llena hoy! —comentó su hermana por cortesía.

Tomioka no dijo nada. Solo asintió con la cabeza y volvió a terminar de comer lo que le faltaba en el plato.

Shinobu suspiró.

Ni modo, pensó.

Tomó una de las mantas que los dueños dejaron a su disposición, se la colocó encima de los hombros y se expuso al frío de la noche montañosa.

Tomioka y Kanae se quedaron mirando la competencia que se dio entre los dos chicos menores.

Kanao llevaba una ventaja importante contra su rival. Tanjiro muchas veces perdía la pelota o anotaba puntos a favor de Kanao, y le costaba moverse y seguir el ritmo de la chica una vez que ella se ponía seria.

Pero en una ocasión, Kanao perdió la pelota en mitad de la malla, y ésta se deslizó y escondió por debajo de la red.

Los dos se encontraban equidistantes de ella, por lo que se estiraron para alcanzarla para lanzarla una vez más. Sus dedos se encontraron en la esfera y apartaron sus manos nada más sentir el roce, pues no querían interrumpir el alcance del otro.

Kanao y Tanjiro rieron torpemente, un poco sonrojados.

Kanae ladeó la cabeza absolutamente enternecida, y Tomioka, aunque debía admitir que el amor adolescente era de las pocas cosas que le daban una real vergüenza ajena, se convenció de estar frente a la excepción a esa regla, pues lograron sacarle una media sonrisa.

Pensaron en sus respectivas parejas, y hace cuánto que no estaban juntas. Sanemi y Shinobu fueron muy secos para despedirse-

Tomioka y Kanae levantaron la vista de la mesa, totalmente serios.

Kanae apoyó sus manos sobre la mesa y Tomioka soltó el plato de comida.

—¡Dios mío! —soltó Kanae. Castigándose a sí misma.

—Soy un imbécil —murmuró Tomioka.

Kanae pensó eso mismo, pero no lo dijo para no llamar la atención.

Se giraron para verse.

—Voy a dormir también, Tomioka—dijo Kanae con una sonrisa.

—A mí me dio algo de calor—replicó Tomioka.

Los dos se asintieron, sabiendo perfectamente lo malos que eran para dar excusas.

Se levantaron, y Kanae de dirigió a las habitaciones, mientras tanto, Tomioka imitó el comportamiento de Shinobu.

Los dos niños se quedaron jugando a pegarle a la indefensa pelotita con sus grandes paletas. Casi ni notaron que los dos adultos se habían ido de la habitación.

Parcialmente, fueron capaces de contestar a Kanae diciendo que no fueran a dormir muy tarde, pero tan pronto como el sonido de su voz se disipó ellos prácticamente se olvidaron de ella.

Shinobu abría su boca y exhalaba su propio aliento, con la esperanza de ver un vaho plateado. Pero no se explicaba cómo a pesar del frío que sentía en su nariz y en sus pies, no se veía el aliento que salía de su boca.

Estaba pensando seriamente en entrar de nuevo, abandonando toda esperanza de que su pareja viniera a acompañarla. Pero las pequeñas luciérnagas que parpadeaban en la oscuridad, se lo hacía pensarlo mejor.

Además, la luna estaba preciosa. Literalmente.

Era tan brillante que ampliaba su visión que en otras noches sería imposible distinguir las piedras de los árboles, o el agua del barro.

La vista al jardín era preciosa. Ese toque azul que otorgaba la luna a los pequeños estanques, a los bambúes y a las rocas, junto con las luciérnagas que revoloteaban tan tranquilamente, tan diferentes del bullicio de las moscas y mosquitos o al aleteo veloz de las mariposas.

Era una vista hermosa, pero se estaba congelando.

Tan pronto encontró otra distracción para olvidarse del frío, unas grandes y cálidas manos comenzaron a rodear su cintura con lentitud.

El cuerpo que vino con las manos, se pegó en su espalda, en su cintura y hasta poco más debajo de sus caderas. Era un cuerpo firme y tibio, que era perfectamente reconocible para ella.

Estiró su cuello a un lado para dejar pasar la cabeza de su amado, y que éste la apoyase en su hombro.

Tomioka estrechó el abrazó y Shinobu se alegró tanto que se avergonzó un poco de ello.

Ella posó sus finas y diminutas manos sobre los brazos de Tomioka y comenzó acariciar lo que alcanzara de ellos con uno de sus pulgares.

—Ya pensaba que me ibas a dejar morir congelada.

—En mi defensa. Ese fue un mensaje un poco críptico.

Tomioka apoyó su cabeza sobre la de Shinobu, y prácticamente reposó sobre ella.

—¿La estás pasando bien? —preguntó la chica, ahora dando cariños a la mejilla del Tomioka.

Él asintió sin despegar su cabeza. Estrechó el abrazo, cubriéndola con el calor del chico en su espalda, en sus muslos y en sus manos, estremecidas ante su calor. Tomioka se meció de izquierda a derecha suavemente con los ojos cerrados, mientras Shinobu acariciaba su mejilla con suavidad, extendiéndose a las hebras de su cabello.

Trató de colocar su mejilla en la cabeza de la muchacha, pero sintió una dureza, no propia del cráneo y del cabello.

—¿No te has quitado del broche?

—¡Ah! Tienes razón—Shinobu se llevó la mano a la parte de atrás de su cabeza—. Es por la costumbre después del baño. Me lo quitaré.

—No, no…—musitó Tomioka con suavidad, tomándola de las manos para impedírselo—. Déjame a mí.

Shinobu apartó sus manos, pero lo miró por encima del hombro.

—Sé gentil…—sonrió ella juguetonamente.

Tomioka tomó el broche con delicadeza para desatarlo. Puesto que el cabello de Shinobu todavía estaba ligeramente húmedo y sedoso por su cuidado, fue muy sencillo quitarlo sin dolor.

La pequeña melena de la chica cayó y un dulce aroma escapó de la atadura del broche hacia sus fosas nasales.

Shinobu se había desacostumbrado a llevar su cabello suelto. Era una melena ondulada que no llegaba a pasar por sus hombros, pero su cabello era lo suficientemente fino como para enredarse con facilidad, por lo que desde que tuvo la edad para peinarse sola, había decidido usar un broche para domarlo.

Tomioka comenzó a acariciar la nuca y las hebras libres de Shinobu. Introducía sus dedos entre los mechones de cabellos hasta alcanzar el casco, tan lenta y tan concienzudamente, que hacía a Shinobu estremecerse en un agradable escalofrío.

Ella soltó un suspiro silencioso, no queriendo hacer ruido. Pero Tomioka la notó, y también notó, una vez que mantenía la cabellera sujeta en una de sus manos, el cuello desnudo de Shinobu producto de la yukata.

Tomioka observó el cuello deliberando su propia tentación.

Delgado, de piel tirante y pálido por el reflejo de la luna. Se veía suave…

Pasó su pulgar un poco más debajo de lo que cubría la yukata, y lo traslado hasta donde nacía su cabello. Su cálido dedo seco puso en alerta a Shinobu.

Luego, incapaz de resistirse, acercó sus labios hasta su cuello.

Shinobu arqueó su espalda al sentir la cálida exhalación de Tomioka tras ella, luego sintió sus mejillas frías, sus largas pestañas cosquilleándole y, finalmente, los labios suaves del chico atacando su cuello.

Shinobu soltó una exhalación sonora, y sorprendida sintió su corazón acelerarse. Tomioka contuvo el escape de su cuerpo rodeando su cintura con uno de sus brazos. La apegó más contra él. Más fuerte. Y la postura la obligó a inclinarse sobre su propio estómago.

Sentía los cálidos labios de Tomioka en su nuca y la humedad que su lengua. Pasaba suavemente. Con lenta frustración. Haciéndola sufrir. La rodeó con sus dos brazos y la estrechó todavía más contra él.

Shinobu comenzó a respirar más profundamente, comenzaba a soltar jadeos suaves ante los besos y la presión. Por inercia, levantó sus hombros para mermar el cosquilleo, pero resultó inútil contra Tomioka, que simplemente se abrió paso presionando un poco más.

Tomioka comenzó a mover sus labios alrededor del cuello, dando pequeños besos hasta llegar el costado, muy cerca de la oreja de la muchacha. Una vez ahí, levantó un poco la cabeza, aflojó el abrazo y dejó un gentil y cariñoso beso sobre la oreja de Shinobu.

Ella soltó un gran suspiro cuando el abrazo aligeró, y logró llevar varias ideas a su cabeza. Y una se le vino a la cabeza cuando Tomioka regresó a su labor.

Shinobu levantó una de sus manos e introdujo sus dedos en el cabello de Tomioka, luego, dio un pequeño, pero agradable tironcito.

El maltratado se dio por aludido y levantó ligeramente la cabeza.

Shinobu giró su cabeza para mirarlo.

—Sin marcas…—advirtió con una media sonrisa.

Tomioka frunció el ceño, haciendo un puchero. Se abrazó más a Shinobu y apoyó su cabeza sobre el hombro de la chica.

Shinobu se largó a reír. Su aguda y encantadora sonrisa. Aquella que a él le encantaba oír.

—Todavía no hace frío. Pero no falta mucho para eso…—comenzó a acariciar su cabeza, a modo de consuelo.

Tomioka suspiró irguiéndose correctamente. Deshizo ligeramente el abrazo y cuando una de sus manos pasaba por el vientre de Shinobu, ella atajó su mano. La entrelazó y la apoyó sobre su vientre.

La mano del chico era grande, de dedos delgados y solo con separarlos podía abarcar bastante del torso de Shinobu.

Ella apoyó su nuca en su pecho y él, su mentón, sobre la cabeza de ella.

—¿Irás a tu casa cuando acabe el viaje?

Shinobu soltó un sonido dubitativo.

—Iré a casa de mi novio después del viaje.

—¿Sí?

—Sí—contestó ella con una sonrisa—. Pensaba quedarme un fin de semana. ¿Me pregunto que me dirá?

—Seguro te dirá que no—contestó Tomioka cerrando los ojos—. Mejor ven conmigo…—la abrazó con el brazo que faltaba—. Yo te doy cobijo…

Shinobu sonrió.

—Me lo pensaré.

Kanae observó gustosa cuando los chicos la ignoraron completamente cuando se fue en dirección a las habitaciones.

Había dos habitaciones, y Kanae no entró en la suya.

Deslizó la puerta, casi levantándola y se adentró furtivamente. La cerró tras de sí con suavidad, casi sin hacer ruido. Se quedó quieta con las manos tras su espalda, todavía sintiendo la madera sobre las yemas de sus dedos.

De algún modo estaba nerviosa. Su corazón bombeaba con fuerza en su pecho, sin embargo, no estaba acelerado.

Kanae no supo decir si estaba nerviosa o si el silencio sepulcral que reinaba en la habitación.

De cualquier forma, Kanae sonrió, ahora con emoción.

Pese a la noche y al muy pequeño rayito de luz de se filtraba por la ventana abierta, Kanae era capaz de distinguir nítidamente el paisaje ante ella.

Shinazugawa estaba recostado en su futón. Kanae no era capaz de ver si realmente dormía o pretendía hacerlo.

En cualquier caso, iba a saciar su curiosidad muy pronto.

Se acercó despacio, sin hacer ruido y al llegar hasta el futón de Shinazugawa, Kanae se sentó sobre sus piernas, para admirarlo.

Tal parecía que efectivamente estaba durmiendo.

Al dormir, Shinazugawa se desprendía de todas las arrugas que aparecían en su frente, cerca de su boca y en su ceño, producto de la constante expresión de alerta que llevaba encima. Su semblante se había relajado.

Kanae sonrió con ternura.

Estaba guapo.

Sus largas pestañas caían sobre sus pómulos y su boca estaba ligeramente entreabierta, dejando escapar suspiros lentos y pesados.

Levantó uno de sus dedos y luego picó suavemente el hombro de Shinazugawa.

No hubo respuestas a la primera. Pero continuó unas veces más aumentar la presión o la velocidad.

Shinazugawa finalmente abrió los ojos abruptamente e inspiró con fuerza, en una expresión asustada. Se incorporó sobre sus codos en alerta, pero cuando identificó a Kanae se dejó caer nuevamente sobre la almohada.

—Hola… Perdón por despertarte—susurró Kanae.

Sanemi sonrió somnoliento. Estiró su mano para posarla sobre una de las rodillas de Kanae.

—Hola…—respondió Sanemi con una voz ronca y suave—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Vine para mendigar calor. Hoy hace un poquito de frío.

Sanemi se apoyó sobre sus codos y abrió las mantas de la colcha, como quien abre la puerta para dejar pasar a alguien.

Kanae le echó una mirada sobre el cuerpo de Sanemi.

Él tenía la mala costumbre de atarse mal la yukata y de mostrar más partes de sus pectorales y de su abdomen de lo necesario. Empero, Sanemi tenía la buena costumbre de atarse mal la yukata y mostrar más partes de sus pectorales y de su abdomen de lo necesario.

Kanae se lanzó sobre el futón y se pegó a él en un abrazo fuerte. Él le devolvió el gesto más despacio y pausadamente.

Se alegró de sentir sus suaves pechos y muslos contra él, el aroma de su acondicionador y de su mano haciendo círculos sobre su espalda.

Kanae disfrutó el exquisito calor que la rodeó nada más ser cobijada por la manta, le encantaba sentir los brazos de Shinazugawa en un abrazo, cómo acomodaba su cuerpo para que ella cupiera perfectamente y adoraba sentir su respiración sobre su hombro y oído.

Pero todavía no estaba del todo satisfecha con su temperatura corporal.

Kanae comenzó a mover sus piernas en dirección al chico.

Sanemi aspiró aire con los dientes apretados.

—¡Kanae, tienes los pies helados!

—¡Tengo frío! —exclamó ella ahogadamente bajo las mantas, sonando lastimera y pobrecita.

Kanae contrajo su abrazo y, aprovechando que el chico tenía la yukata más abierta de lo que debería, se atrevió a colar sus manos por debajo de la tela, sintiendo la ardiente piel bajo sus manos.

Sanemi, por otro lado, sintió un par de navajas frías que le pasaron por el costado y por la espalda, y todos los músculos de su cuerpo se pusieron tensos ante el contacto.

—¡Kanae! —se quejó.

Kanae también metió su pequeña nariz en el lugar entre la clavícula y el cuello.

Sanemi alargó un quejido, sintiendo que se despertaba un poco más, pero no lo suficiente como para reaccionar a consecuencia. Por lo que se rindió y dejó que Kanae hiciera lo que quisiera con su cuerpo.

—¡Te quiero mucho! —dijo ella, apoyando su mejilla sobre él.

Consentida, así como la quería.

—¿Oye, y tú me tienes de estufa personal, o qué? —Sanemi bajó la vista para mirarle el cabello oscuro.

Kanae alzó la mirada sin perturbarse. Era una sonrisa amable e imperturbable. Esas sonrisas siempre ocultaban algo.

—De que me calientas, me calientas. Así que… No estás del todo equivocado.

La chica entornó los ojos, con una expresión más audaz y traviesa.

Sanemi alargó aún más su sonrisa.

Se inclinó sobre el rostro de Kanae.

—¿Y de qué forma? —ronroneó el chico.

Kanae apartó la mirada riéndose y los labios de Shinazugawa llegaron a su mejilla. De ahí comenzó a recorrer más y más al costado, en dirección a su oído.

—¿De qué forma, Kanae? —insistió él en un susurro.

—¡Ya! —rio la chica tratando vanamente de apartarlo—. ¡No hace falta ser tan explícito! ¡Eso le quita la gracia!

Él se rio en su oreja, haciéndole cosquillas.

Shinazugawa se separó y la miró a los ojos.

Se sostuvieron un rato hasta que Sanemi comenzó acercarse despacio. Los unió en un beso tan dulce, tan lento, tan cálido. Sintiendo la presión justa y suave propia de los labios de Sanemi, y él, sintiendo la picardía y excitación de parte de los de ella.

Sanemi le pasó la mano por el pelo, y apartó los mechones que descansaban sobre la cara de la muchacha, pero no se detuvo y hurgó suavemente entre las hebras de cabello azabache de Kanae, haciéndola estremecer.

Kanae tiró de la yukata de Sanemi varias veces, hasta que él se percató de sus intenciones.

Se alejó de los labios de Sanemi y comenzó a dar pequeños y tiernos besos en su mejilla, en los vértices de su cara y hasta su cuello. Seguía tirándolo.

Sanemi tragó saliva gruesamente. No tenía ninguna gana de estar encima.

Y se sintió tan mal pensando decir en voz alta que le dolían las pantorrillas y la espalda baja, igual que un viejo con achaques. Y porque la flojera se lo estaba comiendo, producto de haber dormido su buena media hora.

Por lo que, tratando de ocultar su desidia y su dolor, sonrió tan galantemente su cara se lo permitía, y realizó su movimiento:

Se recostó de espaldas y la rodeó con un brazo por la cintura, ahí, la alzó para echársela encima. Kanae quedó a horcajadas sobre su torso y con sus dos manos sobre sus pectorales.

Kanae alzó su tronco para mirarlo desde arriba, y se sonrió al verlo.

A parte del gracioso moratón que descansaba en su frente, Sanemi achicaba sus ojitos al sonreír y cuando lo hacía, sus ojos tomaban un brillo que no era propio de la opacidad que los caracterizaba.

Que nadie más que ella descubriera eso. Que esa sonrisa fuera solo para ella. Que ese deseo que reflejaba en su mirada solo fuera para ella.

Kanae era de ojos caídos, casi tristes. Pero sus ojos tenían un destello ingenuo y radiante que mermaban esas características. Por supuesto, esos ojos también podían despertar una mirada sagaz y traviesa, Sanemi lo sabía.

Acercó su mano a su mejilla la acarició. Kanae cerró los ojos, con la esperanza de sentirlo bien y mejor. Luego tomó aquella mano entre las suyas y besó su palma.

Sin apartar las manos ni los labios de la mano, Kanae le miró con una sonrisa traviesa. Ahora la imagen se había vuelto más sugerente.

Justo en ese momento, Kanae comenzó a mover su pelvis contra el abdomen de Shinazugawa.

Sanemi abrió los ojos sorprendido, al ver como un gesto tan dulce se torció tan rápido hacia la perversidad.

Ella no pasó por desapercibida aquella expresión. Volvió a cerrar los ojos para continuar besando la palma y muñecas de Shinazugawa.

Le hacía cosquillas en la mano y más allá de su vientre comenzó a sentir cierta incomodidad. Palpitando, comenzando a doler un poco.

Sanemi apartó su mano y cogió por el cuello de la yukata a Kanae para atraerla hacia él.

Ella fue atrapada por los labios de Shinazugawa, y no resistió a ello. Se dejó querer, dejó que comenzara a mover sus manos por su espalda, que apretara su cintura con suavidad y que acariciara sus muslos y lo dejó hurgar bajo su yukata.

Ella estaba ocupada desprendiéndolo de la parte de arriba de la yukata, pero Sanemi se apresuró a sus movimientos, y lo hizo él mismo. Se sentó y dejó caer la parte de arriba sobre el futón.

Se dejó ver su espalda ancha, su torso bien formado y sus brazos firmes y tibios. Pero la cinta a la altura de la cintura ocultaba todavía la mejor parte.

Sanemi la abrazó, queriendo sentir los pechos de Kanae contra él, suaves, inusualmente blandos, para su apariencia tan firme. Le abrazó las caderas con sus piernas y la aprisionó contra él.

Se acercó a besar su cuello, esta vez más apremiado que antes. Sabía que nunca era bueno tener prisa, sabía que siempre era mejor hacerlo frustrantemente lento, de modo que siempre dejaras con ganas de más, pero Sanemi se olvidó de todo ello.

Semanas habían pasado y, finalmente la estaba tocando.

Kanae finalmente soltó un suspiro tan placentero que se sintió avergonzada de emitir. No era normal desear tanto el contacto con una persona. No era ni medio normal. No podía ser normal que desear tanto los besos, abrazos y el cuerpo de un hombre.

Su deseo le pareció sobredimensionado, tan alto, tan desesperante que le pareció vivir en un sueño.

"¿Hace cuánto que no hacíamos esto…?", pensaron los dos al mismo tiempo.

Kanae lo vio a los ojos. Estaba ido completamente por el placer, casi parecía suplicar con la mirada que no se detuvieran.

Y no iba a hacerlo. Por el orgullo de Kanae, eso no iba a pasar.

Pero antes.

—Shinazugawa…—logró decir Kanae ahogada por el abrazo—. Protección… ¿Has traído?

Sanemi abrió los ojos desmesuradamente, sintiendo como se le enfriaba la espalda de un escalofrío. Se despegó del cuello de la chica y la miró a los ojos con cierto temor.

Kanae comenzó a enfriarse también, a medida que analizaba las facciones de Shinazugawa.

La tomó por los brazos, desesperado.

—Kanae… Dime que lo has traído tú…—rogó Sanemi, como si se tratara de una deidad.

Ella se giró a un punto oscuro de la habitación. Completamente abatida.

—No. No he traído.

Sanemi alzó sus manos del cuerpo de Kanae y las dejó caer sobre sus costados.

Kanae se bajó del regazo de Shinazugawa, y se desplomó a su lado como saco de papas sobre la almohada.

Sanemi se cubrió la espalda con la yukata, pues empezaba a hacer frío. Se quedó sentado a su lado, sintiéndose indigno de recostarse junto ella.

A lo mejor era momento de empezar a conversar sobre alternativas.

Sanemi la miró de soslayo y la vio recostada. Ella tenía la mirada perdida; se veía tan descorazonada que a Sanemi le dio lástima.

—Lo siento…

—Debías de haberlos traído…—contestó ella en una voz ecuánime, ligeramente irritada.

—A ti te encargamos los repuestos, en caso de que yo los olvidara—se defendió Sanemi.

Kanae quiso levantarse indignada para contestarle, pero eso no iba a resolver nada. Además, no es como si estuviera ahí para pelear con Sanemi. Fue para otra cosa.

Ella soltó un frustrante suspiro contra la almohada.

—¡Estoy harta de esperar!

—Podemos hacerlo en otro momento…—la consoló—. Más adelante. Seguro…

Él mismo dudaba que eso fuera a pasar pronto.

Sanemi se había puesto a trabajar a medio tiempo aquel verano y Kanae se propuso a ayudar a los estudiantes en un semestre de verano incentivo para quienes estuvieran atrasados en las materias, o para ellos que quisieran adelantarlas.

Y en breve empezaba la rutina del próximo semestre de sus carreras.

No faltaba mucho para el fin de las vacaciones. ¿Cuándo iba a ser la siguiente vez?

Nadie se había muerto de lujuria. Hasta ese momento.

Sanemi se recostó junto a ella y la cubrió con la manta. Ella se dejó cuando la abrazó por la cintura y cuando se resignó, finalmente, lo abrazó y dejó que le acariciara el cabello y él se agradó al sentir sus caricias en la espalda y cuando ella le hacía cariño en el pelo.

Así se quedaron.

—¿La has pasado bien? —preguntó Kanae.

Tuvo que subir una cuesta que le dejó lesiones en las piernas y en la espalda, lo atacaron dos veces, sus intentos para alejar a Kanao de Tanjiro habían resultado un fracaso y había olvidado la protección para atender a su dama en los menesteres más íntimos.

Esto último lo condenaba completamente. Era la segunda vez que ocurría, y acordarse de la primera implicaba recordar a Tanjiro, lo que le irritaba todavía más.

Y de algún modo, pese a todo, le dejó una buena sensación.

Estuvo todo el día con Kanae, su cuñada le soltó un "gracias" y Kanao lo perdonó muy rápido. Se relajó en las aguas termales, comió la mejor comida que probó en años, Tomioka soltó unos comentarios que lo hicieron reír, y tenía a su novia, abrazado a él, en un muy suave y cómodo futón.

—Sí…—contestó él arrimándose más ella.

Kanae se conformó con abrazarle con fuerza.

Poco rato después, Kanae sintió los suaves ronquidos de Sanemi. Y hace rato que había dejado de escuchar la pelotita golpear la mesa y las paletas.

Se desprendió de Sanemi y lo dejó seguir durmiendo. Lo cobijó y le dio un beso en la frente.

Llegó a su cama, casi con ganas de llorar.

Sí pensaba que era posible morir de lujuria… De otro modo no se explicaba por qué se sentía como se sentía.

Kanao y Tanjiro estaban jadeando.

Se habían puesto muy interesantes las cosas entre los dos.

La competencia entre ambos los había dejado exhaustos.

Kanao era una verdadera bestia con respecto a los deportes, según se rumoreaba en el instituto. Y Tanjiro no se quedaba atrás en cuanto a esta habilidad, pero Kanao no tenía comparación en un juego de reacción como el tenis de mesa.

Tanjiro la pelea que le fue posible, pero Kanao no tenía rival. Iba siempre de a cuatro a siete puntos arriba siempre.

En cierto punto, y luego de perder otro punto, Tanjiro se dio cuenta que no podía más.

Kanao tenía puesta la paleta frente a ella, y Tanjiro la dejó sobre la mesa, pidiendo tregua con cada célula de su cuerpo.

—Bebamos algo. Me ha entrado la sed.

Hasta que Tanjiro no lo mencionó, ella tampoco se había percatado de la sed que ella tenía.

—De acuerdo.

Le entregó una botella a Kanao y juntos tragaron como si hubieran caminado por el desierto un buen rato.

—Eres muy buena, Kanao.

Ella sonrió amablemente.

—Tú también—respondió, como si lo tuviera más que ensayado.

—¿La técnica está en la muñeca? —preguntó Tanjiro—. Muchas veces pensé que había pillado la técnica, pero luego volvía a perder.

—Además de eso, hay que estar atento a dónde va a caer. Pero también hay que…—Kanao se detuvo pues había quedado sin aire. Se tomó unos segundos para seguir jadeando y continuó—….Hay que saber la trayectoria de la pelota cuando va hacia tu lado. Hay que tener ojo en eso.

Tanjiro rio ante la ocurrencia, haciendo a Kanao sonrojar.

—Vayamos afuera a tomar aire. ¿Te parece?

Kanao quería ir. Por lo que lo siguió hasta una de las puertas del jardín y las abrió.

El frío viento de la noche de la montaña les pegó en forma de ráfaga sobre sus ardientes mejillas y sudorosa frente. Fue una sensación asombrosa y relajante.

Inspiraron fuertemente y se sentaron en el suelo.

Abrieron los ojos ante la maravilla natural que se alzaba sobre ellos. La hermosa luna no cabía dentro del cielo que conformaba el jardín japonés. Se escapaba un poco por abajo, pero los niños no dejaron de sorprenderse.

—Es una "Superluna" —dijo Tanjiro—. ¡Qué suerte tenemos de verla tan alto!

Kanao la miró sin expresión. No es que no la encontrara hermosa, pero siempre había algo que quería ver, y que nunca había podido identificar. Quería decir algo. Pero nadie le había preguntado o le habían dicho algo.

Pero una serie de palabras salió de ella, tan asombrosamente rápido, fluido y claro que hasta ella se sorprendió.

—Tanjiro. ¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que tú quieras.

—¿Dónde está el "conejo de la luna"?—preguntó Kanao.

—En la luna no hay conejos, Kanao—respondió Tanjiro, sintiéndose muy perspicaz.

Kanao frunció el ceño e infló sus mejillas haciendo un puchero. Pero no estaba enfadada, en lo absoluto. Quizás quería darle una colleja o un coscorrón por creerse muy inteligente. Pero extendió su mano, y estiró su la mejilla de Tanjiro, tal cual su hermana hacía con Sanemi a veces.

Tanjiro alargó una risa y se la contagió a Kanao.

—¿Ya, ya? ¿Pero sabes de verdad que no hay conejos en la luna? —Tanjiro continuó.

—¡Lo sé! ¿Pero sabes a lo que me refiero? ¿no?

Tanjiro asintió, con una sonrisa.

—¿Ves la parte más oscura de la luna? ¿La de los cráteres? —Tanjiro apuntó interponiéndose en la línea de visión de Kanao, para que así le fuera más fácil—. Se supone que la parte negra de la luna forma la figura de un conejo.

Kanao ladeó la cabeza confusa.

—Nunca puedo identificarlo… ¿Cómo se supone que se ve?

—Se ve de costado. Pero aun así puedes ver sus dos orejitas—Tanjiro miró a Kanao, pero su rostro de confusión no había desaparecido—. Déjame traer algo. Espera aquí, y sigue intentado.

Tanjiro volvió en un rato. En el que Kanao por más que diera vueltas sobre su cabeza no descubría la figura del animalito en el astro.

El chico traía en su mano un lápiz y un papel, y se sentó en el frío de la noche a dibujar la silueta del animal. Iba a marcar la línea de la luna para que Kanao pudiera verla. Comenzó a trazar línea tras línea, hasta que sonrió satisfecho.

Le mostró su obra a Kanao y ella solo frunció todavía más el ceño. Alzó la vista, absolutamente consternada.

—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Un derrame ocular?

—Es la luna. ¿No parece la luna?

Kanao bajó la vista. La verdad es que los trazos temblorosos y casi infantiles le confundían todavía más. Ni en la representación fue capaz de ver al dichoso conejo. Pasó su vista del astro de verdad a su dibujo una y otra vez y es que las diferencias estaban ahí.

—Déjame tratar otra vez.

—¿Puedo intentarlo? —preguntó Kanao.

Tanjiro le entregó el papel y el lápiz, y Kanao utilizó su visión y su firme mano para dibujar una representación, si bien no perfecta, bastante más cercana a lo que Tanjiro había dibujado.

Tanjiro puso el papel sobre la mesa, y con el mismo, comenzó a pintar la figura, Kanao comenzó a abrir los ojos a medida que él coloreaba.

—¡Ya!—alzó la vista y observó el satélite—. ¡Ya lo he visto!

Se alegró tan emocionada como una niña. ¡Tantos años de ver la luna! ¡Y nunca vio el conejito que estaba en él!

—Qué tonta…—se dijo a sí misma, un poco avergonzada.

—Nada de eso. Mi hermana Nezuko decía que era un elefante y no un conejo. Me costó lo suyo hacerle ver que también había un conejo.

Kanao abrió los ojos otra vez.

—¿Hay un elefante también?

Ella suspiró recostándose sobre sus manos.

—Dejemos los animales por hoy.

—De acuerdo—Tanjiro se giró a mirar la luna—. En todo caso. La luna está preciosa.

Tanjiro guardó silencio. Dándose cuenta de lo que había dicho.

Inmediatamente se acordó de las palabras de Tomioka, cuando Zenitsu le preguntó qué había que hacer o decir para conseguir una chica, justo después de que se enterara de que tenía novia y que se negara categóricamente a decir su nombre.

—"La luna está preciosa"—respondió Tomioka solemnemente. Luego se encogió de hombros—. Al menos, eso funcionó conmigo.

Tanjiro se sonrojó. ¿Acaso Kanao sabría también el significado de esas palabras?

Se giró para ver que Kanao estaba tan roja como un tomate, pero miraba directamente en dirección a la luna. Sin sostenerle la mirada.

Tanjiro abrió los ojos, queriéndose morir.

"LO SABE. ¡Maldita sea!". ¿Qué debía decir después de eso? ¿Había que esperar una respuesta? ¿Había que rectificarse? Tanjiro comenzó a hacer su cerebro trabajar.

Kanao por supuesto sabía el significado de esas palabras. Pero no sabía que contestar a eso. ¿Había que contestar algo a eso? ¿Debía limitarse a decir "gracias"? ¿Pero no sería eso muy cortante?

Una vez, Kanao escuchó a Daki hablar en los pasillos con una de sus amigas. Una de ellas le preguntó cómo coquetearle a alguien que te gustaba. O qué hacer durante una conversación con esa índole.

Daki le dio un enorme bocado a la barra de cereal que estaba comiendo, luego, comenzó a hablar con la boca llena.

—Primego, tienez que concentragte—tragó lo que tenía en la boca—. ¡Hay que ser veloz! Y para eso tienes que relajarte y decir lo que se te venga a la mente, pero estando segura. Y si estás segura, lo que dices no parecerá tan estúpido. Lo segundo, es que tienes que ver el coqueteo como una pelea a puños.

—¿¡Qué!? —replicó la chica con absoluta preocupación. Todas las chismosas, incluyendo Kanao alzaron una ceja entre la preocupación o la confusión.

—¡Claro! Es como una pelea. Si él te pica con un dedo. Tú le das una bofetada. Pero debes estar lista para recibir un puñetazo. Entonces, es cuando lo matas de un disparo—Daki hizo un gesto con la mano.

Kanao se inclinó sobre su cuerpo y reposó su cabeza sobre sus manos entrelazadas, tratando de ocultar su expresión nerviosa.

¿Qué mierda quería decir todo eso? ¡Además, si lo matas de un disparo, deja de ser una pelea de puños!

En todo caso. Había que decir lo que se te viniera a la mente. ¡Pero con seguridad! Ahí estaba la clave. No importaba lo que dijera fuera tonto.

Kanao suspiró, poniendo una expresión decidida. Casi feroz, incluso su rubor se había ido.

Se giró hacía Tanjiro con el ceño fruncido, y se lo pilló mirándola.

Kanao flaqueó ante la mirada constante de Tanjiro y quiso mandarlo todo por el garete. Pero era demasiado tarde para echarse para atrás. ¡Tenía que ser valiente!

Frunció el ceño, y por un momento, Tanjiro creyó que iba a morir.

—Tanjiro—habló con voz grave—. Tú también estás hermoso esta noche.

Tanjiro creyó que le dieron un puñetazo que lo dejó casi muerto.

Nadie nunca usaba el adjetivo "hermoso" con él. Mucho menos con esa expresión.

Se puso tan rojo como su pelo y sus ojos comenzaron a moverse a todos lados, tratando de encontrar las palabras correctas. ¿Lo había dicho en serio? ¿Con esa expresión?

Kanao no dudaba. No tenía una expresión de duda.

Tanjiro estaba demorando en contestar, y eso la estaba matando por dentro. Estaba a punto de replicar una disculpa, cuando sintió la mano de Tanjiro sobre la suya.

—Gracias, Kanao…—Tanjiro se sinceró. Ni siquiera trató de parecer genial al decirlo, pero esperó no oírse patético y triste—. La verdad es que viniendo de ti. Significa mucho.

No encontraba que era el chico más guapo de su instituto ni por lejos. Pero parecerle lindo o atractivo a quien te interesaba, debía de valer más que cualquier contrato para ser el galán de una película de Hollywood o el nuevo modelo de un perfume francés.

Kanao le gustaba Tanjiro. Por dentro y por fuera, y eso le hizo sentirse seguro.

Apretó la mano de Kanao con firmeza, pero no con fuerza.

Solo entonces Kanao lo comprendió. Ahí estaba el disparo. Kanao había perdido y Tanjiro ganado.

Su expresión de seguridad se deshizo como castillo de naipes. Pero no podía dejar de mirarlo. Su sonrisa la embelesaba, su expresión le hacía sentir segura. La llenaba de gozo estar ahí a su lado, tanto que le parecía imposible. No podía ser real sentir aquello por nadie. Con tanta intensidad.

Era comodidad, en toda la expresión de la palabra.

Era relajo puro y absoluto.

Kanao no recordaba cuándo había bajado la guardia así. ¿Cuándo fue la última vez que no estaba atenta a lo que le decían para obedecer? ¿Cuándo fue la última vez que no estaba lista o preparada para levantarse y hacer lo que le pidieran? ¿Cuándo fue la última vez que sintió tanto y quería expresarlo con cada célula de su cuerpo? ¿Cuándo fue la última vez que no estaba tensa y vigilante a las intenciones de los demás? ¿Cuándo fue la última vez que no tenía que plantearse una y otra vez, cuidadosamente, las palabras que tenía que usar para dirigirse a una persona, de modo que no se ofendiera o le explotara en la cara? ¿Dónde estaba la sensación de no tener el deber de complacer? ¿Qué era esa sensación de no tener que decir que sí…?

Qué era esa sensación de paz y de relajo.

Qué era sensación de seguridad, pero también libertad para simplemente… Ser, por ser, y no obedecer.

Kanao le sonrió a Tanjiro con tanto gusto que lo dejó pasmado.

Ella levantó sus brazos, casi poseída por sus deseos, y rodeó el cuello de Tanjiro en un abrazo.

Tanjiro se quedó en su lugar. No se apartó ni se acercó al rostro de Kanao. Estaba asombrado por ella.

Kanao ladeó un poco su cabeza, y unos instantes después, Tanjiro tenía los labios de Kanao sobre los suyos.

Cerró los ojos, pero desesperado por saber dónde debía poner sus manos, las movió unos momentos como si matara moscas unos instantes, antes de decidirse por ponerlas en la espalda alta de Kanao.

Ella lo jaló ligeramente hacia ella sin despegar sus labios.

Tanjiro estrechó el abrazó, ahora, pegados desde el plexo solar hacia arriba.

Kanao comenzó a besarlo lento. Quería sentir cada centímetro de sus labios, no quedarse sin uno solo sin saborear o recorrer. Tanjiro estaba frustrado por la lentitud del beso. Cada beso lo dejaba con ganas de más, pero tampoco quería tomar el control sobre lo que no conocía, por lo que simplemente dejó que ella siguiera a su ritmo.

Hasta que finalmente le gustó.

Pero el gusto adquirido muy pronto dejó de ser suficiente.

Tanjiro profundizó más y más en el beso, hasta que finalmente entreabrió su boca para dejar pasar su lengua.

Kanao comenzó a temblar, pero él la contuvo en su abrazo. Kanao no había liberado su agarre, pero con la mirada le pidió que fuera lento.

Tanjiro continuó.

Probablemente, el beso había sido un desastre pues apenas si sabía lo que hacía, pero en aquel momento, con su corazón corriendo más rápido que nunca, teniendo calor en todos lados, sudándole las manos de modo que no encontraba normal y desesperado por hace las cosas bien, fue una verdadera conmoción escuchar a Kanao soltar un pequeño gemido en su boca.

Se separó, dándose cuenta que le faltaba el aire. El sonido que emitió Kanao lo dejó… en un estado particular e incómodo.

Kanao también jadeaba, de manera muy diferente a la del principio. Era cansado, pero también relajado.

Sus mejillas ardían y no tenía frío. Miró a Tanjiro, un poco más segura de lo que generalmente lo hacía. Pero ya no iba a ser nada igual. Algo se lo decía.

Tanjiro tampoco tenía frío. Y se acercó poco a poco a Kanao. Ella no rehuyó de él, más bien, quería recibirlo con calidez.

—¿Chicos? —susurró Shinobu desde dentro—. ¿Están ahí?

Tanjiro y Kanao se hicieron la cobra mutuamente, y se separaron una distancia que fue demasiado alejada como para engañar a Shinobu una vez que sacó la cabeza para afuera.

¿Ver a un par de adolescentes enamorados a un metro de distancia del uno del otro?

Shinobu alzó una ceja, y los dos la vieron de soslayo como un par de cachorritos que se portaron mal.

Ella sonrió, absolutamente enternecida.

—¡No se queden hasta muy tarde! —cantó Shinobu levantando una mano en señal de despedida.

—¡Ya nos íbamos! —contestaron los dos a la vez.

Se levantaron y entraron pasando por el lado de la mirada de Shinobu, sin mirarse entre sí, pero siempre bajo la mirada de la pequeña dama.

Kanao se giró hacia su puerta y Tanjiro hacia la suya.

—Buenas noches…—se desearon, y cerraron la puerta tras de sí sin mirar atrás.

Shinobu se quedó mirando el pasillo, como si el polvo de los niños se hubiese quedado tras ellos.

Tomioka sacó la cabeza hacia el pasillo.

—Tanjiro no me contestó cuando le hablé— luego miró a Shinobu—. Me ignoró completamente.

Shinobu comenzó a reír.

—Vayámonos acostumbrando a eso.

En la puerta, Tomioka se inclinó hacia Shinobu y cerró los ojos, esperando su despedida.

Ella puso de puntitas y le dio un beso corto en los labios a Tomioka.

—Buenas noches, Tomioka.

—Igual—contestó él.

Kanae ya se hallaba dormida en su futón. Dormía a pierna suelta y con la boca bien abierta, con una pierna sobre las cobijas y la otra bajo la otra.

Encendieron la luz para arreglar sus cosas, pues el sueño de Kanae era tan profundo que era imposible despertarla ni aun con gritos o discusiones acaloradas.

Shinobu y Kanao tomaron los futones de los extremos a ella y se prepararon para dormir, para cerrar con broche de oro la noche.

Shinobu se había metido bajo el cobertor, cuando le echó una mirada a Kanao.

Tenía agarrado la cobija con fuerza y miraba, sin ver, un lugar en la puerta. Como si estuviera sopesando o pensando en algo muy profundamente, con mucha desesperación.

—Iré al baño un momento.

Se levantó y dejó a las dos mayores solas en la habitación.

Una vez ahí, Kanao se quedó un momento pegada a la puerta, con la luz encendida.

Estaba nerviosa y un poco nerviosa de lo que estaba por descubrir. Pero no había otro modo.

Kanao se desató la yukata, deseando que todo el mundo estuviera dormido, excepto ella.

Abrió la tela y bajó su ropa interior hasta las rodillas.

Abrió los ojos anonadada. Absolutamente, roja como un tomate.

Se abrazó a sí misma un poco avergonzada, como si alguien pudiese escuchar sus pensamientos.

¡¿Pero cómo es posible!? Pensó. ¡Si solo nos besamos!

A diferencia de lo Zenitsu pensaba, efectivamente, existía un camino de tierra que llevaba a algún lugar.

Después de un tiempo de caminar entre las rocas, árboles y sonidos y mosquitos desagradables, Inosuke los guió hasta un camino de tierra. Estaba delimitado, y fue relajo para sus maltratados pies.

Cualquier cosa en ese momento, parecía mejor que caminar en la montaña.

—¿Falta mucho? —preguntó Zenitsu, en una queja lamentable.

—Después de esta subida, llegaremos—indicó Inosuke.

En todo lo que llevaban de viaje, Inosuke no se había quejado una sola vez. Ni una. Ni siquiera por los malditos mosquitos, que él simplemente agarraba con la mano o lo aplastaba contra su piel haciéndola sonar.

Zenitsu se murió de envidia.

En todo ese tiempo que empezó a vivir con las comodidades de la ciudad, debió de haberse dormido en los laureles, como mínimo, en alguna cosa. Volver al bosque era tan poca cosa para él.

Zenitsu trató de volver al club de atletismo. Seguía siendo el más veloz, pero le costó un montón volver por sobre lo que había logrado. No se quedó por mucho tiempo.

Pero el club de kendo tampoco estaba tan mal.

Cruzaron la cima, esperando ver un solar, una cueva, un campamento improvisado, Zenitsu se dio de cara con una casa muy acogedora, de la que salía fuego de una chimenea. Justo lo que sus ropas mojadas y sus pies adoloridos necesitaban.

Tuvo ganas de besar a Inosuke de no ser porque le daba asco besar cabezas de animales muertos, hombres y a Inosuke en especial.

—¿Cómo encontraste esta casa?

—Me la encontré un día mientras buscaba comida.

Inosuke tocó la puerta.

Los recibió un hombre de unos treinta años, con una maza de hierro sobre el hombro.

—¡Hola! —saludó nada más le abrieron la puerta—. Quiero quedarme esta noche.

Zenitsu abrió los ojos, y trató de levantar las manos en su defensa.

—¡Quiere decir si puede quedarse esta noche, señor! —él juntó las manos en un gesto diplomático—. Verá, somos un par de chicos perdi-

—Bueno. Pero ve a bañarte, cuanto antes. No te acerques al abuelo mientras estás sucio.

—¡De acuerdo! —exclamó Inosuke—. ¡Vamos, Chunitsu!

El hombre y Zenitsu se miraron largo y tendido, Zenitsu incrédulo y el hombre calvo con impaciencia.

—¿Y tú? ¿Vas a dormir afuera? —preguntó con el ceño fruncido.

—No, señor. Con permiso, muchas gracias—respondió Zenitsu solemnemente.

Después de un día como aquel, un baño y una comida más que decente fue lo que necesitaba Zenitsu.

La devoró casi llorando, se alegró de dejar de sentir frío por un momento y de cruzar sus piernas alrededor de la mesa para descansar.

Inosuke le contaba a un anciano que estaba entre los ochenta y el sepelio sus aventuras edulcoradas y fantásticas sobre lo que era vivir en la sociedad, mientras el hombre de treinta años les servía la comida.

—Así que te va bien en la ciudad, Inosuke—dijo Takaharu a modo de conclusión—. ¿No piensas volver al bosque para vivir?

Inosuke se metió un montón de frituras a la boca antes de negar con la cabeza. Luego tragó, enjugándose los labios con el antebrazo.

—Allá está mi familia—contestó Inosuke—. Sin mí. ¿Qué sería de ellos? —luego le palmeó la espalda a Zenitsu—. ¿Qué hubiese sido de este tonto si no lo hubiera acompañado al bosque?

Zenitsu estaba confuso, entre si enternecerse con el comentario, o devolverle una bofetada a Inosuke por golpearlo.

—¡Abuelo, no me vas a creer lo que pasó una vez!

Inosuke se dirigió nuevamente a Takaharu, quien lo escuchaba o pretendía escuchar a Insouke con bastante atención. Luego, fue imposible devolver su atención hacia los dos hombres restantes.

—¿De dónde conoce a Inosuke? ¡Si no es molestia preguntar, por supuesto! —Zenitsu alzó las manos en modo de defensa.

Takaharu se rascó la cabeza unos momentos antes de continuar.

—¿Pues desde que tiene como seis años? ¿Más o menos?

Zenitsu sintió que la comida saltó hasta los riñones de un tirón.

—¿Cómo que desde que tiene seis años? —Zenitsu estaba confuso—. ¡No quiero dudar de usted, ni nada! Pero, según lo que nos contaron, es que Inosuke no tuvo contacto con ningún otro ser humano desde que nació.

Takaharu negó con la cabeza.

—Nosotros conocemos a Inosuke. Más mi abuelo. Porque él lo conoce desde que tiene seis años. Yo lo descubrí cuando Insouke tenía diez años.

—¿Cómo así?

—Yo me levantaba muy temprano a trabajar en ese tiempo y también volvía muy tarde. Y en ese tiempo, Inosuke venía a mendigar pan con una cabeza de jabalí.

Se giró hacia el hombre anciano.

—Mi padre tiene problemas a la vista desde hace mucho tiempo, y cuando venía, pensaba que se trataba de un pequeño jabalí bebé. Entonces llegué un día temprano, y me encontré a mi padre mientras jugaba con un mocoso.

Takaharu se cruzó de brazos.

—Inosuke venía de vez en cuando a buscar agua, comida o cobijo, en las noches de tormenta o invierno— el hombre alzó una ceja, un poco avergonzado—. Unas pocas noches durmió con nosotros y yo nunca me di cuenta de su presencia.

—¿Qué hizo cuando lo vio?

—Llamé a servicios sociales. Y omití la parte de que mi padre lo conocía desde hace tiempo.

Zenitsu estaba indignado. No por Takaharu, aquel viejecito no parecía estar en todos sus cabales a aquella edad, y podría tratar de ocultar a Inosuke como si se tratase de un niño escondiendo a un gato de su mamá. Estaba indignado por Inosuke, que es su historial había omitido completamente a los dos hombres que prácticamente le llevaron la comida y el agua durante años.

—¿¡Cómo pudiste no decir esta parte de tu historia a los medios de comunicación!?—saltó Zenitsu—. Este hombre y ese viejo te criaron (de un modo muy poco convencional). ¡Dijiste que nunca tuviste contacto alguno con otro ser humano! ¡Estafador!

—¡Yo no dije eso! ¡Claro que mencioné al viejito! ¡Cómo podría olvidarlo!

—En tu caso médico aparece que tuviste ningún contacto con la civilización, sino hasta que llamaron a la policía para buscarte por el bosque y te encontraron.

—Pues se equivocaron. ¡Porque mencioné como loco al viejito!

Zenitsu se cruzó de brazos, aunque estaba dudando muchísimo. Inosuke era el hombre más orgulloso que conoció, pero también era el hombre que más rápido atrapaba en una mentira, solo después de Tanjiro. Y no parecía estarle mintiendo.

Sus ojos verdes brillaban enfadados e indignados.

—¿A quién se lo dijiste? —preguntó Zenitsu.

Inosuke se irguió.

—A él—contestó un poco decepcionado—. Se lo dije a él…

...

¡Ojalá les haya gustado! Lo digo en serio, porque escribir romance y escenas eróticas me cuesta un montón. Es el equilibrio perfecto entre lo sexy, lo adorable, pero tratando de no dar vergüenza ajena… Y no sé si lo logré.

Es complicado escribir romance para mí.

¡En honor al pasado San Valentín! Espero que lo hayan disfrutado.

Me encanta leerlos, son un verdadero alivio y relajo cuando las cosas van mal.

Saludos a ustedes.