*Este capítulo contiene descripciones de problemas muy locales, por lo que puede leerse como un país tercermundista en su lugar.

*Las referencias a las películas que aparecen en este capítulo no son necesariamente recomendaciones.

…..

El verano y las vacaciones habían terminado.

Se reabrieron muchas tiendas, la gente volvió a sus casas, a la rutina y el instituto y las universidades volvieron a abrir.

El calor apiadó, pero con él, vinieron las desastrosas lluvias que daban paso al otoño. Eran conocidas por ser lluvias nada frescas. Más bien, asfixiaban o congelaban intermitentemente y para Genya eso era especialmente molesto. Era desagradable tener la camisa mojada, y no saber si era por el agua de lluvia infectada de esmog o por su propio sudor.

Cual fuera la respuesta a aquella pregunta, era absolutamente repugnante.

La veía caer desde el cielo, echada desde baldes de agua. Resonaba con fuerza sobre el pavimento y hacía salpicar a las ya caídas hace rato.

Llevaba el carcaj colgado de su espalda, con su uniforme de la escuela cubierto por su chaqueta de cuero favorita, parado solitario bajo el tejado de la entrada del instituto. Se atrevió a exponer su mano al aire fuera de la seguridad de

l techo, con la vaga esperanza de que se tratara solo de una mala jugada de su visión.

Pero era incluso peor de lo que esperaba.

Genya suspiró, pensando en que tendría que correr a casa y recibiría la soberbia mirada de reproche de Sanemi cuando volviera a casa.

—Maldita sea…—rezongó Genya rascando su nuca.

—¡Genya!

Una suave y dulce voz femenina le habló desde detrás.

Genya se volvió ferozmente, casi a la misma velocidad que su corazón se aceleró nervioso, las manos se le entumecieron y un sudor frío lo empapo de pies a cabeza. Pero sus músculos se relajaron al identificar la pequeña y esbelta figura que lo había llamado.

—Nezuko—respiró aliviado, sin que su rubor desapareciera del todo—. ¡Hola! Me asustaste…

—¡Hola, Genya! ¿Ya te vas a casa? —Nezuko vio su reloj y luego torció su rostro hacia la extrañeza—. ¿Tan temprano?

Genya asintió.

—Usualmente practicamos al aire libre.

—¿Y no usaron el gimnasio? ¿O el dojo? —indagó la joven acercándose un poco más.

Genya torció su boca con disgusto.

—Sí... Pensamos usar el dojo porque el club de voleibol está practicando para el campeonato—explicó—. Pero entonces llegó el club de karate para corrernos. Tratamos de negociar horarios, pero entonces llegó Soyama y ya nadie tuvo ganas de negociar.

—¿¡Soyama!? —exclamó Nezuko con temor—. ¡¿Están bien?! ¿Les hizo algo?

—¡No, no! No te preocupes, nadie salió herido—Genya sonrió tratando de transmitirle tranquilidad, pero fue un intento no muy convincente. —. ¿Ya te vas a casa? —cambió de tema inmediatamente.

—¡Sí! Me quedé a ayudar a mover algunas macetas para el club de jardinería. Ya me iba.

—De acuerdo, entonces. ¡Nos vemos!

Genya comenzó a caminar en dirección a la lluvia y cuando dio unos pasos sobre el enorme charco que se había formado en la entrada, Nezuko por poco se le cae el paraguas.

—¡Genya! —gritó escandalizada—. ¿¡Qué estás haciendo!?

Genya se dio la vuelta un poco asustado.

—¡Me voy a casa! ¿Qué sucede?

—¿Pero sin paraguas? ¡Vas a resfriarte!

—No tengo paraguas—Genya se encogió de hombros.

Nezuko avanzó hasta él y cuando estuvo a su lado, abrió el paraguas, se puso de puntitas y estiró su brazo lo más que pudo para aguardar a Genya bajo la sombrilla.

—Nezuko, no tienes que…

—¡Deja… que… lo haga! —la chica se estaba esforzando para que el paraguas no tocara ni un pelo de la cabeza de Genya—. ¡Vas a resfriarte!

Genya tomó el paraguas y lo ubicó cómodamente sobre él, para darle un respiro a Nezuko.

—¿No vamos por caminos separados? —preguntó el chico—. Voy a tomar el autobús.

—¡Yo también! ¡Pero yo la tomo una estación más adelante que tú! Puedo acompañarte hasta allí.

Genya bajó la cabeza para mirarla a sus determinados, pero amables ojos rosas e inevitablemente pensó en su amigo. Esa misma gran frente y esos grandes y brillantes, pero tercos ojos.

Suspiró, sabiendo perfectamente que no tenía sentido luchar.

—De acuerdo.

Si el agua caía con balde, ahora caía como cascada. Y junto a ella, un viento feroz comenzó a soplarles con tanta fuerza que el paraguas perdió su absoluto propósito.

A pocos metros de la estación de Genya, el paraguas se volteó y apenas fue capaz de agarrarlo con la suficiente fuerza para volver a cerrarlo.

Nezuko sintió su rostro mojarse tan rápidamente que pareció estar bajo una ducha y para Genya fue igual, pero sintiendo que se metió a la bañera con su mochila llena de libros y su preciado carcaj.

Y su preciado carcaj no iba a mojarse.

—¡CORRE, NEZUKO!

Agarró a la chica de la muñeca y tiró de ella para luego largar a correr a toda velocidad. Nezuko estaba volando, moviéndose como bandera en primavera agarrada de la mano de Genya, sentía la lluvia golpeándola y la sensación de cosquilleo en el estómago hasta que finalmente, con prolijidad, tocó suelo seco sin dolor.

La multitud se giraba a ver a Genya jadear como si sus pulmones se fueran a salir del pecho. Se agarró de una baranda con fuerza para descansar alguna parte de su cuerpo y sintió la asquerosa sensación de calor bajo la humedad de su ropa.

Quería llegar a darse un baño y echarse a dormir en su cama al llegar a casa.

Logró recomponerse lentamente y de a poco comenzó a subir su cabeza, que se había vuelto roja por el inmenso esfuerzo que había puesto en la carrera.

—Llega…mos…—soltó sin aliento. Luego levantó la mano con la que sostenía el paraguas estropeado y de inmediato sintió el impulso de vergüenza—. ¡Nezuko! Yo… Lo lamento… Tanto… Yo…

Volvió a quedarse sin aliento una vez más. Esta vez fue asistido por Nezuko que le puso una mano sobre la espalda y comenzó a acariciarle en círculos.

—Respira primero…—replicó ella con una suave y maternal voz.

Él obedeció, y solo después de dejar de sentir el seco dolor a la altura de su garganta, se dio el tiempo de erguirse correctamente.

—Lo siento mucho, Nezuko. Te compraré otro paraguas.

—Genya, no fue tu culpa—repuso ella casi de inmediato—. No es necesario. Estas cosas pasan.

—Pero te vas a mojar cuando trates de llegar a tu parada.

Genya le echó una mirada al trayecto que ella debía hacer. Quedaba todavía un buen tramo que recorrer y la lluvia y el viento no hacían la experiencia más amena.

Genya se pasó una mano por el pelo tratando de pensar cómo asistirla. Entonces, dejó caer su mano sobre la chaqueta de cuero que llevaba puesta.

Justo en el momento que el autobús arribaba en el sitio.

Genya se la quitó rápidamente y se la ofreció a Nezuko.

—¡Llévatela! ¡Cúbrete con ella!

Nezuko ahogó una exclamación y de inmediato puso sus manos delante de ella para evitar el gesto.

—¡No lo haré! ¡Es tuya, Genya, si no la usas, podrías resfriarte!

La fila de gente comenzaba a avanzar en el interior del autobús.

—¡A ti también podría pasarte eso! ¡Tómala, rápido! —insistió.

Nezuko pareció perturbada por aquella afirmación. Genya tenía razón. Pero la chaqueta no era suya.

Su orgullo pareció titubear un instante y Genya aprovechó su oportunidad.

Subió al primer escalón del autobús y desde ahí tiró su chaqueta sobre la cara, luego se giró hacia el chofer y le chilló con apremio y desesperación:

—¡Cierre la puerta, rápido!

El hombre del puro susto le obedeció.

Nezuko todavía trataba de quitarse la prenda de la cara cuando la puerta se le cerró en las narices.

—¡Genya! —protesto la chica frente al vidrio con un adorable mohín.

Como respuesta recibió a Genya agitándose la mano, en señal de despedida y su figura desapareciendo con el movimiento del vehículo.

El ruido del autobús se hizo cada vez más y más menudo a medida que se iba alejando de ella hasta que el ruido de la lluvia lo encubrió por completo. Hasta que quedó completamente sola con el chapoteo de las gotas.

Bajó la vista hacia la prenda sobre sus manos.

Era una chaqueta de cuero negra muy típica. Pero era permeable y su interior desprendía una humedad cálida.

Nezuko suspiró con culpabilidad.

Se colocó la chaqueta sobre su cabeza y emprendió carrera hasta su parada de autobús.

Genya llegó empapado a su casa.

Ahora no tenía calor sino frío.

Su cuerpo había cedido ante la humedad y se había enfriado. Sus calcetines se habían mojado y le pesaba el pantalón en los talones. Tenía las manos tan heladas que ejercer fuerza sobre la llave para abrir el cerrojo le pareció desproporcionadamente doloroso.

Metió la llave ayudándose con sus dos manos, y se sorprendió de ver que solo tuvo que girarla una sola vez.

La puerta se abrió ante él.

Qué raro. Sanemi no solía llegar tan temprano esos días.

Le quitó importancia y se adentró en su morada, listo para quitarse la ropa nada más cerrar tras él, sin siquiera atreverse a mirar al interior.

Se quitó los zapatos, los calcetines y se estaba abriendo la camisa, cuando escuchó el sonido del diálogo de dos personas en otro idioma, en un audio que era de película.

Y solo cuando tenía los pantalones hasta la rodilla se dio cuenta que, quizás, estaba interrumpiendo algo importante.

Genya abrió tanto los ojos que sus pupilas se volvieron un pequeño punto en una esfera blanca.

Alzó la vista desobedeciendo a su instinto esperando ver lo que no debía ver, pero solo se encontró con un jovencito sentado sobre uno de los taburetes frente a la mesa. Era de unos catorce años, de aspecto ligeramente andrógeno, pero, ante todo, bastante conocido para él.

Se subió los pantalones hasta la cintura y se inclinó sobre su estómago, como si eso restara su desnudez.

—¡¿Muichirou?!

El nombrado levantó dos dedos de una mano para saludarlo, mientras dejaba un teléfono celular sobre la mesa.

—¡Hola, Genya!—saludó el joven con soltura—. Ya decía que no ibas a llegar… ¿Aquí no tienen televisión?

—¡¿Cómo mierda entraste?!—le gritó desde la puerta, tratando de volver a ponerse su camisa húmeda sobre el cuerpo.

—Por la puerta—contestó Muichirou sintiéndose muy perspicaz.

Acercó un plato de cereal y le dio un bocado con una cuchara.

—¿Sanemi te dejó entrar? —preguntó Genya.

—No. Usé la llave de emergencias—levantó el nombrado artefacto entre sus manos—. Iba hacia mi casa y pasé a saludar.

—¡Y una mierda! —replicó Genya con ímpetu—. Tú casa no queda ni cerca de este barrio.

El chico puso los ojos en blanco y levantó ambas manos.

—De acuerdo, me atrapaste…—confesó desvergonzadamente—. No iba de camino a mi casa.

—No me digas… ¿No tienes clases de shogi hoy?

El niño hizo su cuerpo hacia atrás y comenzó a patalear con sus pies sobre el aire suavemente. Su largo cabello oscuro de puntas celestes caía completamente en vertical, casi tocando el suelo. Tenía una expresión de aburrimiento, pero también de ligereza e inteligencia, casi felina.

—Sí… Pero decidí descansar por hoy. Ya me tiene aburrido ese juego…

Genya lo miró de reojo un poco celoso.

Muichirou era un genio natural. Y por tal razón podría parecer soberbio sin querer. Fue capaz de vencer a varios adultos en el juego de shogi a la tierna de edad de doce años y se dedicó a aprender y a perfeccionarse desde que empezó a ganar notoriedad a nivel nacional.

Con lo que le había costado a Genya aprender a coger un arco y disparar una flecha.

Dejó el carcaj en un colgador y decidió que era mejor desvestirse por completo en su habitación.

—Te robé un poco de cereal. ¿Te molesta?

—No. No…

—¿Y cómo está Tanjiro?

Muichirou le dio un sorbo de té y sonrió al recordar al chico.

Genya echó la cabeza a un lado, dudoso.

—Está, supongo. Volvió de un viaje con la familia de su novia. Sus hermanas y ella, en realidad.

—¡¿Ya tan pronto lo invitan a esas cosas?! ¡Debe de haber causado una muy buena impresión! ¡Estoy muy feliz por él!

—Sí… Pero también fue con mi hermano. Kanao es su cuñada.

Muichirou se atragantó con su té.

—¡¿Tu hermano es novio de Shinobu?! —se apresuró a preguntar.

Genya resopló como los caballos y después se largó a reír sardónicamente ante la perturbadora imagen que se formó en su cabeza.

—¡No! No con esa hermana. Kanao tiene una hermana mayor-mayor. ¿No te conté nunca que ella era su novia?

Muichirou negó con la cabeza.

—Ni siquiera sabía que tenía novia...—apuntó Muichirou un poco ofuscado—. O que Kanao tenía otra hermana…

Muichirou no conocía Genya hacía tanto como conocía a Tanjiro. Pero quizás en menos tiempo pudo descubrir la vida y obra de Tanjiro, de Zenitsu y hasta de Inosuke. Aunque este último, en su estatus de excéntrica celebridad regional, no resultaba un mérito el conocerlo.

Genya era un misterio. Y ni hablar de su hermano.

Sabía muy poco de quién fue Genya antes de conocer a Tanjiro y siempre que trataba de averiguar, se encontraba con una pared, un comentario dudoso, una leyenda absurda y poco creíble o, lo que más llamaba la atención, miradas incómodas y nerviosas.

Los hermanos Shinazugawa no eran de muchas amistades. Eran gente reservada, conocidas por un genio cuestionablemente exaltante y una actitud tan abnegada que parecía tratar de compensar algo.

Esto no era algo que Muichirou sabía de boca de ninguno de los hermanos.

Pero para Muichirou no era muy difícil armar rompecabezas.

Ambos se giraron hacia la puerta una vez escucharon el sonido del cerrojo abriendo.

—Ya llegué—anunció Sanemi con una voz agotada.

—¡Bienvenido! —contestaron Genya y Muichirou al unísono.

Sanemi alzó la mirada atenta hacia la nueva visita, y su semblante se relajó inmediatamente cuando identificó a Muichirou.

—¿Qué tal? ¿Cómo les fue hoy? —preguntó Sanemi quitándose los zapatos y la enorme chaqueta que le protegió de la lluvia.

—No preguntes...—gruñó Genya.

—¡Bastante bien! ¡Hoy no fui a clases de shogi! —contestó el chico muy alegre.

Sanemi soltó una sonrisa comprensiva. Podría haber algo que fuera más aburrido que ese juego de mesa, pero habría que hacer un gran esfuerzo para inventarlo. Además, el pobre chico seguro después tenía clases complementarias y tutores especiales que debía ver después de sus extenuantes clases en el instituto.

Apostaría a que este era su primer descanso en semanas…

—¿Te dijeron algo tus tíos?

Sanemi se adentró a su propia casa y se acercó a servirse algo caliente para mermar el frío que le calaba los huesos.

Muichirou resopló al recordar a sus estrictos y odiosos familiares.

—A mi tío Yoriichi no le molestará. Su hermano, por otro lado…

Muichirou se recostó sobre la mesa abatido de tan solo pensar en aquel hombre. Luego sonrió, sin despegar la barbilla de la mesa.

—Shinazugawa, si te pagara. ¿Irías a pegarle a mi tío odioso?

Sanemi se rio entre dientes, maquiavélicamente.

—Ay, Muichirou. Lo haría gratis.

—¡Nemi…! —se apresuró a decir Genya.

—Relájate, Genya. Muichirou sabe de eso.

Genya miró a Muichirou y le sonrió mostrando todos sus dientes, en una encantadora y radiante sonrisa.

Genya resopló, un poco más tranquilo y deliberadamente quiso cambiar de tema, pero no se le pudo ocurrir a tiempo.

Su hermano fue más rápido que él.

—Oye, Tokito. ¿Te conté que mi hermano tiene novia?

Muichirou miró directamente a Sanemi y luego miró a Genya indignado de no saber un detalle tan importante.

Pero Genya se giró intempestivamente hacia su hermano, tan asombrado como Tokito de la noticia. Ni él estaba enterado de que tenía novia.

—¿Disculpa?

—¿Ah? ¿Ahora te vienes a hacer el desentendido, galán?

Sanemi tiró la chaqueta de Genya sobre la mesa, como si se tratara de la más irrefutable de las pruebas.

La chaqueta marrón de cuero pesado… Que había prestado a Nezuko hoy.

De camino a casa, Nezuko logró dar con su hermano y su amigo Zenitsu, que nada más verla correr con una chaqueta sobre su cabeza se apresuró a alcanzarla.

—¡N-Nezuko! ¡Si quieres, puedes tomar mi paraguas! —Zenitsu le extendió el artefacto a la chica como si ya le hubiese dicho que sí.

—¡No hace falta, Agatsuma, no quiero molestar! ¡Muchísimas gracias, de todas maneras! Pero iré con mi hermano a casa.

Zenitsu retiró el objeto de la vista de Nezuko derrotado. Tanto por el rechazo a su amable gesto como por el hecho de ser llamado por su apellido.

"¡Y Tanjiro no ayuda en nada!", pensó absolutamente desconsolado.

Tanjiro aguardó a su hermana bajo su paraguas.

—¿Inosuke no vino con ustedes? —preguntó Nezuko a su hermano.

"¿¡Qué hace ese marrano para que ella lo llame por su nombre!?". Zenitsu hervía verde de envidia. Impaciente por no quedarse atrás para la chica que se había robado su corazón. "Si yo la conozco desde mucho antes…".

Tanjiro negó con la cabeza.

—Él se fue al café a ver a Kanzaki. Nos dejó hacer rato.

—¿Y Kanzaki estará bien? —preguntó Nezuko. Sabía lo corta de genio que podía llegar a ser la muchacha.

Tanjiro asintió con seguridad, por lo que Nezuko confió ciegamente en sus palabras.

Los autos estaban a mililitros de agua de ser botes, y las personas de a pie estaban imposibilitadas de caminar siquiera por la vereda sin mojarse las agujetas de sus zapatos.

Fue necesario irse por otro camino, pero tomando en cuenta el viento y la lluvia que arreciaba aquel día, la naturaleza estaba más que dispuesta a hacer que los habitantes de la ciudad se mojasen, fuera por el agua que fuera.

Comenzaron a correr por la vereda, y al percatarse de que ciertas calles se hallaban cerradas por el exceso de agua, no quedó más remedio que tomar una ruta alternativa, considerablemente más larga que implicaba tomar otro autobús.

En la parada, el teléfono de Zenitsu sonó.

Zenitsu suspiró al reconocer el nombre del identificador de llamada.

—¿Hola?

—Oye, tarado. ¿Qué es que demoras tanto? —la ofuscada voz de Kaigaku retumbó en sus tímpanos—. ¿Traes lo que te pedí?

—Yo estoy bien. ¿Cómo estás tú? —replicó Zenitsu con una vena hinchándose en su cien.

—Contéstame lo que te pregunté—gruñó Kaigaku al lado del teléfono.

—Aún no. Hay una inundación en el centro, no he tenido tiempo de ir a la tienda. Ya estoy esperando el autobús.

—Pues apresúrate. El abuelo ya está empezando a molestarme…

Zenitsu apretó los dientes, conteniendo la rabia.

—Okey. Esperaré más rápido.

—Jódete.

Y le colgó.

Zenitsu miró su teléfono y luego suspiró.

—¿Ocurre algo, Zenitsu?—preguntó Tanjiro.

—Nada fuera de lo normal. La verdad es que… ¡Maldición!

Zenitsu se ocultó tras Nezuko y Tanjiro al identificar la inconfundible cabellera plateada que lo atormentaba en sus sueños.

Tomó a Tanjiro de la camisa y apuntó a Sanemi, quien esperaba la luz roja para avanzar.

—¡Está ahí! —dijo con un hilito de voz.

De repente Tanjiro se puso en guardia, y trató de mantener la calma para no alterar a Nezuko, pero su hermana era reconocida por ser tan sensible como su hermano y de inmediato pudo percibir la sensación de peligro.

—¿Qué ocurre?

—Es el hermano de Genya, Nezuko—explicó Tanjiro con recelo—.

Nezuko ahogó un grito, asombrada de que Genya tuviera un hermano.

—¡Dónde está! —preguntó la chica, ahora tan aferrada a su hermano como Zenitsu.

—Es ese de pelo blanco y de chaqueta negra. Ten cuidado porque él- ¡Nezuko!

De repente la chica se había ido de su lado, y para su asombro se acercaba a la boca del lobo, evadiendo la multitud.

Sanemi iba despreocupado mirando su teléfono y con sus audífonos puestos no pudo percibir el grito impotente de Tanjiro.

Pero sí que sintió que alguien le picaba con un dedo en el hombro justo cuando la luz se había puesto verde.

Se volteó para mirar sobre su hombro y no encontró a nadie.

Sanemi pensaba que estaba alucinando otra vez, pero luego un dedo se alzó del suelo y pudo identificar a la figura que había llamado su atención.

Se giró completamente, para finalmente ver la enana figura de una mocosa de secundaria que se le quedó mirando unos instantes.

Sanemi le devolvió la mirada extrañado.

Y así siguieron unos instantes. Laaargos instantes que empezaron a incomodarlo.

Sanemi pensó que la chica debió de quedarse en un trance parecido al de los conejos que están a punto de ser devorados por lobos. Se quedan quietos aceptando su destino y se mueren de un ataque al corazón para evitar así un destino más cruel.

—¿Sí? ¿En qué te ayudo?

—¡Ah!—la chica salió del trance—. ¡Disculpa! Perdón, pero… ¿Eres el hermano de Genya?

Sanemi miró a los lados y luego volvió a la chica.

—Sí. ¿Qué pasa?

—Esto… ¡Esto es de Genya! —la chica prácticamente gritó y le extendió una prenda.

Sanemi abrió los ojos al reconocerla. Por supuesto, no eran tan solo la adquisición de Genya, sino que en su tiempo había sido la suya. Le costó mucho cederla a Genya pues era de tan buena calidad que sería un desperdicio que un chico como Genya la perdiese por irresponsable.

Y se la había dejado a una chica… Eso sí que era irresponsable.

Sanemi tomó la chaqueta con una sonrisa, y le echó una mirada más atenta a la niña.

Era guapa, de cara redonda y de ojitos rosas, con la piel blanca y de aspecto suave, y a pesar de estar mojado, su pelo largo se veía bien.

Pero había algo…

Había algo…

Desagradable en su… ¿Esencia? ¿Mirada? ¿Aspecto?

Sanemi entonces notó que la chica tenía las mejillas sonrojadas.

Quizás era porque tuvo que correr para entregarle la prenda

…o quizás porque no era capaz de entregársela a Genya en persona.

Sanemi sonrió todavía más a Nezuko.

Sanemi no era una autoridad de la estética ni nada, pero podía identificar a una chica que era más o menos bonita en un sentido genérico. Y ella lo era, de todas maneras.

—¡Muchas gracias! —le dijo con el tono más amable que pudo replicar—. Mi hermano adora esta chaqueta. ¿Cuál es tu nombre? ¡Para decirle que es de tu parte!

Nezuko se encogió un poco en su postura y comenzó a jugar con uno de los mechones de su cabello.

—Es… Es Nezuko…—dijo en un murmullo tímido.

—Nezuko, entonces. ¡Le diré que es de tu parte! ¡Nos vemos! —se despidió con una mano de la chica y siguió con su camino.

—Adiós—musitó la chica.

—Mira, Genya, yo sé que a veces es inevitable, pero tienes que ser bien cuidadoso sobre a quién le prestas tu ropa—le advirtió levantando un dedo—. Las novias no suelen devolver la ropa, estuviste de suerte.

—¡Ella no es mi novia! —vociferó Genya con la cara roja.

—Ajá… Seguro, galán—Sanemi se acercó más a su hermano y se sentó en un taburete a su lado—. Así que Nezuko…

—Así que Nezuko…—siguió Muichirou en el mismo tono picaresco, pero con un dejo de sorpresa también.

—¡Nada de "Nezuko"! Ella es mi amiga—desmintió.

—¡Pues aprovecha! —lo instó su hermano—. Me pareció muy guapa y amable. Parece buena chica.

—No, no…

—¿Por qué no?

—Porque es la única chica con la que puedo hablar normalmente—contestó Genya en una nota triste—. No quiero perder eso.

—Yo creo que eso es una señal…

—Se ve razonablemente como una señal—agregó Muichirou con un aire intelectual, pero instigador.

—No. Es como una hermana para mí. Además, ya a uno de mis amigos le gusta.

Sanemi se quedó en silencio. Le dio un largo sorbo a su café y se le quedó viendo con un aire solemne.

—¿Y eso qué?

—¿¡Cómo que si eso qué!? ¿Lealtad? ¿Amistad? ¿Te suena eso? Él la vio primero, yo debo respetar eso.

Sanemi se encogió de hombros.

—Eso lo decide ella...—Sanemi alargó una sonrisa maquiavélica.

—¡Nemi! —exclamó Genya totalmente indignado. No sabía qué decir.

—¡Venga, Genya! Eres un tipo amable, cortés, educado, inteligente y tienes la pinta un poco feroz y de tipo malo. Eres como un gigante gentil. Y las chicas adoran a los tipos altos como tú. ¡Mírate! Tienes dieciséis años y eres más alto que yo. Ni siquiera te has pegado el último estirón, así que…

—¡Nada de eso!

Genya desvió la mirada un poco avergonzado de escuchar cosas que no estaba acostumbrado a escuchar.

"¿De verdad les gustaban los tipos de aspecto feroz?". A lo mejor eso le gustaba a Kanae también.

—¿Tú eras popular en el instituto?

Sanemi resopló como los caballos.

—Nada de eso…—Sanemi agitó su mano, como desmintiendo la afirmación—. Yo solo soy un tipo feo con muy mal genio. Es por eso que doy miedo. Pero tú, Genya…

—¡Nos han dicho que nos parecemos mucho!

—¡Lo dicen para hacerme sentir mejor! —razonó Sanemi poniendo una mano en el hombro de su hermano—. Lo que quiero decir, es que Nezuko parece una buena chica. Y que, si ella le pareces lindo, que aproveches.

—¿No tendría que también gustarme a mí? —Genya se cruzó de brazos.

—¿Y no te gusta?

Genya guardó silencio.

Hasta que su hermano lo dijo jamás se había planteado la idea de pensar en Nezuko nada más que como la hermana de su mejor amigo. Quizás hasta como su propia hermana menor.

Genya ladeó la cabeza, pensativo. La idea se le hacía incómoda y poco atractiva.

—¡Ajá! ¡Lo sabía! —exclamó Sanemi—. ¡El silencio otorga!

—¡No es así!

Muichirou soltó una carcajada potente frente a los hermanos y se tuvo que limpiar las lágrimas de la risa.

—¿Te parezco payaso, Tokito? —Sanemi le dio un sorbo a su bebida caliente sin dejar de sonreír.

—A veces—respondió con audacia—. Pero qué suerte que serán familia por todos lados de ser así.

Sanemi alzó una de sus pequeñas cejas.

—¿Cómo? No entiendo.

Genya tragó saliva en grueso.

—Que Nezuko se apellida Kamado. Porque es hermana de tu concuñado.

La sonrisa de Sanemi se desvaneció en un instante.

—Qué.

Tanjiro corrió por la acera tratando de evitar mojarse más de lo que ya estaba.

Todo lo que se arregló en casa fue arruinado. Su cabello, su camisa, probablemente hasta su higiene había sido arrasada por la lluvia.

Tenía los calcetines mojados, los pantalones pesados por el agua y la camisa pegada al cuerpo, lo que complicaba todavía más su movilidad.

Según el meteorólogo, la lluvia cesaría a eso de las cuatro. Pero ya eran las cinco y las nubes estaban aún más oscuras que en la mañana. Todo indicaba que la lluvia no quería hacer otra cosa más que empeorar.

La calle principal se había inundado y tan solo los autos eran capaces de avanzar por las calles. Los transeúntes debían limitarse a cambiar de rumbo o tomar una ruta más larga.

Pero Tanjiro tenía el tiempo medido, y demorarse un minuto más lo haría llegar tarde a su reunión con Kanao. Y eso era imperdonable.

Se aventuró a las aguas marrones y oscuras del asfalto, atravesando la calle. Ahora, el camino se había hecho más o menos agradable a comparación con la fosa que tuvo que pasar. Y ya no quedaban tantos metros para llegar a su destino.

Se reunirían afuera de una tienda, pues Kanao quería comprar algunas cosas para tarde.

Tanjiro no pidió muchos detalles de lo que harían o para qué quería que se vieran tan sorpresivamente un día como aquel. Pero por estar con Kanao, tampoco se pondría exquisito.

Giró en una esquina y pudo distinguir la tienda y a Kanao.

Llegó a su lado y Kanao ahogó una exclamación nada más verlo.

—¿¡Qué ha pasado!?—preguntó un poco horrorizada.

—¡He llegado! —respondió Tanjiro con una radiante sonrisa.

Kanao se acercó a él y acarició su mejilla con preocupación. Su mano estaba helada y seca, pero era tan suave…

—¡Estás empapado…! De haberlo sabido te habría dicho que fueras directo…

—¿Directo a dónde? —preguntó Tanjiro.

—Es una sorpresa. No puedo decirlo—replicó la chica categóricamente con un rostro serio, que luego volvió torcerse hacia la urgencia—. ¡Compraré las cosas que necesitamos y nos iremos corriendo!

Kanao aprovechó de comprarle un paraguas a Tanjiro para que así no agravara más su situación, si es que eso era posible.

El chico obstinadamente se ofreció a llevar las bolsas él solo. Pero entonces se percató que no tenía manos para llegar el paraguas.

—¡Ven!

Kanao tuvo la iniciativa y lo cubrió, pero pronto advirtió que tanto Tanjiro como ella tenían parte de sus hombros fuera. Era un poco inútil, tomando en cuenta que Tanjiro tenía las bolsas y sería un desperdicio que se mojaran.

Entonces, Kanao recordó una técnica que le enseñó su hermana Shinobu.

—¡Ya sé! Dame esas bolsas.

Tanjiro se las entregó dejando una de sus manos despejadas. La chica le entregó el paraguas.

Kanao tomó el brazo de Tanjiro que sostenía el paraguas y lo colocó alrededor de su cuello. Entonces, los dos estaban con sus cuerpos completamente bajo la sombrilla.

Esta técnica funcionaba cuando Shinobu y ella se atascaban en una lluvia. Kanao era lo suficientemente alta como para abrazar a Shinobu por el cuello sin resultar molesto para las dos.

—¡Ya está! —dijo Kanao, viendo como su cómo su plan había funcionado.

Sus cuerpos estaban pegados por los costados y Tanjiro prácticamente la estaba abrazando por el cuello. Podía sentir el aliento cálido de su novio en su frente y en sus pestañas, y también cómo la ropa de Tanjiro la estaba mojando por donde se rozaba con él.

Kanao se sonrojó nada más percatarse de que, quizás, tendría que acercarse mucho a Tanjiro con esa posición.

Tanjiro tragó saliva tratando de mantener la compostura, pues podía sentir casi todo el torso de Kanao sobre su costado, así como sus caderas rozando sus muslos cuando intentaba caminar.

No tenía que ser malpensado. Era una técnica buena. Distribuía bien el espacio, ninguno estaba bajo la lluvia, las cosas no se iban a mojar, le llegaba el suave aroma floral del champú de Kanao…

—¡Vayamos rápido! —exclamó Tanjiro.

De otro modo, Kanao terminaría mojada también

Tanjiro siguió a Kanao por donde le decía, y pronto las calles se le hicieron familiares, hasta que prácticamente adivinó hacia donde iban.

—¡¿Iremos a tu casa?!—Tanjiro saltó sin poder evitarlo.

—¡Sí! ¡Nos vamos a divertir mucho!

Pero este era horario de trabajo…

Y de universidad…

Tanjiro comenzó ponerse nervioso.

¿Había estado alguna vez tan solo con Kanao? En el viaje sí que estuvieron solos, pero… ¿Tan… tan… solos?

Tanjiro temblaba tratando de pensar correctamente. No había que adelantarse a las circunstancias.

Pero ni siquiera podría imaginar cómo sería estar en la casa. Con un eco. Y vacía. Con Kanao.

—Déjame sacar mis llaves.

"¿¡Tan pronto!?", pensó Tanjiro horrorizado. No estaba listo. No estaba preparado.

Tenía que respirar. Inhalar y exhalar. Era probablemente la cosa más fácil que podía hacer…

Se acercaron a la puerta después de cerrar la reja. Kanao estaba a punto de meter la llave dentro del cerrojo, y a Tanjiro de dieron ganas gritar, hasta que la puerta se abrió antes de que Kanao pudiera introducir la llave.

—¡Bienvenidos! —la animada y dulce voz de Kanae los recibió.

Y Tanjiro sintió una particular y muy amarga sensación de decepción. Le pasó por la garganta como la leche agria e hizo lo mejor que pudo para ocultarlo.

Exhaló con fuerza, dándose ánimos. Honestamente, tampoco era tan malo. Ahora sí que se sentía más tranquilo estando con la familia de Kanao. No sería una experiencia amenazante ni mucho menos, nada que no hubiera vivido antes.

Se adentró en la casa, y saludó al unísono con Kanao.

—¡Bienvenidos! —Shinobu se dio la vuelta, quitando su vista de la televisión—. ¿Y eso? ¡Tanjiro! ¡Estás muy mojado!

La chica se levantó a examinar mejor al chico y la situación era peor de cerca.

—Eso veo—asintió Kanae—. ¿Has llegado nadando?

—No exactamente—contestó Tanjiro abrazándose.

—Mira, está empezando a tiritar… Kanao trae la ropa vieja de papá—le ordenó Shinobu.

—¡N-no hace falta! —saltó Tanjiro inmediatamente levantando las manos—. ¡Es-s-toy bien! ¡S-solo necesito una toalla!

—¡Te vas a resfriar! —replicó Kanae preocupada.

—No estás molestando a nadie, Tanjiro. Acepta.

—¡No estoy tan mojado! ¡Solo una toalla…!

—¡Estas goteando! —exclamó Shinobu empezando a perder la paciencia.

—Y estás helado…—Kanae acercó su mano a la mejilla del chico.

—¡De-de verdad que no pasa nada! Está muy cálido aquí, yo-

—¡Acepta la propuesta ya, maldita sea!

Tanjiro se giró intempestivamente en dirección al sillón.

Ahí estaba el dueño de la ronca exclamación y a su lado estaba la azabache coleta de Giyuu.

—Acepta, Tanjiro. No seas modesto—contestó Tomioka sin despegar los ojos de la tele—. Vas a resfriarte y vas a contagiar a la gente.

—Y no vas a entrar a la casa estando mojado. Esto es piso flotante.

Sanemi sonó como un ama de casa vieja y amargada, mientras le dirigía una mirada de desprecio.

Kanao bajó las escaleras con una toalla, unos pantalones y una camisa vieja que a su padre ya no le quedaba bien. O quizás que nunca se puso.

—Déjanos las bolsas a Kanae y a mí. Ayúdale, Kanao.

Shinobu y Kanae se alejaron cargando las bolsas hasta la cocina.

Tanjiro recibió la toalla de Kanao e inmediatamente la colocó en su cabeza. Se revolvió el pelo tratando de atrapar las partículas de agua. Que el agua le cayera por la espalda y por el cuello era una sensación muy desagradable.

Mientras tanto, Kanao se preocupó de tomar las ropas que Tanjiro le extendía en lo que secaba su cabello. Una prenda tras otra; sus zapatos, su camisa a cuadros que usaba sobre otra...

El proceso fue mecánico y frío hasta que Tanjiro se bajó el cierre del pantalón.

El sonido les revolvió las entrañas con incomodidad, y tal como una alarma, los sacó del trance robótico que se vieron envueltos por las prisas.

Él y Kanao levantaron la vista del pantalón de Tanjiro y se miraron.

Kanao abrió los ojos absolutamente ruborizada y Tanjiro trató de mantener la calma.

—¡T-tranquila, estoy bien! ¡Puedo continuar solo! —balbuceó levantando ambas manos.

La gravedad hizo su trabajo sobre el pantalón y con el sonido metálico de la hebilla del cinturón, la prenda anunció su llegada al suelo.

Kanao emitió un chillido tan agudo que alcanzaba decibeles supra-humanos, se tapó la cara con ambas manos y se dio la vuelta encogida de hombros.

Le extendió el pantalón de jean de su padre sin volverse a mirarlo.

—¡Toma! —gritó—. ¡Voy a ayudar a mis hermanas!

Tanjiro reaccionó demasiado tarde, ya cuando Kanao estaba a puertas de llegar a la cocina él apenas si se había subido los pantalones.

El chico contempló un instante volverse a quitar los pantalones frente a la entrada, pero optó por conservar lo poco que le quedaba de dignidad y se dirigió al baño para terminar de cambiarse.

Cuando Tanjiro salió del baño, fue recibido por un bullicio de sus más recientes familiares.

Ya todos se hallaban delante el sillón, en parejas y tan solo la solitaria Kanao se

Se dio de lleno con una discusión desenfada frente a la televisión.

—¡Veamos esa! —sugirió Kanae con aire soñador—.

—¿"El Titanic"? ¡Pero si la hemos visto sus buenas cien veces! —replicó Shinobu—.

—¡Nunca ves el Titanic las suficientes veces!

—Igual podríamos ver una más corta…—opinó Tomioka abrumado por la cantidad de horas que componía el largometraje—. ¿Cómo se llama esa donde la pareja principal se la pasa peleando?

—¿"La propuesta"? —preguntó Shinazugawa.

—No. Era otra.

—"¿El día de la marmorta?"

—No, no.

—¿"La, la, Land"?

—Tampoco, no era un musical.

—¿"Diez cosas que odio de ti"?

—No la he visto.

—¿"Orgullo y prejuicio"? ¿"Tienes un e-mail"?

—Oye…

—¿"Cuando Harry conoce a Sally…"?

—Shinazugawa…

—¿"Casablanca"? ¿"Lo que el viento se llevó"?

—Shinazugawa te estás lleno muy atrás—interrumpió Shinobu—. Hay que ver algo de este siglo…

—Nemi, no te hacía tan conocedor…—señaló la pequeña Kanao con los ojos bien abiertos—.

—Como no serlo, si esta es mi señora…

Sanemi hizo un ademán que apuntaba a Kanae.

La nombrada sonrió y se contoneó orgullosa en su asiento, pero luego alzó una ceja juguetonamente.

—Igual, no hemos visto todas películas juntos, Shinazugawa…

—Shhh… Detalles.

Sanemi trató de silenciar a Kanae apretando sus labios suavemente, pero ella lo apartó haciendo un mohín. Se miraron pretendiendo estar enojados, pero finalmente Shinazugawa se inclinó para darle un beso en la frente que deshizo el humor de su novia al instante.

Se dejó abrazar por él recostándose en su pecho.

—¿Te puedes creer que no lo he visto llorar con ninguna película? —se quejó Kanae, como si Sanemi no estuviera ahí.

—Me pasa igual con éste—Shinobu apuntó a Tomioka con el pulgar—. Llora poco y cuando menos me lo espero.

—¿Por qué son tan fríos? —preguntó Kanae—. ¿No los conmueve la desgracia humana?

—A ver—matizó Sanemi al instante—. Depende con vara me estés midiendo, porque si es con la tuya, yo soy un desalmado.

—¡No trates de hacerme ver como alguien demasiado sensible!

—Kanae. Tú lloraste con "Rambo".

—¡El monólogo final es muy triste! —se excusó ella—.

—¡Elijamos una película! O vamos a estar aquí todo el día…—resolvió Shinobu tomando el control remoto—.

Kanao levantó la vista hacia el recién llegado Tanjiro.

—¿Y tú, Tanjiro? ¿Conoces una película para llorar?

Tanjiro rebuscó en su catálogo mental de películas que le hicieron derramar lágrimas y podía estar seguro de que era tan sensible como Kanae al respecto, pero si tuviera que elegir una…

—Conozco una. Pero no sé si estará en el catálogo.

Shinobu le extendió el control.

—Búscala.

Luego de presionar un par de botones, Tanjiro sonrió victorioso al encontrarla.

Tomioka y Shinazugawa ladearon la cabeza con confusión.

—¿"Hachiko"?—preguntó Tomioka—.

—No es exactamente una película romántica… Pero creo que sirve para lo que estamos buscando.

—¡Es muy triste! —se conmovió Kanae nada más reconocer al can, protagonista de la película—.

Shinobu se levantó de su asiento.

—Voy a traer pañuelos… Solo por si acaso…

Shinazugawa y Tomioka se acomodaron en sus asientos, suponiendo que la reacción general fue hiperbólica cuanto menos.

No debía de ser para tanto.

Cuando la escena que dio pie al conflicto se presentó, Shinazugawa se estaba agarrando la cabeza con ambas manos y el comportamiento que minutos después desplegó el perro lo hizo estallar en llanto.

Kanae, quien ya estaba con los ojos hinchados y vidriosos, se acercó a él para consolarlo, pero solo pudo sollozar más fuerte.

Tomioka trató de mantenerse estoico, pues se negaba a pensar que la película fuera para tanto.

Y se mantuvo con su semblante habitual exitosamente, con la diferencia de que de sus ojos no paraban de salir lágrimas. Ni un murmullo salió de su boca, pero sus ojos estaban hinchándose y sus nudillos estaban blancos tratando de soportar la pena.

Shinobu lloraba con mesura y se limpiaba las lágrimas con los pañuelos que había traído, pero alternaba sus sollozos con carcajadas cuando veía al trío pasarla mal.

Tanjiro se enjugaba las lágrimas con la manga de la camisa, mientras era asistido por su novia, que ni una lágrima había soltado en todo el largometraje, incluso después del final.

Kanao apoyaba su cabeza en el hombro de Tanjiro mientras acariciaba su espalda y no se detuvo ni cuando los créditos comenzaron a correr.

Después de encender la luz y de verse las caras, la indiscutible ganadora del premio al corazón de piedra fue Kanao, que les acercaba los pañuelos a todos y acariciabas sus cabezas y espaldas a modo de consuelo, tratando de hacerles sentir mejor.

—Iré a abrir las cortinas—dijo Shinobu levantándose, ya repuesta del llanto—. ¡Vaya, si esta lluvia no se detiene!

Las nubes habían aplacado los rayos del sol, incluso antes del atardecer. Y de nada valió moverlas en primer lugar.

—¿Mejor, Tanjiro?—preguntó Kanao acariciando los ricitos rojos de su novio.

—Sí, Kanao, gracias. No hay caso, nunca puedo superar esta película…

—Es muy triste, sí…

Kanao se entristeció. Sabía exactamente cómo debía de sentirse y, sin embargo, no era capaz de dejar escapar una sola lágrima. Estaba tan triste como los demás, pero era incapaz de exteriorizar lo que sentía.

Kanae se levantó para desperezarse y cuando se volteó, casi se asustó de la visión.

—¿Están bien? ¿Quieren agua?

Giyuu y Sanemi estaban desparramados en el sillón con miradas sombrías y muertas.

—No, mi amor. Estoy bien.

—No hace falta, Kanae.

Y luego callaron.

Kanae pestañeó un par de veces.

—Veamos qué hay en las noticias…

De inmediato apareció una reportera que estaba entrevistando a un oficial de policía.

—"-debido a las condiciones climáticas, hemos tenido que cerrar la mayoría de las calles principales, por lo que recomendamos a los transeúntes y conductores que opten por rutas alternativas".

—¡Dios mío!

Las imágenes de la tele mostraban que el río que pasaba por el centro de la ciudad se había salido y ahora recorría el pavimento y las aceras de la calle incontrolablemente. Un servidor público se encontraba mirando solitariamente el caudal mientras el agua le llegaba hasta por encima de las rodillas.

Tomioka y Sanemi se recuperaron al ver el desastre que se mostraba en la televisión.

De repente la puerta principal se abrió.

—¡Vaya clima! —se quejó el señor Kocho colgando su chaqueta y su paraguas.

—¡Es que parece que tiraran agua con cubetas! —lo siguió su esposa, imitando su comportamiento—. ¡Chicos! ¡Cómo están! ¿Qué quieren comer?

—La verdad es que será mejor que me vaya a casa, suegra—. Tomioka se levantó. —Con este clima me costará volver a casa.

—Lo mismo. Muchas gracias, pero será mejor que me vaya—. Sanemi tomó su mochila.

—¿Tan pronto? ¡Pero si acabamos de llegar!

—Déjalos, cariño, seguro tienen algo que hacer—repuso el señor Kocho tomando del hombro a su mujer—.

—¿¡Irte!?—Kanae detuvo a Sanemi tomándolo por el brazo—. ¿Has visto la laguna por la que tienes que pasar?

—¡Tú también! —apuntó Shinobu a su novio—. Si te vas ahora el agua te llegará a la cintura.

Tomioka suspiró.

—Si me voy después me llegará al pecho. Mejor eso-

—Detente ahí.

Shinobu tomó una manga de la chaqueta de Tomioka.

El señor Kocho le echó una mirada a cada uno de sus yernos y se detuvo en Tanjiro. Aquel día el chico tenía una pinta muy poco juvenil para lo que estaba acostumbrado a ver a un joven. Y extrañamente familiar también…

—¿Y esa ropa?

—Es suya, suegro—se chivó Sanemi instantáneamente.

Tanjiro apretó los dientes mientras miraba a Sanemi de reojo. Sanemi le devolvió una sonrisa de suficiencia.

Kanao salió del baño y se dirigió a sus padres.

—¡La ropa de Tanjiro todavía no se seca!

—¿De verdad te vas a ir? —le preguntó Kanae a Sanemi.

—Qué quieres que le haga…

—Papá. ¿Podrían quedarse los chicos a dormir? —preguntó Kanao.

El señor Kocho miró a su hijita menor. Y Kanao, inconscientemente quizás, lo miró con ojitos de perrito. Los mismos ojitos con los que el padre cedía siempre a todas sus peticiones. Sin embargo, fue capaz de desviar la mirada a tiempo para pensárselo dos veces.

—¿Qué dicen ustedes? ¿Quieren quedarse? —preguntó el Señor Kocho a sus yernos.

—No.

Los tres contestaron correctamente al son de un solemne canto gregoriano.

—¿Ves, hijita? No podemos obligarlos.

—¿Cómo que no? —replicó su segunda hija con el ceño fruncido—.

—Si es que sabes que Shinazugawa tiene su sentido de auto-conservación averiado. No puedes escucharlo siempre…—su hija mayor ladeó la cabeza con lástima—.

—Estoy de acuerdo—dijo la señora Kocho, ignorando las miradas de indignación de sus yernos—. Es mejor que se queden.

—¿Estarás bien con eso? ¿No tendrás frío?

Era la sexta vez que Kanae preguntaba por lo mismo y la respuesta volvió a ser la misma.

—¡Sí, estoy bien! Tampoco es la idea que me muera de calor.

A Sanemi le habían cedido el sillón más grande puesto que era el de más larga estatura. A Tomioka le otorgaron el sillón reclinable y Tanjiro voluntariamente se ofreció para ocupar el más pequeño de todos.

—Cualquier cosa me mandas un mensaje ¿de acuerdo?

Shinobu acarició el pelo de Tomioka con dulzura provocando espasmos de placer en él.

—Sí, mamá…—respondió él envuelto como una oruga en una manta.

La chica con apretó suavemente la nariz de Tomioka.

—Auch.

—¿Todo bien? —preguntó Kanao a Tanjiro.

—Todo perfecto—respondió él con una sonrisa radiante.

Kanao sonrió una última vez, sintiéndose somnolienta. Se acercó y le dio un beso en la mejilla a su novio.

—Buenas noches.

Kanao se perdió con el sonido de las escaleras.

El señor Kocho estaba terminando de lavar los platos con los dientes bien apretados. Se había condicionado a sí mismo a tolerar a sus yernos hasta cierta hora y dejarlos toda la noche a pasos de sus hijas…

Con esa idea en mente no lograría conciliar el sueño.

Salió de la cocina y estaban todavía sus hijas mayores cerca de sus novios.

—Espero que se porten bien esta noche…—advirtió el señor Kocho con severidad.

Una vena en la cien de Shinobu se hinchó. Estaba harta.

—Papá-

—¿Por qué piensas así de los chicos, papá? —contestó Kanae en un tono triste—. Los conoces desde hace años y no han hecho nada para que desconfíes de ellos… Creo que el tiempo ha hablado y ellos han demostrado lo que son: buenos chicos.

Shinobu se cruzó de brazos y asintió. No había un punto en el que no estuviese de acuerdo con su hermana.

El señor Kocho rodó los ojos, pero se había ruborizado ante el reproche de su propia hija.

—Eso me pone muy triste…—respondió Kanae cabizbaja.

—Buenas noches a todos…—se despidió el señor Kocho derrotado, no queriendo levantar la mirada a su hija mayor.

Quizás, solo quizás, tuviera un poco de razón en eso. En lo infundadamente paranoico que había sido. Eran ya adultos y jovencitos muy responsables y respetuosos.

En realidad, no había nada que temer.

Sus hijas lo vieron alejarse hasta que subió las escaleras. Ambas suspiraron al perderlo de vista.

—Buenas noches, Tomioka.

Shinobu acarició una última vez el pelo de Giyuu y se alejó calmadamente.

—Buenas noches.

Kanae rodeó el cuello de Sanemi con sus brazos y le dio un pequeño beso en los labios, para dar lugar a un abrazo.

Sanemi disfrutó del contacto, pero luego se estremeció por completo al sentir los labios de Kanae cerca de su oreja.

Su aliento cálido le erizó la piel y lo que murmuró lo dejó sin palabras.

—Ven a verme a las dos y media de la noche. Si no vienes, yo vendré por ti.

…..

Eso es todo, amigos.

¡Mucho tiempo ha pasado desde la última actualización!

Quiero disculparme con quienes preguntaron por mi ausencia y por la continuación de este fic y no contesté. Tengo problemas.

Fue un mal semestre, pero ya me siento más que mejor. Estoy inspirada y ahora tengo una idea más que clara de hacia dónde quiero que vaya este fic.

Tendrán una actualización muy pronto.

Coméntenme qué les pareció, como ya saben, adoro leerlos.